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La oposición se reune en Empedrado y pretende suplantar autoridades

El 6 de Febrero de 1878 se incorporaron, en Empedrado, los rebeldes vencedores en Lomas y San Luis del Palmar a las fuerzas allí existentes. Aquéllos habían hecho una penosa travesía; desde el 3 de Febrero por la noche, tuvieron que soportar una lluvia incesante, sin ropas y sin carpas, y emprender la cruzada a Empedrado, a través de esteros y malezales sin fin, cubiertos de agua y cortadera(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Tres días de esta marcha, sin comer ni dormir, con las ropas y los cuerpos destrozados, pusieron a prueba el temple de aquellos hombres, venciendo, sin embargo, su constancia. Llegaron cien largos; las armas de fuego arrebatadas a los autonomistas eran conducidas a lomo de caballo.

El sargento mayor Juan Pío Quintana se les había incorporado con un escuadrón de caballería y el de igual grado, Floro Zamudio, con otro. Con la incorporación, la División montó acerca de setecientos hombres, regularmente armados.

Los días 4 y 5 lo emplearon el coronel Calvo y el doctor Mantilla en ordenar las milicias, construir lanzas y cartuchos y recoger cuánto elemento militar poseía el Departamento; así, el “vicegobernador” Martínez encontró dos compañías de infantería, dos regimientos de caballería, municiones, pólvora, ropa, vicios para la tropa, caballada y hacienda vacuna para el consumo.

- Establecen un P. E. paralelo. Fundamentos

Es el momento esperado por los liberales que, en un plan largamente elaborado, se levantaron en armas provocando una nueva rebelión. Triunfaron los insurgentes y de inmediato establecerán un Gobierno paralelo -de carácter provisorio- presidido por el doctor Juan Esteban Martínez como "vicegobernador en ejercicio", afirmando su dominio sobre gran parte de la provincia.

El 6 de Febrero de 1878, el 'vicegobernador' Martínez asumió públicamente el mando de la provincia; ya era llegado el caso de no ocultar lo que existía en reserva de tiempo atrás. El desconocimiento del poder del gobernador Derqui era un hecho; los pronunciamientos respondían a hacer prevalecer la voluntad de la oposición. Mantilla explica el pensamiento:

"(Derqui) no fundaba la obligación de obediencia establecida por la Constitución en favor de los gobernantes legítimos; por consecuencia, con mejor derecho que Derqui, el elegido de la ‘Junta Popular’ estaba habilitado para regir los destinos de la provincia, puesto que su elección no había sido desconocida por una autoridad constitucional y el pueblo la aceptada, siendo éste el único dueño y señor que podía conferir mando.
El ‘vicegobernador’ Martínez tenía fuerzas -como Derqui- en qué apoyar su autoridad y teatro vasto en qué probar el acatamiento de la opinión. A más de fundado el hecho, era necesario, para normalizar la situación de los Departamentos y regularizar la resistencia, a fin de que no degenerase en revuelta o la exaltación engendrada por tantos sufrimientos, no desbordase las pasiones populares.
El movimiento general era de un carácter sumamente distinto de los muchos armados que se habían operado en la provincia en otras épocas. Aquéllos fueron revolucionarios contra Poderes constituidos normalmente, más o menos arbitrarios, pero, al fin, revestidos de facultades legales; y el del momento significaba el sostenimiento de un poder tenido y obedecido como legítimo, en oposición al usurpado mediante la fuerza.
Aquéllos pudieron seguir las formas caprichosas de las revoluciones, subordinando todo al triunfo, pero la resistencia debía mantener la unidad, el orden y la altura de un Organismo gubernamental, en tanto que lo permitiesen los sucesos, mucho más cuanto que era nuevo el caso y había hecho concentrar sobre Corrientes las miradas del país.
¡Cuánto habrá deseado Derqui cambiar su efímero Gobierno por el de Martínez!"(3)

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Continúa el doctor Mantilla su parecer de la situación:

Un día del que se alzaba en los brazos del pueblo, reflejaba en sus miembros más honor que tres años del usurpado. El lomo del caballo del doctor Martínez, la ingrata carpa, eran asiento y lugar más seguro que la dorada silla ocupada por Derqui y la Casa Amarilla"(4).

