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La noción de revolución como expresión de la virtud ciudadana

Las sesiones en el Congreso de Junio/Julio de 1878 reflejaron dos dinámicas diferentes de ejercer la política. Por un lado, los hombres que coincidían -por lo menos en parte- con el el pensamiento del presidente Nicolás Avellaneda, que señalaban que, una vez en el poder, uno de los objetivos centrales era pacificar la vida política y controlar los resultados electorales, especialmente aquéllos vinculados con la elección presidencial, mediante el manejo del sufragio desde el Gobierno.

Para esto, estos hombres idearon estrategias que garantizaran la contención de los conflictos y de los enfrentamientos entre partidos, sobre todo, en tiempos electorales. Si la sucesión presidencial era controlada por el presidente en ejercicio, si la oposición más extrema era neutralizada y si los opositores moderados eran cooptados, es decir, incorporados al partido oficial mediante acuerdos y negociaciones recíprocas, la política adquiriría una dinámica diferente.

El corolario de esta particular visión de la política era que los conflictos entorpecían la marcha de la Argentina hacia el progreso económico: el progreso, la competencia y la violencia política, no podían coexistir.

En las antípodas de esta visión estaban el ex presidente Bartolomé Mitre y sus allegados, quienes sostenían que la noción de revolución era una expresión de la virtud ciudadana.

Por supuesto había coincidencias: ninguno cuestionaba la República como sistema político, ni la estructura representativa y liberal sobre la que ésta se edificó. Las tensiones se referían a la definición de las relaciones entre el Poder Central y las Provincias, los liderazgos provinciales o regionales, o aspectos formales del ejercicio del poder.

- La democracia contra la propia democracia

Interpretar lo que se vivió en Corrientes en los años 1877 y 1878 no es simple ni fácil. La situación política en la provincia no estaba centrada en la democratización, sino en la confrontación física. Los diversos grupos no hablaban entre sí; intercambiaban golpes. La “ideología” de los grupos guerrilleros era una de las causas de la intensificación de la violencia. Las ideas que sostenían la guerra de guerrillas, eran falsas e inoperantes.

Dada esta situación, repasaremos aquí párrafos de las oratorias de algunos legisladores y ministros del P. E. de la Nación, que ilustran con claridad las ideas que sostenían, avalando con ellas el levantamiento insurreccional liberal en Corrientes, cuya interpretación se hace necesario para dilucidar el por qué de tanta violencia y no quedar sólo en el relato de los hechos.

Hay que destacar que es importante no volverse cómplices de discursos que banalizaban lo peor, pero también no ceder a otra forma de banalización, aquélla que reduciría las particularidades en generalizaciones ideológicas.

Las posiciones reaccionarias, como fue el caso de los líderes del Partido Liberal de 1878, se sostuvieron de las bases teológicas de las que se nutrían y que reivindicaban explícitamente. Dicho de otra manera, es la transposición directa (incluso la imposición) de conceptos cuasireligiosos a lo político. Tal es el caso del doctor Manuel F. Mantilla -paradójicamente ateo, o definido no prácticante religioso- quien floreó su discurso afirmando que: “el movimiento sedicioso era patriótico y defendía los intereses de la provincia”. Ese concepto se repitió tantas veces a través de los años, que se convirtió en una oración que aún se invoca.

El discurso del amo hace un uso reaccionario del derecho y de la ley, un uso arbitrario del poder, que se apoya en una ideología moral supuestamente fundada en la ley.

La separación de los Poderes entre Legislativo, Ejecutivo y Judicial es uno de los pilares de la democracia. Las distorsiones de este principio democrático pueden tener como consecuencias fenómenos de judicialización, o sea, el principio de la separación de los tres Poderes debe ser mantenido bajo pena de judicialización de la política. Cuando ese Poder Judicial es demasiado frágil o, incluso, casi inexistente -como sucedía en esos tiempos-, queda un posible uso arbitrario de la ley. He ahí la insurgencia armada.

Se trata sobre todo de un ataque de la democracia contra la democracia misma. Un Gobierno reaccionario, como el del doctor Derqui -lo que Mantilla denominaba, “un Gobierno de usurpación”-, generó una organización paramilitar, una jerarquización conservadora y rígida de la sociedad en su conjunto, así como una estrategia de acciones violentas.

