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Entre acuerdos y desacuerdos. Memorias de una paz en disputa

El interventor Victorino de la Plaza  prescindió del movimiento insurgente. Tanto él como el coronel Manuel Obligado y el teniente coronel Hilario Lagos (h) intimaron directamente el desarme a los jefes del ejército y de divisiones de la sedición, constándole al interventor que el coronel Juan Esteban Martínez se encontraba en Salinas, con el coronel Raymundo Fernández Reguera, por lo que dirigió a éste, y no a aquél, su intimación, con prevención de ser declarado rebelde contra la Nación si no hacía el desarme en el término de tres días.

Preciso fue, para los sediciosos, hacer comprender al ministro que por ese camino no era posible marchar. Sin perjuicio de la contestación del coronel Fernández Reguera, el coronel Martínez le dirigió una extensa nota y acreditó ante él la misma comisión que mandó a Goya, a fin de arreglar el desarme (que era resistido), con garantías efectivas para los insurgentes.

Las intimaciones a los jefes no dieron resultado; todos contestaron uniformemente que, dependiendo del Gobierno impuesto por ellos, era a él y no a ellos a quien debían dirigirse el Interventor y sus agentes pues, no obstante acatar la autoridad nacional, “el deber militar les impedía proceder con independencia”. Era una falacia. Nadie más que los sediciosos reconocían como legítimo ese "Gobierno"

Los representantes de la insurgencia llegaron el 26 de Febrero a Bella Vista, pero la interrupción del telégrafo a Corrientes demoró hasta el siguiente día su comunicación con el interventor De la Plaza. En la espera, recibieron contestación del presidente de la República al despacho dirigido de Goya, la cual decía:

... Entiéndanse con el interventor. La verdadera garantía está en la Intervención justa y en la confianza que todos deben abrigar en la Justicia de la Nación, que juzgará y procederá con imparcialidad”.

Tenían que dialogar con el interventor, pero la comunicación con el presidente abrió a la comisión el trato directo y oficial con Victorino de la Plaza, dándole personería, y alejó el recelo que inspiraba la expiración del plazo fatal para el desarme impuesto por éste.

Restablecida la línea, solicitaron permiso los delegados para bajar a Corrientes, a los fines de su mandato, más no lo consintió De la Plaza:

Un viaje sería cuestión de tiempo -dijo- y ya que tenemos este medio (el telégrafo), podemos aprovecharlo”.

La conferencia duró cinco horas, sin arribarse a nada definitivo.

La Comisión, después de transmitir las notas de los coroneles Martínez y Fernández Reguera, expuso su objeto en los siguientes términos:

El desarme y licenciamiento de las Divisiones del ejército se harán inmediatamente que el pueblo triunfante en el terreno a que ha sido provocado, quede en igualdad de condiciones de los muy contados sostenedores del doctor Derqui.
No pretendemos imponer nada, sino conseguir nuestra garantía por el convencimiento de V. E. y la justicia que nos asiste.
Son incompatibles el desarme y nuestra dispersión con la permanencia de Derqui en el poder. El presidente de la República nos dice que encontraremos imparcialidad y justicia en la autoridad nacional, y esa imparcialidad no existiría si el doctor Derqui continúa en el poder, y si V. E. no ocupa el puesto de él, para dejar al pueblo en igualdad de condiciones durante el examen y decisión de la cuestión por el Exmo. Gobierno Nacional.
Ya que se invoca nuestro patriotismo para restablecer la tranquilidad pública, pedimos a nuestra vez invoque V. E. el patriotismo del doctor Derqui, a fin de que deje el puesto de gobernador que ocupa contra la manifiesta voluntad del pueblo, para que él, sus amigos y autoridades, así como el vicegobernador Martínez, sus sostenedores y autoridades, queden como la intervención los ha encontrado, pero sin ejercicio del poder público, que V. E. debe asumir, hasta la solución definitiva.
Pedimos, pues, en nombre de nuestros derechos y de la paz de la República, garantías efectivas para los ciudadanos, en cuanto al reconocimiento de sus derechos políticos y a la verdad de la soberanía del pueblo, así como respeto de las autoridades puestas por nuestro Gobierno, como se ha hecho con las del doctor Derqui.
Los nombramientos que Vuestra Excelencia ha hecho en los coroneles Obligado y Lagos, son amenazas para nosotros, porque el último ha venido a servir a Derqui, y del otro tenemos documentos originales, tomados en el campo de batalla, que prueban el decidido apoyo que le ha prestado.
No seremos rebeldes; acatamos la autoridad de V. E., pero deseamos conocer cuáles son las garantías que podemos esperar, para transmitirlas a nuestro Gobierno y amigos.
Por otra parte, el desarme no es posible en el plazo y en la forma que V. E. ha dado, porque las diversas Divisiones no están en un solo punto, y las órdenes que deben impartirse, y las marchas que deberán hacer, exigen tiempo y gastos, que merecen la consideración de V. E. y una resolución de su parte.
En vista de lo que exponemos, insistimos en la necesidad y conveniencia de nuestro viaje, porque tenemos importantes documentos que exhibir y se arreglará mejor este grave asunto(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Con esta iniciación, el cambio de ideas se contrajo a dos puntos principales: las garantías y la forma del desarme. El último telegrama del interventor expresó todo su pensamiento; decía:

El partido de V. V. gozará de las mismas garantías que los del partido contrario. En cuanto a las autoridades, soy yo quien debo nombrarlas, porque la provincia está bajo mi dependencia, y serán aquéllas que convengan a la seguridad de los Departamentos.
Las garantías que me piden serán efectivas, porque he asumido la dirección de los negocios políticos y militares de la provincia.
Respecto al desarme, no me paro en exigencias de fórmulas, sino en hechos capitales; la cuestión de tiempo y gastos ha de allanarse fácilmente.
No deben abrigar V.V. susceptibilidades contra ninguno de los jefes nombrados, cualesquiera que sean sus opiniones, porque están a mis órdenes; pero quiero demostrarles toda mi buena voluntad y, aún cuando estaba nombrado el coronel Obligado, nombraré en su reemplazo al coronel Cordero (Bartolomé).
Vean, pues, que no tengo tan grandes exigencias, como dicen. La Comisión puede salir dentro de pocos momentos y en tres o cuatro días todo habrá terminado”.

Victorino de la Plaza había llamado a varios jefes militares de influencia y prestigio y, uno de ellos, era Bartolomé Leónidas Cordero. Cuando actuó en Corrientes tenía 48 años. Su mamá era hermana de Antonio Beruti. Dos hermanos suyos también se destacarán en la historia militar de la Marina de la Nación: Mariano y José María Cordero.

En 1841, con sólo once años de edad, Cordero ingresó a la Armada de la Confederación Argentina como Guardiamarina en el bergantín "General Belgrano", buque insignia de Guillermo Brown. Luchó en el combate de Santa Lucía del 3 de Agosto de 1841 frente a Montevideo contra la Escuadra riverista, al mando de John Halstead Coe, durante el cual su buque mantuvo un sostenido cañoneo con la "Sarandí", nave insignia de Coe, y dejó fuera de combate a la goleta "Rivera", al mando de Francisco Fourmantín.

Cordero participó luego de los combates del 9 de Diciembre frente a las barrancas de San Gregorio, en la costa del Departamento de San José, en el que fue capturado el "Cagancha", de la Isla de Flores (21 de Diciembre) y del Combate de Costa Brava (15 y 16 de Agosto de 1842) contra la Escuadra oriental, ahora al mando de José Garibaldi. Durante esta acción, en la jornada del 15 de Agosto, Garibaldi envió brulotes contra la Escuadra de Brown.

El almirante envió al joven Cordero en una falúa de vigilancia con cuatro hombres para que abordara dos de los principales brulotes y los inutilizara, cortando las mechas y embicándolos en un banco, misión que Cordero llevó a cabo eficazmente con el apoyo de otra falúa al mando del teniente José María Mayorga.

El 25 de Diciembre de 1846 participó al frente de una de las baterías en la defensa de Paysandú, atacada por las fuerzas de Fructuoso Rivera, resultando gravemente herido pese a lo cual, tras efectuar el último disparo en un cañón y rodeado de los cadáveres de sus hombres, permaneció en pie enfrentando a los atacantes. Por su valor, en Junio de 1847, fue ascendido a Subteniente con retroactividad al combate de Paysandú.

Durante el bloqueo anglo-francés a Buenos Aires efectuó numerosas misiones de abastecimiento al ejército de Manuel Oribe, burlando la vigilancia extranjera. En 1849 fue asignado como Subteniente al "Julio", a las órdenes del coronel José María Pinedo. Fue el responsable de recibir los cañones capturados por los ingleses en el Combate de la Vuelta de Obligado, devueltos tras la paz con esa nación.

Actuó en los preparativos de una Escuadra destinada al Paraguay, hasta que el pronunciamiento de Justo José de Urquiza suspendió los aprestos. Tras la batalla de Caseros y la caída de Juan Manuel de Rosas, Cordero se integró a la Marina de la Confederación. Tras la insurrección porteña del 11 de Septiembre de 1852, el 20 de Noviembre de ese año Cordero se destacó en la organización de las fuerzas que, al mando de Ricardo López Jordán (h) rechazaron el ataque de las fuerzas enviadas al mando de Juan Antonio Madariaga contra Concepción del Uruguay.

Por esa campaña fue promovido sucesivamente a Teniente y Capitán. En 1853 se sumó al Ejército que, al mando de Hilario Lagos, inició el sitio de Buenos Aires. Participó de la batalla de San Gregorio (22 de Enero de 1853) como Ayudante de Jerónimo Costa.

Al mando del vapor "La Merced" participó del combate de Martín García del 18 de Abril de 1853 en que fueron destruidas las fuerzas navales del Estado de Buenos Aires comandadas por el polaco Floriano Zurowski.

