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“El país de los Pampines”, al decir de Sarmiento

Retirado el interventor José Inocencio Arias, los liberales tenían prácticamente allanado el camino al poder, pues dominaban en la mayoría de los Departamentos y a estos volvieron los principales jefes para preparar la acción. El mismo día en que el comisioando abandonaba Corrientes, las fuerzas liberales -que estaban listas- avanzaron sobre los suburbios de la Capital.

El nuevo estado de guerra fue públicamente anunciado en los diarios de Buenos Aires y en el Congreso; Derqui necesitaba hacer uso de las armas para sostenerse y también quienes querían derrocarlo; el uno había sido regularmente preparado y, el otro, estaba prevenido desde el desarme.

La sanción del Congreso dio principio a la campaña. La agitación y el apresto bélico se sintieron en todas partes y, al retiro del coronel Arias, un levantamiento más formidable que el de Febrero mostró, por segunda vez, a la República, la inquebrantable voluntad de los correntinos de asesinarse e ir a una guerra civil.

Con excepción de la Capital, en la mayoría de los Departamentos se pronunciaron a favor del movimiento armado. En Goya hubo resistencia autonomista, atrincherándose en la Jefatura Política pero, sitiados estrechamente por fuerzas rebeldes, al mando del doctor Juan Esteban Martínez, se rindieron a las pocas horas. Los coroneles Miguel Soto, Serapio Sánchez y Teodoro Maciel, que acechaban en la campaña, nada pudieron hacer.

La oposición, apoyando el liderazgo invocado por Gregorio María Pampín que, retirado a Lomas, la hace centro de sus actividades subversivas poniéndose a la cabeza de la resistencia, arma las milicias y sitia a la Capital. En ella, el doctor Manuel Derqui acumula sus elementos de defensa; trincheras bien colocadas y cantones estratégicos guardan la zona central, que queda cortada de la campaña.

Simultáneamente con el retiro del coronel Arias, el mismo día, los primeros insurgentes se hacen presentes, atacando los barrios indefensos del suburbio,

Los elementos del gobernador Derqui, en el terreno estrecho de su poder, parecían ser relativamente superiores a los que inmediatamente debían operar sobre él, pero luego se demostró que no era así; disponía de algún armamento, como ser doce piezas de artillería, unos quinientos cuarenta y seis hombres, incluso parte del Guardia Provincial, los gendarmes y los criminales de la Cárcel Pública, puestos en libertad a condición de servir en sus filas; además, el personal y el armamento de la Capitanía del Puerto y los empleados de la Aduana estaban a las órdenes del gobernador.

Otro elemento se agregaba a estos: tres vapores de propiedad de Luis Resoagli, con los cuales dominaba el río y podía, en cualquier momento, introducir refuerzos. Dueño de aquellos medios, no sólo estaba en condiciones relativas de defenderse hasta que sus amigos, desde Buenos Aires, pudieran reforzarlo, sino que podía operar ventajosamente sobre el Departamento de Lomas, residencia de Pampín, para obtener este doble resultado: neutralizar el pronunciamiento y extender el radio de su poder, tanto más, cuanto que Sánchez, Maciel y Soto -con las montoneras que encabezaban- se replegaban sobre la Capital, con el fin de situar a las fuerzas sediciosas entre dos fuegos.

El gobernador permaneció en la Casa de Gobierno. Esta estaba comprendida en la manzana circundada por las calles Tucumán, De la Quintana, San Luis y Avenida Costanera, a contar de la Punta San Sebastián, íntegramente ocupada hoy por el edificio del Colegio Nacional “General José de San Martín”(1).

(1) El 26 de Enero de 1686, el Cabildo de la ciudad resolvió solicitar la cooperación de la Compañía de Jesús para el establecimiento de una Escuela de Primeras Letras y otra de Latinidad, ofreciendo tierras, para el colegio y convento y para formar la renta necesaria a esas instituciones. Llegada la autorización real, se hizo el contrato, el 7 de Junio de 1690, entregando el Cabildo, entre otros inmuebles, el solar de que nos ocupamos. Allí se instalaron: una escuela de primeras letras, la única que tuvo la ciudad entre ese año (1690) y 1767; los almacenes para el depósito de mercaderías del comercio que los jesuitas hacían entre las reducciones de la costa del Paraná, en Misiones, y los puertos de abajo (Santa Fe y Buenos Aires); y la casa de los Padres o colegio, algo así como una residencia de miembros de la Orden, desde la cual renovaban su personal en las doctrinas. Del colegio de Corrientes se atendían las reducciones, que tenían por centro a Candelaria (en Misiones) y las de la zona del Itatín, en el Alto Paraguay. En 1728, los jesuitas establecieron una Capilla provisoria, a la que trasladaron el San Sebastián, cuyo culto se hacía en la ermita vecina y, el 30 de Julio de 1730, colocaron la piedra fundamental de la gran iglesia reglamentaria. Esta fecha estaba consignada en una lámina de plomo, encontrada en 1874, al abrirse los cimientos para el primer edificio del Colegio Nacional, sito en la parte sur del solar, a contar de la calle De la Quintana. Expulsados los jesuitas de todo el Río de la Plata, el local fue administrado por la Junta de Temporalidades, utilizándoselo para una escuela primaria y, como la iglesia no estuviera concluida, el material pétreo acumulado se empleó en la construcción de las casas del Cabildo. // Citado por el doctor Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Corrientes” (1944). Ed. Imprenta del Estado, Corrientes.

