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Nuevo interventor da un giro copernicano a la situación

El 18 de Abril de 1878 zarpó del puerto de Corrientes el acorazado “El Plata”, conduciendo a Buenos Aires al interventor Victorino de la Plaza. El ministro del P. E. se alejó de la provincia, sin llevar la satisfacción de haber garantido el éxito de la política que le inspiró. El día antes de partir, nombró interventor provisorio al coronel Hilario Lagos (h), en oposición a lo acordado en el Gabinete Nacional.

El coronel Lagos era Derqui mismo. Enviado de Buenos Aires para servirlo, abrazó su causa con estusiasmo y la sostuvo con empeño. Designado interventor, ni sombra de duda quedaba respecto de su conducta futura: Derqui sería sostenido en la titularidad del P. E. provincial.

Personalmente, el Jefe militar no hizo mal alguno pero, la sociedad correntina continuó su ración de odio y venganza; autorizados o no, liberales y federales se entregaron a todo género de vejaciones y desquites y, muchas veces, los partidarios del Gobierno, invocando su autoridad.

Los pocos días de su mando fueron tiempos de angustias y de terror para el hombre de trabajo que intentaba permanecer al margen de tanto delirio. Prisiones y allanamientos de domicilio, ordenadas por la Policía; salteos en las calles; rondas y patrullas de forajidos por la noche, con la ciudad ex profesamente a oscuras; anuncios fatídicos de la prensa opositora y oficial, cumplidos algunos por los titulados guardianes del orden, hicieron de la población un cementerio de vivos.

Aquella situación de algún modo cesará con la llegada del coronel José Inocencio Arias, ya que los liberales aminorarán sus ímpetus violentos. Los autonomistas no confiaban en el nuevo interventor y cuando la misión confiada al coronel Arias fue conocida en Corrientes, la prensa colorada abrió campaña para desmentir el hecho y escarnecer al joven militar.

El coronel Arias había practicado el desarme de las fuerzas del sur en compañía de los jefes de la sedición. Si bien su proceder como militar respondió a instrucciones de Victorino de la Plaza, los autonomistas conocían muy bien su afección al Partido Liberal.

Es por ello que desde el primer momento, los autonomistas lo desacreditaron, llegando hasta decir que lo resistirían con la fuerza. El gobernador Manuel Derqui comenzó a sentirse incómodo, por lo que inspiró la propaganda contra Arias, y sus órdenes a las autoridades de campaña se armonizaron con ella.

En carta del 28 de Abril de1878, al coronel Serapio Sánchez, le decía:

Ayer avisó Arias a Lagos que pronto estará en ésta.
Como Vd. comprende, vendrá a estar al servicio de los revoltosos y no será extraño que se produzca un conflicto, porque no permitiré se veje la autoridad de la provincia.
Arias no es interventor, y si le transmite órdenes, no debe respetarlas(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Al acompañante de Sánchez, Antonio Bautista Gallino, le decía:

Arias es audaz y está infatuado; impartirá, sin duda, órdenes que favorezcan a los revoltosos y sus planes, pero no deben cumplirlas”.

Este fue el santo y seña dado a los autonomistas.

Es que Arias se había granjeado inmediatamente las simpatías liberales al no desarmar a sus poderosas Fuerzas, compuestas por diez mil hombres, aunque poniendo orden, por lo menos provisoriamente.

Más un nuevo problema vino a alterar la relativa paz lograda. Había surgido un problema entre el coronel Arias y el doctor Derqui, debido a que el primero había enviado, el 1 de Mayo, una Circular a las autoridades de los Departamentos, ordenándoles que se debía obedecer a él con preferencia al del Gobierno de la provincia.

Arias manejó los asuntos correntinos como la generalidad sospechaba. Subordinó a su mando todas las autoridades militares y políticas de la campaña y les previno que debían obrar según sus instrucciones(2).

