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Gregorio Pampín instala de facto un Gobierno Provisorio

Tras saberse del alejamiento del gobernador constitucional propietario de la provincia, los rebeldes llenaron el espacio de poder y, para ello ya contaban con una herramienta impuesta cuando la ausencia del titular del Poder Ejecutivo en Buenos Aires, durante las jornadas del Congreso Nacional. Tanto el gobernador como el vicegobernador no renunciaron a sus cargos pero, el vacío de poder provocado por la ausencia de ambos, dio por finalizado sus mandatos.

El 30 de Julio de 1878, Gregorio María Pampín instaló de facto un Gobierno Provisorio con él a la cabeza, con la anuencia de sus partidarios por supuesto, quedándole por destruir la montonera del coronel Miguel Soto, en Saladas; la invasión lanzada desde Entre Ríos sobre Esquina y Curuzú Cuatiá; y el peligro de los refugiados en el Chaco, que contaban con la protección del gobernador de aquel territorio y del coronel Manuel Obligado.

Era la segunda vez que Gregorio Pampín asumía como Gobernador Provisorio. El 4 de Marzo de 1872, en que se habìa librado la batalla del Tabaco que implicó la derrota de Santiago Baibiene, los triunviros Tomás de Vedoya y Emilio Díaz dimitieron, decretando Pampín -ese mismo día- que en él quedaba reasumido el poder y la autoridad.

El Gobierno Provisional apuró la pacificación. Las fuerzas de Saladas, Empedrado, San Luis y San Cosme fueron destinadas a operar sobre la montonera de Soto, en combinación con los coroneles Fernández Reguera y Conti, que la perseguían ya; y el coronel Juan Esteban Martínez se dirigió a Esquina, por agua, con el batallón Goya, y un Cuerpo de la Capital, debiendo a su paso proveer a la defensa de Bella Vista y Goya.

El vapor “Guaraní” y dos buques más fueron alistados para el transporte de la tropa. En momentos que la expedición iba a zarpar, llegó del Chaco el “Resguardo” -de la Armada Nacional- y en él, el gobernador Pantaleón Gómez. Creyendo, sin duda, que el preparativo era contra el refugiado Derqui, Gómez hizo que el comandante del “Resguardo”, un oficial de apellido Latorre, pasase una Nota al Jefe de la insurrecciòn, previniéndole que emplearía la fuerza para evitar que ninguna embarcación tripulada de insurgentes surcara el río.

La Nota fue devuelta; el Gobierno Provisional no podía recibir ni contestar comunicación descomedida como aquélla, dirigida por quien no estaba investido de autoridad; pero un ayudante del coronel Martínez puso en conocimiento del comandante Latorre que la expedición partiría inmediatamente y se haría respetar de cualquiera que intentase obstaculizarla.

El “Resguardo”, sin esperar más, partió hacia Resistencia y, el “Guaraní”, con sus remolques, marchó aguas abajo, sin ningún tropiezo. La amenaza quedó en nada.

Mientras el coronel Martínez se detuvo en Bella Vista y Goya, para atender a la defensa de dichas localidades y observar a los del Chaco, la Colonia Resistencia fue teatro de algunos hechos.

Allí Derqui solicitó al gobernador del Territorio del Chaco que ningún vecino podía bajar a Corrientes ni ir de este punto a aquél; los animales de trabajo, las cabalgaduras y los víveres de los colonos y antiguos pobladores eran solicitados para uso de los emigrados; prisión se prodigó para los sindicados de simpatía hacia los liberales; incluso se habló de disputas entre autonomistas a balazos y hachazos.

Al cabo de ocho días se dio orden de reembarque con destino a La Paz, pueblo de Entre Ríos, a fin de reforzar a las tropas que debían operar sobre el Departamento de Esquina. Algunos autonomistas se amotinaron, muchos huyeron al Interior del Chaco, buscando refugio en los obrajes y otros pretendieron resistir, pero fueron embarcados por la gendarmería del lugar y los jefes y oficiales que los habían mandado. Los tres vapores en que huyeron de la Capital, convoyados por el “Resguardo”, en el que iban Derqui y Gómez, transportaron, de ese modo, a La Paz, unos cincuenta y siete hombres y el armamento salvado.

