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La literatura guaraní

por Jorge Sánchez Aguilar

 

Tratar debidamente la literatura guaraní es una tarea apasionante, porque significa el desafío de sumergirse en aguas de honda navegación lírica y metafísica.

Sabido es que la literatura es producto del lenguaje. Para los guaraníes, la palabra lo es todo, es el centro que reconcilia todo su universo. La palabra es lo que integra culturalmente todos sus elementos. Los guaraníes tienen una conciencia muy clara de su identidad cultural, de su “ñande reko”, modo de ser y de pensar, que está expresado a través de su lengua.

De aquí la importancia fundamental de recordar que la palabra, para el guaraní, es la razón que sustenta toda su cosmovisión, todas sus relaciones con el cielo y con la tierra. Ellos hablan de las “bellas palabras”, ese hermoso lenguaje agradable a los oídos divinos, “ñe’ẽ pora” escondidas en lo más profundo de la selva, y que ellos, los elegidos, los Ava, es decir, los Hombres, son los depositarios absolutos.

Hablar de la literatura guaraní, es hablar en totalidad de lo que ellos son. El mundo blanco aún permanece en la ignorancia total de este mundo llamado salvaje, de este pensamiento del cual no se sabe qué es lo que lo vuelve más admirable, si su profundidad metafísica, o la suntuosa belleza de la lengua que la dice. Conviene, pues, tener alguna idea del pensamiento guaraní, y de este modo acceder a su lírica, a su política, a su ética, y lo que es más significativo, a la tremenda lucidez de su agonía.

La sustancia de la sociedad guaraní es su mundo religioso. La relación de los guaraníes con sus dioses, es lo que los mantiene como ente colectivo, lo que los reúne en una comunidad de creyentes. La misma fe, es la que hace perdurar a los guaraníes como tribu: sólo su religiosidad estimula el espíritu de resistencia a toda influencia extraña a sus dioses tradicionales.

Pierre Clastres se pregunta: ¿De dónde proviene el poder de este acatamiento a los dioses tradicionales? ¿Dónde se enraiza esta diferencia que distingue fuertemente a los guaraníes de los otros aborígenes? Cuando los europeos toman contacto con los guaraníes, encuentran a estos pueblos homogéneamente trabajados por una sorda inquietud. Recorriendo las tribus y aldeas, andan los karai, así llamados por los indios, quienes no cesan de proclamar la necesidad de abandonar este mundo malo, a fin de ganar la patria de las cosas no mortales, morada de los dioses, Tierra sin Mal.

Es éste el fenómeno de las migraciones religiosas, que los empuja tras las huellas de los karai en una búsqueda apasionada, del paraíso terrenal, hacia el Este, en la dirección de donde se levanta el sol. Este fenómeno es el indicador de una crisis profunda de la sociedad guaraní, crisis ligada ciertamente a la lenta, pero segura aparición de poderosos liderazgos. En otros términos, la sociedad tupí-guaraní en tanto sociedad primitiva, en tanto sociedad sin Estado, veía surgir de su seno esta cosa absolutamente nueva: Un poder político separado que, como tal, amenazaba dislocar el antiguo orden social y transformar radicalmente las relaciones entre los hombres.

Este profetismo salvaje, tenía así una significación política en su esencia. Pero es su expresión religiosa y el lenguaje del profeta, lo que debe retener nuestra atención. La predicación de los karai en los siglos XV y XVI, se puede resumir en dos afirmaciones: el mundo se ha vuelto muy malo, porque ya ha durado mucho tiempo; abandonarlo, pues, para instalarse en otra tierra, donde esté ausente el mal. Ahora bien, el contenido del antiguo discurso profético y las palabras de los sabios guaraníes de hoy es el mismo: las “hermosas palabras” de ahora repiten el mensaje antiguo. Con una diferencia: falta aún poder realizar la utopía de alcanzar yvy marae'ỹ, la Tierra sin Mal, por medio de las peregrinaciones religiosas.

Los guaraníes de hoy siguen esperando un apocalipsis; en él aguardan el mensaje de los dioses, que les anuncien la venida de los tiempos de las cosas no mortales, ese estado de perfección en y por el cual, el hombre trasciende su condición. Este deseo de abandonar un mundo imperfecto, jamás dejó de acompañar a los guaraníes. Cuatro siglos de historia dolorosa, no ha cesado de inspirarlos. Más aún: se ha convertido en el eje, casi único, en torno del cual han organizado su vida y el pensamiento, al punto tal que ese deseo ha determinado su neto perfil de sociedad religiosa.

