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La guitarra española

La guitarra española, luego rebautizada como “criolla”, fue uno de los instrumentos musicales pioneros en la llegada a tierras americanas. Desde 1492 en adelante existen testimonios de su aparición, en sus versiones originales de “vihuela”.

César Viglietti, en su libro “Origen e historia de la guitarra”, señala que “el laúd y la vihuela hacen caminos más o menos paralelos”. También afirma que los vocablos “vihuela”, “vihuella” y “vyhuela” tuvieron un sentido genérico que abarcó a tres grandes y distintos tipos: “vihuela de mano”, “de arco” y de “plectro”.

La primera era ejecutada con la mano, pulsada con los dedos -resultando, así, la guitarra de cuatro cuerdas-, una variante de la vihuela de mano, aunque rasgueada en general.

El arco es posterior al procedimiento de pulsar o golpear las cuerdas, y surge por el siglo VII. Tres siglos después se separan en dos familias:

a) La de la “viola”; y

b) La del “laúd” o “vihuela”.

La “guitarra española” aparece, en sus primitivas versiones, a comienzos del siglo XV, y ya “tenía el cuerpo y el cuello de una mujer, con tres cuerdas dobles y una sencilla”. Señala el autor citado que la vida de la vihuela tiene una historia pareja con la de la guitarra, en lo referente a cuerdas, tamaño, etcétera.

Las primeras versiones -como tipo característico-, fue la guitarra de diez trastes y, en el siglo XV, ya se empleaba el rasgueo, toque más popular de los juglares que para los trovadores.

Con un número de cuatro cuerdas, en su forma inicial, recibe del famoso poeta español la forma definitiva con la “quinta cuerda”, o sea la actual prima. Este hombre era VICENTE ESPINEL (1550-1624). De su apellido recibe, en algunos casos, la denominación de “espinela”.

Según las referencias históricas de Viglietti, “...hacia fines de la primera década del siglo XVI, un andaluz, con título de notario y posteriormente fundador del puerto panameño, ‘en nombre de Dios’, naufraga con los suyos frente a las costas de Panamá, y logra salvarse y salvar su espléndida “vihuela”, tachonada de piedras preciosas, oro y nácar recamada...”. Su nombre: Diego de Nicuesa, quien recibió luego el nombre de “...el gran tañedor de vihuela”. Esta es, quizá, la primera crónica que refleja la presencia del instrumento en América.

Otro testimonio histórico nos remite a Juan de Garay: “...una guitarra traída de España por los marineros de Juan de Salazar, para entretenimiento, sin duda, de las tres bellas hijas de...”, etcétera.

Salazar es un conquistador que llega a tierras del Plata con Pedro de Mendoza, en el año 1535.

Otra mención es que la recuerda a “Santa Rosa de Lima”, ungida Patrona de América (día 30 de Agosto de 1618), y que fue, treinta años después de su muerte, consagrada en Buenos Aires “Patrona de los Guitarristas”.

En las “REDUCCIONES GUARANITICAS” se afirma “la existencia de un niño de 8 años, que sabe hacer ochenta mudanzas sin perder el compás de la vihuela o arpa, con tanto aire como el español más ligero”. Esto ocurría en 1636.

Promediaba el siglo XVII, y en las Misiones Orientales, sobre el río Uruguay, en un pueblito llamado “Santa Cruz”, que dos siglos después es habitado por una población de indios mestizos, que en “los días de fiesta afluían a la iglesia, donde un sacristán guaraní oficiaba y una india dirigía el coro, que era acompañado por algunas guitarras, una flauta y varias ocarinas”.

No es un hecho aislado la intervención de la guitarra y de la vihuela en la liturgia cristiana de las Reducciones jesuíticas en el área guaraní. Basta recordar los escritos del Padre Antonio Sepp, para encauzar toda una historia del instrumento en manos de los aborígenes y de su perfecta fabricación en los talleres artesanales de la población de “Yapeyú” (Provincia de Corrientes).

Existen numerosos inventarios redactados luego de la expulsión de los Padres jesuitas de América, que señalan la existencia de estos instrumentos (guitarra, vihuela, triple, laúd, etcétera).

El “triple” era una especie de guitarra más pequeña, de voces agudas; su sonido más bajo, correspondía al Si de la quinta cuerda de la guitarra corriente, aunque a veces se afinaba como ésta. También se la denominó “requinto”.

Se puede afirmar que, según documentos (Francisco Bauzá y Oreste Araujo), “la música y el canto fueron entonces cultivados por los españoles y americanos”, y agregan más adelante:

“El faenador clandestino, el changador, el gauderío (nombre del gaucho colonial), se hacían notables por sus lances amorosos, sus rencillas, sus cantares trovadores melancólicos que, al son de la guitarra, cantaban endechas de amor...”.

“Siendo el punto de reunión la pulpería, y su afición al canto y el baile, la guitarra no faltaba en ninguno de esos establecimientos”. “La guitarra y el canto lo divierten (al gaucho) sobremanera, y es capaz de escuchar sin fastidio durante toda la noche a un guitarrista”.

Estas palabras son escritas por Bauzá, en 1880.

También podemos citar, como un antecedente, la crónica de un viajero llamado Espinosa, que en 1789 dice del gaucho:

“Si es invierno juegan y cantan unas raras seguidillas desentonadas... que llaman ‘cadena, perico o malambo’, acompañándose con una descordada guitarrilla, que siempre es un triple...”.

Se menciona también lo expresado por Azara:

“En cada pulpería hay una guitarra, y el que la toca, bebe a costa ajena. Los gauchos cantan yaravíes y tristes...”.

La “guitarra de cinco cuerdas”, que había penetrado en América hacia 1600, fue relegada a su elemental función de acompañante, y se la utiliza en los teatros incipientes de la época colonial, para “acompañar a las tonadillas”.

Un texto de Mariano G. Bosch, señala que “... las guitarras sobre el escenario, habían constituido los primeros instrumentos de orquesta de los teatros de Buenos Aires, en el siglo XVIII y principios del XIX, y acompañaban a las tonadillas y los bailes; y ellos y el entremés, rellenaban la función, supliendo el entreacto, todavía como se estilaba en tiempos remotos en España, cuando el teatro, en los corrales y patios, no podía armar decorados ni usar telones...”.

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