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El escándalo del doble Colegio Electoral

La jornada electoral del 16 de Noviembre de 1877 no había terminado bien. Por todo el territorio se expandieron ansias de ruptura, de contener al adversario, de muerte. Entre ese 16 de Noviembre y el 6 de Diciembre siguiente, liberales y autonomistas comenzaron a asesinarse. Sin embargo, lo que parece ser un escenario protagonizado por salvajes -que sólo sabían tomar un arma, atacar y matar- no parece ser así, no del todo por lo menos, ya que algunos dirigentes de ambos grupos sabían muy bien lo que estaban haciendo.

El desorden generalizado allanó la estrategia. Salvo algunos distritos -Mercedes, por ejemplo-, la mayor parte de los Departamentos no solidificaron políticamente, lo que permitió que tanto autonomistas como liberales nominasen, para La Junta Electoral, 18 electores cada uno.

Desde la oposición -derrotada electoralmente en 1876 y en el primer semestre de 1877, en elecciones legislativas y municipales- se llegó a la conclusión de que se hacía imprescindible establecer una estrategia cuando había que elegir al gobernador. No fue una idea que nació cuando se desató ásperamente el desentendimiento político electoral del 16 de Noviembre. Todo lo contrario. La percepción, el juicio, el bosquejo de un diseño electoral ya llevaba madurado varios meses.

La cuestión de gobernador debía solucionarse bajo el peso “de aquella atmósfera de tiranía(1). En el pensamiento de los liberales no cabía un desenlace normal.

Cuando el producto del trabajo honrado estaba a merced del primer insolente que se apoderada de él; cuando las puertas del hogar no eran murallas insalvables; cuando la vida era concesión del poder, presentábase como imposible la legalidad de la elección que practicarían los Electores; el Gobierno no la autorizaría, siendo contraria a su candidato”.

(1) Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Con estas palabras, prologó Mantilla su relato de lo sucedido en la Legislatura correntina en esos últimos días de 1877. Para él, "lo comprendía así la oposición, pero la animaba una energía poderosa, capaz de hacer despreciar la actitud del Gobierno".

El sector liberal había llegado al límite de la actitud de enfrentamiento con el oficialismo, por lo que se aceptó un novedoso proyecto traído de las prácticas estadounidenses por el doctor Manuel F. Mantilla. Consistía en que, frente al aparato comicial del Gobierno, los liberales harían otros comicios paralelos, compitiendo con aquél en la atracción de los electores y garantizando su desarrollo con hombres armados.

De esta manera no habría lucha cívica, porque cada bando recibiría sus votos en sus propias urnas, realizaría su propio escrutinio, reuniría su propio Colegio Electoral y elegiría su propia fórmula sin oposición. Mantilla dijo al respecto:

Nuestra fórmula irá al Gobierno por la legalidad o, en su defecto, por la fuerza(2).

(2) Hernán Félix Gómez. “Toledo, el Bravo (Crónica de las Guerras Civiles del Período Oligárquico)” (1944), p. 12. Editorial Corrientes, Corrientes. // Citado por Antonio Emilio Castello. “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

Los liberales aceptaron este plan, a falta de una mejor proposición -no muy convencidos de sus bondades- y además pensando que en el futuro se podía revertir en su contra, cosa que efectivamente ocurrió(3).

(3) La repetición de los comicios paralelos se producirá el 28 de Marzo de 1909, siendo gobernador el liberal Martín Goitia, cuando debían renovarse los Diputados y Senadores Provinciales de la Primera Sección Electoral de la provincia. // Citado por Antonio Emilio Castello. “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

La intención de este bando era que, ante el desquicio institucional que se produciría por haber dos gobernadores elegidos y proclamados, el Gobierno Nacional enviaría la Intervención Federal a la provincia y llamaría a elecciones nuevamente bajo su vigilancia.

La reunión de los Electores nombrados el 16 de Noviembre, su constitución en Asamblea y la elección del gobernador, eran hechos en que los opositores fijaron su atención.

Por la ley de Elecciones Provinciales, el Poder Ejecutivo tenía la obligación de invitar a los Electores a constituirse en Asamblea, para el desempeño de su cometido, a cuyo efecto, las Mesas Electorales le daban aviso oportuno del resultado de la elección.

