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Las guerrillas se posicionan como juego de ajedrez

En Empedrado, los rebeldes habían vencido a los oficialistas que recién habían desembarcado, obligándolos a reembarcarse y volver a la Capital. Los insurrectos decidieron seguir su marcha hacia el sur. En Saladas, se les incorporaron las milicias del Departamento a las órdenes del mayor Aurelio Díaz y, en San Roque, se unen a las fuerzas del coronel Reguera y comandante Martínez y a las que de Bella Vista traía Amado Artaza.

El Ejército rebelde ya contaba con 3.000 hombres. Sin embargo, continuó su ruta al sur; en Cerrito, del Batel, se produjo la unión con las milicias que Azcona, C. Araujo, J. C. Romero, Eustaquio Acuña y demás jefes habían organizado en Mercedes, Curuzú Cuatiá y Lavalle. Luego, en Cerrito -del Batel- se concentraron las fuerzas liberales, que sumaban un total de 5.800 efectivos de varios Departamentos.

Las fuerzas leales se habían a su vez reunido, alcanzando sus efectivos a 2.500 soldados a las órdenes de los coroneles Luciano Cáceres y Onofre Aguirre. Si el menor número podía compensarse con la calidad de la tropa y la superioridad de las infanterías del Gobierno, a las órdenes del valiente mayor José Toledo, el doble comando implicaba un obstáculo; restaba la responsabilidad personal, que es fuerza poderosa y decisiva, sobre todo en los momentos en que un orden de cosas imprevisto obliga a la resolución breve y a la acción inmediata y enérgica.

Según los opositores, el Gobierno del doctor Manuel Derqui agonizaba:

La Guardia Nacional de la Capital, llamada a las armas desde el día 3, no ocurría a su llamado; la de Lomas, San Cosme y San Luis, o engrosaba las filas de la resistencia o se ocultaba en los montes o emigraba al Paraguay.
No tenía más esperanza de salvación que las fuerzas de Goya, el ejército de Cáceres; Soto, Lugo y Sánchez, que huían de sus Departamentos, hacia la Capital, y Paiva en la costa del Uruguay, elementos que estaban distantes de él y unos de otros entre sí, con la resistencia por medio.
Sin embargo, necesitando, más que nunca, propiciarse la voluntad que le era hostil; su sistema de Gobierno, en la Capital y en los Departamentos dominados por los suyos, aumentó en barbarie(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Mantilla luego señala:

En la Capital se registraban las casas en busca de ciudadanos y, los que eran prendidos, eran rasurados y azotados y dados de alta al Guardia Provincial; Benito Fava, el sargento mayor Nicolás Gallardo, Domingo Costa, el comandante Francisco Montenegro, Servando Gómez, los Sargento Mayor Aniceto Insaurralde y Tomás Méndez, Ramón Esquivel, Abel González Bordón, Esteban Muñoz; miembros del Partido Liberal vivían bajo la varilla del instructor de reclutas y, cuando los ejercicios concluían, barrían el Cuartel, limpiaban las letrinas y acarreaban agua en barriles.
La pequeña fuerza de Maciel no dejó -en ningún establecimiento o rancho de la campaña-, animal vivo ni mueble útil; majadas de ovejas concluyó para sacar caronillas; arreó el ganado yeguarizo y vacuno; destruyó los muebles y concluyó con las aves domésticas, hechos iguales a los que el mismo Maciel consumó en 1865, cuando servía en el Ejército paraguayo”.

Mantilla también hace alusión a la situación en Goya:

Toledo aterraba en Goya; un solo hecho basta para formarse idea de su sistema. Le dijo cierto adulador que uno de los jóvenes liberales, obligados a servir en su Cuerpo, tenía cinta celeste -uno de los colores de la divisa popular, celeste y blanca- y, sin averiguar de la verdad, desnudó su espada y dio de hachazos al denunciado; hizo luego formar el batallón y personalmente registró a cada soldado, siendo hacheado todo aquél en cuyo poder o en cuyas ropas había algo celeste.
Cocheré, Pedro Romano, Juan Calvo, Domingo Guzmán, fueron así casi ultimados por el delito de tener pañuelos del color maldecido, y tanta era la gala de inhumanidad ostentada que prohibió a las familias de los heridos que los curasen ni los viesen y a ellos recibir ningún auxilio de los innumerables que la población mandó”.

