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Grieta liberal. Torrent, Virasoro, Morel quieren pactar con Derqui

La oposición sentía cada vez más apurada su situación, comprendiendo, al mismo tiempo, la ineficacia de la misión enviada por el presidente para mejorarla, y no estaba dispuesta a dejar ganar tiempo al gobernador Derqui; le urgía definir aquél estado de cosas, aún sin haberse llenado debidamente la condición previa impuesta para tratar, por cuanto le constaba, de un modo exacto, cuál era el carácter investido por los Ministros y, dentro de las atribuciones de ellos, ninguna había que pudiese resolver el conflicto respetando los principios(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. En el texto, en bastardillas, las palabras más indecorosas o belicosas del doctor Mantilla.

Sus representantes, en consecuencia, manifestaron a los comisionados presidenciales que podían dar principio a la negociación, porque fuera de nunca acabar estar pendientes de la realización de hechos que Derqui resistía, aumentándolos más bien. El doctor Victorino de la Plaza presentó, entonces, las siguientes bases de arreglo:

1.- Reconocimiento de hecho del Gobierno de Derqui;
2.- Entrada del Partido Liberal en el Gobierno, en esta forma: un Ministerio, la mitad de los Diputados provinciales y nacionales a elegirse y cinco Jefes Políticos de la campaña;
3.- Conciliación de los Partidos(2).

(2) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los representantes del Club Constitucional las rechazaron inmediatamente, sin admitir siquiera discusión sobre ellas. Este es un momento crucial. ¿El rechazo fue por fanatismo o por órdenes provenientes de Buenos Aires?

La resistencia de la oposición no era por el egoísta interés de puestos públicos, ni los miembros del Partido Liberal aceptaban un bienestar comprado a través de negociaciones. Lo cierto es que transmitidas las bases al Club, las recibieron sus miembros como un insulto; el solo pensar que algún liberal conceptuara posible reconocer la gobernación de Manuel Derqui, provocaba indignación.

Un ciudadano hubo, sin embargo que, poniendo a prueba todo el respeto y aprecio que por su distinguido talento tenían todos, se atrevió a contradecir la opinión dominante: fue el doctor Juan Eusebio Torrent. He aquí cómo refiere él mismo el efecto de su actitud y esfuerzo:

Presenteme en una reunión de hombres honrados y patriotas, resueltos a dar su vida por la libertad de su provincia, y pronuncié estas palabras, que ninguno de ellos esperaban de mis labios: ‘Es preciso ver si es posible aceptar la candidatura del doctor Derqui’.
Agradeceré siempre a mis amigos y correligionarios el respeto que me dispensaron en ese momento. Yo vi el efecto que mi proposición produjo y, ese efecto era natural, era justo; esos sentimientos, yo los compartía también.
Pero yo discutí; yo les dije:
‘Si se nos permite declarar que solo como hecho podemos aceptar al doctor Derqui, pues no está en nuestras facultades reconocer la validez de su elección, debemos entrar a discutir; y si será cuestión de medios, si podemos, por una transacción, obtener el propósito impersonal, legítimo e irrenunciable que nos guía en nuestros esfuerzos, es decir, si podemos dejar garantidas, para lo sucesivo, nuestras libertades públicas, si hay algún medio práctico, si hay cláusulas, si hay garantías, que puedan asegurar al pueblo en adelante, esa conquista, sin recurrir a la revolución.
‘Y aceptando la candidatura del doctor Derqui como un hecho, pactando así honorablemente, podían aplacarse todos los escrúpulos que pudieran agriar nuestra conciencia, siempre que la libertad se salvase’.
‘No es extraño que hubiese encontrado la resistencia generosa que allí se me opuso. Era necesaria mucha paciencia; era necesaria mucha constancia; era necesaria mucha razón, sobre todo, para conseguir que aquel pueblo, que tantas razones tenía para considerar esa candidatura como un peligro público, la aceptase, sin embargo, con alguna confianza de que su sacrificio vendría a salvar y garantir la libertad’.
Varios amigos se pusieron de mi lado(3). Amantes de la paz, amantes del orden, cedieron, con esta precaución, a la idea de discutir si era posible garantir las libertades públicas, bajo la base de la aceptación de la candidatura del doctor Derqui(4).

(3) El agrimensor Valentín Virasoro y el doctor Miguel G. Morel, únicamente.
(4) Discurso del Senador Nacional por Corrientes, doctor Torrent, en la sesión del Senado Nacional, del 11 de Julio de 1878.
// Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La elocuencia del doctor Torrent fue estéril, porque su causa era mala, si bien noble su intención. Jamás esforzó tanto, como entonces, su poderosa inteligencia. Los hechos eran superiores a los argumentos; la realidad no daba lugar a esperanza alguna; los principios imponían firmeza. Entre el Gobierno de Derqui y el Partido Liberal había un abismo(5), sentenció Mantilla. El ala dura se imponía.

