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Mediación del Congreso fracasa por tosca obstinación

Mientras el nuevo interventor, coronel José Inocencio Arias, se captaba la buena voluntad del liberalismo satisfaciendo sus deseos, sin exigirles el poderoso armamento de su ejército de 10.000 hombres, sino en la proporción que desearon entregar, y llevando el orden, con la fuerza de línea a lugares donde las pasiones todavía estaban en latencia, el doctor Manuel Derqui, en quien el Ejecutivo Nacional había respetado el Gobierno administrativo, se ausentó para Buenos Aires, delegándolo en el Vicepresidente de la Legislatura, Augusto Díaz Colodrero(1).

(1) Se desconocen los motivos por los cuales el vicegobernador de la provincia no asumió el P. E. en reemplazo de Derqui. Ni Mantilla, ni Gómez, ni Castello dan cuenta de él. No había fallecido; quizás estaba enfermo o imposibilitado de algún modo para asumir el P. E. Quizás acompañó al gobernador en su viaje. Lo único que se tiene certeza es que cuando el gobernador abandonó Corrientes, quien lo suplantó fue el vicepresidente de la Legislatura, Augusto Díaz Colodrero.-.

Después de su protesta y su exposición al Congreso, marchóse el gobernador Manuel Derqui a Buenos Aires. El 17 de Mayo de 1878 delegó el mando gubernativo en Augusto D. Colodrero, vicepresidente de la Legislatura, y anunció a los Gobiernos de provincia que, “graves asuntos de interés público le obligaban a trasladarse a Buenos Aires, por pocos días”.

El 18 de Mayo, el comandante Domingo Jerez dirigió, desde San Cosme, la siguiente Nota al interventor:

En cumplimiento de la misión que tengo de buscar las armas ocultadas por los revolucionarios, y a solicitud de los vecinos de este Departamento, cuya Nota de denuncia acompaño, mandé traer anoche un armamento que se encontraba oculto en la chacra o casa del capitán Moreira, a distancia de dos leguas de este pueblo; el armamento había sido ocultado por orden del Juez de Paz, don Santiago Portillo”.

Estas armas estaban en poder de autonomistas. Este descubrimiento comprobó la previsión que guió al coronel Arias al cambiar los comisionados de De la Plaza; si el juez Portillo tuvo el coraje de ocultar armas a las barbas del interventor, ¿de qué no serían aquéllos capaces, distantes de la Capital y con las órdenes impartidas por Derqui?

El juez Portillo fue destituido por el interventor, dando aviso a Díaz Colodrero:

Semejante ocultación -decía el coronel Arias-, de armas pertenecientes a la provincia, con intenciones que no puedo reputar inocentes, me han forzado a separarlo del puesto de Juez de Paz, ordenando, al mismo tiempo, que las armas sean depositadas en el Cuartel de La Batería”.

También los autonomistas habían ocultado armas, y eran del Estado.

Dos destituciones más tuvo que hacer el interventor: la familia del sargento mayor Donato Blanco, asesinado en Mburucuya, pidió al comandante Carlos Báez que instruyese el correspondiente sumario, porque el Juez de Paz se negaba a hacerlo; consultado el interventor, contestó afirmativamente, y el sumario fue instruido.

De él resultaron pruebas y declaraciones contra el juez Carlos Galarza quien, no pudiendo destruirlas, fue separado. Más tarde, los Tribunales ordinarios de la provincia lo encausaron criminalmente, sin que tengamos noticia que lo absolvieran; por el contrario, habiendo sido su prisión y injuiciamiento uno de los hechos más explotados contra la futura Administración del doctor Felipe José Cabral, Rafael Gallino, federal ultra, se opuso a la elección de dicho individuo como Diputado Provincial, el 29 de Junio de 1881, porque tenía causa abierta ante los Tribunales y no la había levantado aún, a pesar de lo cual fue incorporado a la Legislatura.

Para instruir el sumario, el comandante Báez se trasladó de Saladas, su residencia, a Mburucuyá. El juez de aquel pueblo, Eugenio Moreno, aprovechándose de la ausencia, hizo arrear animales vacunos de los establecimientos de Flores, Marín y Cossio, para beneficiarlos en el abasto del pueblo y despachar dos tropas al Paraguay.

Dichos robos fueron denunciados al comisionado, a su regreso, pero nada pudo hacer contra el ladrón, porque ya no lo encontró en su puesto: Había huido. En consecuencia, fue destituido Moreno.

