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Adolfo Alsina: el presidente que no fue

Iguales órdenes del gobernador Manuel Derqui (como las redactadas a las autoridades de Esquina) es de suponer, impartiría a los demás caudillos encargados de fuerzas, pues en todas partes hubo movimiento de tropas para garantir el orden, amenazado por los rebeldes.

Lo sucedido en Esquina daba una idea de lo que vendría. “El hombre (Derqui) que tantas lágrimas y sangre hacía derramar para colmar su ambición. ¡Sólo desdichas y luto se divisaban en el horizonte! ¿Sería condenado a arrastrar esa vida, el pueblo que más había hecho por la nacionalidad argentina y por la libertad?(2).

(2) La parte final de este párrafo es oido incluso en la actualidad. Es un mito del conservadorismo correntino. Basta oir algunas de las diatribas que resuenan en congresos de historia o eventos culturales, donde se dice repetidamente lo que se considera una verdad establecida, verdad que muchas veces es asociada al Partido Liberal.

La posesión del poder y su ejercicio acariciaban a Derqui, con la perspectiva de un arraigo definitivo, pues tenía de su lado el aplauso de su gente y el concurso del presidente de la República.

Pero, en los primeros días de su mandato, ocurrió la muerte de Adolfo Alsina (29 de Diciembre de 1877), y esto puso al presidente en la necesidad de guardar, por un tiempo, más atenciones a la Conciliación y, por lo tanto, de no chocar abiertamente con los ministros liberales, por lo que decidió sostener resueltamente a Derqui.

- ¿Quién era Adolfo Alsina?

Alsina había pedido el Ministerio de Guerra y Marina con intenciones precisas y concretas. Como gobenador de Buenos Aires había comprendido que ese Estado no podría alcanzar un desarrollo pleno, son solucionar el problema del indio. Por otra parte, en su condición de candidato presidencial dos veces frustrado, había llegado a la conclusión de que sólo trascendiendo al plano nacional vería  desbrozado ese camino.

Para alcanzar ambos fines, solicitó la Cartera militar. Desde allí procedería a la conquista del desierto, incorporaría extensas regiones a la civilización y su figura dejaría de ser la de un caudillo local, para proyectarse hacia el Interior.

Alsina a los 45 años de edad, estaba dejando de ser el porteño cerrado para comenzar a abarcar a la Nación como un todo, por encima de los localismos. Y ansiaba con toda el alma presidir esa Nación. Tenía resuelto alcanzar esa meta en 1880. Para entonces tendría 51 años, sería un presidente joven, dinámico, que quedaría en la Historia.

Pero su primera tarea como ministro consistió en aplastar la insurrección mitrista. No costó mucho. Conducida blandamente por Bartolomé Mitre, fue derrotada en La Verde, el 27 de Noviembre, y en Santa Rosa, el 7 de Diciembre de 1874. El vencedor de esta acción, coronel Julio Argentino Roca, fue ascendido a General sobre el campo de batalla. Con su fino olfato político, Alsina detectó en el joven militar a un peligroso adversario en potencia y, desde entonces, no le perdió pisada.

Mitre, apresado con otros altos jefes militares, fue juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte, pena conmutada por destierro, al tiempo que se lo expulsaba del Ejército. Aparentemenmte, por ese lado, don Adolfo quedaba tranquilo y, aumentó su serenidad sacando del medio a todos los jefes y oficiales mitristas.

Una nueva generación miliar pasaba al frente donde, aparte de Roca, figuraban Nicolás Levalle, Luis María Campos, Lorenzo Wistter, Conrado Villegas, etcétera.

Quedaba con sus manos libres para conquistar el Desierto, que sería la gran obra de su vida. Todo el año 1875 lo dedicó a ultimar preparativos. Pero antes tuvo que resolver un problema partidario. A principios de año debía elegirse gobernador de Buenos ASires. Sólo concurriría un partido, el Autonomista, ya que el Nacionalista había declarado la abstención y, por supuesto sólo podía haber un candidato, el propio Alsina; y así le fue propuesto.

No pensaba dejar el Ministerio, piedra fundamental de su futura presidencia, pero se hizo el dificil, el dudoso y, el presidente Avellaneda salió en su ayuda, al escribir, el 3 de Abril de 1875, en su clásico estilo sonoro y lapídario:

"Ud. se debe a la gran tarea proyectada, suprimir la frontera interior. El hombre y la tarea se han encontrado"(3).

(3) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Rechazó pues la candidatura y, entonces, surgió el problema. Alsina era el único candidato indiscutible. Cualquier otro crearía resistencias y, el Partido Autonomista, amenazó con fisurarse. Don Adolfo debía emplear toda su energía y autoridad para evitar la división. Convocó a una reunión conciliatoria, que presidió personalmente, y se reorganizó el partido.

Antonio Cambaceres quedó como presidente; Vicente Fidel López y Miguel Navarro Viola como vicepresidentes; y se nominó candidato a gobernador al moderado Carlos Casares.

Pero la solución no gustó a todos, y quedó un sector del autonomismo -dirigido por Aristóbulo del Valle, Leandro Alem y Dardo Rocha- firme en la línea dura, enfrentando cada vez más al propio Alsina.

Vuelto a sus planes militares, don Adolfo proyectó adelantar la frontera por líneas sucesivas, para no dejar desierto a espaldas de su avance. En la primera ofensiva se ganarían 2.000 leguas, se ocuparían lugares estratrégicos, se levantaría una línea de fortines comunicados por líneas telegraficas, unidas a la vez con retaguardia. Se fundarían pueblos, se repartirían tierras y se alentaría a la población y explotación. Una vez consolidado, se procedería a un segundo avance, y así sucesivamente, hasta llegar al río Negro, meta de Alsina, a la que consideraba demandaría años llegar.

Consultados los jefes militares, Roca se opuso terminantemente. El joven General proponía desechar de una vez la táctica defensiva y pasar a la ofensiva. Señalaba que el fortín sólo dominaba el terreno que ocupaba y desgastaba la disciplina de la tropa. Debía emplearse la guerra móvil, similar a la del indio, con golpes profundos y fulminantes. Se comprometía a ocupar todo el territorio hasta el río Negro en dos años: uno para prepararse y otro para llevarlo a cabo.