(5) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El Club Constitucional rechazó las bases, como las habían hecho sus representantes, y sancionó, para ser comunicado a los Ministros:

Que en ningún caso aceptaría el Gobierno del doctor Derqui, porque él importaba la violación de la Constitución de la provincia”.

¿Procedió bien el Club Constitucional? La discusión ardiente que tuvo lugar con motivo de la proposición del doctor Torrent, se hizo pública y produjo, en el Partido, alarma. Con datos incompletos, sin alcanzar todo el pensamiento, se pronunció la palabra ‘traidor’ contra los amigos que, noblemente, habían provocado el debate.

Esta acotación al margen muestra la rudeza de la oposición hacia los mismos liberales que disentían con el ala dura del Partido. Decir que Torrent era "traidor del Partido Liberal" era anatema. Mantilla, pese a todo, lo cita y se atreve a escribir este concepto. La radicalización era completa.

Esa injusticia, hija de la exaltación que vivía el pueblo liberal, y que desapareció luego, demostraba con evidencia que en la conciencia popular no había otra fórmula de solución que ésta: “Derqui fuera del poder usurpado” era la consigna.

Las bases rechazadas eran el máximum de las concesiones que Derqui hacía y, por más que los Ministros las elogiaron y el doctor Torrent quiso reformarlas con declaraciones que salvarían el crédito del Partido, “constituían una verdadera claudicación y la consagración más vergonzosa del sensualismo político”.

Aceptarlas, hubiera sido “vender la libertad del pueblo y el honor, por los favores del atrevido usurpador y, aun así, quedaba todavía como problema garantir la libertad. El Club, pues, se condujo como debía.
Hay radical oposición entre la virtud y el vicio, el honor y la deshonra, lo justo y lo arbitrario, la moralidad y la corrupción. Un hombre, una sociedad, un partido, no puede, a un mismo tiempo, ser moral o inmoral, virtuoso y corrompido; la vida en el bien, en el honor, excluye totalmente la maldad y el vicio(6).

(6) Con esta párrafo, Mantilla muestra lo peor del pensamiento que sostenía el ala dura del Partido Liberal: dogmático, intolerante, intransigente y fanático.

Pero veamos el desarrollo de los fundamentos del rechazo liberal a las ofertas de los mediadores presidenciales:

Al lado del inconveniente constitucional y de moralidad política, los liberales sumaban dificultades prácticas. Si bien el Club Constitucional representaba al Partido, la transacción con el gobernador Manuel Derqui era una novedad en que nadie había pensado, grave y trascendental, para cuya aceptación convenía consultar expresamente a los correligionarios de la campaña. "Era en la campaña donde más cruento y salvaje se mostraba el desenfreno federal; ni un momento cesó en ella el terror”, se afirmó.

El arreglo dispensaba esos hechos, dejando el germen de su reproducción, porque las concesiones de Derqui no podían tener la virtud de malquistarle con sus amigos e instrumentos; Cáceres, Aguirre, Candia, Lugo, Maciel, Sánchez y demás elementos en que se apoyaba, seguirían en sus mismos puestos y en su mismo sistema, mientras que Plácido Martínez, Azcona, Reguera, Araujo, J. Martínez, Llopart, Abalos, Reyna, Alvarez, continuarían oprimidos por ellos(7).

(7) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Aquí sí hay que darle la derecha a los liberales. Estas dos listas de hombres eran agua y aceite: rudos, ásperos, violentos. Salvo alguna excepción, la mayoría de ellos eran crueles y despiadados con el enemigo. Tanto liberales como autonomistas, eran hombres que estaban preparados para sangrar, listos para dejar sus familias y sus hogares durante meses, quizás años. En consecuencia: estaban preparados para luchar y morir por su causa.

Por otra parte, se puede obtener otra conclusión de esta lista de dirigentes liberales que brinda Mantilla, ya que ella es seguramente el de aquéllos hombres que constituían el ala dura del Partido.

Un acto que tales consecuencias podía engendrar, era justo someterlo a los que más inmediatamente soportaban la lucha de avanzada contra el adversario. Comprometer la suerte de los amigos de la campaña, los más en número, hubiera sido sancionar la disolución del Partido, tras la violación de sus principios.

