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Las refriegas se esparcen por todo el territorio

El gobernador Manuel Derqui conoció “por un traidor”, José Andino(1), la preparación y la salida de los liberales hacia Empedrado, que era el punto señalado para la formación del Cuerpo de Ejército destinado a operar sobre la Capital:

A las siete de la noche, un individuo previno a la Policía que los revolucionarios iban a repartirles armas, y que mandara gente armada al lugar; a lo que contestaron que no hacían caso, porque era una farsa; a las nueve, volvió el mismo trayendo ya un Remington, y entonces comprendieron que no era farsa y se prepararon las fuerzas a recibir el ataque(2).

(1) Andino era un hombre de pueblo que había sido destinado, arbitrariamente, al Guardia Provincial y azotado por su adhesión al Partido Liberal; por empeño con el ministro Victorino de la Plaza, fue dado de baja. Con lo que había sufrido, nadie dudó de su fidelidad a la causa. Visto para la operación del 2 de Febrero, sin indicársele el plan, prestóse gustoso y, como a los demás de su clase, se le fijó una hora para ocurrir a cierta casa de los afueras a fin de recibir un arma, pues los fusiles fueron sacados uno a uno. Estuvo puntual y como nunca animoso; tomó un Remington y luego salió, asegurando que no faltaría en la quinta de Billinghurst; pero, desde ese instante, sus compañeros no lo vieron más, atribuyendo su falta a extravío, porque no había motivo alguno de sospecha. Andino había ido a entregar a Derqui el arma como prueba de su delación. Durante las Administraciones de los Gallino y Soto (1880-1882 ), José Andino fue el más implacable perseguidor de los liberales.
(2) Carta del joven Vicente Alegre a su padre, fecha 3 de Febrero 1878. // Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Con el primer aviso de Andino, era suficiente para tomar medidas y, con la prueba presentada, después fue más que torpeza encerrar las tropas en sus posiciones pues, sabiendo dónde se repartieron las armas y cuál la dirección que, enseguida, tomaban los armados, lo natural era encargar al Guardia Provincial de la disolución del grupo rebelde.

La única precaución adoptada desde el oficialismo fue despachar un chasque a Teodoro Maciel, previniéndole, el cual cayó en poder de los liberales, que habían puesto dos guardias en el camino que va a Lomas. Aquella conducta sólo se explica por el terror que la delación inspiró. ¡No sucedió así el 3 por la mañana!

Más tranquilo ya Derqui, porque la bomba no estalló en la Capital, dispuso la inmediata salida del Inspector de Armas, comandante Ramón Acosta, con el Guardia Provincial, en persecución de los rebeldes, garantizando en una Proclama que el movimiento carecía de importancia y que pronto serían capturados sus autores.

Acosta llegó a San Luis del Palmar el día cuatro, sin ver ni el polvo de los perseguidos y, sin haberse dado el trabajo de buscarlos, regresó triunfante a la Capital con la noticia de estar ya todo concluido.

Los triunfos de Lomas y San Luis del Palmar eran importantísimos. Desde luego, la dispersión de las fuerzas reunidas y el pánico infundido iban a dificultar la reunión de nuevos elementos; después, el prestigio de ellos “realzaba la causa" opositora; y, finalmente, las armas constituían un elemento indispensable para los liberales, y los dos golpes les dieron ciento cuarenta y siete fusiles, algunas carabinas, cuarenta sables, municiones, pólvora y seiscientas lanzas.

Los expedicionarios por el río -dirigidos por el doctor Mantilla y Díaz de Vivar-, desembarcaron, el 3 de Febrero por la mañana, al sur del Riachuelo, con las armas sacadas de Resistencia y los oficiales I. Silva, M. Díaz y Miguel Socías, que se les agregaron en el Chaco; emprendieron luego la reunión de fuerzas en el distrito de El Sombrero, y marcharon con ciento diez hombres a Empedrado.

El pueblo había sido tomado el 2 por la noche, sin efusión de sangre ni resistencia, por los Sargento Mayor Teodoro Ayala, José del R. Torres y Vicente Pérez; a la llegada de aquéllos, había ya un plantel de infantería y otra de caballería. El 5 de Febrero, incorporóse el coronel Luis Bernardo Azula, con doscientos hombres, subiendo el total de fuerzas a cuatrocientas cincuenta plazas, cuyo Comando en Jefe fue dado al coronel Manuel de Jesús Calvo.

