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Alteraciones económicas

Aunque la revolución no produjo una modificación drástica de la estructura económica ni expuso nunca un programa definido en esta materia, trajo cambios importantes tanto en la detentación del poder económico como en el juego de los intereses y puso de relieve de una manera antes no entrevista los defectos de la estructura económica del ex virreinato(1).

(1) Material extraido de Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

En efecto, si la relación de dependencia con España había permitido hasta entonces suplir ciertas deficiencias y compensar otras en beneficio del semimonopolio imperante, cuando el nuevo Estado revolucionario se vio librado a sus propias fuerzas y pretendió alcanzar el estatus de una “nueva y gloriosa Nación”, se hicieron patentes las limitaciones que imponían la organización subsistente y las dificultades para modificarla.

El poder económico seguía residiendo en los comerciantes mayoristas, pero con una interesante modificación: al establecerse un sistema de libre comercio con todas las naciones y ante la situación caótica en que se encontraba España en los primeros años de la década, los grandes comerciantes -agentes importadores de Cádiz- pasaron a ser importadores de las principales Casas de comercio inglesas.

Al mismo tiempo, muchos comerciantes ingleses se instalaron en Buenos Aires, sea solos, sea asociados con comerciantes criollos. Ya en 1811 se creaba una Cámara de Comercio Británica, único organismo en que se manifestó el particularismo británico. Así, la clase comercial dominante se amplió en su integración y criollos, españoles peninsulares y extranjeros se enriquecieron de consuno con el nuevo régimen de libre comercio.

Es obvio que en este cambio fueron los españoles europeos quienes perdieron, no sólo por el fin de su situación de privilegio sino también por las trabas que les impuso el Gobierno por razones políticas e ideológicas.

Al terminar el primer lustro revolucionario nuevos elementos entraron a competir en la detentación del poder económico: los propietarios de los saladeros y sus proveedores, los grandes ganaderos.

Esta participación, incipiente al principio, crece luego y se va a poner de manifiesto en uno de los grandes debates económicos de la época, el abasto de la ciudad, que condujo al cierre momentáneo de aquellos establecimientos.

La demanda creciente de carne salada llevó al perfeccionamiento de la industria saladeril, donde se aprovechaba no sólo la carne de los animales sino también sus cueros, sebos y astas.

Establecidos en zonas relativamente cercanas a la Ciudad de Buenos Aires, se convirtieron en los mejores compradores de hacienda vacuna, pudiendo pagar precios notoriamente mayores que los simples matarifes dedicados al abasto urbano.

Los ganaderos con más visión se preocuparon entonces de asegurar la marcación de sus haciendas y de proveer a los saladeros lotes de ganado homogéneos en forma relativamente periódica.

Algunos de ellos se asociaron a la explotación saladeril y, por primera vez en la historia argentina, aparece el propietario rural enriquecido con la producción de sus campos. De esta manera, al final de la década, saladeristas y ganaderos participan del poder económico en forma conjunta, aunque minoritaria, con los comerciantes.

Este hecho tuvo honda trascendencia en el futuro. Las exigencias de los saladeros configuraron necesidades que en los años siguientes iban a conducir a un mejoramiento de la calidad de los vacunos, reemplazándose las razas criollas -los aspudos- por animales mestizados con razas europeas y lógica consecuencia de ello fue el cerramiento de los campos.

Al adquirir poder económico, el gran propietario rural llegó al poder político, lo que se puso de manifiesto por primera vez en la elección de Martín Rodríguez para gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1822.

- Problemas de estructura

Los intentos del Gobierno de imitar el ejemplo de Gran Bretaña, Estados Unidos o Francia y desarrollar su agricultura y su industria al nivel de un Estado moderno, se vieron totalmente frustrados.

El primer gran obstáculo a tal desarrollo fue la escasez casi total de capitales. Los pocos existentes, que sólo eran grandes en relación a la pobreza general del país, se aplicaron casi exclusivamente a la actividad comercial, única que ofrecía una renta segura y alta.

Esta escasez se sintió notablemente en la industria, que no obtuvo créditos oficiales ni privados y sólo se pudieron formar capitales industriales por vía de ahorro o por la asociación de diversos individuos, generalmente connacionales de un país extranjero.

Por la misma razón el crédito fue mínimo y con tasas de interés bastante elevadas. Los industriales podían obtener créditos de gentes amigas o por hipoteca de inmuebles, sin que sus fondos industriales representasen garantía alguna.

Otra causa que impidió seriamente el desarrollo industrial fue el primitivismo técnico que padecía todo el virreinato. Procedimientos industriales o mecánicos que eran comunes en Europa en esos mismos años eran totalmente desconocidos aquí (por ejemplo, simples procedimientos para extraer agua merecían protecciones de patentamiento y producción exclusiva como premio al introductor de tal mejora).

Señala Mariluz Urquijo -cuyos estudios seguimos en esta parte- que otro gran obstáculo lo constituyó la escasez de mano de obra calificada. La artesanía no tradicional carecía casi totalmente de cultores.