- Prepotencia del oficialismo. Militarización de la provincia

 

La emigración de los dirigentes autonomistas y el silencio de su prensa con el cese de “La Verdad” (Julio de 1878), dejaron amplio campo de acción al nuevo orden de cosas. Claro que éste buscó congraciarse con la opinión, decretando (22 de Agosto), desde el primer momento, una amnistía amplia, pero el lógico ensoberbecimiento de las masas populares y el de los caudillos vueltos a sus residencias, evitaron que las horas fueran de garantía para todos.

El periódico “La Libertad”, reaparecido el 15 de Agosto de 1878 como órgano del Partido vencedor, reflejó esta prepotencia de los hombres y buscó explicar las medidas de fuerza, que se iban tomando, como si la provincia necesitase de un ejército.

A iniciativa del Jefe de Policía, coronel Basiliano Ramírez, se suprimió el Cuerpo de Serenos, de carácter civil, sustituyéndoselo en sus funciones de orden por gendarmes. La ciudad perdió la nota típica de las horas cantadas y, sus unidades militarizadas, acrecieron.

El Guardia Provincial 3 de Febrero y el batallón de policía “Coronel Arias” -homenaje al interventor que preparara la caída del doctor Derqui-, se remontaron a 340 hombres veteranos. Agregóseles un escuadrón de artillería, a las órdenes del capitán Félix Tami, de cinco piezas de a seis y dos de a cuatro, de bronce, con trescientos tiros de bala rasa y ciento veinte tarros de metralla.

Las guardias -dice el ministro, doctor Mantilla, en su voluminosa Memoria a la Cámara de Representantes-, “se hacen como si se estuviese frente al enemigo”.

En la frontera sobre Entre Ríos, la militarización fue sistemática. Habiéndose radicado en esa provincia la mayoría de los emigrados, era presumible una invasión largamente rumoreada. Al principio, escuadrones de doscientos hombres, de Curuzú Cuatiá, Esquina y Sauce, a las órdenes de los coroneles Juan C. Romero y Celedonio Ojeda, estuvieron encargados de su guarda pero, cuando el proceso político tomó cuerpo, la preparación fue más completa.

Ojeda sobre Esquina, con cien guardias nacionales, y Romero sobre Curuzú Cuatiá, con ciento veinte, tenían cada uno un regimiento y un batallón de reserva. En Esquina, un batallón de infantes y ocho escuadrones con 1.319 plazas; en Curuzú Cuatiá, un batallón de diez escuadrones, con 1.934; y en Monte Caseros, un batallón y cuatro escuadrones con 973 soldados, estaban listos para entrar en combate (Memoria citada).

Y como un reto a la paz, se nombró Jefe de esa frontera al célebre coronel Miguel Guarumba, cuyo retiro pedían con insistencia las autoridades de Entre Ríos.

La preparación militar de la provincia se hizo perfecta. Organizada personalmente por el coronel Plácido Martínez consistía, además de la guarnición veterana de la Capital, en dos escuadrones de Guardias Nacionales de la misma, a las órdenes del sargento mayor Santiago Zerviño, fuertes de 400 plazas cada uno; en el batallón Goya, de igual número, sargento mayor Enrique Luzuriaga; en el batallón Esquina, de 250 plazas, sargento mayor José Martínez; en el Curuzú Cuatiá, de igual número, teniente coronel Antonio Llopart; en el Monte Caseros, de 150 plazas, sargento mayor Eduardo Giménez; y en los de Mercedes, Paso de los Libres y General Paz, con un efectivo de 1.000 soldados.

Existen, además -decían los informes oficiales- piquetes en todos los Departamentos, que pueden remontarse a batallones íntegros, haciendo un total de 4.000 infantes.

Las fuerzas de caballería no eran menos importantes. Además de la División de la Capital, con el escuadrón veterano Libertad, el regimiento de Lomas (tres escuadrones), estaban las Divisiones del sur del río Corriente; del centro; de la costa del Paraná y del Alto Paraná, con un total de 142 escuadrones, con 17.206 unidades.

¿Para qué organizaba la provincia esta fuerza poderosa, que gravaba sus finanzas y restaba sus hombres a las faenas del trabajo?

Los documentos oficiales dan como la clave de esta actitud, que si se explica por los hechos también se refleja en los principios. La Memoria ministerial de ese año hace luz sobre los últimos:

Las soberanías provinciales -dice- deben estar a cubierto de la absorción nacional, fácil entre nosotros por ciertas prácticas unitarias sostenidas por los principios unitarios que deberán borrarse del código político de la República”.