Más adelante refiere:

Muniagurria arrasó el Departamento como cabecilla de malón de indios. No comprendieron -los federales- que el sistema de barbarie empleado les creaba nuevos obstáculos, sin beneficio alguno inmediato”.

- Levantamiento de Cáceres en el sur

Cuando Luciano Cáceres conoció los sucesos del Norte, “temeroso, sin duda, de ser atacado por las fuerzas de los coroneles Azcona y Ojeda, o cumpliendo instrucciones recibidas con anterioridad”, abandonó Curuzú Cuatiá y Monte Caseros, marchando hacia Goya con todas sus tropas.

Se componía su ejército de dos mil hombres de infantería y caballería, bien armados; los dos batallones que tenía y unos doscientos de caballería, estaban armados a Remington, y los demás con carabinas francesas y lanzas; era una masa respetable.

Ninguno de los diversos núcleos de la resistencia podía medirse con él, sin aventurar el éxito; las tropas de Azcona eran de caballería en su mayor parte, con apenas ochenta infantes; en las mismas condiciones y sin ninguna infantería, estaban las de Ojeda; las del Norte se encontraban diseminadas.

Para batir a Cáceres o aceptarle combate, era menester incorporar todas las fuerzas opositoras, aunque él se incorporase igualmente a las de Goya; porque entonces quedaba establecido el equilibrio, supliendo la falta de armas, el mayor número y la pericia militar.

Pero Cáceres no era soldado ni hombre avisado para aprovecharse de sus ventajas; su marcha fue lenta y ninguna su acción. Pudo interponerse entre el Norte y el Sur, ocupando la línea del Batel, en cuyo caso habría imposibilitado la incorporación de Azcona y Reguera, o hubiera obligado a uno de ellos a combatir desigualmente; pero prescindió completamente de toda operación de esa especie.

Las fuerzas de Goya, también, con una marcha rápida sobre San Roque, podían apoderarse de dicho Departamento, abandonado por la persecución de Reguera a Soto y, al propio tiempo que hubieran dejado aisladas a las de Empedrado, Saladas y Mburucuyá, se habrían puesto en situación favorable para operar de consuno con Cáceres.

El sistema hidrográfico de la provincia era un obstáculo real a la rapidez de los movimientos de incorporación de las milicias liberales y, por tanto, una ventaja más para los autonomistas. Corrientes abarca una gran extensión de territorio cubierto de ríos caudalosos, malezales, lagunas y esteros, que obstruyen la viabilidad; los ríos no tienen puentes ni embarcaciones, ni hay caminos a través de los malezales, bañados y cañadas; hay caudales de agua, como el río Corriente, Batel, Santa Lucía, que en las épocas de creciente ocupan hasta 10 kilómetros de extensión.

Aquel año había llovido como nunca, especialmente en los primeros días del movimiento, de modo que a las dificultades permanentes de pésima viabilidad, se agregaban la creciente de los ríos y la inundación de los campos.

Si la resistencia elegía San Roque, como punto de incorporación -por ser el más céntrico- los del sur debían atravesar los ríos Corriente, Batel y Batelito; y los del norte el Guahó, González, San Lorenzo, Ambrosio, Santa Lucía y las cañadas y malezales intermedios. El tiempo perdido en salvar estos obstáculos, pudo aprovecharlo el enemigo, tanto más cuanto que a los de Goya nada se oponía y Cáceres tenía la delantera en las marchas.

Felizmente, para la resistencia, ya porque temiesen a las fuerzas de la oposición o por nulidad militar, no se propusieron otra cosa que juntarse.

