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Las economías provinciales en la primera mitad del siglo XIX

Los intentos de constituir unidades políticas con cierta extensión cercana a la que corresponde a la conformación política del ex Virreinato fracasan rápidamente. En su lugar surgirán -en forma estable- pese a la agitada vida política de la época, las unidades menores provinciales.

La naturaleza de su éxito como forma estatal elemental pero perdurable; la de las contradictorias relaciones de cada una con las demás, afirmando la autonomía pero sin llegar a disolver totalmente un vínculo que, posteriormente, servirá de base a la unidad nacional; la de su compleja realidad que coexiste -en cierto momento- junto a otra, que llamamos “región” -que parecería tener una fisonomía más clara y una unidad más justificable, en términos geográficos y que, sin embargo, subyace desdibujadamente bajo el proceso social y económico del período- todos estos son aspectos sustanciales de un proceso que culminará, muy tardíamente, con la formación del Estado Nacional argentino.

Es de notar aquí un equívoco de lenguaje; solemos referirnos -por ejemplo- a las “economías regionales” cuando en realidad tratamos de economías provinciales.
Este equívoco recubre, oscureciéndolo, el meollo del problema que afrontamos cuando nos proponemos estudiar la cuestión regional en la primera mitad del siglo: el hecho que, al no existir la nación, las unidades políticas reales son las provincias y lo regional, por lo tanto, más que ser expresión de diferenciaciones internas a una unidad casi inexistente es cauce de hipotética integración de las unidades menores, las provincias, integración fracasada en el primer momento posterior a la Independencia al diluirse las provincias mayores.

Es así que el ordenamiento regional colonial, una vez hecho trizas sus fundamentos por la segregación del Alto Perú y la desaparición de la unidad política colonial, va desdibujándose mientras se refuerzan los rasgos del mundo económico y social emergente de la Independencia.

La desaparición de un Estado, la emergencia de los “Estados-Provincias”, es decir, que se asiste a la pérdida de significación de cierto ordenamiento regional, a la emergencia en su lugar de las soberanías provinciales y al proceso hacia un nuevo ordenamiento regional en función del mundo exterior: el vuelco hacia el Pacífico, hacia Bolivia y Perú, hacia Uruguay y Brasil.

¿Cuáles eran las economías correspondientes a esa configuración regional-provincial?

Luego de la Guerra de Independencia y de las luchas civiles que la acompañan o prolongan, las provincias litorales padecen los graves efectos de aquellos conflictos.

Santa Fe y Entre Ríos se encuentran con su producción ganadera dramáticamente disminuida y con su comercio debilitado y sin perspectivas; Corrientes, que ha sufrido similares efectos en la ganadería -casi exclusiva producción mercantil del sur de la provincia- intenta apoyar las distintas producciones mercantiles de su más diversificado triángulo Noroeste -cercano a la capital- donde la ganadería mayor y menor alternan con el algodón, maíz, caña, tabaco, frutales y en la que también se destacan la producción de maderas de construcción y algunas industrias urbanas, como la de cueros curtidos y la naval (de nivel artesanal).

Pese a la política fuertemente proteccionista del Estado correntino, las perspectivas del dominante sector comercial no son promisorias cuando llega la hora de enfrentar nuevamente la guerra civil a fines de la década de los treinta.

Mientras Santa Fe y Entre Ríos marchan a la monoproducción ganadera (la hora de las colonias agrícolas aún está lejos) y Corrientes intenta defender -sin mayores logros- las posibilidades de expandir su más diversificada economía, Buenos Aires vive la mejor conocida historia de la conjunción de sus sectores comercial y ganadero en una notable expansión pecuaria que sirve tanto al mercado externo (cueros, carne salada y otros productos ganaderos) como al mercado local de carne para consumo.

Esa expansión, a la vez territorial y productiva, compensa -en cuanto concierne al mercado externo- el declive de las zonas que se habían expandido a fines del período colonial (el sur correntino, Entre Ríos, la Banda Oriental)(1).