Alsina desechó las críticas de Roca, pero aumentó su desconfianza hacia el comandante de Río Cuarto, cuya ambición intuía. Entonces lo condenó a la inmovilidad. No lo llamó a su lado -pese a la brillante foja- y, como no podía sacarlo del medio, por ser casi un héroe nacional, lo dejó nomás en Río Cuarto, enquistado. Además, comenzó a sacarle tropas para reforzar la línea de Buenos Aires. Desolado, el General le escribía a Juárez Celman:

"Me han reducido a la mitad las fuerzas y ahora me sacan el 3ro. de línea, que ha marchado ayer a Buenos Aires; y no solamente se contentan con eso, sino que quieren conocer mejor que yo, que hace muchos años conozco esta frontera, dónde deben situarse las tropas"(4).

(4) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

En adelante, la rivalidad entre General y Ministro no hará más que incrementarse, al punto de que en Enero de 1876, Roca escribía a Juárez Celman:

"Temo que la situación a crearse se haga grave y que estoy destinado a hacer una guerra a muerte al doctor Alsina".

En Febrero de 1875, don Adolfo había elevado un mensaje al Congreso pidiendo 200.000 pesos fuertes para fundar pueblos, levantar fortines y sembrar árboles y, una suma similar parta instalar una red telegráfica. El 5 de Octubre se aprobaron los proyectos de ley que autorizaban al Ministro a adelantar la línea, que partirían el 1 de Marzo de 1876 para ocupar, de norte a sur, Italo, Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué y Puán.

Pero los servicios de inteligencia de la indiada estaban perfectamente al tanto de lo que se tramaba y en las tolderías de Namuncurá se estudió el avance y se dispuso una ofensiva para desbaratarlo. En Diciembre de 1875 un enorme malón de 4.000 indígenas se lanzó sobre la frontera y arrasó el sur de la provincia, provocando una tremenda devastación que se prolongó hasta Enero y se repitió en Marzo de 1876, con durísimos combates.

Lo que Alsina en su momento y Roca después no comprendieron es que la relación de los amerindios con la tierra era muy fuerte y tenía un componente espiritual, porque ellos creían que estaban conectados a la tierra, venían de la tierra, así que ellos tenían una relación muy cercana con la tierra, mucho más de lo que tenía la gente de afuera, que veían a la tierra más superficialmente.

Para el poblador originario, esas tierras eran más que un lugar para vivir y cazar. Estas eran esenciales para su cultura. Eran importantes y sagradas porque de ahí venía su creación, su lugar de origen. Apreciaban a la tierra y a los animales tanto como a la gente. Como tierra de cultivo y cría de animales, no tenía valor para ellos.

Namuncurá creyó que aquélla irrupción de fines de 1875, bastaría para enfriar a Alsina y volvió tranquilo a sus toldos. Pero don Adolfo no se amilanó, comprendió que en ello se jugaba el prestigio, y ordenó atacar. Se trasladó a la frontera, el 16 de Marzo de 1876 reunió a los jefes militares en Olavarría y les dio las últimas instrucciones, que fueron vebales y escritas.

Junto con el coronel Levalle dio la orden de avance con pocos días de atraso respecto del plan original. Los nuevos Remington se mostraron eficaces y, además, los indios fueron tomados totalmente de sorpresa. Desconcertados ante la inesperada recupearción, apenas opusieron resistencia. El 25 de Marzo era ocupada Italo; el 30, Guaminí; el 12 de Abril, Trenque Lauquen. El 23 de Abril, a las cuatro de la tarde, Alsina y Levalle llegaban frente al médano de Carhué y, en los primeros días de Junio el Ejército estaba en Puán.

Con mucho menos esfuerzo del esperado y en tiempo récord, se había logrado el plan de inmediato: se organizaron comandancias, se levantaron fortines, se sembraron árboles, se fundaron pueblos y se dividieron tierras. La frontera quedó reducida a 180 kilómetros y la nueva línea fue reforzada por una tremenda zanja -la famosa Zanja de Alsina(5)- con el fin de retardar el movimiento de los malones a la entrada y a la salida, para ubicarlos más fácilmente, pero el ministro mantuvo la vieja línea fortinera, como retaguardia preventiva.

(5) Norberto Ras, “La guerra por las vacas” (2006), p. 379. Ed. Galerna, Buenos Aires. Era un sistema defensivo de fosas y terraplenes con fortificaciones -compuesto de fuertes y fortines- de 374 kilómetros de largo, entre el sur de la provincia de Córdoba y las cercanías de Bahía Blanca. Con esta campaña se ocuparon los territorios utilizados para mantener alimentados a los caballos y engordar los animales arreados por los malones. Esta circunstancia -sumada a la epidemia de viruela que costó la vida a miles de indígenas- causó una crisis militar y demográfica en la población originaria, que los debilitó enormemente.

Cumplida la misión que entregaba dos mil leguas cuadradas a la civilización, Alsina volvió en Mayo de 1876 a Buenos Airtes para retomar las riendas políticas. Regresó como César de las Galias, sintiéndose presidente en ejercicio. No tardó en rozar con Avellaneda, que se negó a ser arrolado por el ministro.

La puja no tardó en trascender y la enorme influencia de don Adolfo fue denunciada por la oposición como un Gobierno bicéfalo. Domingo F. Sarmiento llamaba a la Administración Avellaneda, "águila de dos cabezas" y los caricaturistas dibujaban al robusto Alsina llevando a la rastra, de la mano, al pequeño Avellaneda. Las tensiones debieron ser paliadas por la serenidad de Bernardo de Irigoyen, en cuya casa de la calle Florida se reunieron el presidente y Alsina para limar asperezas. En adelante, don Bernardo fue el moderador de don Adolfo en el Gabinete.

Para colmo, 1876 se presentaba como endemoniadamente malo para el Gobierno. El desbarajuste financiero de la gestión de Sarmiento, desembocó en una crisis que alcanzó su acmé de ese año. La miseria, la desocupción, parálisis comercial y estancamiento general, adquirieron graves proyecciones que rebotaron, naturalmente, contra el Gobierno; el descontento y la irritación popular eran visibles y palpables.

No eran más amenas las perspectivas políticas. Anticipándose en varios lustros al radicalismo, Mitre había decretrado la abstención insurreccional de sus fieles. El Partido Nacionalista consideraba al Gobierno de Avellaneda como de facto, producto del fraude y violatorio de la voluntad popular, por lo que era legítimo derribarlo por la fuerza.

En aquél ambiente corroido por la crisis, la figura de Mitre creció enormemente en prestigio, aumentando el número de partidarios y cobrando nuevamente trascendencia en el Ejército, muchos de cuyos jefes y oficiales volvieron la mirada a don Bartolo como una solución.