El 9 de Febrero de 1878 se supo en Empedrado el movimiento de Cáceres y que las fuerzas de Goya se preparaban a salir de la ciudad. Como no se conocía cuál era el verdadero objeto de uno y otro, atribuyóse a la operación el fin de impedir las incorporaciones de las fuerzas de la resistencia.

Las autoridades de San Roque pedían apuradamente protección; el coronel Reguera, desde el Departamento de Concepción, aconsejaba la marcha inmediata en busca de la División de Artaza y la suya, para no quedar cortada la del coronel Calvo. En consecuencia, se abandonó la primitiva idea de expedicionar sobre San Luis del Palmar y se marchó inmediatamente hacia San Roque.

Los obstáculos naturales que vencer eran muchos: ríos, malezales, bañados y cañadas, casi no interrumpidas, como son las que median entre Empedrado y San Roque, rebosando de agua por la incesante lluvia de aquellos días, ofrecían la perspectiva de un movimiento lento y penoso, que iba a poner a prueba la espontaneidad y la constancia, porque era forzoso superarlos en el menor tiempo.

La División realizó la operación deteniéndose apenas seis u ocho horas en el pasaje de los ríos; marchaba sin descanso, sin que la irregular o ninguna alimentación, el agua de la lluvia y de los campos, el pasaje a nado de los ríos, la falta de sueño, hicieran decaer el espíritu de la tropa. Se veía allí, realmente, el entusiasmo de aquellos hombres, dispuestos a destruir obstáculos más serios.

La División acampó el 12 de Febrero, por la mañana, en la costa norte del Santa Lucía, frente a San Roque, habiéndosele incorporado -en el tránsito- las fuerzas de Saladas, en número de trescientos cuarenta y tres hombres. En épocas de creciente, el ancho del Santa Lucía, en aquel punto, tenía unos tres kilómetros y medio y, como no es paso de tránsito, estaba cubierto de un grueso camalotal y embalsado; las fuerzas se dirigieron allí, para evitar una gran vuelta y para aprovechar, en el pasaje, los recursos de que disponía la oposición.

Esta operación concluyó el 13, porque antes de emprenderla se hizo descansar la tropa y la caballada, rendidos en la marcha precipitada.

El coronel Reguera llegó también a San Roque, el 12 de Febrero, de regreso de su persecución a Soto; había alcanzado hasta Paso Pitá. Soto se incorporó a Wenceslao Lugo en la estancia de Lagraña, y continuó su huida hacia San Miguel, hostilizado por el comandante Juan de la Cruz Aguirre, con fuerzas de Concepción.

El capitán Ventura Ferré -desde Loreto, ocupado el 5 de Febrero- pretendió detener al jefe autonomista, viniendo a su encuentro con sesenta hombres, y fue derrotado. Soto se posesionó, en consecuencia, del mencionado pueblo, el 12; pero lo abandonó luego, a causa de los pronunciamientos de San Miguel e Ituzaingó y la persecución del comandante Aguirre, pasando al Departamento de Caá Catí.

Las fuerzas liberales, al mando del coronel Monzón y del mayor Ayala, anduvieron poco activas en cerrarle el paso y obligarle a un combate, y pudo atravesar sin dificultad el Departamento y llegar a la Capital.

Las tropas reunidas en San Roque, con la llegada de las dos Divisiones y la incorporación de las de Bella Vista, hacían un total de dos mil quinientos hombres. Fueron nombrados: Jefe de Estado Mayor de ellas, el coronel Calvo; y el coronel Martínez de toda la infantería. Un furioso temporal desencadenado el día 14, retardó -hasta el día 15- el movimiento del ejército en busca de la División de Azcona, que venía del sur.

Al mismo tiempo que se efectuaba la incorporación de los liberales en San Roque, Cáceres se incorporaba también a Toledo y Aguirre en la estancia de Chas, Departamento de Goya. Desde Curuzú Cuatiá, tomó recto a Goya, pasando el río Corriente, en Santillán.

