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Ysy, la madre del agua

por Guillermo Perkins Hidalgo

 

Tanto en la costa fronteriza del río Uruguay, como lejos de ella y ya en el corazón de la Provincia de Corrientes, como en toda la cuen­ca de la laguna Iberá (Yvera), por ejemplo, se extiende y rige la creencia sobre la maravillosa existencia de Ysy o la madre del agua.

En el bejuco, liana o enreda­dera silvestre que se llama ysypo, el sabio Ambrosetti creyó encontrar el origen del mito de Ka’a póra o fantasma del bosque.

La pa­labra guaraní ysypo significa “mano de la madre del agua” ¿No será es­ta planta, tan útil al hombre, la que originó la creencia en esa objetiva­ción casi homónima? ¿Será acaso su nombre, un derivado desprendi­do del mismo tronco fundamental de ella?

Según cuentan, Ysy es una mu­jer encantadora, de perfectas for­mas esculturales, que sólo llegan a conocer y a poseer, algunos. Son los que la maga elige, para el placer y la desgracia. Se afirma que estos quedan locos, o que mueren des­pués repentinamente, atacados de un mal desconocido, algo así co­mo de una infinita tristeza o de un desgano completo y progresivo para seguir viviendo sobre la tierra.

A pesar de estas amargas noticias, que la vinculan en cierto modo a los hechizos fatales de la Circe griega, los hombres del agro, que se bañan con frecuencia en los ríos, arroyos y lagunas de nuestro medio, no la temen en ab­soluto. Al contrario, sueñan siempre con ella, y quisieran poder contemplar su gran belleza y disfrutar alguna vez de sus dulces caricias embriagadoras y alucinantes...

Sólo a los niños les causa horror, y no quieren bañarse nunca sin la compañía guardiana de sus padres. Para ellos, seguramente, la madre del agua es como una bruja terrible y fea. Principalmente los nadadores, los balseros y pescadores, que son los que más andan y se introducen en sus vastos dominios, la buscan y la desean con entusiasmo.

Tal es la influencia que ejerce sobre el vulgo, la objetivación de Ysy, la deslumbrante mujer, madre del agua, que atrae y pierde para siempre a todos los fascinados que llegan a poseerla. Nada les im­porta el peligro que trae agregado el deleitoso conocimiento de su misterio...

La ilusión de semejante connubio, la tentación de ese pla­cer supremo, es superior a todas las amenazas que rigen al res­pecto del amor con ella. El hombre rudo, que vive en pleno contacto con la naturaleza, es mucho más sensual y apasionado, que el hom­bre culto de la ciudad.

El sombrío final del poético idi­lio con la madre del agua, es algo que se parece al destino alado del zángano, que muere al poseer a la abeja reina. Igual cosa le sucede al Mamboretá y a otros galanes irra­cionales. La hembra, después del acto, les devora las entrañas...

Hay una leyenda, que se identi­fica en mucho con la objetivación de Ysy, por la triste muerte que tuvo el joven indio protagonista de ella. Es la leyenda de la hermosa Yjara, que nada tiene que ver con la del monstruo enano del mismo nombre, que era el dueño y señor de la laguna Iberá cuando llegaron al Plata los primeros heraldos de San Ignacio de Loyola.

Para tentar a sus pobres, aun­que ilusionadas víctimas, la madre del agua se muestra primeramente a ellas en toda su espléndida des­nudez, a una distancia aproximada de veinte a treinta metros. Desapa­rece luego; vuelve a mostrarse ya más lejos o ya más cerca; continúa haciendo lo mismo hacia la orilla, en una sonriente y callada invita­ción.

A veces también se presenta de improviso en el monte, saltando y corriendo como una ninfa perse­guida que busca amparo. La encantadora madre del agua no mata enseguida a sus amantes. Sólo los condena a desaparecer después, de locura o de tristeza.

Informante: Milcíades Monte­negro, 69 años. Estancia San Mar­cos, Colonia Galarza, Santo Tomé.

 

Nota

“Leyendas y supersticiones del Iberá. Origen de los bienes culturales”, por Perkins Hidalgo, Guillermo - Nota aparecida en el fascículo 7 “Corrientes entre la leyenda y la tradición”, de la publicación “Todo es Historia”, colección dirigida por Félix Luna, en Octubre de 1987.

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