En el pueblo de Saladas estalló el movimiento el 3, encabezado por los comandantes Aurelio Díaz y Cirilo Romero. Las autoridades no pretendieron resistir; tanto el Juez de Paz como el Jefe Militar, se rindieron; el 5, la resistencia tenía allí trescientos hombres.

El 3 de Febrero fue también tomado Mburucuyá, por el comandante Gervasio Aguirre y el sargento mayor Donato Blanco, quienes pusieron en armas el Departamento, levantando doscientos cincuenta hombres; el juez Galarza, el jefe militar Chamorro y algunos autonomistas huyeron hacia la Capital.

El coronel Plácido Martínez inició el movimiento en San Roque el 2 de Febrero, tomando las Guardias federales que estaban en los pasos del Batel, Chañaral y Bedoya, y las de Lucero y Caá Guazú, en el río Corriente.

Las persecuciones de las autoridades de Goya, Lavalle, San Roque y Curuzú Cuatiá habían llenado de hombres -ya convertidos en soldados- los montes comprendidos entre aquellos ríos, de modo que, al estallar el movimiento, pudo organizarse inmediatamente con ellos dos regimientos de caballería y dos compañías de infantería, con cuya base operó el coronel Martínez.

Tomadas las Guardias, se movió la columna, compuesta de 500 hombres, en dirección al Paso Coronel (Batel), efectuando allí el pasaje; costeó después la margen derecha del mencionado río, apoderándose nuevamente de las Guardias del Cerrito y Batelito, y llegó en la noche del 3 de Febrero al Chañaral, estancia del coronel Raymundo F. Reguera, a quien buscaba para incorporársele.

El coronel Reguera tenía una escolta de 20 hombres. El 4, fue reconocido Reguera como Jefe de la División y emprendió marcha sobre el pueblo de San Roque. En Cañada Mala trabóse un combate con la vanguardia de las fuerzas del comandante Miguel G. Soto, mandada por el sargento mayor Pedro Villa, siendo su resultado la captura de casi toda ella, su jefe incluso.

A consecuencia de este revés, Soto se retiró hacia el Departamento de Concepción con trescientos hombres y las fuerzas liberales se posesionaron de San Roque a las 5 p.m., rindiendo a sus autoridades y guarnición. Soto fue perseguido hasta las inmediaciones de Concepción; allí incorporó los restos de sus fuerzas a las pocas que quedaron a Wenceslao Lugo, después del pronunciamiento de los comandantes Laureano Sandoval y Juan de la Cruz Aguirre y, juntos, se dirigieron a San Miguel, dejando Concepción en poder de la resistencia.

El coronel Aniceto Monzón y el sargento mayor José Francisco Ayala levantaron la bandera de la resistencia en Itatí y Caá Catí, habiendo sido, el último, el actor principal. El día 4, el mayor Ayala atacó con treinta hombres San Antonio de Itatí, y lo ocupó, tomando prisionera su Guarnición y autoridades.

Inmediatamente marchó sobre Caá Catí, con intento de apoderarse del pueblo, en combinación con el coronel Monzón; pero no se efectuó la incorporación de ambos jefes, por haber retardado su marcha el Coronel a causa de un temporal de lluvia y viento, y se encontró solo Ayala, ante una fuerza enemiga de trescientas plazas largas.

El animoso joven no se arredró; desplegó una guerrilla de diez hombres sobre la parte Este de la plaza, y cargó él con el resto por el Oeste; un vivísimo fuego de infantería lo recibió en ambas partes y, como sus soldados eran pocos, no pudo sostener por mucho tiempo el ataque, viéndose en la necesidad de retirarse a aproximadamente 5 kilómetros de la población, sin pérdida alguna, después de haber hecho bajas al enemigo, entre ellas, la del Juez de Paz, Antonio López, muerto.

