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Antonio María

Por Emilio Noya

 

Uno de estos singulares personajes fue “San Antonio María”, o sencillamente Antonio María, célebre manosanta y augur nativo de Yaguareté Corá (1), quien vivió dedicado al transporte y comercio de tacuaras por el Alto Paraná, hasta que un hecho fortuito -el naufragio de su precaria jangada-, ocurrido en medio de una borrasca, en 1840, del cual resultó único sobreviviente, modificó su existencia convirtiéndolo en místico, con el convencimiento de que el Creador le había elegido para predicar los preceptos cristianos.

A partir de entonces su carácter se volvió esquivo en el trato diario con los vecinos del pueblo, y al poco tiempo, en compañía de un criado, se internó en los esteros del Iberá (2), para establecerse en una isleta montuosa, donde de­sarrolló una vida primitiva en con­tacto directo con la naturaleza hostil.

Pronto lo rodearon varios jóvenes, sedientos de aventuras, a quienes designó sus “apóstoles” y con estos acostumbró realizar in­cursiones de catequización por las cercanías.

Atravesando profundos pasos que tornaban infranqueable su refugio, Antonio y su criado deambulan por la zona con el pretexto de efectuar la prédica evangélica y curaciones milagrosas, aunque sus propósitos eran otros, como lo denuncian reiteradas pérdidas de ganado y cuanto podían sustraer a sus incautos cofrades. Las noticias de los atropellos cometidos se propagaron entre la población, quienes requieren partidas policiales de San Miguel y Yaguareté Corá, para terminar con las andanzas del siniestro grupo.

Las versiones sobre el desgraciado desenlace del santón y sus acompañantes, difieren entre sí. Mientras el escritor costumbrista Ernesto Ezquer Zelaya sostiene en su libro “Puñado Yohá” (3), que fue una mujer de los alrededores quien lo delató, otros afirman que la mujer en cuestión sería una concubina suya a la que halló grávida de vuelta de uno de sus habituales viajes, y persuadido de que el engendro era obra de alguno de los temibles duendes de la mitología regional, eliminó brutalmente a la infeliz y al hijo en gestación.

El feroz crimen perpetrado a sangre fría, determinó que los policías convergieran desde todas las direcciones sobre el inexpugnable escondrijo, generándose un enfrentamiento con los malvivientes, en cuyo transcurso fueron aniquilados por las fuerzas del orden. Satisfaciendo el anhelo del vecindario, la cabeza del malhechor fue trasladada hasta su pueblo natal y, más tarde, expuesta en el extremo de una pica frente al puesto de la guardia.

Esa misma noche habría desaparecido la calavera, para volver junto al cuerpo del beato a kilómetros de distancia en el paraje “Ñupí” (4), 2da. Sección del Departamento Ituzaingó (5), donde, en definitiva, recibió cristiana sepultura.

Bajo el añoso timbó a cuya sombra oraba el taumaturgo, se emplazó una cruz pintada de color celeste, por considerarlo él de su divisa partidaria. Desde entonces los devotos acostumbran extraer astillas del árbol para la confección de amuletos; también almacenan en recipientes el agua de uno de los pasos y toman baños, por considerarla de alto poder medicinal.

 

* Guillermo Perkins Hidalgo cuenta su versión sobre la vida de Antonio María:

 

Personas con fuerzas sobrenaturales o mágicas: Santo Antonio María: Así le llamaba y así le continúa llamando hasta hoy el vulgo supersticioso. Dicen que Santo Antonio María sucumbió luchando contra una partida policial. Fue algo así como el conselheiro de los sertones de Brasil que describe Euclides de Cunha. Aquél también se llamaba Antonio.

