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Los comisionados presidenciales detienen ataque sobre la Capital

Para marchar sobre la capital de la provincia, era de previa conveniencia para los rebeldes ocupar la ciudad de Goya, a fin de no dejar obstáculo a retaguardia; había allí sesenta infantes y cien de caballería que, aumentados con los dispersos, gente mandada de la Capital, y protegidos por la tropa de línea del Rey, podían formar un centro de resistencia.

Resolvióse pues que, conjuntamente con la marcha del ejército insurrecto hacia el Santa Lucía, ocupara Goya el coronel Juan Esteban Martínez, apoyando su expedición el coronel Juan de Jesús Calvo.

A las 3 p.m. del mismo día de Ifrán, 19 de Febrero, momentos después de la rendición de Toledo, el coronel Martínez se puso en movimiento con el Batallón Goya y el Escuadrón Escolta, yendo también los miembros del Gobierno liberal; el coronel Calvo debía marchar por la noche, aprovechando la luna.

Al amanecer del 20, la expedición paró a descansar en la quinta de Araujo, a unos cinco kilómetros de la ciudad, en donde tuvo noticia de que los de la plaza se preparaban a resistir, abriendo zanjas en las calles y formando barricadas y cantones.

El coronel Martínez pidió a Calvo que apurase su marcha, y siguió adelante. Cuando la columna expedicionaria se movió de la quinta, apareció una fuerza de caballería cerca de los montecillos que rodean la ciudad; desprendido sobre ella el Escuadrón Escolta, fue arrollada y perseguida hasta el Picito, plaza de productos del país, situada a seis cuadras de la principal.

El batallón no tardó en llegar al mismo punto, sin disparar un tiro y sin, tampoco, ver signo alguno de resistencia. Cuanto en este sentido hicieron los gubernistas, había sido puro aparato; barricadas, trincheras, bolsas de arena apiladas, ocupación de edificios para cantones, zanjas, fueron abandonadas a la aproximación de las fuerzas, huyendo todos hacia el puerto, unos para embarcarse en dos vapores chicos preparados al efecto, otros para asilarse en la casa del coronel Manuel Obligado.

El Escuadrón Escolta, mandado sobre el puerto, mientras el Goya ocupaba la plaza y el Cuartel, alcanzó a tirotearlos en el momento del embarque, obligándolos a dejar armas y monturas o tirarlas al río. Nunca hombre alguno fue tan dominado del pánico como en aquella ocasión Zúñiga, el ministro Desiderio Rosas y el ex ministro de Madariaga, Severo Fernández; aún cuentan muchas familias de Goya la desesperación con que corrían a pie, por media calle, mirando a cada instante hacia atrás, con semblantes desencajados y dando gritos destemplados de, “¡ya entran, ya nos alcanzan!

Al mismo tiempo que estos hombres huían de la ciudad, los rebeldes entraban en ella aclamados con júbilo. Goya es tradicionalmente liberal; jamás había rendido homenaje a los autonomistas, por lo menos hasta esos años, aunque no hay que olvidar que uno de los últimos gobernadores de la época, Evaristo López Soto, era federal.

Sin embargo fue el centro del liberalismo por esa época en los tiempos de Santiago Baibiene y Agustín Pedro Justo, hijos distinguidos de la ciudad; su juventud, ardiente y valerosa, ha tenido constantemente representantes conspicuos en la Administración Provincial; y su escogida sociedad es famosa en la provincia por su patriotismo.

Un pueblo así, era natural que recibiera a los insurrectos con transportes de alegría, porque el homenaje era a sí mismo, a su causa, al noble y abnegado Plácido Martínez, su hijo preclaro.

La Jefatura Política estaba abierta y cubierto el suelo de documentos oficiales, cartas, bolsas vacías, lana, tercios de yerba, tarros de tabaco negro, armas, pólvora, municiones de Remington, artículos abandonados por Zúñiga y Rosas; en el calabozo se hallaban encerrados y en la barra, el sargento mayor Toribio Jara y el joven Miguel Martínez, ambos liberales.