Los sucesos ocurridos en el sur de la provincia tuvieron éxito feliz para el Gobierno Provisorio. En esa parte, no hubo fuerzas correntinas que levantasen el estandarte del Gobierno derrocado; en cambio, la Administración de Entre Ríos era sostenedora de Derqui y, a la sombra de su protección y con elementos proporcionados por ella y el Gobierno Nacional, el bando autonomista había hecho campamento militar en la frontera y tenía preparada una invasión, al mando del coronel José Toledo.

Junto a elementos locales, los autonomistas agregaron enganchados. El gobernador Febre apoyó el reclutamiento, así como el aporte de equipos y armamentos para dichas fuerzas, aunque el ministro del Interior conminaba a guardar neutralidad. El gobernador ordenó al general Ayala que se situase en la frontera con seiscientos hombres, con lo que la amenaza de invasión aumentó, en vez de disminuir.

En el plan de la resistencia se destinaron a la defensa de la frontera todas las milicias liberales del sur, las de la costa del Uruguay y de Esquina, el mando en Jefe del coronel Eustaquio Acuña.

Retirada la Intervención, comenzó a formarse el ejército en el Departamento de Curuzú Cuatiá, por ser el centro de la línea amenazada y el más aparente. Las Divisiones de Mercedes y Monte Caseros concurrieron desde el primer momento; la del Uruguay demoró en incorporarse por la distancia; la de Esquina, permaneció en su Departamento.

Las Fuerzas no tenían armas suficientes, como la generalidad de la resistencia, y la mayor parte era de caballería. En espera de la invasión por Curuzú Cuátiá, fue situado en Pago Largo, el coronel Juan G. Romero con doscientos de caballería.

Toledo abrió operaciones el 22 de Julio de 1878, al frente de cuatrocientos infantes montados, armados a Remington, y cien de caballería, sorprendiendo y dispersando una guardia de Romero, cuyos prisioneros pasó a cuchillo.

Romero se replegó precipitadamente sobre el ejército, después de aquel contraste, y el coronel Toledo, aprovechando de su primera ventaja, cambió de dirección y marchó con rapidez sobre el pueblo de Sauce, que sólo tenía una pequeña guardia, pues las fuerzas de Esquina no habían ocupado aún la frontera.

Sauce fue tomado y saqueado; Simón Derqui, hermano del gobernador depuesto, y José María Casco, impusieron al vecindario una contribución forzosa de $ 200 por cabeza; las casas de comercio de Juan Báez, José V. Lujambio, David Pedemonte, Pedro Bares y Miguel S. Martínez fueron entregadas por Toledo, como botín, a su tropa, y los propietarios puestos en el cepo.

Toledo permaneció cuatro días en Sauce. Tanto el coronel Acuña como el de igual clase, Ojeda, jefe de las milicias de Esquina, creyeron que intentaba hacer su expedición por el Litoral y, al propio tiempo que el primero marchó a su alcance con todo el ejército, el segundo salió a su encuentro con quinientos hombres, dejando el pueblo de Esquina a cargo del comandante José Martínez.

En lo que menos pensaba Toledo era chocar con las Fuerzas de la resistencia. Cuando tuvo noticia de la aproximación del coronel Acuña, evacuó Sauce, y se internó en los montes del Pelado. El corto número de sus fuerzas, los buenos caballos de que disponía, hacían fáciles sus marchas, y Acuña no pudo darle alcance; el 29 de Julio, al anochecer, se perdieron completamente sus huellas.

Toledo se escurrió hacia Curuzú Cuatiá, que estaba desguarnecido, y apareció sobre el pueblo en la madrugada del 30 de Julio, habiendo hecho veinte kilómetros en la noche, para dejar a sus perseguidores a gran distancia.

La población no tenía elementos de defensa; su guarnición se componía de hombres viejos de la pasiva, algunos jóvenes entusiastas y uno que otro extranjero. No obstante, entregarse a Toledo era insensantez, que no cruzó por ninguna cabeza. Sin embargo, la situación tenía un hombre de energía, Eugenio Giménez, Jefe Político.

El, secundado por Regis Maciel, José Gauna. Adolfo Froy y Manuel Bejarano, organizó la defensa, formando cantones en las casas de Ramírez, Reyna y la Jefatura Política, con menos de ochenta hombres, entre viejos y extranjeros, armados de escopetas y fusiles.

La gravedad del peligro, lejos de apocar los espíritus, los retempló. Toledo creyó posesionarse del pueblo sin dificultad, como en Sauce pero, tan luego como sus fuerzas penetraron en la población, recibieron un fuego vivo y tuvieron que detenerse.

