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Toponimia guaraní de Corrientes. Su estudio. Sus leyes

PARTE GENERAL

Voy a ingresar al mundo maravilloso de nuestros animales y nuestras plantas; a evocar los paisajes de extasiada contemplación en la mocedad, cuando descubrí sus nombres armoniosos y nació la inquietud por descifrarlos.

 

El guaraní, el quechua y el mapuche, para citar las tres de mayor difusión actual, son lenguas que aún se hablan en Sudamérica y no sólo por miembros de esos pueblos indígenas, sino también por mestizos y por comunidades humanas que no poseen ningún vínculo étnico con aquéllos.

Por ello resulta relativamente fácil la tarea de traducir los topónimos de esos orígenes, cosa que no ocurre cuando nos encontramos con la herencia toponímica de lenguas ya desaparecidas, como las de onas y yámanas, en Tierra del Fuego; el huarpe, en Cuyo; y el cacán de diaguitas y calchaquíes, en el Noroeste argentino.

Con esta obra me propongo traducir los topónimos guaraníes de la Provincia de Corrientes, mi provincia natal, en la certeza de contribuir con ello a un mejor conocimiento de este idioma que conservamos aún.

Bien sabemos que toda lengua es transmisora de cultura, vehículo del saber. Penetrar en ellas equivale a escarbar en las profundidades del conocimiento humano.

Nombres armoniosos y certeros bautismos de lugares pueblan nuestro territorio. Traerlos al castellano, significa aproximarnos a aquella morfología y aquella sintaxis, descubrir los métodos nominadores y admirar la capacidad de observación y el sentido estético de aquellos pueblos americanos.

Podrá afirmarse que se puede vivir igualmente sin saber qué significa el nombre del río Paraná o el de la capital de Corrientes. También se puede vivir sin haber oído nunca una cantata de Bach, sin haber leído el Quijote y sin saber qué explicación darle a las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira.

Al emprender esta obra he tenido en cuenta el estudio comparado de la Toponimia. La comparación, la analogía, son siempre auxiliares indispensables en casi todos los estudios, sobre todo los humanísticos.

Asimismo, es necesario valerse de otras disciplinas. La Historia, la Geografía, la Geología, la Botánica, la Zoología y, en general, la más variada información, contribuyen al buen éxito de esta tarea.

Con el afán de facilitar el camino para futuros estudios, me atrevo a formular y proponer algunas reglas o leyes, nacidas de mi propia observación y del estudio comparado.

La mayoría de los topónimos registrados corresponden a lugares conocidos por mí, aún en los sitios más recónditos de la Provincia. Lo que ofrezco al lector y a los estudiosos es el fruto de observaciones acumuladas durante años. Cuando en la mocedad empecé a conocer lugares y nombres de contagiosa belleza, nació esta inquietud y esta tarea gracias al conocimiento de esta lengua guaraní que hablo desde niño.

El uso del Diccionario Geográfico Argentino, publicado por el Instituto Geográfico Militar, me permitió sistematizar el trabajo, siguiendo el orden alfabético, y también hallar en él algunos nombres desconocidos por mí.

A veces ha ocurrido que algunas pocas traducciones logradas en un primer intento me acompañaron durante años, hasta que debí abandonarlas en homenaje a una nueva acepción lograda con un estudio más paciente y, a veces, auxiliado por la analogía.

En el texto no me conformo con dar la traducción; en ocasiones trato de dar la razón de ser del topónimo, la época de origen y los datos de quienes. Probablemente, participaron en el bautismo.

Ofrezco este aporte modesto a otros estudiosos, y en un Apéndice final doy a conocer aquellos nombres que no he logrado traducir. Otros, con más sapiencia o más fortuna que yo, podrán develar esas incógnitas.

Así lo deseo para que, con los que me sigan, si es que inicio algo, podamos dar categoría a estos estudios.

Señalo en el texto algunos errores de buena fe de distinguidos guaranistas, a quienes nombro y para quienes el respeto no se amengua. Pero quiero, además, ejercer con seriedad la defensa de esta herencia cultural, proponiendo normas y métodos que nos pongan a cubierto de la improvisación de quienes hacen tanto daño con su tilinguería.

