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Corrientes, más allá de la civilización

Con el retiro del coronel José Inocencio Arias, el mismo día, los primeros rebeldes se hacen presentes, atacando los barrios indefensos del suburbio, y el 18 de Julio de 1878, el siguiente, desembarca en La Aldana parte del Batallón Goya a las órdenes del coronel Plácido Martínez. La tarde anterior, esta fuerza se había apoderado de Bella Vista, siendo evidente -por las fechas y distancias- que el movimiento sedicioso habíase iniciado con la presencia de la Intervención en la provincia.

Simultáneamente, llegaban fuerzas de Empedrado, San Cosme y Saladas; colocadas todas bajo las órdenes de Martínez; un avance general dio a los liberales la mitad de la Capital, prolongándose, en dolorosos días, el sitio.

- El inicio del asalto final de la ciudad

Varios liberales penetraron sin ser sentidos hasta la plaza de San Juan Bautista (hoy, Plaza Juan Bautista Cabral)(1) centro de la población, tomando allí prisionero al negociador oficial José Bosano, que volvía a su casa, de observar la columna insurgente desde el Cabildo.

(1) La plaza careció de monumento hasta 1887, en cuyo mes de Mayo, el entonces Senador Nacional por Corrientes, doctor Manuel Derqui, obtuvo del Gobierno Nacional la donación, al de la provincia, de la estatua del sargento Juan Bautista Cabral, el héroe de San Lorenzo, hijo de la ciudad correntina de Saladas. Esta estatua había sido fundida en el entonces Parque de Artillería de Buenos Aires, con el bronce de los cañones españoles tomados en las grandes batallas de la Independencia. El P. E. (Acuerdo del 28 de Junio y Ley del 3 de Agosto de 1887) construyó el basamento y dispuso la erección de la estatua en esta plaza, la que fue inaugurada el 9 de Julio de 1887, en solemne acto público, usando de la palabra el ministro, doctor Juan Balestra. Era gobernador de la provincia, el doctor Juan Ramón Vidal. // Citado por el doctor Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Corrientes”(1944).Ed. Imprenta del Estado, Corrientes.

La ciudad de Corrientes está circunvalada por el río Paraná y una zanja de desagüe que, partiendo del arroyo Limita -que cae en aquél al sur- termina en los Manantiales, al Este, también tributario del Paraná. Dentro de dicho círculo de río y zanja, se estiende una población irregular de veintitrés cuadras de extensión, de E. a O., y quince de N. a S., cruzada de S. a O. por el arroyo Salamanca y, al E. por el Poncho Verde(2).

(2) El contenido del presente capítulo es, en gran parte, una reproducción de la obra del doctor Manuel Florencio Mantilla, “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. El material fue siendo tachonado por citas de lugares, nombres de calles, etcétera, con el fin de dar al lector mayor certeza de los lugares donde se producían los enfrentamientos armados.

En el extremo E., sobre el Paraná, y afuera ya de la población, estaba el Cuartel de La Batería, residencia ordinaria de la tropa de guarnición, el cual se unía a la ciudad por un puente de material construido sobre el desagüe de los arroyos Poncho Verde y Manantiales.

Las calles de la ciudad son rectas y la edificación poco compacta; existían entonces muchos huecos, cercos de palo y casas derruidas, que daban entrada al interior de las manzanas. La ciudad está unida a la campaña por dos caminos terraplenados, abiertos a través de un pantano que la rodea por el E. y el S., cuyas aguas son arrojadas al Paraná por una zanja de desagüe; dichos caminos arrancan del E. y O., como prolongación de las calles Ayacucho y Santa Fe, y se unen al camino real de Lomas y al camino nuevo, que va al Paso Lagraña, en el Riachuelo.

- Estado de defensa de la ciudad

Desde el momento que el coronel José Inocencio Arias declaró terminada la Intervención, el gobernador Derqui ordenó que se pusiera la ciudad en estado de defensa. A ese objeto se abrieron zanjas en las calles, se levantaron barricadas y se ocuparon para cantones los edificios públicos y particulares más elevados; una comisión, compuesta del coronel José M. Avalos, santafesino; el agrimensor Narciso Chapo; el carpintero Pelegrín Lotero; el Jefe de Policía, Nicanor Pujol; y el ministro Desiderio Rosas, fue encargada de la ejecución del plan de defensa, proyectado en Buenos Aires.

Las zanjas eran de pared a pared, de metro y medio de ancho y otro tanto de profundidad, con palizada de madera dura o pipas llenas de tierra sobre el borde exterior; en algunas había artillería; se abrieron en las bocacalles y en medio de las cuadras del centro.

Los cantones ocuparon un radio mayor, pero no toda la población. De las trescientas cuarenta y cinco manzanas que tiene la ciudad, sólo sesenta contenían las defensas, en número de veintiséis cantones y treinta trincheras; de modo que, siendo de empresa el enemigo, también le quedaban posiciones que tomar en ella.

Había zanjas con palizadas y pipas, en los siguientes puntos:

* O. a E.:

- Calle Sudamérica(*) (hoy Plácido Martínez), una, en la esquina de Salta(*).
- Libertad(*) (hoy, Fray José de la Quintana), dos, entre Buenos Aires(*) y Tucumán(*), y San Luis(*) y Tacurú(3).

(3) Calle N.-S., que figura en la nomenclatura del 30 de Enero de 1864 como la última del damero urbano. Vendría a corresponder a la actual calle Entre Ríos, así denominada desde la Ordenanza del 16 de Abril de 1902. En los más viejos títulos de propiedad llámase a esta calle Tacurú, que es la del barrio al que conducía.

- 25 de Mayo(*), cinco, en las esquinas de San Luis, Tucumán, Salta, La Rioja(*), y entre Tucumán y Buenos Aires.
- Independencia(*), (hoy Carlos Pellegrini) tres, dos en la intersección de Salta y, una, entre Mendoza(*) y Córdoba(*).
- Junín(*), una, en la esquina de Catamarca(*).

