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Ocupación de la ciudad por las fuerzas sediciosas

Para ocupar definitivamente la ciudad fue indispensable apoderarse, previamente, del Cuartel de La Batería y de otros cantones que lo protegían, a fin de facilitar la operación por el E. de la ciudad.

A ese efecto, el 27 de Julio de 1878 por la noche, fueron atacados y tomados los cantones situados en casa de las Quiroga y Boudet quedando, así, aislado el Cuartel de La Batería, que también cayó en poder de los sitiadores en la madrugada del 28. Con ese éxito, el día 28 fue dedicado a preparar el asalto final.

Plácido Martìnez y el Jefe del Estado Mayor inspeccionaron el terreno, para marcar, a los Cuerpos, el trayecto que debían seguir; toda la existencia de municiones fue distribuida a la tropa; la caballería fue desmontada, para proteger, en caso de necesidad, a los infantes, y también para atacar los puntos de la ciudad menos defendidos.

No hubo necesidad de dar aliento a la tropa; ella esperaba con impaciencia el asalto, con una fe ciega en la causa de la sedición y una confianza en el triunfo; con anticipación, celebraba la victoria, y no se hablaba de otra cosa -en los Cuerpos- sino de quien tendría la gloria de clavar primero su bandera en la plaza 25 de Mayo.

- Preparativos para un ataque general

Al amanecer del 29 de Julio se principió el ataque. El comandante Crisóstomo Leiva, con el Arias, avanzó por las calles de Vera y Sudamérica, hoy Plácido Martínez, a pesar del fuego que le hacían los cantones San Francisco, Cancha de Pelota, Burlando, Capitanía del Puerto, y los vapores “Osorio” y “Primer Correntino”, anclados en el puerto de la Casillita.

El capitán Tami iba en la columna con dos piecitas de artillería. Leiva marchó, sin detenerse, hasta llegar a la plazoleta de la Casillita; allí parapetó una parte de su Cuerpo detrás de un cerco de gruesos postes de ñandubay y algunas casas, porque los fuegos de San Francisco y Cancha de Pelota le mataban mucha gente, y desprendió al mayor Indalecio Silva y al capitán Pablo Pomar para que tomasen el cantón de la Capitanía del Puerto y hostilizasen, por retaguardia, al enemigo.

Silva y Pomar debían realizar su operación yendo por la calle Sudamérica, a cuerpo libre, bajo el rudísimo fuego de los de San Francisco, que los tomaban a sus pies. La Capitanía del Puerto fue ocupada, echándose las puertas abajo, y también la casa contigua a ella, de Roibón; sus defensores huyeron o cayeron prisioneros.

El mayor Silva se acantonó allí, cumpliendo la orden recibida, pero el capitán Pomar, dejándose llevar de su valor temerario, siguió adelante con veinte hombres hasta el paseo Berón de Astrada, puerto Villegas, una cuadra de la residencia del gobernador Manuel Derqui, que vivía en la casa de Rolón y, otra, de la plaza 25 de Mayo.

Un comandante Gómez, de los mandados de Buenos Aires, intentòó detener a Pomar, saliendo a su encuentro -en la esquina de Sudamérica y La Rioja- con un piquete de vigilantes, pero fue derrotado completamente con pérdida de ocho hombres, tres muertos y cinco prisioneros.

El atrevido movimiento del capitán Pomar y los fuegos de retaguardia y de frente que recibían los cantones de San Francisco y Cancha de Pelota, desconcertaron a los autonomistas; cuatro o seis soldados que estaban en la trinchera de Sudamérica y Salta, la abandonaron; igual hicieron los ocupantes de la casa de Mantilla y los de San Francisco y Cancha de Pelota disminuyeron notablemente sus tiros.

El comandante Leiva se aprovechó de eso para avanzar y distribuir toda su tropa en el terreno conquistado y, después de haberlo ejecutado, continuó el fuego sobre las posiciones enemigas, consiguiendo hacer abandonar los cantones próximos, que fueron ocupados a las 4 p. m.

El comandante Leiva quiso, entonces, lanzarse sobre la plaza 25 de Mayo, pero le faltaron municiones y carecía de orden; ya había llegado a la altura que le correspondía en el plan de ataque. Solicitó una y otra cosa, y el coronel Juan Esteban Martínez le contestó: “Guarde su posición y espere”.