Además, no había ningún medio por el cual, haciéndose aquel sacrificio, “se garantiera la libertad. La índole de la Federación y la malignidad de Derqui eran barreras insalvables(8).

(8) Este párrafo sustenta la teoría de que el movimiento subversivo animado por Mantilla afincaba su espíritu en la lucha que mantenían -a nivel nacional- mitristas y autonomistas. La frase, “la índole de la Federación”, es cristalina. Mantilla no lo dice al azar.

Un Ministro liberal en el Gobierno poco significaba, por cuanto que tendría que chocar permanentemente con su colega y el gobernador (mayoría), quienes se inclinarían siempre a las conveniencias de los suyos; Derqui no era hombre de ceder a un Ministro nombrado por necesidad. El ministro habría estado constantemente en el siguiente dilema: seguir complaciente las aguas de Derqui o abandonar el puesto. ¿Quién podía aceptar semejante papel, ni qué utilidad podía él reportar al liberalismo?

Del gobernador dependía destruir el estorbo y, una vez producido el hecho, quedaría dueño de nombrar a un amigo suyo, porque el arreglo le amparaba ya como gobernador. Ineficaces -como el Ministerio- eran la entrada ofrecida en la Legislatura y las cinco Jefaturas Políticas.

Una cuarta o quinta parte de la Diputación Provincial y cinco Jefes Políticos, ¿significaban, por ventura, poner freno a Derqui, con mayoría en el Gabinete, dueño exclusivo del Poder Judicial, con veinte Departamentos entregados a sus elementos y el voto seguro de la Legislatura? Era soñar, pensar en tales garantías.

Ellas, más que ningún otro hecho, “iban a fortalecer la tiranía con la farsa de un arreglo”. No debía aventurarse “la suerte del pueblo (liberal, por supuesto) a la posibilidad de una reforma espontánea en hombres empedernidos".

Y asombrosamente, el liberalismo pone sobre la mesa lo inaceptable:

"Un solo medio había de garantir las libertades públicas con Derqui en el Gobierno: entregar a los liberales las tres ramas del Poder Público”, es decir, hacerle aquéllos el gusto de llamarle gobernador, pero estar totalmente coartada su acción arbitraria.

Pero ni los liberales lo propusieron, ni Derqui lo hubiera aceptado; las bases del doctor De la Plaza eran su máximum. 

- El discurso liberal: bandera de una lucha a muerte

El discurso que sostenía la mayoría del Partido Liberal, en estos momentos tan decisivos para Corrientes, es interesante repasarlo, para tener una idea del estado de ánimo que impregnaba el ambiente sombrío de una guerra civil cercana, así como también comprender, aunque sea en una mínima parte, la hiel que destilaban, el odio que sintieron autonomistas y/o liberales por su adversario.

Ante todo hay que dejar en claro que se tenía conciencia de “tener bien alto la bandera y bien definidos los principios”, asi como también bien esclarecido el desprecio hacia el adversario, "el federal rojo (con) antecedentes bien notorios", al que lo "caracterizaban como el promotor incansable del desquicio y de las desgracias públicas”.

La lucha contra la imposición a Derqui era el choque de las tendencias de uno y otro en este punto histórico, que no será el único, entre estos dos célebres y conspicuos partidos políticos correntinos.

Pero leamos al doctor Mantilla, quien nos dibuja el alma del partido en tan aciagos momentos de la historia:

La soberanía del pueblo había sido escandalosamente menospreciada; las libertades públicas violadas todas; la Constitución y las leyes suplantadas por la fuerza. Producto de estos atentados era el hecho del Gobierno de Derqui.
¿Podía el Partido Liberal aceptar ese hecho como transacción, sin aceptar igualmente el falseamiento de los principios de su credo, sin negar su pasado y hasta la razón de ser de su existencia?
Reconocer el hecho y declarar salvados los principios, importaba un verdadero contrasentido, o era dorar la claudicación ante los propios ojos, buscando una disculpa a la injustificable debilidad; transigir con el resultado de las violencias y de la corrupción, para evitar nuevos males, era reconocer derecho al abuso, autorizarlo en lo porvenir, perdiendo, para siempre, el derecho de condenarlo.
Al ladrón y al asesino no se les perdona, porque su culpa está consumada: se les castiga, porque han violado un derecho garantido por las leyes fundamentales de la sociedad.
¿Cómo, entonces, podía ser lícito pactar con el usurpador del Gobierno, cuándo la Justicia pedía su castigo?
En la vida pública, especialmente en el sistema democrático, los principios deben ser inconmovibles como las rocas del mar. La virtud y el honor -decía Montesquieu- son la base de las República; y, seguramente, no hay honor ni virtud cuando, sobre el polvo de las leyes fundamentales, la pusilanimidad o la conveniencia mezquina garante solemnemente respetar los atentados.
La fidelidad a los principios no consiente términos medios: violados y consentida la violación, ¿qué aspiración noble queda a un hombre político o a un partido? ¡Tras de ello, sólo está la vergüenza! La inmoralidad no funda la moralidad. Las instituciones no son fórmulas caprichosas, inventadas por la vanidad de un pueblo; dáselas para su régimen y gobierno, para respetarlas y vivir tranquilo y feliz a su amparo.
Despreciarlas, atacarlas, destruirlas, es atentar contra la propia vida, minando los cimientos del edificio común. No hay ejemplo de pueblo o partido que, transigiendo con el vicio, haya conservado el brillo que le diera la fidelidad a sus dogmas fundamentales.
¡Y se propuso al Partido Liberal aceptar el Gobierno del doctor Derqui, el escándalo de los escándalos! Preferible era la ruina, a semejante deshonra. ¡Y en cambio de qué se hacía la propuesta! De miserables puestos públicos. ¡Se quería la consagración del desquicio constitucional por la corrupción más baja!"