El batallón se alojó en el Cuartel anexo a la Jefatura y en ésta se instalaron las Oficinas de Despacho del “vicegobernador” y “ministro” del Gobierno insurrecional.

Goya revivió. Los Martínez eran de allí. El comercio paralizado, las casas cerradas, los habitantes escondidos, las calles desiertas, el temor al robo y al asesinato dominando a todos, hacían de la ciudad un centro de lobreguez. Los rebeldes intentaron cambiar la situación. A la sombra de la bandera victoriosa de Ifrán, aquel aspecto mudó radicalmente.

Muniagurria, W. Fernández, Mauricio Méndez y los prisioneros puestos en libertad, Refojos, López, y hombres temidos, vivían tranquilos y paseaban por las calles; los refugiados entre las fuerzas nacionales dejaron su miedo y se presentaron a gozar de las garantías ofrecidas a sus correligionarios; los derrotados de Ifrán se sometían por grupos; el mismo “Gato Reyuno”, célebre bandido, terror del Departamento, bajó a la ciudad con su partida y depuso sus armas.

Este resultado era debido a un decreto de amnistía amplia, expedido por el Gobierno insurrecto, tan luego como fue ocupada Goya, cuyo cumplimiento devolvió la confianza a todas las clases y gremios.

El coronel Manuel Obligado asistía a la nueva escena, cuidándose bien, sin embargo, de todo acto que pudiera originar un conflicto; manejaba el telégrafo, todo el día, para informar al gobernador Manuel Derqui de los más insignificantes movimientos; continuó en contacto con los autonomistas, dándoles aliento, con la protección del Gobierno Nacional.

Actuaba por supuesto en causa propia. A más de sus compromisos con Derqui y de su participación en apoyo del gobernador, el triunfo de los insurrectos significaba para él, su alejamiento de la política local.

Durante la permanencia en Goya “del vicegobernador Martínez”, además del decreto de amnistía -que fue su primer acto- estableció un Hospital de Sangre, a cargo de la Sociedad de Beneficencia; nombró Jefe Político de la localidad a Agustín Lozano y, de Curuzú Cuatiá y Monte Caseros, al coronel M. Reyna y al comandante A. Llopart, respectivamente; movilizó la Guardia Nacional del Departamento; ordenó la entrega a sus dueños de los artículos supuestamente arrebatados por Zúñiga y Rosas; el Batallón Goya elevó sus plazas a cuatrocientas, y el Regimiento San Martín -de goyanos- a seiscientas.

La permanencia en Goya de estas fuerzas y del Gobierno rebelde fue transitoria, hasta dejar garantida asus intereses la ciudad y el Departamento solamente, pues el objetivo final de la resistencia era la Capital y la marcha sobre ella debía ser inmediata.

Volvamos a Derqui. La noticia de la batalla de Ifrán túvola Derqui el mismo 19 de Febrero, a las 6 p.m., dada por Rosas; según algunos testimonios, le costó creer. Avisado Victorino de la Plaza del suceso, pasaron ambos a la Oficina Telegráfica para conferenciar con Obligado. Un testigo ha relatado lo que allí pasó:

- “¡No puede ser!”, decía Derqui a De la Plaza; “el ejército de Cáceres es poderoso; Rosas habrá sido engañado por algunos cobardes, o este despacho es obra de los rebeldes”.
- “Veamos”, respondió De la Plaza, dando orden al telegrafista para transmitir, al coronel Obligado, que esperaba en la Oficina de Goya, la siguiente pregunta:
- “¿Qué ha ocurrido?

Al instante recibió esta contestación:

- “Derrota completa de Cáceres este día”.
- “¿Cree ahora?”, dijo tristemente De la Plaza al doctor Derqui, inmutado.

Volvió a preguntar a Obligado:

- “¿Qué detalles tiene?
- “Cáceres, Aguirre y otros jefes muertos; la infantería toda prisionera; el ejército destruido”, fue la respuesta.

Ambos se miraron, sin proferir una palabra, desfigurados los semblantes y, luego, inclinaron la vista al suelo, permaneciendo inmóviles un largo rato. ¡La bomba no era para menos!