 

TOPONIMIA GUARANI DE CORRIENTES

 

La Toponimia. Su estudio. Sus leyes

 

La costumbre de dar nombres a los ríos, lagos, montes, parajes, desiertos y mares es tan antigua como el hombre mismo. Y antigua por necesaria.

Dos instintos elementales acompañan al hombre primitivo: la subsistencia y la reproducción y conservación de la especie. Estas dos fuerzas rigen, con exclusividad, durante siglos, la conducta humana.

La necesidad de alimentos determinó la recolección de frutos, de tubérculos y de raíces ricos en vitaminas e hidratos de carbono, así como la caza de animales menores y la pesca de peces y moluscos. Esa fue la dieta primitiva y, aunque la técnica de la recolección haya variado, sigue siendo la misma después de tres millones de años.

Aquello impuso una norma de vida a nuestros remotos abuelos: el nomadismo. Ir, regresar, afincarse, volver a salir y afincarse otra vez, y siempre guiados por los alimentos.

Es fácil imaginar a aquellos antepasados como a las abejas de un colmenar, trayendo las noticias de la abundancia y de las cuevas seguras para proteger a las mujeres y a los niños.

Hay moluscos en la playa grande, sería la información; y peces en el lago hondo; tubérculos en la selva oscura; venados en la pradera verde; frutos en la orilla del monte bajo; aves, en la laguna limpia; refugio, en la cueva ancha.

Este fenómeno se ha repetido en todas las latitudes y en todos los tiempos. Muchos nombres desaparecieron, sin duda, pero otros tantos, análogos, tomaron su lugar. Y así, hasta nuestros días.

Por eso. tenemos hoy un Río Negro y un Río Colorado en la Patagonia; un Río Bermejo en el Chaco; un Río Salado en Buenos Aires; un Río Hondo en Santiago del Estero; un Río Amarillo en China; un Danubio Azul en Europa; un Mar Blanco en el Polo Norte; un Mar Negro en Ucrania; un Mar Rojo en Egipto; un Mar Muerto en Israel; una Sierra Nevada en California y en España; un Monte Blanco en Suiza; una Costa Azul en el Mediterráneo francés; una Costa Brava en el Mediterráneo español; una Bahía Blanca en Argentina; y una Bahía Negra en Brasil; un río seco, un río dulce y un río salado en cualquier lugar del mundo.

Con esto ya podemos elaborar una primera conclusión: El topónimo más simple consta de un sustantivo, seguido de un adjetivo, que lo califica. Y siempre será así, por lo menos en las lenguas románicas.

En las lenguas aglutinantes del centro de Europa, el fenómeno será el mismo, con la diferencia de que primero irá el adjetivo y luego el sustantivo. A veces esas dos palabras irán separadas y, a veces, unidas.

Y así tenemos, Long Island, Salt Lake, Yellowstone, Schwarzwald. Volcadas esas expresiones al castellano, tenemos, igual que en los otros casos, Isla Larga, Lago Salado, Piedra Amarilla y Selva Negra.

En guaraní, sin embargo, la construcción será como en castellano: primero, el sustantivo, y, luego, el adjetivo. Así, entonces, Itá Pucú, Itá Ivaté, Itá Pe; Piedra larga, Piedra alta y Piedra chata, respectivamente.

Nunca a la inversa. Nunca el adjetivo primero.

Con frecuencia, dos topónimos, aparentemente distintos en virtud de la lengua utilizada, resultan ser sinónimos, como “Monte Grande” en Buenos Aires, y “Matto Grosso” en Brasil.

A la primera conclusión, referida al sustantivo y adjetivo, agreguemos una segunda observación: el elemento que da origen al topónimo, es perdurable en el lugar: la roca, la laguna, el río. Y el carácter que lo distingue, es siempre sobresaliente y también perdurable.

Mal podría un elemento servir de guía o referencia si su presencia es fugaz. Y mal podría distinguirse lo que se menciona, si se señala de él un carácter secundario.

Después de este análisis, ya nos animamos a enunciar y proponer nuestra primera Ley: Los topónimos más simples están formados por un sustantivo y un adjetivo calificativo. El elemento que le da origen es siempre perdurable en el lugar y el carácter que lo distingue es siempre sobresaliente.

Una segunda Ley, emerge de la primera: En ningún caso un verbo forma parte de un topónimo guaraní.

Ni verbo ni adverbio, que es su modificador, y esto es así porque el topónimo no indica acción, sino condición.