La grita autonomista atronó los aires. El periódico “La Verdad” e, incluso, Díaz Colodrero criticaron al interventor:

¿Qué ley, qué Constitución, qué principio autoriza al interventor a deponer Jueces de Paz, nombrados legalmente?”, preguntaba el periódico “La Verdad”, y la respuesta categórica la tenía en las facultades del comisionado.

Díaz Colodrero se quejó indirectamente de las destituciones, atribuyéndoles el objeto de perseguir a los autonomistas, y denunció reuniones liberales en los Departamentos, “robusteciendo las sospechas de un próximo movimiento -decía-, la partida de la Capital del doctor Mantilla y otros individuos que figuraron en la revolución”.

El interventor se defendió y contestó:

Hasta hoy -le decía-, no he tenido noticias de esas reuniones, y las que en su Nota se me dan son sumamente vagas e indeterminadas; y como creo que al hacer la denuncia se apoya en datos ciertos, desearía tenga a bien darme a conocer el punto en que tienen lugar, quiénes las forman y cuál es el verdadero carácter de ellas.
Sin datos exactos, no me es posible hacer otra cosa que recomendar vigilancia a las autoridades de mi dependencia. Deseo, por tanto, me diga cuáles son los actos que importan una violación de las garantías constitucionales y de los fines de mi misión.
Al hacerme conocer los temores que abriga, señala a los comisionados nacionales como responsables de los disturbios. Hasta hoy no me han dado motivo de queja, y ni un solo acto malo, que yo sepa, puede atribuírseles; los he nombrado en reemplazo de los que antes desempeñaban sus puestos, porque me inspiran confianza y aquéllos tenían mal proceder y desobedecían mis órdenes.
Debo comunicarle que tengo en mi poder cartas auténticas del doctor Derqui, en las que manda no obedezcan mis órdenes y desconozcan mi autoridad; también me consta que el ministro Rosas ha aconsejado al Juez de Empedrado busque un motivo cualquiera para eludir la orden que le he dado para que baje a esta Capital a recibir instrucciones.
Estos bechos ponen de manifiesto las trabas que se ponen al ejercicio de mi autoridad, y con la ocultación de las armas de que di aviso, hecha por una autoridad, que no nombré, la faz de las cosas cambia completamente, haciendo nacer sospechas que debo y quiero creer no se conviertan en hechos.
Agradezco su atención en recordarme que soy el encargado de garantir la paz. Es justamente, dándome cuenta de la misión que tengo, que he destituido a los empleados desobedientes y he colocado en su lugar personas honorables, que no teniendo vínculos de ninguna clase con los Partidos, saben ponerse a la altura del cargo que desempeñan y son una garantía de paz(2).

(2) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

- Azcona, prófugo de la justicia

Se hizo más. El coronel Marcos Azcona no había cumplido la reiterada orden de presentarse. Cuando el coronel Arias fue a desarmar el sur, se vio con él y consiguió que le acompañase a Buenos Aires pero -según lo manifestó Arias- el interventor Victorino de la Plaza, a su regreso a Goya, encontró que Azcona había desaparecido en el norte de la provincia.

El ministro interino de Guerra y Marina, Rufino de Elizalde, libró entonces orden de prisión contra él, orden que no pudo cumplirse porque nadie descubrió el paradero del Coronel. Azcona se guardaba para el caso de rebelión de su provincia. Los sostenedores de Derqui aprovecharon estos antecedentes para promover, en el Senado, una interpelación al Gobierno sobre la captura de Azcona, con el propósito de complicar la cuestión.

El ex presidente Sarmiento fue la mano del gato que sacó del fuego el huevo caliente; Avellaneda, Roca y De la Plaza, lo apoyaron. La interpelación recibió contestación escrita:

El coronel Azcona será capturado y sometido a un Consejo de Guerra -decía el Gobierno-; si es necesario, un ejército irá a Corrientes para someterlo”. Se reproducía la situación del coronel Nicanor Cáceres perseguido por la Administración de Mitre.

Azcona había transgredido su deber militar al estar camprometido en las luchas locales como otros soldados de la Nación, como el citado Nicanor Cáceres, en Corrientes; Eduardo Racedo, en Córdoba; José Octavio Olascoaga, en Santiago del Estero; o Rufino Ortega, en Mendoza.

Sus amigos de la sedición salieron en sus defensa: dijeron que la situació de Azona era similar al del entonces ministro de Guerra y Marina, general Julio A. Roca, había hecho su carrera en el Interior, desde el grado de Mayor: no tenía mando, no estaba en servicio activo, la ley nacional de elecciones le reconocía derecho para mezclarse en cuestiones electorales, como ciudadano; que no había desobedecido la orden de presentarse, sino retardado, simplemente, el cumplimiento de ella, por causa justa.

