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Buenos Aires, el "cordero gordo"

¿Qué empeño hay en dividirnos? De uno y otro lado un soplo de demencia domina las cabezas que descollaban por su inteligencia.
Aún no hemos aprendido a dominar nuestras pasiones. Parecemos indios y españoles, y no americanos formados dentro de la cultura europea”.

Así se expresa Sarmiento, a principios del año ‘80, en las páginas de “El Nacional”.

Día a día aumenta la exaltación de los porteños, azuzada por una prensa provocativa que sabe halagar el orgullo local. Existe la convicción de que Buenos Aires es la presa codiciada por toda la República, “el cordero gordo” que ansían devorar las provincias famélicas(1).

(1) Citado por María Sáenz Quesada, “Argentina, capital Belgrano” (1988), publicado en: “500 Años de Historia Argentina”, colección dirigida por Félix Luna. Ed. Editorial Abril S.A., Buenos Aires.

Se recuerdan las glorias conquistadas por cuatro generaciones de guerreros: los de la Defensa; los de la Emancipación; los del Brasil; y los del Paraguay. La provincia cargó siempre con las principales responsabilidades y se sacrificó por bien común. Cualquier oportunidad parece buena para expresar temores y emociones.

A las armas sustraidas del Parque Nacional para armar secretamente a los gobernadores coaligados, se oponen las armas compradas por los mismos ciudadanos”, se oye decir durante esta campaña. Continuamente se exalta a la ciudadanía responsable. El pueblo de las provincias, en cambio, se deja manejar por sus mandones de turno, “porque en el Interior no hay una sola barbería, como no hay un almacén, como no hay una triste posada”. A la escasa juventud estudiosa y liberal que existía en esas míseras capitales, se las mató sin remordimientos.

¡Los hijos de Buenos Aires saben derramar su sangre por la patria, como derraman el champagne en sus grandes fiestas!”, exclama el Jefe de la Policía porteña durante un banquete. Y agrega que ha oido rumorear que un caciquillo de Rosario, “ha jurado atar su caballo en la Pirámide de Mayo. ¡Eso sucederá, señores, cuando todos seamos cadáveres!

El presidente Avellaneda es el blanco de los peores odios e insultos, mucho más violentos que los que tienen por destinatario a Roca. “La muerte de Buenos Aires”, apasionado alegato a favor de la causa porteña, escrito por Eduardo Gutiérrez -el autor de “Juan Moreira”- contiene toda la mitologia que circulaba entonces por la ciudad y resume las invectivas que la oposicion dirigía al presidente.

El plan maldito”, “La túnica de Cristo”, se denominan algunos de los capítulos de esta obra de combate que hizo furor entre los tejedoristas. El libro refleja las ilusiones, temores y prejuicios de esa juventud porteña que se batió en los suburbios de la gran ciudad defendiendo sus tradiciones, sus intereses y sus hogares que creían amenazados.

Los grenudos del interior del monte, afilaban ya las chuzas con que habían de entrar en la gran ciudad”, afirma Gutiérrez. Muchos rumores terroríficos circulaban por Buenos Aires. Se decía que “Los lanceros de la muerte” estaban adiestrándose en Córdoba en el arte de saquear campiñas cubiertas de hacienda. La vecina provincia de Santa Fe, hallábase también en actitud amenazante y dispuesta a acudir al reparto de los tesoros porteños. Se temía especialmente la presencia en el Ejército Nacional de indios salvajes, recién capturados durante la campaña al desierto e incorporados a los regimientos de línea.

Todo el país parecía, pues, armado hasta los dientes para atacar a la odiada Capital. En cuanto al Ejército regular, respondía íntegramente al presidente de la Nación y al prestigioso vencedor del desierto. Durante su breve paso por el Ministerio de Guerra y Marina, Roca se había cuidado de suprimir a los oficiales dudosos.

Para defenderse y, eventualmente, imponer sus propios candidatos, Buenos Aires contaba con montones de dinero y ciudadanos patriotas. A fines de 1879, estos comenzaron a armarse, según aconsejaban los periódicos locales. En Octubre se formaron las primeras sociedades del Tiro Nacional, a semejanza de las existentes en Europa.

Pero los propósitos deportivos del Tiro no engañaron a nadie: muy a las claras se vio que la juventud que, cada domingo se reunía en Palermo y otros sitios de la ciudad para ejercitarse en el manejo de las armas, no intentaba mejorar su puntería para cazar liebres en las estancias. Su anhelo era protejer a Buenos Aires. Contaban con pleno apoyo del gobernador y con la dirección del coronel Julio Campos.