Lo afirmo para nuestra lengua, aunque la misma observación surge abundante en la toponimia comparada.

 

Otros elementos

 

Si ahondamos el estudio, veremos que se incorporan otros elementos para contribuir a la formación de los topónimos. Peces, aves y mamíferos acuáticos abundan en las aguas de ríos y lagunas. Otros animales acompañan o merodean esos lugares con preferencia y se destacan por su abundancia. Mamíferos mayores y otras aves se refugian en el monte, pueblan la pradera, viven en la meseta.

Así tenemos, entonces, río de los dorados, estero de los chajás, laguna de los patos, pampa de los guanacos, corral de tigres.

En las áreas no guaraníticas esas formas se mantienen en castellano, o bien en otras lenguas indígenas.

Pero si la fauna agrega sus nombres, también lo hace la flora, y en mayor medida. Algunas plantas nacen en el lecho de las lagunas, como el Pairyry, el Peguahó y el Pirivevy; otras sobrenadan en la superficie, como el camalote y el irupé; algunos árboles acompañan al cauce, desde la orilla, como el ceibo, el curupí, el sarandy y el aguaí. Por ello, numerosos cursos de agua llevan esos nombres.

Como en el caso de los animales, también con los nombres de plantas se forman topónimos, íntegramente guaraníes, o híbridos de castellano-guaraní, o a la inversa.

Tenemos ya razones para formular una nueva Ley: Un nuevo sustantivo que se agrega al primero, desalojando al adjetivo calificativo, señala elementos de la fauna o de la flora, y también de la misma geografía, para la formación del topónimo.

Se origina así, con un modificador explicativo, una frase, que antes llamábamos de caso genitivo: Piedra del Aguila, Paraná de las Palmas, Paraje Siete Arboles, Estancia Tres Cerros. Casos que se multiplican infinitamente.

Doy ejemplos conocidos en castellano, por razones didácticas.

Más arriba dijimos que, en guaraní, el adjetivo va después del sustantivo, como en castellano. Por ello decimos Yvyra Pyta (árbol rojo), Itá morotí (piedra blanca), Tapé pucú (camino largo).

Sin embargo, no ocurre lo mismo en el caso genitivo o posesivo, es decir, cuando aparece ese segundo sustantivo, que actúa como modificador explicativo. Allí el guaraní se comporta como lengua aglutinante. Irá primero el sustantivo modificador (genitivo), y después el modificado: será Aguila Piedra y Palmas Paraná, en lugar de Piedra del Aguila y Paraná de las Palmas. Por lo tanto, “Río de los camalotes” (Aguapey) será “Camalote río”, y “Estero o arroyo de los chajás” (Chajarí) será “Chajás estero o arroyo”.

Cuando el topónimo es híbrido, será igual la construcción: Ita paso (Paso de las piedras). Asimismo, cuando los dos términos son castellanos, se construye como si fuera guaraní: Ramada paso (Paso de la ramada); Toro paso (Paso de los toros), palabras castellanas y sintaxis guaraní.

Es a principios del siglo XVII, cuando se inicia la expansión poblacional con las primeras fundaciones. Sus protagonistas son, en su mayoría, bilingües.

Así se entiende el uso arbitrario de ambas lenguas y el arbitrio se expresa en el empleo de vocablos según la elección del hablante. Y esa elección toma lo más expresivo de cada idioma. Lo más eufónico. Lo más agradable al oído. Subyace siempre un sentido estético en la elaboración del lenguaje. Y el hablante tiene dos idiomas a su disposición.

Pero la interferencia entre ambos idiomas no se manifiesta únicamente en los préstamos recíprocos del léxico. El bilingüe que prefiere el uso del español, aún dentro de la alternancia, será víctima de la otra sintaxis que invade la construcción de sus frases. Y terminará por construirlas con palabras españolas pero con sintaxis guaraní.

Si la lengua materna del hablante bilingüe es el guaraní, construirá Itá Paso influyendo con ello en la comunidad bilingüe. Pero si la primera lengua es el castellano y éste mantiene su escondida influencia todavía, podrá construir, algunas veces, Paso Itá.

 

Palabras y morfemas usuales

(Cua - Ty - Tenda)

 

Numerosos topónimos guaraníes terminan con el sufijo Cua.

