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Esteros del Iberá: Un enorme laboratorio a cielo abierto

Esteros del Iberá: Un enorme laboratorio a cielo abierto(1)

Por Oscar Orfeo y Juan José Neiff(2)

Antiguamente, durante el Plioceno, la región de los esteros del Iberá, localizada en el Nordeste de la Provincia de Corrientes (Argentina), constituyó la ancha planicie de un río, cuyos trenzados canales, estaban separados por albardones arenosos.

Movimientos dentro de la corteza terrestre, alteraron y transformaron la estructura del subsuelo, cambios que, reflejados en la superficie, modificaron la pendiente y la dirección del drenaje superficial en la región.

Así, aquel río, actualmente conocido como Paraná, abandonó gradualmente la región hoy ocupada por los esteros del Iberá y el río Corriente, hasta construir su cauce actual.

La planicie abandonada quedó tapizada por numerosos lagos interconectados que, hoy en día, son alimentados por lluvias y, posiblemente, por aportes del río Paraná en las cabeceras del Iberá.

Con más de 30.000 kilómetros cuadrados, la región del Iberá alberga una gran biodiversidad y constituye uno de los más importantes humedales tropicales de Sudamérica.

INTRODUCCION

El Iberá o Yvera, “agua que brilla”, se encuentra en el Nordeste de la Argentina, en el corazón de Sudamérica, un subcontinente caracterizado por sus dilatadas planicies y las grandes superficies ocupadas por tierras inundables y anegables que, individual y globalmente, son las más extensas de la biósfera.

Fisiográficamente, el sector central de la Provincia de Corrientes constituye un área baja que recibe el nombre de “Región Deprimida” (Herbs y Santa Cruz, 1985).

Esta, diferente de sus áreas adyacentes en cuanto a sus características litológicas y geomorfológicas, hospeda a la depresión del Iberá (complejo de esteros) y los ambientes palustres (pantanos) asociados a los valles fluviales de los ríos Corriente, Batel-Batelito y Santa Lucía (figura 1).

La región del Iberá constituye un enmarañado conjunto de humedales con agua permanente o semipermanente y densamente cubiertos por plantas palustres y acuáticas que reciben el nombre de esteros (fotografía 1).

Estos, interconectados con bañados, lagos someros y cursos fluviales de diversa jerarquía, convierten a la región en uno de los más importantes macrohumedales tropicales del mundo, donde coexisten más de 2.000 especies vegetales.

El Iberá es un macrosistema, un complejo de ecosistemas interconectados, que abarca una extensión de 12.300 kilómetros cuadrados y se halla ubicado en la alta cuenca del río Corriente, curso fluvial por el cual, en las proximidades de la ciudad de Esquina, desagua al río Paraná (figura 1).

Genéticamente, los esteros del Iberá están asociados a los de Ñeembucú, en la República del Paraguay (figura 2). Ambos comprenden un conjunto de ecosistemas con predominio de áreas palustres que reciben el nombre de región del Iberá-Ñeembucú (Neiff, 2004), cuya superficie es de 45.000 kilómetros cuadrados, se desarrolla entre los 27° 40’ y 29° 20’ de latitud sur y los 56° 38’ y 59° 25’ de longitud oeste y ocupa el denominado paleoabanico fluvial del río Paraná (figura 3), antigua área en que el río depositaba gran parte de los sedimentos que transportaba.

El Iberá es, sin dudas,una región de mucho interés e importancia, no sólo por su riqueza escénica y su complejidad biótica y ecológica actual, sino también por su relativamente reciente historia geológica y evolutiva, que ha quedado impresa en las geoformas que la componen.

BREVE MARCO GEOLOGICO DE LA REGION MESOPOTAMICA

La región del Iberá ocupa el centro-norte de la Provincia de Corrientes y se extiende según un eje mayor de dirección nordeste-sudoeste dentro de la provincia geológica mesopotámica.