(2) José I. Arias. Nota Circular a los Comandantes Militares y Jueces de Paz (Mayo 19 de 1878), en el periódico “La Tribuna”, Nro. 8.316, Mayo 14 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El coronel Arias era un hombre celoso de su reputación; se sentía amigo del presidente, pero no su instrumento; su misión a Corrientes se limitaba a mantener la paz, pero era el amigo de mi enemigo y eso agriaba a los autonomistas y, de allí, la hostilidad al nuevo delegado del P. E.

El coronel Arias llegó a la Capital el 29 de Abril de 1878. A pesar de la actitud asumida por Derqui, se contrajo a estudiar con calma la situación para remediar lo que requiriese su intervención; quiso ver y palpar él mismo, cuáles eran las causas del profundo malestar reinante, sin guiarse de las recíprocas acusaciones que le llegaban, ni alterar el montaje de la máquina oficial.

Su calidad de simple jefe de las fuerzas, encargado puramente de mantener la paz y hacer efectivas las garantías ofrecidas, limitaba su acción, que le imponía mucha discreción. Posesionado del teatro, hablaba con franqueza sus vistas al Gobierno Nacional, y pidió instrucciones -de que carecía- para proceder.

El Gobierno le contestó que estaba revestido de todas las facultades anexas al Gobierno político y militar de la provincia, en cuanto fuesen necesarias a la pacificación de ella, al mantenimiento del orden y a evitar toda molestia y persecución por causas políticas. Definida su posición y conocedor de los hechos, inició su trabajo.

En los cuerpos de infantería -batallón Avellaneda, Guardia Provincial, Compañías del Paraná, estaban enlistados muchos liberales, destinados arbitrariamente, inútiles para el servicio unos, y padres de familia los más y, en la Policía, el Cabildo y Cuartel de La Batería, otros tantos -de la ciudad y campaña- detenidos en prisiones por portación de armas; todos fueron puestos en libertad.

El Jefe de Policía, Nicanor Pujol, recibió orden de levantar la prohibición existente sobre reuniones, y de restituir a la Cárcel Pública o separar de algún modo de la gendarmería a quienes hasta entonces no guardaban el orden, fuesen autonomistas o liberales. Un batallón de Guardias Nacionales, mantenido sobre las armas por Victorino de la Plaza, fue licenciado, depositándose los fusiles y las municiones en el Cuartel de las Compañías del Paraná.

En la campaña, Arias reemplazó a las autoridades impuestas por De la Plaza, basándose en la orden de no obedecer a Arias que Derqui les dio, y que aquél conocía; el representante nacional debía reemplazarlos previamente y, para evitar críticas, los sustituyó con jefes de la Nación enviados desde Buenos Aires a pedido de De la Plaza, siendo ellos los tenientes coroneles José Llanos, Carlos Báez, Domingo Jerez, Pascual Quiroz y Ruperto Fuentes.

El gobernador correntino protestó, porque estimaba que no había acefalía de los Poderes constituidos de la provincia y que, en consecuencia, no había razón para que el interventor implantara un Gobierno Militar:

No existe, porque no ha podido existir, resolución alguna declarando en acefalía los poderes legalmente constituidos en esta provincia y, por consiguiente, no hay razón ni siquiera pretexto para que se implante en esta provincia un Gobierno Militar como el que el coronel Arias se cree autorizado a ejercer”.

Recordó que su autoridad no había sido desconocida por los Poderes de la Nación y sí juzgaba legítima por los provinciales, únicos competentes para el caso(3).