Esta orden tenía por causa no comprometer, en un fracaso, al batallón Arias. Si bien hubo tiempo y tal vez facilidad de ocupar la plaza y el Cabildo, el Cuerpo iba a quedar cortado y podía ser atacado y destruido por los que defendían el resto de la línea gubernativa; por otra parte, las municiones se agotaron, y las fabricadas en el día estaban destinadas a un segundo ataque, caso de ser necesario. El comandante Leiva tuvo que sostenerse y esperar.

Mientras el Arias recorrió un trayecto de diez cuadras, conquistando terreno a sangre y fuego, las demás fuerzas sitiadoras también se internaron en la ciudad, tomando cantones y trincheras. El comandante Santiago Zerviño operó -con parte del 9 de Julio- sobre el cantón situado en la casa de Tomás Vedoya, protegido por el capitán Dante, que permaneció en la casa de Portalea.

Zerviño debía atacar la línea enemiga comprendida entre las calles 9 de Julio y Libertad, de la que era llave el cantón Vedoya, y por eso trató de apoderarse de él primero. El cantón no ofrecía acceso fácil: era cerrado y sólo dejaba ver las bocas de los fusiles de sus defensores por las troneras del parapeto; lo mandaba un valiente oficial, el mayor Maidana, y estaba reforzado.

El punto fue atacado con vigor, pero sin éxito; muchos murieron al pie del edificio, en el empeño de voltear el portón del zaguán y de escalar las casas contiguas. El comandante Zerviño retrocedió, entonces, penetró por la casa de Turrella, en la manzana del frente del cantón, y ocupó el edificio de Robert, más elevado que el de Vedoya, como base para sus fuegos sobre aquél.

Esa posición era osada, estando al frente y al costado cantones enemigos, a media cuadra de distancia; pero, sin el edificio de Robert, no podía hostilizar con éxito al cantón de Vedoya. Cuando los soldados de Zerviño coronaron la casa, concentraron sobre ellos sus tiros, los cantones de Vedoya, Pujol, Gallino y Martínez pero, al mismo tiempo, el teniente Gregorio Pomar, del 9 de Julio, se posesionó de la casa de Ratti, a retaguardia del cantón Vedoya, y una compañía del Goya, al mando del mayor Gutiérrez, operó directamente sobre aquél, penetrando en el interior de la manzana, para asaltar la casa por los fondos.

Los del cantón, que estaban dedicados a hacer fuego sobre el comandante Zerviño, sintieron repentinamente hostilidad fuerte a retaguardia y, creyéndose perdidos, abandonaron sus armas y se largaron a la calle Catamarca, por la cochera de la casa y unos ranchos contiguos.
Ocupado el punto por el mayor Gutiérrez y reforzada la posición del teniente Pomar por el capitán Dante, siguió el fuego con lejanos cantones, los próximos a la plaza 25 de Mayo, avanzando al abrigo de él, tiradores sueltos hasta la calle Córdoba, por entre cercos y manzanas.

El 3 de Febrero y el Goya cargaron por las calles Ayacucho y Junín. Una parte del Goya penetró en la casa de Berestain, para situarse en los edificios de parapeto que dan sobre la calle Catamarca, a fin de sostener el ataque del capitán Tiburcio Galarza, del mismo Cuerpo, sobre la trinchera y el cantón de la esquina de Junín y Catamarca, y también proteger al comandante Zerviño.

El coronel P. P. Quijano penetró en la manzana de Entre Ríos, Junín, Catamarca y Ayacucho; por esta última calle, con dos compañías del 3 de Febrero, para acantonarse en la casa de Solari y sostener al resto del Cuerpo que debía ocupar los edificios de Parras y Ferré, a retaguardia de los cantones enemigos situados en la casa de Gallino, M. Vedoya y Blanchart.

El coronel Juan E. Martínez dirigía las operaciones en las calles Catamarca y Junín y, el comandante Ramírez, en la de Ayacucho. El fuego era recio, la distancia del enemigo mínima y todo se hacía a su vista. Tan luego como fueron ocupados los edificios de la calle Catamarca, el capitán Galarza asaltó y tomó la trinchera y el cantón de la esquina Junin, haciendo prisioneros a los defensores del último; por su parte, los del 3 de Febrero, dueños de la calle Ayacucho hasta Mendoza, desde las casas con parapeto y del interior de las manzanas, hostilizaron, con firmeza, al enemigo, hasta apagar sus fuegos y hacer desalojar, precipitadamente, los cantones de Gallino, M. Vedoya y Blanchart.