Al igual que sus hermanos Mariano y José María y los marinos Augusto Lasserre y Santiago Maurice, se negaron a participar de la entrega de la Escuadra de la Confederación pactada por su comandante Coe, el 20 de Junio de 1853.

En 1854 fue ascendido a Sargento Mayor. Reiniciada la guerra entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires, participó del combate de Martín García (1859) al mando del vapor "Hércules". Fue herido al sacar con su buque a remolque y, bajo el fuego de las baterías de la costa, la goleta "Concepción", salvando así parte del armamento del Ejército Nacional que Urquiza utilizó luego en la batalla de Cepeda.

El 25 de Octubre de 1859 intervino en el encuentro de San Nicolás de los Arroyos contra la flota porteña que evacuaba las tropas vencidas. En 1860 fue ascendido a Teniente Coronel y en 1861 fue enviado a la provincia de Córdoba para organizar la artillería de la Confederación con destino a la campaña de Pavón. Tras la derrota en la batalla de Pavón, previéndose una invasión a Entre Ríos, se encargó de levantar dos baterías en Punta Gorda (Diamante).

Convertido Bartolomé Mitre en presidente de la Nación, se convirtió -hasta 1870- en Capitán del puerto de Paraná. Junto a su hermano José María Cordero elaboró un proyecto para la creación de una Escuela Naval Militar, así como el Reglamento que debía regir su funcionamiento.

Luchó contra la rebelión jordanista en el Departamento de Gualeguay, obteniendo del presidente Domingo Faustino Sarmiento el mando de una Escuadrilla. Durante la insurgencia mitrista de 1874, estuvo al mando del "Uruguay", con la que persiguió y capturó los buques sublevados por Erasmo Obligado.

Estuvo al frente de la Escuadrilla nacional encargada de evitar el paso a Entre Ríos de las fuerzas que López Jordán había concentrado en el Uruguay. En 1878, al mando del monitor "El Plata" fue enviado a apoyar la Intervención a la provincia de Corrientes, ante las sublevaciones contra el gobernador Manuel Derqui, en Bella Vista, Goya y Esquina. En 1879 será ascendido a Coronel Graduado(2).

(2) El 19 de Noviembre de 1879 se reorganizó la Armada Argentina quedando conformadas la Primera, Segunda y Tercera División Naval, nombrándose Jefe Superior de la Armada al hermano de Bartolomé, el Comandante General de Marina, coronel de Marina Mariano Cordero. En esa oportunidad se puso en vigencia un Código de Señales proyectado por Bartolomé Cordero, cuya necesidad se había puesto de manifiesto al incorporarse los buques de la llamada Escuadra de Sarmiento. Al producirse el levantamiento de Carlos Tejedor contra el presidente Nicolás Avellaneda, Bartolomé Cordero estará a cargo del bloqueo a Buenos Aires, siendo ascendido a Comodoro el 9 de Julio de 1880. En 1881 partió a Inglaterra integrando la comisión enviada para vigilar la construcción del acorazado "Almirante Brown", que condujo luego a Buenos Aires. En 1884 y 1886 ejerció el mando de la Escuadra de la Armada Argentina. El 30 de Septiembre de ese año fue ascendido a Contralmirante. En 1887 ejercerá nuevamente el mando de la Escuadra. En 1889 fue designado Vicepresidente de la Junta Superior de Marina con retención del mando de la Escuadra. Cuando el comodoro Solier sublevó unidades de la Escuadra durante la insurrección de 1890, Cordero fue tomado prisionero por la oficialidad rebelde del monitor "Los Andes", el 16 de Julio de ese año. Derrotado el movimiento, fue nombrado Jefe del Estado Mayor de la Armada. El 5 de Septiembre de 1892 fallecerá en Buenos Aires. El Gobierno decretará honras fúnebres y durante sus exequies despedirá sus restos Adolfo Saldías. Le compró al Gobierno Nacional -en el año 1884- una gran extensión de tierras en el actual Municipio de Contralmirante Cordero y Campo Grande, en el extremo norte del Departamento General Roca, provincia de Río Negro, campos que no llegó a usufructuar en vida. El municipio argentino Contralmirante Cordero de dicho Departamento, lleva el nombre en su honor.

Pero sigamos con los sucesos en Corrientes. Autorizados por el mismo Victorino de la Plaza, los representantes de la sedición transmitieron a las tropas rebeldes sus declaraciones, promesas y exigencias. Sobre la continuación de Derqui en el mando, no eran explícitas las contestaciones del interventor; podía deducirse de ellas que el gobernador no tenía acción, pero los hechos eran contrarios a las declaraciones, pues aquél seguía al frente del Gobierno Político y nombraba las autoridades que el interventor decíale correspondía elegir.

Tampoco manifestó, ni por incidencia, opinión alguna respecto a la representación que se adjudicaba el doctor Martínez y si cambiaría o no las autoridades de los Departamentos sometidos a la resistencia. Sobre lo último, había dicho que nombraría las que fuesen de su agrado, y esto era una amenaza, partiendo de lo mismo que pasó en Goya a Zúñiga, y que llevó a Bella Vista empleados derquistas.