* N. a S.:

- San Luis, una, en la esquina de Libertad.
- Buenos Aires, una, entre 25 de Mayo e Independencia.
- Salta, una, en la esquina de 9 de Julio(*).
- La Rioja, cuatro, en las esquinas de Libertad, 25 de Mayo y Junín.
- San Juan(*), una, en la esquina de Junín.
- Mendoza, una, entre Junín y Ayacucho(*).
- Córdoba, una, entre Junín y Ayacucho.
- Catamarca, una, en la esquina de Junín.

* Otras había con artillería:
- en la calle Tucumán, esquina Libertad.
- Buenos Aires esquina Independencia.
- Sudamérica esquina Salta.
- Salta, esquina Independencia.
- 25 de Mayo esquina La Rioja.
- La Rioja, esquina Junín.
- Catamarca esquina Junín.

* Los cantones, excluyendo la Policía, la casa de Pampín -ocupada por el Estado Mayor- y edificios ocupados y abandonados alternativamente, estaban distribuidos del modo siguiente:

- Constitución(*), Casa de Gobierno.
- el doctor Manuel Derqui, Libertad y San Luis, en la antigua propiedad de Serapio Mantilla.
- Lagos García, Capitanía del Puerto, Sudamérica entre Mendoza y San Juan.
- “Rivadavia”, cancha de pelota, Libertad esquina Mendoza.
- “General San Martín”, casa de Pedro Ruda, 25 de Mayo esquina Córdoba.
- “General Paz”, casa de las Quiroga (a) Mellizas, 25 de Mayo esquina Santa Fe(*).
- “General Sarmiento”, imprenta del periódico “La Verdad”, Independencia esquina Mendoza.
- “Irigoyen”, imprenta del periódico “La Libertad”, San Juan entre 25 de Mayo y Libertad.
- “Velarde”, casa de T. Vedoya, 9 de Julio esquina Catamarca.
- Cabildo
- Gelabert, Banco Nacional, La Rioja y Libertad.
- “Avellaneda”, casa del doctor Mantilla, Salta y Sudamérica.
- “General Roca”, casa de S. Martínez, Junín y Catamarca
- “Fuerte Sebastopol”, casa de Blanchart, Junín y Córdoba
- “Mayor Garrido”, casa de B. Gallino, Junín entre Mendoza y Córdoba.
- “Wilde”, casa del Dr. Pujato, San Juan esquina Junín.
- “25 de Mayo”, casa de Lagraña, Independencia y Salta.
- “16 de Noviembre”, casa de E. Pacheco, La Rioja esquina 9 de Julio.
- “26 de Diciembre”, casa de Boudet, Sudamérica esquina Entre Ríos(*).
- “Adolfo Alsina”, casa de la señora de Pujol, 9 de Julio esquina Córdoba
- “9 de Enero”, casa de Armand, Plaza del Mercado(4)
- “Dr. De la Plaza”, casa de Lagraña, La Rioja y Junín.
- “General Lavalle”, casa de Zamora, Independencia y Buenos Aires.
- “Dr. Alberdi), casa de N. Santos, Independencia entre San Luis y Tucumán.

(4) Hasta 1880, el lugar que ocupaba el Mercado Municipal en calle Junín, fue una plaza llamada “Del Mercado”, con puestos precarios. Años después, en 1885, se construirá allí el edificio del Mercado, con dos pequeños playones de estacionamiento arbolados, que luego se remodela y habilita con cámaras frigoríficas, en 1927. El edificio que albergaba este Mercado fue demolido en 2001 y en 2004 se inauguró, en dicho espacio, la plaza “Juan de Vera de las Siete Corrientes”.

* Cantones sin nombre:

- Iglesia de San Francisco,
- casa de la señora Pujol de Fernández,
- calle 9 de Julio, y
- casa de Francisco Solari.

(*) Con asteriscos, los nombres de las calles atribuidos por la nomenclatura de 1851. Por otra parte, entre comillas, se han escrito los nombres con los que fueron bautizados los cantones.

El Comando en Jefe de la plaza estaba a cargo del coronel José M. Avalos, santafesino, siendo Jefe del Estado Mayor, Agenor Pacheco, porteño, ex secretario del “Chacho” Peñaloza, y comandante de la artillería un oficial de apellido Vivaneo, porteño. Así esperó Derqui a sus enemigos.

- Primeros combates. Sitio de la ciudad

Los sediciosos iniciaron las hostilidades. El comandante Zerviño desprendió dos guerrillas de su Cuerpo, una a su frente, sobre la plaza San Juan Bautista, a cargo del teniente Eustaquio González y, otra, a cargo del mayor Antonio Lotero, en observación del Cuartel de La Batería; una tercera, sobre la Plaza de la Cruz, fue mandada por el coronel Quijano, sirviéndole de protección el piquete de caballería del capitán Fava.

El mayor Lotero, situado en la quinta de José Roibón, frente a La Batería, tuvo que sostener un fuerte tiroteo con una compañía del Guardia Provincial, que salió del Cuartel para desalojarlo, y se habría comprometido tal vez en un combate desigual, si el comandante Leiva no lo hubiese protegido a tiempo con su Cuerpo y arrollado a los autonomistas hasta las inmediaciones del Cuartel.

La guerrilla de la Plaza de la Cruz se batió con mayor número de vigilantes -y algunos de caballería- a los que hizo retroceder, y ocupó la iglesia situada en dicha plaza, posición importantísima. De esa manera, la ventaja se pronunció desde los primeros combates a favor de la insurgencia.

Por la noche, no ocurrió novedad; únicamente llegaron de San Cosme cincuenta y dos infantes y cincuenta de caballería, al mando de los sargento mayor Benjamín Alcaraz y Nicolás Gallardo.

La ciudad estaba sitiada. Circulada de fuerzas por el Este, Sur y Oeste, quedábale sólo al gobernador Derqui la comunicación fluvial; ni alimento ni refuerzo de tropa podía recibir por tierra.

