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La diplomacia revolucionaria hasta 1816

Desde el comienzo mismo de la revolución los Gobiernos de Buenos Aires tuvieron plena conciencia de los condicionamientos de los factores internacionales. Así lo reveló la Junta con la inmediata misión de Irigoyen a Londres y la frustrada de Mariano Moreno, ambas en 1810.

Pero estos primeros pasos se limitaban a buscar el apoyo británico y a presentar ante el mundo la justicia de la actitud revolucionaria y su honestidad de propósitos y a protestar su fidelidad al rey cautivo, alejando toda sospecha de jacobinismo.

Dentro de esta tesitura se explica que cuando Gran Bretaña ofreció su mediación en 1812 para lograr un acuerdo entre España y el Río de la Plata, la propuesta fuera rechazada. Pero a medida que transcurrió el tiempo se produjo un “endurecimiento” de la revolución, se precisaron sus alcances y se modificó la situación internacional de Europa.

Salvo el verano de 1813, la situación militar de la revolución fue siempre delicada. Al promediar el año 14 la restauración de Fernando VII en su trono y la posterior caída de Napoleón alteraron totalmente los presupuestos de la diplomacia porteña.

A partir de entonces ésta se transformó de diplomacia de presentación en diplomacia de negociación. Hasta ese momento se había luchado para vencer; ahora se debía negociar para no perder.

Los tres polos de las relaciones exteriores de Buenos Aires eran Madrid, Río de Janeiro y Londres, con atracciones marginales hacia los Estados Unidos y Francia. Las tres primeras Cortes estaban atadas por alianzas, tradicionales en el caso de Portugal y nacidas de la lucha contra Napoleón en el caso de España, pero sus intereses eran diferentes y Buenos Aires especulaba con ello.

Portugal siempre ambicionó poseer la Banda Oriental y otros territorios españoles americanos, ante lo cual el Consejo de Regencia se mantuvo permanentemente en guardia. Inglaterra mantenía su propósito de obtener la apertura comercial de la América española, pero no podía actuar contra los intereses de su aliada, menos en un momento en que estaba en guerra con sus ex colonias de la América del Norte. Esta diferencia de intereses hizo posible para Buenos Aires el Armisticio con Elío -en 1812- y la Convención Rademaker de ese mismo año.

Mientras Napoleón se mantuvo en el poder -y aún después- Buenos Aires presionó a Londres con la posibilidad de inclinarse hacia la alianza o protectorado de Francia, como medio de forzar la neutralidad inglesa, que aunque en los inicios de la revolución favoreció a ésta, se tornaba cada vez más beneficiosa para España.

El propio Pueyrredón proponía en 1811 volcarse francamente hacia los franceses, ya que no creía que se pudiera esperar nada efectivo de Inglaterra. Las posibilidades de un apoyo norteamericano fue otro espantajo discretamente agitado ante los diplomáticos ingleses, pero la guerra anglo-americana de 1812/14, trabó por igual a ambos contendientes respecto de la América española, sin contar con que el interés norteamericano por el resto del continente era entonces muy relativo.

- Misión de Sarratea

La liberación de España de las fuerzas francesas y las derrotas de Belgrano en el Alto Perú determinaron al Gobierno porteño, hacia fines de 1813, a enviar una misión a Inglaterra con el objeto de lograr que el gabinete de Saint James protegiera -pública o secretamente- al Río de la Plata de la represión de una España que recuperaba su fuerza. Esta misión fue encomendada a Manuel de Sarratea.

Como bien señala una investigación(1), “era la primera vez que se enfrentaba oficialmente a Gran Bretaña con la posibilidad de que el Río de la Plata girase hacia la esfera de influencia francesa, lo que debía advertirse con la delicadeza que es necesaria”.

(1) Carlos Goñi Demarchi y José N. Scala. “La Diplomacia Argentina y la Restauración de Fernando VII” (1968), pp. 45 y 51, Buenos Aires. Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto-Instituto del Servicio Exterior de la Nación. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Las Instrucciones prescribían que la condición básica de todo acuerdo debía ser la libertad e independencia de las provincias y el cese de las hostilidades.

Cuando Sarratea llega a Londres en Marzo de 1814 se encuentra con que Napoleón ha sido derrotado en Leipzig y que en Diciembre ha liberado a Fernando VII devolviéndole el trono de España.

Casi inmediatamente (31 de Marzo) los aliados entran en París y días después abdica Napoleón. Estos cambios tornaron obsoletas las Instrucciones dadas a Sarratea: se había perdido la posibilidad de presionar a los ingleses y el regreso de Fernando obligaba a adoptar una actitud definitiva ante el rey.