(1) La información que aquí se resume se basa fundamentalmente en los trabajos de Tulio Halperín Donghi. “Revolución y Guerra (Formación de una Elite Dirigente en la Argentina Criolla)” (1972). Ed. Siglo XXI, Buenos Aires; y “De la Revolución de Independencia a la Confederación Rosista”, volumen 3, de la “Historia Argentina (de la Conquista a la Independencia)” (1972). Ed. Paidós, Buenos Aires, dirigida por el mismo autor. Asimismo, se incluye información complementaria correspondiente a este trabajo nuestro y a: Miron Burgin. “Aspectos Económicos del Federalismo Argentino” (1960). Ed. Solar/Hachette, Buenos Aires; Johnathan Brown. “A socioeconomic history of Argentina. 1776-1880” (1979). Cambridge University Press, Cambridge; y Carlos Sempat Assadourian. “El Sector Exportador de una Economía Regional del Interior Argentino. Córdoba, 1800-1860” (Esquema Cuantitativo y Formas de Producción)” (1978). // Todo citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

En cuanto al Interior -señala Halperín- las consecuencias del proceso de la Independencia son menores de lo esperado. Mejor preservado el orden interno que en el Litoral por la inexistencia -hasta 1820- de guerras civiles prolongadas y por la menor incidencia bélica de la disolución del Poder Nacional en ese año, pudieron comenzar a corregirse las consecuencias de las Guerras de la Independencia antes que en el Litoral.

Si bien la guerra aisló al Interior, que había funcionado como intermediario mercantil entre Buenos Aires y el Alto Perú y Chile, desde 1817, la liberación de Chile y la recuperación de la economía chilena, le abre nuevamente el acceso al mercado trasandino.

En el transcurso de la década de 1820 resurge el comercio de exportación hacia el oeste de los Andes (mulas para la minería, ganados vacunos para abasto y saladeros, junto a productos como el jabón cuyano y las frutas secas de toda la zona andina).

La reapertura de este mercado llega oportunamente pues, al mismo tiempo, comenzaba a debilitarse el mercado del Litoral y Buenos Aires para la vitivinicultura cuyana debido a la competencia europea. La vid entra nuevamente en crisis y retrocede ante los avances de la alfalfa para el ganado de exportación y el trigo, que tiene mercado incluso en Buenos Aires, debido a la protección que ésta implanta para su propia agricultura frente a la competencia exterior.

Las provincias de la “ruta chilena” recuperan así una cierta prosperidad -especialmente Mendoza- sin llegar, empero, a los niveles prerrevolucionarios.

La recuperación se da, pero más limitada, también en el Norte. Lo estimula la independencia del Alto Perú, transformado en la República de Bolivia (1825), aunque se trate de un mercado muy disminuido y que se provee de productos internacionales a través del Pacífico. En compensación, los salteños intentan desarrollar la ganadería y la agricultura y hasta buscar la salida atlántica a través de la navegación del Bermejo y del Paraná, con escasas perspectivas.

Las provincias del Interior mediterráneo -Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán- sienten mejor los efectos de la expansión de las exportaciones. La ganadería se extiende en las tres provincias y aun en Tucumán deja de orientarse exclusivamente al mercado local. Además, la cría de ganado -vacuno y mular- para el tráfico hacia Chile, se expande en estas provincias así como en los llanos de La Rioja, desde donde las arrias de mulas cruzan San Juan hacia los Andes.

Por esta expansión ganadera esta zona se vincula con la “franja de oasis” al pie de la cordillera, donde se extienden los potreros de alfalfa destinados al descanso y rehabilitación del ganado en tránsito.

De tal manera, la producción primaria del Interior se recupera de los efectos de la revolución, pese a los quebrantos de su sector comercial, puesto que Buenos Aires ha perdido su mercado altoperuano y chileno para los productos ultramarinos y con ello pierde el Interior su papel de intermediario y pasa a convertirse en el principal sostén de ese sector.