Un entusiasmo inmenso embargaba a los jóvenes de los partidos conciliados, mitristas y autonomistas, de Tejedor, que se adiestraban en Palermo. Gutiérrez describe, emocionado, el espectáculo de este paseo

magnífico por su significación social.
Unos dos mil jóvenes de nuestras principales familias, con su arma al brazo y una concurrencia espléndida de damas.
Cada domingo aumentaba el número de tiradores y, con ellos, el número de damas...”.

Palermo era, pues, el lugar de los encuentros entre las señoritas de sociedad y los “mocitos” que, tocados con elegantes canotiers de paja clara, se disponían a vencer a los greñudos del Interior. Los rifleros habían adquirido armas de precisión a su costa -en su mayoría eran estudiantes sin mucho dinero- y entregaban a la caja común el producto de su trabajo.

La gente del pueblo no podia abordar la compra de un fusil; lo pedia insistentemente a las autoridades. Tejedor recibió criticas de los ultra porteños, porque no se armaba con suficiente celeridad y permitia que sus tropas utilizaran todavía fusiles de fulminante, mientras los soldados del Ejército Nacional ostentaban modernos Remington.

Porque los grupos partidarios de la fórmula Tejedor-Laspiur estaban escindidos en dos tendencias: los revoluciorios fanáticos -hermanos Gutiérrez, coroneles Campos, Arias y Lagos- y los pseudolegalistas del gobernador. Este mantenía una actitud timorata y algo ambigua. No se decidía a iniciar, por su cuenta, una rebelión atacando en la misma Buenos Aires al presidente de la República.

Tejedor se amparaba en la frase: “No quiero ser Gobierno rebelde”, que tranquilizaba a su tempermento de jurista. Los ultras del partido, sólo por disciplina partidaria, aceptaban ese blando liderazgo. Pero la posicion del gobernador no era clara: seguía promoviendo rebeliones en el Interior y armando a su propia provincia.

A principios de Enero de 1880, Tejedor concurrió al Tiro acompañado por edecanes, según correspondia a su alta investidura. Las tropas le rindieron honores militares y el gobernador distribuyó premios a los mejores tiradores y pronunció una encendida arenga:

Los enemigos de nuestras libertades -dijo, refiriéndose a las unidades del Ejército Nacional- han vuelto a vivaquear en la misma ciudad, pero mientras reine el espíritu que representa esta noble fiesta, no osarán levantar el brazo contra su patria o, si lo hicieran, nosotros sabríamos defenderla”.

La situación de la candidatura porteña se hacía cada vez más dificil. Las elecciones para renovar la Cámara de Diputados, el 1 de Febrero, dieron el triunfo, en todo el país, salvo Buenos Aires y Corrientes, a los roquistas. El general Roca había escrito a su cuñado pidiéndole que no le mandaran “tilingos” para integrar las Cámaras.

Debía venir un elenco bien seleccionado, porque al Poder Legislativo correspondería, en definitiva, decidir sobre la elección presidencial. En cuanto a la provincia de Buenos Aires, el triunfo de Tejedor había sido completo: sus enemigos, los autonomistas y republicanos de Rocha y Del Valle, se abstuvieron de votar, en vista de que carecían de garantías para emitir los sufragios. La pregonada bandera de “libre sufragio” que defendía Tejedor, no parecía aplicarse muy estrictamente a las cuestiones internas de su provincia.

Buenos Aires ardía en fuego patriótico. A mediados de Febrero, la revuelta parecía a punto de estallar y sólo la detuvieron divergencias entre las distintas corrientes tejedoristas. Además de sus jóvenes voluntarios de Tiro, la ciudad poseía una sólida Guardia Provincial y muchos vigilantes de Policía, reclutados entre soldados de línea dados de baja.

Todos ellos se entretenían desfilando por las calles de la Capital y haciendo constante ostentación de su poderío. Avellaneda se cansó de esta incómoda situación y decidió dictar un decreto que prohibía la reunión de ciudadanos armados en todo el territorio de la República.

La alarma cundió en la ciudad. Se sabía que el presidente, secundado por su enérgico ministro de Guerra y Marina, Pellegrini, estaba dispuesto a hacer cumplir la orden desarmando por la fuerza, si fuese necesaria, a los ocupantes de Palermo. ¿Se animaría el Gobierno a barrer con la metralla a la juventud más distinguida de Buenos Aires, causando quizás una nueva San Bartolomé?

