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Crisis correntina quiebra la política presidencial de Conciliación

Para contrarestar eficazmente la acción del interventor Victorino de la Plaza, los liberales correntinos necesitaban el concurso enérgico de los elementos afines que habían prestado -en Buenos Aires- su apoyo a la Intervención y que, no se lo podían negar, por principio y por decoro propio.

La promesa de fallar con imparcialidad y verdad la cuestión electoral, con arreglo a las Instituciones locales, hecha por el presidente, resumía los fines constitucionales de la Intervención pero, disueltas las fuerzas rebeldes, en virtud de aquélla, el representante nacional colocaba, día a día, piedra sobre piedra, nuevas bases para el Gobierno constituido.

Tanto el presidente y el doctor Victorino de la Plaza -en particular éste- habían sido claros y específicos al proclamar que la Intervención fue aplicada a la provincia en salvaguarda y apoyo del gobernador constitucional del doctor Manuel Derqui.

Es por ello que la oposición concentróse en Buenos Aires. En aquellos momentos, la cuestión de Corrientes llegaba en el Gabinete Nacional al grado de solución, y la conducta del presidente se presentaba confusa. Cuando la Intervención fue decretada, Avellaneda prometió a sus ministros delegar en el vicepresidente de la República, Mariano Acosta, tan luego como el desarme se efectuase, para estudiar y fallar la cuestión, retirándose inmediatamente Victorino de la Plaza.

Pero el tiempo transcurría y los nacionalistas fueron convenciéndose que el Gobierno Nacional había elaborado un estudiado plan de demoras, interrupciones telegráficas, retardos en el envío y recibo de notas, y otros recursos parecidos al embuste, que permitieron hacer ilusorio el retiro de Victorino de la Plaza y el nombramiento del vicepresidente en su reemplazo.

El Interventor buscaba garantizar la paz y para ello tomó enérgicas medidas que fueron interpretadas como persecutorias por los liberales, sobre todo porque siguió manteniendo relaciones con el Gobierno del doctor Manuel Derqui, considerado el legítimo por las autoridades nacionales. El periódico “La Libertad” decía al respecto:

Todos los días se busca a nuestros amigos para apresarlos (...). Si aquí mismo donde reside el Interventor se asesina y se comete toda clase de tropelías, ¡cómo será en los Departamentos! (...).
Se ha suprimido la guerra con Derqui, pero Plaza ha emprendido otra con los liberales (...).
Y decimos mazhorqueros (sic), porque estos son los elementos de que se sirve Plaza y, por eso, es éste quien, lejos de darnos la pacificación con todos sus frutos, lleva el exterminio al seno del Partido Liberal, con los resortes y elementos de Derqui (...).
Por eso, la conducta de Plaza es refractaria a las leyes de la Nación y a las Instituciones de la provincia(1).

(1) Periódico “La Libertad”, (Corrientes), edición del 17 de Abril de 1878. // Citado por Antonio Emilio Castello, “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

Pero la satisfacción presidencial será efímera. Contra lo supuesto, el desarme había sido parcial. Victorino de la Plaza había encomendado al teniente coronel Hilario Lagos (h) que lo completase y, como resistieran la medida algunas bandas guerrilleras, las declaró "rebeldes"(2).

(2) Victorino de la Plaza. Resolución de Marzo 22 de 1878, en el periódico “La Tribuna”, Nro. 8.278, edición de Marzo 28 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Los procedimientos del doctor De la Plaza esparcieron honda inquietud entre los nacionalistas. Es que la cuestión ya no era sólo provincial. El liberalismo correntino tenía defensores en el Gabinete del presidente Avellaneda. Hay que recordar que, en virtud de su política de Conciliación, habían ingresado a las Secretarías de Estado dirigentes liberales, y resultaba inexplicable para el doctor Victorino de la Plaza la ocultación de armas y el alejamiento de los caudillos de guerra de los insurgentes de Ifrán.

A estos antecedentes, se aunaba un malestar generalizado en el país, el lenguaje ardoroso de la prensa, la flojedad de los negocios y la reserva de los capitales.

- Crisis ministerial

A fines de Febrero de 1878, los ministros de Relaciones Exteriores, Rufino de Elizalde, y de Justicia e Instrucción Pública, José María Gutiérrez, plantearon la protesta a Avellaneda en términos categóricos y éste les anunció que, cumplido el desarme, reemplazaría a De la Plaza con el vicepresidente Mariano Acosta(3), propuesto por aquéllos(4).

