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Pedro Perlaitá

Por Emilio Noya

 

Pedro Perlaitá (1860 - 1895), otro objeto de la devoción popular, no se lo puede calificar de “hombre de acción”, como a los demás que corrieron idéntica suerte. Su historia, signada por funestos de­signios, encierra un trasfondo sentimental digno de mencionarse, que le granjearan en su momento la admiración de sus contemporáneos.

Poseído de extraordinaria entereza evidenciada en trances de dura prueba, cuando los hombres sucumben presos de la desesperación, supo enfrentar contingencias extremas con serena altivez, sentimientos que sólo son atributos de seres de su envergadura.

Hacia el año 1893 acampó en las inmediaciones del pueblo de Empedrado el Regimiento N° 12 de Caballería, al mando del coronel José María Uriburu, en el cual revistaba el soldado Perlaitá. Al poco tiempo, nació una corriente amistosa entre las tropas y los habitantes del lugar, donde es proverbial la hospitalidad provinciana. De esa mutua simpatía surgieron, forzosamente, numerosos noviazgos, aunque nadie presentía que la tragedia andaba acechándolos.

El oficial Julio López fue de los primeros en prendarse de una dama lugareña, con quien vivió apasionado enamoramiento. Pero ocurría que su subordinado también la cortejaba subrepticiamente, siendo correspondido por la voluble joven. No es necesario abundar en consideraciones superfluas, para que el lector menos avisado advierta la gravedad del caso. Al tomar conocimiento del furtivo idilio, el militar herido en su hombría empezó a hostigar al subalterno.

En cierta ocasión lo hace objeto de castigos corporales con su sable, entonces, Perlaitá, enajenado de ira, promete vengar el ultraje y en la primera oportunidad que el destino vuelve a enfrentarlos, la desgracia tiñe con sangre las rutinarias maniobras del Cuerpo, sacudiendo a la apacible población con la triste nueva: el subordinado había dado muerte a su superior.

Vanos resultaron los pedidos de clemencia para el reo, y como hecho anecdótico aún se comenta que el aplazamiento de la sentencia emanada de las más altas autoridades castrenses, llegó con atraso cuando todo ya era irremediable.

Muchos ignoran, quizás, que ese maravilloso sitio convertido hoy en atracción turística fue escenario del cruento suceso, consumado en medio de la belleza agreste de imponentes barrancas erosionadas. Otro mudo testigo, el Paraná que baña sus costas, también brindó sus aguas para lavar la sangre del ajusticiado. Un par de modestas cruces, plantadas por manos piadosas en el lugar del fusilamiento, son los únicos testimonios que todavía recuerdan el infausto episodio.

El hecho impresionó con caracteres propios a la gente; en tanto, empezaba a gestarse un sentimiento de conmiseración hacia el caído. Desde esa remota fecha, su sepultura en el cementerio “San Roque” de la localidad convoca a contingentes de devotos, que le efectúan promesas y rogativas.

La tosca edificación luce una llamativa pulcritud, merced a los cuidados que le prodigan estudiantes en períodos de exámenes, cubriéndola con pinturas de tonalidades celestes o plateadas, como muestra más de la vigencia del culto a ese hombre, cuya capacidad para obrar prodigios sobrevivió a su propia muerte.

 

Nota

“Corrientes entre la leyenda y la tradición”, por Emilio Noya, - Nota aparecida en el fascículo 7 “Corrientes entre la leyenda y la tradición”, de la publicación “Todo es Historia”, colección dirigida por Félix Luna, en Octubre de 1987.

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