Al siguiente día aumentó la amargura. Inmediatamente de ocupada Goya, el hilo eléctrico transmitió todas las circunstancias y detalles de la batalla, en telegramas que los vencedores -vecinos de la Capital- dirigieron a sus familias.

Se llegó a decir que el minsitro De la Plaza y el gobernador Derqui llegaron a prohibir, estando libre el telégrafo, la entrega de los despachos a sus dueños, dejando como efecto la duda atroz de los familiares que no sabían si sus seres queridos murieron o se salvaron.

Otro tanto habría hecho Avellaneda, en Buenos Aires, con los telegramas que anunciaban el triunfo de la oposición, cual si de ese modo podían salvar a su amigo. Estos rumores, si fueron verdad, no ejercieron su propósito, ya que en Buenos Aires y en Corrientes la batalla de Ifrán repercutió

El ministro De la Plaza puso, al servicio del gobernador, los elementos militares y la misma tripulación del acorazado “El Plata”, por si los rebeldes llegaban más pronto a la Capital que la protección ofrecida por el Gobierno Nacional.

El gobernador del Chaco, Pantaleón Gómez, entregó, igualmente, para la defensa de la plaza, una cantidad de armas traídas de Villa Occidental, en el Resguardo, poniendo el buque a disposición de Derqui. Un ingeniero extranjero, acompañado de dos oficiales de “El Plata”, levantó el plano de la ciudad y sus alrededores para fortificarla y, según su proyecto de defensa, fue preparada la resistencia.

Había 150 infantes que, unidos a los ocupantes de Empedrado, ascenderían a trescientos; doscientos hombres de caballería, acampados en Laguna Brava, restos de las fuerzas de Caá Catí, Lomas y San Luis, fueron desmontados; ocuparon los edificios más elevados de la ciudad para cantones; en los suburbios, hicieron zanjas y barricadas, colocando en ellas cañones.

Los elementos enumerados y el plan de cantones y zanjas constituyeron todo el poder del que contaban en esos momentos los gubernistas. Se infiere que con el pedido de Intervención que el gobernador hizo el día 20 de Febrero, Derqui aseguraba disponer de otros elementos más.

Derqui estaba reducido a la Capital, ya que los elementosdel Gobierno en la costa del Uruguay y en Candelaria tuvieron el mismo fin que los demás, destruidos ya.

Pantaleón Paiva, Jefe Superior de Paso de los Libres, La Cruz y Santo Tomé, tenía cuatrocientos hombres en el primero de estos Departamentos. El pronunciamiento del sargento mayor Felipe Grimado, con ciento y tantos hombres, en el Rincón de San Pedro, distrajo a Paiva en Paso de los Libres, mientras el comandante José D. Alvarez se preparaba en La Cruz para expedicionar sobre él.

Paiva quiso destruir la pequeña fuerza de Grimado y marchó sobre ella. En distintos encuentros, de éxito diverso, los soldados de los insurrectos sostuvieron su posición, sin que los autonomistas lograsen su objeto.

Entretanto, Alvarez abrió operaciones sobre Paso de los Libres con trescientos hombres de caballería mal armados, y veinte infantes. A la noticia de su movimiento, Paiva concentró sus fuerzas en el pueblo, para concurrir donde fuese necesario. Cuando Alvarez se aproximaba, los gubernistas salieron a su encuentro.

El jefe rebelde fingió retirarse, para comprometerlo a pasar el arroyo Yatay y compensar la desigualdad de elementos con un golpe audaz, en lugar oportuno. Paiva lo persiguió a corta distancia, y pasó el arroyo en desorden, sin prevenirse contra un ataque.

En momentos que terminaba el pasaje, la División insurreccional cayó sobre él, sin darle tiempo a ordenar sus fuerzas, y se trabó el combate en condiciones favorables a los del ataque. La caballería se dispersó y se azotó luego al arroyo, quedando únicamente los infantes, que pelearon en pelotones; cargados con denuedo y teniendo a retaguardia el arroyo, que les impedía huir; se rindieron al cabo de unos minutos.