(3) El vicepresidente de la Nación era hijo del correntino José Francisco Acosta y Magdalena Santa Coloma Lezica, hija de un importante estanciero bonaerense.
(4) Elizalde y Gutiérrez. "Manifiesto al Pueblo" (Abril 30 de 1878), en el diario “La Nación”, (Buenos Aires), Nro. 2.311, Abril 30 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. El Ateneo, Buenos Aires.

Los hechos producidos en Corrientes provocaron reclamaciones de los ministros Rufino de Elizalde y José María Gutiérrez; y Avellaneda no pudo desconocerlas, sin declararse abierto sostenedor del gobernador Derqui. Como término de conciliación, fue dada al doctor Victorino de la Plaza la orden de bajar inmediatamente a Buenos Aires, dejando de interventor provisorio al coronel Josa Inocencio Arias y, en ningún caso el coronel Hilario Lagos (h), aliado de Derqui, mientras el Gobierno nombrase su reemplazante.

El presidente, en prueba de lealtad, mostró -a los antedichos ministros- el Libro Copiador de sus cartas, a fin de que reiterasen a De la Plaza la orden convenida, de acuerdo con los términos de la confidencialidad que él le dirigió en ese sentido.

La solución no era ésa, sino el nombramiento del nuevo interventor y sus instrucciones, y los ministros liberales, acordado lo anterior, exigieron abordarla. El presidente objetó que convenía esperar el regreso de De la Plaza pero, no habiendo predominado la excusa, decidió designar interventor el doctor Manuel Quintana, el cual debía desempeñar su misión con instrucciones amplias, cuyos puntos generales se fijaron en acuerdo de gobierno.

Parecía que las cosas marchaban por el camino de la concordancia, pese a las sospechas de lo mitristas y el tono de su prensa. Las solemnes promesas del presidente de la República, ratificadas en las deliberaciones del Gobierno, se imponían, al parecer, como hechos consumados, pues la dignidad del Magistrado y el honor del hombre no permitían faltar a ellas.

En tanto, el coronel Arias, con su accionar, en reemplazo de Victorino de la Plaza -aunque interinamente- cambiaba las cosas en Corrientes; Quintana, interventor con instrucciones amplias para fallar la cuestión, era una garantía para los mitristas. No obstante, Avellaneda, menos temeroso ya con el desarme del pueblo correntino, dudaba en cuál deberían ser los pasos a seguir y no logró uniformar criterios en repetidos Consejos de Ministros, motivando su conducta una crisis ministerial y otros hechos que no esperaba.

El doctor Elizalde, ministro de Relaciones Exteriores, ciñéndose estrictamente a bases explícitas dadas por el presidente, acordó con el doctor Quintana las instrucciones que debía llevar, y las presentó al Gabinete; por su parte, el ministro del Interior, doctor Bernardo de Irigoyen, formuló otras diámetralmente opuestas a aquéllas, presentándolas -por orden del presidente- al doctor Quintana, como emanadas del Gobierno Nacional, no obstante ser contrarias a lo acordado y no haber sido aceptadas ni vistas por los ministros liberales.

Estas envolvían cuatro puntos principales:

1.- La aprobación de todos los actos del comisionado actual en Corrientes;
2.- La limitacion de facultades del nuevo comisionado;
3.- La inteligencia de que no sería ya el P. E. el que resolviera la cuestión;
4.- La reposición del doctor Derqui en el hecho y previo a todo fallo”(5).

(5) Renuncia del doctor Gutiérrez. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Pero, las protestas de los liberales calaron hondo en la presidencia; Avellaneda intentaba detener el proceso, ofreciendo el cargo de Interventor Nacional al doctor Manuel Quintana, pero éste lo declinó, al saber que el ministro del Interior, Bernardo de Irigoyen imponía el mantenimiento del statu quo "hasta tanto el Congreso resolviera lo que correspondiese"(6).

(6) Rufino de Elizalde y José María Gutiérrez. Carta al presidente Nicolás Avellaneda (Abril 24 de 1878), en el periódico “La Nación”, (Buenos Aires), Nro. 2.307, edición de Abril 25 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El doctor Quintana rechazó las instrucciones prohijadas por el presidente, renunciando al mismo tiempo, y los ministros Elizalde y Gutiérrez hicieron dimisión de sus carteras, protestando contra lo que consideraron deslealtad.