Organizada la provincia, el 11 de Junio de 1814 se instalaron, en esos edificios, la Aduana y sus almacenes. En 1824 (tal vez desde 1821), pasó a ser también Casa de Gobierno y, su edificación del lado sur, depósito del parque (armamento) de la provincia, con un retén permanente de guardia(2).

(2) De ese parque arrancaron, en 1838, las unidades veteranas de artillería e infantería, para embarcarse en el puerto de Punta San Sebastián y bajar el río hasta la ciudad de Goya, de la que marcharon al campamento de Abalos, donde se organizó el primer Ejército Libertador que pereció en Pago Largo. Del mismo lugar salieron las unidades regulares del Ejército del Orden que, a las órdenes del gobernador, coronel Santiago Baibiene, triunfaron en los campos de Ñaembé. // Citado por el doctor Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Corrientes” (1944). Ed. Imprenta del Estado, Corrientes.

Organizado el país (1853), la provincia de Corrientes entregó su parque de guerra al Gobierno de la Confederación. Sólo quedó un viejo e inútil cañón de hierro, que se clavó como poste protector del edificio, en la esquina de las calles De la Quintana y Tucumán, y que actualmente está en uno de los patios del Colegio Nacional.

Empleóse esa parte del edificio en dependencias policiales, hasta 1869, en que se destinó al Colegio Nacional recién fundado. Sólo se reedificó la parte sobre la calle De la Quintana, reformándole el resto de la vieja edificación.

En cuanto a la mitad Norte del solar, continuó siendo -desde 1824- Casa de Gobierno de la Provincia, hasta fines de la Administración del doctor Manuel Derqui, en que se edificó el palacio de nuestros días, habilitado por el gobernador, doctor Juan Ramón Vidal (1886-1889).

Cabe agregar que el Cabildo fue la sede de la Legislatura. El edificio estaba situado frente a la plaza 25 de Mayo, sobre la calle Fray José de la Quintana, en el lugar en que hoy se levanta la Jefatura de Policía; ese fue el solar en que fuera edificado el Cabildo de la Ciudad de Corrientes.

No se tienen informes de la arquitectura de su primera edificación(3). El Cabildo, como Institución, fue disuelto el 31 de Diciembre de 1824, sirviendo entonces su Cuerpo de Sala de Recinto de los Congresos y luego Legislatura de la provincia. En las dependencias interiores funcionaba la Cárcel Pública, con su pequeña capilla.

(3) A fines del siglo XVIII y principios del XIX, fue reconstruido con la fisonomía típica, que no desapareció de la memoria popular, usándose al efecto casi todo el material pétreo que los jesuitas habían acumulado, antes de su expulsión, para reconstruir su iglesia reglamentaria. El Cabildo de Corrientes tenía dos pisos, con cinco arcos de hermoso estilo colonial; en el centro levantábase un tercer piso almenado. M. Bernárdez, en su libro “De Buenos Aires al Iguazú” (p. 22), reproduce al Cabildo tal cual estaba en 1900, y en el Museo Histórico de la Provincia existe una foto-pintura del año de su demolición. Efectuóse ésta bajo el Gobierno del doctor José Rafael Gómez. // Citado por el doctor Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Corrientes” (1944). Ed. Imprenta del Estado, Corrientes.

Derqui intentó resistir en la Casa de Gobierno, o en sus proximidades. Mantilla testimonia que "Derqui (se apostó), en la antigua propiedad de Serapio Mantilla", situada en Libertad (Fray José de la Quintana) y San Luis.

Quizás uno de los errores estratégicos del gobernador haya sido no desprender un solo soldado del recinto atrincherado de la ciudad. Allí esperó los sucesos. Si bien era una medida precautoria, contribuyó a ese encierro la atrevida empresa acometida sobre la Capital por la Fuerza montonera sediciosa organizada en Lomas. El ejército insurgente se elevó a diez mil hombres, número que prácticamente les aseguraba la toma de la Capital.

