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ITATI EN LA TOPOGRAFIA DEL NOROESTE PROVINCIAL

- Itatí, oasis de paz, defendido por el Ipucú, del gran camino histórico paralelo al río

Contemplando el perfil del río Alto Paraná, el pueblo de Nuestra Señora de Itatí ocupa el costado oriental de una saliente de la costa correntina, de tierras altas, que en arco de círculo perfecto termina en la desembocadura del arroyo San José, hacia el oeste(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Nuestra Señora de Itatí (Historia Abreviada de la Reducción de la Pura y Limpia Concepción de Itatí y de su Imagen Milagrosa)” (1996). Ed. por Gabriel Enrique del Valle, Corrientes.

Tabacué, el lugar de su entablamiento originario, queda en el oeste de este arco de círculo, allí donde la corriente descendente de las aguas del río es menos notable, donde formaciones arenosas del cauce dificultan la navegación, achican la perspectiva y alejan los canales hondos del gran río.

Puede advertirse también, que la plataforma del pueblo de Itatí es el extremo de una franja alta, paralela al río, limitada al sur por las tierras bajas del Ipucú y cuya proyección occidental -después del cauce del arroyo San José- forma el Rincón Guazú, geográficamente una rinconada grande, entre el río Alto Paraná, el expresado arroyo y aquellos cañadones difíciles, con su portón de Ramada Paso.

El tráfico Oeste-Este por el territorio provincial jamás se hizo por esa zona de tierras altas, paralelas al río Alto Paraná. Siguió otra franja, también alta, que está entre el Ipucú y los esteros del Riachuelo, es decir al sur de la primera, justamente el trazado de la actual ruta troncal de la nación Nro. 12 y, al procederse así, se acortaba distancia, puesto que al llegar a la altura de Yahapé, en el Departamento Berón de Astrada, aquella zona itatiana, costera al río, ha desaparecido.

Siguiendo en el mapa el trazado de la ruta troncal Nro. 12 de la nación, desde la Ciudad de Corrientes al Este, se advierten con claridad todas estas circunstancias.

Ese trazado, con diferencias de detalle, fue el camino de la conquista y de la colonia. De la conquista, con Alonso de Vera y Aragón y Hernando Arias de Saavedra, los grandes caudillos de la expansión del siglo XVI y principios del XVII, dominadores de las indiadas bravas del Tapé, arriba del Iberá, en Misiones actual.

Fue, además, el camino de la colonia, la ruta de los correos y de los socorros militares a los pueblos de indios en los siglos XVII y XVIII; la que siguieron las tropas reales para luchar contra los comuneros del Paraguay; de indiadas guaraníes de los jesuitas con oficiales blancos de Corrientes; y la de los refuerzos de Buenos Aires y milicias de Corrientes que se sumaron a los patricios que Manuel Belgrano llevó al Paraguay, en los días de Mayo.

Si refiriéndonos al siglo XIX recordásemos los conflictos con el Paraguay en 1830, 1848 y 1865, este último la Guerra de la Triple Alianza; aquéllos con los guaraníes misioneros de 1818 y 1827; y luego las guerras civiles, contra la política de Juan Manuel de Rosas, por la Organización Nacional, y entre los partidos históricos correntinos, todos esos acontecimientos, el tráfico de los ejércitos, la marcha de las columnas y la huella de sus largos gusanos de carretas, con el parque y la proveeduría, cruzaron y pasaron aquella ruta histórica que dejaba -al norte del Ipucú- entre su inmensa paz, la belleza y la canción de su río magnífico, al poblado de Nuestra Señora de Itatí.

- Las características de la nación guaraní anticipaban el fracaso de la acción violenta

Fue entonces, siempre, desde la noche de la América autóctona, con la primera noticia que poseemos, de ser el hogar de los toldos de Yaguarón, una dulce región fraterna y generosa que no perturbaron los acontecimientos del drama de los hombres.

Sus días tuvieron la serenidad de nuestros cielos, que es azul y blanco, como la bandera de la patria y el manto de la Virgen Santísima; fue un refugio de bondad que fluía en manantial; lo consignó el navegante de la nación conquistadora, Caboto, cuando recibió mantenimientos, joyas del metal de Potosí y volvió sobre sus pasos en demanda de la ruta del río Paraguay, advertido de los rápidos del Apipé y las piedras agudas que cortaban el río y naufragarían sus carabelas diminutas.

Apenas fracasada la conquista de la zona del Tapé (Misiones), a cargo de los hombres de armas, que los Memoriales de Hernandarias al rey documentan, Itatí se convierte en la puerta de la luz.

- El plan de la conquista espiritual. Jesuitas y franciscanos y las particularidades de su obra

Inclinada España a la conquista espiritual, que es la del alma del indio y, con ese dominio gobernar al hombre y a la tierra, la cruz de las espadas está en las manos de los heroicos evangelizadores. Esta vez es instrumento de convicción y paz y, desde fray Luis de Bolaños a Roque González de Santa Cruz y a cientos de espíritus fuertes, apenas documentados por una crónica que se pierde, penetra por el portón del Itatí a los caminos del Iberá y del Tapé.

El Iberá aterra; es la zona de los caracaráes, nómades, avisores en los senos impenetrables de sus islas y albardones; saben algo de la civilización -que tomaron del guaraní- pero lo usan para el mal y apenas si el evangelizador funda Yatebú, emplazada en el paraje actual del Municipio de Loreto, en Corrientes. Pero, más al Este, despuntando el Iberá, por el norte, están las tierras del Tapé, cuya zona -hoy argentina- es la provincia de Misiones.