Toda la violencia conjugada (conquista y rebeliones indígenas aplastadas), cortará bruscamente el desenvolvimiento de la transformación social, estimulada por el movimiento profético. Dejará de concretarse la peregrinación masiva. Anulado este costado de la praxis, el deseo de eternidad de los guaraníes buscará la profundización de la Palabra; se encaminará por el costado del logos.

El discurso actual de los karai se ha vuelto meditación. “Es un movimiento del activismo migratorio hacia el pensamiento cuestionador, pasaje de la exterioridad del gesto concreto -del gesto religioso-, hacia la interioridad constantemente explorada de una sabiduría contemplativa”(Pierre Clastres). Es un esfuerzo de trascendencia humana e histórica, esfuerzo del pensamiento y de su expresión hablada. Es éste un lenguaje revestido de esplendor, solar apropiado para dirigirse a los dioses; una lírica de las “hermosas palabras” que muestra, al mismo tiempo, la eclosión de un pensamiento, en el sentido accidental del término.

Por eso dice Pierre Clastres que, si se compara el “corpus” mitológico guaraní, con el de otros indios, se lo encuentra más bien pobre. Sólo extensible a los mitos esenciales: los Gemelos, el origen del fuego y el Diluvio, todo bastante lejos “de la alegre exuberancia" que marca la capacidad de invención mitológica de los pueblos salvajes. ¿Es necesario atribuir entonces a los guaraníes una menor imaginación poética, un don de creación más débil? No lo creemos así. Pensamos más bien que esta diferencia mitológica entre los guaraníes y sus vecinos mide exactamente la distancia que separa el mito del pensamiento reflexivo.

Pensamos, en otras palabras, que pobres en mitos, los guaraníes son ricos en pensamiento; que su pobreza en mitos, resulta de una pérdida consecutiva al nacimiento de ese pensamiento. “Nacido ciertamente sobre el rico terreno de la mitología antigua, este pensamiento, sin embargo, se despliega después por sí mismo, se libera de su tierra natal; la mitología es sustituida por la metafísica. “Si los guaraníes tienen menos mitos que contarnos, es porque ellos dominan más el pensamiento que nos ofrecen en contrapartida” (Pierre Clastres).

Los guaraníes dicen, entonces: objeto de nuestro deseo: yvy marae'ỹ, la Tierra sin Mal; espacio de nuestra condición: yvy mba’e mengua, la tierra mala. ¿Cómo podemos volver a revestirnos de nuestra verdadera naturaleza, recobrar la sanidad de un cuerpo aéreo, reconquistar nuestra patria perdida? Respuesta: Que nuestra voz se impregne de potencia, y las palabras pronunciadas por ella, de belleza, a fin que puedan ellas, alcanzar los siete firmamentos sobre los que reina nuestro Padre Ñamandu.

Llegados a este punto, se hace difícil escapar a la tentación de seguir profundizando el pensamiento metafísico de los guaraníes; pero no debemos olvidar el objeto de nuestro tema, por cierto estrechamente ligados entre sí, al punto de ser caras diversas de un mismo contenido. A propósito, dice Bartolomeu Meliá: “...la cultura guaraní es una cultura lingüísticamente muy elaborada, y en el campo religioso muy trabajada teológicamente  -con razón los han llamado los teólogos de la selva-”.

 

El rescate de la literatura guaraní

 

Nunca agradeceremos lo suficiente a León Cadogan el haber acometido la tarea de iniciar el rescate de la literatura guaraní. Decía él: “...si no vamos al campo pronto, será tarde...”, reafirmando el mismo criterio que E. Schaden. Esa tarea providencial es la que hoy nos permite tener acceso a la riqueza de los textos precolombinos y nos permite el conocimiento de una literatura posteriormente vaciada de sus valores auténticos. Es útil recordar que los guaraníes desconocieron la escritura, lo cual no debe hacernos pensar que estamos ante una cultura inferior.

