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Argentina, capital Belgrano

Belgrano: primero fueron a algunos ranchos dispersos sobre la barranca del río, un oratorio para negros y esclavos, zonas bajas y anegadizas, una calera y una pulpería. Se lo conocía por el nombre de ésta, La Blanqueada o por el de “alfalfares de Rosas”, ya que el lugar parecía una prolongación de las posesiones de Palermo(1).

(1) Citado por María Sáenz Quesada, “Argentina, capital Belgrano” (1988), publicado en: “500 Años de Historia Argentina”, colección dirigida por Félix Luna. Ed. Editorial Abril S.A., Buenos Aires.

Después, en 1855, Belgrano adquirió categoría de pueblo y de pueblo progresista, dotado de los últimos adelantos de la civilizacion decimonónica: gas, ferrocarril, tranways, escuelas modelo. Tímidamente pretendía hacerle la competencia a la cercana Buenos Aires, presentándose como un lugar tranquilo, bien ubicado, intermediario entre la ciudad y el campo.

De súbito, las luchas políticas convirtieron el pueblito en Capital de la República. Durante cuatro agitados meses de 1880, doce provincias miraron a Belgrano con esperanza y dos con odio. Los ejércitos se pasearon por sus calles, los alquileres subieron de precio y los pacíficos vecinos olvidaron su tranquilidad para intervenir agriamente en la contienda que dividía al país, oponiendo a Roca contra Tejedor, al localismo contra el espíritu nacional y reavivando viejos resentimientos entre provincianos y porteños.

El decreto que cambió la vida de esta población decía así:

El Presidente de la Republica acuerda y decreta:
Artículo 1.- Desígnase al pueblo de Belgrano para la residencia de las autoridades de la Nación”.

Firmaba Nicolás Avellaneda, y estaba fechado el 4 de Junio de 1880, en la Chacarita.

Con la decisión presidencial del 4 de Junio, culminaba un complicado proceso politico cuyos antecedentes inmediatos podian remontarse a tres años atrás, cuando comenzaron a perfilarse nombres para la sucesión presidencial.

- Capital Belgrano

Avellaneda declaraba residencia del Gobierno Federal al pueblo de Belgrano. El decreto, cumplido por el Senado, no lo fue por la Cámara de Diputados ni por la Corte Suprema ni por el vicepresidente Acosta. Hasta dentro del Gabinete repercutió la escisión, renunciando el ministro Lucas González.

El 5 de Junio, Tejedor promulgó una ley de la Legislatura por la que se movilizaban las milicias(2) ; y el presidente, con Acuerdo de los Ministros, considerando el hecho como “un alzamiento explícito contra el artículo 17, inciso 24, de la Constitución que atribuye esta facultad al Congreso de la Nación”, notó de rebeldes a los ciudadanos que obedecieran al gobernador y convocó a las milicias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba:

Departamento del Interior

Municipio de Belgrano, Junio 5 de 1880

Habiendo el gobernador de Buenos Aires ordenado la movilización de la Guardia Nacional de esta provincia, según los telegramas que se han rechazado en la Oficina del Telégrafo Nacional, lo que es un alzamiento explícito contra el artículo 67 inciso 24 de la Constitución, que atribuye esta facultad al Gobierno de la Nación;
Habiéndose apoderado del edificio en que se halla establecido el Parque de la Nación, según consta en nota del Jefe de este Establecimiento, como igualmente de otros objetos de propiedad nacional;
Habiendo además intentado apoderarse de los ferrocarriles para sus objetos y medidas de guerra, como lo demuestra la nota del gerente del Ferrocarril del Sud, dirigida en esta fecha al Ministerio del Interior,
El Presidente de la República
Ante la guerra manifiesta y en la necesidad suprema de defender la existencia de la Nación,

Decreta:

En Acuerdo General:
Art. 1.- Todo ciudadano que obedezca las órdenes de movilización dictadas por el gobernador de Buenos Aires comete delito de rebelión y será juzgado y tratado en tal concepto.
Art. 2.- Quedan movilizadas y a las órdenes de las autoridades nacionales, la Guardia Nacional de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba.
Art. 3.- Por el Departamento de la Guerra se expedirá el decreto nombrando los jefes de la nación que deben hacerse cargo de la Guardia Nacional movilizada.
Art. 4.- Este decreto será inmediatamente sometido a la aprobación del Honorable Congreso Nacional, cuando haya restablecido sus sesiones.
Art. 5.- Comuníquese a quienes corresponda, publíquese y dése al Registro Nacional.

