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Tacuaras de garantia, que servirían-para-construir-gallineros

Los rebeldes impartieron las órdenes convenientes a sus jefes de fuerzas y autoridades, intruyéndoles, al mismo tiempo, de la conducta que debían seguir, mientras se estudiase y fallase la cuestión pactada con la Intervención Federal; a las autoridades dependientes de la sedición, se les prohibió absolutamente contrariar en nada al interventor -en lo político y militar-, debiendo, en lo administrativo, seguir dependiendo de la Jefatura insurreccional, como sucedería con las de Derqui y éste.

Por otra parte, los jefes amotinados ordenaron que las Fuerzas de su mando debían entregar “el armamento menos útil que hubiese o pudiesen conseguir” porque, “no siendo el acto material de la entrega el que probaba el acatamiento, sino la disolución (de las tropas), y no habiéndose convenido, especialmente, la entrega de armas determinadas, en estricto derecho podían los ciudadanos quedarse con las suyas y las tomadas al enemigo(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El homenaje de respeto a la Nación se llenaba con dejar el campo libre”, sentenciaron los insurgentes.

Lo pactado no era la selectiva entrega de armas. La estrategia seguida por la sedición originará más muerte y dolor. Es verdad que esta resolución era aconsejada por la experiencia. Cuánto había obtenido el movimiento sedicioso lo debía a sus armas; el presidente reconoció derechos y prometió justicia, por la influencia y el peso de los triunfos militares, que abatieron al Gobierno constitucional de Manuel Derqui.

En el terreno de la ley, tanto el gobernador Derqui como el presidente Avellaneda habían hecho caso omiso de las protestas liberales; luego, las armas representaban para ellos la verdadera garantía, desde que no había confianza en la imparcialidad del juicio definitivo del presidente.

Constando a éste el desarme de los sediciosos, la reserva del armamento bueno constituía un freno, que lo haría pensar en “la revolución siempre en expectativa, con su cortejo de peligros en el Litoral, un tema de luchas ardientes, gastos pesados, intranquilidad(2).

(2) Carta de Nicolás Avellaneda a Victorino de la Plaza. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La sedición acató al representante presidencial, entregará alguna parte del armamento, licenciará sus fuerzas, pero excusará la presentación de los jefes. Ante esta resistencia pasiva, como si se desconfiase de la palabra de orden y legalidad empeñada por el presidente Avellaneda, el interventor, doctor Victorino de la Plaza, deberá prevenirse.

La orden del desarme produjo en las Divisiones sediciosas un desbande parcial, imposible de evitar; los soldados eran ciudadanos voluntarios y, tan luego como supieron la terminación de la lucha armada, abandonaron sus Cuerpos, del mismo modo que los habían engrosado. Fue por eso que el número de Fuerzas desarmadas por los representantes subió apenas a la tercera parte del total verdadero.

El 16 de Marzo de 1878 inició la División Bella Vista el desarme. Doscientos hombres, de quinientos que la formaron, entregaron fusiles de pistón, lanzas de tacuaras y picanillas en la plaza pública del pueblo, al coronel Cordero, disolviéndose luego.

El coronel Azula se desarmó en la costa del San Lorenzo, el 17, con cuatrocientos hombres; las armas fueron iguales a las de Bella Vista. El 20 de Marzo, por la mañana, el coronel Fernández Reguera se aproximó a Goya con el mismo objeto. En la quinta de Araujo, recibió orden de Cordero para detenerse, pues decía que el acto debía tener lugar afuera de la ciudad pero, habiendo contestado que lo convenido era efectuarlo en la plaza de la misma; cedió el comisionado, y los restos de la guerrilla entraron en aquélla, siendo recibidos como en triunfo por sus parciales.

El coronel Manuel Obligado y los autonomistas sugirieron la idea a Cordero para evitar toda demostración de simpatía. La guerrilla se componía de dos mil hombres armados de lanzas tacuaras y fusiles de chispa. Efectuado el desarme, Cordero distribuyó una Proclama, Mantilla habló a la tropa en nombre del movimiento, leyendo también una Proclama del coronel Fernández Reguera, y los desarmados fueron licenciados.

La División de Caá Catí fue disuelta en las cercanías del pueblo de ese nombre.

El coronel José Inocencio Arias, en el sur, acompañado del coronel Juan Esteban Martínez, asistió personalmente al desarme de las Divisiones de Mercedes y Curuzú Cuatiá, comisionando a los coroneles Araujo y Reyna para representarlo en Monte Caseros, Paso de los Libres, La Cruz y Santo Tomé.

