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La sociedad revolucionaria

La marcha hacia la independencia entre 1810 y 1820 implicó obviamente un proceso de descolonización que se evidenció tanto en lo político como en lo social. El mundillo rioplatense fue pasando de su condición periférica en el Imperio a un papel central.

Esta mutación se hizo sentir en todas las regiones del ex virreinato a través de la participación de los pueblos en la nueva situación y, cuando esta intervención se vio retaceada por el poder central de Buenos Aires, la vocación por el papel protagónico se hizo visible en la resistencia y los reclamos a dicho poder.

Pero fue en Buenos Aires donde el cambio -de la periferia al centro- se hizo más neto por su condición de centro revolucionario y cabeza del nuevo poder.

En el aspecto social, el cambio importó también una progresiva ampliación de los sectores de la población que tenían participación activa en los sucesos.

Hacia 1810 Buenos Aires constituía -con excepción del Alto Perú- el núcleo de habitantes más importante del virreinato. Su población excedía de 40.000 almas, de las que los blancos representaban un 70 %, los negros 25 %, los mestizos 3 % y los indios 2 %.

Remontándose hacia el Norte el número de mestizos acrecía en detrimento de los blancos puros. También disminuía notablemente el número de extranjeros hacia el Interior, ya que estos sólo abundaban en Montevideo y Buenos Aires y sus alrededores. En el Noroeste argentino y en el Alto Perú -sobre todo- abundaban los indios, así como en las zonas no colonizadas del Nordeste y del Sur.

Más bien que la composición étnica de la sociedad interesa distinguir sus núcleos o estratos. La nota característica de la sociedad del período revolucionario es la inexistencia de una aristocracia propiamente dicha. La nobleza no era representativa como clase y sólo contaba con individuos aislados que ostentaban títulos pero no gozaban de las prerrogativas territoriales de su rango(1).

(1) Una excepción irrelevante era el marqués de Yaví. Tampoco abundaban los beneficios de Ordenes nobiliarias. En Buenos Aires, sólo dos personas poseían la Orden de Carlos III. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

- Burguesía

La cúspide social correspondía a la burguesía. Predominantemente territorial en el Interior y mercantil en los puertos, estaba formada por dos estratos distintos: la clase alta y la clase media.

Entre ambas no había diferencias étnicas y sólo se distinguían por el mayor o menor grado -respectivamente- de poder económico y social. En consecuencia, el paso de una a otra era fácil y frecuente.

- La clase alta

La clase alta estaba integrada por los comerciantes -cuyo poder en Buenos Aires y Montevideo era grande-, por los estancieros ricos, los profesionales e intelectuales y los militares de graduación superior o cuyas familias pertenecían a alguno de los otros grupos de la clase alta.

También la integraba buena parte del clero: aquélla formada por los altos funcionarios eclesiásticos y los sacerdotes cultos que ejercían cargos docentes importantes y que tuvieron actuación política.

El papel del propietario rural en esta clase es diverso. En el Interior constituían elementos principales de ella, pero en la provincia de Buenos Aires su importancia fue reducida hasta casi el fin de la década.

Señala Zorraquín Becú que hacia 1810 nadie se titulaba hacendado circunstancia que, unida a otros datos, hace presumir que los grandes estancieros no tenían, por su condición de tales, influencias decisivas en la vida urbana de entonces(2).

(2) Ricardo Zorraquín Becú. “Los Grupos Sociales en la Revolución de Mayo” (1968), en la Revista “Historia”, Nro. 22, p. 53, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Esta situación se trasforma muy lentamente en los años siguientes y era corriente que un ganadero importante tuviese, además, casa de comercio o ejercicio profesional que “redondeaba” su prestigio social.

- Clase media

La clase media estaba integrada por los pequeños comerciantes, los industriales, los pequeños estancieros, los militares de menor graduación que, por familia, no pertenecían a la clase alta, los maestros y el resto del clero.

Los industriales eran pocos, en su mayoría extranjeros, y sus empresas no tenían gran desarrollo. La participación de esta clase en la cosa pública aumentó marcadamente durante el decenio.