Los nacionalistas liberales interpretaron la conducta del presidente como parte de un juego de cubiletes y de dobleces que sostuvo para llevar adelante la protección del doctor Derqui. En realidad era la provincia de Corrientes la que importaba a la presidencia y a la oposición y el destino que tendrían sus Electores en los futuros comicios presidenciales de 1880, y el presidente no pudo revestir otra forma que la de infidelidad porque, siendo leal a las opiniones comprometidas y a las resoluciones del Gabinete, se percató que el gobernador correntino tenía que sucumbir.

Puesta de relieve la verdadera intención del Primer Magistrado de la Nación, la crisis ministerial se hizo inevitable. Como lo decían los ministros en sus renuncias: no podían adherir a una solución que contrariaba sus opiniones, las promesas y declaraciones solemnes del presidente, y del Gobierno, y se oponía a la recta aplicación del decreto de Intervención, e importaba el más doloroso sacrificio de una provincia argentina que había dado la más alta prueba de acatamiento a la autoridad.

Sin embargo, como la separación de Elizalde y Gutiérrez significaba la ruptura de la política de Conciliación, en la que se cifraban esperanzas de tranquilidad pública y progreso, no por la individualidad de los renunciantes, sino por las causas de las renuncias, el gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares, haciéndose eco de la opinión, medió entre el presidente y los ministros, en el sentido de buscar un arreglo decoroso, y una conferencia de tres horas tuvo lugar entre ellos.

Los ministros manifestaron disposición de volver a sus puestos, siempre que el presidente aceptara la primitiva base acordada, que era: encargar al coronel Arias de garantir el orden en Corrientes, mientras el vicepresidente Mariano Acosta fuese a ejercer la Intervención para resolver la cuestión.

Habiendo expresado conformidad Avellaneda, postergóse para un día siguiente el arreglo definitivo, pues el vicepresidente se encontraba en el campo y su presencia era necesaria. Pero, en ese intervalo, los ministros renunciantes sacaron a la luz una nueva decisión del presidente, y todo fracasó.

De la Plaza había nombrado interventor interino al coronel Hilario Lagos (h), invocando instrucciones recibidas y, no obstante tener conocimiento de ello el presidente, desde el 18 de Abril, no lo hizo saber a los ministros renunciantes hasta el día el 23, día de la conferencia.

El nombramiento del coronel Lagos, según instrucciones, comprometía más la situación de los ministros liberales, y hacía imposible la aceptación del vicepresidente que, de ningún modo, se prestaba a servir de instrumento a una política tan tortuosa.

Transcribimos la nota con que los ministros cerraron definitivamente las conferencias:

Delante de los últimos actos del interventor en Corrientes, señor ministro de Hacienda, doctor De la Plaza -decían-, no tiene ya objeto la conferencia que debíamos tener con V. E., pues no sólo existen los motivos que hemos expresado para presentar las renuncias de los Ministerios que se dignó confiarnos sino que, hasta nuestro decoro personal quedaría lastimado si continuásemos en estos cargos.
Rogamos, pues, se sirva excusarnos de asistir a esta conferencia y dar curso a nuestras renuncias.
De acuerdo con los ministros, V. E. ordenó al doctor De la Plaza que regresase, dejando como interventor provisorio, hasta que el Gobierno nombrase su sucesor, al señor coronel Arias, diciéndole, además, que no nombrase al señor coronel Lagos, que se había declarado aliado del señor Derqui, en violación de las instrucciones acordadas, que establecían que la Intervención no había ido a aliarse con este señor, sino a pacificar la provincia y resolver la cuestión electoral en la forma prometida por V. E. y por el comisionado, en nombre del Gobierno.
La carta de V. E. fue con una Nota del ministro del Interior en idénticos términos, y no contento V. E. con eso, nos entregó su Libro Copiador de cartas, donde estaba esa carta, para que la reiterásemos al Señor Ministro de Hacienda.
Hechos posteriores, han colocado al señor coronel Lagos en condiciones mucho menos aceptables y, sin embargo, el Señor Ministro de Hacienda lo ha nombrado, diciendo que lo hace con instrucciones recibidas.
V. E. comprenderá que después de esto, no podemos quedar en nuestros puestos, aunque salvásemos los obstáculos que habíamos expuesto, faltando además a la base principal, que era la pacificación con garantías para todos, durante el período que precediera a la decisión -que hoy se convierte- bajo la acción de la Intervención, en persecución y violencias que ya se denunciaban y que habrán asumido caracteres más graves.
Los otros nombramientos no nos han sorprendido menos, como han de sorprender al país, pues nada se nos ha comunicado, aún tratándose de jefes militares, que sin conocimiento del ministro de Guerra han salido de esta ciudad(7).