AVELLANEDA
Benjamín Zorrilla, Santiago S. Cortínez, Miguel Goyena, Carlos Pellegrini

(2) “Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires - Año 1880”, p. 215. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En días subsiguientes, la Legislatura creó el Ministerio de Milicias e impuso el Estado de Sitio en el territorio provincial. Mientras tanto, las fuerzas de la ciudad se organizaban a las órdenes del coronel Julio Campos -designado Jefe de la plaza- y las del oeste y sur de la provincia se concentraban en Mercedes, bajo el mando de Arias. El general Martín de Gainza ocupó el flamante Ministerio.

- Belgrano, el centro de atención

Hacia 1880, el pueblo de Belgrano, fundado treinta y cinco años atrás por el gobernador Pastor Obligado, prosperaba a ojos vista. El modesto rancherío sobre la barranca del Plata, estaba convertido en un agradable sitio que unía, a las ventajas de sus calles arboladas e iluminadas a gas, la condición de estar a un paso de la capital.

Cuarenta minutos de tranway a caballo distaban entre el centro y Belgrano y dos líneas efectuaban el recorrido desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche. Chacarita podía, sin demasiado esfuerzo, vivir en el pueblo y trabajar en la ciudad.

Además existían comodidades especiales: Alberto O. Córdoba, autor de un exhaustivo estudio sobre el barrio, anota que las noches de función en el Colón, un vehículo esperaba a los habitués para trasladarlos de vuelta a casa.

Aunque los habitantes prefirieran el tranway, una de las más antiguas estaciones de ferrocarril funcionaba desde 1862. No es de extrañar, entonces, que muchos vecinos distinguidos se mudaran a Belgrano sin abandonar por eso sus ocupaciones del centro. Otros optaron por pasar allí los largos meses del verano, aprovechando el fresco de los grandes caserones con patios y las quintas ricas en durazneros, laureles, nísperos y parras.

El espacio comenzaba a escasear en la Gran Aldea. Sin lugar a dudas, las residencias de Alsina (11 de Septiembre y Echeverría) y Corvalán (actual Club Belgrano), eran las más hermosas de la zona.

Rafael y José Hernández, el tres veces electo gobernador constitucional propietario de Corrientes, Pedro Juan Ferré, se contaron entre los habitantes permanentes del pueblo. Los Alsina preferían habitarlo transitoriamente. Además, gran número de extranjeros, ingleses en su mayor parte, integraron -desde un principio- la población belgranense, ocupándose de diversas tareas.

Pescadores y lavanderas habitaban las zonas bajas e insalubres del río. La actividad más remunerada de los vecinos consistía en la compra-venta de terrenos y casas, síntoma de progreso. Algunas tiendas despachaban desde coñac Martel legítimo, jamón inglés y vino de Burdeos, hasta yerba paraguaya, galleta criolla y licores de alquitrán, recomendables a los de digestión dificil.

Diversiones no faltaban: a partir de la fundación de Belgrano, se había hecho famoso por el hipódromo, el Circo de Carreras que fue el paseo de moda en tiempos de la Secesión. La pasión por las carreras llegó a tal punto que los pobladores invertían dinero en parejeros y hasta los chicos tenían petisos trotadores.

Un poco más lejos, en Saavedra, el rico escocés White instaló otro hipódromo, dotado de una carpa, donde se despachaban bebidas y comestibles. La gente jugaba entusiasmada sin preocuparse, porque el único pura sangre de la localidad, adquirido por White en Inglaterra, ganara infaliblemente todas las carreras.