Detenidas con las primeras descargas, las tropas autonomistas ocuparon posiciones y levantantaron cantones en las casas de Escalada y Abadía y se parapetaron detrás de cercos y ranchos. El más audaz fue un comandante de apellido Muñoz, de Buenos Aires, quien pretendió apoderarse de un edificio próximo al Cuartel, muriendo en la empresa. Toledo dudó. El combate duraba ya una hora, cuando los defensores del pueblo vieron que el enemigo abandonaba sus posiciones, se incorporaba a su jefe y todos se retiraban en dirección a la frontera.

La causa de la retirada fue la llegada de un refuerzo inesperado para los de la plaza: el coronel Manuel I. Reyna, jefe de las milicias de la costa del Uruguay, debió moverse de Paso de los Libres, el 26 de Julio, para incorporarse al coronel Acuña, y no lo efectuó a causa de un temporal de ese día; el 27, se puso en marcha, acampando el 29 a veinte kilòmetros de Curuzú Cuatiá.

Formaban su División, dos regimientos de caballería y un pequeño cuerpo de infantería, aquéllos con un total de cuatrocientos cuarenta y nueve hombres, al mando de los comandantes Juan de Dios Torres y Eulogio García y, los infantes, en número de ciento veinte, a cargo del sargento mayor Rafael Silva; el comandante José D. Alvarez quedó en Paso de los Libres, con trescientos hombres.

El regimiento del comandante Torres fue desprendido sobre Monte Caseros, que se decía ocupado por el coronel Cándido Borda y un oficial de apellido Rojas. El día 30 de Julio, muy temprano, la columna se puso en marcha y, a poco de andar, dieron parte las avanzadas de sentir un tiroteo en dirección al pueblo; el coronel Reyna precipitó entontes el movimiento, al extremo de cansar los caballos, que estaban en malísimo estado, y la distancia se acortó lo suficiente para conocer la causa del hecho: varios extranjeros, vecinos de Curuzú Cuatiá, que huían del pueblo, en la creencia de que sería tomado, dieron el aviso de la situación difícil de aquél.

Inmediatamente, despachó Reyna un escuadrón de tiradores, al mando de Manuel Romero, con el objeto de conocer cuál era la posición del enemigo, marchando él detrás, como lo permitía el estado de los montados. El oficial encontró una partida enemiga en las inmediaciones de la población y, contrariando sus instrucciones, la cargó y arrolló, incurriendo, además, en la indiscreción, propia de milicias indisciplinadas, de gritarle que no tardarían en llegar sus compañeros.

Avisado Toledo por los derrotados de su partida, reunió su tropa y se retiró. La oportuna llegada de la División del Uruguay salvó, pues, la población, así como la entereza de sus defensores impidió, a las fuerzas de Toledo, apoderarse inmediatamente de ella.

Toledo dejó cinco cadáveres y llevó algunos heridos; la guarnición tuvo un muerto, José del Pilar Romero, y heridos: el mayor Froy, el capitán José Gauna y el doctor Severo Bejarano. No se salvó del saqueo la casa de negocios del español Rafael García.

E1 coronel Acuña llegó a Curuzú Cuatiá a las diez p. m., encontrándolo ya libre del enemigo, contra su sospecha. Incorporada la División del Uruguay, volvió a seguir a las fuerzas autonomistas; el ejército liberal constaba de dos mil quinientos hombres.

El coronel Acuña acampó en la estancia de Eusebio Casco, diez kilómetros de “Algarrobo”, porque Toledo había hecho alto en este punto, un Paso del arroyo Tunas, sobre la misma frontera y, detrás de él, en territorio de Entre Ríos, estaba el general Ayala con sus fuerzas, en actitud de protegerlo.

Las simpatías del general Ayala hacia Derqui, su posición, el suministro anterior de armas a Toledo, las citaciones e incorporaciòn de hombres y caballos para el mismo, eran antecedentes que ponían en duda su neutralidad y, antes que producir un conflicto interprovincial que, aún provocado por Ayala, sería presentado como acto de las montoneras del Gobierno Provisorio, el coronel Acuña prefirió detenerse, a fin de adoptar el temperamento más conveniente a las circunstancias.

En Junta de Guerra, se resolvió dirigir Nota al general Ayala, explicando el objeto y los fines del movimiento sobre la frontera, debiendo, mientras tanto, hacerse la concentración de los Cuerpos destacados del ejército, para garantizar el éxito, caso que realizase el propósito hostil del Inspector de Milicias de Entre Ríos.