En medio del tembladeral, el Gobierno era consciente de que se tejían varias líneas conspirativas y que, tarde o temprano, la insurrección habría de estallar. El mismo presidente filosofaba:

"Habrá en toda ocasión una mayoría y una minoría, un partido que gobierna y otro partido en la oposición; pero no fundaremos un régimen de instituciones libres sino cuando las oposiciones dejen de ser sediciosas y los paridos dominantes abusivamente excluyentes"(6).

(6) Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

El 4 de Julio de 1876, el Gobierno tuvo una prueba palpable de su impopularidad. Era tradición, en esa fecha, que el presidente, los ministros y los grandes personajes pasaran a saludar al Encargado de Negocios estadounidense, por la fecha nacional de los Estados Unidos. En esa ocasión, Avellaneda fue acompañado por sus ministros, Bernardo de Irigoyen y Adolfo Alsina. Adentro estaban ya el amnistiado Mitre y Sarmiento, mientras afuera se reunía una compacta multitud.

Al salir Sarmiento, hubo aplausos; al salir Mitre, una delirante ovación. Cuando se retiró el presidente con sus ministros, la multitud se cerró amenazadora sobre ellos, profiriendo insultos y gritos hostiles. El asunto se puso tan feo, que pareció inminente la agresión física. Sin titubear, Alsina empujó a los asustados don Bernardo y don Nicolás hacia un zaguán vecino, donde los metió para luego cubrir la entrada con su corpachón.

Desde el umbral, centelleantes los ojos, interpeló a gritos a los manifestantes:

- "¿Qué quieren, carajo?

Cesaron los gritos y un extraño silencio cayó sobre la calle, sin que se depusiera la actitud amenazadora. De pronto llegó, sable en mano, la escolta en acción de rescate. Con un gesto, don Adolfo ordenó:

- "¡Envainen!"

Y dando un paso adelante, comenzó a cuerpear a los que tenía más cerca, donde abundaban orilleros de cuchillo rápido. Mirando de frente a los guapos, cara a cara, volvió a ordenar:

"- ¿A ver! ¿Qué quieren? ¡Hablen!"

Nuevamente silencio. El vozarrón restalló por tercera vez:

- "¡Les he dicho qué quieren! ¡Hablen, carajo!"

Esta vez no hubo silencio. Un aplauso sonoro, seguido de vítores incontenibles, fue el reconocimiento gallardo de la multitud de guapos a la guapeza de un hombre cabal. Abrieron paso mansamente y por allí desfilaron Avellaneda e Irigoyen, aún asustados, y don Adolfo, pisando fuerte.

Antes de pasar a otro ítem, es bueno recordar lo que pasaba en Corrientes por esos tiempos, ya que lo que sucedía en Buenos Aires repercutía como un espejo en la provincia. La actitud de Derqui, de sostener relaciones políticas simultáneas con Avellaneda y Alsina; las dificultades en lograr un principio de acuerdo entre liberales y autonomista era el reflejo de la grieta entre Mitre y la dupla Alsina-Avellaneda; la teoría conspirativa sediciosa, siempre presente en los liberales, simplemente era el reflejo de la postura dibujada por Mitre a nivel nacional.

El escenario correntino de esos años es interpretable cuando se estudia la realidad política de la cabeza del país, Buenos Aires. Aunque los hombres de Corrientes levantaran banderas federales (ya sean autonomistas o liberales) este concepto era sólo retórico en los hombres de Buenos Aires; el centralismo porteño se estaba haciendo carne en todo el país.

- La Conciliación

Con la crisis económica en auge, la pérdida de prestigio del Gobierno, y con el Partido Nacionalista en onda subversiva, se empañaban las posibilidades presidenciales de Adolfo Alsina. Existía la sensación general de que un movimiento armado estallaría de un momento a otro.

En una interpelación en Diputados al ministro de Guerra y Marina, en Agosto de 1876, Lucio V. Mansilla expresó:

"Hace muchos meses que el país vive una perpetua y constante alarma. He sacado mi reloj para ver si son las tres y cinco, porque para las tres y cinco se anunciaba, en todas partes, esta mañana, un movimiento revolucionario".

Preguntó entonces el ministro qué sabía del asunto, y recibió esta elusiva respuesta:

"Cualquier cosa que yo pudiera decir, ya manifestando que la situación es grave, ya presentándola como ridícula, bajo el punto de vista de las alarmas que preocupan al Señor Diputado, creo que no produciría ningún efecto"(7).

(7) Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Para colmo de males, el ya muy trabajado Partido Autonomista amenazaba dividirse definitivamente. La fisura que don Adolfo había logrado cerrar momentáneamente en 1875, volvía a abrirse de manera peligrosa. Era la puja entre Dardo Rocha, Aristóbulo del Valle y Leandro Alem contra la conducción de Ciríaco Antonino Cambaceres y otros dirigentes, que implicaba una lucha de los autonomistas jóvenes por desplazar a los veteranos, una rebelión que alcanzaba también a Alsina. Los muchachos se permitían hasta la insolencia, de proclamar el nombre de Rocha para las elecciones presidenciales de 1880.

El 25 de Marzo de 1877 debía renovarse la Legislatura de Buenos Aires, cuna y principal distrito del Partido Autonomista, como paso previo a la elección de gobernador y, a raíz de ello, el movimiento terminó de dividirse. La línea alsinista ortodoxa proclamó candidato a gobernador a Antonino Cambaceres. Los disidentes, ya llamados delvallistas levantaron el nombre de Aristóbulo del Valle.

El 7 de Marzo, don Adolfo dirigió un llamado a los dos bandos, invitándolos a la unión:

“Dada esta situación y teniendo presente que en este mes debe verificarse la elección de Senadores y Diputados provinciales, tengo el honor de dirigirme a Ud. para incitarlo a que busque un acuerdo con el otro centro de amigos políticos a fin de que, suprimiéndose la lucha en perspectiva, la Legislatura de la provincia sea digna y honorablemente renovada.
“Si de algo valen mis antecedentes en el seno del Partido Autonomista, séame permitido invocarlos con fe, pero sin jactancia, para esperar que sean escuchadas mis indicaciones. Procediendo así, más que ejercitar un derecho, creo cumplir un deber que esos mismos antecedentes me imponen. Al tomar esta iniciaiva, busco los siguientes resultados:
“Primero. Conservar en todos los momentos la integridad y la unidad del partido, amenazadas hoy por disensiones, que pueden llamarse de familia.
“Segundo. Que no se formen Cámaras con Senadores y Diputados de círculo, lo que sucederá fatalmente si se levanta en el seno mismo del partido la bandera de las exclusiones, con perjuicio manifiesto de los intereses manifiestos de la Provincia.
“Tercero. Que si, desgraciadamente, viene la lucha en la cuestión Gobernador, la elección de éste tenga lugar bajo la influencia de una atmósfera templada, lo que no sucederá, ciertamente, si los ánimos se enconan y las pasiones se abrían en las elecciones venideras.