A medida que Belgrano crecía, aumentaban también sus instituciones culturales: dos escuelas públicas de varones y niñas sobre la plaza principal, varios colegios privados católicos, de señoritas, ingleses y alemanes y hasta un moderno “Colegio para los Obreros”, donde se enseñaban manualidades a jardineros, herreros y carpinteros, educaban a la juventud local.

Existía un diario, “La Prensa de Belgrano”, en el que Eduardo Holmberg escribía folletines y que, de tanto en tanto, incluía anónimos poemas gauchescos: José Hernández formaba parte del vecindario.

Varios edificios notables empezaron a construirse, entre ellos la Municipalidad. En 1878 se inauguró la iglesia redonda, orgullo del pueblo. Sin embargo y pese al progreso, todavía existían incomodidades: los caminos de tierra se volvían intransitables cuando llovía y las calles parecían verdaderos torrentes.

A ese apacible cuadro pueblerino llegó, en Junio de 1880, la avalancha del Gobierno Nacional que huía de Buenos Aires, trastocando el orden e infundiendo a todo el mundo su irreprimible nerviosismo. Las tranquilas calles y las quintas arboladas acusaron el impacto de la angustia reinante en el más alto nivel oficial.

Felipe Yofre, protagonista de ese traslado, describe su visión de la nueva Capital:

Belgrano era entonces una aldea de calles sin empedrado, barrosas, huertas cerradas donde reinaba un profundo silencio; por entre los cercados, apenas se alcanzaba a distinguir a alguna persona que andaba ocupada en quehaceres domesticos”.

Todas las casas disponibles fueron alquiladas por la Presidencia de la Nación a fin de facilitar el traslado de Senadores, Diputados y empleados públicos. Pero muchos personajes conspicuos se negaron a partir y esa negativa constituyó una definición a favor de los tejedoristas.

El propio vicepresidente de la República, Mariano Acosta, se quedó en Buenos Aires, demostrando así que era porteño nativo y prefería la causa de su provincia. La Corte Suprema ni siquiera se movió. Lo mismo hicieron gran número de Diputados Nacionales. En cambio, el Senado pudo sesionar, desde un principio, en los salones de la Municipalidad. Hasta los empleados públicos recibieron orden de salir, so pena de quedar cesantes.

Naturalmente, el Cuerpo diplomático permaneció aferrado a la ciudad-puerto. Era optimista pretender que dejaran Buenos Aires, cuando ni siquiera lo habían hecho durante el prolongado período de Gobierno de Paraná.

En Belgrano, los congresales se alojaron como pudieron; la casa de pension improvisada por la señora Josefa Calvo, albergaba a las diputaciones de Santa Fe, San Juan y Mendoza. Los demás se desparramaban por casas alquiladas, amuebladas como pensiones de estudiantes pobres; catres de lona o hierro, con o sin colchones, alumbrado a querosén o a vela.

Un solo bar, el Watson’s -que Yofre denominaba el Warzón- servía de fonda improvisada, donde almorzaban y comían los congresales (ese edificio de altos, ubicado en la recova: es el escenario de algunos capítulos de “Sobre héroes y tumbas”).

Las diversiones del invierno frio y lluvioso durante el cual sesionó el Congreso de Belgrano, se reducían a juegos de naipes y a consultas al trípode. Rafael Hernández brillaba por sus condiciones naturales de medium. Conversaciones de amigos en torno al inevitable tema político, completaban el cuadro de entretenimientos.

Por las noches se escuchaba el incesante galope de los caballos que venían de la Chacarita. Allí, en los Cuarteles leales, residía el presidente, acompañado por el infatigable ministro Pellegrini.

Avellaneda dormía en una pieza grande con piso de ladrillo antiguo que daba a un corredor. En lugar de la hermosa cama de jacarandá que tenía en su dormitorio de la calle Moreno -recuerda Yofre- ocupaba una humilde cama de hierro; sillas modestas y una mesa desmantelada completaban el reducido mobiliario.