Temerosos, quizás, los autonomistas, de otro golpe más serio, tres horas después abandonaron el pueblo, tomando dirección a Itá Ibaté, puerto sobre el Paraná. Ayala ocupó Caá Catí y pidió al coronel Monzón que apurase su marcha para perseguirlos; Monzón venía de Palmas (Rincón de Vences).

El 6 de Febrero, tuvo lugar la incorporación, marchando enseguida sobre los autonomistas, pero lo que estos menos querían era combatir; al conocer la operación, jefes e infantería se apoderaron del vapor “Delia”, propiedad de Francisco Meabe, y partieron hacia la Capital, huyendo en la misma dirección, por tierra, la caballería. Monzón estableció su Campamento en Arerunguá y Ayala siguió marcha hasta San Antonio de Itatí. El total de las fuerzas rebeldes era de trescientos hombres.

- Toma de Mercedes, Curuzú Cuatiá, Esquina y Sauce

Mercedes fue tomado el 2 de Febrero, por el coronel Marcos Azcona. En la madrugada de ese día salió de su estancia en Capitá Miní, acompañado de seis hombres, y llegó al pueblo a las 12:00, con setenta reunidos en el trayecto. El Juez de Paz tenía cien soldados, entre infantes y caballería, pero no hizo resistencia, convencido de que la fuerza no le pertenecía.

El 6, la División del coronel Azcona se componía ya de cuatrocientas plazas, al frente de las cuales salió a batir una fuerza autonomista que se introdujo en el Departamento, por el distrito de Yaguary; sentido del enemigo, volvió sin empeñar combate, dejando resguardado aquel punto con ciento cincuenta hombres, al mando del comandante Juan de Dios Torres.

El numeroso ejército de Luciano Cáceres -en Curuzú Cuatiá- y la División de trescientos hombres que dominaba Monte Caseros, impidieron apoderarse de dichos pueblos; sin embargo, no estuvo en los medios del caudillo detener el pronunciamiento en la campaña, ni impedir que los coroneles Araujo, Acuña y Romero (estos dos, emigrados) y los comandantes Abalos, Llopart, Ocampos, Reyna, se pusieran en acción.

Ambos Departamentos dieron seiscientos hombres, que se incorporaron al coronel Azcona, habiendo tenido que atravesar -trescientos de ellos, mandados por Romero- todo el Departamento de Curuzú Cuatiá, combatiendo y venciendo destacamentos de Cáceres.

En Esquina, el coronel Celedonio Ojeda, se pronunció el 3, en la costa de Barrancas, con más de cien hombres; la matanza del 26 de Diciembre inspiraba a aquel Departamento un profundo odio a las autoridades.

El comandante Adriano Aquino, al mando de cincuenta hombres, fue encargado de levantar las fuerzas del Pelado, mientras el sargento mayor Pablo Ocampos se dirigía al pueblo de Esquina y el coronel Ojeda a Sauce. La autoridad de este último punto no opuso resistencia.

Por su parte, los comandantes Anastasio Fernández, Luis Cañete y Vicente Martínez intentaron batir a Onofre Aguirre, que estaba en la Isla del Diablo pero, avisados de que había pasado al Departamento de Goya para incorporarse a Muniagurria -porque sus fuerzas se habían reducido a cien hombres, por la deserción- marcharon sobre Esquina, con trescientos jinetes.

La tropa que el juez Zúñiga tenía, se desbandó a la noticia del movimiento, embarcándose él con unos pocos en dirección a Goya. El pueblo abandonado fue ocupado el 6 de Febrero.

Alvear fue tomado el 5 de Febrero por los oficiales José Arce, Valentín Bermúdez, Hipólito Delgado e Higinio Barrientos, a los que se incorporó, inmediatamente, el comandante José D. Alvarez, emigrado en el Brasil desde las elecciones de Noviembre.

El mismo día, los oficiales Juan Torres y Lorenzo Real, con treinta hombres, sorprendieron y deshicieron, a unos 20 kilómetros al sur del pueblo de La Cruz, al Jefe Militar Varela y al Juez de Paz José V. López que, con cien hombres, iban a incorporarse al comandante Paiva, de Paso de los Libres. Como consecuencia de estos dos hechos, el comandante Alvarez se posesionó de La Cruz, estableciendo su Campamento en las orillas del pueblo.