Los Guardias Nacionales de la Capital simpatizantes del movimiento armado, habían sido organizados, reservadamente, en dos Cuerpos de infantería, por el coronel Quijano y los comandantes Basiliano Ramírez y Santiago Zerviño. Para evitar la vigilancia de la Intervención y de los autonomistas, los antiguos Clubes Electorales de Sección fueron reinstalados, con el pretexto de la anunciada nueva elección de gobernador y, en ellos y en algunas casas no sospechosas, se prepararon los guerrilleros, en grupos pequeños, para asegurar el golpe en la Capital.

De ese modo, se regimentaron perfectamente los soldados de la insurgencia, con jefes y oficiales a la cabeza, ocupando cada compañía -mitad o grupo- el punto que le tocaba sostener en el plan de ataque.

Pero, las medidas de represión que Derqui tomó, a su regreso de Buenos Aires, hicieron abandonar el pensamiento de comenzar la lucha en las calles y cuarteles de la Capital, porque, o se pronunciaban inmediatamente los elementos preparados, lo que era inaceptable, o se sacrificaban estérilmente, conservándose inactivos en la población.

En consecuencia, se dio orden de abandonar la ciudad, a cuyo mejor cumplimiento contribuyó Derqui con sus persecuciones, que eran lógicas, ya que se sabía en Casa de Gobierno del inminente ataque.  Así fue que jefes, oficiales y soldados, con excepción del coronel Quijano y el comandante B. Ramírez, que hasta el último instante permanecieron en la ciudad, se pusieron a salvo y en condiciones de ocupar su puesto.

Según hemos dicho ya, el Departamento de Lomas les sirvió, de refugio y, como también se retiraron allí Gregorio Pampín y muchos jefes del Partido, dicho punto se hizo el centro y el lugar de incorporación de las Fuerzas que operarían sobre la ciudad.

Anunciada la sanción del retiro de la Intervención, los emigrados de la ciudad y los sediciosos de Lomas se apoderaron del Cuartel de dicho Departamento, el 10 de Julio de 1878, procediendo luego a ordenarse militarmente.

Formáronse dos Cuerpos de infantería, uno de ellos de los alistados en la Capital y, otro, de caballería, comandados, respectivamente, por los tenientes coroneles Santiago Zerviño, Crisóstomo Leiva y el sargento mayor Jacinto Solís.

El Cuerpo del teniente coronel Zerviño, denominado Batallón 9 de Julio, constaba de ciento cincuenta plazas armadas; de ellos sesenta y dos soldados tenían fusiles de pistón, sin bayoneta la mayor parte, y aún sin baqueta algunos, supliéndose éstas con varillas de tacuaras; seis, cargaban Remington y dos rifles franceses; el del comandante Leiva (casualmente denominado “Coronel Arias”), se componía de setenta hombres, todos armados a Remington y fusiles de pistón; la caballería del mayor Solís tenía lanzas de tijera, y una que otra carabina.

El mismo día 16 de Julio se incorporó el sargento mayor Juan Pío Quintana, con ciento tres lanceros de San Luis del Palmar. Gregorio Pampín ordenó a dichas fuerzas que buscasen su incorporación en la quinta que fue de su finado hermano, Juan Vicente, donde él estaba con un piquete de caballería, de veinticinco hombres, al mando del capitán Carlos Fava, y unos trescientos sesenta y tres hombres, desarmados.

Su objeto fue marchar inmediatamente sobre la Capital. Pampín era un hombre ya mayor, de unos setenta años, de buena fortuna y no tenía aspiraciones personales, pero su presencia subrayaba una de las críticas más punzantes del ex presidente Sarmiento.

Este denominará a la provincia de Corrientes como el “país de los Pampines”, gobernada por liberales; catalogaba a la provincia como una tierra de rebeliones y sediciones sin fin, al punto que llevó a que su pluma ironizara contra las maniobras políticas de los hombres liberales, escribiendo un artículo en el que imaginaba una ley para subsanar aquellos problemas, estableciendo en su artículo primero que:

El Ejecutivo no reconocerá en Corrientes, como legítimo, a ningún Gobierno nacido en zaguanes de casas abandonadas, o en desvanes de teatros(4).

(4) “Obras Completas de Domingo Faustino Sarmiento”(2001), tomo XXXII, p. 166, (54 volúmenes). Ed. Universidad Nacional de La Matanza, provincia de Buenos Aires.