"Y me preocupa, Señor Presidente, el deseo ingenuo de que se suprima toda lucha anterior al nombramiento de electores para Gobernador, porque nuestra propia historia nos enseña que los partidos que se dividen, aún en cuestiones de detalle, pierden para siempre su unidad y, con ésta, su vigor, sus tradiciones y hasta su credo"(9).

(8) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

El remedio fue peor que la enfermedad. El 25 de Marzo de 1877, en vez de dos listas autonomistas, se presentaron tres. Una, de los cambaceristas; otra, de los delvallistas; y otra mixta, de los que le llevaron el apunte a Alsina, cuya estrella parecía declinar. Fue una elección digna de recuerdo, por el despliegue de violencia que ejercieron con entusiasmo los tres autonomismos, que se despedazaron entre sí, ya que los nacionalistas, en abstención, no concurrieron.

Hubo verdaderas batallas campales, destacándose la parroquia de Balvanera, digitada por Leandro Alem, que dirigió personalmente el combate. Ganaron los delvallistas, es decir, los rebeldes a Alsina.

Don Adolfo debía maniobrar rápido y con habilidad, si quería recobrar un ascendiente que se le escapaba de las manos. Lo que no lograba en su partido debía buscarlo en otro lado. Entonces pensó en Mitre. ¿Por qué no? Don Bartolo era una fuerza real, poderosa e influyente. Con su aval terminarían las conspiraciones, se consolidaría el Gobierno, quedarían neutralizados los delvallistas y, él, don Adolfo, sería el futuro prsidente.

¿Acaso no le había salido bien la apertura a Urquiza, casi diez años atrás? Acaso no le había salido bien la apertura a Urquiza, casi diez años atrás? Además había precedentes. En 1876, Juan A. Lanusse -desde "La Libertad"- y Manuel Bilbao, desde "La República", habían auspiciado un acuerdo entre los dos grandes parrtidos porteños para terminar con la crsis económica y política.

Por su parte, el gobernador Carlos Casares había reunido en su casa a varios dirigentes autonomistas, expresándoles que la única salida era la conciliación con el nacionalismo, en lo que muchos se encontraron de acuerdo. Se tendieron algunas líneas hacia dirigentes mitristas, pero sin mayor eco, pero lo que entonces fallara, mejor manejado, podía dar resultado.

Entonces Juan Manuel de Rosas vino en auxilio de Alsina. El anciano Restaurador falleció el 14 de Marzo de 1877 en Southampton. Sus familiares en Buenos Aires, ordenaron un funeral para el 24 de Abril. El Gobierno de la provincia, ejerciendo una venganza de ultratumba, lo prohibió y orquestó un imponente funeral "por las víctimas de la tiranía", el mismo 24 de Abril.

El Gobierno Nacional adhirió de inmediato, ante todo Avellaneda, hijo del "mártir de Metán". También adhirieron Alsina y Mitre. Y allí, en el sagrado recinto de la Catedral, se encontraron don Adolfo y don Bartolo. Alsina estuvo efusivamente gentil con el jefe nacionalista, que aceptó la apertura, por lo menos, en el plano social.

Gran promotor de la Conciliación, el gobernador Casares convenció a Avellaneda de ofrecer el olivo de la paz al mitrismo. De acuerdo con la idea, el presidente, al pronunciar su Mensaje ante el Congreso el 1 de Mayo, formuló la promesa de que habían terminado los Gobiernos electores, dejando plena libertad a los partidos y asegurando igual justicia para todos. Para ratificar esta promesa, levantó el estado de sitio. De inmediato, Mitre detuvo las líneas conspirativas. Aceptaba la buena fe del presidente y la invitación a iniciar conversaciones.

El 9 de Mayo de 1877 Avellaneda se entrevistó con el General en casa de José María Moreno. La exigencia de don Bartolo se atenía a un punto preciso: elecciones libres, con total prescindencia de las autoridades nacionales y provinciales. Hubo acuerdo. Este punto tendrá directa relación con la elección de Noviembre, para Gobernador, en Corrientes.

Dos días después, Carlos Casares abrió las puertas de su mansión para que conversaran Mitre y Alsina. Estaban también presentes Carlos Tejedor y Eduardo Costa. Como prenda de buena voluntad, el Ministro ofreció al ex General su reincorporación al Ejército, junto con los otros jefes rebeldes del '74. También se habló de soslayar la lucha política en momentos tan caldeados, para buscar coincidencias de candidatos y listas mixtas. El 12 de Mayo, a través de un Manifiesto publicado por "La Nación", Bartolomé Mitre aceptó públicamente la conciliación de los partidos.

En general la conciliación fue bien recibida en todos lados, ya que implicaba el cese de una permanente zozobra. Sarmiento no estuvo de acuerdo, porque le obsesionaba una duda: "¿Qué le dan a Mitre en cambio?". Lúgubremente, "El Nacional" diagnosticaba:

"Esta política de la conciliación tiene mucha semejanza con los matrimonios fraguados por los padres: la casa de los suegros es un Edén y el lecho nupcial es una Babnilonia"(9).

(9) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Otro que miraba recelosamente el acercamiento era Roca, que le escribía a Juárez Celman:

“Todo el mundo cree que Alsina ha asistido a sus funerales y que ya es hombre muerto para toda la siega. Yo no me atrevo a abrir juicio, al ver cómo se modifica a cada instante el aspecto de las cosas; pero es indudable que Mitre adelanta y tiene habilidad para ganar el terreno perdido en las batallas.
“Alsina, con una posición envidiable, una influencia decisiva como Ministro de la Nación y dueño de la más poderosa provincia, no ha sabido otra cosa que perder amigos y partidarios, enajenándose voluntades”(10).