Se ve, pues, que cuatro días después del movimiento de Bella Vista, el poder del Gobierno estaba reducido a polvo en la mayoría de los Departamentos de la provincia.

Si Derqui hubiera sido -como decía- gobernador nombrado por el pueblo, ¿cuál era la explicación de la popularidad y buen éxito de los pronunciamientos?(3), se pregunta Mantilla.

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Es discutible el planteamiento de Mantilla. El derrocamiento de un gobernador no se obtiene solamente por la “simpatía” de la mayoría de una población, que se vuelca para una facción en detrimento de otra.

De tiempo atrás tenía fuerzas reunidas, bien armadas y disciplinadas, distribuidas por campamentos en la provincia entera; dichos elementos sobraban para sofocar una revolución -como él llamaba a la resistencia- si realmente encarnaba la voluntad general, pues sus adversarios necesitaban reunirse, organizarse, efectuar peligrosas incorporaciones, buscar armas en los depósitos y ejércitos enemigos, todo lo cual les era, en extremo, desfavorable", señala Mantilla, quien después agrega:

Cáceres pudo atacar Mercedes el mismo día del pronunciamiento o el siguiente, para dominarlo o, a lo menos, impedir el levantamiento del sur; las tropas de la Capital, en combinación con las de Aguirre, Soto y Lugo, pudieron expedicionar sobre el norte. Derqui disponía, además, de la vía fluvial, y de tres vapores de propiedad de Luis Resoagli.
Sin embargo, los pronunciamientos vencían en todas partes, sin que el gran poder pesara en contra. ¿Qué indicaba aquéllo?
“(Derqui), no pretendió atacar a la resistencia como le imponía hacerlo su posición; su plan fue simplemente defensivo. En vez de lanzar sus elementos contra el enemigo, disperso aún, para destruirlo en detalle, llamó a la Capital sus fuerzas y sus adictos. Su ministro Rosas decía a Cáceres:
‘Es preciso penetrarse que sólo Vd. y uno que otro jefe, responden resueltamente y con verdaderas miras políticas, al orden de cosas actual; en los demás, hay apocamiento deplorable, y es preciso cuidar que Derqui no sea aplastado, porque sería un golpe espantoso’.
Esto demuestra que había en Derqui y en sus hombres el convencimiento íntimo de su extrema debilidad(4).

(4) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Más allá del análisis de Mantilla, se encuentran otras explicaciones del avasallante éxito militar de las guerrillas liberales sobre las autonomistas.

En primer lugar, el Partido Liberal venía de derrota en derrota. Desde el derrocamiento del gobernador Agustín Pedro Justo, en 1872, no pudo recuperarse y, cuando parecía que el destino le era favorable con Juan Vicente Pampín en el poder, el infortunio nuevamente se hizo presente al fallecer éste imprevistamente. La batalla del Tabaco marcó un antes y un después en el pensamiento liberal. A este se agregó la rendición del movimiento mitrista de 1874 y las derrotas electorales sucesivas de 1876 y 1877, mojones que hicieron que el aspecto final del fracaso se constituya en un catalizador para el aprendizaje y ayudase a los líderes del momento -en este caso Mantilla junto a quienes lo acompañaban- a identificar indicios y advertencias del fracaso antes de que ocurra en el futuro.

Lo que más llama la atención es la puntillosidad de la estrategia liberal. Se ha establecido que los jefes sumamente exitosos se preocupan del fracaso, porque esta preocupación los obliga a concentrarse en los detalles minuciosos y a abordar los indicadores del fracaso rápida y decisivamente.

El fracaso proporciona los medios para analizar todos los aspectos de una persona y de una organización para ayudar a identificar los factores críticos que llevan al fracaso. La formulación del doble Coelgio Electoral produjo en el sistema un cisma, que sus opositores no pudieron resolverlo.

Al analizar estos indicadores después de un fracaso, un líder puede identificar indicadores similares en el futuro para evitar activamente el fracaso. Hasta es posible que el aprendizaje de errores en un nivel inferior, hubiera podido ayudar a estos jefes partidarios a precisar los indicadores de una brecha de seguridad con antelación, para evitar el fracaso en una escala tan grande.