Si se trata de personas, significa asentamiento, refugio. La palabra Cambacua designa a un par de islas del río Uruguay en las que hubo asentamientos de negros libertos.

Cambá cua (las dos voces separadas), nombran un barrio característico de la ciudad de Corrientes, recostado a orillas del Paraná, donde se afincó la población negra.

Caprichos de la historia. Ayer, los descendientes de esclavos casi fuera de la ciudad, a orillas del río. Hoy el Camba cua es barrio residencial preferente, a orillas del río. Dos contenidos contrapuestos lleva consigo la expresión “a orillas del río”. Ayer, confinamiento; hoy, privilegio.

Tratándose de animales, indica hábitat de los mismos. Nuestra gente de campo usa una expresión muy española: “Lugar de”.

Lugar de zorros (aguaracua); lugar de ciervos (iribucua); lugar de vacunos (vacacua).

Cuando se trata de minerales o formaciones geológicas, indica yacimiento, como itacua (yacimiento o cantera de piedra). Así, también, ycua significa vertiente, manantial, ojo de agua.

Conviene recordar que la palabra cua es también un sustantivo que significa orificio, agujero. Ello induce a error a muchos traductores, por el parecido que tiene con cueva, refugio, escondrijo. Por error se dice “agujero de las víboras” al traducir mboicua, que significa “lugar poblado de víboras”.

El sufijo Ty actúa de manera similar, indicando abundancia, en el caso de vegetales. Así pues, una plantación o un monte natural llevan ese sufijo. Tenemos entonces yatayty (palmar), avatity (maizal), tacuaty (tacuaral), curity (pinar), de allí viene Curitiba.

Se construyen con frecuencia términos híbridos como laurelty, en lugar de ayuity y cedroty en lugar de ygaryty.

Este sufijo ty, reservado para las plantas, aparece, en rarísimos casos, acompañando a animales, como en quiyaty (nutrial), nombre de un estero en la margen izquierda de las nacientes del río Miriñay.

Digamos, por último, que ty no pierde nunca su condición de sufijo, no se separa del vocablo al que acompaña, como ocurre con cua, por la homonimia con agujero.

 

Influencia de la nasalidad

 

Estos dos sufijos: cua y ty tienen distinto comportamiento, según vayan unidos a palabras orales o nasales.

Sabemos bien que las consonantes oclusivas sordas: p, t, k, del español, tienen su correspondiente sonora: p se sonoriza b; t en d; y k se sonoriza en g.

Este fenómeno se dá en guaraní cuando el sufijo acompaña a una palabra nasal. Así, a p le corresponden b y mb; a la t suplanta nd; y, por fin, la k (c) se sonoriza en ng.

Dos ejemplos: la palabra oral ita, significa piedra. Agregamos el sufijo cua, y tenemos itacua, para decir yacimiento o cantera de piedra.

Si en lugar de ita tomamos la palabra Itati, veremos que esta ya no es oral, porque la silaba nasal ti nasalizó todo el vocablo. Entonces, yacimiento o cantera de cal será itatingua. La separación silábica es y-ta-ti-ngua. Con ese nombre encontró Sebastián Caboto, en 1528, a esta población indígena que hoy se llama Itatí.

Veamos qué pasa con el sufijo ty. La palabra oral takua significa tacuara. Entonces, tacuarual será takuaty. Si a esta palabra oral, le agregamos el adjetivo re’e (dulce), el nuevo vocablo, ahora nasal, será tacuare’e (caña de azúcar). Esta nasalidad adquirida es la que transformará a ty en ndy.

Tacuarendy es el nombre de una población del Norte de la provincia argentina de Santa Fe que posee ingenios y cañaverales.

Un ejemplo más: la expresión ypa’ü es nasal, y significa isla. Para decir archipiélago, agregamos el sufijo ty, que se transformará en ndy. Así pues, ñane ypa’ündy Malvinas, será “nuestras Islas Malvinas”.

Veamos ahora el tercer componente de estos topónimos logrados con la sufijación. Se trata de tenda, que indica lugar y, más claramente, lugar ocupado por...

Si los sufijos cua y ty sufren variantes en virtud de la nasalidad de la palabra a la que acompañan, también tenda sufrirá cambios, aunque ya no por nasalidad, sino que el nominativo tenda, al declinarse, verá transformarse la t en r.