Pero lo que debe preguntarse un estudioso de la época es si, durante el período del Gobierno de Juan Vicente Pampín, ¿no existía también -ya- un caldo de cultura reaccionaria?

- Los discursos en el Congreso avalando la sedición

El doctor Luis Lagos García argumentó, a nombre de la mayoría de las comisiones, en los términos siguientes:

... elegido, proclamado y reconocido gobernador el doctor Manuel Derqui, por los únicos Poderes llamados a intervenir en dichos actos y, decretada, a su requisición, la Intervención Nacional, tenía la Nación el deber de sostenerlo, porque el movimiento armado que se produjo contra él no podía triunfar según los antecedentes del país, su conveniencia y la doctrina del Derecho Público correcta en la República Argentina...; y, como el mismo doctor Derqui reclamaba el retiro de la Intervención, el Congreso debía acordárselo, previa declaración de la legalidad de su Gobierno(1).

(1) La reproducción de los discursos, tanto de Diputados como de Senadores, ha sido extraida de la obra de Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El doctor Norberto Quirno Costa replicó al miembro informante, fundando, a la vez, el despacho de la minoría. Orador de barricada hasta ese momento, hizo un brillante estreno en el Congreso. Verídico y claro en los hechos, vigoroso en la argumentación doctrinaria, abundante de erudición y hábil en la dialéctica, animado de colorido seductor y pronunciado con aliento varonil y entusiasmo ardoroso, su discurso dominó el escenario con honra suya y prestigio de su causa.

El nuevo corifeo de la palabra recorrió con notable superioridad los mismos espacios andados por su adversario, destruyendo uno a uno sus argumentos, y trazó un cuadro completo y correcto de la cuestión -en sus distintas fases- del que se destacaba, sombría y tétrica, la figura del “usurpador de los derechos de un pueblo”.

El doctor Quirno Costa decapitó la causa de Derqui. Y no sólo abordó con brillo “las cuestiones constitucionales de la ilegalidad del Gobierno de Derqui y las de la Intervención” sino que, franca y noblemente, hizo la defensa de la reivindicación de los derechos de los sediciosos, “por medio de las armas, una vez agotados los medios pacíficos de defensa”, doctrina anterior a toda Constitución, “origen de las instituciones republicanas, fulminada, no obstante, por los sostenedores de Derqui, menos ilustrados y menos patriotas que el célebre Hamilton, autor de la Constitución norteamericana, que la proclamaba, diciendo:
‘Si los representantes del pueblo traicionan a sus comitentes, no queda más recurso que el ejercicio originario de la propia defensa, que es superior a toda forma positiva de gobierno’”.

Iniciado el fuego con los dos primeros discursos, nuevos oradores, de uno y otro lado, terciaron en el debate, con mayor o menor elocuencia e ilustración, pero girando todos sobre los tópicos señalados. La discusión no salió de la región tranquila de la impersonalidad y en todo sentido hizo honor al país.

Su fondo, era “la pugna del principio de libertad con el de la fuerza, como base de gobierno”, defendido aquél por el Ministerio y la Diputación liberal y, el otro, por los republicanos.

Los ministros liberales asumieron la actitud más digna que se conozca en el país en defensa de la libertad, produciéndose el raro fenómeno de que los miembros del Gobierno se esforzaran en afirmar los derechos del pueblo y ser combatidos por una parte de los representantes de éste, empeñados en negarlos”, señalará Mantilla.

La falange republicana desplegó todas las galas de la elocuencia y erudición de sus distinguidos oradores: Gallo y Pellegrini; exhibió la paciente laboriosidad del doctor Quesada; puso a prueba, “el ingenio travieso, superficial e impudente” de Wilde; y hasta aceptó “el concurso negativo de Acuña, el hombre de las empanadas”. Todo fue inútil.

Después de Quirno Costa, los ministros Laspiur y Montes de Oca, Terry, Lozano, Elizalde, Ruiz, levantaron una montaña de granito sobre los “Gobiernos opresores”, proclamando en alto “las libertades de los pueblos”.

La magistral y sesuda palabra del ministro del Interior; la fecunda elocuencia y el hábil talento del ministro de Relaciones Exteriores; la clara inteligencia de Terry; el acento noble del patriotismo puro de Lozano; la argumentación nutrida de Elizalde; la novedad y valentía de la apasionada palabra de Miguel Ruiz, contrarrestaron el empuje republicano, “dominando la conciencia del Congreso y del país”.