Se desarrolla en el ámbito de la Cuenca del Paraná y en el de su prolongación hacia el Oeste, la Cuenca Chaco-Paranense (ver recuadro: “Las cuencas sedimentarias”)(3).

El basamento de la Cuenca del Paraná está formado por rocas graníticas cuyas edades abarcan desde el Precámbrico hasta los comienzos de la época Paleozoica (Russo y otros autores, 1979).

Hacia finales de esta última, durante el período Pérmico, la cuenca comenzó a llenarse con sedimentos de origen continental y marino.

A principios de la era Mesozoica se depositaron arenas, limos y arcillas de origen fluvio-lacustre de edad triásica. Ya en el Jurásico, la región estaba francamente dominada por un enorme desierto en el que grandes dunas de arena eran movilizadas por las acción de vientos provenientes del sud-sudoeste (Jalfin, 1987).

Estas arenas reciben el nombre de Formación Botucatu y se disponen en el subsuelo en estratos de 50 a 100 metros de espesor, aunque afloran en la región central de la Provincia de Corrientes (Formación Solari).

Hacia fines del Mesozoico, hace aproximadamente unos 133 millones de años, una serie de importantes efusiones volcánicas, que ascendieron hacia la superficie a través de fracturas en el basamento, se derramaron sobre las areniscas eólicas.

Estas efusiones, sincrónicas con la fragmentación del primitivo continente Gondwana (un antiguo supercontinente que existió hace unos 200 millones de años y que reunía a los actuales continentes de Sudamérica, Africa, Australia, India y Antártida), dieron origen al más voluminoso derrame de lavas básicas registrado sobre la corteza continental del planeta.

Estos derrames lávicos, de composición basáltica y espesores que alcanzan los 1.500 metros, se extendieron sobre amplias regiones de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y reciben el nombre de Formación Serra Geral.

Antes de finalizar el Mesozoico, durante el Cretácico Superior, se depositaron areniscas, conglomerados y rocas de grano fino, como limolitas y arcilitas, con alta proporción de calcáreos.

Durante el Cenozoico, el levantamiento de la cordillera de los Andes en el Oeste del continente ejerció, aún en esta región, una compresión que provocó la ruptura o fractura de la cubierta basáltica y su fragmentación en bloques que, a su vez, fueron inclinados.

No obstante, la sedimentación continuó durante este período y ha quedado representada en capas de escaso espesor, algunas depositadas por la acción del viento y otras por pequeños ríos.

A principios del Neógeno, durante el Mioceno, un mar poco profundo y de aguas templadas a cálidas, denominado Mar Paranense, penetró por el actual Río de la Plata y alcanzó la latitud de la ciudad de Corrientes (Teruggi, 1970).

Este mar cubrió un amplio sector de la Cuenca Chaco-Paranense y la porción oriental de la Mesopotamia (Russo y otros, 1979), dejando como testimonio de su estancia, depósitos de origen marino.

Durante su retroceso se generaron extensas áreas palustres con depósitos arcillosos, con carbonatos y yeso (Teruggi, 1970).

Posteriormente, en el Plioceno y en el Cuaternario se depositaron sedimentos continentales de origen fluvial, los cuales están ligados a la acción del río Paraná.

Los últimos depósitos cuaternarios (de edad Ensenadense y Bonaerense) están representados por sedimentos palustres y lacustres originados en clima seco.

GEOLOGIA DEL AREA

Las unidades geológicas más antiguas reconocidas en la región son las formaciones Solari o Botucatú y Serra Geral, las cuales limitan por el Sur a la comarca del Iberá, desde la laguna homónima hasta aproximadamente la localidad de Timbocito.

Si bien ambas unidades afloran, o se encuentran próximas a la superficie, en el extremo Nordeste de la Provincia de Corrientes (figura 4), los estratos y mantos que las componen se hallan inclinados y se hunden gradualmente hacia el Sudoeste, por lo cual ocupan prácticamente todo el subsuelo provincial (en el área de Concepción los basaltos se hallan a unos 90 metros de profundidad).