- Clases inferiores

Aparte de esta burguesía, que constituía el núcleo activo de la sociedad de entonces, existían otros estratos inferiores. Vicente F. López(3) distingue la clase baja en dos grupos bien diferenciados: uno, constituido por los trabajadores independientes, los artesanos libres y los propietarios pobres de los suburbios, a los que designa plebe, en el sentido romano del término.

(3) Vicente F. López. “Historia de la República Argentina” (1939), tomo IV, pp. 354 y 482, Buenos Aires. Ed. Sopena. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

A diferencia de la burguesía, en la plebe -además del blanco- abundaba el mestizo, sobre todo en el Norte del país. El otro, que López denomina la gente baja, eran los trabajadores serviles libres, los menesterosos, vagos y demás desheredados sociales.

La escala social terminaba en los esclavos -negros y mulatos- de los que poco a poco y como consecuencia de la Guerra de la Independencia se desprendieron los libertos, que habían ganado su nueva condición por el servicio militar a la causa de la revolución.

La clase baja, los esclavos y libertos no tenían ninguna intervención activa en la sociedad de entonces. La llamada plebe, en cambio, sí logró un grado progresivo de participación. Esta fue visible a través de la formación de los Cuerpos de Cívicos, milicia urbana integrada por este sector social, a diferencia de los patricios, que pertenecían a la burguesía.

Al incorporarse estos a las fuerzas de línea, las funciones de la milicia urbana quedaron en manos primordialmente de los Cívicos quienes -por esta vía- fueron protagonistas de los incidentes políticos y militares que se desarrollaron en la capital y llevaron al suburbio las inquietudes y las pasiones políticas nacidas en el centro de la ciudad.

Hacia el año 1820 se hace evidente que este sector social, sin tener la trascendencia político-social de la burguesía y aún considerándosele conducible, era un factor con el que había que contar.

- La gente de campo

Con matices diversos, una metamorfosis similar ocurre entre la gente de campo. Las cabezas de la sociedad rural -que constituía en el conjunto un apéndice de la sociedad urbana a cuya zaga iba- eran los estancieros y los funcionarios civiles (jueces de paz) y militares (jefes de milicias y comandantes de frontera).

Papel importante tenían también en las pequeñas poblaciones rurales ciertos comerciantes proveedores de todas las vituallas necesarias. El pulpero o bolichero rural no era un elemento normalmente bien afamado y sólo circunstancialmente se codeaba con los personajes importantes de la zona.

El campesinado se dividía en dos sectores bien definidos: uno, lo forman los paisanos, ya fueran propietarios pequeños o peones afincados en establecimientos mayores donde desempeñaban tareas a sueldo; el otro lo constituye el gaucho, elemento casi nómada, sin trabajo permanente, indisciplinado y pendenciero, que vivía de changas cuando le era estrictamente necesario y que muchas veces fue perseguido por vago.

Estos dos elementos -paisanos y gauchos- se incorporaron, como el cívico plebeyo de la ciudad, a la baraúnda revolucionaria por vía del servicio militar. La leva fue el medio habitual de su incorporación al ejército.

La vida militar los sacó frecuentemente de sus pagos y los devolvió al cabo del tiempo -a veces años- convertidos en hombres que ya no estaban dispuestos a tener el papel pasivo de su existencia originaria, lo que explica en cierta medida la entusiasta participación del hombre de campo en las contiendas civiles.

Por fin, en el campo, el indio tenía una presencia indiscutible. Existían ciertos núcleos de indios asentados fronteras adentro que disfrutaban -en forma más o menos irregular- de algunas tierras y, desgajados de ellos, otros que habían acabado afincándose como peones en las estancias.

Pero, sobre todo era incuestionable la presencia del indio como elemento marginal a la sociedad, el indio de frontera afuera, con su mundo propio y su amenaza latente, que por estos años se transformó en coexistencia habitualmente pacífica. Estos indios tenían intensas relaciones comerciales con los pobladores fronterizos negociando ganado y productos de la pampa.