“La Libertad”, órgano del Partido, estudiando las "Bases" de los mediadores, decía:

Y los principios violados, las instituciones despreciadas, ¿qué se hacen, cómo quedan? ¡Qué! ¿Un Gobierno regular puede fundarse sobre la coacción oficial, el crimen, el escándalo?
La transacción no puede legalizar las ilegalidades; el Gobierno usurpado, por más que sea respetado, será siempre usurpado; la moral política escarnecida, quedará escarnecida. ¿Dónde está el respeto debido a las instituciones? Se haría con ellas lo que los judíos(9) con los vestidos de Cristo: después de sacrificarlas, nos repartiríamos el fruto de las violaciones. Esto es corruptor e inmoral”.

(9) Aqui encontramos un dejo de antisemitismo. ¿Era Mantilla antisemita? ¿Tiene caracteres nazi-fascistas? Además de relatar equivocadamente lo que sucedió con las vestiduras de Cristo (fueron soldados romanos y no judíos los que se repartieron las vestiduras de Cristo, de ahi la sospecha de antisemitismo), no es sensillo usar el término “fascista”, para catalogar a Mantilla; sólo si se lo utiliza en sentido peyorativo sería aceptable. El uso coloquial ha extendido este adjetivo de forma que en la actualidad se usa para aludir con tinte despreciativo a los oponentes ideológicos, aunque su ideología no sea fascista. Es el caso de Mantilla. También se utiliza para referirse a cualquier dirigente totalitario o autoritario, con independencia de si la persona o grupo así calificado se reconoce o no como fascista. En algún caso, se ha aplicado a personajes históricos que vivieron antes de la aparición del fascismo, por lo que es aplicable a Mantilla. Evidentemente, él no pertenecía a un grupo totalitario. Justamente la participación de hombres como Torrent, Morel o Virasoro, dan muestras de lo contrario.

Prosigue el furibundo orador con su perorata:

No se encontrará entre nosotros quien inmole los principios de su partido, ni las convicciones íntimas de su espíritu, a esas combinaciones inmorales, y cuya llave son los puestos públicos.
Si ese sistema corruptor hiciera camino en la República, habrá que desconfiar seriamente de nuestra vida nacional. No sabemos de dónde se ha sacado la doctrina de que es lícito pactar con la inmoralidad, a condición de garantir el orden. Si un Gobierno ultrapasa el límite de sus atribuciones y deberes, si no respeta las leyes, el pueblo debe ser intransigente y combatirlo hasta castigarlo; de lo contrario, el abuso sería la ley imperante.
Nos hundiremos en el abismo, si malentendidas ideas de tranquilidad nos llevan a pactar, el siguiente día de atentados criminales, con el elemento corruptor. Las conveniencias pasajeras aconsejan, tal vez, esta conducta; pero los intereses permanentes del pueblo la condenan.
No porque estemos empeñados en la Conciliación, debemos echarnos en brazos de la corrupción. La Conciliación no es el tráfico; los partidos que se concilian no se compran ni se venden; la Conciliación no es la consagración de la usurpación de los derechos del pueblo.
La conciliación es la ley amparando a todos, los derechos respetados en todos, la Constitución sobre todas las cabezas. Esas negociaciones de puestos públicos, arraigan la inmoralidad, la reconocen, la santifican. No es eso conciliación: es traición(10).

(10) Publicado en el periódico “La Libertad”, (Corrientes), Nro. 55, en 1877. // Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

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