En Corrientes se reconocen, al menos, dos lineamientos estructurales de gran extensión (figura 4) que corresponden a zonas de falla (Iriondo, 1987 y 1988). Una de ellas, de 480 kilómetros de longitud y con dirección nordeste-sudoeste, se extiende desde Ituzaingó hasta la localidad entrerriana de La Paz.

La otra, que sería coincidente con el curso del río Paraná, se desarrolla entre las ciudades de Corrientes y Esquina.

A su vez, estas grandes estructuras son atravesadas por otras fallas menores.

LOS ESTEROS

La distribución espacial que adoptan en superficie los esteros del Iberá, está controlada en forma pasiva por las fallas del subsuelo. Estas se manifiestan en la topografía actual y han generado en superficie una depresión que, en sentido transversal, adopta la forma de una cubeta asimétrica, más hundida y marcada hacia el sector oriental, donde se ubican las grandes lagunas, y muy suave y difusa en el sector occidental, donde se forman extensos bañados.

La falla Ituzaingó-La Paz divide a la Provincia de Corrientes en dos grandes bloques, uno occidental, más hundido, y otro oriental, más elevado, ambos inclinados hacia el Este (figura 4).

Esta falla coincide con el límite Este de los esteros del Iberá, y el borde elevado del bloque oriental determina, a su vez, la divisoria de aguas en la Provincia de Corrientes.

La similar inclinación de los bloques condiciona un desagüe difuso hacia la cuenca del Paraná y un drenaje más definido hacia la cuenca del Uruguay.

HISTORIA Y EVOLUCION DEL RIO PARANA

LA FORMACION DE LOS ESTEROS

La historia geológica de la región de Los esteros del Iberá comenzó a partir de los movimientos compresivos que ocasionaron el levantamiento de la cordillera andina.

Estos, que afectaron al conjunto del continente sudamericano, incluso hasta el borde atlántico, produjeron la reactivación de antiguas fracturas y el dislocamiento y desplazamiento de grandes bloques de terreno en la región mesopotámica.

Estos bloques fueron reacomodándose en respuesta a movimientos tectónicos posteriores que, finalmente, modelaron la configuración del subsuelo y generaron la extensa depresión que, casi por completo, atraviesa en sentido nordeste-sudoeste a la Provincia de Corrientes.

Sobre ésta se desarrollaron importantes vías de escurrimiento fluvial, provenientes del Norte del continente. Entre ellas, el río Paraná daba inicio a su actividad geológica.

Durante el Plioceno, el río Paraná escurría por las actuales zonas del Iberá y la depresión del río Corriente. Sin embargo, movimientos tectónicos que alteraron la disposición de los grandes bloques, desencadenaron cambios en el diseño de escurrimiento de las aguas superficiales.

Así, el cauce del Paraná fue migrando paulatinamente hacia el Noroeste hasta ocupar su actual posición a fines del Pleistoceno (figura 5).

Durante su desplazamiento (figura 5), el Paraná ocupó, sucesivamente, diferentes segmentos del río Paraguay y, como consecuencia de ello, la confluencia entre ambos ríos fue migrando progresivamente hacia el Norte (Orfeo, 1998).

El paso del río Paraná a través de la región del Iberá quedó grabado en la traza de antiguos cauces abandonados (figuras 2 y 5) constituidos por sedimentos pliocenos coprrespondientes a la Formación Ituzaingó.

Esta formación está representada por areniscas cuarzosas medianas, ocasionalmente gruesas hasta conglomerádicas, de colores amarillo a pardo rojizo, deleznables a consolidadas y con clara estratificación entrecruzada, típica de corrientes fluviales.

Estos depósitos indican que el antiguo curso fluvial se comportó como un río arenoso y entrelazado, debido al efecto de antiguas barras transversales (Jalfin, 1988), similares a las que se desarrollan actualmente (Orfeo, 1996).