Con el abandono de estas posiciones, declinó la fuerza del combate, porque los sitiadores detuvieron su movimiento, para dar descanso a la tropa y asegurar el terreno conquistado.

Las tropas que guarnecían la sección de la línea, al mando del comandante Díaz, fueron las que menos resistencia encontraron al avanzar; no tenían, como las otras, cantones ni trincheras que tomar; de ese lado estaba limitada la defensa a las zanjas y cantones próximos a la plaza 25 de Mayo; así fue que, no obstante el fuego de las posiciones indicadas, la línea se internó hasta la calle Junín por Salta, Ayacucho por La Rioja, y 9 de Julio e Independencia, al Oeste, pasando el arroyo Salamanca.

El resultado del ataque general llenó satisfactoriamente el plan. Dado el estado de defensa de la ciudad y teniendo en cuenta lo que es ganar terreno tomando trincheras y cantones con malas armas y escasas municiones, disponiendo el enemigo de buenas posiciones y excelentes pertrechos, el éxito fue mayor del esperado.

Ese empuje llevó la bandera de la insurgencia sobre la misma residencia del gobernador. La línea sitiadora llegaba, al N., hasta la esquina de La Rioja y Sudmérica, y corría por ésta, con cantones, hasta Mendoza; al E., ocupaba toda la extensión de la de Córdoba; al S., la de Ayacucho hasta La Rioja; y al O., lo dominado por el comandante Díaz.

La jornada fue sangrienta. Las pérdidas autonomistas debieron ser muchas pues, cuando la ciudad fue ocupada, el siguiente día, se recogieron de las calles unos treinta y dos cadáveres, más o menos; igual número de heridos había en el hospital y casas particulares; y diecisiete fosas a medio cerrar se encontraron, que decían los prisioneros ser de los muertos el día anterior.

Los rebeldes tuvieron sesenta y cinco bajas, entre muertos y heridos; estos, los menos, contándose en el número de aquéllos el capitán Osuna y dos tenientes. ¡Tanta sangre por la ambición de poder!

- Muerte de Luis Resoagli

También murió de una herida recibida el día del ataque, el comerciante extranjero Luis Resoagli. Resoagli era italiano, criado y educado en Corrientes, hombre honorable y de buena posición que, se plegó a la causa del gobernador Derqui; su dinero, sus vapores, su casa de comercio, su influencia, todo estaba al servicio del Primer Mandatario.

Mantilla relata la versión que en un momento dado, en los días del sitio, que la presión sobre él lo sobrepasaron, que no pudo o no creyó atender, pero que fue bastante, el 29 de Julio, un jefe autonomista de apellido Britez, jefe del cantón situado en la casa de Josefa V. de Pujol, hizo disparar sobre él unos tiros, al pasar de su casa a la del doctor Faisnardi, hiriéndolo de muerte; falleció el 31.

Consignamos este hecho triste, porque la muerte de Resoagli fue imputada a los sitiadores, no obstante haberse demostrado, en una información sumaria en que depusieron los miembros de la familia, y por un informe científico de los facultativos que le asistieron, que el proyectil fue dirigido desde las posiciones federales, cuando había cesado ya el ataque, y uno de los soldados de Britez, prisionero, declaró que éste dio la orden de hacer fuego sobre él cuando le vio cruzar la calle”, señala el historiador.

Durante la noche no se oyó un tiro; la ciudad, completamente a oscuras y en silencio, parecía abandonada; las escuchas que desprendían los sitiadores no daban otro aviso que el de no ver y oír movimiento alguno.

Los pasadores, que llegaban de momento a momento con armas y bolsas de municiones, alentaban con sus relaciones; según ellos, había confusión en las fuerzas autonomistas, más dispuestos a huir que a resistir. El coronel Martínez no reposó un instante; toda la noche recorrió la línea dando órdenes e instrucciones para las operaciones que debían continuar el siguiente día.

A la diana del 30, los Cuerpos se movieron nuevamente. Las descubiertas no encontraron enemigos; los cantones estaban abandonados; las barricadas y trincheras estaban desiertas. Esto podía significar la concentración de todas las Fuerzas de la insurgencia en el Cabildo y Casa de Gobierno, edificios magníficos para una resistencia heroica, o la evacuación de la ciudad. Era lo último.