Así, che tenda (mi lugar), será cherenda; y nde tenda (tu lugar), será nerenda.

De esa manera, de la palabra Tupasy (Madre de Dios), obtenemos santuario de la Virgen, con Tupasyrenda.

Un topónimo como ejemplo. Un arroyo boliviano se llama Piquirenda. En el guaraní de Bolivia (chiriguano), abundan las palabras graves, aunque para nosotros sea pikyrenda palabra aguda. Viene de piky (Bryconamericus exodon), pequeño pez, de menor tamaño que nuestra conocida mojarrita, cuyo nombre científico es Astyanax abramis. Ambos peces pertenecen a la familia Tetraganopterideos.

Destacamos con esto una nueva conclusión: las palabras cua y tenda pospuesta una u otra y siempre unidas a un sustantivo como sufijos, indican origen, refugio, abundancia o dispersión de una especie animal, o también yacimiento mineral o formaciones rocosas.

El sufijo ty señala lo mismo para las especies vegetales.

 

Algo más sobre tenda

 

Conviene detenernos un poco sobre este vocablo.

El caballo de montar también se llama tenda, cuya inicial t oscila de la siguiente manera, al declinarse: cherenda (mi caballo), nerenda (tu caballo), igual que “mi lugar” y “tu lugar” y, por último henda (su caballo de él).

Sabemos que hay caballos de tiro y caballos de silla. Solamente a estos últimos se les llama tenda (montado). Cuando un patrón pide que se le traiga su caballo dice:

“Tráiganme mi montado”. Un señor español diría: “Traedme mi silla”. El no pide su montura, que es la silla de montar, pide su caballo. El vocablo silla se hizo extensivo en España al caballo de montar.

Los hablantes de guaraní de la época de la Conquista, nativos o no, extendieron la acepción de tenda (lugar) al caballo de silla, utilizando el término conocido aquí mucho antes de conocerse el caballo. Fue un verdadero acierto lingüístico.

Más aún, fue un trasvasamiento cultural español recogido por el pensamiento guaraní, y acuñado con la ampliación de la acepción primitiva.

La nueva acepción de tenda resulta así exacta traducción del concepto español “caballo de silla”.

Cherenda es, entonces, “mi lugar” y “mi montado”. Es que silla equivale a lugar. Cuando pierde su silla, el que a Sevilla se va, lo que pierde es su lugar, que será ocupado por otro.

De la palabra silla deriva el verbo ensillar. Y aquí otra curiosidad: aunque no lleven silla los caballos de tiro, también se los ensilla. Más todavía, se ensilla, asimismo, el carro. Se ha extendido el alcance del verbo. Ensillar no es sólo agregar la silla, sino colocar los arreos del carro.

 

Un método útil

 

Para emprender la tarea de traducir topónimos con una mayor certidumbre, es bueno tener en cuenta lo siguiente: un lago, un río, un paraje o un monte reciben, con frecuencia, su nombre de un animal, una planta o una formación geológica; lo reciben también de un carácter sobresaliente de sí mismo.

Ese río o ese monte le dan luego su nombre al paraje, a la estancia, a la ciudad, a la provincia, al Estado, al país. Ese es el orden que siguen el nacimiento y la transferencia posterior del topónimo.

Es el método que han seguido las comunidades humanas al nominar sus lugares; es un método universal. De lo contrario, no hubiéramos podido dar los ejemplos hallados en distintos y distantes lugares del mundo, con nombres aparentemente disímiles pero que, en definitiva, designan la misma cosa al ser traducidos.

El nombre guaraní del río Bermejo fue Ypytã, que significa lo mismo. En la Provincia de Entre Ríos, al sur de Concordia, hay dos pequeñas poblaciones vecinas que se llaman “Calabacillas” y “Yeruá”. Este último es el nombre guaraní de esas calabacillas, de donde se obtienen los porongos para tomar mate. Esas plantas le dieron su nombre guaraní al arroyo Yeruá, de donde lo tomó la población.

Un mismo fenómeno recibe de cada idioma el nombre que le corresponde. Cosa análoga ocurre con los apellidos. Peterson, Pedersen, Petroff y Petrovich son los equivalentes de Pérez, del mismo modo que Grimberg y Monteverde se corresponden.