Con variantes de formas y diverso caudal de argumentos y citas, “adulterando la verdad real de las situaciones provinciales y, muy especialmente, la de Corrientes bajo Madariaga y Derqui”, encastillados “en la obligación de obediencia” que, “las Constituciones imponen a los pueblos”, pero desviando “los deberes que prescriben a los gobernantes”; anatematizando “a los pueblos que defienden sus derechos con las armas”, porque antes debieran respetar “los errores de sus opresores”; legitimando todos los abusos cometidos para nombrar a Derqui, “porque así lo habían resuelto Poderes irresponsables” constituidos ad hoc; “haciendo reposar la esencia del Gobierno republicano en el aparato de las formas y no en el ejercicio verdadero de la soberanía popular, condenando a los pueblos a la impotencia; en una palabra: encomiando las ventajas de los Gobiernos de fuerza que mantienen la paz y hasta disculpando la intromisión oficial en los actos electorales”, los republicanos concluían que Derqui era legítimo gobernador de Corrientes “y el pueblo debía ser obligado a respetarlo”.

Sin el talento de sus oradores, esta causa injusta y antipática, no habría sido defendida; pero ni la inteligencia le dio vida durable”, sentenciará Mantilla, y agregó citando como ejemplo el papel desempeñado por el diputado Fidel Gallo, poniendo sobre el tapete una situación palpable de la actualidad política nacional:

El partidismo ciego, que prescinde de los principios, compromete siempre la consecuencia de los hombres públicos, sin que el ingenio más preclaro pueda cubrir las faltas. Así le ocurrió al doctor Gallo: el año anterior había sostenido la constitucionalidad de la Intervención en la provincia de Salta, por alteración de la forma republicana de gobierno, sin más hechos que resistirse una parte de los Electores de gobernador a concurrir a sesión, y haber sido declarados caducos los poderes de dichos Electores por la Legislatura, al expirar el plazo constitucional, dentro del cual debieron desempeñar su mandato".

Entonces, decía el doctor Gallo, según Mantilla:

‘La Constitución no puede permitir, en las provincias, la transmisión del mando a voluntad del mandatario; de este punto de vista, la cuestión de Salta es trascendental, porque se trata de saber si los Poderes Públicos de una provincia pueden, impúnemente, arrebatar al pueblo sus derechos y libertades más preciosas.
‘Ved lo que pasa en Salta: una fracción, apoyada en el gobernador y en la Legislatura (exactamente lo ocurrido en Corrientes), pretende arrebatar al pueblo el derecho de nombrar el gobernador que más le plazca.
‘Mientras el pueblo no puede gobernarse por mandatarios de su elección libre, la forma republicana no existe y, como la base esencial de la forma republicana está falseada en su ejercicio, en Salta, es un deber del Congreso intervenir, no para favorecer al Estado, para garantir al pueblo, a cada uno de los ciudadanos, que no serán alteradas las bases primordiales de la Constitución’”.

Y prosigue Mantilla:

Habiendo comprometido el año anterior estas ideas, posponiendo toda clase de consideraciones personales, sin abjurarlas o ser inconsecuente, no pudo sostener, como lo hizo, que la forma republicana imperó en Corrientes en la elección de gobernador y, después, ‘cuando el pueblo fue avasallado por la fuerza en los comicios, negósele el sufragio, fueron arrojados de la Legislatura sus representantes, porque una fracción, apoyada en el gobernador y la Legislatura, pretendía nombrar el magistrado que le placía’.
Sin embargo, en la cuestión Corrientes, el doctor Gallo combatió las opiniones que defendió en la cuestión Salta. Basta el hecho éste para comprender cuál fue el fondo principista y de patriotismo del círculo republicano. Cómo el viento de sus conveniencias políticas eran sus teorías. Para Salta, fue libérrimo, por sus vinculaciones con la oposición; en Corrientes, pesimista autoritario, por su alianza con Derqui. ¡Y era una parte de la juventud brillante!

El Ministerio liberal, “reaccionando contra la detestable doctrina del Gobierno fuerte", se hizo el campeón esforzado “de la inviolabilidad de los derechos populares, grandioso ejemplo de buen sentido y patriotismo”.