A los sitiadores les faltaba, sin embargo, una cabeza militar superior, que ordenase y dirigiese las operaciones de guerra pues, no obstante ser escrupulosamente acatada la autoridad de Gregorio Pampín, éste no era soldado y, de los jefes existentes, por modestia o por no suscitar celos, ninguno se animó asumir provisoriamente el Comando en Jefe. De ahí la debilidad de acción durante el 18 de Julio.

- El coronel Plácido Martínez

El hombre destinado a dar nervio y unidad militar no había llegado aún por falta material de tiempo: el coronel Plácido Martínez. Este era un soldado inteligente y bravo, abnegado, noble y generoso vencedor, virtuoso y probo como un republicano antiguo, sin ambiciones personales, sin odios ni rencores; su vida simbolizaba el sacrificio y la gloria.

Desde que el invasor paraguayo ultrajó el honor nacional, sirvió al país y la ilustró con hechos heroicos, distinguiéndose en los sangrientos combates de las Lagunas del Chaco, que constituyen una de las bellas páginas de la historia militar de la República.

Durante la rebelión de Entre Ríos, sostuvo la autoridad del presidente Sarmiento, al mando del Batallón Goya, siendo el alma de la defensa del Paraná, y fue el que comprometió y decidió la batalla de Ñaembe, “tumba de la rebelión”.

Su prestigio en Corrientes era grande, porque tenía un alma pura, una reputación intachable, un patriotismo a prueba y un desinterés admirable, conjunto de cualidades que encarnaba en su persona el carácter y los sentimientos del pueblo correntino. Descollaba sobre todos, a pesar de su modestia(5).

(5) Por este movimiento armado, Martínez, de 35 años, será ascendido a Coronel por quien será electo gobernador, el liberal Felipe José Cabral, que también lo nombró Inspector del Ejército Provincial. Reorganizará las milicias provinciales, preparándolas para las guerras civiles que, pensaba, todavía tendrían que lucharse en Corrientes. Murió en Diciembre de 1879, en Corrientes y, por un tiempo, se creyó que había sido envenenado. Su fama de valiente sin límites lo había hecho un mito en vida, y su funeral fue legendario: por muchas décadas, no se volvió a reunir tanta gente en un acto en la ciudad de Corrientes.

Gregorio Pampín lo nombró -con anticipación- jefe de las tropas que operarían sobre la Capital pero, como antes del retiro de la Intervención no hubo pretexto que disculpase su venida de Goya, con todo o parte del batallón de ese nombre, no pudo estar en el sitio desde el primer día.

Para abreviar su transporte, se fletó el vapor “Delia”, de propiedad de los Meabe y, con una disculpa conveniente, fue despachado en su espera al puerto de Bella Vista. Ocupado este pueblo el 17 de Julio, el coronel Martínez se embarcó con noventa y nueve infantes y partió hacia la Capital.

El 18, a las 11 p. m., fondeó el “Delia” en el puerto La Aldana, al E. de la ciudad, como a unos cinco kilómetros de distancia. Los autonomistas tuvieron la intención de evitar el desembarque y, a ese objeto, desprendieron fuerzas de La Batería y mandaron en persecución del “Delia” el vapor “Primer Correntino”, con tropa pero, en previsión de eso mismo, el comandante Leiva, con el Arias y treinta hombres del 9 de Julio, al mando del mayor Gabriel Ibarra, fue destinado por los sitiadores a proteger el desembarque, y la operación se efectuó previo retiro del enemigo, enérgicamente rechazado por el comandante Leiva.

Ya porque fracasó el movimiento de los de tierra o por recelo, el “Primer Correntino” no apareció en el momento necesario; sólo dos horas después del desembarque, cuando el “Delia” parecía abandonado, se aproximó con intento de apoderarse de él; dos descargas de una guardia que tripulaba el “Delia”, lo hicieron retirar. El coronel Martínez se incorporó, pues, con un refuerzo de soldados, sin haber sufrido contraste alguno.

- Medidas previas a las operaciones

Las operaciones del sitio debían desarrollarse con rigor. Para ello era preciso despejar completamente de enemigos los Departamentos cercanos en que los coroneles Serapio Sánchez y Teodoro Maciel tenían montoneras, y proveerse de mayores elementos militares. Las montoneras molestaban; las municiones escaseaban; las armas eran pocas; los Cuerpos existentes necesitaban una organización mejor; los contingentes que llegaban debían ser distribuidos; era de suma precisión una Compañía de zapadores y otra de artilleros; los sediciosos teníanque pensar en disputar a Derqui la libre navegación del río; hacía falta un taller de compostura de armas y de fabricación de cartuchos; en una palabra: para formalizar el sitio de la plaza y rendirla por la fuerza, urgía atender previamente muchas necesidades de que se prescindió por falta de tiempo y por estrechar al Gobierno. El coronel Martínez se impuso detalladamente de todo, revisando en persona el material de guerra, recorriendo los Cuerpos y estudiando cuánto interesaba a las operaciones.

El 19 de Julio, que fue de copiosa lluvia, lo dedicó a esto. Una vez orientado, convocó a los jefes a una Junta de Guerra, para tratar del plan de operaciones y de los medios de llevarlo a afecto. Las resoluciones de la Junta fueron sometidas a la aprobación de los jefes, los que la aceptaron.

En consecuencia, la División sitiadora quedó organizada en cuatro batallones de infantería -el Goya, 3 de Febrero, 9 de Julio, Coronel Arias-, una compañía de zapadores, otra de artilleros, otra de Marina, un escuadrón de caballería desmontada y dos regimientos de caballería; el teniente coronel Basiliano Ramírez, fue nombrado Jefe del Estado Mayor.

Los batallones estaban mandados por el sargento mayor Fermín Gutiérrez, coronel Pedro P. Quijano, teniente coronel Santiago Zerviño, teniente coronel Crisóstomo Leiva; los zapadores, por el sargento mayor de ingenieros, Jorge Fitzmaurice; los artilleros, por el capitán Félix Tami; la compañía de Marina, por el sargento mayor Federico Roibón; la caballería montada por el teniente coronel Aurelio Díaz; y los regimientos de caballería, por los sargento mayor Nicolás Gallardo y Jacinto Solís.