Agregaban que estaba en el mismo caso del coronel Araujo, molestado al principio, pero no amenazado con un ejército. "La disciplina y la moral del ejército pues, no peligraban sin su captura", decían.

Pocos días después de la contestación del Gobierno al Senado, el interventor en Corrientes dio aviso de habérsele presentado el coronel Marcos Azcona, quedando en prisión. El Consejo de Guerra no se formó, porque el derrocamiento del gobernador Derqui lo impedirá.

- Plácido López invade Corrientes por el sur

Fue en ese tiempo, que el coronel Plácido López (a) “Aguara”, jefe de línea en servicio, ingresó a la provincia con fuerzas reclutadas en Entre Ríos. El objeto consistía en demostrar que el irregular ejercicio de la Intervención provocaba conflictos armados. A la cabeza de trescientos hombres, penetró López en la provincia por el Departamento de Monte Caseros, internándose algunos kilómetros.

El Jefe Político reunió precipitadamente las milicias y salió a su encuentro y lo batió. El terreno, ocupado por el invasor, fue arrasado; a Ruperto Maidana le arreó cuatrocientas cabezas de ganado vacuno; a Antonio Pulou, dos tropillas de caballos, carneándole cien reces; a Rafael Cabrera, le saquearon la casa de negocio, estropeándole a sablazos; en dos o tres días que duró la invasión, no hizo otra cosa que saquear.

Derrotado López, armó la farsa de desarmarlo el Jefe Político de Concordia, el mismo que lo armó, y volvió aquél a Buenos Aires, de donde fue enviado, sin que la Comandancia General de Armas ni el presidente lo amonestasen. La invasión produjo efecto contrario al que sus inspiradores se propusieron porque, simplemente, fue un fracaso total.

- Derqui en Buenos Aires

Cuando el gobernador de la provincia, Manuel Derqui llegó a Buenos Aires, el Poder Ejecutivo había sometido ya, al Congreso, la cuestión de Corrientes, pidiendo la sanción de una ley que le autorizase a continuar la Intervención.

Los liberales correntinos se sintieron inseguros: semejante proyecto era una espada de dos filos para ellos: primero, nada disponía respecto a la cuestión electoral y, segundo, bien podía el presidente valerse de ella para decretar nuevas elecciones, incluso con un interventor que apoye al gobernador Derqui, o fallar directamente en favor de éste, no obstante sus declaraciones, si para ello producía otra crisis ministerial.

El comentario y la ampliación implícita del proyecto estaban en el decreto de Intervención y el Mensaje presidencial, pero del mismo modo que podía esperarse la ejecución de la ley en aquel sentido, también era de temerse -para los sediciosos- el apoyo a la continuidad de Derqui como gobernador.

El Ministerio quiso más: la definición categórica de la cuestión; pero el presidente no aceptó fórmula que le cerrara la nueva puerta abierta a sus compromisos. Con ese peligro en perspectiva, la solución quedó librada a las maniobras de los ministros liberales y a la habilidad de los Partidos, y esto equivalía a nueva lucha.

Mientras la Comisión de Negocios Constitucionales estudió el asunto, Félix Frías(3), presidente de la Cámara de Diputados, fue llamado por el presidente de la Nación con el objeto de encomendarle que hiciera trabajos de conciliación entre Derqui y los liberales de Corrientes, garantiéndole la buena disposición del gobernador.

(3) En 1877 Félix Frías fundó el “Club Católico” para combatir la propaganda laicista del Partido Autonomista Nacional que estaba en el poder desde 1874, Club que, en 1883, fue rebautizado con el nombre de Asociación Católica de Buenos Aires. Debido a su delicada salud, emprendió un viaje a Europa durante los últimos meses de su vida. Fallecerá en París en 1881.

Prestóse gustoso Frías. Vio a Derqui, y escuchó efectivamente de sus labios que no oponía dificultad, que no hacía cuestión de su persona, que los culpables de todo eran sus adversarios, "ambiciosos y sin opinión". Frías creyó, de buena fe en las protestas de Derqui y acarició la esperanza de ser autor de un arreglo satisfactorio.

Pidió, entonces, al doctor Felipe José Cabral, que se pusiera en contacto con Derqui, y ambos resolvieran el punto sobre la base de sus respectivas renuncias pero, excusándose Cabral por desconfiar de la sinceridad de Derqui -a indicación de Frías- dirigió al Club Constitucional de Corrientes el siguiente telegrama:

Manden comisionados por primer vapor, para arreglar cuestión, bajo base renuncia Derqui y su vice”.