 

El camino inverso

 

Si tenemos en cuenta esa secuencia de árbol, río, ciudad, será fácil llegar a destino. Tomemos el ejemplo de la estancia Aguaí, situada entre Curuzú Cuatiá y Mercedes. En su vecindad discurre un arroyo con ese nombre, y de él lo tomó la estancia; pero el arroyo lo tomó antes del árbol de ese nombre, que abunda a sus orillas. Ahí está la secuencia: árbol, arroyo, estancia.

Si luego queremos saber el nombre del árbol, veremos que su fruto con el que hacemos un conocido dulce regional, tiene ese nombre porque por sus semillas semejan un cascabel. Y cascabel se dice aguaí, en guaraní. De allí el nombre de mboi aguaí para la víbora cascabel.

En resumen; el nombre de la estancia no significa cascabel; sólo indica que por allí corre un arroyo con ese nombre. A su vez, el arroyo denuncia que en su vecindad abundan los árboles así llamados. Y, por fin, el árbol, nos dice que su nombre proviene de su fruto que semeja un cascabel.

 

Lo que no debemos hacer

 

Muchas personas fracasan, en su intento de traducir, porque toman un camino equivocado. Separan las sílabas de una palabra, dándole a cada una un significado. Luego, suman esos significados y, con un poco de ingenio, hallan un resultado que, generalmente, resulta un desacierto.

En todas las lenguas, algunas sílabas tienen significado por sí mismas, como ocurre en los monosílabos, pero otras son simplemente elementos formativos de una unidad mayor, como ocurre con las piezas de un rompecabezas, que nada valen por sí mismas.

Si tomamos, en castellano, la palabra “can”, diremos que significa perro. Enseguida veremos que también forma parte de muchas palabras como, candado, canilla, canción, canícula, canuto, canario y cien más.

Si nos dejamos llevar por aquel método de la separación silábica, podemos llegar a la conclusión de que “candado” significa “perro regalado por un vecino”, así como un “canario” será un perro de raza aria.

Hay autores que han llegado al método de separar consonantes y vocales, atribuyendo a cada letra el germen de una idea.

No basta hablar una lengua para traducir con acierto sus vocablos. Es menester conocer su morfología y su sintaxis, es decir, su estructura y, con ella, el genio del idioma.

En ese genio residen los secretos de las reglas y métodos que han seguido siempre en su labor nominativa los pueblos obedientes de su idioma.

 

Cuando no podemos llegar

 

No seamos soberbios, no pretendamos saberlo todo. Sepamos resistir a la tentación de fabular para conformar a los que confían en nosotros, porque el resultado será siempre un fraude.

Debemos conformarnos con lo posible, ya que nuestra investigación llega a veces a un punto y se detiene. Cuando no podemos avanzar, debe auxiliarnos la analogía. Si tenemos en la margen derecha del río Uruguay, el río Aguapey (Río de los camalotes), encontramos también en su margen izquierda, en territorio uruguayo, el río Arapey, cuyo significado desconocemos. Ambos nombres se parecen mucho, tienen la misma cantidad de sílabas y la misma terminación. Si el primero se refiere a los camalotes, probablemente el segundo se referirá también a una planta acuática. Nuestro esfuerzo llega hasta la estructura “Río de los o las...”. Y de allí no avanzamos.

También tenemos en la margen derecha del Uruguay, dos afluentes de nombres muy parecidos: el Chimiray, en el límite con Misiones, y el Miriñay, en el Sudeste de Corrientes. La misma cantidad de sílabas, las mismas vocales, la misma terminación, el mismo río al que afluyen y la vecindad geográfica.

Nuevamente llegamos a “Río de los o las...”. Y nos quedamos ahí.

Cada vez que nos ocurra algo así, tengamos en cuenta que detrás de una palabra desconocida probablemente se halle escondida una planta, o agazapado un animal, que están dándole su nombre al río, a la laguna, al estero. Algún día, la constancia o también el azar, pondrán a nuestro alcance la palabra tanto tiempo buscada. Entonces, y recién entonces, sin apuro, podremos dar con el resultado definitivo y verdadero.

