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La Escuela de Arquitectura de Buenos Aires y sus primeros egresados: José Estévez y Adolfo Gallino Hardoy

En 1865 se habría de crear la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, en la que se formaban los ingenieros. Hacia 1870 se graduaría la primera camada, una docena, conocidos como “los 12 apóstoles” que marcarían un hito en la historia de la ingeniería y la arquitectura de nuestro país(1).

Algunos de ellos, como Adolfo Büttner, optarían por dedicarse justamente a la Arquitectura, realizando posteriormente estudios complementarios y señalando lo incomprensible que era que los ingenieros no supieran dibujar.

La Facultad de Matemáticas (1874), justamente, atendiendo a esta demanda, continuó con Emilio Rossetti como profesor, pero, en 1877 suspendió las enseñanzas por razones presupuestarias.

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Estudiantes de la Escuela de Arquitectura; en la segunda fila, en el centro, José Estévez, en 1900(2).

En 1878 se disponía que “los ingenieros civiles pueden ejercer la profesión de arquitectos”. Luego, en 1888 se contrató al arquitecto Joaquín Belgrano, un uruguayo graduado en París, que también trabajaba en la Inspección General de Arquitectura del Departamento de Ingenieros, para dar un curso de “Arquitectura” formalizando la titulación.

Los “ingenieros-arquitectos” que egresaban tenían una formación más bien tecnológica y eso llevó a equívocos y protestas, como aquella de Carlos Altgelt, argentino formado en Alemania, que gustaba firmar sus planos como “arquitecto, no ingeniero”, o las críticas que Juan Martín Burgos hacía a las lecturas estéticas de sus contemporáneos en los textos que editaba hacia 1880 en la Sociedad Científica Argentina.

En 1896, los estudiantes de arquitectura eran dos y, en 1898, once.

Sin embargo, para obtener el reconocimiento como “arquitectos”, los argentinos o extranjeros graduados en el exterior debían presentar un trabajo de tesis. Así revalidarían sus títulos, en 1878, Ernesto Bunge, Juan Martín Burgos y Juan A. Buschiazzo, aunque de este último, que vino al país a los cuatro años y se formó junto a los Canale, debió reconocerse el título por sus trabajos públicos.

En 1879 se revalidó al genovés Juan Bautista Arnaldi; en 1880, al español Ramón Giner; en 1881, al uruguayo Joaquín Belgrano; y en 1896, a José M. Inurrigarro; y, en 1899, a Miguel Salvador Estrada.

De las tesis editadas, solamente conocemos un puñado de ellas: el sueco Enrique Aberg (1879) hizo un estudio sobre una casa de baños y otro sobre las domus romanas, en relación a nuestras casas de patio; el español Raimundo Battle sobre las Viviendas para obreros (1877), y otros apuntaron a temas más bien técnicos.

No faltaría, a la inversa, ingenieros cuyas tesis se articulaban bastante claramente con los temas arquitectónicos.

En ese contexto, la creciente presión de arquitectos que arribaban del exterior por ejercer la docencia y tener su propia carrera derivaría, en 1900, en la creación de la Escuela de Arquitectura dentro de la Facultad de Ciencias Exactas, donde permanecería hasta 1947, cuando se creó la Facultad de Arquitectura y Urbanismo como entidad autónoma dentro de la Universidad de Buenos Aires.

La formación de la Escuela significaría una notable renovación, con la presencia de algunos de los viejos maestros, y luego la contratación específica de un profesor francés, René Karman, que crearía el Taller de Arquitectura, al igual que su compatriota, Carré, en la Facultad de Montevideo.

Hasta 1937, esta imagen del profesor de la École des Beaux-Arts o un Gran Prix de Rome contratado para dirigir la enseñanza de diseño, se habría de mantener en Buenos Aires como saga de la fuerza del academicismo que había implantado Karman y que ratificaría René Villeminot posteriormente.

Complementando este gesto, durante la creación de la Sociedad Central de Arquitectos, en 1886, predominarían claramente los arquitectos extranjeros.