La conmoción revolucionaria alteró esquemas sociales y creó nuevas tensiones. De una sociedad sólidamente jerarquizada, donde el linaje y la limpieza de sangre tenían un prestigio adquirido, se quiso pasar conscientemente a otras basadas en el mérito personal y donde igualitarismo e individualismo fueron notas fundamentales(4).

(4) José M. Mariluz Urquijo. “Proyecciones de la Revolución sobre lo Económico y lo Social” (1961), Tercer Congreso Internacional de Historia de América, tomo III, pp. 119-120, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Pero este igualitarismo no excluía ciertas oposiciones. El extranjero fue bien tratado en el Río de la Plata y las limitaciones que debió soportar de las reglamentaciones y leyes le fueron siempre compensadas por el acogimiento de los habitantes.

Pero luego de la revolución su situación se hace marcadamente favorable. Se lo mira como un elemento de progreso, a veces incluso como un aliado en la guerra contra los españoles europeos. El espíritu de novedad y el ambiente cosmopolita de Buenos Aires hacen que la bondad del acogimiento se transforme en entusiasmo.

Brakenridge, Poinsett y Robertson, entre otros, han dejado testimonios del trato excepcionalmente amistoso que se prodigaba al extranjero en Buenos Aires.

Y tal vez consecuencia de esto fue que aquéllos no formaban núcleos cerrados y apartados de la sociedad nativa, sino que se mezclaban con ella y se unían frecuentemente en matrimonio con hijas del país. Los grupos de nacionalidades más numerosos eran los de ingleses, franceses y portugueses, en tanto que los italianos apenas llegaban al centenar en esta década.

Esta xenofilia tenía su contrapartida en una fobia hacia los españoles europeos, que se acrecentó con el desarrollo de la Guerra de la Independencia. Chapetones y godos eran los calificativos peyorativos que se les aplicaba. Internaciones forzosas, destierros, arrestos, confiscaciones de bienes, contribuciones obligadas de dinero y de esclavos fueron manifestaciones del desafío oficial que iba parejo con el resentimiento popular.

La vida llegó a ser muy dura para ellos, salvo que la urbanidad de la clase alta, cuando pertenecían a ella, les pusiera parcialmente a cubierto de persecuciones. Hasta se les prohibió el casamiento con hijas del país para que no influyeran en ellas con sus ideas contrarias a la revolución.

Se exceptuaban de esta repulsa aquellos peninsulares que eran conocidos por sus ideas liberales y su adhesión al régimen. Para los otros sólo hubo un descanso parcial durante los años 1814 y 1815 en que la acción oficial se mostró particularmente clemente hacia ellos, como parte de su iniciada política de transacción.

Aparte de ello, no había en el cuerpo social oposiciones violentas. Cierto desafecto se insinuaba ya entre los pobladores urbanos y los rurales como consecuencia de la diferencia de hábitos y cultura y también entre la clase patricia y la plebe dentro del núcleo urbano, pero estas diferencias tardarían aún en manifestarse claramente.

Todas esas oposiciones fueron menos notorias en el Interior. Menor pasión revolucionaria, peninsulares afincados desde hacía muchos años, menor mentalización urbana en muchas ciudades como consecuencia de su escasa población y de la mayor relación de la clase dirigente con la gente de campo, atenuaron estas diferencias.

En cambio, se manifestó con caracteres cada vez más definidos y violentos la resistencia al porteño, hombre ideológicamente distinto, socialmente diferente y que pretendía heredar para su ciudad el papel de metrópoli que había detentado con títulos más legítimos la lejana España.

Por último, no deja de tener importancia la observación de un viajero inglés en 1817: la escasez de varones jóvenes en la capital como consecuencia de haberse convertido la carrera de las armas en una actividad prestigiosa, dada la persistencia y popularidad de la guerra(5). La observación es extensible a todo el país.

(5) Samuel Haigh. “Bosquejo de Buenos Aires, Chile y Perú” (1920), p. 27, Buenos Aires. Ed. La Cultura Argentina. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

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