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San La Muerte

Si bien al principio los talladores se dedicaron a copiar las figuras de originales y estampas, enseguida inclinaron sus preferencias hacia la confección de extraños fetiches, frutos de la superstición en que vivían inmersos y que aún reciben el culto de heterogénea feligresía, en abierto contraste con los preceptos cristianos(1).

(1) Emilio Noya. “Corrientes entre la leyenda y la tradición”. Nota aparecida en el fascículo 7 “Corrientes entre la leyenda y la tradición”, de la publicación “Todo es Historia”, colección dirigida por Félix Luna, en Octubre de 1987.

Dentro de ese raro santoral profano, Nuestro Señor de la Buena Muerte, San Justo Nuestro Señor de la Muerte, Señor la Muerte o San la Muerte, ocupa lugar de preferencia.

Trátase de una figura esquelética sentada en la pose de El Pensador, de Rodin, sosteniendo el rostro a la altura del mentón en actitud sedente, y como La Parca de la mitología grecorromana, armada con una guadaña sobre el hombro.

En tribus tupí guaraníes existió un curioso personaje apodado “paje”, a la sazón médico-brujo de la comunidad, ungido con esos atributos luego de permanecer ayunando bajo un árbol en las proximidades de algún curso de agua hasta experimentar visiones adivinatorias. No sería aventurado suponer que estamos en presencia del antecedente más cercano de esta añeja devoción regional.

La credulidad popular lo nombró su “abogado” en cuestiones de juegos de azar, protector de matrimonios desavenidos, de gran predicamento en curas del “mal de ojo”, infalible para recuperar objetos perdidos, causar “daño” a alguien, o para contrarrestarlo, etc.

Su festividad se celebra el 20 de Agosto, fecha consagrada a la veneración del burdo esqueleto.

- Oración para ocasionar la muerte del enemigo

"Vos que sos el conquistador de poderes, el hacedor de milagros, que fuiste escarnecido, flagelado de espinas, muerto y sepultado; que con tus diez mandamientos triunfante aplastaste a tu enemigo el demonio, lo sepultaste en los infiernos; alabamos y bendecimos tu nombre y te pedimos ¡Oh. Señor!, me concedas la gracia de ser vencedor de (N.N.) mi enemigo y no su vencido; que perseguido me libre por tu santa gloría. Amén". 

Jaculatoria: “Señor de la Muerte, muerte a mi enemigo”. 

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