Es una simple función mecánica, de pasar notas; José Luis Madariaga había recibido los correspondientes avisos, no sólo de las Mesas constituidas por sus autoridades, sino también de las organizadas por la oposición, en la forma que le permitía la coacción oficial; debió, pues, invitar a todos los que -según las comunicaciones- habían resultado electos, bien o mal.

Pero, arrogándose el derecho de fallar sobre los sucesos del 16 de Noviembre, en que fue actor, Madariaga invitó solamente a cinco Electores liberales y a dieciséis gubernistas, dejando a un lado, “por mal nombrados” -según decía- trece Electores "diplomados" de la oposición.

¿Qué había pasado? Los liberales, al no llegar a ningún entendimiento por la elección de una fórmula común con los autonomistas, siguió el juego político pero, con sigilo y reserva, preparó una segunda Mesa de votos, paralela a la oficial y, allí, sus adherentes depositaron sus boletas. Se puede inferir que los simpatizantes liberales votaron dos veces el día de la elección: una era en la Mesa Oficial -por lo menos en Capital, ya que en el Interior ni siquiera pudieron votar en varios Departamentos- y otra en la Mesa de votación levantada por el propio partido.

Se presume que algo similar pudo haberse hecho en el Interior, en cada uno de los distritos. Todos los electos estaban "diplomados", aunque sabiendo que el diploma que portaban debía ser avalado u oficializado por la Junta Electoral.

Era un juego de ajedrez, o quizás de truco. Reunidos el 6 de Diciembre todos en el local de la Legislatura, celebraron una primera sesión pacífica. Aquí las fuentes difieren: Mantilla nos habla del reconocimiento oficial de sus diplomas de 16 electores autonomistas y 5 liberales, sumando 21; Luis H. Sommariva(4) afirma que recibieron sus diplomas quince electores autonomistas y siete liberales, sumando 22; y Antonio Emilio Castello(5) aseveró que ese 6 de Diciembre se reunió la Junta Electoral con 14 electores del Partido Nacional y 9 del Constitucional (estos eran los reconocidos por el oficialismo), sumando 24, eligiéndose presidente provisorio a Miguel V. Gelabert y vicepresidentes a Cándido Borda y José E.Gómez.

(4) Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.
(5) Citado por Antonio Emilio Castello. “Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes” (1999). Cosmos Editorial, Resistencia (Chaco).

Recordemos que el total de Electores era de 25, pero que la Constitución vigente -la de 1864- proclamaba en su artículo 58 que

"reunida la Junta de Electores y aprobada por ella la elección de sus miembros, procederá a nombrar un Presidente y Secretario de su seno y, acto continuo, elegirá Gobernador y Vicegobernador por cédulas firmadas, expresando, en una, la persona por quién vota para Gobernador y, en otra distinta, la que eligen para Vicegobernador. Recibidos los votos, el Presidente dispondrá que el Secretario -asociado de dos Electores-, practique el escrutinio y comunique el resultado de la votación al Presidente, quien participará a la Asamblea el número de votos que haya obtenido cada candidato para Gobernador y Vicegobernador. Los que reúnan en su respectiva elección la mayoría absoluta de sufragios de los Electores presentes, serán proclamados inmediatamente Gobernador y Vicegobernador de la provincia".

Y en el artículo 61 sostenía que

"no podrá hacerse la elección ni el escrutinio sin que estén presente dos tercios -por lo menos- de todos los Electores, debiendo quedar terminado este acto en una sola sesión, cuyo resultado se publicará inmediatamente por la prensa".

Para Mantilla, el oficialismo necesitaba 1 elector para elegir a la fórmula autonomista; para Sommariva, 2; y para Castello, 3.

Aunque la invitación no daba ni quitaba legalidad a ningún diploma, la conducta del Gobierno mostraba hasta dónde estaba dispuesto a ir y descubría el plan meditado para neutralizar a sus adversarios.

Recordemos que cada partido, con sus Mesas Receptoras de votos propia, tenía -cada uno- a su disposición 18 electores. Los liberales había refutado la elección de dos de los 18 autonomistas, por causas diversas, de allí consideraban que el Gobierno debió invitar a dieciocho de la oposición y a dieciséis gubernistas, sin entrar a examinar si eran más o menos del número normal, ni si fueron bien o mal elegidos pues, esas apreciaciones y juicios eran absolutamente ajenas a sus funciones y estaban expresamente reservadas por la ley y la Constitución al Colegio de los mismos Electores.