De su gran biblioteca de la ciudad, Avellaneda sólo había llevado un libro favorito: “El arte de hablar”, de Hermosilla, que lo acompañó durante toda la campaña, inspirándole párrafos encendidos y frases sonoras.

El presidente, vestido de azul oscuro con anchas franjas de seda acordonada y tocado con una gorra dc visera de charol, viajaba constantemente de Chacarita a Belgrano. Avellaneda tomaba la actual calle Lacroze, para dirigirse al “Petit Versalles” donde habitaba su familia. Esta se hospedaba en casa de José M. Astigueta, cuya mujer era prima del presidente.

Sin embargo, el éxodo no fue obligatorio: los parientes de Pellegrini y Levalle continuaron residiendo tranquilamente en Buenos Aires, sin que nadie los molestara y muchos ciudadanos pedían y recibían autorizaciones al Gobierno de Tejedor para trasladarse a la Capital provisoria.

En Belgrano se vivía un estado de alarma permanente; de noche no se podía dar un paso sin responder al quién vive y si se disparaba una caballada, la gente pensaba que ya se había iniciado el temido golpe de mano de los porteños. El plan de los extremistas porteños era vox populi: irrumpir con algunos centenares de soldados resueltos entre la Chacarita y Belgrano, apoderarse del presidente, llevarlo a Buenos Aires y obligarlo a gobernar con un Gabinete porteño.

Pero, obstinadamente, Tejedor se negó a aprobar el proyecto, alegando que ésa sería la señal para que Roca alzase la bandera de la guerra civil. Es cuestión de hechos y no de teologías, refunfuñaba Arredondo, promotor del golpe de mano. Los ultraporteños tenían razón. Se estaba perdiendo un tiempo precioso porque, día a día, el Gobierno Nacional se iba fortaleciendo.

El Senado Nacional pudo sesionar desde el primer momento con quórum: la mayoría de los legisladores adictos a la Liga se trasladaron en tren a la nueva Capital. En cambio, Diputados, donde existía una gran proporción de tejedoristas, careció del número necesario para reunirse, tanto en Buenos Aires como en Belgrano.

Roca aconsejó solucionar el problema incorporando a la Cámara algunos representantes de Cordoba y La Rioja, cuyos diplomas habían sido rechazados durante las agitadas jornadas de Mayo último. Así, pudieron reanudarse las sesiones. De inmediato se decretó la cesantía de los ausentes(3).

(3) Eudoro Díaz de Vivar, Juan Manuel Rivera, José Miguel Guastavino y Miguel G. Morel, todos liberales correntinos, cesaron en sus mandatos.

- Roca presidente

El 13 de Junio se celebraron, en todo el país, las elecciones presidenciales. Salvo Corrientes y Buenos Aires, las provincias consagraron la fórmula Roca-Madero para el período 1880-1886. Los dieciséis Electores presidenciales elegidos en Corrientes, en los comicios del 11 de Abril de 1880, fueron para Tejedor. El 13 de Junio se reunieron en las capitales provinciales los Colegios Electorales y, en Buenos Aires y Corrientes se votó por la fórmula Tejedor-Laspiur, quienes también obtuvieron un voto en Jujuy.

La histórica posición de apoyo del liberalismo correntino al porteño se había cumplido otra vez. Pero el resultado final no fue favorable a aquéllos pues, para presidente, el general Julio Argentino Roca obtuvo 161 votos y el doctor Carlos Tejedor sólo 71; y para vicepresidente, Francisco Bernabé Madero logró 161 sufragios y su contendor, el doctor Laspiur, 71.

El escrutinio definitivo de los votos de los Electores presidenciales fue realizado por la Asamblea Legislativa nacional, el 10 de Octubre de 1880, dos días antes de que asumieran las nuevas autoridades. Las decisiones de los Colegios Electorales se producían cuando ya se había originado la ruptura entre el Gobierno de la Nación y el de la provincia de Buenos Aires.