Promesas vagas sobre garantías no podían resolver a ninguno a deponer las armas, única esperanza de los sediciosos para contrarestar el plan de De la Plaza. Las fuerzas del coronel Obligado y teniente coronel Lagos procedían, por otra parte, de un modo muy diverso a las seguridades de Victorino de la Plaza.

Los oficiales autonomistas Merlo, Muniagurria, Refojo, Echevarría, Reyes, Gómez, vencidos en Ifrán, recorrían los Departamentos de Goya y Lavalle en calidad de comisionados nacionales. La tarea era encontrar paisanos que, a viva voz, se opusiesen a las autoridades constituidas. Algunos vecinos fueron detenidos, perdiendo no sólo la libertad sino también arreándoseles las vacas y caballos del infortunado.

El jefe de vanguardia del coronel Lagos, Miguel Soto, despachó sobre Empedrado, Mburucuyá y Caá Catí, gruesas partidas de caballería que tenían por objeto propiedades rurales de los considerados opositores, y hacían fuego sobre las guardias de la resistencia.

Lógicamente, los liberales no se quedaban atrás,y actuaban aún más tenazmente contra al desarme, tal como lo exigía el interventor; eso habría sido, para ellos, entregarse al declarado enemigo. Las nuevas instrucciones dadas por los jefes de la insurgencia a la Comisión, fueron éstas:

Digan a De la Plaza, que su imparcialidad es dudosa, porque sus nombramientos militares recaen en derquistas, y así también serán los de autoridades, si los hace; que la Nación no tiene el derecho de imponernos el desarme para entregarnos a nuestros enemigos; que no desconocemos hasta ahora su autoridad, pero que tampoco desconozca él nuestros derechos, pretendiendo entregar a Derqui nuestras posiciones, porque antes de ceder, seremos rebeldes.
Pidan el reconocimiento de las autoridades del pueblo, la conservación de nuestras posiciones, la cesación de Derqui, y el desarme se hará. Algo obtendremos al fin, siendo enérgicos, porque pensarán mucho antes que obligarnos a pelear contra la Nación por Derqui(3).

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Se comprende que la Comisión no empleó el lenguaje de las instrucciones, ni amenazó con la rebelión; en la forma más conveniente y suave, las sostuvo y procuró hacerlas triunfar, porque no podía tratar a De la Plaza de potencia a potencia.

El interventor pedía con insistencia la contestación definitiva, significando su impaciencia el deseo de cumplir la amenaza hecha a Raymundo Fernández Reguera y, juntamente con la exigencia, hacía cargos a la resistencia por la prisión del senador nacional Miguel Victorio Gelabert y movimientos hostiles de las Fuerzas de la rebelión. La Comisión esperó la palabra de su gente, contestando, así, los cargos:

El senador Gelabert -dijo- no ha estado un momento preso, ni las Fuerzas toman actitud hostil; éstas hacen los movimientos estrictamente necesarios para mudar de campo. Las únicas que pueden hacer movimientos, pero no hostiles a la Intervención, son las de Esquina y Curuzú Cuatiá, que tienen orden de vigilar la frontera de Entre Ríos donde, se nos dice, hay reuniones con carácter hostil a la resistencia, lo que no nos extraña, puesto que no hace mucho vino de La Paz una compañía de infantería armada, a las órdenes del coronel Lagos, la cual guarneció Goya por algunos días”.

Cuando la Comisión se encontró habilitada para seguir la conferencia interrumpida, el telégrafo se cortó entre Bella Vista y la Capital. Los liberales acusaron a los coroneles Miguel Soto y Teodoro Maciel de haber ocupado el pueblo de Empedrado, desalojando de él al teniente Luis Jara, de la resistencia y, para que el hecho no fuese conocido por los sediciosos, interrumpieron la comunicación.

El 1 de Marzo de 1878, por la tarde, se restableció la línea, y luego comenzó la segunda y última conferencia de la Comisión. El interventor repitió cuánto había dicho en la anterior, sin que los argumentos ni los empeños lograran disuadirle de la inconveniencia de resistir a conceder las garantías previas reclamadas.

Lejos de buscar un temperamento conciliatorio y racional, De la Plaza ahondó las dificultades, declarando sin hesitación que “no podía menos de reconocer y sostener al doctor Derqui”, prenda de inapreciable mérito para la Comisión. Para la Intervención el tema estaba esclarecido: Derqui era el Gobernador constitucional propietario de Corrientes.