Creóse un taller de composturas de armas, fabricación de cartuchos y demás construcciones necesarias, a cargo de Domingo Costa y Lino Balcasa; se fijó valor de las armas de fuego, pólvora, plomo, etc., haciendo obligatoria la venta de ellos en toda la provincia; se resolvió tomar en arriendo el vapor “Guaraní” para que, con el “Delia”, dominasen el río o, por lo menos, redujesen alas Fuerzas gubernistas a sólo el puerto. La destrucción de la montonera fue encomendada al coronel Manuel de Jesús Calvo, nombrado Jefe Superior de las Fuerzas de Saladas, Empedrado, San Luis del Palmar, San Cosme e Itatí.

- Los sitiadores estrechan su línea y establecen cantones

La línea sitiadora corría a la sazón por los suburbios de la ciudad, partiendo de la quinta de Gehán, frente a La Batería, hasta la que fue curtiembre de Dagorret. El coronel Martínez resolvió estrecharla, antes que el enemigo avanzase posiciones sobre ella, a fin de ocupar edificios convenientes para acantonar la tropa, en los cuales pudiera sostenerse el tiempo invertido en la preparación de los elementos indispensables para la ofensiva.

Los principales núcleos de fuerza estaban en el arranque del terraplén del sur, en el Picito y en la quinta de Gehán. El plan consistió sencillamente en distraer al enemigo de La Batería, el más poderoso, con un ataque del Coronel Arias, mientras los otros Cuerpos operasen sobre el Este y Sur.

El comandante Zerviño despachó del Picito dos guerrillas, una a cargo del capitán Dante, por la calle Junín, y otra al mando del teniente Vicente Gómez, por la de Ayacucho, marchando él, con el resto del Cuerpo, en protección de ellas, por la última calle.

El coronel Quijano desprendió, igualmente, una guerrilla por la calle Santa Fe y, otra, por la Belgrano, sobre las plazas San Juan Bautista y La Cruz, siendo protegida, la primera, por el 3 de Febrero y, la segunda, por una compañía del Goya; el resto de este Cuerpo fue reservado para lanzarlo donde el combate lo exigiese.

La caballería desmontada, del comandante Díaz, ocupaba la iglesia y el cementerio de La Cruz. El enemigo, ya prevenido, coronaba sus cantones dominantes de la plaza San Juan Bautista, y tenía guerillas en ésta.

- Fuego de cantones

Desde que los Cuerpos se movieron, principalmente al Este, tuvieron que sufrir y contestar un vivísimo fuego de fusil y artillería, sin dejar por eso de avanzar. Un enemigo como aquél, inmóvil en sus cantones y cuyas guerrillas se replegaron inmediatamente, no podía detener a los animosos rebeldes; podía conservar sus posiciones, pero no impedir la ocupación de las que estaban fuera de su planta.

Cuando el capitán Dante hubo avanzado mucho, penetró en la manzana del Este de la plaza, por la casa de Teodoro Rojas. y se posesionó de los edificios de parapeto de Mayorquín y Portalea -sobre la plaza- continuando, desde allí, el fuego, resguardado ya.

Mientras tanto, el comandante Zerviño ocupó la casa de Bosano, sobre la plaza también, y el 3 de Febrero, la Iglesia Matriz, contra las protestas del delegado eclesiástico Camilo Meza.

Esta ubicada frente a la actual plaza 25 de Mayo -la antigua Plaza Mayor de la ciudad-; en la esquina de las calles Salta y 25 de Mayo elevóse, en la segunda mitad del siglo XVIII, la Iglesia Matriz de la jurisdicción correntina, dependiente del Obispado de Buenos Aires(6).

(6) Antes también había sido emplazamiento de la Iglesia Mayor, levantada en la década que sigue a la Fundación y, en cuyo recinto, durante todo el siglo XVII, se efectuaban las grandes ceremonias del culto. Desde la ruina de la capilla de San Juan Bautista, sirvió de refugio a la Imagen del Patrono. La reedificación del siglo XVIII le dio amplitud. Formábase de una nave, de fuertes paredes, con torre edificada en el extremo noroeste, separada del cuerpo de la iglesia propiamente dicha. La amplia sombra que esa torre proyectaba a todas horas, era lugar de congregación del vecindario. Estaba atendida por presbíteros. Fue la Iglesia del clero criollo y, luego, del argentino, donde oficiaron sacerdotes eminentes como los Cabral, Goitía, Rolón, etc., y cuyos restos mortales recibieron sepultura dentro de sus muros. Autorizado por ley del 30 de Junio de 1832, el P. E. reconstruyó la Iglesia Matriz, a cuya obra se afectó el ramo de diezmos pero, veinte años después, cuando se hizo necesaria su reparación y el país, ya constituido, exigía una Iglesia Catedral, para su futura diócesis, el gobernador, doctor Juan Gregorio Pujol, decretó fuese erigida donde actualmente se encuentra, sobre la plaza que se denominó “San Juan Bautista”. Afectóse a la obra, la venta de las temporalidades (15 de Noviembre de 1856). Concluida la actual Iglesia Catedral, el P. E. utilizó el solar de su antiguo emplazamiento para edificar (ampliándolo), la actual Casa de Gobierno. // Citado por el doctor Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Corrientes”(1944).Ed. Imprenta del Estado, Corrientes.

El coronel Martínez y el comandante Ramírez acompañaban al 3 de Febrero. Acantonados los sitiadores en excelentes posiciones, siguieron el fuego hasta oscurecer. La Fuerza que operó en el sur no encontró dificultad; ni un soldado salió a disputarle el paso, limitándose los autonomistas a hostilizarla desde los cantones situados en inmediaciones de la plaza 25 de Mayo; ocupó, en consecuencia, las casas de Luis Ñeco, barraca de Resoagli, las casas de Angel Bañarra y Pascual Bertiroti, a más de la Iglesia de la Cruz y, en ellas, se acantonó.