(4) Mantilla hace aquí referencia a la quinta del almirante Guillermo Brown. En Marzo de 1812, vistiendo como un criollo (con poncho pampa por abrigo) y hablando unas pocas palabras en español, Brown compra unos terrenos anegadizos y con  bañados llenos de juncales a un sacerdote en Barracas, donde hizo construir una casa para instalarse definitivamente en la ciudad de Buenos Aires. La quinta ubicada sobre “el Camino que baja de Barracas” era una propiedad que contaba 1.750 metros de frente por 1.575 metros de fondo (en medidas actuales, más de seis manzanas, que luego fueron ampliadas), daba al frente de la actual Avenida Martín García, que servía de unión al “Camino del Bajo” con la “Calle Larga de Barracas” . La zona era conocida entonces como “el bañado de Barracas”  que se inundaba con cada sudestada. La construcción fue encargada al constructor escocés Matthew Reid, instalado en Buenos Aires en 1808, que rellenó gran parte del terreno para alzar la casona, dándole más altitud y prestancia. Su estilo era inglés, particularmente novedoso para la zona del barrio, donde estaban ubicadas numerosa quintas de las familias más adineradas de la élite porteña (a ambos lados de la Calle Larga, actual Av. Montes de Oca). La residencia contaba con dos plantas,  un pequeño pórtico soportado por  columnas a los lados y un gran balcón en su parte superior y un pequeño  “mirador” hacia el Río de la Plata. El frente de la propiedad tenía una verja de material combinada con rejas que la separaba de la calle de tierra y un camino blanco de conchillas que conducía a la importante entrada con pequeña escalinata; a ambos lados de ésta y  sobre pedestales, había dos cañones de artillería que, según cuentan algunos historiadores, le fueron ganados a Garibaldi, por lo que también se la conocía como “La quinta de los cañones”. Toda la propiedad fue pintada de color ocre-colonial (muy usado en la época) por lo que también se la conoce como “Casa Amarilla”.

Y se pregunta:

¿Qué importaba la residencia, si bastaba una simple orden escrita con lápiz para que dieciséis Departamentos la cumplieran? Derqui, con todo su aparato, veía a sus piés un abismo; el doctor Martínez, a pesar de su humildad, dominaba el escenario; aquel poder inaugurado públicamente en Empedrado dispuso, en quince días, de un ejército de nueve mil hombres, imperó en veinte Departamentos, venció al usurpador(5) en todas partes e impuso, al fin, sobre todo, la soberanía popular”.

(5) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. Mantilla cita en su obra muy pocas veces el nombre del gobernador y, en la mayoría de los casos, cuando se hacía necesario referirse al Primer Mandatario, lo suplantaba con la palabra “usurpador”, ya que consideraba que el doctor Derqui había tomado el poder violentamente, por imposición de la fuerza, con el agravante de haber engañado o cometido fraude ostensible conjuntamente con otros miembros del Partido oficialista. En realidad no interesa si Derqui era corrupto o no. Era el gobernador. Era el símbolo del sistema. La Administración de Manuel Derqui fue reconocida por la Legislatura y el Poder Judicial de la provincia, así como también por el Gobierno Nacional. 

- Nombran funcionarios, entre ellos a Mantilla. Ahora es "Ministro General"

El “vicegobernador" Juan Esteban Martínez nombró Ministro General al doctor Manuel Florencio Mantilla; luego, las autoridades civiles y militares de los Departamentos; ordenó la percepción de la Renta Pública, destinándola -exclusivamente- a la resistencia; declaró la provincia en Asamblea; dividió las fuerzas en armas y, las que se movilizasen, en tres Cuerpos de Ejército, a saber: Del Norte, del Sur y del Uruguay, designando para el Comando en Jefe, de cada uno de ellos, al coronel Raymundo F. Reguera, el primero; al coronel Marcos Azcona, el segundo; al comandante José D. Alvarez, el tercero.