(10) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Precisamente con Roca hubo otro roce. El joven General y su concuñado se creyeron con fuerza como para ser los electores de Córdoba y designar a dedo gobernador, para lo cual promovieron el nombre de Antonio del Viso. Alsina se cruzó en su camino. No toleraría que el ambicioso militar tallara tan alto, y volcó su influencia hacia el mitrista Clímaco de la Peña, furibundo enemigo de Roca. Sólo aceptó a Del Viso como vicegobernador, en la certeza de que De la Peña se encargaría de aplastar al General.

Pero como ya la enorme estrella de Roca estaba en condiciones de ser legendaria, una vez que asumieron el poder, De la Peña murió repentinamente y Del Viso pasó a ser gobernador.

El que no aceptó la Conciliación fue el delvallismo, que reunía a los más cerrados porteñistas, a los "intransigentes", que ahora recordaban a Alsina su frenética intransigencia de ayer, todos aquéllos que consideraban al adversario sólo como candidatos al exterminio. Renegaron del jefe, abominaron del autonomismo y se fueron a fundar un Partido Republicano. Enrique Sánchez escribía con mucha amargura y escasa tolerancia: "Una fracción se separaba de su seno y formaba un partido sin bandera y sin principios"(11).

(11) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

El Partido Nacionalista se reunió en asamblea reorganizadora y en ella Mitre explicó los alcances de la Conciliación. No era una fusión para resucitar el viejo Partido Liberal, sino una tregua política en que ambas fuerzas colaborarían deponiendo pasiones, para luego reanudar el camino con elecciones libres garantidas por el Gobierno. También, en este caso, un sector de duros se opuso a la Conciliacón, pero primó la autoridad de Mitre, evitando una secesión.

Quedaba la candidatura a gobernador de Buenos Aires. Para facilitar el acuerdo, Antonino Cambaceres renunció a la suya. El Partido Republicano insistía con Aristóbulo del Valle. Reunidos en casa de Carlos Casares, Mitre y Alsina buscaron un candidato común. Los nombres gratos al autonomismo repelían al nacionalismo y viceversa. Al cabo eligieron a uno que no gustaba a nadie, Carlos Tejedor, autonomista, que fue proclamado el 28 de Septiembre de 1877. El 2 de Octubre, Avellaneda amplió la apertura, al incorporar al Gabinete a dos mitristas: Rufino de  Elizalde y José María Gutiérrez.

Todo marchaba como una seda. El 7 de Octubre era el día fijado para consagrar la Conciliación. Por la mañana, la plana mayor del Partido Autonomista se trasladó en masa a la sede del Partido Nacionalista. Unidos, los dirigentes encabezaron una columna de partidarios mezclados hasta la Plaza de Mayo. Un gran palco se alzaba al pie de la estatua de Manuel Belgrano, mientras una enorme multitud, calculada en más de veinte mil personas, llenaba la plaza, donde abundaban las hojas de olivo en solapas y sombreros.

Se dio lectura a la fórmula Carlos Tejedor-José María Moreno para la provincia de Buenos Aires. Mitre y Alsina se estrecharon en un abrazo debajo de Belgrano, entre delirantes aclamaciones. Hubo muchos discursos, entre ellos el infaltable de Avellaneda. Luego entraron en la Casa Rosada, se dirigieron al Salón de Acuerdos y allí Alsina devolvió solemnemente los despachos de Brigadier a Bartolomé Mitre, pronunciando unas palabras no demasiado hábiles ni sutiles:

“Señor General Mitre:
“Tengo la satisfacción de poner en vuestras manos el diploma que os acredita como General de los Ejércitos de la República.
“La entrega de este diploma en vuestras manos, nos recuerda las primeras tentativas para hacer práctica la Conciliación, y cuyos frutos ya se cosechan.
“Es preciso, general Mitre, que en adelante, sea cual sea el horizonte, por nebuloso, por despejado que le veamos, la situación os encuentre no libre, sino obligado especialmente a ocupar el puesto que os corresponde, pues todo ha de olvidarse en los grandes momentos, para sólo ver el pabellón azul y blanco de la Patria.
“La entrega de este diploma importa otra cosa, general Mitre: importa arrancar del libro de la historia una página triste, para entregarla al fuego de una gran pasión: el amor a la libertad”(12).

(12) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Con parquedad, Mitre aceptó en el entendimiento

"De que ninguno de mis hermanos de infortunio estará excluido de mi lado, porque de lo contrario, en vez de ceñir la espada de General, pediría un fusil de soldado en las filas del pueblo"(13).

(13) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Después se registró un gran banquete en el teatro de la Opera, con muchísimos discursos, entre otros, de Avellaneda, Mitre, Alsina y Tejedor. Por la noche, manifestantes alsinistas fueron a vitorear a Mitre en su casa de la calle San Martín y, los nacionalistas, aclamaron a Alsina en la calle Potosí. Don Adolfo salió al balcón y les dijo:

"Os he tenido enfrente, sé lo que valeís y me honro con vuestros vítores. Si algún día me vierais retroceder o vacilar en el camino emprendido, volved a combatirme, porque habré faltado a la palabra que os doy"(14).

(14) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Y alzando la cabeza, la mano en alto, su imponente vozarrón clamó: "¡Viva Mitre!"

- El desenlace

Señala José María Rosa:

"En las conversaciones de Alsina y Mitre se llegó al acuerdo para gobernador de Buenos Aires, vicegobernador, ministros nacionales, provinciales y futuros legisladores. ¿No se habló también del próximo presidente?"

Y contesta:

"Oficialmente nada se dijo de algo que debía ser la clave de bóveda del acuerdo. Pero se entendió en todas partes, que la Conciliación era un pacto ambivalente: los mitristas recibirían ministerios, diputaciones y altos cargos en la Administración; Mitre y los militares del '74, la devolución de sus grados. Y Alsina, la presidencia en el 80"(15).

(15) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Don Adolfo, con el futuro asegurado, ansiaba volver a la frontera para terminar la obra que habría de ser el pedestal de su gloria. La facilidad de la campaña anterior lo alentaba sobremanera. El indio era menos poderoso de lo esperado. Podía ampliar sus planes y darles mayor alcance. Proyectaba una serie de entradas ofensivas y, si las cosas eran favorables, ocupar la línea del Colorado. Todavía consideraba aventurado llegar al río Negro.

Precisamente, en Octubre de 1877, tras los festejos de la Conciliación, mantuvo una entrevista con Roca, que insistía en su plan de guerra móvil. El desagrado y la desconfianza mutua se pusieron de manifiesto y la reunión terminó con una virtual ruptura. El 29 de Octubre, a las diez de la mañana, tomó el tren rumbo a Azul, donde recientemente llegaran los rieles.