El comandante Leiva desempeñó bizarramente su comisión, batiéndose sin tregua por espacio de dos horas. La operación resultó tan feliz cuanto era de importante. Ella dio a los sitiadores cuatro avanzados cantones sobre el enemigo, dos de ellos que dominaban la ciudad, además de otros menos importantes, pero que estrechaban el radio del poder del Gobierno; la línea penetraba ya en el corazón de la población y no había cómo romperla.

Para su defensa, fue dividida en cuatro Secciones: la primera, a cargo del comandante Leiva, partía de la quinta de Morgan hasta la esquina de las calles 25 de Mayo y Santiago del Estero; la segunda, mandada por el comandante Zerviño, desde este punto hasta la intersección de las calles de Ayacucho y Santa Fe; la tercera, al mando del coronel Quijano, corría desde la Iglesia Matriz hasta la de La Cruz; y, la última, confiada al comandante Díaz, desde La Cruz hasta la desembocadura del arroyo Salamanca.

La Comandancia en Jefe, Estado Mayor y el batallón Goya, se instalaron en la casa de Bosano; Gregorio Pampín, con su escolta, en la quinta de Manuel Fernández, situada en el arranque del terraplén del sur; el parque y taller, en el Picito; y el Hospital de Sangre, en la quinta de Avalos.

Como se ha dicho, los sitiadores tenían que llevar la ofensiva, conquistando a sangre y fuego calle por calle, cantón por cantón, y para esto eran insuficientes sus armas, mucho más sus municiones y aún escasa la tropa de la extensa línea.

La falta de municiones, de Remington, se suplía rellenando las cápsulas usadas por un procedimiento tardío, y los cartuchos fabricados para los fusiles de pistón, no daban abasto; los principales puntos de la línea tenían mitades o compañías acantonadas, pero el resto se cubría con grupitos de tres o cuatro soldados, ocultos en el interior de las manzanas o en los huecos de las calles; la artillería se reducía a un cañón de a cuatro, sin cureña, sin municiones, que debía ser arreglado y dotado para operar; el parque disponía de poca pólvora y poco plomo; los artilleros, marinos y zapadores, debían que ser adiestrados.

Por consiguiente, sin proveerse de lo necesario, no era posible llevar adelante las operaciones. Estas se redujeron, por eso, en los días 21, 22, 23 y 24 de Julio, a fuego de cantón a cantón, guerra fría, sin esa emoción entusiasta que desarrolla el campo de batalla, especie de olvido de la muerte producido por la embriaguez de la pólvora y los acordes marciales de la música militar; guerra ingrata, que exige buen temple, verdadera caza de hombres.

Desde la diana hasta las siete u ocho p. m., las armas no cesaban de operar; de parte a parte, los soldados espiaban la aparición de un bulto humano y, no bien lo divisaban, una bala lo postraba en tierra.

Muchos sucumbieron así, entre ellos, de los sitiadores, el capitán José Luis Mohando, Ayudante del Comandante en Jefe, en momentos que recibía una orden. El capitán Mohando era todavía un niño: tenía 19 años; pertenecía a una familia de Goya y había hecho con brillo la campaña rebelde de Febrero; acompañó al coronel Juan Esteban Martínez desde que las persecuciones en tiempos del ex José Luis Madariaga le obligaron a vivir en los montes.

- El comandante Leiva

El único Cuerpo que, por su posición, interrumpió varias ocasiones aquel tiroteo monótono y frío, fue el “Coronel Arias”, batiéndose con guerrillas desprendidas sobre el del Cuartel de La Batería, defendido por el Guardia Provincial. El comandante Leiva, jefe del Cuerpo, quiso un día escarmentar al enemigo.

Molestado, como de costumbre, por guerrillas sostenidas por parapetado, en el paredón del Cuartel y los cantones de Boudet y las Quiroga -que dominaban la Plazoleta de la Batería- las cargó con tanto denuedo y valentía que llegó hasta unos cincuenta metros del Cuartel, cuyo portón no atinaron a cerrar los autonomistas derrotados y allí se mantuvo bajo un fuego espantoso, esperando protección del Goya, situado para protegerlo en el bajo que da frente a la quinta de Morgan, pero tuvo que retirarse, dejando en el campo dos oficiales y varios soldados muertos, porque no fue secundado.

El Cuartel habría sido tomado, si el Goya hubiese entrado en fuego. Sin embargo, el ataque desmoralizó a los gubernistas, a punto de no hacer más salidas.

- El coronel Calvo destruye las motoneras de Serapio Sánchez y Teodoro Maciel

En dos días destruyó, el coronel Juan de Jesús Calvo, las montoneras de Sánchez y Maciel. Dicho jefe había marchado de Empedrado con las fuerzas de la localidad y las de Saladas, en dirección a la Capital, cumpliendo órdenes de Gregorio Pampín y, cuando fue destinado a operar sobre Maciel y Sánchez, dirigióse en busca de ellos el 19 de Julio, levantando su Campamento de Riachuelo.

El coronel Teodoro Maciel estaba en inmediaciones de San Luis del Palmar, y el coronel Serapio Sánchez en Santa Ana. El primero sintió el movimiento del coronel Juan de Jesús Calvo, próximo ya a caerle encima, y abandonó precipitadamente su campo, dejando caballos a soga y monturas, y se incorporó a Sánchez, perseguido de cerca por los avanzados liberales.

Suponiendo el jefe rebelde que los autonomistas se harían fuertes en el pueblo de Santa Ana, desprendió a su derecha al comandante Cirilo Romero con los saladeños, a fin de atacarlos por dos costados pero, el enemigo, alarmado sin duda con la huida de Maciel, evacuó el pueblo a su aproximación.

Allí fraccionó Calvo sus fuerzas en tres columnas, para la persecución: una, al mando del comandante Romero; otra, a las órdenes del coronel Luis B. Azula; y la tercera, al suyo. Las tres siguieron al alcance de los autonomistas por distintos puntos pero, en un mismo rumbo -la laguna Totora- que fue la dirección tomada por aquéllos.