(7) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El presidente Avellaneda admitió las renuncias sin asentir a los fundamentos, y se disculpó diciendo:

El doctor De la Plaza nombró a Lagos de un modo accidental, porque no había otro jefe, puesto que Arias se había ya venido y no se sabía que lo había yo demorado en Goya.
Por lo demás, todo lo que he dicho quedará cumplido. Algunos dicen que hay habilidad en remitir el asunto al Congreso. No, no hay necesidad de que el presidente de la República sea un hombre hábil, pero debe ser un hombre sincero.
En ninguna faz, de esta cuestión, excusaré mi resolución o mi opinión”.

La telaraña tejida por los liberales estaba completa. El presidente fue puesto en jaque.

Inmediatamente, los ministros de tendencia liberal del Gabinete, Rufino de Elizalde y José María Gutiérrez abandonaron sus carteras definitivamente, convencidos de que la resolución del asunto por las mayorías autonomistas nacionales del Congreso y la acción de Lagos habrían de determinar la subsistencia del doctor Manuel Derqui. Esto ocurrió el 20 de Abril de 1878.

En tanto, en Corrientes, cuando el interventor Victorino de la Plaza recibió las notas y cartas relativas a su retiro, de las que pudo haber estado ya instruido por el telégrafo, el coronel José I. Arias se encontraba en provincia, en la misma Capital. Terminado el desarme del sur, volvió a Goya para regresar a Buenos Aires, pero se dirigió a la Capital, donde llegó el 7 de Abril, por avisos que tuvo de su próximo nombramiento.

De la Plaza lo recibió pero, parece ser, sin hablarle absolutamente nada durante los ocho días que permaneció aquél en la ciudad y, tanto el coronel Arias como los liberales sabían perfectamente cuál era la orden y las instrucciones recibidas por el interventor, pues el doctor Manuel F. Mantilla, enviado como delegado por los sediciosos a Buenos Aires el 27 de Marzo, había regresado con positivas noticias, para el movimiento, de las deliberaciones del Gabinete.

Difícil era la posición del interventor. Tenía mandatos reservados del presidente que habrían anulado su carta y una Nota del ministro del Interior, que le indicaba regresar a Buenos Aires. De la Plaza estaba en el deber de marcharse, dejando en su reemplazo al coronel Arias pero no lo hizo y, por el contrario, procuró alejarlo de sí.

En vista de eso, el coronel Arias partió hacia Buenos Aires el 16 de Abril por la tarde, habiéndose detenido horas en Goya, para asistir a un baile con que le obsequiaron simpatizantes liberales en la noche del diecisiete; su relación con el liberalismo correntino era ya muy estrecha.

Estando en Goya, pudo recibir un telegrama del presidente, fechado el 18, en que le ordenaba que esperase allí órdenes.

Esta medida no era espontánea; provenía de las reclamaciones de los ministros liberales sobre la conducta de De la Plaza y de explicaciones especiales pedidas al presidente por el ministro Gutiérrez.

Si el interventor ignoró esta circunstancia, deber del presidente era comunicársela, con tanta mayor razón cuanto que, en la fecha de su telegrama, conocía ya el nombramiento hecho en Lagos lo que, unido al desagrado de sus ministros, podía crear dificultades serias, y el aviso solucionaba todo; sin el aviso mismo, De la Plaza no pudo ignorar, el 17 -día en que nombró a Lagos- que el coronel Arias estaba en Goya, porque el Jefe Político de dicha ciudad, Sandoval, pariente suyo y colocado por él, le informaba diariamente de todas las ocurrencias, y ni la línea telegráfica estaba interrumpida, ni el coronel Arias era tan desconocido para no saberse su desembarque transitorio.

El nombramiento de Lagos tuvo por causa no hallarse otro jefe nacional en Corrientes, ignorándose la presencia de Arias en la provincia; tiempo sobrado hubo para nombrar al designado en Acuerdo de Ministros. El nombramiento de Lagos al siguiente día de la partida de Arias y la invocación de instrucciones recibidas denunciaban una habilidad.

La crisis ministerial produjo verdadera conmoción en Buenos Aires. La Conciliación, que había serenado los espíritus y dado base de opinión al Gobierno; que neutralizó al Partido de oposición y abrió esperanzas en lo porvenir, quedaba rota con ella. Nunca le hizo tanta falta Alsina al presidente como en estos momentos.