De ahí que un maestro de fábrica -libre o esclavo- que dominaba el arte al que estaba dedicado se transformaba en poco tiempo en el árbitro de la empresa, pues podía instalarse por su cuenta -si era libre- o vender el “secreto” a un eventual competidor, en cualquier caso.

Un factor que perjudicó -ya no el desarrollo industrial, sino el económico en general- fue la falta de una producción agrícola exportable. La pobreza de la agricultura argentina era tal que apenas alcanzaba la producción de harina para el abasto de la población y nunca se estuvo en condiciones de exportar cereales.

Las provincias interiores habían visto disminuir en los últimos años de la dominación española sus producciones exportables. La deficiente organización del comercio interior, donde demasiados intermediarios tenían que ganar, y un sistema de fletes muy costoso hacía que la producción provinciana puesta en Buenos Aires -principal centro consumidor- tuviese precios muy superiores a los productos equivalentes de origen extranjero.

Este problema se combinaba con el ya expuesto de la pobreza técnica de la producción. Con precios iguales y aún inferiores, la industria inglesa ponía en la plaza productos de mejor calidad y fabricados con métodos modernos.

El caso se ejemplifica claramente con lo sucedido en los artículos textiles, donde la calidad de los géneros británicos modificó el gusto del consumidor criollo y provocó el desplazamiento y la decadencia de la industria local.

- Libre comercio o proteccionismo

Esto lleva a considerar uno de los problemas claves que debió enfrentar la política comercial de la época: la opción entre librecambio y proteccionismo. Si durante la época hispánica los intereses comerciales se habían apoyado en el proteccionismo monopolista, ahora la situación se invertía y su desenvolvimiento se basaba sobre todo en las mayores facilidades para la importación y la exportación.

Pero mientras la exportación -en un país que no tenía posibilidades inmediatas de ser un productor manufacturero- era favorable al desarrollo rural, la libre introducción de mercaderías oponía un obstáculo insalvable al desarrollo y mantenimiento de las industrias nacionales.

Los Gobiernos porteños, sobre los que se dejaba sentir la influencia de las doctrinas mercantilistas, tuvieron plena conciencia del problema y en varias ocasiones intentaron elevar los aranceles aduaneros a la importación para proteger los productos nacionales; pero esta política escolló en el clamor de los comerciantes, en particular los ingleses, que no dejaron de subrayar que tal política enajenaría la simpatía con que Inglaterra veía y protegía la revolución.

Consecuencia de esta presión y de la falta de unidad y criterio de los escasos industriales para defender el proteccionismo, habría de ser el triunfo, en definitiva, del sistema de librecambio, que fue más una consecuencia de las circunstancias y de los condicionamientos exteriores que el resultado de una adhesión doctrinaria.

Si las necesidades de la guerra se hacían sentir por sus consecuencias políticas internacionales en este aspecto, dejaba sus trazos en la economía en otros niveles también importantes.

Cierto es que originó fábricas de pólvora, de fusiles y cañones, casi todas en la modesta escala en que se desarrollaba la guerra misma, pero mucho más importante es que agravó la escasez de mano de obra por el reclutamiento de hombres libres y, sobre todo, por la manumisión de esclavos por el servicio de guerra. Esto se hizo sentir tanto en el orden rural como en el urbano.

También la guerra insumía casi todos los capitales disponibles. Hacia 1815, el mantenimiento y provisión de los Ejércitos porteños había insumido, según un protagonista de la política directorial, la suma de $ 16.000.000, harto elevada para los magros recursos de que se disponía entonces.

Los impuestos llegaron a niveles desconocidos en la época hispánica; los empréstitos se sucedían y se satisfacían de manera más o menos compulsiva y, por fin, las contribuciones forzosas desarticularon más de una empresa comercial o un establecimiento rural.

El problema de las cargas impositivas se constituyó en uno de los grandes temas económicos de la época, sin que la realidad trajese ninguna solución. Los límites y dificultades de la agricultura fue otro tema puesto frecuentemente sobre el tapete, pero ninguno alcanzó la repercusión popular del ya citado problema del abasto de la capital.

Hacia 1817 la labor de los saladeros no sólo había provocado una considerable alza en los precios de los vacunos, sino que también había disminuido notoriamente la hacienda destinada a los mataderos de abasto. Esto provocaba nuevos aumentos y grandes quejas.

El Director Juan Martín de Pueyrredón reunió a las fuerzas vivas interesadas para que se llegara a una solución del problema; como ésta no se concretara, ordenó el cierre transitorio de los saladeros para asegurar el abasto de la población aún a riesgo de poner en peligro la única industria agropecuaria que había tomado cuerpo en el país.

La medida no produjo frutos porque los proveedores y matarifes -haciendo un frente común- mantuvieron los precios altos, pese a la mayor disponibilidad de hacienda.

Poco después los saladeros eran autorizados a reanudar su labor. El saldo fue uno de los debates económicos más interesantes de la época y el primero que tuvo verdadera repercusión popular.

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