La actitud de Laspiur, Montes de Oca y Lastra, en la cuestión de Corrientes, fue paralela con la de los Diputados liberales. Sostuvieron que

el Gobierno es una institución creada para el ejercicio de la autoridad, derivada, única y exclusivamente, de la voluntad popular, su fuente originaria; que la resistencia del pueblo a los abusos del poder es anterior a toda Constitución; que lo ocurrido en Corrientes había sido la burla más escandalosa y el ludibrio de las Instituciones republicanas; que la opresión de Madariaga para imponer un sucesor, organizando al efecto los poderes locales fuera de su verdadera constitucionalidad, hizo explotar el derecho popular desconocido, reprimido, violentado; que el mal reinante en el país, que minaba y corroía el fundamento de las instituciones, eran los gobernantes opresores, los cuales debían ser reprimidos para garantir la paz e impedir los esfuerzos estrepitosos de los pueblos provocados; que la protección nacional de la intervención, es una garantía al pueblo, no al gobernante, porque es aquél el autor de las leyes y el creador de las autoridades; que bajo el imperio de la Constitución, no puede consentirse el derramamiento de sangre para que un pueblo escape a la esclavitud; que la intervención no fue decretada a requisicion de Derqui, ni éste había sido reconocido; que los títulos exhibidos por Derqui, eran viciosos y fraudulentos y la autoridad que ejercía, usurpada en combinación con facciosos adueñados de los resortes oficiales; de todo lo cual, concluían que la intervención debía continuar y Derqui ser desconocido, para evitar la guerra civil y no prostituir las instituciones”.

Los que tanto habían medrado al abrigo del Gobierno de fuerza, se escandalizaron, se enfurecieron, al escuchar la doctrina verdadera de la libertad. ‘¡La revolución santificada!’, era el grito destemplado de todos”, anatematizará Mantilla.

El periódico “El Nacional”, redactado por Sarmiento, “el introductor del Gobierno del sable, de la ley marcial y del estado de sitio, valiéndose de un supuesto personaje inglés, hacía esta pintura de los debates:

Los ministros y sus amigos han defendido elocuentemente el derecho de revolución, como recurso contra elecciones defectuosas. No defendieron las Constituciones de los Estados. Los Diputados opositores al Gobierno han combatido ardientemente el llamado derecho de revolución; han defendido el principio de autoridad”.

El 17 de Junio de 1878 estaba agotada la discusión. Los llamados a decidir el punto, por el equilibrio de los votos en pro y en contra de los proyectos discutidos, no habían terciado en el debate; el doctor Quintana, cuya palabra era esperada, guardaba silencio.

El Diputado por La Rioja, doctor San Román, fue el único de ellos que fundó su voto; sus opiniones, aunque personales, podían tomarse como las de los demás:

En Corrientes -decía- hay un gobernador que no es autoridad constituída y hay un pueblo que le resiste; dejemos que resuelvan ellos mismos esta cuestión.
No habiendo autoridades constituidas en dicha provincia, la Intervención debe retirarse, porque no tiene misión de ningún género.
Corrientes tiene el perfecto derecho de zanjar sus dificultades bajo sus propias inspiraciones.
Se dice: retirando la Intervención, vamos a sancionar la guerra. No es cierto. Estos argumentos, que se apoyan en predicciones, suelen, a veces, ser inexactos; las Intervenciones son muy peligrosas en su aplicación.
Los pueblos no necesitan de tutelaje amenazador. El presidente puede ser uno de los grandes agitadores de la República, y tendríamos, entonces, la centralización del poder en las revoluciones producidas por él.
La Intervención debe ser retirada de la provincia de Corrientes, desconociéndose la constitucionalidad del Gobierno del doctor Derqui”.

La tesis tenía el objeto de limitar las facultades del Gobierno Central y de imponer más respeto hacia los pueblos a los mandatarios de provincia. Para Corrientes, “significaba un nuevo sacrificio de sangre, más, también, su triunfo seguro”, profetizará Mantilla

Puesto a votación el proyecto de la mayoría de las comisiones, fue sancionada por 43 votos la parte que ordenaba el retiro de la Intervención, y rechazada por 42 la relativa al reconocimiento de Derqui como gobernador de Corrientes. Los dos batalladores perdieron la batalla: los republicanos, porque Derqui fue desconocido; el Ministerio, porque la Intervención fue retirada.