Allí, la población nativa es guaraní, numerosa y pacífica; es sedentaria, porque es agricultora, pero carece de formas políticas. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el segundo Adelantado del Río de la Plata, que cruzó el Tapé, desde el océano Atlántico a la Ciudad de Asunción (1541), ha documentado el vivir del guaraní.

Subsistían dispersos, en familias, inmediatas en sus residencias, con campos de sembradío. No tenían jefes civiles, pero se unían para rechazar a quienes lo atacasen y, entonces, eran legiones imponentes; buenos y hospitalarios, le rindieron homenaje y ayudaron, porque él no los ofendió.

Sobre una población así, la conquista del guerrero era imposible. El español, antes que la tierra, buscaba el dominio del indio, que era el del trabajo gratis sobre la tierra infinita. Hizo obra en las zonas de población autóctona sedentaria, por cuanto, habituado ese indio a vivir en núcleos urbanos, aceptaba el dominio antes que abandonar sus hábitos huyendo a la selva.

- La jurisdicción geográfica del solar franciscano de Itatí y forma en que Corrientes lo defiende de la penetración jesuítica

Frente a los indios nómades, la obra hispánica fue nula; vencía al indio pero, como éste se adentraba en la selva, abandonaba la tierra conquistada; el español era señor y no obrero.

Cuando Hernandarias advirtió la rara sociabilidad de los guaraníes, sedentarios, agricultores, pero sin ciudades ni organización política, captó el fracaso de una conquista por las armas. Vencedores, no se adueñarían de ciudad alguna, sino de granjas dispersas y libres y la reducida legión española nada podría contra la nube de guaraníes unidos para la guerra.

Era necesario conquistar al hombre con su organización curiosa y justa, de un señorío que los propios europeos admiraron. Aquellos vecindarios agrícolas tenían un sentido comunizante; como no comerciaban los saldos del trabajo agrícola, depositaban el excedente de sus cultivos en locales de todos; eran los tupamba’e, donde cualquier necesitado, solo, sin control, tomaba aquéllo que le hacía falta, porque en los años de abundancia también traería el exceso de sus chacarerías.

Y el señorío, natural en la raza, limitaba la ayuda, en que el necesitado era el juez de la medida, a lo justamente indispensable. La conquista espiritual por la colonización misionera era el camino único para incorporar al dominio de Castilla esta maravillosa organización guaranítica.

Cientos de misioneros se volcaron sobre el Guairá y el Tapé, de las Ordenes franciscana y jesuítica. Los primeros captaron el problema en toda su realidad y conservaron esas comunidades agrícolas sin más variación que el nuevo orden económico resultante de la multiplicación de los ganados, que evolucionó los hábitos y facilitó la vida.

Los segundos, no tuvieron tanto éxito; las invasiones paulistas a la zona del Guairá los obligó a migrar al sur del Iguazú; trajeron muchedumbres de neófitos -que debieron reunir en pueblos- y las granjerías libres del Tapé se volcaron también a las ciudades de piedra o tierra apisonada.

La reducción construida geométricamente fue reglamentada desde el campanario de los templos. Una regulación completa del existir, en lo religioso, el trabajo y el placer, fue sustituyendo el sentido libre del hombre guaranítico y creando zonas sociales que fueron perecederas en el tiempo.

Años después de la expulsión jesuítica, dispuesta por España a fines del siglo XVIII, las reducciones declinaban y en el siglo XIX los indígenas caían en anarquía y desaparecían como las hojas desprendidas de un árbol fuerte.

En las reducciones jesuíticas hubieron muros y sillares de piedra que sobrevivieron al hombre, que hoy mismo hacen nuestra admiración; en aquéllas de los franciscanos faltó el caserío simétrico, la magnificencia de los colegios y el arrogante perfil de los templos pero, cuando en 1825 se dispuso la disolución de las comunidades guaraníes -todas ellas franciscanas- las únicas que habían subsistido, la organización civil e individualista que sustituyó a las formas del común de la colonia, no contaron con muros ni sillares de piedra pero sí con una población mansa y laboriosa que suavemente se filtró y confundió con la masa rural de la provincia.

Itatí fue un solar franciscano. Su jurisdicción se iniciaba en las Ensenadas -actual Departamento San Cosme- y llegaba por el Este hasta los esteros del río Santa Lucía. El vértice de este enorme triángulo, cuya línea norte era el cauce del Alto Paraná, estaba en Paraje Barranqueras, del Departamento San Miguel.

A retaguardia, muro impenetrable para toda invasión, el arroyo que sirve de vertedero a las aguas del Santa Lucía, en el Alto Paraná.

A principios del siglo XVIII los españoles de Corrientes se internaron entre los esteros del Riachuelo y Santa Lucía buscando las lomas fértiles que limitan al último; fundaron el vecindario de Caá Catí y avanzaron una Guardia, por Ibahay, hasta Paraje Barranqueras.

Fue todo un plan político. Como la penetración jesuítica había llegado al Este del Santa Lucía (actual Departamento San Miguel), buscóse separar con una zona civil las tierras de indios, evitando una penetración de la Compañía de Jesús en el solar franciscano de Itatí.

El plan tuvo éxito, porque la Ciudad de Vera defendió con tesón, con soldados y arcabuces, la soberanía territorial de sus reducciones.

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