Según esa declaración, la cuestión quedaba encerrada en el dilema siguiente: se procedía al desarme para que Derqui continuase en el mando, o se arrostraba la declaración de rebeldes. La Comisión no podía continuar tratando; ninguno de los extremos era de sus facultades; cortó, pues, la conferencia con un telegrama, cuyos términos fueron estos:

Si la Intervención, que no ha venido a sostener ninguno de los Gobiernos, no puede menos de reconocer y sostener al doctor Derqui, como V. E. dice, debemos suponer que no es ejercida con imparcialidad y justicia, en cuya virtud, y a pesar de nuestro acatamiento a la Nación, no podemos desarmarnos para que Derqui nos anonade y destruya.
No creemos provocar con esto nuestra declaración de rebeldes, pues no somos nosotros quienes desvían la Intervención de su objeto constitucional y pacífico; lo que V. E. nos ha manifestado, nos obliga ahora, con más razón, a buscar las garantías perdidas, y por reclamar la protección de las leyes no creemos merecer el título de rebeldes.
Ya que en V. E. no tienen eco nuestros pedidos, ni encuentran amparo nuestros derechos, ocurriremos directamente al Gobierno de la Nación, en demanda de justicia, pues no esperamos haga causa común con el doctor Derqui(4).

(4) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

De la Plaza no contestó.

Tras la ruptura de las conferencias, se esperó -de un momento a otro- la declaración de rebelión y, como todos preferían resistir con las armas al interventor antes que aceptar a Derqui, sin pérdida de tiempo se dispusieron los elementos para la lucha.

El coronel Juan C. Romero recibió orden de marchar a ocupar la línea del San Lorenzo y Maloyas, como vanguardia sobre la Capital, teniendo bajo su mando las fuerzas de Empedrado, Saladas, Mburucuyá, Caá Catí, y el Regimiento Basualdo; el comandante Artaza fue situado en Raíces, con la División Bella Vista, para vigilar el Departamento de este nombre; el coronel Francisco Ayala fue puesto en observación sobre Goya; el coronel Calvo fue comisionado para formar un Cuerpo de ejército en Concepción, de las milicias de ese Departamento, San Miguel e Ituzaingó; llevó de secretario a Eudoro D. de Vivar; el coronel Azcona marchó al sur del río Corriente, con la División Mercedes, con la orden de reunir, en un solo Cuerpo, todas las fuerzas del sur y oponerse al enemigo que penetrase por Entre Ríos; el ejército, al mando del coronel Fernández Reguera, permaneció en Salinas.

Con esta colocación de las tropas, se podía contrarrestar, en cualquier parte, a las escasas de la Intervención, sin dificultad alguna de concentrarse dónde fuera necesario, según los sucesos. También se despacharon igualmente comisionados al Brasil y al Estado Oriental, en busca de armas y de cañones Krupp, y se ordenó la compra de toda la pólvora, plomo y demás artículos de guerra que existiesen en los pueblos.

Pero, si inquebrantable era la resolución de los rebeldes, antes que someterse a Derqui, también se quería evitar ese extremo doloroso, por efecto de precipitación. Dióse, pues, a los jefes, la orden de no provocar a las fuerzas nacionales y se acreditó ante el presidente de la República y los partidos conciliados al doctor Juan M. Rivera y agrimensor Valentín Virasoro. El coronel Fernández Reguera, amigo personal del presidente, se dirigió también a él, invocando su pariotismo y su justicia para salvar, convenientemente, las dificultades levantadas por su interventor.

El doctor De la Plaza no se animó a declarar inmediatamente rebeldes a los ciudadanos armados; para hacerlo, pidió nuevamente fuerzas de línea al presidente, mientras el coronel Hilario Lagos (h) ocupaba Empedrado con las tropas de la Capital. En la rebelión estaba la salvación de Derqui, pero Avellaneda, que temía las consecuencias de semejante suceso y no llevaba su amor por Derqui hasta comprometerse seriamente, contestó a su ministro:

La actitud de V. E. ha podido y puede ser paciente, sin ser ridícula; no se buscan rebeliones; diga que la Intervención procederá y juzgará según los hechos y con imparcialidad, y estas declaraciones públicas valdrán como un ejército”.

Con la prevención de su amigo, tuvo De la Plaza que volver al terreno del avenimiento, procurando disipar el efecto de sus declaraciones a la Comisión. Reabrió comunicación con el doctor Morel, en tono amistoso y suave, pero el doctor Morel no tenía ya ninguna personería y, por otra parte, la cuestión estaba librada a lo que en Buenos Aires se resolviese.

El giro de la Intervención había modificado, en Buenos Aires, la opinión de los que la preconizaron como un bien. Sabíase perfectamente que la resistencia al desarme no tenía por causa el desconocimiento de la autoridad nacional, sino los procedimientos considertados irritantes de De la Plaza y su empeño de imponer a Derqui, hechos opuestos a los fines de la Intervención y que justificaban la actitud insurgente.

La resistencia no pretendía imponer una solución determinada en la cuestión que debía fallarse, prevalida de sus tropas; reclamaba, simplemente, el reconocimiento de sus derechos y la igualdad, por lo menos, con Derqui y sus elementos.

Si De la Plaza le negaba todo, Avellaneda no podía hacer otro tanto, solicitado como estaba a cumplir fielmente el decreto de Intervención, salvo que anhelase someterse a la prueba de una crisis ministerial; de ahí sus recomendaciones al interventor y su negativa a enviarle fuerzas.