Las fuerzas de Mburucuyá, Concepción, San Miguel, Esquina y Candelaria se desarmaron ante las respectivas autoridades locales, por orden del interventor.

El armamento entregado en Bella Vista, Empedrado y Goya fue embarcado en la cañonera “Paraná”, “sirviendo, más tarde, las tacuaras, para construir gallineros e invernáculos en la quinta que uno de los Cordero tenía en San Fernando (Buenos Aires)”(3), señala irónicamente el doctor Mantilla; el de los otros Cuerpos, fue depositado en las Jefaturas Políticas o Juzgados de Paz, quedando a disposición del interventor y bajo la responsabilidad individual de las autoridades.

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. El vocablo tacuara procede de la palabra guaraní “takua”, que designa una caña silvestre, fibrosa y consistente, de variadas y muy útiles aplicaciones. La tacuara, delgada y sazonada, es una excelente asta natural para lanza de combate, que se construye en minutos, fijando un cuchillo en la extremidad superior, con reata cualquiera. De esta clase, era la mayor parte de las armas del Ejército del gobernador Genaro Berón de Astrada, por dar un ejemplo. Los “tacuarales” de los bosques fueron los arsenales de la caballería correntina durante las guerras contra la dictadura de Juan Manuel de Rosas.

En un principio, el interventor De la Plaza no se quejó; el desarme estaba hecho “en las condiciones deseadas” (por los sediciosos). Los informes de sus delegados fueron satisfactorios. El teniente coronel Hilario Lagos le decía:

He terminado el desarme en el mayor orden, entregando lanzas, carabinas, estandartes y municiones”. Bernardo Cordero señalaba: “Se han desarmado en el mayor orden y en medio de vítores al presidente de la República”; y José Arias afirmaba:

Recomiendo a la consideración de V. E., la conducta del doctor Juan E. Martínez, cuya compañía me ha sido de mucha utilidad para el mejor desempeño de mi comisión; así como también al señor coronel Raymundo F. Reguera, que me ha prestado importantes servicios, y al de igual clase de la Nación, don Celestino Araujo; y, en fin, Señor Ministro, a los ciudadanos que se hallan al frente de las Jefaturas de Mercedes, Libres y Curuzú Cuatiá.
Todos se han apresurado a acatar y cumplir las disposiciones del Jefe de la Nación”.

El desarme simbolizaba una doble gloria para los insurgentes:

La gloria del triunfo militar, representado por cañas tacuaras; y la gloria de las Instituciones nacionales, ante las cuales se inclinan cañas y votos”, dirá sarcásticamente uno de los jefes del movimiento, Manuel F. Mantilla, y el ex presidente de la Nación, Bartolomé Mitre agregará:

Un pueblo en masa, armado de cañas tacuaras, cortadas en los bosques de su hermoso territorio, se ha levantado decidido en actitud de cívica protesta. Un pueblo armado de tacuaras ha vencido -en lucha franca y leal- en seis combates consecutivos, y ha quedado de recuerdo un Gobierno usurpador, armado hasta los dientes.
Un ejército popular, armado de lanzas formadas con tijeras de esquilar y cuchillos enaltados en cañas tacuaras, ha reivindicado la libertad del sufragio y ha dado cuenta del poder militar de un Gobierno usurpador de la soberanía del pueblo.
Los montones de tacuaras entregadas quedaron como recuerdo del poder del pueblo libre que, rechazado en los comicios públicos por la violencia oficial, levantó sus boletas electorales en las puntas de sus cañas tacuaras, y con cañas reivindicó la soberanía popular vilipendiada por poderes refractarios.
La historia recuerda a un pueblo heroico y oprimido que, no teniendo armas con qué combatir por la libertad, se armó de macanas, y atacó y venció con ellas a sus opresores, armados de cañones y de fusiles. Desde entonces, las macanas cochabambinas son famosas en la historia americana.
De hoy en adelante, no lo serán menos famosas las tacuaras correntinas que las macanas cochabambinas, en los fastos de las luchas por la libertad del sufragio de nuestra patria, como aquéllas lo son en los de la libertad americana.
Honor a las tacuaras correntinas(4).

(4) Bartolomé Mitre, “Las tacuaras correntinas”; artículo en el periódico “La Nación” (Buenos Aires). // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, capítulo VIII: “Aislamiento Provincial (1829-1839)”, parágrafo 142. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

¿Mitre sabía que sus simpatizantes estaban entregando sólo tacuaras como garantía de armas de guerra?