(3) Manuel Derqui. Nota al ministro del Interior (Mayo 4 de 1878), en: “Memoria presentada por el Ministro Secretario de Estado en el Departamento del Interior al Honorable Congreso Nacional en 1878” (1878)” (1878), p. 10. Ed. “La Tribuna”, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El Ejecutivo desechó la protesta, expresando que “la Intervención tiene derecho para asumir la dirección política y militar de la provincia en que se ejerce, en cuanto aquélla fuese necesaria para asegurar sus designios". El texto de la Resolución, de Mayo 14 de 1878, es el que sigue:

Departamento del Interior

Buenos Aires, Mayo 14 de 1875

Contéstese que la comisión dada al coronel Arias significaba atribuirle el carácter de Interventor Interino.
Dígase además que la Intervención tiene derecho para asumir la dirección política y militar de la provincia en que se ejerce, en cuanto aquélla fuese necesaria para asegurar sus designios que son, por ahora, en el presente caso, pacificar la provincia, mantener el orden y evitar toda molestia o persecución que tuviese por móvil un disentimiento político.
Agréguese que se han dado instrucciones al coronel Arias para que proceda, dentro de estos límites, con la mayor prudencia y reduciendo su acción a lo necesario.
Publíquese.

AVELLANEDA
S. M. Laspiur

El 18 de Mayo, el Gabinete Nacional también desechó la protesta considerando que “la Intervención tiene derecho a asumir la dirección política y militar de la provincia, en cuanto fuese necesario para asegurar sus designios”.

El 13 de Mayo, Derqui pidió al Congreso el retiro de la Intervención, cuyos procedimientos de fuerza fomentaban la anarquía despojándole de recursos para dominarla(4).

(4) Derqui. Nota al Congreso, en: “Documentos relativos a la Intervención en la provincia de Corrientes” (1878), p. 29. Ed. Imprenta del Porvenir, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Arias había licenciado las milicias, alentado por Laspiur y aplaudido por los liberales, que comenzaron a creer que el ministro podía ser un óptimo presidente.

En tanto, los Departamentos fueron agrupados en Secciones, al frente de cada una de las cuales se colocó un jefe; así, Llanos tuvo a su cargo San Roque, Concepción y San Miguel; Báez, Empedrado, Saladas y Mburucuyá; Jerez, San Luis, San Cosme e Itatí; Quiroz, Ituzaingó y Candelaria; Fuentes, Caá Catí.

Estos hombres procedieron al licenciamiento de las Fuerzas, dieron garantías y afianzaron su autoridad, sin recurrir a violencia alguna. Los liberales consideraron adecuadas las condiciones para dar un paso que ni la fuerza ejercida por De la Plaza, que agotó su tenacidad en apoderarse de los Remington no entregados por los sediciosos; pues bien: esas armas las obtuvo el coronel Arias, entregadas espontáneamente por el doctor Juan Esteban Martínez y el comandante Ramírez:

Por deferencia personal al interventor -decía el primero- pudimos haber entregado las armas después de sus exigencias; pero ninguna debíamos guardar a quien tampoco tenía con nosotros consideración alguna habiendo, por el contrario, tratado de vejarnos en todo sentido, y persiguiéndonos con diversos pretextos.
Hoy, que V. E. se encuentra representando la Intervención Nacional, ya desaparece esta razón, puesto que V. E. no ha dado más que pruebas de imparcialidad, de justicia y de patriotismo, y tengo la satisfacción de poner a su disposición los fusiles que mi hermano, el coronel Martínez, creyó podía retener por ser de propiedad particular”.

El comandante Ramírez, decía también:

Tengo el gusto de poner a disposición de V. E., las armas de propiedad particular que, por mi orden, se ocultaron cuando el desarme.
No he dado antes este paso, porque no es por medio de la fuerza y de la persecución, como el doctor De la Plaza lo quería, que se ha de conseguir nada de nosotros.
Como deferencia personal a V. E. y acto de gratitud por su proceder imparcial y recto, me desprendo con gusto de ellas(5).

(5) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Era la estrategia en consuno pergeñada por los jefes de la rebelión y el interventor provisorio: mientras aquéllos hacían ingresar a sus guerrilleros en hibernación, éste desmontaba la guerrilla autonomista, desarmándola. De la Plaza no había fallado en su accionar; simplemente no tuvo la Fuerza necesaria para neutralizar a las de la sedición. El cambio se registró cuando los liberales tomaron el control de la sutuación, tanto en Corrientes como en Buenos Aires.