La primera camada de alumnos de la nueva Escuela de Arquitectura fue, lógicamente, un selecto grupo de los que cursaban entonces Ingeniería, y que, por vocación, se volcarían a la nueva Escuela. Entre ellos cabe recordar a dos correntinos: Miguel Berón de Astrada y Adolfo Gallino Hardoy.

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Diversos trabajos en acuarela, realizados para la Escuela de Arquitectura por José Estévez: vista lateral de un “Pabellón de lectura”, en 1909(3).

El grupo se completaba con Pablo Scolpini, Bartolomé Raffo, Eugenio Izard, José Scarpa, José Estévez, Alberto Coni Molina y Severo Alén, graduados en 1901.

En esta camada de arquitectos se formó José Estévez, en un ambiente de solidaria confraternidad y un espíritu jocoso que, tanto él como su amigo y socio, Adolfo Gallino, fomentaban, como puede detectarse en las fotos de disfraces con que celebraron el fin de curso.

Ese mismo año, y seguramente en otro tono, hacía su reválida el “maestro” Alejandro Christophersen, graduado en Bélgica, y quien fue uno de los que influyó en Estévez, como Alberto Coni Molina, para que persistiera con la carrera de Arquitectura.

La enseñanza de la Arquitectura no se apartaba entonces de los lineamientos de la formación academicista impulsada por la prestigiada École des Beaux-Arts parisina, donde predominaban los criterios esteticistas de la composición arquitectónica, las normas de simetría axial, la fragmentación de los diseños de las partes y la “composición” en el todo, que conformaban esta formación básica.

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Diversos trabajos en acuarela, realizados para la Escuela de Arquitectura por José Estévez: anteproyecto para una “Bóveda”, en 1909(4).

La calidad del dibujo de ornato, de modelos en vivo y del manejo de las técnicas de la acuarela y las diversas tintas, sanguina o carbonilla, se mantuvieron en la formación hasta la mitad del siglo XX.

Sin embargo, los conceptos de un clasicismo, ya teñido de eclecticismo, como puede apreciarse en los trabajos de la Escuela de Arquitectura realizados por Estévez, muestran el proceso de decadencia de las rígidas preceptivas que otrora habían impulsado a la Academia.

La propia biblioteca de Estévez nos muestra en sus Tratados, la presencia de Reynaud, pero también los posteriores de Guadet y Barberot, que señalan justamente esa apertura que se dirimiría en la llamada “querella” dentro de la Escuela francesa.

En los años siguientes revalidaría su título el español Carlos Carbó y se graduarían los argentinos Luis Estévez, Andrés Velázquez, Daniel Vidal, Carlos Vidal Cariega, Vicente González Cazón y Julio Molina y Vedia.

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Recibos de pago por derechos de inscripción y exámenes de materias de la Escuela de Arquitectura a nombre de José Estévez, Mayo y Noviembre de 1902(5).

En 1904 y 1905 revalidarían sus títulos Eduardo Le Monnier, Julio Dormal, Ernesto Moreau y Jacques Dunant, pero se graduarían los argentinos nativos o nacionalizados Rodolfo Fasiolo, Jacobo Storti, Emilio Repetto, Emilio Agrelo, Alberto Coni Molina, Amílcar Durelli, Arnaldo Albertolli, Enrique Cottini, Carlos Besana y César Moreno Vera.

Habiéndose formado un importante grupo de arquitectos egresados de la Escuela de Arquitectura, se plantearía un conflicto con el sistema de reválidas directas o de tesis. Es así que, en 1905, un núcleo importante forma la “Asociación de Arquitectos Nacionales” y cuestiona ante la Universidad y la Sociedad Central de Arquitectos (SCA) el reconocimiento directo de los títulos extranjeros. Esta circunstancia pondría en crisis a las entidades.

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Estudios de modelos clásicos en la Escuela de Arquitectura y logotipo de la Asociación “La Línea Recta”, de los estudiantes de ingeniería(6).