El Club nombró a los doctores Manuel F. Mantilla y Tomás Luque, y estos se pusieron en viaje el mismo día. Félix Frías, en aquella época, vivía dentro de un círculo de hierro, formado por los republicanos(4) de la Cámara, los cuales, aprovechándose de su pasión dominante -la cuestión con Chile(5)-, le hacían servir a sus fines políticos sin él apercibirse, manteniéndole en una atmósfera pesimista contra todo lo que no les convenía. Esa fracción sostenía a Derqui.

(4) El Partido Republicano fue un partido político argentino que existió entre 1877 y 1878. Surgió como una corriente interna del Partido Autonomista de Adolfo Alsina, luego de que este acordase una fórmula de unidad con Bartolomé Mitre, para transformarse luego en un partido político independiente. Se destacó por ser el primer partido político de ese país en incluir un moderno sistema de democracia interna basado en órganos de decisión y asambleas populares que dictaminaban los principios, acuerdos y programas del partido. Entre sus dirigentes fundadores estaban Leandro Alem, Aristóbulo del Valle, Roque Sáenz Peña, Lucio Vicente López, Pedro Goyena, José Manuel Estrada y Francisco Uriburu. Años después, la tendencia más progresista del partido terminaría estando entre los fundadores de la Unión Cívica Radical y los más conservadores, como Sáenz Peña, en el Partido Autonomista Nacional o en otros partidos opositores más moderados.
(5) Frías tenía 62 años en estos momentos. Había estudiado en el Colegio de Ciencias Morales -hoy Colegio Nacional de Buenos Aires- e ingresó en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Derecho. En 1837 fue miembro del Salón Literario de Marcos Sastre y uno de los fundadores de la Asociación de Mayo. Al año siguiente se exilió en Montevideo. A fines de 1839 se unió a la "cruzada libertadora" del general Juan Lavalle, e hizo con él la larga campaña por el Interior del país, luchando en las batallas de Don Cristóbal y Sauce Grande y en la invasión a Buenos Aires y Santa Fe. Tras la toma de Santa Fe, organizó una "junta de notables" que nombró gobernador a Pedro Rodríguez del Fresno, y fue ministro de Gobierno de éste. Pero enseguida se unió a Lavalle en su campaña a Córdoba; combatió en las derrotas de Quebracho Herrado y Famaillá. Después de esa derrota, huyó a Bolivia y de allí pasó a Chile. En este país se puso en contacto con otros exiliados que, bajo la dirección nominal del general Juan Gregorio de Las Heras, habían fundado la Comisión Argentina de Chile. En ella figuraban Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, de los que se hizo muy amigo. Dedicado al periodismo, formó parte de la redacción del diario "El Mercurio", y escribió gran cantidad de notas. Desde 1848 fue corresponsal de ese diario en Europa, viajando por Francia, Italia, España e Inglaterra, y viviendo muchos meses en París. Gran admirador de la cultura y de la civilización francesas, que cuestionaban la influencia de la religión Católica, quiso revalorizar la religión con su libro, "El Cristianismo Católico Considerado como Elemento de Civilización de las Repúblicas Hispanoamericanas", en que, más bien justificaba la religión ante la "civilización" anticlerical en aras de un cierto utilitarismo. Regresó a Buenos Aires en 1855 y enseguida publicó el periódico "El Orden". En 1857 fue elegido Diputado Provincial por la provincia de Buenos Aires e intervino en el juicio contra Juan Manuel de Rosas. En éste, el ex gobernador fue condenado, de antemano, a muerte y a la expropiación de todos sus bienes. Por cierto, el condenado vivió muchos años más en su exilio en Southampton. Durante la década siguiente se dedicó sobre todo al periodismo. El presidente Sarmiento lo nombró embajador en Chile. Allí mantuvo una férrea postura de defensa de los intereses de su país en la soberanía sobre la Patagonia. La postura del Gobierno chileno, y manifestada por su ministro de Relaciones Exteriores Adolfo Ibáñez Gutiérrez, era la de incluir la región patagónica en su totalidad en el arbitraje internacional realizado por el Reino Unido. Frías argumentó que "la Patagonia, el Estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego, aunque contiguos, son territorios distintos".

Cuando los representantes del Partido Liberal de Corrientes llegaron a Buenos Aires, era notorio que la mano republicana se había metido en los trabajos de Frías, probándolo la actitud del mediador mismo, pues en reemplazo de la base de la renuncia de Derqui -indicada antes- propuso un arreglo igual al propuesto por los ministros José María Gutiérrez y Victorino de la Plaza.

