El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Los “doce mulatillos” del ministro

Naturalmente, el sanjuanino poseía también su plan: combatir cualquier candidatura que no fuera la suya propia. “Sarmiento espera que yo le ceda mi lugar y me coloca en una situación dificilísima”, comenta preocupado Roca. Conoce el prestigio que el ex presidente tiene en la opinión publica de la capital y del Interior pero se resiste a retirarse(1).

(1) Citado por María Sáenz Quesada, “Argentina, capital Belgrano” (1988), publicado en: “500 Años de Historia Argentina”, colección dirigida por Félix Luna. Ed. Editorial Abril S.A., Buenos Aires.

La lucha entre ambos candidatos constituye la clásica lucha entre generaciones: los hombres de la Organización Nacional se niegan a dejar paso a los más jóvenes. ¿Qué autoridad tienen estos mozos que no soportaron, como ellos, los horrores de la tiranía? ¿Quién conoce mejor el país que Mitre, Sarmiento o Tejedor?, se preguntan los viejos.

Por su parte, Roca, Rocha. Juárez, Pellegrini y Del Valle respetan los méritos de sus rnayores, pero ansían que estos caballeros se retiren a la vida privada y sólo aparezcan en las grandes celebraciones, como reliquias de un pasado glorioso.

Desde el Ministerio del Interior, Sarmiento arremetió contra todo el mundo. Primero sostuvo una agria polémica con el gobernador de Buenos Aires acerca del derecho de armar batallones provinciales. Sucedía que, una vez salido Laspiur del Gabinete, su compañero de fórmula, Tejedor, se había dedicado con más ahinco que nunca a la tarea de organizar la Guardia Nacional porteña, de la que era Comandante en Jefe. Ningun compromiso lo ataba ahora al presidente y podía actuar abiertamente como opositor.

Sarmiento decidió frenar tales actividades cuasirevolucionarias y envió una Circular a los gobernadores de provincia, recordándoles que ellos eran “simples funcionarios del Poder Central”.

A continuación, el ministro mandó un proyecto de ley a las Cámaras, afirmando que la Guardia Nacional sólo podía ser convocada por el Gobierno de la República, ya que las provincias que componen la Nación no están autorizadas a hacer la guerra por su cuenta.

El proyecto, una verdadera amonestación al Gobierno porteño, fue rebatido por Tejedor que respondió con otra Circular dirigida a sus colegas del Interior, señalando el peligro de una invasión de jurisdicciones por parte del Gobierno Nacional. Sarmiento admiraba a Lincoln -explicó en su “Defensa” el belicoso mandatario-, agregando que en Norteamérica, modelo de régimen federal, los Estados mantienen Guardias Nacionales y temen a los ejércitos permanentes que, en todas las épocas de la historia se han asociado con la idea de despotismo.

Tales argumentos hallaron eco en el espíritu localista del Interior, aunque los enunciara el odiado gobernante porteño y las Cámaras rechazaron el proyecto. Sólo admitieron la prohibición a las provincias de convocar milicias ocho meses antes de la elección presidencial. “El viejo federalismo subsistía aún”, acota Heras, relatando el episodio.

Una vez fracasado su intento de oponerse a Tejedor, Sarmiento acometió a la Liga de Gobernadores -los “doce mulatillos” como los denominaba despectivamente, sin tener en cuenta sus propios rasgos de criollo algo mezclado. El ministro deseaba aprovechar su mandato para colocar amigos en los Gobiernos del Interior, a fin de obtener un número suficiente de Electores presidenciales en los comicios que se avecinaban.

Era sabido que los Electores siempre respondían a la tendencia del gobernador. De ahí que todos los titulares del Interior utilizaran la Intervención Federal para hacer nombrar, pseudodemocráticamente, a sus partidarios en las magistraturas locales. Laspiur, durante su paso por el Ministerio, quiso asegurarse -de esta forma- algunas provincias, pero fracasó en su intento.

Sarmiento procuró hacer maniobras idénticas: el estallido de una insurrección en Jujuy, que derrocó al gobernador provincial, le vino de perillas. La Intervención proyectada por el ministro convocaría a elecciones y elegiría un nuevo mandatario adicto a Sarmiento.