A las dos horas de marcha, el coronel Azula dio con ellos, formados para el combate, y los cargó con ímpetu, deshaciendo su línea. No obstante el desorden, los autonomistas siguieron peleando con decisión, hasta que el comandante Romero les cayó por el flanco izquierdo, entonces, ya no tuvieron otro recurso que darse a la fuga en todas direcciones.

El núcleo principal de los derrotados, donde iba Sánchez, fue perseguido hasta el Paso Ramada(7). Siete muertos, trece heridos y cincuenta y seis prisioneros, entre ellos el Jefe Militar de Itatí, ex elector de Derqui, Segundo Ramírez, fueron la pérdidas de los autonomistas; el coronel Juan de Jesús Calvo tuvo seis bajas.

(7) Es un topónimo híbrido, con los dos términos castellanos, pero se construye como si fuera guaraní: Ramada Paso (Paso de la Ramada); palabras castellanas y sintaxis guaraní. El 26 de Septiembre de 1985 el Honorable Senado y la Cámara de Diputados de la provincia sancionan la ley 4040, de creación del Municipio de Ramada Paso. El distrito de Ramada Paso estaba situado en la Segunda Sección del Departamento Itatí pero, específicamente se refiere a la parte central sobre la Cañada Ipucú. Ramada Paso viene a ser el antiguo “paso” del Ipucú, único lugar por el cual la cañada podía ser atravesada, pues obras diversas han ido cambiando la topografía de la región. Antiguamente el lugar se llamó Curupicaity, por la abundancia de árboles de kurupikay, que es su característica. La actual denominación data de 1865, de cuando fueron aprovechadas sus condiciones topográficas para refugio de los ataques paraguayos. // Citado por el profesor José Miguel Irigoyen. “Toponimia Guaraní de Corrientes” (1994). Editado por el Instituto de Antropología “Juan B. Ambrosetti” de la Universidad de Concepción del Uruguay.

Sánchez tomó rumbo a Yryvukua -estancia de Vedoya- y pasó a la costa paraguaya; Maciel volvió a San Luis del Palmar. El coronel Calvo siguió al alcance de éste, pasando en Ka’avy saka, pero suspendió sus operaciones con la noticia de la ocupación de la Capital y la internación de Maciel, casi solo, en los malezales de Las Maloyas.

- Combate naval de Ita’y

Al triunfo rebelde, del coronel Calvo, agregó otro naval el sargento mayor Federico Roibón. El Comandante en Jefe de las fuerzas rebeldes le ordenó zarpar con el “Delia”, a situarse frente a la Isla del Cerrito, con el objeto de ajustar con el capitán del vapor “Guaraní”, que bajaría del Paraguay, el arriendo del buque, e impedir el regreso, al puerto de la Capital, del vapor “Teresa”, mandado por el gobernador Derqui con una compañía del Provincial, en busca de tropas de Caá Catí e Ituzaingó.

Para esa operación, la guarnición del “Delia”, al mando del capitán Andrés Gravre, fue reforzada con ocho voluntarios de Paso de la Patria, seis soldados del Goya, y el capitán Tami, con la piecita de artillería, ya montada, y seis artilleros. El armamento consistía en veintiocho fusiles, mitad Remington y mitad fulminantes, con buena dotación de tiros; el mayor Roibón pidió más, pero tuvo que callarse, ante esta contestación del coronel Juan Esteban Martínez:

No hay más armas y, si el ‘Teresa’ aparece, debe irle encima, aunque sea con cuchillo”.

A las 9 a. m. del 23 de Julio, se prendieron los fuegos del “Delia”. El estado del buque no podía ser peor: casco carcomido, sin aparejos, máquina gastada y descompuesta; parecía un pontón. ¡Y no había más que embarcarse en él!

Se suplieron en lo posible las faltas más notables, y se colocaron trincheras de rajas de leña. A las 91/2, levantó ancla y marchó.

A poco andar, divisó el mayor Roibón que uno de los vaporcitos, al servicio del Gobierno correntino, venía con rapidez sobre el “Delia” y, como éste se movía lentamente, la distancia fue acortándose hasta ser de una cuadra. En ese momento estaba el “Delia” frente a Santa Ana, puerto de Ita’y.

El buque perseguidor era el “Primer Correntino”, más pequeño que el “Delia”, pero de mejor manejo y marcha, de superior calidad como casco y cubierto de chapas de hierro; lo tripulaban soldados del Guardia Provincial, al mando de un sargento mayor paraguayo, conocido por López Jakare y, era su Capitán, Martiniano Rodríguez, brasileño.

El “Primer Correntino” se aproximó echando diana y disparando tiros. Los tripulantes del “Delia” se aprontaron al combate. Cuando el buque del Gobierno estuvo cerca, el mayor Roibón hizo virar de bordo, para embestir con la proa, afianzando su bandera con un disparo de cañón.

Ambos buques marcharon uno sobre otro, con toda la velocidad de sus máquinas, bajo un fuego nutrido; el “Primer Correntino” quiso evitar el choque, desviándose a babor del “Delia”, más, como éste era de tambor y la distancia de metros y la velocidad grande, encajó aquella proa en el tambor del “Delia”, quedando pegados unos cinco minutos.

Las descargas fueron allí mortíferas, a quemarropa, abocándose los fusiles, con ventaja para los insurgentes, que dominaban la cubierta del buque enemigo. El mayor Roibón mandó al abordaje: dos artilleros saltaron al “Primer Correntino”, pero éste se desprendió sin que el “Delia” pudiera seguirlo, pues estaba inmóvil, con el tambor deshecho y las palas de la rueda detenidas por las planchas de hierro dobladas por el golpe.

A unos 75 metros de distancia permaneció, un momento más, el “Primer Correntino”, haciendo fuego por las ventanillas de la cámara. Herido su Capitán, azotado al agua el jefe de la infantería, López; perdida su única canoa, y recibiendo los certeros tiros del capitán Tami, puso proa aguas abajo y desapareció.

El “Delia” quedó victorioso. Los autonomistas tuvieron 24 bajas y las del “Delia”, seis. El mayor Roibón, decía en su Parte: No faltó valor en la tropa, sino buque, para capturar al Correntino”.