Había, sin embargo, una capital diferencia: derrotado el Ministerio en la Intervención, defendida para ahorrar sangre puramente, “hizo prevalecer los derechos populares” (dígase el movimiento armado), al paso que los republicanos, no obstante la sanción de la primera parte de su proyecto, quedaron vencidos en su verdadero objeto: el reconocimiento de Derqui.

La sanción alborozó a los insurgentes liberales de de Corrientes. Si el Senado Nacional la convertía en ley, cual se esperaba, nada tenía que temer; con la facilidad de sus anteriores triunfos en el campo de batalla -detenidos por la Intervención- daría pronto cuenta del Gobierno del doctor Derqui.

Cuando el asunto pasó al estudio del Senado, Derqui se entregó por completo a sus preparativos de defensa. El diputado Wilde había declarado, en la Cámara, lo siguiente:

El señor Derqui es capaz de hacerse matar, descuartizar, antes que ceder su derecho”.

- En el Senado Nacional

La cuestión llegó a su término en el Senado Nacional. Del mismo modo que en la Cámara de Diputados, las Comisiones que estudiaron el punto presentaron despachos disconformes. La mayoría aconsejó la continuación de la Intervención, para practicarse nuevas elecciones; la minoría, la sanción del proyecto enviado por la otra Cámara; y, un miembro de ellas, Segundo Igarzábal, el explícito desconocimiento del Gobierno de Derqui y el retiro de la Intervención. La discusión no presentó novedad, agotados como estaban los argumentos en la de la otra Cámara.

El doctor Luis Velez apoyó el dictamen de la mayoría en los hechos y doctrinas aducidas en la Cámara de Diputados(2); el doctor Aristóbulo del Valle sostuvo el de la minoría, con los principios de la autonomía local; y el senador Igarzábal invocó en pro de su proyecto las leyes conculcadas en la elección de Derqui.

(2) Relata Mantilla que cuando el Senador Nacional por Córdoba, doctor Vélez, exponía y comentaba los hechos ocurridos en Corrientes para la imposición de Derqui, Miguel Victorio Gelabert, partícipe de esos hechos, lo interrumpió abruptamentee, diciendo: “¡Miente Vd!” El Presidente le llamó al orden y, entonces, muy nervioso y al parecer próximo a estallar de ira, pidió la palabra. El momento de tensión generado hizo que Sarmiento, Del Valle y Rocha, lo sacasen del recinto: “¡Vd. va a echar pelos en la leche; no debe hablar!”, dijo Sarmiento y, él, Del Valle y Rocha lo custodiaron, alternativamente, en antesala; allí se distendió; sólo para la votación, entró y volvió a la Sala. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los discursos que llamaron la atención fueron los del ex presidente Domingo Faustino Sarmiento y del doctor Juan Eusebio Torrent.

Más allá de la admiración y el respeto que inspira la personalidad del ex presidente, es bueno reflejar el pensamiento que los liberales correntinos contemporáneos sentían por el sanjuanino. Fue Sarmiento quien los desalojó del poder, no sólo apoyando el movimiento que derrocara al doctor Agustín Pedro Justo, en 1872, sino también fue el hacedor en la elevación a la titularidad del P. E. de Miguel V. Gelabert. Los liberales correntinos simplemente lo detestaban.

Dice el doctor Mantilla de él y, en su palabra, devela el pensamiento de su facción, que ha perdurado a través del tiempo:

Sarmiento ha sido un robusto talento; algunos le atribuyen genio; pero, su chocarrería, su desmedida jactancia, sus inconsecuencias como escritor y político y su fondo de hombre malo, han hecho competencia a su talento.
Medio siglo se ha ponderado y, a fuerza de tanto hablar de sí, ha creído que su nombre llenaba el mundo; medio siglo ha escandalizado a su país con polémicas personales; federalista, demagogo, autoritario, todo ha sido según la época y sus conveniencias; lo que un día demolió con su pluma, lo reconstruyó después.
Habría sido teniente de Rosas si, en vez de joven oscuro, hubiera sido, en la época, un gobernador de provincia, pues pasta de tiranuelo mostró que había en él cuando gobernó seis años el país con la ley marcial y el estado de sitio.
En la República Argentina unida y constituida, Sarmiento ha sido una calamidad, la raíz de los Gobiernos opresores y usurpadores; su talento ha servido para la desgracia de su patria.
Este hombre odiaba gratuitamente a Corrientes, quizá porque dio en tierra con la rebelión de López Jordán, contra la cual había sido él impotente y, en la discusión del Senado descargó su abundante bilis.
Entró al debate con su habitual fullería y desprecio por todo, arrojando sobre la provincia de Corrientes insulto tras insulto; equiparó a los correntinos con los salvajes de la Pampa, y pidió bala y exterminio para ellos; menospreció y ridiculizó los principios fundamentales de la democracia, ensalzando el Gobierno del Remington, en virtud del cual quería fuesen enjuiciados y fusilados los que negaban obediencia a Derqui que, por ser ‘hijo de presidente’ y escribir bien -decía- tenía la sospecha de la legalidad a su favor.
Ningún argentino intentó jamás degradar tanto a un pueblo de su patria como Sarmiento entonces. Fuera del insulto, el discurso del ex presidente se ocupó únicamente de él y de su libro, el ‘Facundo’, única alhaja que poseía, pero que de tan usada y exhibida, se ha gastado.
La lucha de Corrientes era la que pintó en ‘Facundo’ -según él- civilización y barbarie; pero en la asignación de los papeles invirtió el orden, haciendo del pueblo la encarnación de lo último.
A su lado estaba la prueba: representando el doctor Torrent la barbarie, ¿podía ser muestra de civilización Gelabert?
En Corrientes era más innegable la arbitrariedad de su clasificación: ¿La chusma, los criminales, eran la civilización? ¿O el elemento culto, ilustrado, de fortuna?
Los bárbaros Baibiene, Calvo, Martínez, Llopart, Ojeda, etc., libraron la presidencia de Sarmiento en Ñaembé, de los civilizados Cáceres, Aguirre, Borda, Candia, atraídos a Corrientes con López Jordán por Derqui, hijo de presidente; y porque convenía a Sarmiento que los civilizados pasasen por bárbaros y los bárbaros refinados por civilizados, a guisa de moderno Carrier, reconocía a los bárbaros el derecho de matar a los civilizados para que Derqui fuera gobernador.
¡Tenía desmedida sensualidad de sangre de correntinos liberales! Sarmiento habló para insultar a Corrientes y pedir su exterminio, no por sostener a Derqui; la prueba: su discurso”.

Imperdibles los dicterios de Mantilla. El odio africano que sentía por el ex presidente parece no tener límites.

El doctor Juan Eusebio Torrent(3), Senador Nacional por Corrientes, se puso en la réplica, a la altura de su talento distinguido. Dotado de una inteligencia superior y avezado en los negocios públicos; expositor claro y atractivo; razonador lógico y vigoroso, que ilumina su argumentación con rayos de bellas imágenes; de dicción correcta y animada por el timbre simpático de una voz cuyas modulaciones se ajustan con propiedad a la naturaleza del debate y al temperamento del auditorio; siempre novedoso; castizo en el lenguaje; colocado siempre en la alta región de los principios, sin dejarse arrebatar por la improvisación y el entusiasmo; grave, persuasivo y culto en el ataque; sereno y moderado en la defensa, el doctor Torrent fue uno de los primeros oradores parlamentarios argentinos.

(3) En la última elección presidencial, Torrent había sido candidato a Vicepresidente, acompañando en la fórmula a Mitre. Esa fórmula ganó en tres distritos: Buenos Aires, San Juan y Santiago del Estero. En los otros once distritos -incluido Corrientes- se impuso, en el Colegio Electoral, la fórmula Avellaneda-Acosta. Las maniobras políticas del entonces presidente Sarmiento, hicieron lo suyo.

Torrent sostuvo el dictamen de la mayoría de las Comisiones con la habilidad que presenta las cuestiones en su verdadera faz, las analiza y discute con lógica y erudición copiosa, menos para impresionar que para convencer; hechos, doctrina constitucional, vistas de hombre de Estado, noble sentimiento patriótico, todo lo que podía aglomerar en sostén de su causa, fue abundante, lúcido y persuasivo en su discurso. Sus mismos adversarios lo aplaudieron. El doctor Torrent limitó su contestación a esto

Los argumentos del Señor Senador no son contra la causa de Corrientes, sino una lluvia de desprecio sobre la provincia que represento(4); no ha vacilado en llamarla con todos los epítetos y calificativos más injuriosos que pudieron ocurrírsele".