El ex presidente había sido el hombre más versátil de una generación de estudiosos estadistas argentinos y, quizás, el más distinguido. A mediados de la década de los años 1870, diez años después de haber bajado de la Presidencia, lucía notoriamente más viejo y había también perdido el lustre de distinción que antes lo puso al mismo nivel que Juan Bautista Alberdi y bien por encima de Justo José de Urquiza.

Aunque no había todavía arrojado la toalla como político, su carrera ya no proyectaba la misma promesa que en el pasado. Los competidores de Mitre en Buenos Aires (y no pocos de sus supuestos aliados) no tenían intenciones de dejarle espacio para el tipo de maniobra política que había instituido en la ciudad porteña tiempo atrás. En cambio, se esforzaron por tratarlo como la quintaesencia del político irrelevante, bueno quizás como autor de algún ocasional editorial en “La Nación” o para asistir a la celebración inaugural de una nueva línea de trenes en las provincias, pero sólo para eso.

Que retuviera alguna semblanza de control sobre el Gobierno Nacional estaba ahora fuera de discusión, pese a la debilidad aparente de Avellaneda. Mitre pretendía seguir siendo políticamente relevante en las cambiantes circunstancias. Con ese fin, continuó trabajando arduamente en periodismo, tratando de resucitar el programa liberal bajo una variedad de nuevos nombres.

Pero ya no tenía mucha influencia ni podía controlar la forma y el temperamento de la Nación que había hecho tanto por establecer, ya que el liberalismo que había impulsado, pronto se volvió tan estéril como el caudillismo que había desplazado. Para parafrasear a Nicolas Shumway, es difícil separar el indudable patriotismo de Mitre y sus esperanzas para la Argentina de sus innobles ambiciones políticas, en parte debido a que poseía un superlativo dominio de la retórica liberal(5).

(5) Nicolas Shumway, “The Invention of Argentina” (1991), pp. 212-213. Berkeley. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Su elocuencia, sin par, proporcionaba un barniz positivo y perdurable a una vida que contenía tanta filosofía elevada como conspiración y prevaricación. Los detractores de Mitre -y hay muchos- han calificado su liberalismo de producto de una mentalidad elitista.

Sus defectos políticos -argumentan- se originaban en su defectuoso instinto para los valores humanos. En vez de acercarse al pueblo argentino y sentir compasión por su pobreza y simpatía por su cultura, veía -en su supuesto atraso- algo que necesitaba ser superado. En ese sentido, su patriotismo de orientación porteña, servía de cobertura a una nueva clase de explotación(6).

(6) Aunque todos los escritores revisionistas han sido críticos de Mitre, solamente los marxistas entre ellos, han ubicado la fuente de su dilema histórico en la lucha de clases. Para ellos, su pertenencia a la “oligarquía” porteña presentaba mucho más importancia política concreta que cualquier otra tendencia. Ver: Rodolfo Puiggrós, “Pueblo y Oligarquía” (1965), pp. 95-98 y 123-129. Jorge Alvarez Editor: Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

El hombre en sí era complejo, sofisticado y atractivo, pero el nacionalismo que tan cuidadosamente había construido en su biblioteca, en su oficina de periódico y hasta en su Cuartel en Tuyucué, era profundamente exclusivo e incompleto.

- Se reinicia la violencia. La Intervención reclama los Remington

Hecho el desarme y, al día siguiente, al desarme en Goya, fueron reducidos a prisión, por el coronel Manuel Obligado, el coronel Raymundo Fernández Reguera y muchos oficiales y soldados, con el pretexto de no haber sido entregado ningún Remington.

Las fuerzas oficiales, en la ciudad y campaña del mismo Departamento, allanaron domicilios, por comisiones que el mencionado jefe despachó. Los que no cayeron en manos de las comisiones, se refugiaron, nuevamente, en los montes o emigraron al sur. El coronel Plácido Martínez fue buscado con empeño inútil porque, temeroso de una emergencia como aquélla, no asistió al desarme, permaneciendo afuera de la ciudad.

En Empedrado, pasó cosa mayor: fueron encarcelados, por la misma causa invocada en Goya, el coronel Azula y algunos oficiales, y la tropa de la División desarmada fue distribuida en los Cuerpos de infantería, despojando a los soldados de los montados de su propiedad.

Como los jefes inferiores y los oficiales eran autonomistas, los ciudadanos desarmados fueron lesionados y maltratados por sus nuevos superiores, en castigo de haber militado en la resistencia.