Pero la Cámara, donde predominaban legisladores adictos a la Liga, deshizo estos planes. los roquistas no podían perder una provincia y el proyecto de Intervención fue aprobado indicando expresamente que ésta dirigía a reponer “las autoridades constituidas” y no “las autoridades legítimas” como deseaba el ministro. Y Sarmiento tuvo que renunciar.

Antes de marcharse, decidió vengarse de los roquistas y asestarles un golpe, denunciando públicamente la existencia de la misteriosa Liga, de la cual el mundo hablaba sin tener pruebas de su existencia. Desde su llegada al Ministerio, el sanjuanino vigilaba la sección telegramas del correo, dependiente de su cartera, a la espera de indiscreciones que denunciasen acuerdos secretos entre los “mulatillos”. El “Zorro” ya había advertido el peligro y escribió a Juárez Celman previniéndole sobre las frases comprometedoras de los telegramas. Hay inspectores controlándolo todo, decía.

Por fin, una mañana de Octubre, Sarmiento tuvo en sus manos la esperada prueba. Se trataba de un despacho cifrado del gobernador de Córdoba a su ministro Juárez Celman hablando del problema de la Intervención a Jujuy. Sarmiento arrancó el documento al aterrado jefe de correos, garantizándole con su firma ministerial la infidencia que cometía y corrió contentísimo a las Cámaras a leer su discurso de despedida.

Esta alocución, de corte ciceroniano, fue una de las mejores de su larga carrera política; síntesis de megalomanía y de ímpetu genial, refleja claramente su auténtica personalidad:

Y yo digo Señor, me quedan minutos de ser ministro y voy a apurarme muchísimo para decir lo que necesito, en honor de la verdad, de la virtud, de la justicia y para salvarlo al país de una trampa en que ha caído y de que un solo hombre pudiera salvarla: Domingo Faustino Sarmiento, como lo ha salvado de la misma manera muchísimas veces...
Hay una liga de gobernadores. Tengo en mis manos las pruebas y las voy a hacer pedazos como una hoja de papel. Sí, Señor, hay una liga de gobernadores que ha hecho fracasar la acción honrada y legítima del ministro del Interior, órgano del presidente”.

A continuación, explicaba que esta alianza se disponía a burlar la opinión de los ciudadanos, imponiendo a un candidato preparado de antemano.

Las manos “llenas de verdades” de Sarmiento surgieron cierto efecto y Roca se vio obligado a renunciar. Su juego y sus alianzas estaban descubiertas. Enfurecido, el “Zorro” calificó en privado al ex ministro de parecer un verdadero demente en su discurso, “tanto, que todo el mundo creía que había perdido la razón.
El cíclope de la época, y el coloso de América y el mundo, no ha podido resistirme y se retira, como una pantera herida e impotente, vomitando espuma contra el mozuelo que, sin saber constituciones, leyes, historias y ni aún la O redonda, lo ha vencido por viejo crápula desagradecido, en pocos días.
Lleva el arpón bien enterrado en el lomo; démosle soga, que va a una muerte segura”.

Desde el llano, Roca continuó con más ahinco que nunca su campaña política. Las renuncias de los mitristas provocaron la formación de un nuevo Gabinete, íntegramente autonomista. La etapa de la Conciliación había pasado definitivarnente y Avellaneda se definia con claridad a favor de los “doce mulatillos”.

Pero el “Zorro” nunca se sentía demasiado seguro del apoyo del presidente; pensaba que éste no era “hombre de pelo en pecho” y que, pese a su simpatía por el vencedor del desierto, las amenazas de los porteños podían hacerlo desistir de apoyar su candidatura.

Entre los nuevos ministros se destacaba el joven Carlos Pellegrini, titular de la cartera de Guerra y Marina. Roca desconfiaba de este enérgico e inteligente alsinista, sin saber que algunos meses más tarde, sería uno de sus mejores aliados en la lucha civil.

Lo mismo le ocurría con la mayoría de los autonomistas; parecían amigos circunstanciales, venidos a último momento, arrastrados por la marea del Interior y nunca confió en ellos. Continuamente protesta, porque le falta dinero para instalar comités. Sus partidarios porteños son gente de plata, pero tibios y carentes de fervor.

El General trabaja todo el día; recibe visitas -su tertulia es una de las más concurridas de la ciudad-, escribe hasta el amanecer y, prolijamente, anota, al dorso de las cartas recibidas, un resumen del contenido.