La decadencia de las artesanías fue menos rápida que la del comercio; la textil recibió algunos golpes de la apertura del comercio libre con la Europa industrial -especialmente el algodón catamarqueño, ya agonizante, que aún en la época colonial competía mal con la producción peruana y quiteña-. Pero sus productos de lana resisten todavía la competencia del extranjero, más caro y de menor calidad. Y aún compiten bien en el mercado del Litoral.

De tal manera, el Interior afronta los cambios postrevolucionarios con menos perjuicios que los que era dable esperar. Sin embargo, el futuro no parece propicio:

“ ... lo que le permite sobrevivir es la adhesión sucesiva a soluciones económicas de efímera vigencia”; “ ... la vasta zona en la que una vez estuvo el núcleo económico del futuro país, es incapaz de incorporarse de modo estable a la nueva economía marcada por la relación más íntima con las metrópolis industriales y financieras de Europa”(2).

(2) Tulio Halperín Donghi. “De la Revolución de la Independencia a la Confederación Rosista” (1987), p. 188. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

Por su parte, durante el resto del período que se cierra hacia comienzos de la segunda mitad del siglo, la economía bonaerense mantiene los rasgos fundamentales de la estructura productiva y comercial de la década inicial de su expansión ganadera. La expansión continuará como fruto de la persistencia del proceso de ocupación de nuevas tierras, aunque su ritmo habrá de decaer a mediados de los años cuarenta como resultado, entre otros factores, del desarrollo ganadero mesopotámico y oriental, vinculado a los saladeros de Rio Grande do Sul y competidor, con precios más bajos, de la ganadería bonaerense.

Sin embargo, esta ganadería continúa con buenas perspectivas el reemplazo de la explotación vacuna por la ovina, ayudada por una importante inmigración de mano de obra europea (irlandeses, vascos, gallegos) que, al mismo tiempo, proveerá buena parte de los propietarios de estancias ovinas al sur de Buenos Aires o de los aparceros en tierras más alejadas.

Las provincias del Litoral argentino muestran en este período un desarrollo no homogéneo, pese a lo que se acostumbra considerar. Por un lado, Santa Fe y Entre Ríos marchan también hacia el predominio de la producción ganadera para la exportación, pero con retardo y mayores dificultades que Buenos Aires, por los efectos de su peculiar historia postindependencia.

Este proceso de desarrollo ganadero las convierte en dependientes de la más poderosa vecina, a cuya política terminarán secundando, luego de un comienzo reticente durante el inicio de las negociaciones de la Liga del Litoral (1831). En ellas, el debilitamiento de su vieja capa mercantil durante el proceso posterior a la Independencia acentúa la ruralización de la vida económica y social, en la que participan ahora propietarios de Buenos Aires.

La provincia de Corrientes tiene, en cambio, una historia económica y social distinta. Si la característica del proceso postrevolucionario en la mayoría de los espacios provinciales consiste en el debilitamiento del viejo grupo mercantil y el ascenso de los productores rurales que, en algunos casos, parecen tomar en sus manos el proceso de comercialización, la provincia de Corrientes muestra otras facetas.

Como se ha visto, la economía de la provincia de Corrientes, devastado el sur ganadero durante las luchas civiles, siguió conservando el predominio del triángulo Noroeste caracterizado por una cierta diversificación productiva. En esta provincia, también a diferencia de sus vecinas y de buena parte del resto del Interior, la ciudad capital conservaba el predominio social y político sobre la campaña, característico de la etapa final de la colonia.

El grupo social dominante consistía en una fusión de mercaderes y productores mercantiles diversos, con una fisonomía mucho más próxima también al pasado colonial que la de otras provincias del Litoral marcadas por la creciente ruralización de su vida económica. Pese a estos desarrollos, hacia el final del período, el sur correntino participará -junto a la ganadería de Santa Fe, Entre Ríos y a la del Uruguay- en la creciente vinculación a la economía ganadera de Rio Grande do Sul, generando en el ámbito litoral las tendencias regionales “centrífugas” que afectaron también a otras provincias.