Los insultos y vejaciones a las familias, el saqueo en la campaña, la imposición al comercio del pueblo para que abonara al Gobierno de Derqui la contribución de patentes que habían percibido los sediciosos, y otros abusos, completaron el cuadro de un nuevo ciclo de violencia.

También fueron reducidos a prisión, inmediatamente después de su desembarque, los vecinos de Empedrado desarmados en Goya y conducidos en el “Resguardo”.

No recibieron mejor tratamiento los que regresaron por agua a la Capital. A las 2 p.m., del 23 de Marzo de1878, fondeó el buque que los conducía frente al Cuartel de la Batería, muy próximo a la barranca; en tierra estaba formado el Batallón Avellaneda(7).

(7) Este Cuerpo fue llevado a Corrientes, en “La Paraná”, el 6 de Marzo de 1878. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Dos embarcaciones tripuladas por soldados armados, ocuparon inmediatamente los costados del vapor. Los doctores Mantilla y Morel pidieron al coronel Cordero que suspendiese el desembarque hasta el día, por la inoportunidad de la hora, pero aquél se excusó, diciendo que sus instrucciones eran entregarlos en ese mismo momento a la tropa acuartelada en La Batería. Hubo que resignarse. Hecha la entrega, como si se tratase de prisioneros de guerra, el jefe del Avellaneda tomó los nombres y señas particulares de todos, despachándolos sucesivamente, uno a uno, con orden de no formar grupos.

En previsión de que la medida respondiese a que las patrullas de la Policía y simpatizantes autonomistas tuviesen libertad de acción contra algunos, conforme eran largados, iban reuniéndose en una casa, situada a tres cuadras del Cuartel para, juntos, ir a esperar el día en la imprenta del periódico “La Libertad”.

La precaución paró cierto golpe, conocido después. Al amanecer, un boletín de “La Libertad” anunció la llegada. Muchas personas, nacionales y extranjeros, afluyeron luego a la imprenta. Algunos amigos de los recién llegados les pidieron que no se disolviesen sin recorrer las calles en manifestación pacífica; cedieron; pero en circunstancia que la idea iba a realizarse, el interventor ordenó la disolución inmediata.

Esta decisión de De la Plaza no gustó. Era otra mancha al tigre. Cinco días antes, sin embargo, éste había mirado con agrado una manifestación autonomista, organizada en la Policía, en la que los “mueras” y las imprecaciones contra los liberales, el golpeo de puertas, los insultos a las familias, constituyeron la expansión de sus autores.

La orden irritó y, ya por amor propio, varias de las más selectas familias acudieron a situarse en las casas de Fernández, Cabral, Balbastro, Luque, Club del Progreso, para obsequiar con flores y coronas, cuando se retirasen a sus casas.

La ciudad veia nuevamente colores celestes en sus calles. Los liberales presagiaban el triunfo. La firma del Acuerdo de Bella Vista les había abierto las puertas, les dio personería, dejando atrás el temor de ser calificados de rebeldes por el Gobierno Nacional. Sus adversarios, si bien intuían que el desarme no había sido completo, tenían aún la esperanza de poder encontrar las armas que aquéllos escondían.

Un grupo nutrido de gente llenó la cuadra donde estaba situada la imprenta; las azoteas y balcones vecinos estaban coronados de damas y señoritas; se escucharon discursos ardientes y vítores entusiastas, fue lo que De la Plaza no logró impedir.

Media hora después de disuelta la reunión, la Policía buscaba y detenía a los hombres que habían regresado a sus hogares y arrancaba de todos los edificios las banderas, con imposición de multas a sus dueños. Según Mantilla, tal fastidio originó la algazara liberal, que la inquina en algunos hizo que se pisoteara y escupiera -por un tal oficial de policía de apellido Avila- una bandera argentina, que flameaba en la casa del doctor Esquer.

Es que el sólo levantar voces por el Partido Liberal podría significar la cárcel, modalidad que se repetirá lamentablemente en otros momentos de la historia. El anciano extranjero Feliso Seitor, fue atormentado en la barra con los pies trabados y multado en fuerte suma, por haber vivado al Partido Liberal; Raymundo Goytia, que paseaba tranquilamente por una de las calles próximas a la Policía, fue asaltado por José Toledo y seis vigilantes, a las doce del día, y dejado por muerto, con once heridas de bala y hacha, después de lo cual le remacharon una barra de grillos, sin consentir que fuese curado; Joaquín Socías, fue apaleado a media cuadra de la Policía; Federico Gauna y Carlos Sicard también fueron asaltados como el desgraciado Goytia, salvando felizmente de la muerte, aunque no de la prisión, por la interposición generosa de unos extranjeros caritativos.