Generalmente, algunos nombres cuyo significado desconocemos, pertenecen a topónimos anteriores a la Conquista española. Los recién llegados los recibieron así, sin conocer su significado real o, tal vez, los conocieron, pero, por no ser vocablos de uso frecuente, los olvidaron. Cuatrocientos años son bastante tiempo como para hacernos difícil reconstruir lo que no hemos heredado directamente.

 

Los topónimos híbridos

 

Todos ellos son posteriores a la llegada de los españoles. Dos razones hay para que aparezcan: la tarea evangelizadora, a cargo de franciscanos y dominicos, primero; y jesuitas, después, consagró la costumbre de agregar nombres o hechos del santoral católico a topónimos indígenas anteriores a su llegada.

Por lo general subsisten luego los nombres indígenas, como en los casos de “Reducción de los Santos Reyes Magos de Yapeyú”, “Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá” y “Nuestra Señora del Rosario de Caá Catí”.

La otra razón es el bilingüismo subsiguiente a la mestización. Eran bilingües los hijos de españoles e india, y lo eran también los guaraníes empleados en las tareas rurales. El contacto con el español determinó el dominio por parte de aquéllos.

Por su parte, también los españoles aprendieron guaraní, y de modo especial aquéllos que se dedicaron a las tareas del campo, donde el contacto con indígenas y mestizos era frecuente y sostenido. Así, pues, hubo bilingües por aprendizaje de la lengua española y por aprendizaje de la lengua indígena.

La expansión hacia el Interior provincial, a partir de la ciudad de Vera de las Siete Corrientes, se inicia con los permisos de vaquería, a los que suceden la radicación temporaria en el campo, y luego la aparición de la estancia.

Aquella expansión se manifestó también con la fundación de nuevas poblaciones y de reducciones indígenas. Fue por ello, el siglo XVII, el de mayor abundancia de nuevos topónimos.

Radicarse era conocer el nuevo escenario, y ello entrañaba la necesaria denominación de los lugares. Un arroyo con abundancia de carpinchos, podía bautizarse como capivary o carpinchory. Este último, por desconocimiento del nombre guaraní del carpincho. Y también por el uso arbitrario de ambas lenguas por parte de quienes poseían las dos. Teniendo dos idiomas a su disposición, no resulta extraño que aquellos protagonistas llamaran a un lugar ayuity o laurelty, que significan lo mismo: “Monte de laureles”.

También es fuente de vocablos híbridos la costumbre de agregar la posposición “cue” al apellido de antiguos propietarios importantes de una región. Así aparecen “Cerrudo cue”, “Fernández cue”, “Alem cue”. En algunos casos, el monosílabo va pospuesto sin sufijarse, como en estos ejemplos. Su significado indica anterioridad, vieja función, añosidad. Un ex patrón, es un “Patrón cue”. Toda función extinguida, reclama el monosílabo “cue”, sufijo o simplemente pospuesto.

Por último, al entrar ya en materia, digamos que los nombres de lugares serán escritos como los ha consagrado el uso. En caso necesario, irá entre paréntesis la escritura guaraní que utilizamos, siguiendo la convención que observamos en esta lengua. Y, aunque resulte difícil, trataremos de sugerir la correcta pronunciación(1).

 

Nota

(1)   Al finalizar esta Parte General, producto de una elaboración de muchos años, recuerdo mis propias observaciones nacidas en los distintos escenarios naturales de Corrientes, así como los cambios de ideas mantenidos después con el doctor Rubén Bareiro Saguier, en su Cátedra de Lengua Guaraní de la Universidad de París; con el doctor Jorge Díaz Vélez, durante las comunes tareas lingüísticas en la Universidad del Ruhr; con el doctor Wolf Dietrich, investigador del idioma chiriguano, en la Universidad de Münster; con el antropólogo y lingüista, Padre Bartomeu Meliá (S.J.), en diversos lugares; y con la profesora Inés Abadía de Quant, a todos quienes expreso mi gratitud.

 

Bibliografía:

Material extraído de la obra “Toponimia guaraní de Corrientes”, del profesor José Miguel Irigoyen, editado por el Instituto de Antropología “Juan B. Ambrosetti” de la Universidad de Concepción del Uruguay (Entre Ríos), en 1994. En este caso particular corresponde a la “Parte General” del citado trabajo. Dado que el autor enseña allí el estudio, las leyes, así como el uso del guaraní en el bautizo de varios topónimos de Corrientes, es que hace valedera su reproducción.

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