En la zona de los esteros del Iberá, la Formación Ituzaingó yace sobre los basaltos de la Formación Serra Geral y se dispone formando cordones o lomadas que, con una distribución radial, cruzan diagonalmente la mitad noroccidental de la Provincia, como un abanico con ápice en el área de Ituzaingó (figuras 2 y 3).

La excelente preservación de estos rasgos, junto a otras evidencias, permiten aseverar que en la mitad Noroeste de la Provincia de Corrientes, se desarrolló un modelo sedimentario caracterizado por la presencia de fajas fluviales controladas por fracturas y finalmente abandonadas por avulsión, es decir, por los cambios de ubicación del canal fluvial en un período relativamente breve (Iriondo, 1991).

Los canales abandonados fueron sucesivamente ocupados por cursos autóctonos (Castellanos, 1965), entre ellos, los esteros Batel y Batelito, el río Santa Lucía, los arroyos Ambrosio, San Lorenzo, Empedrado, Sombrero y Riachuelo y lagunas que, bajo un clima subtropical semejante al actual (Morton, 2004), fueron rápidamente colonizadas por bivalvos dulceacuícolas y vegetación de escaso porte (Morton y Jalfin, 1987).

La depresión del Iberá quedó desconectada del río Paraná en las inmediaciones de Ituzaingó, hace unos 10.000 años. Así lo indica la edad de los sedimentos del albardón que, con escasos kilómetros de extensión, separa el Iberá del río Paraná(4).

Por su parte, los suelos de los “embalsados” o islas flotantes (fotografía 2) fueron datados en 3.000 años y el análisis del polen demostró que las lagunas y esteros sólo presentan formas de vegetación reciente (Cuadrado y Neiff, 1993). Por lo tanto, el paisaje actual del Iberá es de edad holocena.

Las condiciones climáticas de la región fueron cambiantes desde el Pleistoceno, registrándose períodos durante los que se generaron ambientes típicos de pantanos hasta el desarrollo de redes fluviales, en tanto que la aparición de sedimentos eólicos, a manera de campos de dunas, es indicativo de la existencia de climas secos.

Durante los últimos 3.000 años, la región tuvo un clima húmedo, con excesos hídricos (Iriondo, 1991), lo que sumado a la escasa pendiente y la insuficiente red de escurrimiento, originó el desarrollo del extenso humedal que hoy vemos, alimentado fundamentalmente por precipitaciones.

EVOLUCION DEL SISTEMA

El gran humedal del Iberá comenzó como un sistema fluvio-lacustre, un ambiente de sedimentación dominado por la presencia de ríos y lagunas, que gradualmente se transformó en esteros densamente vegetados de aguas quietas.

Este proceso, que continúa actualmente con aceleración progresiva, determina algunas cuestiones que hacen a la evolución propia del sistema, entre ellas:
a) La pérdida de capacidad de almacenamiento de agua, como consecuencia del relleno de la cubeta con materia orgánica;
b) Una menor evapotranspiración;
c) Mayor tiempo de permanencia del agua en el sistema;
d) Interferencia progresiva del escurrimiento;
e) Cambios en la calidad del hábitat;
f) Colmatación con suelos turbosos; y
g) Modificación potencial del uso del espacio (Neiff, 2004).

De la fase lacustre, en el sector oriental del Iberá, han quedado varios cuerpos de agua someros, de entre 3 a 4 metros de profundidad, de formas redondeadas, alargadas o irregulares (fotografías 3 y 4), cuyo eje mayor puede alcanzar hasta unos 12 kilómetros, entre ellos, las lagunas Galarza, Luna, Iberá, Fernández, Trin y Medina.

Sus aguas son límpidas, transparentes, de reacción neutra a ligeramente ácida, con escaso contenido de sales disueltas y con abundantes y finamente particulados compuestos orgánicos disueltos (Poi de Neiff, 2003).