(4) Es importante subrayar que las palabras del ex presidente Sarmiento no estuvieron dirigidas a la provincia de Corrientes -por la que sentía un gran respeto-, sino que las duras palabras que expresó tuvieron por destino la élite política liberal de la provincia, por la que experimentaba un profundo desprecio. Tras su fallecimiento, en 1888, en Asunción, el buque que trasladaba sus restos hacia Buenos Aires, amarró en el puerto de Corrientes y una multitud acompañó el féretro por las calles de la ciudad hasta la Catedral. Gobernaba un autonomista: el doctor Juan Ramón Vidal.

Prosiguió Torrent:

He sentido mucho que el Señor Senador haya tratado así a la provincia de mi nacimiento, y lo he sentido doblemente, porque me esfuerza en mantenerme en el debate a la altura que esta causa merece.
Pero el Señor Senador me ha de permitir decirle algo: he visto a mi provincia, como la veo hoy, presa de grandes desventuras; he asistido desde mi infancia a muchos de sus momentos de dolor; siempre ha sido, sin embargo, generosa, hasta con los enemigos que combatía.
La he visto también en los grandes días de la compensación de la victoria, serena, digna y compasiva, tender la mano y ofrecer el consuelo al enemigo implacable, que acababa de postrar a sus plantas.
Pero, nunca me habrá parecido más indulgente y más altiva, más digna, generosa y compasiva, como cuando lleguen a sus oídos los cívicos obsequios que, al día siguiente de haber salvado a la República, ha venido a ofrecerle el afortunado compatriota que tiene un asiento en ese banco.
¡Corrientes tiene derecho para todo esto! En las grandes desgracias públicas, no debe buscarse el consejo del único ciudadano que permanece feliz (Sarmiento); para ese, los labios doloridos pueden pronunciar, en cualquier momento, la profunda interrogación de Mirabeau: ‘¿Creéis que porque nada habéis pagado, nada debéis?’”.

Pero Torrent no se redujo a responder al ex presidente. Por ejemplo afirmó que el Gobierno Nacional tenía el derecho de Intervenir en Corrientes, porque en esa provincia se había alterado la forma republicana de gobierno, puesto que habían habido las mayores usurpaciones de los derechos de los ciudadanos; que se había constituido un Colegio Electoral nulo desde su origen y que se había violado completamente el artículo 55 de la Constitución de Corrientes.

Los nacionalistas habían absorbido el látigo de Sarmiento. Fue entonces que hizo uso de la palabra otro ex presidente, Bartolomé Mitre, quien salió en defensa “del pueblo cuyas glorias se habían escupido con pestífera hiel, dando a la prensa la brillante página histórica, titulada: ‘Una provincia guaraní’.

La defensa de Corrientes por parte de Mitre fue un cuadro general, "animado y palpitante de su incansable labor por la libertad de la patria y la organización nacional, desde 1814 hasta 1878; donde la ignorancia y la pasión innoble pretendieron abrir una fosa, la Justicia levantó un monumento de adoración y de venerable respeto, enseñando al país que, en guaraní o en castellano, Corrientes había dado la señal de la resistencia dentro del terreno constitucional, como la dio antes, cuando toda la República maniatada a los pies de los bárbaros caciques y Gobiernos vitalicios, sintió conmovido el poder de sus verdugos al valiente grito de los que murieron en Pago Largo, pagando largo, bien largo, por la libertad de todos, y triunfando, al fin, en Caseros, repitiendo en la lengua de los primitivos habitantes: “Ajerereko kuaha katu”, gobernarse y tenerse bien”.

Mitre continuó:

El pueblo libertador merecía este homenaje. Negar sus glorias, desconocer sus sacrificios generosos, denigrar su nombre para rebajarlo a la categoría de las tribus salvajes; a él, por quien la patria vivió y el nombre de argentino no fue un oprobio, cuando el tirano triunfante, omnipotente, implacable, dominaba hasta los estremecimientos de las conciencias, era renegar de la obra de la civilización y de la libertad, maldecir la memoria sacrosanta de los mártires y vindicar, indirectamente, veinte años de sangre y de ruinas”.

El 11 de Julio de 1878, por la noche, el Senado sancionó, por diecisiete votos contra siete, el proyecto de la Cámara de Diputados; comunicada la ley al Ejecutivo, fue promulgada.

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