La sangre derramada el día anterior había sido la última de aquella lucha. Cuando el sol del 30 de Julio apareció en el horizonte, losliberales vitoreaban su triunfo en la plaza de la Capital y, poco después, hacía su entrada triunfal Gregorio Pampín.

- El gobernador Derqui y sus partidarios abandonan la ciudad

Derqui y sus principales allegados habían huido al Chaco, aprovechando la noche y, algunos, como el Jefe de Policía Nicanor Pujol, doctores Cáceres y Fernández, ya habían dejado Corrientes a las tres de la tarde del día anterior.

Derqui tomó, desde un principio, la precaución de abandonar su domicilio, habitando la casa de las Rolón, sobre el río, y de tener a la mano embarcaciones preparadas. Entrada la noche, se embarcó.

La noticia se generalizó y, cuando la tuvieron, el sálvese quién pueda fue general: jefes, oficiales y soldados pensaron sólo en huir. Los vapores “Primer Correntino”, “Osorio” y “Teresa”, que habían tomado el fondeadero de Isabel Durán, por la altura a que llegaron los rebeldes, y todas las embarcaciones menores del mismo puerto, fueron abordadas tumultuosamente por la tropa, armados unos y sin armas otros; partir, fue el empeño de todos.

Las embarcaciones tenían capacidad suficiente para recibir a los perdedores de la contienda. pero, fue tal el desorden y tanto el apuro, que sólo una parte de ellos las aprovechó, pues a medida que las ocupaban, los primeros zarpaban del puerto con rumbo al Chaco. El temor a la sed de sangre de los liberales era enorme.

El cuadro de la ciudad desocupada era horrible y por si una explicación muda, elocuente. Liberales y autonomistas saquearon cuarenta casas; las imprentas de los periódicos, incendiadas; los archivos del Gobierno destrozados y quemados; la Cárcel Pública de los criminales que en ella esperaban el fallo de la Justicia, vacía.

Las barricadas, las zanjas y palizadas que obstruían el tránsito en las calles; los cadáveres insepultos o mal enterrados; las minas de pólvora, inutilizadas por las lluvias; los edificios acribillados de balas; la ocupación violenta de las casas para cantones, y otros rastros del sitio impuesto y la defensa del Gobierno, dieron a la población un aspecto de muerte, tenían su explicación en los sucesos mismos; pero el incendio, el robo, la soltura de criminales, fueron actos salvajes. Liberales y autonomistas llevaron a Corrientes más allá de la civilización.

Los triunfadores arrebataron el puñal de manos de los vencidos y las ataron con prisión a quienes consideraban enemigos convencidos. Muchos prisioneros fueron distribuidos en los Cuerpos como guardias nacionales, obligados al servicio militar, “pues habiendo hecho de soldados con Derqui, no había por qué exonerarlos, tanto más cuanto que los vencedores seguían con el arma al brazo”. La receta con el adversario era la misma.

Los que menos derecho tenían a consideración alguna fueron, sin embargo, los mejor tratados: soldados mercenarios llevados por Derqui desde Buenos Aires, prisioneros en su mayor parte, fueron embarcados y remitidos a la capital del país.

Los autonomistas dejaron armamento y municiones. En la casa-habitación de la madre de Derqui, se encontraron 500 balas y cartuchos de cañón y 20.000 tiros de rifle; en el Cabildo, treinta cajones de metralla y 600 flamantes fusiles de pistón; en la Policía, 104 Remington, 14 cajones de pólvora y 20.000 fulminantes; en la Cárcel Pública, 55 Remington y 5.000 tiros; en la Casa de Gobierno, 60 Remington; en el Colegio Nacional, 37 Remington; en casa de Pujol, 17 Remington; en algunas trincheras y en la plaza 25 de Mayo, ocho piezas de artillería, con sus correspondientes armones. En una palabra, a los cinco días de ocupada la ciudad, se recogieran 1.200 fusiles de distintas clases y excesiva cantidad de municiones; los fusiles tenían la marca E. P. Ejército Nacional.

Evidentemente, Pampín tuvo razón en la estrategia desplegada. Tenían que atacar de inmediato al retiro de José Inocencio Arias. Si hubiesen perdido días, otra podría haber sido la historia.

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