Aquí se hace referencia a algo que, en cierta medida, consiste en un esbozo de nuevas regiones que se manifiestan en la reorientación económica que exhiben muchas de las provincias argentinas.

El área central del Interior (Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán) comparte, cada una en distinta medida, la orientación hacia el Litoral atlántico con la del Pacífico. El área del Norte (Salta) se inclina hacia el mercado alto y bajoperuano, aunque también se vincula con Chile, mientras que el área andina -Mendoza, la provincia de San Juan, el oeste riojano y Catamarca y las zonas de San Luis, Córdoba, Santiago del Estero y los llanos riojanos, que producen ganado para Chile- se vuelca a la producción para el mercado chileno.

En efecto, el renacimiento de la producción minera chilena -a partir de 1831- primero con la plata y, más tarde, con el cobre, que estimula el desarrollo de la agricultura chilena, produce también efectos similares en el Interior andino argentino.

Esta cierta prosperidad de las provincias andinas -señala Halperín- se refleja en Gobiernos consagrados a la reconstrucción económica, con amplio apoyo de la población, pero se acompaña de tensiones sociales que estallarán en las décadas siguientes, derivadas del despojo de tierras o aguas a poblaciones antiguas, mucho más densas que en el Litoral.

Allá, el problema es poblar la tierra; aquí, el problema es vaciarla de aquella población innecesaria para la coyuntura.

Las provincias centrales del Interior comparten la orientación hacia el Pacífico, con sus vínculos mayores con el mercado litoral. Córdoba y Santiago del Estero mantienen esa doble orientación hasta el final del período para su ganadería vacuna y mular; Tucumán, con una ganadería de pequeñas explotaciones y abundantes artesanías de cuero y madera, depende más aún del consumo del Litoral.

El resurgimiento del Interior, vinculado con la expansión de sus producciones primarias, amaga convertir a algunas de esas provincias en “una dependencia económica del país trasandino”, pues no sólo exportan a Chile la mayor parte de sus frutos, también prefieren importar de allí los productos ultramarinos que consumen, pese a la infructífera acción de Buenos Aires para impedirlo, dada su incapacidad de absorber toda la producción del Interior y el rechazo allí de su papel moneda.

El retorno de la prosperidad -apenas insinuado- “parece amenazar en el Interior las bases económicas del sistema político que las victorias militares de Buenos Aires en 1840-1841 han impuesto en esas provincias”(3).

(3) Tulio Halperín Donghi. “De la Revolución de la Independencia a la Confederación Rosista” (1987), p. 294. Las importaciones vía Chile parecen haber declinado totalmente con respecto a las provenientes de Buenos Aires, en el caso de Córdoba, provincia en la que -además- a partir de 1830-1835, es plenamente predominante el vuelco hacia la ruta atlántica. Véase Carlos Sempat Assadourian. “El Sector Exportador de una Economía Regional del Interior Argentino. Córdoba, 1800-1860” (Esquema Cuantitativo y Formas de Producción)” (1978), pp. 95 y 100. // Todo citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

Análogos problemas, agudizados por el mayor peso de estas provincias, emergían del renacimiento económico del Litoral. A medida que avanza la década de los años 40, se atenúan allí las consecuencias de las guerras frecuentes; el esfuerzo se concentra progresivamente en las operaciones que transcurren fuera de la región. Y aún estas mismas se aminoran.

Se acentúa entonces en la Mesopotamia una reconstrucción que ya venía de antes. En ella participan -sobre todo- las tierras ubicadas sobre el Uruguay, que se han beneficiado en períodos de conflictos con accesos a mercados no obligados a la intermediación de Buenos Aires. Las rutas de Rio Grande do Sul y de Montevideo -ya mencionadas- escapan al control porteño y el ganado en pie de Corrientes y Nordeste de Entre Ríos se exporta a través del Uruguay hacia los saladeros riograndeses.