Si estos cálculos hubiesen sido aceptados, los liberales tendrían el control de la Asamblea. Limitar la invitación a un reducido número de Electores de la oposición, dando por motivo vicios en los diplomas de los desechados, era juzgar en lo que no le importaba, a fin de reunir mayoría oficial que clasificase los diplomas. Posteriormente quedó evidenciado este juego, para cuyo logro -desde los primeros momentos- dio Madariaga cuánto pudo.

Los Electores oficiales y “populares(5) (opositores), se reunieron en la Capital con anterioridad al 6 de Diciembre, día en que debían celebrar su primera Asamblea preparatoria. Dicho día, sin previo acuerdo de todos, como es de práctica, y sin citación, catorce Electores oficialistas ocuparon el recinto de la Cámara Legislativa, a las seis de la mañana, hora aún de dormir.

La hora y la forma del acto denunciaban perfidia: querían estar solos para canjear y calificar sus Poderes; declarar luego instalada la Junta y obligar, a los ausentes, a pasar por lo que ellos hiciesen en ella”.

(5) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. Se reproduce esta palabra para subrayar una particularidad del doctor Mantilla -de quien obtenemos esta información- cual era que para él, lo que no era liberal, no era "pueblo", lo que demuestra el grado de antagonismo alcanzado. Los dos partidos, Autonomista y Liberal, eran muy populares.

La oposición fue avisada del madrugón, y corrieron a la Legislatura nueve de sus Electores, cuyos domicilios eran cercanos, para evitar la consumación del plan. Sorprendidos así, aunque con mayoría, porque la hora y la distancia impidieron a los demás concurrir pronto, apresuraron la constitución de la Mesa de la Junta y las comisiones, a pesar de los reclamos y de las protestas de sus contrarios. No admitieron discusión; tras una moción, venía la votación.

De ese modo, fue nombrado Presidente Provisorio el ex gobernador Miguel Victorio Gelabert. Inmediatamente de levantada la sesión, los Electores de la oposición solicitaron del Presidente una otra, fundados en el Reglamento de Debates sancionado, para que presentasen sus diplomas los colegas ausentes por razones ajenas a su voluntad y, lo que el Reglamento ordenaba conceder, fue negado; nuevamente solicitada, al siguiente día, fue otorgada para el 10 de Diciembre, a las ocho de la mañana.

Los liberales, en un primer intento, quisieron hacer reconocer otros nueve electores, cosa que no prosperó y, cuando en la sesión citada para el 10 de Diciembre estos últimos quisieron ingresar en el recinto, el presidente de la Junta los hará expulsar por medio de la fuerza pública.

Ese día también fue extremadamente tenso. Aleccionados con lo ocurrido, los dieciocho Electores de la oposición amanecieron reunidos en una casa próxima a la Legislatura, precaución utilísima, pues hubo de repetirse la habilidad del día seis. Gelabert había hecho citar a los opositores para las ocho y, a los gubernistas para las siete, de manera que, cuando los primeros concurrieran, se encontrasen ya a los demás constituidos en Asamblea y con el derecho de expulsarlos. La vigilancia burló la estratagema.

Muy satisfechos marchaban en dirección a la Legislatura los Electores oficiales, con Gelabert a la cabeza, cuando fueron sorprendidos por el grupo de colegas de la oposición, que se les agregó en la Plaza. Era un contraste. Gelabert se adelantó rápidamente a conversar con el Oficial de Guardia en la Cárcel del Cabildo y con el Comisario de Policía, Luciano Romero, que estaba custodiando el portón de entrada de la Legislatura, con una fuerte compañía armada a Remington.

Los gubernistas entraron sin dificultad pero, no bien pretendió hacer lo mismo el primero de los opositores, cuando fue atajado por el comisario, que decía: “No pueden entrar sin ser registrados”, pese a que eran Electores inmunes que iban a desempeñar su cargo.

"El Registro era una horca caudina que ponía a prueba la paciencia del más reposado. Resistir era inútil, y convenía no perder tiempo, entrar cuánto antes”, dirá Mantilla.