Lo registrado en cinco días -del 2 al 6 de Febrero de 1878- no fue un hecho menor, ya que se produjo en un territorio extenso, con levantamientos simultáneos y precisos, casi todos coronados en éxitos contundentes, frente a una estructura estatal que pareciera haberse enquistado, solidificado en una supuesta seguridad, que no era tal.

Hay que tener cuidado con la prosa ficticia que puede alterar la percepción histórica de la historia. No hubo diferencias en la soldadesca. Ya sean autonomistas o liberales, sin duda eran hombres valientes y fuertes, orgullosos de haberse convertidos en soldados, con la capacidad de generar terror en el corazón enemigo. Las guerrillas de ambos bandos tenían disciplina, buen entrenamiento y, esa discipoina los hacía marchar juntos, pelear juntos, por lo que -sea liberal o autonomista- estaban en condiciones de vencer.

Tampoco hubo diferencias en el grado de intelectualidad de las élites dirigentes. Podemos ejemplificarlo con sólo nombrar algunos: por un lado, Manuel F. Mantilla, Juan Esteban Martínez, Valentín Virasoro; y por el otro, un futuro ex presidente de la Nación, Victorino de la Plaza, el gobernador Manuel Derqui, José Luis Madariaga y tantos otros.

Los opositores liberales crearon un ambiente que toleró errores, en un contexto de aprendizaje y acción correctiva, que evitó el fracaso en el futuro. Como aseveró Winston Churchill, “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Si bien el fracaso es necesario para que ocurra el aprendizaje profundo, será más probable que los que no aprenden activamente de los errores los repitan.

Por lo tanto, para los liberales de los años 1870, sus fracasos -en el contexto y ambiente acertados- pueden ser considerados como una oportunidad que les permitió aprender de esos errores, evitar las trampas del éxito perpetuo e identificar las señales de advertencia de un fracaso futuro en una escala mayor.

Es posible pensar en los jefes liberales, por ejemplo, no sólo pergeñando estrategias junto a sus pares, sino también catequizando permanentemente a la tropa y sus jefes. Estos debían maximizar las destrezas necesarias para conquistar la adversidad y salir más fuertes y comprometidos que nunca.

El sólo caminar desde San Luis del Palmar a Empedrado permite imaginar mil detalles. Un terreno húmedo, vadeando lagunas y ríos, con ropa inadecuada, con el temor de la formación de pie de trinchera -que incluso puede llevar a la gangrena y a la amputación- asegurando que las botas estén secas, cuidando de no dormir con calcetines puestos, asegurado el aire, moviendo las piernas, estirando los dedos para que la sangre fluya, son todos elementos que debieron tenerse en cuenta.

No todo fue logística y capacidad estratégica. El triunfo liberal fue fundamentalmente mental.

- La clase dirigente

Si los políticos sin hiel presenciaran actos de abnegación de esa naturaleza, se impresionarían simpáticamente y no sacrificarían al pueblo.
Ese Derqui, cuya ambición ilimitada obligaba a los ciudadanos a arrostrar las penalidades de una campaña militar erizada de obstáculos naturales, no valía una gota de la sangre que hacía derramar ni un sufrimiento de los muchos que hacía experimentar”.

Quien habla así es el doctor Manuel Florencio Mantilla, uno de los líderes del movimiento insurreccional, y efectúa estas declaraciones al observar el esfuerzo sobrehumano que los soldados de su Partido realizaron al cruzar ríos, al marchar sin descanso, sin que la irregular o ninguna alimentación, el agua de la intensa lluvia y de los campos, o el pasaje a nado de los ríos o la falta de sueño los amilane.

Sin duda, lo más opaco de este capítulo de la historia provincial fue su clase dirigente. La incapacidad de ser altruistas por culpa de un narcisismo exacerbado fue su pecado. El término viene de la mitología griega. Narciso se enamoró del reflejo de su propia imagen en el agua y murió porque no soportó la idea de irse del lugar, ni siquiera para comer.

Su ego y la necesidad de complacerse dominaron sus deseos. Quienes tenían influencia en esos tiempos, eran como Narciso; no luchaban por Corrientes, sino por sus propios egoismos. Sus palabras eran versos envueltos en banderas de un supuesto patriotismo.

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