Su posición era ventajosa para interponerse entre sus enemigos aislados y su ejército numeroso; las fuerzas que se le agregaron eran seiscientos de caballería y trescientos infantes, habiendo quedado de guarnición, en Goya, unos treinta “carpincheros(2), llevados por Zúñiga de Esquina, y una Compañía de entrerrianos, llevados de La Paz por el coronel Hilario Lagos.

(2) Los carpincheros eran cazadores de carpinchos para comercializar el cuero. Eran hombres con una cultura ligada a la naturaleza; el río era su casa y su tumba. Son seres libres, sin rumbo fijo, por ello excelentes vaqueanos para guiar tropas. Los carpincheros tenían prácticas culturales que les permitían estar en armonía con la naturaleza; su modo de subsistencia tiene que ver con la caza, no tenían una vivienda estable, vivían en sus canoas sobre el río y en ese mismo lugar realizaban sus rituales.

Una División liberal de Esquina debía vadear el río Corriente, veinticuatro kilómetros abajo del Paso Santillán y, la de Azcona, que lo había efectuado en Lucero, tenía aún que pasar el Batel; uno y otro pasaje era facilísimo impedir.

- Acusan grietas en las tropas oficialistas

Luciano Cáceres no tenía las cualidades militares de su padre, pero a más de eso, mandaba tropas desordenadas y anarquizadas, con las cuales no podía contar; su principal enemigo era su segundo, Onofre Aguirre, descontento de haber sido pospuesto en el mando en Jefe; la tropa, enrolada en los dos bandos, explotaba la discordia y la complacencia de sus superiores, para entregarse a los excesos y al robo.

Semejante enemigo de los liberales tenía, en su propio seno, poderosos inconvenientes para llevar la ofensiva, aún en operaciones indicadas por el sentido común.

No era aquel ejército una fuerza compacta y ordenada, con el entusiasmo de una causa o la sujeción al deber militar austero, sino una agrupación de elementos dispersos. Los dos bandos tenían enganchados, es decir, no voluntarios. El preferido, por su peusto, era el soldado voluntario, aquél dispuesto a dar la vida por una causa.

Quizás en este aspecto haya habido alguna diferencia con el soldado liberal, ya que para estos en esta guerra no sólo arriesgaban sus vidas, sino que básicamente -y hasta que el panorama no se hiciera prometedor- luchaban por una bandera sediciosa, levantada contra un Gobierno legítimo, reconocido y apoyado por el Gobierno Nacional. Estos hombres sabían que, si perdían, les esperaba la horca o el fusilamiento.

Luciano Cáceres permaneció inactivo cuatro días, contentándose con desprender pequeñas partidas en observación del enemigo. Lo único que consiguió -deteniéndose en Chas- fue impedir la incorporación de las fuerzas de Esquina pero, eso mismo fue -después- un mal para las suyas, porque los derrotados en Ifrán cayeron en manos de aquéllas.

El coronel Reguera marchó de San Roque el 15 de Febrero, por la tarde, en dirección al Cerrito, Paso del Batel, donde se dirigía el coronel Azcona, con mil setecientos hombres, y llegó a dicho punto el 17 al mediodía, incorporado ya el Regimiento Basualdo, al mando del coronel Juan Carlos Romero, que pasó el Batel en Chañaral.

Las fuerzas del sur estaban en el mismo punto, con el Batallón Mercedes -de ochenta plazas- y el regimiento de Curuzú Cuatiá, de seiscientas, en la banda norte del río, para proteger el pasaje, caso de ser atacados por el enemigo que se hallaba acampado en las Puntas de Cafarreño, al sudoeste, detrás de los montes de Mota. Pero este 17 de Febrero, las fuerzas insurgentes vencerán a las gubernamentales sobre el río Batel.

Mientras se efectuaba lentamente el pasaje de las tropas de Marcos Azcona, el coronel Eustaquio Acuña recibió orden de adelantarse con el Regimiento Curuzú Cuatiá, a fin de explorar el terreno próximo al enemigo, debiendo avisar, inmediatamente, si daba con éste. Así lo hizo, avanzando cerca de casi 10 kilómetros, sin lograr descubrir nada, en cuya virtud emprendió retirada, dejando algunas comisiones de observación.