Dice Bareiro Saguier: “Significa, más sencillamente, que la tradición oral era suficiente para las necesidades de transmitir la memoria colectiva, de la misma manera que las escasas cifras que utilizaban bastaban en el sistema de una sociedad no mercantilista”, y cita a Pierre Clastres, quien afirma: “Los pueblos sin escritura no son menos adultos que las sociedades letradas. Su historia es tan profunda como la nuestra, y a menos de ser racistas, no existe ninguna razón de juzgarlas incapaces de reflexionar sobre su propia experiencia y de inventar soluciones apropiadas a sus problemas”. Esto nos permite afirmar al mismo tiempo que “la falta de escritura no significa carencia de literatura. Los Guaraníes tenían una de tal fuerza que al cabo de 400 años nos llega en el esplendor de su diversidad y de sus sutiles matices, habiendo sido capaz de resistir a los embates de todas las 'reducciones'. Y nos llega transmitido en un libro viviente, con páginas de labio - lengua - memoria, indestructibles como el aliento del pueblo que la fue creando y recreando desde el amanecer del tiempo” (Bareiro Saguier).

No se puede pasar por alto una serie de preguntas buscando una explicación a los cuatro siglos de silencio que quisieron ocultar la literatura guaraní. Son preguntas que aunque puedan resultar polémicas, honradamente no se pueden dejar de hacerlas. ¿Por qué ni una sola expresión de esa literatura ha sido recogida en tanto tiempo? ¿Se puede dejar de advertir mucha saña en la marginación de los textos guaraníes? Tal vez la primera respuesta sea pensar en la propia dinámica del proceso colonial, en la que el dominador es quien dicta las leyes, las normas, los usos, etc. No obstante, en el resto de América, aunque parcialmente, ha habido recopilación de las manifestaciones literarias. ¿Por qué no ocurrió lo mismo con los guaraníes?.

Cantos cosmogónicos y teogónicos, mitos fundacionales y actualizadores, oraciones que ponen en comunicación al hombre con sus dioses, la palabra poética con el canto, constituye entre los guaraníes el núcleo más vital, medular de la cultura, su expresión privilegiada y el esqueleto de su ser social. “Quebrar ese soporte, taponar el aliento de la colectividad, constituía el medio más eficaz para obtener la desestructuración de la sociedad, la mejor manera de conseguir la dominación explotadora” (Bareiro Saguier).

Lo cierto es que en nombre de una evangelización, que no enjuiciamos ahora, se silenció la Palabra, el ayvu rapyta: el fundamento del lenguaje humano, hasta los temerarios límites de su pérdida total e irremediable. ¿Pueden parecer exageradas, interesadas o mal intencionadas estas reflexiones cuando en 1971, en una encuesta sobre los indios, un 77 % contestaba aún “en cristiano” que“son como animales porque no están bautizados”? La caza del indio, la justificación “legal” y su concomitante “moral” del intocable principio de la propiedad privada juegan a muy poca distancia. ¿Puede entonces resultar tan inexplicable el silenciamiento de una literatura, expresión genuina de toda una cultura de quienes son los “molestos” dueños por derecho ancestral de las tierras arrebatadas en nombre del progreso entre otras cosas?

En 1914 ese silencio cuatro veces centenario comienza a romperse. Kurt Nimuendaju Unkel, un antropólogo alemán, publicó un elenco de textos recolectado entre los apapokúva - guaraní de la frontera brasileño - paraguaya, aparecido en “Zeits-chrift für Ethnologie”, t. XLVI, Berlín, 1914, bajo el título de “Die Sagen von der Religión der Apapokú-va - Guaraní”. Aunque en el Paraguay, en realidad, recién fueron conocidos estos textos en 1944, cuando Juan Francisco Recalde publica en San Pablo la traducción al español y al guaraní paraguayo bajo el título de “Leyenda de la creación y juicio final del mundo como fundamento de la religión de los Apapokúva -Guaraní”. Dice Bareiro Saguier: “‘Conocido’ es quizá palabra exagerada: la edición de Recalde fue tirada a 100 ejemplares mimeografiados”.

Al valor literario intrínseco, debe añadirse el gran mérito de haber revelado la existencia de una rica producción literaria guaraní hasta entonces desconocida o menospreciada. Indiscutiblemente, quien mejor penetró en el mundo religioso guaraní y logró transmitir su literatura fue León Cadogan (1889 - 1973). “Un día, su gran amigo, el cacique Pablo Vera de Yrõ'ysã, le había dicho: 'Para aprender este lenguaje deberán permanecer un año conmigo en la selva. Comerás miel, raíz y frutas, y de vez en cuando un trozo de pescado. Dejarás de leer, pues la sabiduría de los papeles te impedirá comprender la sabiduría que nosotros recibimos, que viene de arriba...'” (B. Meliá). Así lo hizo y pudo recibir la revelación de la tradición esotérica “Ñe´ẽ Pora Tenonde”: las primeras hermosas palabras, que encierra el fundamento de la religión de los mbya-guaraní.