Frías no jugaba un interés personal; su intervención tenía el sello de la más pura intención pero, como no conocía la red que lo envolvía y daba entero crédito a sus amigos y admiradores, sirvió a sus intereses. Habíanle pintado la popularidad de Derqui con brillantes colores, deprimiendo hasta lo último la reputación de sus adversarios; habíanle encomiado el incontrastable poder de aquél y negramente descripto la ambición desenfrenada de los liberales; habíanle garantido y demostrado, con maña, que, sin Derqui, sería Corrientes un mar de sangre. Frías llegó a pensar que era una necesidad sostener al gobernador.

Cuanto él escuchó, adujo en favor del cambio de base, abundando en razones de acrisolado patriotismo para hacerla aceptar.

Los delegados liberales rechazaron terminantemente la proposición, manifestando su extrañeza ante el desvío del objeto de la mediación:

Eliminado Derqui -decían- podemos arribar a un acuerdo, porque también nosotros somos argentinos y no podemos ser indiferentes a las desgracias que una nueva conmoción armada puede engendrar; pero exigir el reconocimiento de Derqui a título de patriotismo; hacer conciliación con su facción, siendo él gobernador, importa entregar un pueblo a su verdugo(6).

(6) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Distintas conferencias se celebraron sin resultado alguno; el mismo presidente de la República manifestó a los delegados liberales de la sedición, que era preciso fuesen flexibles con toda flexibilidad, para ayudarlos a pacificar la provincia, ya que Derqui se mostraba resistente a renunciar. En sustitución de la base propuesta, los representantes de la insurgencia formularon estas dos:

1.- Previa renuncia de los doctores Cabral y Derqui, se procederá a nuevas elecciones, bajo la Intervención del coronel Arias, doctor Quintana u otro ciudadano imparcial, comprometiéndose los dos Partidos a sostener la candidatura de la persona que sea designada por una comisión, compuesta de Félix Frías, el vicepresidente de la República, Mariano Acosta, y un tercero elegido por ellos, de una lista formada por Derqui y los comisionados, la cual no podrá comprender a ninguno de los que han tomado parte activa en los sucesos ocurridos;
2.- Previa renuncia de los doctores Derqui y Cabral, éste presentará una lista de candidatos para gobernador, y los comisionados otra, a los ciudadanos antes nombrados, comprometiéndose los partidos a sostener la candidatura del que sea designado por ellos.

Aunque, bien mirado, no era propio buscar la decisión de personas extrañas a Corrientes, en la designación del candidato para gobernador; como el hecho era indirecto, los delegados liberales llegaron hasta allí para torcer el destino que parecía se les escapaba.

Frías transmitió al gobernador Derqui ambas proposiciones, pidiendo, mientras tanto, a la Cámara que suspendiese la consideración del despacho de la Comisión de Negocios Constitucionales sobre la cuestión, que estaba a la orden del día.

Derqui las desechó, so pretexto de dignidad personal ofendida, declarando que su única concesión podía ser renunciar, a condición de asumir el Gobierno su vicegobernador, Miguel Wenceslao Fernández.

La mediación quedó frustrada, y sus adversarios en el Gabinete Nacional hicieron sentir su voz con fuerza:

No fracasó la negociación patriótica por los representantes del pueblo de Corrientes; fracasó por Derqui; fracasó por voluntad del mandatario que mintió el deseo de renunciar, cuando en el fondo de su conciencia quería mantener tirantes las riendas del Gobierno de Corrientes, imponer su voluntad y ejercer los odios de la venganza, cuando no pudo vencer en los campos de batalla; como cuando sus mejores y tradicionales caudillos, caudillos de una causa enteramente perdida en la República Argentina, creían vencer en los campos de Ifrán y poder levantar la bandera que sostenía el Dr. Derqui contra la voluntad de la mayoría(7).

(7) Discurso del ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Montes de Oca, en la sesión de la Cámara de Diputados de la Nación, del 12 de Junio de 1878. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Más allá de las ácidas críticas de sus oporsitores, Derqui no quiso renunciar. Incluso el presidente lo había solicitado con empeño para darle explicaciones cordiales y seguridades positivas de su afecto; se vieron y arribaron a un nuevo plan, que buscaba sostener al gobernador y desbaratar la posición de sus adversarios.

Los republicanos de la Cámara de Diputados eran muchos y podían hacer predominar sus ideas; la composición del Senado le inspiraba confianza; y tenía asegurados el concurso del gobernador de Entre Ríos, el de los ministros De la Plaza y Roca, y los elementos hostiles a la Conciliación. Con estos medios, por el ministerio de la ley que sancionase el Congreso, creyó que podía hacer valer su opinión y parecióle mejor partido fiar en sus cálculos que llegar a un acuerdo, renunciando.

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