Los puertos entrerrianos sobre el Uruguay envían a Montevideo cueros, tasajo y sebo. Aún durante el segundo bloqueo de Buenos Aires, la hostilidad política no impide a Urquiza la relación comercial. Desde Concepción del Uruguay hasta Gualeguaychú, el sudeste entrerriano conoce una súbita prosperidad. La prosperidad se difunde y favorece la vida urbana; en los puertos se afincan los comerciantes, casi todos extranjeros que se han dedicado previamente al cabotaje fluvial.

El resto del Litoral se recupera con más lentitud; la ruta fluvial del Paraná puede ser mejor controlada por Buenos Aires y no hay salidas alternativas como las que brindan las tierras contiguas al Uruguay. Más lentamente aún se incorpora a la recuperación Santa Fe; en el sur de la provincia, propietarios locales y también porteños comienzan la explotación de estancias en terrenos baldíos.

La expansión del Litoral no significa riesgo para la economía porteña. Antes de 1852, en los mejores años, las exportaciones de tasajo entrerriano alcanzan al 10 % de las porteñas, pero es indudable que esa limitada prosperidad se debe a las zonas que pueden escapar al control de Buenos Aires.

A raíz, entonces, de los avances de la paz y la prosperidad que brinda la etapa final del período(4), se agrava la tradicional incertidumbre sobre la posible unidad nacional por la disgregación en ciernes de su débil base económica.

(4) Un reflejo de ese proceso, que es parte sustancial del mismo, se observa en los datos demográficos. Pese a que los cálculos de población, tanto para el total del territorio que integrará luego la República Argentina, como para las regiones, son por demás inciertos, conviene transcribir un intento de recopilación que arroja el resultado que muestra el Cuadro 1. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

CUADRO 1
Población argentina, total y por regiones, 1801/1869

          Población del futuro
           territorio argentino                               Población por regiones

1800 329.747

Interior

165.000

Litoral

116.000

Cuyo

36.000

1816 507.951
1825 570.000
1857 1.180.000
1869 1.743.199 710.000 848.000 179.000

Fuente: cifras tomadas de Ernesto J. A. Maeder. "Evolución Demográfica Argentina, de 1810 a 1869" (1969), passim. Eudeba, Buenos Aires (véase allí las fuentes respectivas).

Observaciones:
1.- Interior (Córdoba, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy); Litoral (Buenos Aires, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe); Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis).
2.- Se observa que la población del país habría crecido entre 1800 y 1857 (para tomar una fecha en la que incidiría menos la inmigración) a una tasa anual del 2,26 %, que resulta muy elevada para una sociedad como la argentina de la primera mitad del siglo XIX lo que, por lo tanto, torna las cifras dudosas.
3.- Como información útil, señalemos que Alfredo E. Lattes -que calcula para 1840 en 1.000.000 la población del país- sostiene, para 1869, un total de 1.900.000 personas, aproximadamente, añadiendo a la cifra que transcribimos en el cuadro anterior -cifra proveniente del Primer Censo Nacional- la población indígena -93.291- y una estimación de la omisión censal. Véase Alfredo E. Lattes. “La Migración en la Argentina entre Mediados del Siglo XIX y 1960” (1973), en "Desarrollo Económico", Nro. 48, p. 851.

Tanto en el Interior como en el Litoral los avances económicos son también los de los nexos con áreas limítrofes extranjeras.

El peligro es muy real y son muchos -comenta Halperín- los que piensan que para afrontarlo es necesario reemplazar el sistema que se asienta sobre la hegemonía porteña por otro que signifique una real unificación política, suprima las barreras interiores y elimine las ventajas que Buenos ha conservado celosamente.

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