En su marcha, recibió Parte de que aparecía una columna en movimiento, y volvió sobre ella, con sólo 200 hombres, acompañado del jefe del regimiento, teniente coronel Antonio Llopart, porque supuso que fuera pequeño el número del enemigo.

Entre él y la posición enemiga había un estero de diez a doce cuadras de ancho y, luego, una extensión sin obstáculos, que se apresuró a ocupar. Con los tiradores desplegados en guerrilla, marchó a vanguardia, siguiéndole Llopart de reserva con los lanceros.

- La batalla de Mota

El primer choque se producirá sobre el Batel. Viniendo del sur, la vanguardia de las fuerzas legales, a las órdenes de Valerio Insaurralde, choca, el 17 de Febrero de 1878, con la rebelde, comandada por Acuña, Llopart y Avalos. Rudo el empuje de unos y de otros.

Atravesado el estero, ocuparon los tiradores insurgentes las alas, los lanceros el centro, y adelantaron terreno a trote y galope. El enemigo, sobre el cual marchaban, fue bien descubierto a corta distancia ya, y era tres veces mayor en número.

Cáceres había desprendido seiscientos hombres, de su mejor caballería, al mando de los Sargento Mayor Pedro Giménez y Secundino Insaurralde, para impedir el pasaje de Azcona, sin contar aún con la llegada de Reguera, y era ésa la columna avistada.

Acuña mandó tocar ataque, y los doscientos soldados de la resistencia cargaron a los seiscientos del Gobierno. Sólo el centro chocó de lleno, peleando a lanza y sable; la derecha se retardó un poco, por haber dado con una laguna, cuyo desvío le hizo perder tiempo; y la izquierda fue conmovida y desordenada por el empuje con que la recibieron.

Los lanceros de Llopart doblaron y derrotaron completamente el centro enemigo, en momentos que los tiradores de la derecha ocupaban la altura que les correspondía en la línea y también vencían; y unos y otros, al hacer la persecución, amenazando envolver por retaguardia a los que habían obtenido ventaja sobre la izquierda, les obligó a dejar libre el campo, huyendo como los demás.

En el entrevero, el caballo del mayor Pedro Giménez, de las fuerzas del Gobierno, es boleado; baja el paladín y hace frente con su lanza de guerra al enemigo, hasta que un joven soldado logra vencerlo a puro corazón; cuando, derrotado Insaurralde, se repliegan las tropas insurreccionales, el joven soldado reconoce en el cadáver de Giménez a su padre. Con esta nota de tragedia, que el comentario de los fogones generaliza, se abre la página del encuentro decisivo.

En el bando opuesto, la victoria -como las anteriores- tampoco no fue feliz; el coronel Acuña recibió un balazo gravísimo en el cuello, y hubo tres muertos y seis heridos.

Cáceres perdió su mejor jefe, el valiente mayor Giménez(3), tres oficiales y dieciséis soldados muertos, veintiocho prisioneros, once heridos, que llegaron a su Campamento, y la División destrozada. Si el ejército hubiera apoyado, de algún modo, la operación encomendada al mayor Giménez, la batalla librada, dos días después, se habría empeñada en aquél.

(3) El mayor Pedro Giménez había militado siempre en la causa contra la cual perdió la vida y, por una de aquellas debilidades que el cansancio del sufrimiento produce en muchos, acompañó a Cáceres en las elecciones, y luego siguió sus banderas. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Escribir estas líneas es lo más fácil. Imaginar la escena acerca un poco más al horror de estar en semejante teatro. Son hombres que cultivaban la tierra, criaban ganado, cuidaban de su mujer y sus hijos, que vivían bajo la sombra de un rancho, y ahora fueron convertidos en soldados. Cuando se incorporan, la vista quizás sería hermosa: desplazándose al mismo tiempo, en filas y columnas ordenadas, con las marchas sonando y las banderas ondeando. Es tan hermoso que quizás se quiera sonreir.