El Registro se hizo, pues, y los Electores entraron. Gelabert ocupaba ya la Presidencia, nervioso, inquieto en la silla, cual si tuviera alfileres el asiento. Al verlos éste en el recinto, abandonó su puesto para bajar hasta la puerta, con la pretensión de obstruir el paso:

¿Cómo se atreven, pícaros, a venir a las siete, cuando yo los cité para las ocho? ¡Salgan! ¡Yo no los admito, porque no son Electores! ¡Vea qué atrevimiento! ¡Salgan, salgan!

Este fue el recibimiento que Gelabert les hizo, pero los Electores liberales se abrieron paso y ocuparon asientos:

No reconocemos facultad en Vd. -dijeron a Gelabert-, para expulsarnos, porque ningún diploma está clasificado; y en cuanto al valor de los nuestros, son mejores que los demás, porque representan la voluntad del pueblo; por lo menos somos tan Electores como Vd.

Los gubernistas no chistaban; la disputa era entre Gelabert -que se paseaba por el Salón como en su casa- y los opositores, sentados tranquilamente.

La irritación de aquél subió de pronto; los insultó con palabras groseras, propias de un tabernero; llamó a gritos, como un loco furioso, la Guardia de la Cárcel Pública y la del portón, para que echasen a la calle a los electores:
¡Ahora verán, pícaros!”, decía (mientras venían los soldados).
¡Yo les haré ver quién soy!

Y echando abundante espuma por la boca, repetía con gritos desaforados:

¡La Guardia, la Guardia!

Puede suponerse lo que sería aquella escena. Cuando los soldados aparecieron, Gelabert creyó ver llegada la hora de su venganza personal contra el doctor Juan M. Rivera, Elector, pues, apuntándole con el dedo, decía:

- “¡Hachéenlo; mátenlo a este bandido!
- “¡Saquen a culatazos y bayonetazos a estos canallas!”, señalando a los otros.

El momento era solemne, para electores y soldados. Los unos, tenían en riesgo inminente la vida, “dado el furor ciego del hombre fiera, que ordenaba, y, los otros, no podían menos de temblar para cumplir aquellas órdenes en distinguidos ciudadanos”.

Oficiales y soldados entraron con sus armas al Salón. Los Electores de la oposición no se movieron de sus puestos, repitiendo siempre: “¡Saldremos por la fuerza!” Las armas no fueron empleadas, pero cada Elector fue arrancado de su silla por dos soldados, que lo tomaban del brazo y lo sacaban hasta la galería:

¡Vayan a protestar afuera de aquí, donde se les dé la gana; atrevidos, desvergonzados!”, fue la postdata de aquel escándalo brutal, puesta por Gelabert.

Dueños, de ese modo, de la Legislatura, los Electores oficialistas calificaron sus Poderes y declararon nulos los de la mayoría de los expulsados. Los liberales protestaron airadamente, arguyendo que sus diplomas tenían la misma legalidad que los de los electores oficiales y que solamente la Junta Electoral podía resolver sobre ellos.

Los Electores arrojados a la calle no debían ni podían considerarse despojados de su mandato por aquél inicuo atentado; estaban en el deber de sostenerlo y cumplirlo, aunque para ello expusieran nuevamente sus nervios.

La violencia ataca el ejercicio tranquilo del Derecho, lo hace imposible, pero no tiene fuerza para borrarlo de la conciencia humana y menos para erigirse en principio de verdad”, sentencia Mantilla, que brinda permanentemente fundamentos éticos y jurídicos al accionar de su partido, ya en abierta rebelión, dejando en sus palabras las huellas de ser “un constitucionalista formidable, acaso el que mejor exponía la materia en debates parlamentarios”, según el decir del doctor Juan Balestra.

En una tiranía mata -agrega Mantilla-; en el reinado de la corrupción conculca las leyes; pero, ni el asesinato oficial, ni la conculcación de las instituciones son principios de sociabilidad; la Justicia y el Derecho son tales, con y a pesar de la fuerza.
En un pueblo sujeto a determinada constitución política, mientras la ley subsiste como norma general y superior de conducta para mandatarios y gobernados, son imprescriptibles los derechos y libertades garantidos en el Código Constitucional y, como los atributos naturales del hombre, el desconocimiento caprichoso o violento de ellos, no altera su esencia ni su integridad.
La doctrina contraria, sostenida por los verdugos de los pueblos, es la negación de todo orden y de toda justicia, porque entrega la sociedad a la fuerza, que no es la ley a que obedece el desarrollo humano.
Un derecho desconocido por la violencia, no queda borrado para la víctima, y cuando su naturaleza es de aquéllas que entrañan un interés social en su ejercicio, hay hasta falta en someterse al golpe que pretende destruir su manifestación(6).