El enviado recomendó a su Gobierno una actitud conciliatoria y de adhesión al rey -aunque dispuesta a la defensa- como modo de cubrir a la revolución y de posibilitar negociaciones directas con Madrid.

El derrotismo se había apoderado en esos momentos de los dirigentes de Buenos Aires en el poder y coincidía con la recomendación de Sarratea. Ese derrotismo era compartido por los ingleses, lo que tornaba ilusoria una mediación de estos en favor de los porteños.

La única salida parecía ser pactar con el rey y Sarratea, adelantándose a las Instrucciones de Buenos Aires, le dirigió un Mensaje de felicitación y gestionó un viaje a Madrid, pero el rey no estaba dispuesto a pactar sino decidido a someter, dentro y fuera de España. En poco tiempo Sarratea comprendió que nada lograría del absolutismo de Fernando e inició una nueva gestión, esta vez ante el ex rey Carlos IV.

- Misión de Rivadavia y Belgrano

Mientras tanto, el Gobierno de Gervasio Antonio de Posadas decidió enviar a Europa una nueva misión, dispuesto a hacer mayores concesiones ante las exigencias españolas y a tantear una vez más las disposiciones inglesas.

En Noviembre de 1814 fueron nombrados a ese fin Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia. Belgrano ponía su espectabilidad de general de crédito, pero el verdadero jefe de la delegación fue Rivadavia.

Sólo a él se le dieron las Instrucciones reservadas y sólo él fue autorizado a viajar a España. No era un misterio que Rivadavia estaba mucho más cerca de las ideas pacifistas del Gobierno que su distinguido compañero.

Las Instrucciones públicas dadas a los enviados prescribían buscar la paz garantizando la seguridad de lo que se pactare y sobre bases de justicia que no chocaran a la opinión y que fueran aprobadas por la Asamblea.

Estas vaguedades eran definidas en las Instrucciones reservadas. Se ordenaba en ellas que debía obtenerse “la independencia política o, al menos, la libertad civil de estas provincias”.

La alternativa reflejaba la actitud oficial y su enfrentamiento con los independentistas. Para el primer caso se obtendría que un príncipe de la Casa Real viniese a mandar como soberano y, en el segundo, manteniéndose la dependencia de la Corona de España debía lograrse que la Administración quedara en manos americanas y garantizara la seguridad y libertad del país.

Si estas propuestas eran rechazadas debía buscarse la alianza y protección de alguna potencia extranjera que sostuviera a los revolucionarios contra las tentativas opresoras de España.

Pero antes de dar estos pasos tan comprometedores, los diputados debían mirar hacia Gran Bretaña y averiguar si estaba dispuesta a que un príncipe de su Casa Real fuera coronado en el Plata y a allanar la oposición española. En este caso se omitiría la gestión ante Madrid.

También debían averiguar si Gran Bretaña estaba dispuesta a proteger la independencia de otro modo. El Directorio proponía a sus diputados una variedad de soluciones muy grande para que pudieran acomodarse a las variables circunstancias de Europa.

Cuando Belgrano y Rivadavia llegaron a Río de Janeiro en viaje a Londres, se detuvieron a realizar allí varias gestiones. Lord Strangford no les dio ninguna seguridad sobre el apoyo inglés y sólo se comprometió a lograr que la Corte portuguesa negara auxilios a la esperada expedición española, lo que consiguió, porque con ello Portugal consultaba sus propios intereses.

La desilusión ante la actitud inglesa fue grande. Strangford había actuado con prudencia, ya que pocos meses antes Gran Bretaña había renovado su alianza con España y comenzaba a preocuparse por neutralizar la influencia rusa en la Corte fernandina, pero comprendía claramente los efectos de esa actitud en los rioplatenses, que en una oportunidad precisó a Lord Castlereagh:

... siento el deber de declarar explícitamente a Su Señoría que yo considero ahora como una certeza la rápida pérdida para Gran Bretaña, en cualquier caso, de todas las ventajas que ha obtenido hasta ahora en las provincias del Plata.
Si el ejército de España venciese, la exclusión de nuestro comercio del Plata sería inminente. Si por el contrario el nuevo Gobierno triunfase me temo mucho -por el tono de sus últimas comunicaciones- que nuestra negativa a escuchar sus repetidos pedidos de protección contra la venganza de España, en la forma de mediación o de cualquier otro modo, no será fácilmente olvidada y habrá hecho nacer hacia nosotros un sentimiento muy distinto del que podríamos haber despertado, hasta por la más pequeña apariencia de interesarse por su destino.
Y si por un tiempo ninguno de los dos partidos prevaleciese, no será entre los horrores de la guerra civil que nuestro comercio pueda prosperar o estar seguro(2).