Los gendarmes de policía atropellaban e insultaban a los hombres que usaban cintas o trajes celestes; la esposa del doctor Luque, fue corrida un día por un vigilante que pretendió arrancarle una cinta maldecida. Las pobres vendedoras del mercado eran garroteadas, heridas y encarceladas por la misma causa. La Policía despojó a todos los liberales de sus caballos de silla y de tiro.

Se prohibió, bajo pena de arresto y multa, toda clase de reuniones, y el tránsito por las calles, pasada las 9 p.m. Los únicos autorizados eran los autonomistas y, según el periódico “La Verdad”, “todo era por orden del Ministro Interventor”. Por supuesto, esta publicidad no le hacía nada bien a Victorino de la Plaza.

Jamás la sociedad de Corrientes -decía “La Libertad” del 27 de Marzo de 1878-, se ha encontrado en situación tan dolorosa, como la presente. Ella recuerda la época nefanda de la tiranía de Rosas y las sangrientas hazañas de la Sociedad Restauradora.
Aquí, los miembros del Partido Liberal son declarados salvajes y puestos fuera de la ley, y el puñal está sobre el pecho de todos los que no simpatizan con la causa de los hijos de la noche, entre los que figuran infames traidores a la patria.
Al gobernador político y militar, doctor De la Plaza, le consta que la sociedad restauradora de esta ciudad no le va en saga a la de Buenos Aires, y también que está compuesta de los agentes de Policía, que tienen carta blanca para cometer crímenes horribles a la luz del día.
“No hay garantías para nuestras vidas; podemos ser asesinados impúnemente.
Ponga remedio el interventor a esta situación angustiosa, para que los asesinos soltados de la Cárcel Pública, no tengan en jaque la vida de los ciudadanos honrados.
En todo lo que pasa se viola la fe pública que merece la palabra de un empleado de la categoría del interventor y que nadie más que él debe ser solícito en guardar; se falta a las promesas solemnes hechas por el presidente de la República y a las condiciones del desarme.
Con las tropelías de esa gendarmería desenfrenada, se viola la seguridad individual y toda consideración de orden público, y se ultrajan todos los respetos debidos a una sociedad civilizada.
Los mismos esbirros que, bajo Madariaga y Derqui, han oprimido, vejado y ultrajado a este pueblo, son los que cobrando nuevos bríos al amparo de la intervención, se entregan a todo género de exceso bajo el mando de la autoridad nacional(8).

(8) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los Departamentos, que la resistencia había dominado, fueron repartidos entre Miguel Soto, Wenceslao Lugo, Dámaso Sánchez Negrete, Serapio Sánchez, jefes autonomistas, que no debían ser ocupados, y Plácido López y Urbano Fernández, para que los recorrieran y organizaran.

Según Mantilla, en Saladas, Soto mandó saquear los establecimientos de Marín, Flores e Insaurralde; redujo a prisión al sargento mayor José Virasoro y a E. Benítez, S. Flores, Insaurralde, remitiéndolos a la Capital; destituyó al Juez de Paz existente, y lo reemplazó con Eugenio Moreno, a quien acusaban de ser “traidor a la patria”, seguramente por tener algún pasado paraguayista.

En Mburucuyá no estuvo personalmente Soto, pero delegó sus facultades en Ezequiel Galarza y Remigio Niella. El sargento mayor Donato Blanco, guerrero del Paraguay, fue asesinado allí por una partida, mandada expresamente por el Juez de Paz y Jefe Militar; expulsaron del Departamento, después de vejarlo, al Cura Párroco, fray Ignacio Brisoni; detuvieron a Domingo Bianchetti, Francisco Soto, Daniel Galarza, al comandante Aguirre, Máximo Soloaga y los hermanos Carniglia; despojaron a los comerciantes liberales de grandes partidas de cuero y cerda, acopiadas antes de la resistencia, de las que se repartieron Galarza, Niella, Miguel Soto y un tal Desiderio Valenzuela.

Reducidos Saladas y Mburucuyá, partió Soto a San Roque. Su tropa entró en dicho pueblo en el más espantoso desorden, gritando “mueras” a los liberales, efectuando disparos al aire y echando las puertas de algunas casas.

El juez Sosa (impuesto por liberales) fue detenido, sustituyéndoselo por un tal Lafuente, que ejercía dicho empleo antes de la resistencia; los principales vecinos tuvieron la misma suerte que las autoridades, siendo obligados a pagar un buen rescate para obtener la libertad.