Simultaneamente y durante todo ese ajetreado mes de Junio, afluyen hacia la Capital Provisoria tropas. Los trenes resultan escasos para transportar al Ejército regular y a los Guardias Nacionales que los gobernadores de la Liga ponen a disposicion del presidente.

Este aprovecha su ubicación estratégica: en Belgrano tiene un pie en la Capital y el otro en Interior. Los jefes son adictos a Roca, que los ha seleccionado cuidadosamente durante su paso por el Ministerio de Guerra. Son pocos los oficiales que renuncian, como el coronel Benjamín Victorica, “antes de disparar un tiro contra la heroica Buenos Aires en que nací”.

Las Fuerzas Armadas argentinas empiezan a profesionalizarse y a respetar, sin fijarse en localismos ni en ideologías, a las autoridades constituidas.

Batallones de Santa Fe ocupan la vecina San Nicolás y la Escuadra del almirante Cordero bloquea la ciudad rebelde. Las líneas telegráficas se hallan en poder del Gobierno.

- Corrientes, aislada

Corrientes, única esperanza de los porteños, queda aislada y vanamente los tejedoristas esperan que su movilización a favor de Buenos Aires abra un segundo frente de lucha.

En la segunda mitad de Junio, cuando promediaba la lucha entre las Fuerzas nacionales y bonaerenses, todavía estaba en ejecución preliminar el pacto correntino-bonaerense y el general José Miguel Arredondo, que debía ponerse al frente de la rebelión en Entre Ríos, ni siquiera había salido de Buenos Aires.

Además, el doctor Tejedor, convencido luego de varios contrastes de que la resistencia era inútil y entrañaría un sacrificio sin sentido, decidió aceptar la mediación del Cuerpo diplomático y entablar negociaciones; a su vez, al no poderse poner en comunicación con Corrientes por telégrafo y por el cierre de los puertos por la Escuadra Nacional, dio por fracasado el pacto con Corrientes y decidió no darle a conocer los acontecimientos que se desarrollaban en Buenos Aires, para que aquella provincia no entrara en una lucha estéril.

Pero, a pesar de lo anterior, en la Mesopotamia hubo movimientos de tropas y algunos enfrentamientos en la zona fronteriza de Corrientes y Entre Ríos. En esta última provincia, hubo una intrascendente sublevación de Guardias Nacionales en Concordia, que terminó rápidamente cuando los sublevados se apresuraron a tomar el tren para Monte Caseros, abandonando abundantes pertrechos.

Tropas entrerrianas, por su parte, se colocaron en la frontera con Corrientes, en la localidad de San José de Feliciano, al mando del coronel Manuel Obligado, estando listas, además, las Divisiones de La Paz y Concordia.

Los aprestos de esas tropas obligaron al vicegobernador correntino a ubicarse con la infantería de Goya sobre el río Mocoretá, junto con la División del sur, el día 29 de Junio. En Buenos Aires, las acciones habían finalizado, y el 30 renunció Tejedor, mientras en la Mesopotamia, posiblemente por la desinformación, recién comenzaban.

Cuando llegaron los primeros ecos de la batalla, un Cuerpo de milicias entrerriano se sublevó en Concordia y partió a guarecerse en Monte Caseros. Poco después, esta guerrilla irrumpió en territorio de Entre Ríos, imitándola otra -también integrada por entrerrianos- que se había formado en Esquina. El Gobierno de Corrientes se apoderó de las Oficinas del Telégrafo Nacional, por haberse resistido los empleados a transmitir sus despachos.

Los sublevados de Concordia, que se habían retirado a Monte Caseros, aumentaron sus efectivos allí con emigrados entrerrianos que pasaron desde el Uruguay y, al mando del comandante Díaz, se lanzaron nuevamente sobre Entre Ríos, penetrando hasta Federal, pero teniendo que retirarse nuevamente, perseguidos por las Fuerzas del coronel Obligado.