La jornada debió ser una victoria para los autonomistas. Prescindiendo de las mejores condiciones del “Primer Correntino” y de la superioridad del armamento de su tripulación, tuvieron a su favor una circunstancia importantísima, que no supieron aprovechar: cuando los dos buques se batían, apareció el vapor “Teresa”, que bajaba a Corrientes con tropa; traía ciento y tantos hombres de Itatí, Caá Catí e Ituzaingó, a más de una compañía del Provincial; el doctor Severo Fernández llevaba el mando del buque y tropa, como comisionado de Derqui.

Lo natural era, y así lo temió el mayor Roibón, proteger al “Primer Correntino”, más, la operación del “Teresa” fue divisar el combate y volver atrás, yendo a tomar puertos en la costa paraguaya, cerca de Ytapiru, donde se desbandó la gente. El gobernador Derqui hizo cargos, después, al doctor Fernández, y éste se disculpó con que

no había notado el combate y necesitaba hacerse de víveres, porque ya no tenía café ni galleta a bordo(8).

(8) Este dato nos ha sido transmitido -relata el doctor Manuel F. Mantilla- por el doctor J. M. Rivera, a quien le refirió el hecho Juan Garrido, ayudante de Derqui entonces, el cual decía haber presenciado el incidente. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La expedición del “Delia” fracasó, como se ve; no obstante, la escasez de víveres del comandante, doctor Fernández, la suplió, en parte, privando al Gobierno del refuerzo que le llevaba, y contribuyendo a la derrota del “Primer Correntino”. El día siguiente, apareció otro buque del Gobierno -el “Osorio”-, en el lugar de combate; el “Delia” estaba amarrado en la costa, y su tripulación oculta en tierra; una descarga bastó para que se retirase aquél.

- Los autonomistas conquistan un respiro

Los autonomistas quisieron vengar sus derrotas tomando la ofensiva sobre los sitiadores, cuando estos ya se encontraban en condiciones de rechazarlos y de avanzar, pues los comandantes Amado Artaza, Castor Córdoba y Vicente Arriola habían llegado con nuevas tropas de caballería e infantería de Bella Vista, Lavalle y Goya.

El 25 de Julio, las fuerzas del Gobierno pretendieron romperlo; organizadas en dos columnas, chocaron estérilmente contra otras trincheras y cantones hábilmente dispuestos, donde numerosos infantes y pertrechos -llegados bajo las órdenes de Artaza, Córdoba y Arriola-, dábanle superioridad indiscutida.

El doctor Derqui comprendió la esterilidad del sacrificio. La gestión del coronel Arias había dado al pueblo la noción de la parcialidad presidencial hacia los elementos insurgentes; si el plan del doctor Derqui consistía en la defensa de la Capital, tenía su éxito en la acción de columnas volantes que pudiesen crear, en los Departamentos, centros de resistencia, acción retardada inexplicablemente.

El mayor José Toledo, refugiado con sus oficiales en Entre Ríos, después de Ifrán, debía ser, con su valor y pericia, el eje de esta combinación guerrera.

Como decìamos, el 25, a la 1 p. m., tres columnas de los sitiados atacaron la línea sitiadora, sostenidas por los cantones, y marchando por las calles San Juan, Mendoza y 9 de Julio; la más fuerte era la de la calle 9 de Julio, con dos piezas de artillería, mandada por el jefe de la plaza, coronel Avalos; las otras dos, valían poco.

En la esquina de la calle Catamarca, el coronel Avalos hizo alto para distribuir sus Fuerzas en la manzana formada por las de 9 de Julio, Catamarca, Junín y Entre Ríos, ocupando, al mismo tiempo, una especie de plazoleta, cubierta de naranjos, que existía frente a la casa de Tomás Vedoya.

Convertido, así, el ataque en combate de posición a posición, se hizo recio el fuego de fusilería iniciado al descubrirse la columna, mezclándose el de los cañones, que tiraban por elevación. Los cantones del 9 de Julio sufrieron más que los demás, porque eran los próximos al enemigo y, tanto los del ataque como algunos cantones autonomistas, los tomaban de frente y de flanco.

Un esfuerzo de valor en los sitiados pudo comprometer la situación de aquéllos, adelantándose por la calle 9 de Julio hasta la de Santiago(9), para hostilizarlos por retaguardia, pues los grupos que defendían esa parte de la línea, no podían detenerlos, “aunque los muchachos peleaban bien”, como decía el coronel Martínez, al verlos batirse.

(9) En tiempos de la revuelta llevaba este nombre (Santiago del Estero) la actual Avenida España. Es una calle N.S. -perpendicular a la 9 de Julio-. La actual calle Santiago del Estero será denominada así desde la nomenclatura del 16 de Abril de 1902. Actualmente nace en calle Gobernador J. M. Rolón, en el barrio Bañado Norte, para continuar su recorrido en el barrio Nuestra Señora de Pompeya, y desembocar en la Avenida Gobernador Antonio Ruiz.

En previsión de eso, fue llamado el comandante Leiva con su Cuerpo para proteger los cantones, en caso necesario. El Arias llegó cuando el enemigo se retiraba, después de tres cuartos de hora de fuego. El rechazo fue precipitado -en gran parte- por el Goya y 3 de Febrero, situados en la casa de Bosano, Iglesia Matriz y casa de Monzón, que tomaban de frente al enemigo, con más ventaja que el 9 de Julio, del que se ocultaba.

La artillería no causó efecto; apenas tres balas pegaron en los edificios ocupados por los sitiadores: una, en la media naranja de la Matriz; otra, en la base de la torre de la misma; y, la tercera, en la casa de Portalea, sin causar muerte alguna; más daño hizo la fusilería.

No se conoció la pérdida de los autonomistas; las de los liberales, fueron siete heridos y nueve muertos, entre ellos, el capitán Fructuoso Monzón, segundo jefe de los infantes de Empedrado.