A partir de entonces, Cadogan recopila, traduce, interpreta con entusiasmo y amor la tradición literaria sagrada de los cuatro grupos guaraníes del Paraguay oriental. Tan fundamental es su trabajo, que se hace ineludible recurrir a él. El P. Bartolomeu Meliá es el sucesor de Cadogan, y su albacea elegido por él, depositario además de sus papeles y de su biblioteca. Reúne en su persona la difícil y no común síntesis del científico y el misionero en equilibrada y comprometida entrega. La prueba de esta afirmación la tenemos en la expulsión del Paraguay que mereció en 1975 por defender la dignidad de su pueblo, especialmente la de sus amados indios.

En colaboración con Georg y Frield Grünberg, también investigadores de la cultura guaraní, publicó una obra fundamental:“Etnografía guaraní del Paraguay contemporáneo: Los Pai - Tavyterá”, en Suplemento Antropológico, Vol. XI, N° 1-2, Asunción, 1976, también editado en forma de libro por el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica, Asunción, 1976. Publicó también: “La agonía de los Aché - Guayakí. Historia y cantos”, editado por el mismo Centro y con la colaboración de Luigi Miraglia y Mark y Christine Münzel.

Pierre Clastres, francés, prematuramente desaparecido en un accidente, ha recogido un valioso material entre los Ache, Mbya y Ava-Katu. Una de sus obras: “Le grand Parler. Mythes et chants sacres des indiens guaraní”, Editions du Seuil, París, 1974 (seguido de cerca para este trabajo). Y junto a Miguel Chase-Sardi con su “Pequeño Decamerón Nivaclé. Literatura oral de una etnia del Chaco Paraguayo”, 1981, Ediciones Napa, Asunción - Paraguay, no se pueden obviar los nombres y obras de Alfred Métraux, Branka Susnik, Egon Schaden, Juan Belaieff, Héléne Clastres, Marcial Samaniego, todos imprescindibles en una bibliografía básica sobre el tema. La tiranía del espacio nos condiciona a dejar para otra entrega el análisis de textos.

Mientras tanto, recordemos las lúcidas reflexiones de Augusto Roa Bastos: “El lenguaje de las culturas indígenas entraña en su contexto cósmico significaciones que anulan nuestros conceptos de temporalidad y espacialidad; forman constelaciones míticas en las cuales el sentido de permanencia funciona no como petrificación del pasado si no como una estabilidad dialéctica que funciona con sus propias leyes. Esta perfección, esta plenitud, esta unidad y originalidad de los cantos y mitos indígenas -que sobreviven victoriosamente en las traducciones y versiones-, prueban una de las tesis de la ciencia lingüística: la de que no hay una lengua inferior a otra. Prueban asimismo que no sólo las culturas que se proclaman “superiores” son las que producen “jerárquicamente” las mejores y más altas expresiones artísticas... La oposición entre lo “dicho” en los cantos indígenas y lo “escrito” en las letras paraguayas de escritura colonial, señala una distinción que considero significativa: la que va de lo vivo del acervo oral, del pensamiento colectivo, a lo muerto de la escritura literaria, de carácter siempre individual. El uno se genera y recrea a sí mismo sin cesar en módulos genuinos y no desarticulados todavía. En cambio, la literatura escrita en lengua “culta” de sociedades dependientes y atrasadas como las nuestras, distorsiona y artificializa las modulaciones del genio colectivo; sobre todo en países como el Paraguay, en cuya cultura se agudizan al máximo los problema derivados del bilingüismo guaraní - castellano y la inevitable diglosia por la relación de dependencia entre la lengua “culta” -dominante- , y la lengua oral y popular -dominada-; escisión que determina el fenómeno de alienación cultural más peligroso en la base misma de una cultura que es la lengua”. (Las culturas condenadas, Siglo XXI, México, 1978).

La literatura guaraní se puede resumir glosando el pensamiento de Meliá, que dice, con descarnada agudeza y exactitud, que es la poesía de la lucidez y de la clarividencia, densa y brillante como un diamante.

 

Bibliografía:

* Sánchez Aguilar, Jorge - “La literatura guaraní” - Historia de los correntinos y sus pueblos - fascículo 1.

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