El general Ayala daba por causa de su actitud amenazante, el supuesto temor de invasión a Entre Ríos, en combinación con el coronel Guarumba, emigrado en el Departamento de Monte Caseros, pero los liberales consideraban que su verdadera intención era sostener a Toledo:

Al hacer alto en este punto, Señor General -decía la Nota de Acuña- sin llevar adelante la persecución y sacar a los invasores de su guarida del Rincón de Tunas, tengo por objeto evitar la alarma y las complicaciones que podrían producirse con las fuerzas a sus órdenes pues, maliciosamente, han propalado los bandoleros noticias falsas, que favorecen su causa.
“Pero, el jefe que suscribe, ha rechazado hasta la más mínima sombra de sospecha que pueda empañar el nombre de U. S., confiado en que, apercibido de los crímenes de esos hombres, me ayudará a destruirlos, no permitiendo queden impunes hechos que rechaza la dignidad del pueblo argentino.
No hay cómo pintar el cuadro de desolación que ese grupo de forajidos (permítame U. S. la expresión), ha venido trazando antes y después del rechazo que, vergonzosamente, sufrió en Curuzú Cuatiá.
Los vecinos de la campaña, el indefenso pueblo de Sauce y los suburbios de Curuzú Cuatiá, son testigos del botín con que se han retirado y de los crímenes cometidos.
En el deseo de alejar toda sospecha de tendencia hostil de esta provincia hacia ésa, he dispuesto que los entrerrianos, que en número de cincuenta, emigraron con el coronel Guarumba, se sitúen en los suburbios del pueblo de Monte Caseros; de esta manera, desaparecerá la desconfianza que pudieran infundir, prometiendo bajo la palabra leal y honrada de un soldado, que no consentiré nada que pueda llevar la intranquilidad a esa provincia”.

Aunque la respuesta a esta Nota no fue plenamente satisfactoria, consignó bajo la firma del general Ayala, una declaración de neutralidad, suficiente como antecedente:

No tengo inconvenientes -decía- en manifestar que mi misión tiene por único objeto evitar se saquen elementos de esta provincia, ni auxilios de ninguna clase, para ninguno de los bandos en que está dividida la provincia de Corrientes”.

Cumpliera o no su declaración, Acuña consideró llenado su deber de prudencia y, sin esperar más fuerzas, resolvió operar sobre Toledo.

Los autonomistas permanecían próximos al Paso “Algarrobo”, en el rincón que forma la barra del arroyo Tunas. Ocupaban una especie de reducto, formado por zanjas y palizadas, en el fondo de una pequeña abra rodeada de espesos montes; a retaguardia, tenían el Tunas, vadeable, límite de las dos provincias y, sobre él, al general Ayala con sus fuerzas.

En esa posición ventajosa y con armas de precisión, era difícil ser atacados con probabilidades de buen éxito por fuerzas de caballería, como eran las guerrillas del Gobeirno Provisorio; el espacio descubierto que tenían a su frente estaba dominado por ellos; por eso, ninguna hostilidad pudieron hacerles dos escudrones que el coronel Acuña mantuvo constantemente en observación sobre el enemigo.

El 8 de Agosto de 1878 marcharon las Fuerzas liberales sobre Toledo, ordenadas en tres Divisiones, al mando del coronel Reyna y de los comandantes Filimer Verón e Ireneo Avalos. A dos kilómetros y medio de distancia, dieron parte las guerrillas de vanguardia, de que eran hostilizadas del interior del monte que daba frente al reducto.

Inmediatamente ordenó el Comandante en Jefe, que el coronel Reyna, con su División y el batallón Curuzú Cuatiá y el regimiento Basualdo, se adelantasen al combate, y dejó el resto de las tropas al Jefe del Estado Mayor, coronel Celestino Araujo, para ir él a dirigir la operación.

Se internaron en el monte, recibiendo uno que otro tiro, con los inconvenientes y el desorden de un obstáculo semejante, y no bien aparecieron en el abra, los recibió un vivísimo fuego. Los autonomistas estaban formados en batalla afuera de la palizada, con guerrillas ocultas en pajonales y una zanja situada a vanguardia.

El terreno no se prestaba para maniobras de caballería y, la infantería de Acuña, diminuta y mal armada, era insuficiente para una carga. No obstante, el coronel Reyna recibió orden de ponerse al frente de los infantes y cargar -sin detenerse- el centro y la izquierda enemiga, mientras el coronel Acuña, con los tiradores desmontados y la caballería que pudiera operar, atacase el costado derecho. Aunque la orden fue temeraria y el sacrificio que importaba casi estéril, según las probabilidades, se cumplió estrictamente.