Por acción del viento y de la escasa diferencia de densidad en la columna de agua, estos lagos pueden mezclar sus aguas en forma casi permanente (lagos polimícticos de circulación diaria a semanal). Sus bordes no están constituidos por paredes minerales, sino por los suelos orgánicos de los esteros perimetrales (Neiff, 2003).

Esto hace que sus límites sean cambiantes debido a la acción del viento que modifica la posición de los embalsados que, formados por vegetación palustre y suelo orgánico de 1 a 4 metros de espesor, se hallan circunstancialmente anclados en el fondo del lago.

EL AISLAMIENTO Y LA BIODIVERSIDAD

A pesar de que el régimen de fluctuación del agua se modificó sustancialmente desde que ambos sistemas, Paraná e Iberá, quedaron separados, el paso del primero a través del Iberá no sólo quedó registrado por los antiguos cauces, sino también por la integración de la vegetación y de la fauna de ambas regiones.

Es así como la biodiversidad del Iberá muestra similitud con la propia de los ambientes actuales del Paraná.

A partir de su aislamiento del río Paraná, el macrohumedal del Iberá varía según el régimen de lluvias locales con menor fluctuación estacional, lo cual le confiere baja variabilidad en las condiciones del hábitat de plantas y animales (fotografías 5 y 6).

Esto, junto con un régimen más predecible de los pulsos hidrológicos que regulan el sistema, ha favorecido la permanencia de un número mayor de especies, aproximadamente unas 4.000, entre las cuales se encuentran comprendidas más de 1.659 especies de plantas vasculares y unas 600 especies de algas (Poi de Neiff, 2003).

Si bien el aislamiento produjo un incremento en la cantidad de especies que pueden encontrarse en toda esa región, algunos sectores del paisaje, conocidos como “pirizales”, “totorales” y “juncales”, tienen muy baja diversidad debido a factores como el fuego y el viento(5).

CARACTERISTICAS DE LOS SUELOS

Los suelos de la región del Iberá son jóvenes y aún reflejan la litología de los materiales sedimentarios de los cuales proceden.

La permanencia del agua de anegamiento les otorga un alto grado de hidromorfismo, y en la periferia del microsistema predominan aquéllos con escasa migración descendente de partículas finas y, generalmente, con bajo contenido de materia orgánica (entisoles y alfisoles).

Su potencial productivo se halla fuertemente ligado a las condiciones de humedad que, particularmente, se dan en años en los que las precipitaciones alcanzan a 1.200 ó 1.800 milímetros. Por encima o por debajo de este rango, se entra en condiciones limitantes para algunos cultivos.

Los esteros que circundan las grandes lagunas tienen suelos orgánicos (histosoles), casi permanentemente embebidos en agua, cuya matriz, formada por tejidos vegetales muertos, representa más del 60 % de su peso.

La incompleta mineralización de la materia orgánica confiere al agua intersticial una reacción ácida y un alto tenor de compuestos orgánicos disueltos y suspendidos.

A MODO DE REFLEXION

El sistema Iberá-Ñeembucú puede considerarse como un enorme laboratorio a cielo abierto, donde los cambios geológicos y climáticos que se sucedieron en el tiempo construyeron un escenario muy dinámico en el que la evolución biológica, por selección y adaptación de los organismos, generó nuevos paisajes con combinaciones características de plantas y animales (Neiff, 1997).

Sin duda, acrecentar el conocimiento de los procesos que rigen la estabilidad actual de este humedal y que en gran medida implican conocer en detalle la relación actual del Iberá con el río Paraná es una tarea que aún está pendiente.

La complejidad biótica existente en Iberá le confiere a esta región un gran interés ecológico, hasta el punto de ser considerado un hot-pot de biodiversidad a nivel mundial (Neiff, 2004) y haber sido declarado sitio de interés por la Convención Ramsar sobre Humedales.

Actualmente, el Gobierno de Corrientes y otras instituciones gestionan la declaración del Iberá como Patrimonio de la Humanidad.

