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Alvarez, Olegario “El Gaucho Lega”

por Emilio Noya

 

En la extensa lista de devociones populares, difundidas en Corrientes, la de Olegario Alvarez “El Gaucho Lega” (1), emerge enriquecida por el contorno legendario con que se rodeó a su figura arquetípica.

Para sus adictos, fue objeto de persecuciones arbitra­rias, y condenado injustamente. Dispuesto a concurrir en ayuda de quienes lo necesitaran, no titubeó en despojar a vecinos pudientes, repartiendo generosas dádivas entre el pobrerío, que al decir del vulgo, siempre inclinó sus sim­patías por los más débiles, aunque el destinatario de tal adhesión hubiera sido un peligroso delincuente.

Su adolescencia transcurre en el pueblo de Saladas, donde nació en 1871, durante la época de enco­nadas rivalidades entre partidarios de las fracciones políticas en pug­na: autonomistas y liberales, a menudo con funestos desenlaces.

Precisamente, las dificultades de “Lega” empiezan cuando mata a un adversario ocasional en un co­mité (1891), amparado en su graduación de sargento de policía y la cómplice actitud de los caudillos “colorados”, divisa que identifica al autonomismo.

Con el advenimiento de los opositores al Gobierno provincial, se inició una etapa signada por venganzas políticas en las perso­nas y bienes de aquéllos que cometieron toda suerte de arbitrariedades en el usufructo del poder. Aunque nuestro personaje no fue más que un instrumento de los mandones de turno, era blanco propicio para ejercitar represalias.

En efecto, alojado en la Penitenciaría de Corrientes, cumplió prolongada condena hasta lograr evadirse junto a varios reclusos, con quienes organizaron temible pandilla, cometiendo robos y crímenes, ante el estupor de la opinión pública.

Durante aquellos años, de tris­te recordación, atribuyen al “gaucho” delitos cometidos en varios Departamentos, aunque no faltan quienes piadosamente se inclinan a pensar que, muchas ve­ces, era obra de la imaginación de sus detractores.

No obstante, el bárbaro crimen de un rico estanciero y su familia en “El Pasito” (General Paz), donde ni los niños escapan a la demencial sed de sangre, y el macabro escarmiento de Alvarez a miembros de su gru­po, dejando sus cabezas sus­pendidas de los hilos del alambra­do, ponen de relieve la peligrosidad del bandido y sus com­pinches.

Confusos episodios con tintes novelescos, como el rapto de su compañera, que se encontraba recluida, con fuerte custodia, en el domicilio del oficial primero Lafuente, merecieron juicios condenatorios, por el proceder abusivo de las autoridades, quienes para ocultar su impotencia, apelaban a cual­quier recurso que los condujera a la captura o muerte del forajido.

Esa tarea sin pausas, rendiría fru­tos a corto plazo, y es así que, cer­cados por comisiones policiales, “Lega” y su lugarteniente Adolfo Silva, cayeron en una emboscada en el paso “Yuruí” (2), que desem­boca en “Rincón de Luna”, entre los esteros del Batel y Batelito (Concepción).

Con la muerte de Olegario Al­varez, ocurrida el 23 de Mayo de 1906, desapareció el último bando­lero romántico del suelo correntino.

Sus despojos recibieron sepul­tura en el cementerio de Saladas, y cuando la memoria del “gaucho” empezaba a borronearse en la perspectiva del tiempo, sucede lo imprevisible, generando el mito.

En 1914 el “municipal” Pedro Volta, pretende exhumar sus restos, con motivo de una remodelación en el camposanto. En tales circunstan­cias, los obreros observan, azorados, cómo se destruyen sus herra­mientas de trabajo; en tanto, el responsable de la Ordenanza pro­tagoniza ciertos hechos, que lo in­ducen a desistir de sus propósi­tos.

“El municipal Volta no quiso que estuviera en cementerio gaucho vestido de colorado y ordenó que lo saquen de adentro. Luego vinieron, pero no pu­dieron; por muy distintas razones, rompieron los cabos de picos y no lo pudieron sacar. A la siguiente noche llegó a casa del municipal, lo sacó de la cama y lo hizo dar una vuelta cabal. Desafió al municipal Volta, que vaya pues a sacarlo de su tumba colorada; nadie podría retirarlo. El municipal le prometió mandarle hacer una tumba colorada como él pidió y con ve­las la iluminó” (autor anónimo).

Hasta la modesta edificación, pintada al rojo vivo, acuden a diario grupos de promesantes, cautiva­dos por las virtudes milagreras de Alvarez, confundiendo sus ora­ciones con el sordo murmullo de los rezadores profesionales, mientras arden cirios colorados en receptáculos que circundan la tumba.

La afluencia de devotos aumenta considerablemente en ocasión de cumplirse el aniversa­rio de su fallecimiento y el día de los Fieles Difuntos, organizándose concurridas procesiones con el concurso de músicos.

Su capacidad para obrar prodi­gios, dio pie a un rico anecdotario de dudosa veracidad, transmitido por crédulos devotos con profu­sión de datos y fechas. “Com­puestos” (3) y chamamés también re­cogieron su imagen venerada, integrándola en el folklore regional. El carmesí predominante, en atavíos y banderolas, amalgama­dos con la subida tonalidad del se­pulcro, otorgan particular colorido a las grotescas ceremonias cumplidas en su honor.

Lo único cierto, en definitiva, es la perdura­bilidad del culto enriquecido por la fantasía de la evocación popular.

 

Nota

“Corrientes entre la leyenda y la tradición”, por Emilio Noya, - Nota aparecida en el fascículo 7 “Corrientes entre la leyenda y la tradición”, de la publicación “Todo es Historia”, colección dirigida por Félix Luna, en Octubre de 1987.

 

Glosario:

(1) “Lega” - Apócope de Olegario.

(2) Yuruí - Paso entre los arroyos del Batel y Batelito.

(3) Compuesto - Narración versi­ficada similar a los antiguos ro­mances.

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