El batallón Uruguay ocupó la derecha, el Curuzu Cuatiá el centro, la caballería la izquierda, y llevaron la carga con energía hasta llegar a la zanja que servía de defensa a la guerrilla enemiga, unos ochenta metros del reducto. Tanto los de la guerrilla como el principal, abandonaron terreno y se entraron en la palizada; los del ataque, no pudiendo salvar la zanja, se guarecieron en ella para continuar el fuego.

Mantilla dice que "la desproporción de posiciones y de armas era enorme; según él, mientras Toledo disponía de unos cuatrocientos hombres a Remington, que combatían detrás del parapeto, los infantes liberales eran, apenas, unos doscientos, con fusiles de pistón y pocas municiones, y la caballería poco servía". Con todo, el fuego se sostuvo con firmeza por espacio de una hora, hasta quemar el último cartucho.

La retirada se hizo sin que las fuerzas de Toledo intentase perseguir, deteniéndose las fuerzas a unas veinte cuadras del reducto. Los liberales tuvieron algunos muertos y muchos heridos, entre estos, el capitán Ignacio Monge.

Ese ataque rechazado produjo los resultados de un triunfo. Temeroso Toledo de un otro, aprovechó la noche para pasar a Entre Ríos, en cuyo territorio se desbandó la montonera tres días después.

Todo se vino a tierra; fuerzas del Gobierno fueron vencidas en Laguna Totora; en puerto Ita’y chocaron infantes embarcados en los vapores “Delia” y “Primer Correntino”, y la expedición de los refugiados en Entre Ríos, iniciada el 22 de Julio, retrocedió después de los combates de Curuzú Cuatiá y de Tunas. Entonces, el doctor Manuel Derqui puso punto final a la resistencia y, licenciando las fuerzas fieles, se retiró al Chaco primero, para dirigirse luego a Buenos Aires.

 

Los liberales señalaron que destruirla o arrojarla de la provincia a la montonera de Toledo habría sido el objeto del coronel Acuña y, pues, eso se obtuvo, por lo que consideraron la acción como una victoria, pero la verdad es que Toledo se sostuvo en su posición, aunque con ello no causó contraste a la resistencia liberal, ni mantuvo un minuto más al gobernador Derqui, ni avanzó un metro en el territorio de la provincia.

Horas después de su triunfo, Toledo se alejó del teatro del conflicto, dejando al enemigo dueño del terreno y satisfecho en su objeto. Aquel hecho de armas fue fatal en sus resultados para las aspiraciones del gobernador. Toledo sostenía a Derqui. Atrincherado en Tunas, en su alejamiento, sostuvo por horas su posición, sin abandonarla, pero sin amago del enemigo. Su salida de la provincia y la dispersión de su montonera terminó con la amenaza.

Con el desbande de los autonomistas, el Gobierno Provisorio presidido por Pampín se vio libre de elementos de desorden. El coronel Soto había sido destruido en los primeros días de Agosto. Perseguido por el coronel Raymundo Fernàndez Reguera, se internó en el Departamento de Empedrado, y luego en el de Saladas, deteniéndose en Espinillo Piru; entonces marchó sobre el coronel Guillermo Conti, jefe de la División Mercedes y, al saber Soto dicho movimiento, se dirigió a las Galarzas,en el Departamento de San Luis del Palmar, con la intención de pasar al Paraguay, habiendo tenido que retroceder ante las fuerzas de San Luis y San Cosme.

En Monte Malo fue alcanzado por un destacamento del coronel Conti, con la gente desordenada en grupos. Un pequeño combate desbandó la montonera, cayendo prisioneros veinte infantes y el oficial que los mandaba. Soto, acompañado de unos pocos, se lanzó a los malezales para salir en Saladas; pero, nuevamente hostilizado, al pisar tierra firme, tomó los montes y los malezales de las puntas del Ambrosio en dirección a los carrizales del Paraná, donde estaban guarnecidos Juan Candia, Beato García y José Salas. Cinco días después aparecieron los cuatro en la Colonia Resistencia, Chaco.

El gobernador constitucional, Manuel Derqui, refugiado, primero, en el Chaco, y después en La Paz, no tenía ya medios ni elementos locales que poner en juego para renovar la lucha. Había sido derrocado junto al vicegobernador.

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