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Caso Vicente Víctor Ayala

“AYALA, Vicente Víctor:
Lugar de nacimiento: Corrientes, el 1 de Marzo de 1946. Edad a la fecha de detención: 29 años. Fecha de detención: 16 de Febrero de 1976(1).

(1) Citado por Carlos Alberto Cassarino y Arturo César Helman. “El Golpe de Estado de 1976 en Corrientes”, Serie La Memoria Nro. 2: “La Represión en la Capital”.

Le decían “Cacho”; se recibió de Abogado. Su primaria la hizo al cuidado de curas salesianos y capuchinos. La secundaria en el Colegio “Alejandro Carbó” de Concordia (provincia de Entre Ríos).

Estudiante de Derecho, encontró estímulo por lo social en largas charlas con el Padre Raúl Marturet, encargado por entonces del Pensionado Católico concordense, donde moraban estudiantes universitarios de otras provincias. Militaba en el Ateneo dentro de la Facultad.

Luego, desde el peronismo revolucionario en las filas de la Juventud Peronista, donde era un ávido lector de John William Cooke. Esta decisión lo llevó a militar en villas y barrios carenciados de Corrientes.

Organizó una cooperativa para producir ladrillos. A comienzo de los ’70 participó en una huelga de hambre a favor de cinco sacerdotes del Tercer Mundo comprometidos con su pueblo y sancionados por la jerarquía eclesiástica. A fines de 1974 es detenido sin causa justificada y alojado en la U. 7 de Resistencia, Chaco, en donde queda detenido hasta Abril de 1975.

Sigue luchando fiel a sus principios e ideales, por lo que es detenido en las inmediaciones del Club San Martín, en Corrientes, el 16 de Febrero de 1976, por una comisión policial al mando de Diego Ulibarrie. Nunca más apareció con vida. Dejó una esposa y un hijo de un año; padres y hermanos.

Con él se llevaron a sus compañeros de militancia Jorge Saravia Acuña, Orlando “Negrito” Romero y Julio César “Cacho” Barozzi. Sus propios raptores -entre los que se cuenta el subteniente Barreiro- afirman que murió en la tortura.

- Memoria total

La Sala judicial estaba colmada y ruidosa. El presidente del jurado se abrió paso con dos gritos secos y potentes: “Silencio señores”. Se hizo silencio, pero no era un silencio completo sino un silencio zumbón, como alterado por un panal de abejas invisibles que de pronto invadieron el lugar.

Con disimulo, una señora se miró las piernas en actitud de ahuyentar a quien posiblemente podía dejarle su aguijón de recuerdo; otro señor mayor, muy atildado, movió sus bigotes de lado a lado mientras se espantaba la cara con un gesto que pretendía a todas luces escapar de cualquier posibilidad de ridículo.

Es que en esa Sala tan sólo estaban los jueces, los fiscales, los abogados de muy distinta estofa, el público, los guardias, los acusados y los testigos. No había abejas volando ni ovejas pastando en los campos de Corrientes.

“No podemos permitir...”, arrancó locuaz un defensor de los reos con una voz que era una mezcla absurda de la voz que tendrían seguramente el coronel Cañones y monseñor Tortolo.

- “Silencio, señor, o lo hago desalojar de la Sala”, tronó nuevamente el juez.

“La memoria parcial no sirve...”, se desgañitó una mujer que en verdad no olía a jazmines sino a ese olorcito inmundo de los calabozos.

La inocencia de los familiares de los muertos y desaparecidos le ponía yeso a la rebeldía del dolor, ese dolor tan lleno de llagas por los caminos recorridos. No dijeron nada ante tanta vehemencia, ante tanto odio.

Los jueces y fiscales intercambiaban cuchicheos sobre la forma de enmendar el juicio y reencauzar la sesión.

“La memoria parcial no sirve...”, repitió chillonamente un señor de traje y corbata y portafolios de cuero marrón, pariente de los reos.

Los reos miraban con cara de nada y a la vez con ojos de “ya van a ver, ya van a ver...”.

“Son ustedes los que se condenan...”, recordó otra mujer a los gritos aquella frase bíblica del Apocalipsis, según un arcángel del diablo.

De pronto, el jefe de la guardia uniformada entró sobresaltado por el pasillo central del salón, se acercó a la mesa del jurado y le pasó un mensaje escrito en un papel arrugado al presidente; éste lo leyó, cerró el papel, lo abrió nuevamente, lo volvió a leer, miró a derecha e izquierda, su rostro enmudecido parecía un cuadro dantesco pintado por Picasso y Dalí a cuatro manos. Todos lo miraban en perfecto silencio.

“Que pasen”, ordenó en medio de lo único colectivo y común que se produjo en ese lugar: la incertidumbre.

Fueron entrando en fila india, nueve muchachas, cinco muchachos y tres gurises de entre dos y quince años, a juzgar por la apariencia. Todos sonreían. Se miraban emocionados y parecían contentos, quizá por estar juntos, quizá por tener semejante oportunidad, como si festejaran veinte años después el gol de Diego a los ingleses, tanto el mejor de la historia de los mundiales como el otro, el pícaro, el gol metido con las manos.

Los reos, sus abogados y sus parientes eran estatuas de sal, con el espanto en las cuencas de sus ojos herrumbrados. Los familiares de esa muchachada reían y lloraban al mismo tiempo, sin euforias, un llanto digno, silencioso, como sabiendo que había que contentarse con verlos siquiera un instante, nada más.

- “Identifíquese”, ordenó el juez al muchacho más alto de todos.

El muchacho alto dio un paso adelante y respondió:

- “Me llamo Vicente Ayala, pero todos me dicen Cacho”.

- ¿Para qué han venido?”, preguntó el juez.

Y el muchacho dijo:

- “Para que la memoria sea completa como se reclama”, y abriéndose la camisa mostró los agujeros de las balas, la carne morada por los golpes, las llagas azuladas y violáceas que deja el paso de la picana eléctrica, la marca de las esposas sobre las muñecas, el tabique nasal roto y el cuero cabelludo desprendido a bayonetazos.

Los demás muchachos hicieron lo mismo mientras que las muchachas, con pudor, mostraron sus espaldas rasgadas por las mismas bayonetas, las costillas rotas y expuestas para siempre, la carne azulada con 220 voltios.

Los chicos seguían observando todo con el asombro de todos los tiempos juntos.
Calló la Sala. Callaron las abejas. Los muertos se fueron cantando.

“Ahora sí, empieza la sesión”.

Publicado por el diario “Página/12” el viernes 15 de Febrero de 2008,
escrito por el periodista Jorge Giles, ex preso político,
ex referente de la J. P. de Corrientes

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