Ernesto Ezquer Zelaya lo compara, en Puñado Yohá, con Jerónimo Solané, el célebre milagrero gaucho de Tandil. Su nombre y su recuerdo todavía venerados por el paisanaje crédulo, especialmente por los enfermos, pertenecen al folklore riquísimo de Taraguy. Mezcla de bondad y de odio, de apóstol y de bandido, pasó por el Noroeste de la Provincia arrastrando tras de sí niños y adultos.

Voy a sintetizar aquí su historia de manosanta, de médico y de adivino.

Antonio María se dedicaba al comercio de takuáras. La corriente del Paraná lo cargó muchas veces sobre su pardo lomo movedizo. Así transcurría su vida, pareja, sin alternativas, conduciendo y negociando largas jangadas. Un día de tempestad, allá por la aurora del año 1840, Antonio María naufragó con sus compañeros de trabajo. Todos perecieron. Sólo él escapó del desastre.

Desde entonces sintió un misterioso impulso de predicación. Se creía un elegido, un juez agreste y necesario, un ser llamado por la Providencia para una gran acción en la comarca. Ya no era el mismo Antonio María que conoció la gente de Yaguareté Corá.

En ese pueblo poseyó un ranchito. El accidente del Paraná lo había cambiado por completo. De parco y taciturno que era, se tornó locuaz y dominador. Con tales atributos, amén de las armas inseparables que manejaba con singular destreza, Antonio María salió a propagar su nueva por los propicios campos de los Departamentos de San Miguel y de Ituzaingó. Tenía que retribuir a Dios su salvación, tenía que servir a Ñandejára con fanático celo.

Aseguran que pareció adquirir dos personalidades, pues, mientras por un lado curaba a los enfermos, por el otro era vengativo y cruel con los que dudaban de su poder.

La cuenca del Iberá (Yvera) lo atrajo luego a su enmarañado seno. Fabricó una canoa y remontó el arroyo Carambola. Se instaló en el Ñupí o Campo Ancho. Allí tuvo su refugio, su timbó protector, que era a la vez templo y vivienda. Sus secuaces fueron con él fieles hasta el sacrificio.

Por aquella época se realizaban crímenes sospechosos. En secreto, con temor profundo, se acusaba a Antonio María. La única persona que se atrevió a denunciarlo a las autoridades, una pobre mujer en estado de gravidez, pagó con la muerte su valentía.

Lo ayudaba como secretario confidencial un indio castellanizado por el sello de su apellido: Acuña. Después se le agregaron, entregados a él por sus propios padres, José Domingo Esquivel y Juan Solís. Estos dos muchachos impresionables, que no opusieron resistencia alguna, quedaron a su lado como aprendices. Con ellos comenzó sus ritos, sus curaciones, sus Misas negras y sus hazañas rojas. Acuña, principalmente, lo seguía con sumisión perruna.

Para que no lloviera sobre la copa de su amado árbol, el timbó precitado, le bastaba con dar tres vueltas en oración alrededor de su recio tronco. Su timbó vio prodigios, como si Dios o Satanás le oyesen. Tal es al menos lo que la tradición sostiene.

Antonio Maciel, el conselheiro de los sertones, también tenía sus ramas predilectas, como el célebre bongo Guirioki del siglo VII, que recuerda Fukuyiro Wakatsuki en el texto de sus Tradiciones Japonesas (página 133, Colección Austral).

 

Nota

“Corrientes entre la leyenda y la tradición”, por Emilio Noya, - Nota aparecida en el fascículo 7 “Corrientes entre la leyenda y la tradición”, de la publicación “Todo es Historia”, colección dirigida por Félix Luna, en Octubre de 1987.

 

Glosario:

(1)   Yaguareté Corá (Jaguarete Kora) – Corral de tigres. Antiguo nombre del departamento Concepción.

(2)   Iberá (Yvera) – Aguas brillantes. Laguna y sistema de esteros que ocupan gran parte del centro de la Provincia.

(3)   Puñado Yohá (Puñado Joha) – Puñado áspero.

(4) Ñupí – Campo dentro de los esteros.

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