Expidióse orden de traer, vivo o muerto, al doctor Pedro R. Fernández; grandes trozos de hacienda vacuna de los establecimientos de Fernández, Andreau y Reguera fueron despachados por cuenta de Soto hacia el Paraguay.

Refiriéndose a estos escándalos, decía el coronel Arias lo siguiente, al interventor:

A mi regreso a Mercedes había desaparecido el coronel Azcona, alarmado por rumores que habían llegado hasta él de la prisión del coronel Reguera en Goya, y la aparición del comandante Soto en San Roque, que penetró al pueblo haciendo tiros a balas, profiriendo amenazas, por cuya razón el vecindario huyó en todas direcciones(9).

(9) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

En Bella Vista, León Cáceres, nombrado Juez de Paz por el gobernador Derqui, acompañado del Batallón Avellaneda, desembarcó por la noche y redujo el pueblo como quien realiza una operación de guerra, aterrorizando con el estrépito de las armas descargadas al aire.

Posesionados de la plaza, allanaron el domicilio del juez Carbone, cuya esposa fue soezmente insultada; al amanecer, hicieron muchas prisiones y despacharon a la campaña numerosas partidas, que luego regresaron con presos atados codo con codo, que eran estaqueados al sol, a medida que llegaban.

En Caá Catí, por orden del coronel Hilario Lagos, fueron destituidas las autoridades de la resistencia, reponiendo a las del Gobierno, Esquivel y Sánchez, y fue prendido el sargento mayor José F. Ayala, y remitido maniatado a la Capital, en cuya Cárcel Pública lo encerraron como fascineroso, con una barra de grillos. El juez y el jefe repuestos, encarcelaron y persiguieron con entusiasmo.

En Ituzaingó y Candelaria, Serapio Sánchez, Guillermo Esquivel y Antonio B. Gallino, comisionados del interventor, sembraron la desolación y el terror, y emplearon tormentos, como el cepo colombiano, para hacer declarar a infelices paisanos lo que no sabían.

En Ituzaingó, consumaron los siguientes atentados: Olegario Aranda y N. Barrios fueron estaqueados después de un simulacro de fusilamiento; Solano Ramírez, azotado; Emiliano Montiel, Juez de Paz, Javier Sardau, Antonio Aguilar, Sinforoso Hidalgo y Félix Ruda, presos en la barra; nueve paisanos desconocidos, fueron afrentados en la plaza pública, rasurándoles la cabeza; las casas de negocio de los liberales fueron clausuradas, y saqueada la de Carlos Márquez; las estancias de Voulquin, Ruda, Oporto y otros, fueron saqueadas, y destruidos completamente los plantíos del establecimiento agrícola de Fermín Morel.

Por estos procedimientos brutales ejecutados y otros semejantes, restituyó De la Plaza al Gobierno de Derqui doce Departamentos y, para sostenerlo, mantuvo en armas las siguientes Fuerzas: Soto, con 400 hombres, en San Roque; Lugo, en Concepción, con 200; Fernández, en Bella Vista, con 300; Sánchez, en Caá Catí, con 200; Obligado, en Goya, con 250; Aquino, en San Luis, con 300; Portillo, en San Cosme, con 100; Lagos, en la Capital, con 400 infantes.

Quedábale aún por enseñorarse del sur y de la costa del Uruguay, a cuyo objeto dio comisión a Serapio Sánchez para cambiar las autoridades de Santo Tomé y La Cruz, y a Plácido López para ocupar Mercedes, Curuzú Cuatiá, Monte Caseros y Paso de los Libres, con gente de Entre Ríos. Así concluía con todo.

El coronel Serapio Sánchez marchó sin pérdida de tiempo sobre Santo Tomé, con las fuerzas reunidas en Candelaria, pero no se posesionó del pueblo ni de todo el Departamento. Su fama y el temor de los liberales del lugar despertó la resolución de resistir. El coronel Reyna reunió precipitadamente las milicias y los esperó con tropas. Sánchez no se animó a atacarlo, y retrocedió. dejó, sin embargo, un recuerdo doloroso en los parajes recorridos.

Según el testimonio de la oposición a cuántos individuos encontró, estaqueó y martirizó; ganado vacuno, caballar y yeguarizo no quedó tras de sí; todo lo arreó; de “Casualidad”, establecimiento de Carlos Avalos, llevaron sus soldados hasta los útiles de la cocina, destrozando muebles y prendiendo fuego a una partida de cueros; el honrado vecino Felipe Obregón, fue inutilizado para siempre en la estaca, quemándole su casa y arreándole sus haciendas, fruto de largos años de trabajo; Blas Herrera y los hermanos Montenegro fueron bárbaramente azotados; los oficiales Miño, Alegre y Ramírez, tras de una marcha de treinta y siete leguas a pie, sufrieron estaqueos y azotamientos.