Temprano en la mañana del domingo 15 de Febrero, se reunieron los jefes del Tiro para decidir si concurrían o no a Palermo. Prudentemente resolvieron no ir, dejar que las tropas nacionales ocuparan el local y reunir a los voluntarios en la plaza Lorca. Allí se organizó una entusiasta columna que, al grito de “¡Viva Buenos Aires!” recorrió las calles de la ciudad hasta desembocar en la Plaza de la Victoria.

Ancianos, doctores, marchando con sus bastones al hombro y hasta chiquilines tocando el tambor la integraban. El presidente, suponiendo que la marcha era el paso previo a la esperada revolución, dio orden de que uno de los regimientos nacionales se dirigiera al Paseo de Julio.

Todo hacía suponer que ese día correría sangre por las calles de Buenos Aires y que el encuentro entre ambos grupos enemigos era inevitable pero, afortunadamente, se llegó a un acuerdo: varios notables mediaron para que Avellaneda y Tejedor se entrevistaran. De la visita surgió el arreglo provisorio; Tejedor prometió que el pueblo porteño no volvería a hacer ostentación de sus arrnas y el presidente suspendió el traslado de varios Cuerpos de línea a la Capital.

Las fuerzas nacionales se retiraron a la Chacarita. Por la noche, de tan agitado día, el pueblo se volcó en las calles y cafés comentando a gritos los acontecimientos y reclamando la libertad de sufragio y la renuncia del presidente. Pensaban que, sin el apoyo de Buenos Aires, era inútil gobernar. Infinidad de bromas circulaban acerca del exiguo mandatario y sobre el miedo que, supuestamente, había sentido durante la pasada jornada.

Todo el mundo testimoniaba su afecto hacia los Guardias Nacionales, enviándoles baldes de café y cajones dc cigarros de la mejor calidad. Los defensores de una opulenta ciudad debían estar opíparamente avituallados.

El acuerdo Tejedor-AveIlaneda, aunque provisorio, había llegado a tiempo: el 15 de Febrero, los más audaces opositores habían querido hacer el movimiento sedicioso apresando, sin más trámites, al presidente. El coronel Lagos, desde la campaña, donde recibía la adhesión del paisanaje, se manifestaba dispuesto a marchar en apoyo de los rebeldes.

Un comité sedicioso, integrado por los coroneles Arias y Campos, los doctores Lisandro Olmos, Juan Agustín García y Delfín Huergo y don Nicasio Oroño, representaba la posición extremista que, al anochecer del día 15, se sintió indignada con el gobernador de su provincia y sus propósitos pacifistas.

Cumpliendo lo pactado, Tejedor procedió a despedir a los voluntarios hasta nueva orden -en ningún momento se habló de desarmarlos-. Estruendosos “¡Viva Buenos Aires!” saludaron al gobernador cuando éste visitó uno a uno a los belicosos “Rifleros”, “Patricios de Buenos Aires”, “Tiradores del Sud”, “11 de Septiembre”, “Rivadavia”, “Rifleros de Belgrano” y demás batallones.

Incluso se disolvieron dos unidades de voluntarios italianos, porque la numerosa colonia extranjera participaba activamente, desde los tiempos de “La Nueva Troya”, en las querellas internas del país.

Despedir a los voluntarios no significó más que un paréntesis en la lucha. Esta continuo por carriles subterráneos, formados principalmente por el Comité Revolucionario. De él salieron las medidas más decididas, como la abortada revolución de Córdoba, destinada a socavar el principal punto de apoyo de la Liga de Gobernadores.

El Comité repartió dinero y armas y don Lisandro Olmos fue encargado de cambiar la situación de la “docta”. Olmos intentó dar un golpe sorpresa, metió preso al gobernador Del Viso y asaltó la casa del Jefe de Policía que, a las once y media de la mañana, dormía aún pacíficamente.

Un pelotón de guardiacárceles leales salvó la incómoda situación de Del Viso y su ministro Juárez Celman, detenido en su despacho de la Casa de Gobierno. Los sediciosos fueron a dar con sus huesos en la cárcel y los amigos de Roca quedaron más fuertes que nunca en el ámbito provincial.

No en vano la ciudad había brindado un recibimiento clamoroso al conquistador del desierto cuando éste la visitó un mes atrás: más de siete mil personas -cifra enorme para la pequeña Córdoba- lo esperaron en la estación y lo acompañaron hasta su casa, vitoreándolo como al futuro presidente.

En el Interior, el “Zorro” no tenía rivales. Terrninada felizmente la revuelta cordobesa, nada impidió que Juárez Celman fuera el nuevo gobernador. El mismo año 1880 se mostraba favorable para los concuñados.

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