El 16 de Julio de 1878 comentaba, en un artículo del diario “La Nación”, las convulsiones políticas de Corrientes, vaticinando que la provincia

continuará siendo como hasta aquí, la propiedad exclusiva de los Pampín, Reguera y Azcona, hasta que Reguera, Azcona y Pampín tengan sucesión, y los jóvenes Azcona, Pampín y Reguera los reemplacen en la tarea del patriotismo tacuarino(5).

(5) “Obras Completas de Domingo Faustino Sarmiento”(2001), tomo XXXII, p. 153, (54 volúmenes). Ed. Universidad Nacional de La Matanza, provincia de Buenos Aires.

Uno de los cuestionamientos más firmes de Sarmiento fue la no alternancia del poder político, condición indispensable de los Gobiernos republicanos. En este sentido, referenciaba a integrantes de la familia Pampín, desde José Manuel Pampín (16to. gobernador constitucional propietario), a quien denominó “el eterno gobernador, el conspirador eterno, porque ciertas provincias tienen sus inmortales(6), acusándolo de ser un hábil manipulador para ocupar cargos públicos, y quien había participado en el derrocamiento del doctor José María Rolón; hasta verificando la participación de quien fuera electo vicegobernador -Juan Vicente Pampín- que no asumirá, en tiempos de Evaristo López; o liderando este mismo uno de los sectores en pugna en las elecciones que llevarán a la gobernación a José Miguel Guastavino, enfrentado luego a Santiago Baibiene, en 1872; o el mismo Gregorio María Pampín, participando en el derrocamiento de Agustín Pedro Justo; o rompiendo el “fusionismo” durante la gobernación de José Luis Madariaga; o participando,como lo estaba haciendo ahora en la insurrección contra el gobernador Manuel Derqui, en 1878; etc., etc.

(6) “Obras Completas de Domingo Faustino Sarmiento”(2001), tomo XXXII, p. 149, (54 volúmenes). Ed. Universidad Nacional de La Matanza, provincia de Buenos Aires. El doctor Manuel Florencio Mantilla estaba estrechamente ligado a la familia Pampín. Se había casado, el 11 de Junio de 1879, con María Rosalía Pampín, hija de Juan Vicente Pampín y María Rosalía Lagraña. Pero había otros vínculos familiares. Por ejemplo la prima del historiador, María Mantilla, era la esposa del ex gobernador Juan Vicente Pampín.

José María Pampín fue quien encarnó la idea de la insurgencia. Al rayar el alba del 17 de Julio, se abrió marcha sobre la Capital, yendo a vanguardia de la columna, denominada 9 de Julio. El movimiento fue pausado, para dar tiempo a la incorporación de los grupos guerrilleros que partieron de diferentes puntos y por un fuerte aguacero que cayó a las ocho de la mañana.

A distancia de poco más de dos kilómetros de la ciudad, se desprendió en exploración el piquete del capitán Fava y, sin dificultad alguna, pudo reconocer los suburbios y penetrar en algunas calles, viendo huir, hacia el centro, vigilantes montados que recorrían las afueras.

La columna llegó a las 11 a. m., sin disparar un tiro, al puente del terraplén del Este, llamado del Picito, instalando allí su Cuartel. Al sur de la ciudad, en el terraplén que va al Riachuelo y en otros puntos, estaban ya guardias de la sedición.

El coronel Quijano y el comandante Ramírez, que permanecieron en la Capital hasta la madrugada de ese día, tenían la orden de hostilizar a las fuerzas autonomistas si intentasen alguna operación sobre Lomas, a cuyo objeto mantuvieron ocultos -en los montes de la Limita y los bañados del Paraná- cincuenta hombres escogidos, los que fueron aumentados, el 16 por la noche, con treinta infantes de Empedrado, al mando del sargento mayor Teodoro Ayala, y con un número igual de caballería desmontada, traída del mismo punto, por el comandante Aurelio Díaz.

Cuando Quijano y Ramírez salieron a desempeñar su comisión, tuvieron ya más de cien hombres regularmente armados. Lo primero que hicieron fue retirar todo el ganado existente en los corrales de abasto, y cuánto animal útil había, en las afueras, ocupando, enseguida, posiciones convenientes, en las que esperaron la mañana entera.

Tal fue el plantel del sitio de la Capital. Desde la torre del Cabildo, el gobernador y sus comandantes más cercanos, miraban la aproximación de las fuerzas insurgentes, y ni una guerrilla salió a tirotearlas. Los sediciosos temieron comprometer la empresa en un ataque inmediato, aunque ese mismo día -quizás- hubiera sido ocupada la ciudad.

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