(6) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La violenta expulsión de los Electores opositores, los privó del derecho originario de deliberar en unión con los del Gobierno, de discutir y controlar sus actos, de votar en las resoluciones de la Junta, tomando parte en todo el proceso de su mandato, pero no alteraba las facultades, emanadas de la delegación popular, no suspendía la misión que recibieran, ni los dispensaba de sus deberes”.

Sobre el atentado de Gelabert, y sobre la actitud del Gobierno de Madariaga, “estaban los derechos y las prerrogativas consagradas en la Constitución de la provincia a favor de los expulsados”.

Reducidos a la imposibilidad de “discutir con los Electores oficiales el mérito de sus respectivos títulos; no pudiendo patentizar en el recinto legislativo las violencias del poder durante las elecciones, la nulidad de los actos emanados de las autoridades, promoviendo un enquisto solemne, habiendo sido privados hasta del derecho de exhibir su títulos, ¿debían bajar la cabeza, pasar por todo, ser burlados y hacer burlar al pueblo, su comitente? ¡No!(7)

(7) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Este es un momento clave en la drama político que se desataba en Corrientes: los Electores opositores, expulsados de la Legislatura, resolvieron cumplir su mandato en la forma que la fuerza les dejó expedita.

Reunidos en sesión pública, en la casa deshabitada de la testamentaria de Juan Vicente Pampín -situada en la esquina de las calles Independencia y Salta-, instalaron la Asamblea Electoral y lo comunicaron a sus colegas, reunidos en la Legislatura, y al Poder Ejecutivo, con protesta explícita, “contra todo acto o resolución que se hubiese adoptado por los primeros, después de la expulsión violenta y sin autoridad de que habían sido víctimas”.

Acto contiguo, y formando su criterio “con el conocimiento personal de los hechos, confirmado por documentos auténticos de los pueblos de los Departamentos, con la letra y el espíritu de la Ley de Elecciones y con los principios generales del Derecho Público”, calificaron sus diplomas y nombraron -previas las formalidades del caso- gobernador de la provincia al doctor Felipe José Cabral; vicegobernador, al doctor Juan Esteban Martínez.

Así, los dieciocho electores liberales, reunidos ese mismo día 10 de Diciembre de 1877, en su propio Colegio Electoral, con la presidencia de Raymundo Reguera y la Secretaría de Valentín Virasoro, eligieron gobernador y vicegobernador.

Siguiendo la práctica, y en cumplimiento de un mandato de la ley, comunicóse inmediatamente al Gobierno los nombramientos hechos. ¡El conductor de la nota fue a parar en la cárcel!

Nadie había esperado la evolución, ni la sospechaban los gubernistas; en la oposición era, sin embargo, un punto discutido y resuelto, con la reserva del caso, como la última defensa pacífica en el supuesto de una violencia como la ejecutada.
La torpeza de Gelabert la puso en práctica. El doctor Derqui se encontró con un formidable obstáculo. ¿Cómo anularía el hecho? ¿De qué manera desviaría sus efectos? La más débil perspicacia alcanzaba las consecuencias que el suceso produciría, nada fáciles para el candidato oficial; él las medía mejor que ninguno(8).

(8) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Siempre bajo el testimonio del doctor Mantilla, “Derqui, para limpiar su camino, recurrió a la fuerza y al poder público. El Gobierno dio orden a la Policía para que disolviese la ‘Junta Popular’ (es decir, el Colegio Electoral liberal), y fue cumplida; mandó al Fiscal de Estado que acusase criminalmente a los Electores, y la acusación se entabló; envió Circulares a la campaña, diciendoLo ocurrido es una farsa; la elección buena no está hecha aún”.

Se telegrafió al ministro del Interior y a los gobernadores de provincia, anunciando la sofocación de una revuelta. Todo ello nada importaba a los hombres de la oposición; aumento de presión y nada más. Por mucho que persiguieran a los Electores y desacreditasen su obra, no destruían la constitución de la Junta, ni nulificaban los nombramientos.