Cuando las negociaciones con De la Plaza se rompieron y parecía inminente la declaración de rebelión, el vicepresidente de la República, Mariano Acosta, y los ministros liberales, aconsejaron empeñosamente al presidente que evitase aquel escándalo, y obtuvieron como solución el envío a Corrientes del coronel José Inocencio Arias, con la misión de efectuar el desarme en las condiciones que los sediciosos solicitaban.

El coronel Arias no fue nombrado por decreto, ni podía serlo, sin la renuncia de De la Plaza o su retiro; pero recibió instrucciones claras. El expediente fue bien visto para los rebeldes. Pero Arias quedará circunscripto solamente al área militar. Esta decisión beneficiaría a los liberales -como se verá más adelante- ya que, a pesar de los esfuerzos de Victorino de la Plaza, no se desarmaron totalmente ni tampoco disolvieron la totalidad de sus fuerzas.

El coronel Arias era muy joven cuando llegó a Corrientes.Tenía sólo 32 años. Los federales no lo querían. Se unió al Ejército del Estado de Buenos Aires poco antes de la batalla de Pavón, que fue su bautismo de fuego. Participó también en la batalla de Cañada de Gómez.

Hizo la campaña completa de la guerra del Paraguay en el Regimiento 6 de Infantería, luchando en casi todos los combates; fue herido de gravedad en la batalla de Curupayty. Pasó los cinco años de la guerra en el frente, y regresó en 1870 a incorporarse a las Fuerzas que hacían la guerra contra el entrerriano Ricardo López Jordán (h); tras derrotar al gobernador hizo desplazar a todos los federales de los puestos públicos.

Las tierras públicas fueron vendidas en subastas “públicas”, reservadas a los amigos del Gobierno; muchos colonos fueron expulsados de sus tierras, y “las tropas dirigidas por Arias cometió toda clase de atropellos, crímenes y asesinatos(5).

(5) Fermín Chávez, “Vida y muerte de López Jordán” (2000). Ed. por el Instituto Urquiza de Estudios Históricos, Buenos Aires.

Destinado segundo jefe del Regimiento 6 de Infantería en Buenos Aires, fue nuevamente herido en 1874, cuando intentaba evitar un duelo entre sus oficiales. Enfrentó la insurgencia mitrista de 1874. El ejército rebelde, dirigido por Bartolomé Mitre e Ignacio Rivas había hecho una errática campaña por el sur de la provincia de Buenos Aires y marchaba hacia el norte, intentando incorporarse al otro ejército rebelde, dirigido por José Miguel Arredondo.

Dado que estaba en inferioridad numérica, se atrincheró en la estancia La Verde, del partido de Nueve de Julio, donde a Mitre no se le ocurrió otra cosa que mandar varias cargas directas de su caballería contra las posiciones gubernamentales. Los hombres de Arias los destrozaron con sus armas de repetición. Con sólo 900 hombres, Arias derrotó a los 3.000 de Mitre.

El 8 de Marzo de 1878 partían para Corrientes el coronel José Inocencio Arias -entonces mitrista-, veinte soldados de escolta y suficiente material bélico. Victorino de la Plaza recibiría así las fuerzas y pertrechos que había solicitado y también una carta confidencial, portadora del pensamiento de Avellaneda.

En dicha carta, el presidente admitía que los gobernadores son designados sin injerencia federal; sostenía que, aunque la elección de uno de ellos motive controversias, el Ejecutivo debe reconocerlo de plano, por no ser juez de la causa; y agregaba que la competencia para fallar existe sólo cuando se Interviene por requerimiento de las autoridades. Las bases en que fundaba este criterio surgían un tanto confusas:

La garantía de la Nación -explicaba Avellaneda- es dada como fin a las Instituciones provinciales (artículo 5to. de la Constitución) y tiene como medio de ejercitarse la Intervención en los asuntos domésticos, según los términos del artículo 6to.; pero es necesario que el medio se subordine al fin y que, reponiendo o no reponiendo, vengan a salvarse las Instituciones provinciales, que es lo garantido verdaderamente(6).

(6) Nicolás Avellaneda. Carta al comisionado Victorino de la Plaza (Febrero 20 de 1878), en: Avellaneda, “Escritos y Discursos”, tomo IX, p. 220. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Cualquiera atribuiría valor puramente circunstancial a estas ideas, nacidas del propósito de conservar la Conciliación y la paz pública; no así su autor que, luego de dos años, recomendaba, como fuentes de buena consulta en materia de Intervenciones, los discursos parlamentarios de Guillermo Rawson y Manuel Pedro Quintana y el mensaje de Domingo F. Sarmiento sobre la denominada “Cuestión San Juan”, aparte de su propia oración ante el Senado Nacional de 1869 y su carta a De la Plaza...(7).

(7) Nicolás Avellaneda, “Escritos y Discursos”, tomo XI, p. 420. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El desarme era cuestión de honradez de ambas partes. Es lo que no había. Parecía ser que así lo había comprendido también el coronel Arias cuando aceptó la comisión y partió para Corrientes con sólo veinte soldados del 6 de línea, en momentos que De la Plaza pedía un ejército.