La S.C.A., que no admitía arquitectos que trabajaran en relación de dependencia, es decir que no fueran “arquitectos patrones”, se encontró ante un cisma, donde la gran mayoría de sus miembros eran extranjeros o graduados fuera del país. Víctor Jaeschké propiciaba entonces la realización de un censo de arquitectos, que firman los socios en 1904, y que permite verificar tal situación.

Ya en 1903 el Centro Nacional de Ingenieros impulsó una Ley que exigía el diploma obligatorio para ejercer la profesión. Aprobada en Diputados e instalado el conflicto, el Senado comisionó a la Facultad de Ciencias Exactas, en 1904, para que otorgara el título habilitante a aquellos graduados en el extranjero que hubieran demostrado su idoneidad en el ejercicio profesional (Ley 4416).

Como consecuencia de ello se revalidó a 95 profesionales y se cerró la nómina.

Este cierre de condiciones dejaría afuera del reconocimiento profesional habilitante a buena parte de los mejores arquitectos que tuvo la Argentina en el siglo XX y que llegaron al país luego de estas definiciones. Entre ellos caben mencionarse los hermanos Kálnay, Julián García Núñez, León Dourge, Pablo Pater, Mario Palanti, Francisco Gianotti, Wladimiro Acosta, Robert Prentice, Sidney Follet, Roberto Thipaine, Willy Ludewig o Antonio Bonet, que debieron trabajar asociados a otros arquitectos o bordeando la ilegalidad.

Esta circunstancia se hizo más crítica en 1944 con la creación del Consejo Profesional de Arquitectos, Ingenieros y Agrimensores, que excluyó del ejercicio a quienes no tenían revalidado el título en 1905, o no fueran egresados de Universidades nacionales.

Las protestas posibilitaron la creación de la figura de un Registro Especial de “Directores de Obras” que habilitó a profesionales con tarea destacada en la última década, para ejercer en tal calidad sin ser considerados “arquitectos”. De los 500 postulantes se aceptaron poco más de un centenar, clausurando tal condición con esa nómina.

En aquellos primeros años, los arquitectos como Estévez no dejarían de ser simultáneamente arquitectos e ingenieros, y utilizarían indistintamente su título.

El propio Estévez solicitaría copia de su titulación de Ingeniero en 1923, aunque su diploma de Arquitecto es de 1901. Su actitud de apertura respecto de los colegas extranjeros puede apreciarse cuando, en 1913, promueve la admisión de Juan Kronfuss como socio de la S.C.A.

El programa de estudios de la nueva Escuela de Arquitectura, en 1901, incluía croquis tomados del natural, el dibujo de los cinco órdenes de arquitectura de Vignola y el estudio de detalles; una sólida formación en matemáticas, geometría descriptiva aplicada a la Arquitectura, se centraba en el Dibujo de Ornato de modelado en yeso y de detalles de arquitectura.

En el segundo año se centraba en el lavado y acuarelado, con estudios sobre arquitectura griega, romana, del Renacimiento italiano y de los estilos Luis XIV y XVI, principalmente. Se introducían en el conocimiento de los materiales, la carpintería, ebanistería, la estática y resistencia y en inicios de la Composición decorativa.

Esta línea se profundizaba en el Tercer año, incluyendo la arquitectura historicista, las construcciones de mampostería, ensayos de materiales, la higiene y aparecía la Historia de la Arquitectura, desde Egipto a Bizancio. El Cuarto año estaba signado por la “Gran Composición”, Monumental, Decorativa y de Carácter, donde el alumno tendría libertad de ejercer su “personalidad artística”.

La historia iba desde el Románico al Moderno (XIX), con nociones de estética; aparecen los temas legales y los ensayos de materiales se centran en el hierro y sus usos. No desaparece la Composición Decorativa como ejercicio del oficio.

En ese contexto, sonaba a utopía el reclamo que hacía Bartolomé Raffo, compañero de Estévez, en cuanto a que el contenido de la enseñanza de estos arquitectos “creados aquí en nuestro ambiente, será una valla que se opondrá al cosmopolitismo arquitectónico y que encarrilará a nuestro arte dentro de un derrotero perfectamente nacional, adaptando la línea de nuestro clima, a nuestro modo de ser y a nuestro ambiente”.