¡Estaba ya hecho! Los mismos abusos ordenados por Derqui, agravaban la cuestión, abriendo nuevos horizontes a la defensa popular; y otros más, lejos de ofrecerle ventajas, aumentarían su descrédito ante la opinión nacional. La red que tendió para coger a sus adversarios, sin él imaginarlo, lo tenía envuelto y apretado.
A la par de la exasperación y de las dificultades que la instalación de la Junta Popular le producían, tenía delante un serio inconveniente para llevar a cabo su nombramiento, en contraposición al del doctor Cabral y en desagravio del acto sedicioso: sus Electores carecían de quorum legal"(9).

(9) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El mismo día de la expulsión, intentaron hacer el nombramiento, cuando supieron que sus colegas, en número bastante, lo habían efectuado, pero Derqui los detuvo, “en el interés de evitar una otra nulidad, cual si las habidas no fuesen ya radicales”.

- En busca del quorum

Para hacer quorum, la Junta Oficial y el Gobierno “persiguieron a ciertos Electores de la oposición, a pesar de la acusación criminal que, por mandato de los mismos, pesaba sobre ellos, a fin de obligarlos a asistir al acto del nombramiento. Ninguno fue capturado; la fuerza de policía penetraba en busca de ellos en toda casa sospechosa de alojarlos pero, más prevenidos que ella, antes que la violación del domicilio se efectuase, los perseguidos estaban en otros”.

El coronel Raymundo Reguera, pasando penurias, cambió seis veces de casa en tres días. Como el recurso no dio resultado y los días corrían, aproximándose cada vez más el término del mandato de los Electores oficiales, fue suplida la falta de quorum reclamando la presencia de uno de sus Electores, Antonio Pujol, precisamente por el Departamento de Saladas donde, según comunicación anterior del Gobierno a la Junta Oficial, no había tenido lugar elección.

Llenada así la deficiencia del número, y aun prescindiendo del vicio de nulidad que invalidaba todos los diplomas por la supresión del sufragio y por haber sido otorgados por las autoridades, la Junta Oficial (Colegio Electoral oficialista) “no podía hacer elección constitucional, porque sus miembros, casi todos, eran Electores inconstitucionales”.

Estas palabras, escritas por Mantilla, son certeras: los artículos 27 y 55 de la Constitución Provincial incapacitaban -para el electorado- a Miguel V. Gelabert, Antonio B. Gallino, Nicanor Pujol, por ser Diputados a la Legislatura; a Ramón Lotero, Nicasio Vedoya, por ocupar puestos rentados en la rama Ejecutiva del Gobierno; a Manuel F. Gómez, Abelardo Torres, por ser empleados a sueldo del Poder Judicial; a Antonio Ramayón, por ser menor de edad; a Lucio Alfonso y Segundo Ramírez, por insolventes.

Sin embargo, “fue tan respetada la Carta Fundamental de la provincia en el nombramiento de gobernador como lo había sido antes en el de los Electores”, señala irónicamente el historiador correntino; llenada la forma externa del número exigido, la Junta Oficial procedió a proclamar, el 15 de Diciembre, el triunfo de su fórmula integrada, para gobernador de la provincia al doctor Manuel Derqui y, vicegobernador, al coronel Miguel Wenceslao Fernández.

Terminada la elección de Gobernador y Vicegobernador de la provincia, la Junta de Electores oficialista expidió el decreto correspondiente, designando el día en que debían prestar el juramento constitucional y recibirse el primero del mando gubernativo. Dicho decreto se comunicó inmediatamente al gobernador cesante y a los nuevamente electos y demás Poderes Constituidos.

Dos Colegios Electorales, dos Gobernadores nombrados para el mismo período, era sin duda una novedad en el país.

La violencia desenfrenada, que atropellaba todo, y la sensata defensa pacífica (¿?), que sostenía los derechos inalienables del pueblo, la produjeron. Como acontecimiento notable repercutió en la República, provocando su estudio y su solución en los hombres de Estado, en la prensa y en los Poderes Públicos.
El fenómeno no era, sin embargo, desconocido en la historia de los pueblos libres; Rhode Island y otros Estados de la Unión americana lo habían producido con pequeñas variantes, existiendo, por consiguiente, hechos y doctrinas imparciales como antecedentes del juicio, a más de las suministradas por el Derecho Constitucional patrio y por las circunstancias que engendraron el caso.
Los amigos y defensores de las Instituciones aplaudieron el suceso y el patriotismo correntino que, sin abandonar el terreno pacífico y legal, probaba saber defender las leyes fundamentales, sin recurrir a la revolución; por el contrario, los sostenedores de la corrupción levantaron el grito al cielo contra la audacia innovadora.
Las cuestiones que no se aprecian con el criterio de los buenos principios, hacen nacer opiniones encontradas, mucho más cuando son políticas, en las que tanta parte tienen las pasiones exageradas y hasta sin fundamento(10).