Paiva fue de los primeros derrotados, y detuvo la carrera en Uruguayana (Brasil); su tropa tuvo trece muertos, entre ellos un hermano de aquél, y veinte heridos. El comandante Alvarez perdió tres hombres. Así concluyó el apoyo a Derqui en Paso de los Libres y se conquistó -para los sediciosos- dicho Departamento, cuyo mando fue confiado al coronel M. Reyna, siendo reemplazado en Curuzú Cuatiá por el sargento mayor Eugenio Giménez.

En Candelaria no se derramó sangre. Un oficial, de apellido Casco, y Ramón Lotero, éste Sargento Mayor, mandaban allí las fuerzas del Gobierno. Sobre ellos marcharon los comandantes José Joaquín Sosa y Justo Franco, con las milicias de Santo Tomé, y el sargento maror Aniceto Méndez, con las de San Carlos y San Javier.

El Campamento autonomista distaba de Posadas unos dos kilómetros y medio. A la aproximación del enemigo, Casco y Lotero dejaron la tropa a cargo de oficiales subalternos, so pretexto de preparar la defensa del pueblo, y pasaron a Villa Encarnación, pueblo paraguayo situado frente a Posadas. La tropa, obligada, en su mayor parte, se sublevó y salió al encuentro de Franco y Sosa, quienes fueron recibidos por la población con demostraciones de regocijo.

Los rebeldes se mostraron triunfantes en casi toda la provincia en menos de un mes, con excepción de la Capital y Departamentos próximos a ella. Derribar ese último obstáculo era lo que les faltaba para terminar con la Administración que tanto detestaban.

Con ese objeto, el ejército sublevado abrió marcha el 21 de Febrero sobre Corrientes, dirigiéndose al Paso del Santa Lucía, frente al pueblo de este nombre; el coronel Azula fue adelantado como vanguardia, con los regimientos Empedrado y Saladas.

Por mucho que se precipitase el movimiento, era imposible terminarlo en seis u ocho días; había que pasar los ríos Santa Lucía, Ambrosio, San Lorenzo, Empedrado, Sombrero, Riachuelo, prescindiendo de otros pequeños, y esteros, cañadas y malezales; quince o veinte días era el menor tiempo necesario; en el solo pasaje del Santa Lucía, hecho con rapidez, se emplearon tres días.

El Comandante en Jefe de los sediciosos recibió en Santa Lucía, el 25 de Febrero, la orden del interventor Victorino de la Plaza para que suspendiera operaciones. Los liberales estimaban terminar la operación en la Capital de la provincia en quince días, después de la batalla de Ifrán.

Pero el objetivo de los rebeldes no era fácil de lograr. Había que marchar sin comer y sin dormir, para cumplirlo. Sobre el mapa, y para quien no conoce lo que es mover un ejército numeroso a través de casi 200 kilómetros de campos, cruzados de ríos caudalosos, la operación era facilísima; en el terreno, otro juicio hubieran emitido los críticos.

La Intervención Nacional puso fin a la lucha armada, por el momento, al menos. En los dieciocho días de campaña, losinsurrectos dominaban dieciocho Departamentos de los veintidós de la provincia y tenía en armas, diseminados en varios Cuerpos, como nueve mil soldados.

No fue una campaña feliz para los gubernistas, ahora inmovilizados en el radio estrecho de la Capital. En ninguna parte consiguió ventaja; todos los hechos militares le fueron fatales; le sobraron armas, pero quizás le faltaron brazos. Eran tropas adiestradas y organizadas con tiempo, pero que no opusieron la resistencia necesaria ante el avance sedicioso.

Para más, en cada contratiempo, sus Remington cayeron unos tras otros en poder de los insurrectos. Pero la verdad de los hechos es que, tres meses después de que la elección del 16 de Noviembre de 1877 terminara en controversia, las tensiones provocadas por liberales y autonomistas eran las más elevadas desde la guerra civil de 1872 y el futuro de la provincia pendía de un hilo. 

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