Según los vecinos de Santo Tomé, sólo durante la invasión paraguaya del año 1865, se vio depredación e inhumanidad iguales.

La guerra civil correntina de 1878 fue salvaje. Se dio de manera desorganizada -como lo son la mayoría de estas contiendas- entre personas que no estaban preparadas profesionalmente para llevar adelante conflictos bélicos; de ahí es que toma su nombre de “civil”, ya que fueron los civiles y no los militares (aunque estos también participaron) quienes la llevaron adelante principalmente.

La guerra civil tuvo por centro las zonas pobladas, lo que generó consecuencias fatales mucho más altas, ya que objetivos inocentes se encontraban en mayor peligro que cuando una guerra sucede en campo abierto. Esta guerra de 1878 se caracterizó por carecer de una organización o estrategia planificada; los ataques se fueron sucediendo de manera caótica, de acuerdo a los resultados obtenidos y a otras cuestiones, como la posibilidad de contar con armamento, de la voluntad o la belicocidad de aquéllos que participaron, etc.

Uno de los militares que actuó en esta lucha fue el coronel autonomista Plácido López, quien no se encontró felizmente en las condiciones de Sánchez para cumplir pronto su comisión: residía en Buenos Aires. Fue nombrado por sus antecedentes. En un tiempo había sido caudillo -durante las Administraciones de José María Rolón y Juan Gregorio Pujol.

Alejado de la provincia, desde la caída de Rolón, volvió a ella con el interventor Victorino de la Plaza, con mando y fuerzas.

Se había incorporado joven al Ejército Provincial y combatió en la batalla de Pago Largo. Tras la derrota se exilió en el Uruguay, donde formó en el ejército de Fructuoso Rivera y participó en la batalla de Cagancha. Regresó a Corrientes poco después, y formó en el ejército de Juan Lavalle en su larga campaña de 1840 y 1841, combatiendo en Don Cristóbal, Sauce Grande, Pajas Blancas, Quebracho Herrado, Sancala y Famaillá.

Acompañó al coronel José Manuel Salas en la retirada a través de la Región Chaqueña hasta Corrientes, donde, bajo las órdenes de José María Paz participó en la batalla de Caá Guazú. Más tarde luchó en la Batalla de Arroyo Grande, y la derrota lo forzó a exiliarse en Brasil.

Regresó a su provincia a las órdenes de Joaquín Madariaga y participó en la batalla de Laguna Brava, en la invasión a la provincia de Entre Ríos, en la desastrosa campaña a Santa Fe y la batalla de Malabrigo. Más tarde defendió a Corrientes contra la invasión de Justo José de Urquiza de 1846 y, al año siguiente, combatió en la batalla de Vences. Se exilió en el Paraguay y luego en Brasil.

Se incorporó al Ejército Grande de Urquiza en 1851 y participó en la batalla de Caseros. Permaneció en Buenos Aires y fue el emisario de Juan Gregorio Pujol -ministro de Urquiza- para coordinar con el coronel Nicanor Cáceres la revuelta que derrocará al gobernador Juan Benjamín Virasoro y levó al poder, primero, por brevísimo tiempo, a Domingo Latorre y luego a Pujol.

Tras un período de exilio en el Paraguay, defendió al gobernador Pujol de la insurrección que llevó en su contra el general Cáceres, en 1854. En Marzo del año siguiente fue el propio López quien se levantó contra Pujol, siendo derrotado por el coronel Simeón Paiva en el combate de Goya.

En 1856 fue ascendido al rango de Coronel, con el cual participó en la batalla de Cepeda del lado de Urquiza. Dos años más tarde, siendo Comandante de la cárcel de Paraná, puso en libertad a Marcos Paz, agente del Estado de Buenos Aires. De todos modos, participó en la batalla de Pavón bajo las órdenes de Urquiza, y permaneció al servicio del caudillo entrerriano.

En 1865 se incorporó al Ejército Argentino, pero no participó de la Guerra del Paraguay, iniciada ese año, porque el vicepresidente Marcos Paz lo nombró Comandante de la Frontera Norte -término algo vago- cargo que nunca lo ejerció.