Se consideró reabierto el período terrible de amenazas, zozobras e incertidumbres que la Conciliación había cerrado, y que en todas las esferas y en todas las manifestaciones de la actividad había producido sólo desgracias. Temíase, y con razón, que la provincia de Corrientes, se lanzase a la rebelión como vanguardia de una conflagración general.

El comercio, los políticos, los partidos no miraban en la separación de los ministros liberales un simple cambio de personas, sino un cambio radical de rumbos, y las operaciones mercantiles se restringieron, los valores bursátiles oscilaron notablemente, la opinión se agitó durante la expectativa de los actos del presidente.

No era para menos; el diario porteño “La Nación” -órgano de los liberales nacionalistas- daba por reabiertas las heridas:

Ahora vamos a poner a prueba -decía- si se puede gobernar regularmente, sin la Conciliación como medio y el derecho común de los partidos, o sea la libertad de los pueblos, como fin.
Ahora vamos a ver si es posible oponer un programa de antagonismos al programa pacífico de la Conciliación, aceptado en nombre de los intereses generales.
Veremos también si los que niegan a los Partidos y a los pueblos justicia y simpatía, tienen otra bandera que enarbolar frente a frente a la que los pueblos han saludado con aclamaciones de esperanzas.
El Gobierno Nacional, después de vacilar entre el pueblo y los mandones, parece decidirse para los mandones. Tal política importa un divorcio de la política de Conciliación y deja caer la bandera que había condensado, en torno de la autoridad nacional, todas las fuerzas políticas y sociales(8).

(8) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El presidente de la República confirmó los temores. El 24 de Abril, día en que los ministros manifestaron su irrevocable resolución, reorganizó su Ministerio con absoluta prescindencia de la Conciliación, y nombró interventor. Era indudable que deseaba marchar adelante sin miramientos a la opinión opositora; pero, como en aquellos momentos no le convenía agregar al descontento de Buenos Aires el pronunciamiento armado de Corrientes, trató de contemporizar, sin comprometer su objeto, hasta afianzarse en la Capital, a cuyo fin nombró, al coronel Arias, jefe de todas las fuerzas de la provincia, “encargándosele del mantenimiento de la paz y de la efectividad de las garantías que se ofrecieron a los revolucionarios al deponer las armas”.

Con esto, conjuraba un peligro inmediato, sin perjuicio alguno, pues el interventor nombrado, doctor Vicente G. Quesada, respondía satisfactoriamente a la imposición de Derqui, no sólo por sus antecedentes de antiguo hombre cercano al ex gobernador Juan Gregorio Pujol, sino también por sus ideas; y no era Arias, sino él, quien debía concluir la Intervención.

Pero el asunto no fue exactamente así. Aún después de retirarse los ministros nacionalistas, Avellaneda procuró conservar la Conciliación. La crisis ministerial ocurrida y los fundamentos que dieron los doctores Elizalde y Gutiérrez en la exposición que publicaron en el diario “La Nación”, torcieron el destino del movimiento insurgente liberal. Los liberales ya no querían a De la Plaza en Corrientes.

Bajo la presión de la protesta porteña opositora y de los ministros liberales que dimiten, el doctor Avellaneda se vio forzado a constituir un nuevo Ministerio y organizar un nuevo Gabinete sobre la base “del mantenimiento de la paz en Corrientes y de la efectividad de las garantías que se ofrecieron”, llevándolo esto a reemplazar al interventor Victorino de la Plaza por el coronel José Inocencio Arias, porque el nuevo comisionado designado, Vicente G. Quesada, había renunciado sin hacerse cargo.

El proceso fue el siguiente: el 24 de Abril, Avellaneda nombró Interventor Nacional al doctor Vicente G. Quesada -sabiendo que éste no aceptaría- al solo fin de aprovechar el decreto para designar interinamente a Arias, so pretexto de ser el jefe más antiguo de entre los destacados en Corrientes, ya que Lagos ya se había retirado de la provincia.

El titular tendría la única misión de reunir diversos informes y, la del interino, era tomar “el mando de las fuerzas, encargándosele el mantenimiento de la paz y la efectividad de las garantías que se ofrecieron a los revolucionarios al deponer las armas...”.