En tanto Virasoro y Rivera llegaron a Buenos Aires cuando esta solución estaba concluida.

- Entendimiento entre liberales y el coronel Arias

El coronel Arias, antes de partir hacia Corrientes, se había puesto de acuerdo con dirigentes liberales correntinos que estaban en Buenos Aires para llevar a cabo una política favorable a ese bando durante su gestión. Esto puede ser apreciado por una carta del doctor Manuel F. Mantilla, que se encontrababa en Buenos Aires, al coronel Arias, ya en Corrientes, del 29 de Abril de 1878 en la que, entre otras cosas, le decía:

Su carta traída por Appleyard y los datos que este amigo me ha dado, me tienen contentísimo. ¡Adelante!
Nosotros estamos listos. Todo bien. Muy bien. El correo es correo y por eso no explico nuestro estado. Pero crea”.

Más abajo agregaba:

"Plácido anda por la frontera. Me escribe diciendo que su comisión producirá buenos efectos"(8).

(8) Archivo General de la provincia de Corrientes, Dr. Manuel F. Mantilla, Correspondencia. Copiador Nro. 2. Años 1878-1880, Folio 16. // Citado por Antonio Emilio Castello, “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

El coronel Arias se granjeará inmediatamente las simpatías liberales, al no desarmar sus poderosas fuerzas, compuestas por diez mil hombres aunque, hay que reconocerlo, poniendo orden, por lo menos provisoriamente. Cuando el coronel José Inocencio Arias llegó a la provincia, los elementos refractarios depusieron toda hostilidad y se disgregaron.

El interventor De la Plaza se adelantó al nuevo comisionado. El 10 de Marzo llegó a Bella Vista el coronel B. Cordero, con oficios para el coronel Fernández Reguera; en estos se intimaba, por última vez, el desarme, con tres días de plazo; pero Cordero llevaba instrucciones de dar, en nombre del interventor, las seguridades y garantías tanto tiempo negadas.

La intimación fue una fórmula destruida por las explicaciones del comisionado; sin embargo, como podían ser ellas nuevas redes y aún no había noticias de Buenos Aires, el coronel Fernández Reguera quiso persuadirse de la verdadera intención, y contestó:

Para tomar una resolución definitiva, debo ponerme de acuerdo con los jefes que mandan las Divisiones y el plazo que V. E. me señala es corto; necesito seis días.
En atención a las explicaciones que el comisionado de V. E., coronel Cordero, ha dado al doctor Morel en nombre y por autorización de V. E., me persuado que esta cuestión tendrá la solución que el Señor Presidente desea; pero, para concluirla de una vez, pido la presencia de V. E. en Bella Vista, donde lo esperaré con S. E., el vicegobernador, doctor Martínez, y todos los jefes del ejército; y si esto no fuese posible, pido se sirva aceptar una comisión, compuesta del Ministro General en campaña, doctor Manuel F. Mantilla, y del doctor Miguel G. Morel(9).

(9) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Cordero bajó el 12 de Marzo, a Empedrado, para transmitir a De la Plaza la nota del coronel Fernández Reguera, porque el telégrafo a Bella Vista se había interrumpido, volviendo el mismo día con la nueva de que el interventor difería en todo y concurriría a la conferencia.

Juntamente con esta noticia, recibió el coronel Fernández Reguera una esquela del coronel Arias, fechada en Goya, en la que le decía:

Vengo autorizado para efectuar el desarme, concediendo todas las garantías que reclaman; si Vd. no puede venir a entenderse conmigo, yo iré donde está Vd”.

Dióse cita al coronel en el puerto de Bella Vista, y se dirigieron a dicho pueblo, en espera del interventor, el coronel Fernández Reguera, el coronel Martínez y Manuel F. Mantilla. El asunto tocaba a su fin.

- El Acuerdo de Bella Vista

El 15 de Marzo de 1878 llegaron a Bella Vista el coronel Arias y el doctor De la Plaza, en la cañonera “Paraná”, el uno, y en el vapor aviso “Resguardo”, el otro. A bordo de este último buque recibió el ministro a Fernández Reguera, Martínez, Morel y Mantilla y, estando presente el coronel Arias, se inició la conferencia.

Reinó la mayor cordialidad y la mejor inteligencia; no parecía que, días antes, el uno hubiese sido tan empecinado, y los otros tan firmes en resistirle. Todo se allanó en menos tiempo del empleado en las conversaciones telegráficas. El desarme quedó acordado con las bases siguientes, que no se escrituraron, porque estaba por medio la autoridad nacional, representada en De la Plaza y era suficiente garantía la presencia del coronel Arias:

1.- El interventor De la Plaza regresaría inmediatamente a la Capital para asumir el Gobierno Político de la provincia, ejercido aún por Derqui.
2.- El ejército del coronel Reguera se desarmaría en Bella Vista y Goya ante el coronel B. Cordero, disolviéndose enseguida.
3.- Las fuerzas del sur del río Corriente harían igual operación ante el coronel Arias, en reemplazo de Obligado.
4.- La División de Caá Catí sería desarmada por el sargento mayor Alfredo Danell, en reemplazo del mayor Fábrega, nombrado antes.
5.- La División Empedrado se desarmaría ante el coronel Lagos.
6.- Las que habían sido fuerzas del gobernador Derqui, serían inmediatamente licenciadas.
7.- El interventor no cambiaría las autoridades departamentales.
8.- La Intervención garantizaría plenamente los derechos civiles y políticos de los ciudadanos, y facilitaría medios de transporte por el río a los vecinos de la Capital, Lomas y Empedrado, que no prefiriesen regresar por tierra.
9.- El Jefe Político de Goya, Zúñiga, sería reemplazado por el mayor Sandoval, porque había sido la Intervención, y no Derqui, quien mudó la autoridad puesta allí por los insurgentes.
10.- Cesarían inmediatamente en sus comisiones y nombramientos los jefes autonomistas que habían sido ocupados por el interventor, debiendo -en adelante, si fuese neeesario-, recaer la elección en jefes de línea no vinculados en Corrientes(10).

(10) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Ninguna concesión ilegítima tuvo que hacer el doctor De la Plaza, como se ve, y menores de las acordadas era imposible que llenasen a los de la resistencia. Las bases conciliaron perfectamente el respeto debido a la Nación y las garantías reclamadas desde un principio pues, para aquélla, consagraban el cumplimiento del decreto de Intervención y, para los sediciosos, eran suficientes garantías, siempre que fuesen cumplidas.

Creo de mi deber manifestar -decía el doctor De la Plaza al coronel Fernández Reguera en la nota proforma que le pasó, para el desarme- que el Exmo. Gobierno de la Nación tendrá en cuenta el patriotismo con que V. S. y demás personas con quienes he conferenciado, doctores Martínez, Mantilla y Morel, han acatado las órdenes de la autoridad nacional”.

El interventor, que, inmediatamente de hecho el arreglo, retornó a la Capital, anunció al pueblo y a la Nación el plausible suceso, en una Proclama que transcribimos íntegra, porque sus términos son la condenación de su conducta ulterior. Decía:

El imperio de las instituciones ha triunfado una vez más sobre el encono de las pasiones políticas; la voz de las autoridades nacionales ha sido acatada, sus órdenes obedecidas y pronto la paz pública, con todos sus beneficios, será un hecho en la Provincia y un motivo de felicitaciones en la República.
En estos momentos, todas las fuerzas que se habían levantado, impulsadas por propósitos que sólo pueden y deben buscarse en la acción pacífica de los ciudadanos, en la previsión de las leyes y en la decisión de las autoridades creadas por la Constitución, para garantir a todos los derechos y mantener la libertad a cuyo amparo se engrandecen los pueblos, deponen sus armas ante los comisionados nombrados al efecto, y los que las llevaban se disuelven y retiran a sus hogares.
Ahora pues, se presenta una situación diversa; ya no imperan las armas ni la violencia, el Poder nacional está de frente ante vosotros para hacer efectiva la paz pública con el mantenimiento del orden y el restablecimiento del régimen constitucional, para que la provincia siga en el curso de su existencia como pueblo libre y se desarrolle al amparo de sus leyes.
Pero, para conseguir estos resultados, es indispensable que todos cooperen a serenar los ánimos, a apaciguar los rencores, a hacer menos duros los motivos de escisión, y como propósito de conveniencia común, el renacimiento de la tranquilidad que constituye la aspiración suprema de los pueblos civilizados.
Por mi parte, me complazco en haber empleado todos mis esfuerzos para conseguir una solución a la lucha armada, solución que ha evitado la efusión de sangre, la ruina de las propiedades, el escándalo de una rebelión, que colocase a las autoridades nacionales en el duro pero irremisible caso de reprimirla con el poder que la Constitución ha puesto en sus manos.
La lucha fraticida ha terminado sin que haya vencidos ni vencedores, sino acatamiento al poder nacional y, más tarde, cuando los ciudadanos hayan vuelto a sus hogares, renacerá la prosperidad pública y se bendecirán los beneficios de la paz, recordando que hay una autoridad creada por la voluntad del pueblo que vela por sus intereses y que está dispuesta en todo tiempo a mantener los derechos, las libertades y las garantías que la Constitución consigna para el bienestar del pueblo argentino.
Confiad, pues, en sus deliberaciones que serán dignas de vuestro aplauso, por su imparcialidad y justicia”.

Por su parte, el coronel Raymundo Fernández Reguera también emitió una Proclama, dirigida a sus tropas, expresándoles la necesidad de deponer las armas ante la autoridad nacional,

confiados en las garantías que importan las declaraciones solemnes de S. E., el Señor Presidente de la República y del Sr. Ministro Interventor”.

Agregando más adelante que

la Intervención no ha venido a hacer causa con el Gobierno del doctor Derqui, ni a combatir al pueblo armado. Esto habría sido indigno de la Nación”.

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