Mientras tanto, en Esquina, el comandante Machado organizó algunas tropas, que también ingresaron en Entre Ríos, dispersando a efectivos de esta provincia en San José de Feliciano, pero siendo obligadas a retirarse otra vez hacia Corrientes.

Las tropas nacionales, al mando del general Juan Ayala, que estaban situadas en la frontera de las dos provincias, retrocedieron hasta el Palmar, cumpliendo instrucciones de Avellaneda que quería retardar un enfrentamiento con los correntinos, esperando que estos depusieran las armas, al tener conocimiento del desenlace de los sucesos de Buenos Aires; aunque recibieron refuerzos a las órdenes del general Conrado Villegas.

Es evidente que hubo una total falta de sincronización y de comunicación entre los rebeldes bonaerenses y litoraleños y la escasa acción llevada a cabo por estos últimos fue lo que provocó que Tejedor, en su renuncia, expresara:

He echado una mirada alrededor nuestro y, hasta ahora, estamos solos”.

En parte se ajustaba a la realidad de ese momento, pero no era justo, si se lo decía en forma de reproche, porque Corrientes no faltó a su compromiso.

- Se inicia la lucha armada

El Ejército Nacional y las milicias provincianas se aglomeraban en la Chacarita, despedidos en Rosario por Roca. A la cabeza se colocó Pellegrini, asistido por el general Luis María Campos como Jefe del Estado Mayor.

El primer encuentro se produjo el 17 de Junio en las cercanías de Luján. Tropas nacionales, mandadas por Racedo atacaron una columna de paisanos de las milicias rurales que se dirigían a defender a Buenos Aires. Esta columna de voluntarios, formada por estancieros y peones -tres hijos de Salvador María del Carril encabezaban a los milicianos de Lobos- fue dispersada parcialmente, pero logró reorganizarse y llegar al Puente Alsina, a las puertas de la ciudad.

El combate inicial se libró-como se dijo- el 17 de Junio en la estación Olivera, partido de Luján, entre las tropas colecticias reclutadas por Arias y una columna que comandaba el coronel Eduardo Racedo. El triunfo correspondió a las armas nacionales, pero fue incompleto, pues Arias pudo proseguir la marcha hacia Buenos Aires al frente de cinco mil paisanos.

El 20 de Junio, unos 40.000 hornbres están reunidos en la Chacarita a la espera de que se inicien las hostilidades. El “Zorro”, desde su apostadero en Rosario, despide suavemente a las delegaciones de las fuerzas vivas que acuden a pedirle renunciamiento patriótico en aras de la paz.

Fue una sangrienta lucha, la del 20 de Junio, en Barracas, sobre el puente grande del Riachuelo, donde el coronel Julio Campos repelió a las fuerzas de la Nación que dirigía el coronel Nicolás Levalle y las forzó a replegarse hasta Lanús.

Su jefe, el coronel José I. Arias se convirtió en héroe de los sangrientos combates que se desarrollaron los días 20 y 21 de Junio en Puente Alsina, Plaza Constitucion y, finalmente, en la Meseta de los Corrales, “el punto más luminoso en la epopeya de 1880”.

La batalla final se dió el 21, primero en Puente Alsina, en cuya acción Racedo batió nuevamente a Arias y, luego, en la loma de los Corrales -actual Parque de los Patricios- punto tenaz y eficazmente defendido por el coronel porteño Hilario Lagos contra el ministro de Guerra y el Jefe del Estado Mayor.

A las dos de la tarde, las huestes nacionales se retiraron a la plaza de Flores. Al rato, imitaron su movimiento los Cuerpos de la provincia, yéndose a la plaza del Once, compelidos a ello por haber logrado Levalle posesionarse de la Meseta de la Convalescencia -luego denominado “Hospicio de las Mercedes” (hoy Hospital Municipal “Dr. José Tiburcio Borda”)- amenazando aislarlos mediante la presión que realizaba sobre la ciudad apenas guarnecida.