Le importa primordialmente estrechar vínculos con el Interior, porque sabe que en Buenos Aires no triunfará Tejedor, pese a que su prosa tiene “párrafos tan oscuros que, ni los siete sabios de Grecia los entenderían”, se llevará los 54 electores de su provincia. A Roca -explica Rivero Astengo- lo consideraban demasiado joven para gobernar los estancieros, capitalistas, letrados, comerciantes y politicos que constituían la clase rectora de Buenos Aires.

Sólo una minoría dentro de esa clase dirigente advertía la conveniencia de unificar las opiniones del Interior y el Puerto para llevar adelante a la Nación entera. En Diciembre, “Le Courrier de la Plata” da a conocer algunas importantes declaraciones del candidato presidencial de la Liga, que constituyen un modelo de programa liberal:

Mi opinión -dice Roca- es que el comercio sabe mejor que el Gobierno, lo que a él le conviene; la verdadera política consiste, pues, en dejarle la más amplia libertad. El Estado debe limitarse a establecer las vías de comunicaciones, a unir las capitales por vías férreas, a fomentar la navegación de las grandes vías fluviales, como ser las del Río Nego, el Neuquén, el Bermejo, el Pilcomayo, el Santa Cruz y el Limay.
Debe levantar bien alto el crédito público en el exterior y tomar por divisa las palabras del doctor Avellaneda: ‘Economizaremos sobre nuestro pan y nuestra sed para cumplir con nuestros compromisos’.
Respecto a la inmigración, debemos protegerla a todo trance, a fin de llegar a recibir y establecer 200.000 inmigrantes por año”.

La más pura filosofia positivista constituía el ideal del futuro gobernante, que seguía el modelo impuesto por Europa a toda América, desde el México de Porfirio Díaz hasta el Río de la Plata.

Para tranquilizar a los porteños inquietos acerca del destino de su ciudad, Roca asegura que no piensa en capitalizar a Buenos Aires. Esta no lo consentirá, afirma, y se refiere después a las posibilidades de Rosario o San Nicolás, dos poblaciones que, en varias oportunidades, estuvieron a punto de convertirse en Capital Federal.

El “Zorro” sabe halagar y amenazar a sus enemigos. Interrogado sobre don Bartolo contesta:

El general Mitre es uno de los hombres más eminentes de la República y tendrá una bella página de nuestra historia.
A él debo haber comprendido y apreciado la fuerza del sentimiento nacional. Mientras el general Mitre fue el representante de ese sentimiento, se conservó fuerte...
Su error, común a muchos otros, fue el de creer que fuera de Buenos Aires no hay opinión pública, no tomando en cuenta las opiniones de las demás provincias. Su unión con Tejedor obedece a la lógica de sus errores, pero teniendo conciencia perfecta de su falsa posición”.

En cuanto a Tejedor, no lo cree capaz de intentar un movimiento sedicioso que conduciría inevitablemente a una dictadura. Con firmeza, agrega Roca, dirigiéndose al cronista:

Y sépalo bien: la tiranía es imposible en mi país. Hay demasiada virilidad, orgullo nacional y amor a la libertad, para que un Melgarejo pueda sostenerse veinticuatro horas” (Melgarejo, el dictador boliviano, era el prototipo del tirano ignorante y brutal, una especie de “Papá Doc” de la época).

Muy distinta resultaba la actitud de Tejedor, cuya bandera liberal de sufragio frente a la imposicion de la Liga y defensa de las autonomías provinciales, parecía algo desteñida si se la comparaba con el programa progresista de su contrincante. El gobernador se presentaba a la opinión pública como el representante de los principios liberales, pero sabía que el día de la elección sólo contaría con los 54 electores porteños y los 16 correntinos.

Los pequeños grupos liberales de las provincias, aunque contasen con varios miembros en la Legislatura, no podían hacer nada contra los poderosos gobernadores. Para mejorar posiciones quedaba siempre el recurso de la insurgencia armada:

Los partidos liberales del Interior no ven otra solución que la revolución anticipada”, escribe Tejedor al gobernador correntino Felipe José Cabral en Enero de 1880. Y, a esa tarea, la de agitar el espíritu de combate en todo el país, dedicó sus esfuerzos el candidato. No le resultó difícil su intento: el país y, especialmente, la provincia de Buenos Aires, ardían en ánimos bélicos.

Información adicional