“(El Gobierno paralelo) contrajo especialmente su atención a la gran cuestión del momento, prescindiendo de otros cuidados; por eso no fijó una residencia estable ni montó regularmente el mecanismo Ejecutivo, hechos que no conducían a un resultado inmediato y originarían gastos y pérdida de tiempo.
Por falta de un asiento fijo y de un cortejo de empleados civiles, no careció de autoridad; al contrario, la presencia de los miembros del Gobierno en el ejército, y la de muchos ciudadanos distinguidos, sufriendo a la par del soldado las inclemencias de la naturaleza, el fuego de los combates y los rigores de una campaña penosa, sirvió poderosamente a los altos fines de la resistencia, demostrando, con el ejemplo, que arriba de las comodidades de una posición holgada, sobre toda consideración de conveniencia personal, estaba el deber cívico que a todos marcaba un puesto en las filas de los combatientes(6).

(6) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Para presentar o aceptar combate a las fuerzas autonomistas de la Capital, únicas que, por el momento, podían chocar con las de Empedrado, era indispensable aumentar la infantería, porque milicianos de caballería, armados de lanzas, no podían asegurar la victoria sobre tropas bien disciplinadas y armadas a Remington; fueron, por consiguiente, elevadas a ciento ochenta plazas las dos Compañías existentes, y puestas bajo el mando del coronel Quijano y del mayor Ayala.

El mando de la caballería fue dado al coronel Luis Bernardo Azula y el de la División completa al viejo patriota, coronel Manuel de J. Calvo(7).

(7) Manuel de Jesús Calvo fue Vicegobernador de la provincia en la Administración de Agustín Pedro Justo. Derrocado en 1872 por fuerzas del “fusionismo”, ahora su presencia tenía una gran significación: la búsqueda del mitrisimo por recuperar el poder perdido hacia ya seis años.

Esta fuerza debía marchar el 8 de Febrero, en busca de la incorporación de las de Saladas y Mburucuyá, para expedicionar sobre el Departamento de San Luis del Palmar, con el objeto de combinar sus movimientos con las de Caá Catí, y operar sobre la Capital con una respetable masa; pero, postergó dicho movimiento, porque la vanguardia sobre el arroyo Empedrado -a cargo del sargento mayor Oviedo- dio parte de aparecer fuerzas enemigas al otro lado. Inmediatamente marchó la División al encuentro de los autonomistas, quedando el pueblo abandonado; sólo enfermos y siete hombres permanecieron en él, para guardar el orden.

- Fuerzas gubernamentales desembarcan en Empedrado y son repelidas

Como a unos cinco kilómetros de distancia, los rebeldes recibieron aviso del pueblo que un vapor, con tropas de desembarco, había fondeado en el puerto.

Efectivamente, el doctor Derqui, convencido de la necesidad de evitar que esta columna se reuniese al grupo sedicioso de San Roque, envió fuerzas de infantería en el pequeño vapor “Primer Correntino” las que, desembarcando en Empedrado, debían constituir el núcleo de la movilización de sus milicias.

La marcha lentísima del vapor dio tiempo a los insurgentes. No obstante la oposición del caudillo rebelde, Teodoro Ayala, que al frente de buenos tiradores obstaculizó el desembarco, él se produjo; pero el combate permitió el avance de la columna subversiva que entró íntegra en acción.

Destacado -en protección del mayor Oviedo- un escuadrón de cien hombres, contramarchó precipitadamente la División, “adelantándose el Ministro General” (Mantilla) y el mayor Ayala con una compañía de infantes montados, para entretener al enemigo y evitar la toma de la población.

El socorro llegó a tiempo. Del puerto al pueblo hay una distancia de quince cuadras de terreno cruzado, entonces, por zanjas y cercos de rama y lleno de altos pastizales; la barranca es doradísima, dominándose perfectamente de ella las embarcaciones surtas en el puerto.

Cuando la protección llegó, el enemigo había ya desembarcado, y formaba en batalla sobre la barranca; eran tres compañías del Guardia Provincial, con una pieza de artillería. Ayala desplegó en guerrilla su compañía, cubriendo la línea enemiga, inmóvil y compacta, e inició el fuego. Los soldados de la resistencia no presentaban fácil blanco por su dispersión y por las condiciones del terreno, mientras que los otros recibían perfectamente bien sus fuegos.