A comienzos de 1867 participó en la campaña del general Wenceslao Paunero a las provincias de Cuyo, combatiendo en el Combate de la Pampa del Portezuelo y en la batalla de San Ignacio. Después hizo la campaña de La Rioja contra Felipe Varela. Por un corto tiempo, fue Comandante de la Frontera Sur de Córdoba.

En 1868 acompañó al general Emilio Mitre en su campaña para asegurar la victoria de los liberales de Corrientes, que habían derrocado al gobernador constitucional Evaristo López Soto.

Participó en la lucha contra el último caudillo federal, el entrerriano Ricardo López Jordán(h), y luchó en la victoria de Santa Rosa a las órdenes del general Juan Andrés Gelly y Obes. Apoyó al presidente Domingo Faustino Sarmiento contra la insurrección de 1874, reuniendo las tropas de los partidos al norte de la ciudad de Buenos Aires y poniéndose a las órdenes de Luis María Campos(10).

(10) Por un tiempo, Plácido López será Jefe de una parte de la frontera bonaerense contra los indígenas. En 1880 defenderá al presidente Nicolás Avellaneda contra la revuelta de Carlos Tejedor y pasará a retiro militar en 1895. // Todo citado por Antonio Emilio Castello, “Hombres y mujeres de Corrientes” (2004). Ed. Moglia, Corrientes.

- López en el sur de la provincia. Los opositores son declarados "rebeldes"

López, sin embargo, intentó primero su reconocimiento pacífico, presentándose en Monte Caseros con un cuadro de oficiales y su nombramiento; pero fue rechazada su pretensión, porque el interventor no comunicó su nombramiento a las autoridades del sur y éstas no tenían de ella noticia.

Era una situación rara. ¿La omisión fue estudiada, para provocar De la Plaza un desconocimiento de su autoridad, que justificase el empleo de la fuerza? o ¿el interventor no tomó en serio a López, un hombre ya entrado en canas, de 62 años?

López, en consecuencia, volvió a Entre Ríos e invadió la provincia con tropa reclutada en aquélla, pero tarde ya, cuando el coronel Arias ejercía la Intervención.

Pronunciarse en armas contra la Intervención o huir, ya al extranjero o a los montes, eran los únicos caminos abiertos para la oposición. Lo uno, consumaba la rebelión, pero los jefes rebeldes consideraron “altamente inconveniente” efectuarla en esos momentos, porque todavía era posible mejorar la situación, cambiando el interventor; lo otro, importaba volver a los padecimientos de los primeros tiempos.

Pero el problema de la Intervención era hallar las armas no entregadas por la sedición. Al observar que muchos opositores elegían la emigración y los montes, e innumerables vecinos del Norte y del Centro de la provincia la abandonaban o buscaban garantías en los bosques, De la Plaza, expidió un decreto, declarando "rebeldes" a los que huían y ordenó a sus delegados que hicieran pesquizas para descubrir el paradero de las armas de precisión que no fueron entregadas.

El decreto comprometía decididamente al Poder Nacional en favor de Derqui, situando a los insurgentes en posición de “rebeldes”. Pero ninguna operación militar se emprendió. Las pesquizas produjeron muchas prisiones, sumarios militares, tormentos prodigados con inhumanidad, pero no apareció un fusil. Hay que reconocer que hubo en todos los simpatizantes opositores, tal resolución y energía, que ninguno cedió a la fuerza.

Casi diariamente llegaban enchalecados a la Capital, los presuntos detentores de armas o los rebeldes capturados, muchos de elloos humildes ciudadanos arrancados de sus casas y, ya en la Policía, ya en la Cárcel Pública, ya en el Cuartel de La Batería, o en el acorazado “El Plata”, eran cargados de prisioneros y maltratados, si la gracia del interventor no los destinaba directamente de marineros en la Escuadra o de soldados en los batallones de línea.

Desde el periódico “La Libertad” se reclamó con energía y se atacó después con rudeza al interventor, perdiéndose en el vacío sus protestas. Algunos personajes del Partido Liberal se le apersonaron, para pedirle moderación y calma; pero el vanidoso ministro no sólo les negó todo, sino que tambien los trató con altanería.

En cambio, los autonomistas mostraban un apoyo unánime a la gestión del interventor. Los diarios oficialistas de Buenos Aires, haciéndose eco de la situación, defendían y justificaban cuánto hacía y consentía De la Plaza, sosteniendo que el Gobierno del doctor Derqui era un hecho constitucional indiscutible, reconocido por el Poder Federal, sobre el cual no podía ni debía triunfar la insurrección, sin comprometer las Instituciones del país.

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