Y luego, los tiradores disparan la primera salva. Primero ves el destello del metal al sol. Todos juntos como uno solo. Una fila de hombres que levantan sus armas de fuego, apuntan y disparan. Las balas atraviesan todo el campo, como una cortina de lluvia de hierro, derribando hombres a diestra y siniestra. El sonido de los disparos -como trueno-, cruza el campo y, cuando se desvanece, la segunda descarga ya está en camino.

Por eso, para un ejército así, se necesita más que valor para vencer. Se requiere disciplina, soldados muy bien entrenados. Un ejército de soldados. Si se tiene la disciplina de detenerse juntos, de marchar juntos y de pelear juntos, se puede vencer.

Derqui consideró esta batalla como un triunfo. Tanto en la Capital como en Goya se publicaron boletines grandilocuentes, anunciando la victoria, y se celebraron serenatas en que los ‘mueras’ a los liberales eran parte obligada de la fiesta. Sin embargo se produjo una singularidad: las manifestaciones de alegría fueron en la noche del 19 de Febrero, cuando el Ejército del Gobierno estaba ya completamente destruido tras la batalla de Ifrán. Es que los hechos se registraron con tal dinamismo y los encuentros armados se sucedieron tan frenéticamente, que quienes no estaban en el lugar de los sucesos, no lo podían creer.

Además, en el Campamento de Luciano Cáceres no se pensó así; la derrota de Mota costó vidas; el jefe autonomista estaba desalentado y conmovido profundamente su espíritu, lo que seguramente contagiaba a las tropas; el 17 de Febrero, por la noche, sufrirá un desbande de doscientos hombres.

Comprendiendo el estado de sus elementos y temeroso de un ataque, levantó su campo en dirección a Santa Lucía, pero no consiguió alejarse mucho, porque la curva que debía hacer para salvar el Cafarreño y una copiosa lluvia que duró hasta la tarde del 18, apenas le permitieron poner -entre ambos ejércitos- el Batelito y sus esteros.

Distinto era el efecto del combate de Mota en el ejército liberal. La incorporación de los hombres se había consumado bajo los auspicios de sucesivas victorias sobre fuerzas enemigas mayores, debidas al entusiasmo y al valor; el único apoyo formal del Gobierno estaba quebrado, y quedaba establecida la superioridad de los elementos de la resistencia siendo, en consecuencia, cuestión resuelta, de simple movimiento, el desenlace feliz de la campaña para la oposición.

Buscar al enemigo autonomista y concluir con él, era el sentimiento unánime de jefes y tropa. No podía tampoco ser otro el espíritu de aquel ejército. Se trataba de cuatro mil hombres, que buscaban en el campo de batalla la garantía de sus vidas, de su propiedad, la paz de su hogar, o la muerte honrosa. Tenían el fanatismo de su causa, fuente inagotable de prodigios y de inmolaciones generosas.

Al frente de esos figuraban soldados de Caseros, del Paraguay, de Ñaembé, San Ignacio y las campañas de Entre Ríos, tales como Reguera, Calvo, Azcona, Acuña, Plácido Martínez, Araujo, Alemí, Azula, Llopart, Abalos, Quijano, Zalazar, Conti, A. Díaz, C. Romero, Torres, Lezcano, Reyna, Romero, Duarte, Quiroz, Verón, Ramírez, Zerviño, Artaza.

Con los hombres de espada estaban los de letras -doctores Martínez, Mantilla, Morel, Verón, Bejarano, Rivera, Vivar-, desempeñando distintas funciones y soldados el día del combate.

Tan feliz era el sentimiento que los embargaba que Mantilla se atrevió a escribir:

Desde el horrible desastre en Pago Largo, donde pereció la juventud florida de Corrientes, no se había formado un ejército igual a aquél. Su fe en el triunfo, era legítima esperanza, nacida de su brillante composición, realzada por la santidad de la causa. ¿Quién detendría su marcha triunfal? Cáceres estaba vencido sin combatir(4).

(4) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

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