NOTAS

(1) Orfeo, O. y J. J. Neiff, 2008. Esteros del Iberá: un enorme laboratorio a cielo abierto. En: Sitios de interés geológico de la República Argentina. (Ed. CSIGA, 446 pág.), Instituto de Geología y Recursos Minerales, Servicio Geológico Minero Argentino, ISSN 0328-2325, Buenos Aires, Anales 46, I, 415-425.
(2) CONICET, Centro de Ecología Aplicada el Litoral. Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y Agrimensura, Universidad Nacional del Nordeste.
(3) Las cuencas sedimentarias:
Las cuencas sedimentarias son extensas depresiones que se desarrollan en la superficie terrestre y en las cuales, a lo largo del tiempo geológico, se acumulan grandes espesores de sedimentos transportados por los ríos, el viento y otros agentes -incluso el mar-, que muchas veces las invaden.
El piso de las cuencas sedimentarias se denomina basamento y, por lo general, está compuesto por rocas antiquísimas.
En la etapa inicial de la formación de una cuenca dominan fundamentalmente los movimientos corticales tensionales, los cuales “estiran” las rocas, hasta finalmente romperlas, generando así, las denominadas fallas. No obstante, durante la historia de una cuenca, esta situación puede revertirse, y los movimientos tienden a ser compresionales, es decir, la cuenca se aprieta.
Las cuencas no se comportan como receptáculos estáticos. Así, durante la etapa extensiva, la acumulación de sedimentos es simultánea con el hundimiento de la cuenca, pero ambos procesos son tan lentos que pasan inadvertidos para los seres humanos.
Los sedimentos que se depositan dentro de la cuenca, a su vez, van siendo cubiertos por otros sedimentos más jóvenes. De este modo, los primeros sufren un mayor hundimiento y, en profundidad, se ven afectados por altas presiones, elevadas temperaturas y circulación de fluidos, factores que, finalmente, transforman los sedimentos en rocas.
Durante las etapas compresivas, las capas de rocas sedimentarias pueden plegarse y fallarse en sentido inverso.

La cuenca Chaco-Paranense

Bosquejo del relleno de la cuenca Paranense y Chaco-Paranense, en un corte Este-Oeste, a la latitud de los esteros del Iberá. Las inclinaciones de los bloques y fallas son hipotéticos, sólo a modo ilustrativo e indicativo, como ejemplo de relleno sedimentario dentro de una cuenca.
El empuje desde el Oeste, ocasionado por el levantamiento de la cordillera de los Andes, afectó a sectores de la cuenca Paranense y reactivó primitivas fallas. Estos empujes aún subsisten, por lo que sus movimientos se transmiten y reflejan en la superficie actual. Esto ha generado rasgos geográficos lineales, tales como: divisorias de aguas rectas, elevaciones longitudinales y cursos de ríos subparalelos.
(4) El aislamiento: La depresión del Iberá quedó desconectada del río Paraná por un antiguo albardón. Esta estructura, conformada por areniscas deleznables que cubren a basaltos, en parte alterados y/o muy fracturados, hace de esta construcción natural, una barrera bastante permeable. Esta circunstancia permite suponer que en la actualidad, luego del cierre del embalse de Yacyretá, el aumento brusco del nivel del agua del Iberá, podría ser consecuencia de la transfluencia subterránea de agua desde la actual represa, ubicada en las cabeceras del sistema, hacia los esteros.
(5) Pirizales, totorales y juncales: Constituyen formaciones de vegetación palustre densa y continua, de hasta 3 metros de alto, dominados por especies que tienen sus raíces y tallos enterrados en los sedimentos. Esto les otorga una gran capacidad de recuperación luego de eventos tales como sequías y fuegos, entre otros.