En el viaje pudo repasar su carrera. Tenía 48 años, era el líder de una gran partido y tenía una brillante carrera de honores. Había superado con destreza una peligrosa crisis, de la que salía fortalecido contra toda posibilidad; había desarmado al mitrismo y lo había enfilado a sus espaldas. Sólo le quedaba completar la conquista del Desierto para alcanzar talla nacional.

En cuanto a los delvallistas, ya volverían los muchachos y, en todo caso, dificilmente podrían hacer mella a la Conciliación. Y en lo que respecta a Roca, ¡ya se encargaría del generalito! Una cosa era evidente como la luz: sería el próximo presidente de los argentinos.

Ya había recibido un anticipo de su trascendencia histórica. El 21 de Enero de 1877, en Carhué, el general Levalle delineó un pueblo:

"después de una Misa solemne celebrada por el Señor Cura Párroco de Bahía Blanca -informaba el militar- a quien había invitado al efecto, se colocó -bendecida por la religión-, la piedra fundamental del nuevo pueblo, al que se dio el nombre de Adolfo Alsina, como un tributo de justicia ofrecido al intrépido funcionario que, con perseverancia y abnegación, y teniendo que luchar con toda clase de contrariedades, han iniciado y conducido con mano firme a buen fin, la grandiosa idea de la conquista del desierto"(16).

(16) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

El 29 de Octubre de 1877, a las seis de la tarde, Alsina llegó a Azul con un fuerte dolor de cabeza, que no tardó en convertirse en terebrante cefalea. Dos días permaneció en cama. El 1 de Noviembre, sintiéndose algo mejor, viajó a Fortín Lavalle -hoy Saliqueló- donde aparecieron síntomas de malestar gástrico. Superado el trance, volvió a mostrar el contagioso dinamismo de siempre, poniendo en marcha una serie de operaciones desde Carhué.

Con punto de partida en Puán, se desplazó una expedición que golpeó duramente a Catriel y, desde Trenque Lauquen, otra fuerza desbandó a Pincén. Eran maniobras previas al gran golpe que pensaba asestar a Namuncurá, en su centro neurálgico de Salinas Grandes.

Pero el 16 de Noviembre volvieron los malestares gástricos y los dolores de cabeza. El 17 se sumó fiebre alta e intensos chuchos. Muy demacrado, pálido, los ojos hundidos, trastabillaba y no podía tenerse en pie. El tratamiento de quinina, que le prescribió el médico militar de Carhué, no dio resultado y, como la sintomatología componía un cuadro grave, se dispuso su inmediato regreso a Buenos Aires. Naturalmente, vista la distancia y la carencia de medios de comunicación, el traslado habría de ser una verdadera agonía para el enfermo.

El 18 fue llevado a Guaminí sin ninguna mejoría y, a las cinco de la mañana del 19, embarcó en un carruaje, en estado de extrema excitación, que bordeaba el delirio. Todo el día anduvo el coche traqueteando caminos bajo una fuerte lluvia. A la una de la madrugada del 20, llegaron a la laguna Cabeza de Buey, donde pararon. Como el tiempo era bueno, tendieron un poncho y un almohadón en el suelo y allí lo tendieron a Alsina para que descansara.

En vano: la fiebre y la excitación le impedían todo reposo y el estómago no toleraba alimentos. A las tres de la tarde siguieron viaje, pasaron por el lugar donde -tres meses después- se fundaría la ciudad de Bolívar y a medianoche llegaron al Fortín San Carlos. Don Adolfo, muy débil y extenuado, no podía tenerse en pie. Lo acostaron y afortunadamente pudo dormir. De allí pasaron a 9 de Julio y Bragado, punta de rieles, donde arribaron el 22 a las siete de la mañana. Tomaron el tren y el vía crucis terminó en Buenos Aires el 23 de Noviembre, a las seis de la mañana.

De inmediato sus médicos de cabecera, doctores González Catán y Manuel Aráuz, hicieron cuanto pudieron para encontrarle un alivio. El 26 de Noviembre el cuadro se agravaba y complicaba con la aparición de un hipo incohersible. Por la ciudad corrieron rumores de que había fallecido. Una multitud se reunió frente a su casa de la calle Potosí, donde desfilaron los prohombres del momento. Mitre, entre los primeros.

De pronto los síntomas remitieron, bajó la fiebre y asomó una mejoría. De inmediato comenzó a mandar telegramas con órdenes para los jefes militares. Dejaba sentir su presencia en la frontera, como si temiera no se llevaran a cabo sus planes. Uno de ellos es elocuente:

"El coronel Levalle cumplirá mis instrucciones, aun cuando el telégrafo le transmita la noticia de mi muerte"(17).

(17) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

La mejoría alentó a todos, pero se mantenía muy débil y sólo toleraba un poco de caldo como único alimento. Una gran alegría lo animó en estos momentos: el 2 de Diciembre de 1877 la fórmula conciliada Tejedor-Moreno, obtuvo una aplastante victoria sobre la del Partido Republicano, Del Valle-Alem. El 9 se trasladó a su quinta cercana a la Chacarita para terminar de reponerse en lo que parecía una segura convalecencia.

Pero el 11 volvió la fiebre, la excitación, el delirio. El 13 estaba de regreso en la calle Potosí, con un cuadro en progresivo agravamiento. No podía dormir y permanecía en vela hasta altas horas de la madrugada, a veces caminando,  otras sentado, pero a partir del 14 ya no pudo levantarse. Una vez le dijo al doctor Aráuz:

- "Manuel, esto es inaguantable, dame algo para dormir. ¿Qué desesperante es tener sueño y no poder dormir!"(18).

(18) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Alta temperatura, dolores abdominales, gran debilitamiento, excitación alternada con estados soporosos, fueron el cuadro de los días siguientes. En los momentos de delirio volvía a la frontera. Perdido en las brumas de la inconsciencia, su alma estaba en el fortín de Carhué, en tanto sus labios musitaban:

"Namuncurá... Levalle... indios... expedición"(19).

(19) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

El 28 de Diciembre se agravó seriamente y varios médicos se reunieron en consulta, declarándose impotentes: don Adolfo estaba desahuciado. A las 2 de la madrugada del 29, en plena lucidez, se intensificaron los dolores abdominales y hubo que llamar al doctor Montes de Oca. Al entrar, con un dejo de humor, Alsina le dijo:

- "Monstruo, dame algo para despacharme pronto".