Las Divisiones porteñas quedaron desde entonces atrincheradas en el centro urbano. Habían perecido cerca de tres mil hombres. En tanto, Roca se niega a ceder su puesto de presidente electo a Sarmiento, como lo sugieren muchas voces.

Las tropas de Arias y de Campos lucharon bravamente para rechazar el ataque combinado de Racedo y Levalle que, desde la Chacarita y Barracas se esforzaron por entrar en Buenos Aires.

Las aristocráticas manos de la juventud porteña que, hasta entonces no habían manejado otra cosa que la varita o el guante”, supieron demostrar que las enseñanzas del Tiro Nacional no habían sido inocuas.

Pero la acción de los rifleros y el entusiasmo demostrado en todo momento por los voluntarios no eran suficientes para derrotar a un Ejército de veteranos. Al atardecer del dia 21, Arias recibió órdenes de replegarse hacia el centro. Unos 3.000 cadáveres quedaban sobre el campo de batalla.

La población recibió emocionada a sus héroes que volvían de la línea de fuego. Tranways cargados de heridos llegaban de la zona de los combates, testimoniando la trágica carnicería.

Resultaba vergonzoso no formar parte de los defensores de la ciudad. Para los remisos, se hacían levas desde varios días atrás y más de un chico de familia tuvo que volver solo a su casa cuando el sirviente negro que lo acompañaba al colegio fue requisado e incorporado al Ejército porteño.

También se cavaron trincheras, a la espera de un sitio prolongado y se emplazaron barricadas y cañones Krupp frente al río, en previsión de un desembarco.

Del 22 al 24 de Junio se produjo un “impasse” en las operaciones, que respondía a causas secretas: la pólvora del Ejército Nacional se había mojado e inutilizado durante su traslado en un buque de guerra. Hubo que buscar más en Montevideo.

Entretanto el Cuerpo diplomático pidió una tregua que sirvió para que Tejedor reflexionara sobre su difícil situación. Mitre, nombrado Jefe de la Defensa, inspeccionó los Cuarteles y el armamento de los rebeldes y dictaminó que no había posibilidades de triunfar. Las trincheras tardarían quince días más de trabajo para ser eficaces. Tarde o temprano los veteranos de la campaña al desierto iban a arrasar con el Gobierno de Buenos Aires.

Tejedor prefirió, entonces, ceder antes de que la guerra provocara otras víctimas. No podía sostenerse un largo sitio a la espera de hechos dudosos.

He pedido al general Mitre que pase a hacerle una visita”, escribió el gobernador a Avellaneda. Don Bartolo, el hombre de las horas difíciles, se presentó solo, vestido de civil, en Belgrano. Cruzó la plaza de la Capital Provisoria y, serenamente entró en la casa del ministro del Interior, donde se desarrollaron las conversaciones.

Ofrecía la renuncia de Tejedor y el desarme de la guarnición de Buenos Aires, que entregaría sus armas al parque nacional. Las autoridades restantes se sometían al presidente. Avellaneda, por su parte, prometió que el Ejército no haría ostentación de su victoria por las calles de la ciudad y que no habría procesos politicos ni militares. Se trataba pues de un pacto entre caballeros, no de una rendición total.

El presidente había actuado por su cuenta, sin consultar al Senado ni a Roca; estos no le perdonaron esta actitud.

Hay en la ciudad fuerza bastante para resistir los ataques que se le traigan... Quiero, sin embargo, en cuanto de mí dependa, ahorrar más escenas de sangre...
Quiero librar de la muerte a la juventud, que es el porvenir de la patria; a la clase menesterosa y trabajadora, del hambre; y la campaña de las depredaciones de una guerra duradera.
Prefiero las bendiciones de las madres, a la vanagloria del triunfo”, decía el gobernador rebelde en su renuncia.

Pero su dimisión no fue suficiente para calmar los ánimos enardecidos. Quedaba un problema pendiente: el futuro de Buenos Aires. Las provincias, representadas por Roca y el Senado, quisieron resolverlo sin más trámites.

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