El tiroteo fue de ambos lados, nutrido; el cañón arrojó balas hasta desmontarse; pero, aunque la distancia era corta, ninguno de los combatientes avanzó. Ayala tenía razón para no moverse, porque sus soldados eran pocos y la orden recibida le prescribía sostenerse, únicamente; pero los autonomistas debieron haber intentado ganar terreno.

Al cabo de una media hora de combate, apareció la División. Entonces ya podían los liberales atacar; sin embargo, como el terreno no permitía a la caballería maniobrar, se eligió campo en los suburbios del pueblo, y se ordenó a Ayala que se replegase, a fin de que el enemigo saliera.

Este, en vez de cargar, aprovechó la cesación del fuego para reembarcarse, notado lo cual, se adelantó el coronel Quijano con la infantería, llegando a la barranca en circunstancias que el vapor navegaba a toda máquina hacia la Capital.

Fue tal el pánico de los gubernistas y tan precipitado su reembarco, que abandonaron heridos, armas, municiones y unos soldados que no cupieron en los botes, y pretendieron llegar a nado al vapor. Ante el número y el fracaso del objetivo tenido en vista, las fuerzas de infantería retornaron a la Capital, mientras los rebeldes seguían su marcha al sur.

Aquella victoria habría sido más contundente si el enemigo hubiese adelantado hacia el pueblo, porque ninguno habría escapado de morir o caer prisionero; con todo, la derrota fue vergonzosa y el triunfo provechoso a la resistencia, que no tuvo una baja, mientras que Derqui aumentó el armamento de ella con veinticinco Remington, trescientos ochenta cartuchos, y sufrió una pérdida de veinticuatro hombres, entre muertos, heridos y prisioneros.

El fracaso de la expedición del Guardia Provincial hizo retroceder a los que venían por tierra, pues el intento había sido pasar el arroyo Empedrado, una vez tomado el pueblo; eran cien hombres mandados por Teodoro Maciel, reunidos en Lomas, San Luis del Palmar y San Cosme.

Derqui no pensó en esta expedición, temeroso de comprometer la única fuerza de que disponía en la Capital, pero se decidió a ello en vista de los informes desfavorables a la resistencia que le dio un oficial de la Marina Nacional.

El 5 de Febrero llegó a Empedrado el Subteniente del acorazado “El Plata”, A. Gómez, en una lancha a vapor, con telegramas de los Ministros al presidente, solicitando su retiro de Corrientes; él vio el número y el armamento de las fuerzas, y manifestó más de una vez su opinión de que eran insuficientes para resistir a las de la Capital; a su regreso, transmitió a Victorino de la Plaza y Manuel Derqui lo que había observado y, en virtud de sus informes, se ordenó la expedición.

La sorpresa (del gobernador) fue, por consiguiente, grande, cuando, en vez de un triunfo, que le devolviera el crédito perdido, regresó su tropa derrotada y con la nueva de que los liberales eran poderosos. Tuvo que devorar su rabia.
Prohibió que las fuerzas de la expedición tuviesen contacto con nadie, a cuyo efecto se colocó una Guardia en el Puente de la Batería; los heridos, entre ellos el práctico del buque, fueron desembarcados por la noche; se publicaron boletines, anunciando el triunfo y la muerte del doctor Mantilla y comandante Ramírez.
Por estos medios, quiso ocultar lo que sus mismas precauciones hacían sospechar.
Derqui comenzaba a sufrir, en su orgullo herido, los innumerables pesares causados por su ambición, y le esperaba aún el triste y amargo desencanto de su derrota definitiva. Bella Vista, San Luis, Lomas y Empedrado eran el preludio de la campaña libertadora, antecedentes de la gran lucha, combates desiguales empeñados por la necesidad y el entusiasmo; y, no obstante su preparación, unos tras otros, le habían sido fatales.
El asalto a Lomas y San Luis, lo mismo que el de Bella Vista, pudieron ser disculpados y explicados por su vanidad, diciendo que la sorpresa los hizo felices; pero el del 8 de Febrero, en Empedrado, no tenía ni esa salida; había sido vencido porque era menos fuerte, y era menos fuerte porque el pueblo no estaba con él y cordialmente le rechazaba"(8).

(8) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

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