Medicado, cesó el dolor. Luis Varela, suavemente, le comunicó que afuera esperaba el Padre O'Gorman:

- "Hacelo pasar", fue la respuesta.

Al entrar, el sacerdote dijo:

- "Vengo como amigo y como sacerdote".

- "Lo acepto como las dos cosas", repuso don Adolfo.

Permanecieron a solas media hora y, al retirarse, el Padre señaló su admiración por el valor y la religiosidad del enfermo. Poco después volvió el delirio:

- "Guatraché... Salinas... Namuncurá...".

Cada vez más agitado, insistía:

- "¿Contestó Levalle? ¿Contestó Levalle?"

Su amigo y Secretario, Enrique Sánchez, se inclinó y le susurró al oído que Levalle había obtenido una gran victoria sobre Namuncurá. Una enorme serenidad se expandió por el pálido rostro y una sonrisa se insinuó en los labios. Luego entró en coma final.

Falleció a las 18 horas, 57 minutos, del 29 de Diciembre de 1877(20).

(20) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

- La apoteosis

¿De qué falleció Adolfo Alsina? A casi un siglo y medio de distancia, y con datos incompletos, es dificil formular un diagnóstico certero, pero con lo que se tiene basta para desechar la opinión de algunos historiadores que afirman fue por una intoxicación alimentaria, por ingestión de alimentos en mal estado.

La duración del proceso y la evolución del cuadro no concuerdan con ese parecer.

Por otra parte, lo polimorfo y anárquico de la sintomatología dificultan el problema: intensas cefaleas, fiebre elevada, excitación, insomnio, debilitamiento general y trastornos gastrointestinales pueden corresponder a un tumor cerebral y, la edad de Alsina hablaría en favor de esta tesis. También pudo ser una fiebre tifoidea.

Pero Enrique Sánchez, que conoció bien a Alsina y lo acompañó en los últimos días, dejando un relato en que se ha basado éste, señala que la enfermedad que lo obligó a viajar a Europa, en 1865, fue la que lo llevó a la muerte. Pudo ser enconces una glomerulonefritis que, con los años, fue derivando en una insuficiencia renal. Las fuertes cefaleas, la fiebre, el insomnio, los períodos de lucidez alternado con sopor, el cuadro gástrico, pueden corresponder a una uremia, y es muy posible que tal fue la causa de la muerte de don Adolfo.

La noticia cayó como una bomba en Buenos Aires. ¡Alsina muerto! Era increíble que pudiera caer un ser tan vital, tan magníficamente dinámico. A las cinco de la mañana del 30, el cadáver fue embalsamado. Al vestirlo, su amigo Jorge Stegman, se quitó los botones de la camisa y los gemelos de diamante, para colocarlos en la que servía de mortaja al caudillo.

Luego comenzó un interminable desfile de gentes de toda clase social, expresando una sincera congoja. Un negro, pobremente vestido, bañado en llanto, lo besó en la frente, se enjugó las lágrimas en un pañuelo y lo depositó suavemente junto a la cabeza del muerto, diciendo:

- "Esto es todo lo que tengo y puedo dar".

El día del sepelio llovió torrencialmente, lo que no impidió que una enorme multitud -de más de sesenta mil personas, nunca vista en Buenos Aires-, se apretara para acompañarlo a la última morada. En medio del aguacero que caía blandamente, como un llanto incontenible, el cortejo partió de la casa mortuoria. El pueblo no quiso que fuera en coche fúnebre y lo cargó a pulso bajo el agua. Un impresionante silencio cubría la calle, sólo interrumpido por las solemnes marchas fúnebres de varias bandas militares.

Tan densa era la multitud, que se requirió hora y media para cubrir las ocho cuadras hasta la Catedral, donde fue velado. La emoción, la congoja, siguieron luego en el camino a la Recoleta. Ya en el cementerio, el cortejo hizo alto en la estatua de Valentín Alsina. Desde el mármol, el padre vio pasar el ataúd del hijo. Luego fue depositado en una bóveda junto a su madre, Antonia Maza. Nunca ningún porteño, ningún argentino, había recibido semejante muestra de afecto y cariño de parte del pueblo.

No tardó en formarse una comisión presidida por Antonino Cambaceres, para levantar una estatua en memoria del tribuno. En los primeros días de 1879 solicitó a las autoridades que la calle Potosí se llamara Adolfo Alsina y, desde el 22 de Febrero de ese año, la calle donde viviera el caudillo lleva su nombre.

El 1ro. de Enero de 1882 se levantó -por suscripción popular- la estatua de Alsina en la Plaza Libertad. Luego, el silencio.

- El olvido

La muerte de Adolfo Alsina fue una verdadera catástrofe para la República. Trastocó totalmente el escenario político. Se hundió la Conciliación y estalló la guerra civil. De haber vivido don Adolfo, la Conciliación hubiera persistido y, al suceder a Avellaneda, se habría evitado la insurrección del '80. Roca no hubiera sido presidente. Tejedor no habría podido segregar a la provincia de Buenos Aires y, tal vez, el mismo Alsina hubiera podido federalizar a la ciudad de Buenos Aires, acolchonando la rebelión porteña.

En Corrientes, con Alsina vivo, quizás no hubiese sido derrocado Manuel Derqui y, yendo un poco más allá, Corrientes no hubiese sido mutilada perdiendo el 40 % de su territorio. Como dijo el doctor Hernán Félix Gómez, la integración de Misiones al territorio correntino y la constitución así de una poderosa provincia litoraleña, era una posible solución para revertir el desequilibrio político de la Argentina y, en cierta medida también, la crisis de su sistema federal. Este último no iba a encontrar otra garantía que Estados Provinciales poderosos(21).

(21) Hernán Félix Gómez, “Reintegración de Misiones a la provincia de Corrientes”, en: Hernán Félix Gómez, “Páginas de Historia” (1928). Imprenta del Estado, Corrientes. En relación a la conformación de una poderosa provincia en el Litoral argentino, que integraría Corrientes junto al territorio misionero señalaba: “No queda sino un camino: hacer en el extremo del Litoral una provincia fuerte, de representación electoral máxima, que pese en los destinos de la República y custodie en la Mesopotamia la estirpe argentina y su idealidad maravillosa. Corrientes, integrada con ese pequeño territorio de Misiones, es la única región que puede cumplir esos deberes esenciales para la nacionalidad”, p. 18. Los territorios misioneros fueron separados de Corrientes por un ley nacional de Diciembre de 1881 que fue ratificada por otra provincial de Agosto de 1882. // Citado por Pablo Buchbinder. “Caudillos de Pluma y Hombres de Acción (Estado y Política en Corrientes en Tiempos de la Organización Nacional)” (2004), Ed. Prometeo Libros, Buenos Aires.