TRABAJOS CITADOS

* Castellanos, A., 1965. Estudio fisiográfico de la Provincia de Corrientes. Instituto de Fisiografía y Geología (Universidad Nacional del Litoral), Publicaciones, XLIX, 222 pag.
* Cuadrado, G. A. and Neiff, J. J., 1993. Palynology of embalsados in distrophic lakes in Northeastern of Argentina. Revista Brasileira de Biología 53 (3): 443-451. Brasil.
* Herbst, R. y Santa Cruz, J. N., 1985. Mapa litoestratigráfico de la Provincia de Corrientes. Revista D’Orbignyana, 2: 1-51. Corrientes.
* Iriondo, M., 1987. Geomorfología y Cuaternario de la Provincia de Santa Fe. Revista D’Orbignyana, 4: 1-54. Corrientes.
* Iriondo, M. H., 1988. A comparision between the Amazon and Paraná River Systems. In: Transport of carbon and minerals in major world rivers, lakes and estuaries (Degens, E. et. al., Eds.), SCOPE/UNEP, Hamburg, Part. 5: 77-92.
* Iriondo, M. H., 1991. El Holoceno en el Litoral. Comunicaciones Museo Provincial de Ciencias Naturales “F. Ameghino” (Nueva Serie), 3 (1): 1-40.
* Jalfin, G. A., 1987. Litofacies y paleocorrientes de la Formación Solari, provincia de Corrientes. Revista de la Asociación Geológica Argentina, 42 (1-2): 101-111.
* Jalfin, G. A., 1988. Formación Ituzaingó (Plio-Pleistoceno) en Empedrado, provincia de Corrientes: un paleorio arenoso entrelazado tipo Platte. II Reunión Argentina de Sedimentología, Actas: 130-134. Buenos Aires.
* Morton, L. S., 2004. Moluscos fósiles de agua dulce de la Formación Ituzaingó, Plioceno de Corrientes. En: Aceñolaza, F. G. (coordinador, editor): Temas de la Biodiversidad del Litoral Fluvial Argentino. Instituto Superior de Correlación Geológica, Universidad Nacional de Tucumán, Miscelánea, 12: 45-48.
* Morton, L. S. y Jalfin, G. A., 1987. Análisis de la Formación Ituzaingó en la localidad de Empedrado y alrededores, provincia de Corrientes, Argentina. II. Hallazgo del género Mycetopoda (M. herbsti nov sp.) y revisión de la malacofauna asociada con algunas consideraciones paleoecológicas. Revista FACENA, 7: 207-221. Corrientes.
* Neiff, J. J., 1997. Ecología evolutiva del macrosistema Iberá. Tesis de Maestría. Universidad Nacional del Litoral: 1-169. Santa Fe.
* Neiff, J. J., 2003. Distribución de la vegetación acuática y palustre del Iberá. En Poi de Neiff, A. (ed.). Limnología del Iberá. Aspectos físicos, químicos y biológicos de sus aguas: 17-65. Eudene. Universidad Nacional del Nordeste, Resistencia.
* Neiff, J. J., 2004. El Iberá... ¿En peligro? Ed. Fundación Vida Silvestre, Argentina, 89 págs. Buenos Aires.
* Orfeo, O., 1996. Criterios para la clasificación de barras en grandes ríos entrelazados de llanura subtropical. 6ta. Reunión Argentina de Sedimentología, Actas: 231-236. Bahía Blanca.
* Orfeo, O., 1998. Reconstrucción morfológica y paleohidrológica de un tramo abandonado del río Paraguay inferior (Argentina). Revista de la Asociación Geológica Argentina, 53 (3): 348-253.
* Poi de Neiff, A. (ed.), 2003. Limnología del Iberá. Aspectos físicos, químicos y biológicos de sus aguas. Ed. EUDENE, 191 págs., Resistencia.
* Russo, A., Ferello, R., Chebli, G., 1979. Llanura Chaco-Pampeana. II Simposio de Geología Regional Argentina, Academia Nacional de Ciencias, Córdoba, I: 139-184.
* Teruggi, M. E., 1970. Bosquejo geológico del Paraguay y la Provincia de Corrientes. Boletín de la Sociedad Argentina de Botánica, 11: 1-16.

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