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Tejedor renuncia; Avellaneda, duda

El general Julio A. Roca deseaba tomarse la revancha de Pavón, explica Carlos Heras.

Por eso, Mitre apoyó a Tejedor; defendía su obra y la solución dada en 1862...
Hubo tal vez error de perspectiva; el problema de 1880 ya no era el de 1852. Entonces se salvaba la unidad nacional; ahora, ésta no peligraba; al contrario, debía afianzarse con el sacrificio de la cabeza de la provincia-metrópoli.
No se produciría el desplazamiento de una oligarquia porteña por otra provinciana, como se ha escrito; el planteo en estos términos es ingenuo. Las fuerzas nuevas representaban otro matiz riguroso del sentimiento nacional; equivocada o no la imposición, era una fatalidad histórica, como lo fue la resistencia.
La lucha fue el encuentro y choque de dos corrientes matrices de la política argentina; una debía ser vencida y someterse, si no el sacrificio cruento no hubiese tenido sentido.
Roca y los hombres que lo rodearon lo comprendieron así y tendieron las líneas del plan para afianzar la victoria. El punto nuclear del mismo, forzosamente, tenía que ser la capitalización definitiva de Buenos Aires(1).

(1) Citado por María Sáenz Quesada, “Argentina, capital Belgrano” (1988), publicado en: “500 Años de Historia Argentina”, colección dirigida por Félix Luna. Ed. Editorial Abril S.A., Buenos Aires.

Sólo una mano fuerte podía hacer comprender a los porteños que estaban vencidos y no era Avellaneda el hombre indicado para convencerlos de esta realidad.

Apenas terminada la lucha, Buenos Aires se dedicó unánime a cuidar a sus heridos, llorar a sus muertos y recompensar a sus heroicos defensores. La Cruz Roja debía ocuparse de los heridos nacionales, ya que los ciudadanos sólo se interesaban por sus propios caídos.

A los solemnes funerales celebrados en las parroquias, asistieron los Cuerpos de voluntarios, de uniforme y sin armas. El Gobierno Provincial hizo rezar un oficio en la Catedral exclusivamente por los muertos de la Defensa; concurrieron el arzobispo y el Cabildo Eclesiástico en pleno.

Cuando Avellaneda encargó un funeral similar en Belgrano, por todos los desaparecidos en la lucha sin distinción de ideologías, ni el arzobispo, ni la Corte Suprema, ni el vicepresidente estuvieron presentes. La guerra sorda continuaba, pues, dividiendo a los argentinos.

Los porteños comentaron favorablemente los gestos de algunos defensores: el coronel Campos se había despedido de sus tropas con una jactanciosa orden del día y el coronel Arias acababa de renunciar para no tener que ordenar el desarme de sus valientes subordinados.

La Legislatura local otorgó pensiones a las viudas y a los huérfanos de guerra y concedió sueldos a los jefes militares que fueron separados de sus cargos por su fidelidad a Buenos Aires. El paseo de moda lo constituía la meseta de los Corrales, testigo de horas gloriosas.

Pese al nerviosismo, la ciudad se normalizaba. Al principio escasearon la carne y el pan, pero pronto los abastecimientos siguieron su ritmo habitual. A partir de Julio los teatros reabrieron sus puertas y el tranway a Belgrano circuló normalmente.

El Gobierno Nacional tomó posesión de la Casa Rosada, pero no se instaló en ella: Belgrano sería sede de las autoridades hasta que se solucionara definitivamente la Cuestión Capital. Algunos diarios protestaron enérgicamente por el hecho de que el territorio de la Capital Provisoria no hubiera sido cedido por la Legislatura local. Los porteños no se resignaban a hacer el papel de vencidos y alborotaban como si todavía tuvieran las riendas de la situación.

Constantemente estallaban disputas protagonizadas por soldados y voluntarios. La gente había dejado de saludarse por motivos políticos; en el seno de las familias más unidas se escuchaban discusiones violentísimas; miradas de odio seguían el paso de los integrantes del Ejército Nacional que circulaban por las calles de la ciudad.

La mayoria de ellos desconocían las bellezas de la famosa Capital y aprovechaban la guerra para efectuar un improvisado turismo. Los catamarqueños, llegados al lugar del conflicto algo tardíamente, cuando todo estaba terminado, se deleitaban admirando las calles alumbradas a gas y bordeadas de suntuosos edificios.

Los cordobeses parecían los más orgullosos visitantes; no era para menos, con admirable celeridad habían alistado once batallones integrados por lo mejor de la juventud local, que se destacaron durante los combates de Junio. Una carta de Jose Miguel Olmedo, Diputado cordobés al Congreso de 1880, describe -en forma pintoresca- las emociones de los recién venidos:

Llegué aquí de uniforme -relata a Juárez Celman- y dos horas después de estar en Belgrano partí a la ciudad acompañado por Sosa, que iba a afeitarse. Apenas el tranway llegó a las calles principales, nos bajamos para orientarnos y conocer la ciudad. Sosa quiso entrar en la primera barbería que hallamos, pero yo le dije:
‘No, debemos ir a Florida y Rivadavia, a lo de Ruiz & Roca’, y allí entramos, dándonos aires de personajes.
Olvidaba decirle que mis galones hacían torcer la cara de los porteños, hombres v mujeres, viejos y jóvenes que, como todos los pueblos abyectos, tiemblan al Ejército, pero lo odian.
Yo gozaba de la mortificacion del amor propio pintada en el rostro de los transeuntes con quienes tropezaba, tomando siempre la derecha y mirándolos a la cara como si les conociera. “En la ciudad me presentaron mucha gente, a la cual apenas saludé y de cuvos nombres me hice el olvidado inmediatamente, para darme el placer de preguntarles a ellos mismos quiénes eran y mostrarles que estaban lejos de ocupar todo el escenario argentino.
Le aseguro que este 'bárbaro del Norte' les hizo pasar amarguras sin nombre a Antonio Cambaceres, Lagos García, Mansilla, Alvear, Levalle, el General, que es -según dicen- muy valiente.
Mi afabilidad fue para los humildes, como Zorrilla y Alvarez, a punto de decirse que yo era un ensimismado capaz de mortificar el amor propio del personaje más brillante”.

Olmedo se indigna también cuando advierte la cantidad de “porteños sinvergüenzas” que rodean a Roca. “Ahora tiene más amigos aquí que en todo el resto de la República”, rezonga.

Efectivamente y según era de esperarse, el “Zorro” estaba convertido en el centro de atracción de los políticos; todos los que querían formar parte del nuevo Gobierno, se acercaban a él. El General había llegado al Tigre a principios de Agosto. De allí pasó a Belgrano donde diariamente recibía a decenas de visitantes, escuchaba consejos y hacía sugerencias con su habilidad característica.

Su presencia fortaleció la situación de los legisladores nacionales, disconformes con los propósitos pacifistas de Avellaneda. Este grupo, encabezado por el senador Pizarro, consideraba agraviante el hecho de que el vicegobernador José María Moreno, ultraporteño y mitrista por añadidura, hubiera reemplazado a Tejedor en el Gobierno de la provincia.

Con hombres como Moreno, el problema de la Capital no se resolvería jamás. El presidente negociaba solo, aconsejado por su ministro de Guerra y Marina, Carlos Pellegrini. De tanto en tanto enviaba al ministro al Senado Nacional para calmar los ánimos encrespados de los legisladores. Pero estos no se conformaban; Pellegrini no era hombre de confiar.

Oriundo de Buenos Aires, sólo procuraba mantener prebendas para su ciudad natal. Además todos sabían que Avellaneda era íntimo amigo de Moreno y que le había prometido respetar a las autoridades provinciales a cualquier costo.

Para desentrañar el misterio de las negociaciones, una delegación de representantes roquistas visitó a Moreno. Volvieron escandalizados: el gobernador ofrecía dividir la ciudad por la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre). El norte, hasta Belgrano, sería la Capital Federal y, el sur, hasta el Riachuelo, quedaba para la provincia.

De hecho, las autoridades nacionales y locales continuaban compartiendo el mismo territorio. Si se aceptaba la propuesta de Moreno, la guerra había sido inútil.

Apenas se supo la noticia, la Legislatura se indignó. Rápidamente se votó la Intervención a Buenos Aires y se ordenó reconstruir los Poderes Públicos de la provincia.

La noticia de la Intervención, votada en contra de sus compromisos personales, provocó una catástrofe en el ánimo de Avellaneda. El presidente había arrastrado con dolorido ánimo las vicisitudes de ese agitado año ochenta. Estaba extenuado y ahora debía luchar contra su propio Congreso.

A fin de cumplir las promesas hechas a Moreno, Avellaneda vetó la ley de Intervención, pero las Cámaras rechazaron el veto. La respuesta del presidente fue renunciar al cargo. De inmediato se produjo un suceso curioso: el renunciante cayó en un profundo letargo. Los médicos aconsejaron que no se lo despertase, ni siquiera para comer.

Durante tres días consecutivos, Avellaneda durmió, evadiéndose de las alternativas políticas, mientras una muchedumbre acongojada se agolpaba a las puertas de su residencia. El público permanecía de pie, bajo los árboles de la plaza de Belgrano, alarmado por esa rara somnolencia.

Yofre explica sus causas: las responsabilidades de la sangre derramada y el temor a verse desdeñado por la alta sociedad porteña al descender de la Presidencia, impresionaron el espiritu vivaz y romántico de Avellaneda. Siempre había odiado la guerra y temido al aislamiento personal.

Pero, mientras el Primer Mandatario dormía, una tremenda batahola se desarrollaba en el Congreso. Pocos legisladores querían a ese presidente vacilante y neurótico: sin embargo, mucho más temible resultaba el vicepresidente que debía reemplazarlo si le aceptaban la renuncia: Mariano Acosta era un alsinista desconocido en el Interior que ni siquiera se tomó la molestia de marchar a Belgrano durante el éxodo del 2 de Junio. Simpatizaba con la candidatura de Sarmiento y no podia pasar a Roca.

El “Zorro” se alarmó. Afortunadamente, contaba con la totalidad de los jefes militares de la Chacarita, apalabrados para desconocer la autoridad de Mariano Acosta en caso de que el Congreso aceptara la renuncia de Avellaneda.

No fue necesario este pronunciamiento. Con prudencia, los legisladores votaron por una mavoría de sesenta contra dos, rechazando la renuncia del presidente. Este, cuando despertó de su letargo, se encontró con que todavía retenía el cargo; de buen o mal grado, tuvo que aceptar los hechos y llevar adelante el proceso de capitalización.

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