Pero es lo que pudo ser, no lo que fue.

Tuvo mala suerte don Adolfo -y tal vez el país- con su muerte prematura. Cabe preguntarse, aunque sea en vano, ¿qué hubiera ocurrido de haber vivido como el padre, unos veinte años más? Con belleza dijo Octavio Amadeo:

"Quedó inconcluso, interrumpido. Le faltó invierno, que pone de oro las hojas antes de caer"(22).

(22) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

También lo señaló Avellaneda, al despedir sus restos:

“Los años maduros dieron -más tarde- aplomo a su pensamiento, sin que se amortiguara la llama. El tribuno se hizo, entonces, hombre de Estado; el caudillo popular, hombre de gobierno; y su fisonomía mortal quedó completa.
“Los hemos conocido muchos, y empezaban a conocerlo todos”(23).

(23) Citado por Miguel Angel Scenna, “Adolfo Alsina, el mito olvidado”, en: “500 Años de Historia Argentina” (1988), colección dirigida por Félix Luna, capítulo 18: “Buenos Aires, Capital Argentina”. Ed. Abril, Buenos Aires.

Tal como fueron las cosas, al cabo de una década, Adolfo Alsina era un personaje olvidado. Y no sólo por las masas y los políticos. También por los historiadores, que pocas veces mostraron tendencia a recorrer su vida. A poco de morir, en 1878, su amigo y Secretario, Enrique Sánchez, publicó su una biografía, que no ha sido reeditada. Ni el autor era historiador, ni la obra debe tomarse como otra cosa que un homenaje.

Pese a este olvido o indiferencia, es curioso que los grandes movimientos políticos posteriores reclamaran la figura de don Adolfo para sus lejanos orígenes, intentando enlazar con la prédica alsinista. El general Roca, al que tan poco quería, heredó no sólo el Ministerio y la Presidencia, sino también el Partido Autonomista y, con él, a los viejos alsinistas, como Carlos Pellegrini o Eduardo Wilde, con los que conformaría el famoso régimen que retendría el poder hasta principios del siglo XX.

En consecuencia, los partidos conservadores han considerado que Alsina estuvo en sus orígenes. Por otro lado, años después, Leandro Alem y Bernardo de Irigoyen -también de viejo cuño alsinista- fundaron la Unión Cívica Radical y, desde entonces, el radicalismo señaló a Alsina como un precursor. Y no han faltado peronistas que invocaron a Alsina como gran caudillo popular. Es que los grandes partidos del siglo XX, como el Radicalismo y el Peronismo, con fuertes raíces centralistas y conservadoras, no pueden negar a don Adolfo como precursor.

Si esto es así, ¿a qué se debe el olvido de don Adolfo? En primer término, nunca llegó a ser una figura nacional. Siempre fue el líder de un movimiento local. El Partido Autonomista recién llegó a ser Nacional, cuando Roca tomó sus rienbads. En cuanto a Alsina, jamás pudo superar el localismo, que fue la motivación de su vida.

Nunca salió de la provincia hacia el Interior. Hasta la conquista del Desierto -tal como él la encaró- no pasaba de una desorbitada expansión de la provincia de Buenos Aires a expensas del Interior, a cuyos comandantes de frontera no permitió movese. Su pensamiento, sin dejar de ser argentino era, ante todo, por sobre todo, porteño.

En segundo lugar, los continuadores lo superaron. Roca fue, al cabo, el conquistador del Desierto, oscureciendo la obra de Alsina. Aristóbulo del Valle, orador de raza, nubló la fama de su elocuencia. Roca y Pellegrini se mostraron notables estadistas, muy por encima de lo que tuvo oportunidad de mostrar don Adolfo. Y, por fin, Leandro Alem llegó a ser un caudillo de tal talla, que terminó de borrar su recuerdo.

Por último, tal vez lo más importante: Alsina careció -de manera asombrosa- de doctrina. Se dirá que en aquel tiempo no había política doctrinaria, pero cada uno de los grandes jefes políticos era expresión de un pensamiento dado, muchas veces muy neto. Ello no se encuentra en don Adolfo. Tenía sí, un agudísimo olfato de comité, pero poco más. La falencia la suplía con un oportunismo audaz, descarado, que le permitía dar volteretas de acróbata que desconcertaban a los adversarios y asustaban a los seguidores.

Vivía la política al día y, para conseguir sus fines, manejaba por igual a amigos y enemigos, abrazando a estos y renegando de aquéllos, cuando así le convenía. Su política la resumía en una palabra vacía: los principios que, sin decir nada, le permitía justificar todo. Algo así como los postulados de los radicales y las verdades de los justicialistas en tiempos posteriores. Fue uno de los inventores de la Intansigencia y también el gran arquitecto de la Conciliación. La primera le dio un partido; la segunda, casi le da una presidencia.

Alsina fue un excelente demagogo. Se dirá, y con razón, que todo político usa -en mayor o menor medida- de la demagogia y que ésta, en fin de cuentas, es un arma política. Pero cuando la demagogia se limita a la demagogia por sí misma, sin otro horizonte ni propósito, la política se torna hojarasca, inasible como el humo.

Alsina representó un gran caudal electoral, pero también un vuelo corto de fines inmediatos, lo que explica tal vez la fenomenal contradicción de que el Partido Autonomista -nacido en 1862, contra la federalización de Buenos Aires- terminará en 1880, federalizándola. O que la "chusma federal" del Interior, contra la que se alzó, fuera al cabo la principal fuerza y la esencia del autonomismo.

Queda la poderosa personalidad de caudillo para rescatar a Alsina en el recuerdo. Un caudillo que anhelaba mantener incontaminada a su Buenos Aires por el resto de la Nación. Un porteño que se negaba a ceder un palmo de territorio, para compartirlo con el resto del país. Un político que creía a su provincia por encima de las demás Un unitario cabal. No llegó a ver lo que hizo su propio partido después de su muerte. Ni pudo imaginar -suprema ironía del destino- que a raíz de ello sus huesos descansarían en la amada ciudad del Plata, convertida en Capital Federal de la República Argentina.

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