(10) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Mantilla muestra en estas líneas el orgullo que lo embargaba al recordar acontecimientos de los que fue el autor intelectual. Fue una muestra evidente de poseer mucha picardía y vivacidad, pero también de ser dueño de una inmensa cultura. Sobre su formación y estilo discursivo, llegó a afirmar Angel Acuña:

“(…) leía a Homero y Virgilio en su propio idioma y era devoto absoluto de los 'Pensamientos' de Marco Aurelio y, para su especialidad parlamentaria, el Derecho Constitucional, abrevaba de las fuentes de los constitucionalistas norteamericanos, en los que se inspiraron nuestros constituyentes en 1853, para plasmar su ideario en nuestra Constitución Nacional (…).

Para agregar:

"Si no era Mantilla un orador de tribuna popular porque la selección de su espíritu y lenguaje lo alejaba de los gustos de la multitud, ni un orador académico porque su palabra se encendía con el calor de la convicción y el sentimiento, era un perfecto orador parlamentario”.

El problema fue que su inteligencia y capacidad intelectual condujeron al infierno a la provincia. Si bien deja en claro que en esos momentos no se sabía cuál iba a ser la evolución del proceso, lo lógico era pensar que el destino era la guerra civil. Al perfilar el carácter de Derqui, Mantilla perfilaba también el suyo.

El doble Colegio Electoral, la doble elección, “reasumían una lucha tenaz de la oposición contra un Gobierno que le negaba el agua y el fuego, lucha que, siguiendo los usos del país, debió terminar por una revolución, pero que, hábilmente dirigida e inspirada en la paz, engendró un caso anormal, cuya solución debía ser pacífica y constitucional", señaló el notable tribuno.

Y agregó:

La divergencia radical de juicio respecto de ella era, pues, lógica: nacía de la oposición de intereses políticos, si bien, en el fondo de todos los corazones había un aplauso entusiasta para el pueblo de Corrientes.
Era este el primero, que -sin disparar un tiro ni derramar una gota de sangre, viendo sí derramada la de sus hijos por el puñal asesino-, con evoluciones, dentro de la esfera legal, obligaba a sus verdugos y a sus adversarios exteriores a seguirlo en el terreno de los principios, para solucionar, a la luz de ellos, ante la Nación entera como juez del acto, la cuestión electoral”.

Inmediatamente, el periódico liberal “La Libertad”, en su edición del día 19 de Diciembre, expresó abiertamente, en un editorial titulado “La Intervención”, aunque sin decir explícitamente que eso era lo que se habían propuesto lograr y cuál era la solución para la situación planteada:

El Gobierno de la Nación no tiene intervención en los asuntos locales de los Estados más que en casos determinados y especiales que la Constitución de la República consagra (...).
El actual estado de las cosas en Corrientes es una de las especialidades cuya solución única depende de la Intervención Nacional (...). El Gobierno Nacional tiene que reconocer forzosamente a uno de los gobernadores; no puede quedarse con ambos, pero, ¿cuál será la regla de su criterio? ¿En qué se fundará para decir: Cabral y no Derqui; Derqui y no Cabral? (...)
El Gobierno Nacional está solicitado en estos momentos por la fuerza del poder oficial que sostiene a Derqui y por la fuerza popular que sostiene a Cabral (...) Para esto sólo la Intervención es eficaz, el único medio legítimo de que puede echarse mano...(11).

(11) Periódico “La Libertad”, (Corrientes), edición del 19 de Diciembre de 1977. // Citado por Antonio Emilio Castello. “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

El doctor Felipe José Cabral solicitó al gobernador José Luis Madariaga la entrega del mando, porque consideraba que había sido elegido por los legítimos Electores. Pero, como era de esperarse, su pedido no fue atendido y, por el contrario, el 25 de Diciembre de 1877 el traspaso del poder fue hecho al doctor Manuel Derqui.

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