Cien o doscientos Remington, más o menos, fueron depositados en manos del interventor.

El descontento autonomista creció. La primitiva propaganda de descrédito contra el coronel Arias se cambió en acusaciones de parcialidad y de procederes abusivos, exhibiéndosele como usurpador de funciones que no le habían sido conferidas. El, sin embargo, siguió inalterable su línea de conducta, porque sabía de su sostén en el Gabinete Nacional.

Hubo un momento, no obstante, en que Derqui intentó variar de táctica. Con una carta de recomendación del presidente, pidió al Coronel una entrevista en casa de su señora madre, en altas horas de la noche, y habiéndole sido concedida, la celebraron.

El gobernador intentó convencer al interventor que la desinteligencia que los desacordaba no debía existir porque, siendo uno y otro amigos personales y políticos del presidente, estaban en el deber de marchar acordes, como había sucedido con De la Plaza, para salvar la provincia de Corrientes de sus adversarios políticos, pues él, Derqui, no luchaba por una ambición innoble, sino por la verdadera política del Partido a que ambos pertenecían.

Sobre este tópico y sus variantes, el coronel Arias oyó una disertación de dos horas, contestando que le era imposible imitar la política de su antecesor, y que sus actos no se desviaban en lo más mínimo del decreto de su nombramiento y de sus instrucciones.

Perdida la esperanza de contar con aquel hombre, Derqui planteó pleito ante el Congreso y el Ejecutivo Nacional. Una extensa nota-protesta fue elevada al ministro del Interior contra el coronel Arias, por el gobernador de Corrientes, Manuel Derqui.

El licenciamiento de la Guardia Nacional; la libertad de los presos; el depósito de las armas de las Fuerzas sediciosas, a la orden del comisionado nacional; el cese de los jefes nombrados por De la Plaza; las comisiones políticas y militares confiadas a jefes nacionales; el sometimiento, al coronel Arias, de las policías y fuerzas existentes; la permanencia, en sus puestos, de las autoridades liberales del sur, obedientes al movimiento subversivo, fueron los hechos invocados para reclamar el retiro del coronel Arias que, se decía, tenía a la provincia fuera del orden constitucional, por haberse abrogado caprichosamente facultades que no le habían sido atribuidas.

La protesta fue desoída, el delegado presidencial conservado y, por segunda vez, reiteradas las anteriores instrucciones, con noticia ya de los que les negaban alcance político.

Documento semejante, aumentado con la historia de la elección de gobernador y de la resistencia sediciosa, remitió Derqui al Congreso. La Intervención solicitada por él, que lo había salvado después de Ifrán y le había devuelto doce Departamentos cuando la ejerció De la Plaza, no le convenía ni gustaba bajo el mando del coronel Arias,

porque estaba coartado, bajo la presión militar, desarmado, y los revolucionarios eran alentados, se armaban y mantenían fuerzas porque, tal como se ejercía, era vejatoria y humillante para las autoridades legales, no garantía el orden ni las garantías constitucionales, y tendía a dar elementos a la anarquía(6).

(6) Exposición del gobernador Manuel Derqui al Congreso Nacional. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Por eso solicitó el inmediato retiro de Arias. ¿Ese era, sin embargo, el deseo del gobernador? La intervención le convenía; lo que le estorbaba era el interventor. ¿Por qué no se quejó en el período de De la Plaza? Bien satisfecho se encontraba entonces, porque restablecían su poder destruido en Ifrán.

Otras fueron sus miras: primero, exhibirse como víctima del coronel Arias, para obtener indirectamente su retiro; segundo, dar base a sus amigos para la lucha congresal que iban a sostener en pro de la legalidad de su Gobierno; y, a la verdad, su exposición sirvió de argumento.

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