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El Chopi

EL CHOPI
(El Tordo)

Señala Juan Max Boettner en su obra "Música y músicos del Paraguay", que el origen de esta antigua danza del área guaranítica debemos buscarla entre la contradanza española y sus derivados, la “cuadrilla” y “los lanceros”.

Si se afirma que la contradanza ya se bailaba en las Misiones Jesuíticas, es de suponer que, a fines del siglo XIX, estas danzas devienen en modalidades coreográficas con características propias.

En el Río de la Plata se bailaba una danza a la que se llama, en primera instancia, “cielo” y, luego, “cielito”.

Según Linch, cuatro eran sus figuras: a) Demanda; b) Valseo; c) Reja; y d) Cadena.

En la zona guaranítica recibe otros nombres, como “Cielito Santa Fe”; “Cielito del Tacuaral”; “Cielito Chopi” y, finalmente, solamente “Chopi”, nombre con que se designa, en lengua guaraní, al “tordo”.

La versión pentagramada conocida es la del “Album de aires paraguayos”, publicado por Aristóbulo Domínguez, y en un arreglo de Juan Vicente Benítez.

Su coreografía se extrae de la obra de Max Boettner, y es la siguiente:

“Saludo: Ocho compases lentos. Avanzan las filas mutuamente. Se saludan garbosamente. Retroceden. Vuelven sólo los mozos a saludar a la niña opuesta, y retroceden. Comienza el ritmo alegre.
“Cadena: En rueda; los mozos y las niñas caminan bailando en sentido opuesto, tomándose siempre las manos, derecha con derecha, y las izquierda con las izquierda. Total: 16 compases.
“Toreo de la Pareja Central: Ocho compases. Luego, ocho compases de valseado ‘tomados’. Durante el ‘toreo’, los bailarines hacen chasquidos de dedos, y los espectadores palmotean las manos rítmicamente. Es un recuerdo de las castañuelas españolas. Este instrumento es desconocido en el uso popular.
“Toreo y valseado de las parejas laterales: Ocho y ocho compases, respectivamente.
“Cadena: Como se cita anteriormente.
“Toreo y valseado de las parejas laterales: Pero con los compañeros diagonales.
“Saludo Final: Con el rápido compás de polca, ocho compases”.

Se observa que en el denominado “toreo”, el damo hace alarde de destreza, zapateando y contorneándose, en un gesto imitativo, como cuando el plumaje del tordo se encrespa. Esto determina que las parejas festejen con alegría estos gestos.

Otros observan que esta danza debe contar con un “mozo bailarín”, que actúa de director o bastonero, dando la voz de mando para el cambio de las figuras.

Otras referencias señalan que “El Chopi” es una danza imitativa, en la que el “toreo” consta de tres partes, y que incluye:

a) Valseado, de ocho compases;
b) Un “toreo” donde las parejas se separan, y el galán muestra sus habilidades en torno de la dama; y
c) Nuevamente, un valseado.

También se ha recopilado la presencia de un damo, que hace la pantomima de persecución a las parejas, y se lo llama el “taguato” o gavilán, ave que quiere capturar a una dama, y debe ser defendida por los caballeros.

Esta versión es mencionada también como una variante, por otros investigadores.

Al respecto el mismo Boettner expresa:

“El ‘taguato’ es un mozo de afuera, que en el momento de comenzar el ‘valseado’, irrumpe sorpresivamente y roba a la niña, para bailar juntos, y luego se retira.
“Hace amagos y giros imitativos. Conociendo la posibilidad del ataque del ‘taguato’ o gavilán, los damos o ‘tordos machos’ están alertas, pero, habitualmente, el intruso logra su cometido, ya que siempre los toma por sorpresa. Esto produce en los bailarines gran revuelo, hilaridad y sorpresa”.

Nuevamente se está frente a una danza con evidente sabor imitativo de dos aves: el tordo y el gavilán. La persecución y el sentido coreográfico esencial que, según Kurt Sach, denota una característica universal:

“El tema primitivo fundamental es, una vez más, el combate de amor con el ataque y la huida, con la unión y separación consiguientes, elementos básicos de muchas danzas...”.

Esta melodía no posee versos, pero se afirma que, primitivamente, algunas partes de la melodía era cantada. Boettner recopila, de Leonardo Alarcón, las siguientes estrofas:

“Guaigüire nda cha’ei “Una zapateadita, mi vida
a y api sé mbocá-pe a lo estilo ymá,
jhe’i sé re imenoybypé jha re zapateá yro, mi vida
ani resé ocape...”. burro retymá...”.

 En el año 1971, en el Paraje Pirayuí, en la capital de la Provincia de Corrientes, Nerea Avellanal de Ambrogio visitó a un anciano, oriundo de la ciudad de Caá Catí, a quien llaman el “Arandu”, de 91 años, quien manifiestó poseer el don de transformar un trozo de papel en “picaflor”, a un simple soplo de su sabiduría ancestral.

Narra sus vivencias, en las que el ave mítica de los guaraníes lo conduce, en viajes a lo oculto, manifestando, además, que se alimenta con “agua y azúcar”, como si fuera un ave, como el “maino”.

Tiene visiones del “más allá”, entre las que se señala la visita a la Luna, donde viven dos hombres o mujeres, narración que recuerda al “mito de los gemelos guaraníes”.

Supervivencia y hallazgo, poco común, de la mitología guaraní, aún vigente en este anciano de vida rural.

También este señor ejecutaba la armónica de boca, acompañándose con un timbre metálico, de forma similar a los que utilizan para percutir en antiguos teléfonos o de bicicletas.

Mientras ejecutaba una melodía correntina, paralelamente, con la mano izquierda, golpeaba rítmicamente con una llave metálica sobre el timbre, marcando, de esta manera el ritmo. Lograba así una pequeña armonización de sonidos.

Una de las versiones musicales que más llamó la atención fue la ejecución de “El Chopi”, antigua danza del área guaranítica, cuya versión es una variante de la conocida en el ámbito de la República del Paraguay.

En primer término no posee, en los primeros compases, los indicativos de los pasos “punteados”, propios de la coreografía del “minué”, o saludo cortesano.

Luego, se observa que el ritmo asumido no incluye el “valseado”, tan solo una rítmica melodía, emparentada con un chamamé kyre’.

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