Cabe preguntarse en qué medida la formación que recibió Estévez en aquella primera Escuela de Arquitectura lo habilitó para un determinado ejercicio profesional.

Si analizamos sus primeros diseños, asociado con Gallino en las obras de la ciudad de Corrientes: casa de los Ferré Gallino (hoy Jockey Club), casa de Miranda Gallino (hoy Facultad de Derecho), el Pabellón de la Provincia de Corrientes para la Exposición del Centenario (1910) y el Proyecto para el Teatro Vera, que no obtuvo el primer premio y no se llegó a realizar, veremos que prima en ellos la preocupación compositiva de la Academia, el manejo del oficio en el dibujo, aunque también se vislumbra la libertad que el eclecticismo había abierto, donde los proyectos pintoresquistas para “La Luisa” y, luego, alguno de sus diseños en Témperley, evidencian.

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José Estévez y Adolfo Gallino Hardoy, compañeros de estudios y luego socios(7).

Quizás en las obras institucionales, como la Caja de Jubilaciones y Pensiones, o las sucursales bancarias, es donde se puede leer con mayor precisión el lenguaje del academicismo francés, que propulsaran sus maestros como Karman o Christophersen.

No podemos todavía detectar rasgos de una reacción antiacademicista como las vertientes art nouveau. Cuando en 1917 Estévez ingresa en la Administración, en el Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad de Buenos Aires, su tarea se volcará fundamentalmente a los grandes diseños de equipamiento e infraestructura, más cercanos al rasgo ingenieril de su profesión y como ejecutor de diseños planteados por otras reparticiones, como es el caso de la Avenida 9 de Julio.

Su preocupación profesional cambia, no solamente en la temática sino también en la escala. Estévez debe atender a un conjunto de proyectos que surgen de las propuestas de la “Comisión de Estética Edilicia” que formara el intendente Carlos Noel y donde su hermano, Martín Noel, René Karman, el ingeniero Ghigliazza y el paisajista francés Jean Nicolás Forestier, tendrían relevante actuación, mientras el arquitecto Ernesto Vautier dibujaba con soltura los macroproyectos urbanos que allí se planteaban como alternativas para la ciudad.

Podemos hoy documentar cómo fue la formación de aquella primera Escuela de Arquitectura, donde el cursado de cada materia estaba arancelado, donde el dominio del dibujo y las técnicas de acuarela eran condiciones esenciales de una enseñanza cifrada en las Bellas Artes.

También podemos constatar que los temas de diseño tenían poco que ver con la realidad concreta del país pero, sin embargo, a pesar de ser considerados como un mero ejercicio, tendían a exacerbar la competitividad y la individualidad de los alumnos.

Poder asumir que estos dibujos y proyectos que la familia Estévez hoy nos posibilita contemplar, es un privilegio que merece nuestro agradecimiento por el cuidado puesto en el resguardo de esta excepcional documentación.

Nota

(1) Material extraído del libro "Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes", editado en Diciembre de 2012. El autor de la nota es el arquitecto Ramón Gutiérrez, investigador del CONICET y Director del CEDODAL(*).

(2) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(3) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(4) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(5) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(6) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(7) Fotografía extraída de la obra “Gallino-Estévez. Arquitectura en Corrientes”, editada en 2012, dirigida por el arquitecto Ramón Gutiérrez.

(*) CEDODAL (CENTRO DE DOCUMENTACION DE ARQUITECTURA LATINOAMERICANA). El Centro de Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana se formó en Buenos Aires en el año 1995, con el objetivo de contribuir al desarrollo de la investigación histórica, la formación teórica, la capacitación de recursos humanos y la difusión de la arquitectura iberoamericana.
El CEDODAL cuenta con un importante fondo documental que se reunió a través de más de cuarenta años de labor de sus directores y con el aporte de adquisiciones o donaciones de numerosos profesionales e investigadores en este último tiempo.

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