Departamento del Interior

Buenos Aires, Abril 24 de 1878

El Presidente de la República,

Acuerda y Decreta:

Art. 1.- Nómbrase Interventor en la provincia de Corrientes al doctor don Vicente Quesada, para continuar la Intervención pendiente hasta remitir los informes que el Poder Ejecutivo necesita.
Art. 2.- Mientras llega el Interventor, y siendo de los Jefes en actual servicio en aquella provincia el más antiguo, el coronel don José Inocencio Arias, queda éste al mando de las Fuerzas, encargándosele el mantenimiento de la paz y la efectividad de las garantías que se ofrecieron a los revolucionarios al deponer las armas.
Art. 3.- Comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Nacional.

AVELLANEDA
Bernardo de Irigoyen, Julio A. Roca

Avellaneda tenía pocas opciones: como el hecho de armas pareciera perpetuarse enfrentando a dos Gobiernos paralelos y, frente a la crisis producida en su Gabinete por los defensores de ambos sectores en pugna, el presidente de la Nación pidió entonces al Interventor Nacional Victorino de la Plaza, que retomase su puesto en el Ministerio, y sustituyó el Interventor, designando -en su reemplazo- al coronel Arias.

La organización del Ministerio acentuó el descontento público. El doctor Saturnino M. Laspiur, ministro de la Corte Suprema, y el doctor Wenceslao Pacheco, presidente del Banco Nacional, fueron los nombrados. Aunque honorables y distinguidos ambos, no representaban las aspiraciones encarnadas en los ministros salientes.

El doctor Laspiur tenía su foja de servicios como elemento del Partido Liberal pero, desde la reorganización nacional que siguió a la batalla de Pavón, no militó en la política activa, pues desempeñaba un puesto en la Magistratura nacional y, por eso, su personalidad no llenó los deseos del mitrismo porteño.

El doctor Pacheco era hombre nuevo, desconocido en la vida pública; sus vinculaciones personales, el medio en que se educó y su intimidad con el presidente y el general Julio A. Roca, ministro de Guerra y Marina, lo colocaban entre los adictos a la política presidencial.

La honorabilidad de los nuevos ministros no podía romper ni desviar, si lo intentasen, las maniobras del presidente, porque no tenían carácter político acentuado por la fuerza de partidos que estuviesen detrás de ellos y en el Gabinete no había una mayoría que los secundase.

Integrado así el Ministerio, el presidente contaba disponer de consejeros que no le molestarían, o que fácilmente podrían ser vencidos y hasta despedidos sin repercusión inconveniente. Pero el Partido Nacionalista, sin embargo, y los mismos elegidos, trastornaron su plan. Pacheco y Laspiur renunciaron, temerosos, el uno, de iniciar su carrera política bajo auspicios tan erizados de males y, el otro, porque a pesar de haberle garantizado a Avellaneda que la cuestión de Corrientes -origen de todo- tendría una solución justa, como él pensaba, comprendió que los hechos no respondían a la promesa, dada la composición del Gabinete y, también, porque en su concepto debía conservarse la Conciliación por medio de una Gabinete semejante al anterior.

Avellaneda tuvo entonces que retroceder el camino andado contra la Conciliación, alarmado por la escitación engendrada, y buscó nuevamente -en dicha política- la garantía de estabilidad de su Gobierno. Algo ganó, sin embargo, porque la base acordada para el nuevo arreglo fue ya someter al Congreso la cuestión de Corrientes, que anteriormente debía fallar el Poder Ejecutivo, con lo cual quitóse el peso de abandonar a su amigo Derqui, y le quedaron medios de pesar aún en su favor.

El ministro, doctor Bernardo de Irigoyen, también renunció, desagradado, la cartera de Interior, para que el presidente -decía- pudiese constituir su Ministerio según las conveniencias de su política; pero el doctor Victorino de la Plaza, más comprometido, decidió continuar al lado de su amigo.

El ministro del Interior dimitirá el 30 de Abril, alegando hallarse fatigado su espíritu...(9). Lo reemplazará Saturnino Laspiur.

(9) Bernardo de Irigoyen. Nota al presidente Nicolás Avellaneda, en el diario “La Nación”, Nro. 2.319, edición de Mayo 9 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La Conciliación volvió asío a las esferas del poder, representada por los doctores Saturnino M. Laspiur, Manuel A. Montes de Oca y Bonifacio Lastra. La nueva combinación ministerial no siguió inmediatamente a las renuncias de los primeros elegidos; la experiencia aconsejaba poner a prueba, primero, las seguridades ofrecidas.

El Congreso de la Nación estaba próximo a instalar sus sesiones ordinarias y ante él debía dar la prueba de su palabra el presidente.

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