Las otras dos columnas apenas llegaron a la calle San Martín y retrocedieron inmediatamente, escarmentadas por los fuegos de los cantones situados en La Cruz, casa de Bañarra, Resoagli, barraca de Igarzábal, Luis Ñeco y la Monzón; no atacaron propiamente, simularon hacerlo.

- Situación de la población. Mediación de extranjeros

El 26 de Julio de 1878 pasó sin novedad militar. Habían transcurrido nueve días de sitio, durante los cuales sufrió la población el hambre y un fuego casi diario. La situación era horrible.

Liberales y autonomistas saqueaban las casas e incendiaban algunas; muchas familias estaban refugiadas en los templos; nadie podía salir sin exponerse a morir de las balas que se cruzaban en todas direcciones; los extranjeros sufrían a la par de los nacionales.

Las zanjas abiertas en todas partes, llenas de las aguas de las últimas lluvias, y los pantanos que abundan en la ciudad por el mal piso y la falta de empedrado, y el entierro de los cadáveres en las calles, la mayor parte a flor de tierra, daban a la población un aspecto repugnante.

No había carne, base principal de la alimentación del pueblo, y aún las aves de corral escasearon, porque tanto los sediciosos como los gubernistas se apoderaron de cuántas existían, “distinguiéndose en ese despojo inhumano, un fraile franciscano, correntino”, dirá Mantilla sin identificarlo.

Condolida de esta situación desesperante, una comisión de extranjeros, compuesta del vicecónsul oriental, Rómulo Massera, Gabriel Esquer y Nicolás Delfino, ofreció al gobernador Manuel Derqui su mediación para un arreglo que restableciera la paz. Derqui la recibió cortésmente:

Aunque mi posición es inconmovible -les dijo- y seguro mi triunfo, no me opongo al noble propósito de Vds., y pueden contar con mi buena voluntad y mi patriotismo.
Pasen al campo enemigo, a ver cuál es la disposición de los revoltosos, pudiendo garantirles que les daré garantías positivas”.

La comisión se presentó en la residencia de Gregorio Pampín a las primeras horas de la mañana del 26 de Julio, y manifestó su objeto, refiriendo su entrevista con el gobenador Derqui y el estado de la ciudad. Nadie se opuso a la paz; era la aspiración común; pero, la eliminación y el derrocamiento del titular del P.E. era la única base de arreglo y, respondiendo a ella, fue autorizada la comisión a transmitir esta declaración:

La paz será firmada dentro de una hora, si el doctor Derqui abandona el puesto de gobernador, debiendo procederse enseguida a nuevas elecciones, previo acuerdo de todos”.

Esto y rechazar la mediación, era igual.

Los mediadores volvieron con ella. Derqui no aceptó hacer la paz con esa base:

Lo único que pido -respondió- es ser reconocido como gobernador de la provincia, y me comprometo a dar a la oposición cuánto pida”.

Nueva entrevista de la comisión con los liberales, y nueva insistencia de ellos. La ambición de los rebeldes fue el nudo de las dificultades. Más, como era inhumano que la terquedad de los sediciosos hiciera padecer a la población inculpable, Pampín propuso al gobernador -por intermedio de la comisión- un armisticio de doce horas para que evacuasen la población las familias y los extranjeros, medida practicada universalmente en la guerra y que en lucha como aquélla no podía negarse.

Derqui la rechazó. La comisión comunicó la negativa y quedó terminada la intervención.

Ese día, a las 11 p. m., llegaron Juan E. Martínez y Manuel F. Mantilla con Fuerzas de caballería e infantería, el primero, y con una regular cantidad de municiones, fusiles y una pieza de artillería, el segundo. En estos momentos, los sediciosos procedieron a nombrar a Mantilla, Ministro General de un Gobierno que no existía.

¿Paranoia? Eran hombre con ideas fijas, obsesivas, basadas en hechos falsos o infundados, pero que al mismo tiempo mostraban una personalidad bien conservada, sin pérdida de conciencia de lo que hacían.

También se hizo evidente que el triunfo armado estaba al alcance de la mano.

- Esfuerzos de los autonomistas nacionales en Buenos Aires

 

Era urgente concluir el sitio. Los hombres del Partido Autonomista Nacional en Buenos Aires, hacían esfuerzos. Tan luego como ocurrió el nuevo pronunciamiento, Dardo Rocha, Domingo Faustino Sarmiento y Manuel Demetrio Pizarro, en el Senado Nacional, presentaron e hicieron sancionar una minuta de comunicación al Poder Ejecutivo, declarando que el retiro de la Intervención no significaba desconocer la legalidad del Gobierno del doctor Manuel Derqui, y que el poder nacional estaba en el deber de sostenerlo.

Los ministros liberales -especialmente el de Interior, Saturnino Laspiur-, sostuvieron que el Gobierno debía prescindir de la referida comunicación y ceñirse, estrictamente, a la ley; en ese sentido, fue contestada aquélla, negándose, además, al Senado, el derecho de interpretar solo una ley discutida y sancionada por las dos Cámaras.

El diputado Carlos Pellegrini, entonces, presentó un proyecto, con calidad de urgente, mandando Intervenir la provincia de Corrientes para concluir la guerra civil; apoyado por el senador Bartolomé Mitre, pasó y durmió en la carpeta de la Comisión de Negocios Constitucionales, quizá porque la actitud del ex presidente hizo temer a su autor y sostenedores que pudiera servir contra sus intereses.

El ministro de Guerra y Marina, general Julio A. Roca, pretendió enviar nuevas armas, del parque nacional, al gobernador Derqui, a bordo del acorazado “El Plata” pero, instruido el ministro del Interior, mandó tomar dichas armas con la Policía, frustrándose, así, el intento.

Estas notician alarmaron a los sediciosos correntinos, que sólo en globo las conocían y, contra el propósito que descubrían, no había más recurso que la terminación del sitio; la demora podía comprometer la empresa rebelde.

Los sediciosos liberales de Corrientes tomaron consciencia que costara lo que costase, era preciso tomar la ciudad. Una Junta de Guerra, convocada para tratar este punto, resolvió, el 27 de Julio de 1878, llevar un asalto general a las posiciones enemigas.

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