(2) Referenciado por Gregorio Rodríguez. “Contribución Histórica y Documental” (1921), tomo I, p. 103, Buenos Aires. Ed. Peuser. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

- La diplomacia artiguista

Ni el gabinete portugués ni el ministro norteamericano les dieron seguridades de ninguna especie a los enviados. Curiosamente, la mejor disposición la hallaron en el ministro español Villalba.

Este, sabedor de las dificultades que encontraría una expedición española y de las propensiones pacifistas del Gobierno de Buenos Aires, recomendaba a Madrid enviar un negociador. Mientras tanto, su deferencia con Belgrano y Rivadavia le permitía ganar tiempo para explorar las reales intenciones de Buenos Aires.

Coincidentemente, habían llegado a Río de Janeiro dos enviados de José Artigas, Redruello y Caravaca, que buscaron primero la protección portuguesa y luego la de España, haciendo protestas a Villalba y a la infanta Carlota de fidelidad a Fernando y dando a su lucha con Buenos Aires el sentido de una defensa de la causa del rey.

Cualesquiera que hayan sido los motivos últimos de esta misión, demuestra que las facciones antagónicas del Plata transitaban por los mismos caminos en materia diplomática.

- Misión García

Antes de seguir viaje, los diputados de Buenos Aires tuvieron una nueva y notable sorpresa. A fines de Febrero de 1815 llegó a Río de Janeiro Manuel José García, comisionado por Carlos de Alvear, el nuevo Director Supremo.

Era portador de pliegos de éste para Lord Strangford y Lord Castlereagh, donde en el colmo del derrotismo confiesa que “cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a los hombres de juicio y opinión que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden, antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.

Y agregaba: “En estas circunstancias solamente la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males acogiendo en sus brazos a estas Provincias que obedecerán su Gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer porque conocen que es el único remedio de evitar la destrucción del país...(3).

(3) Citado por Vicente Sierra. “Historia de la Nación Argentina”, tomo VI, p. 305. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Felizmente, García no entregó estos pliegos, en lo que influyó la opinión de Rivadavia. Se dedicó entonces a entrevistarse con Villalba, Strangford y miembros del gabinete portugués, en busca de un punto de apoyo que salvara a la revolución de la destrucción.

Para el sutil García no pasó desapercibida la importancia de la decisión portuguesa de mantener la Corte en Río de Janeiro, subrayando así su condición de potencia americana. Su atención se centró sobre esta Corte.

- Sarratea y Carlos IV

Cuando Rivadavia y Belgrano llegaron por fin a Londres, el 7 de Mayo de 1815, Napoleón había regresado de la Isla de Elba y recuperado su trono. La guerra se desataba otra vez en Europa.

Sarratea les informó de sus gestiones ante Carlos IV por intermedio del conde de Cabarrús, tendientes a desunir a la familia real española y obtener para el Plata un Gobierno dotado de legitimidad dinástica, con la coronación del infante Francisco de Paula.

Como la gestión prometía ser favorable se acordaron sus bases. Se crearía una monarquía independiente y constitucional -según el modelo inglés- que comprendería el Río de la Plata, Chile, Puno, Arequipa y Cusco.

Carlos IV había dado su acuerdo en principio, pero un acontecimiento destruyó toda la combinación: el 18 de Junio Napoleón fue vencido en Waterloo. El principio legitimista y la posición de Fernando VII quedaron consolidados en desmedro de las pretensiones de su padre.

Carlos IV se negó a actuar sin la conformidad de Fernando, en la que no había ni que pensar. El plan fue abandonado(4).

(4) La situación tuvo una curiosa derivación. Cabarrús propuso entonces raptar al Infante, a lo que se avino Sarratea, pero Belgrano y Rivadavia se opusieron terminantemente. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

En Julio de 1815 se resolvió que Belgrano y Sarratea regresaran a Buenos Aires, permaneciendo Rivadavia en Londres a la espera de los acontecimientos. Este volvió a pensar en el plan originario de lograr un acuerdo directo con España y, con la colaboración de Sarratea, entró en comunicación con un tal Gandasegui, a través de quien obtuvo en 1816 autorización de la Corte para viajar a Madrid.

Entretanto, Alvarez Thomas había dado término a la misión en Julio de 1815 pero, a fin de año, Belgrano, de regreso en Buenos Aires logró que se ratificaran los poderes de Rivadavia. Sarratea se sintió desplazado de la nueva gestión y, no dispuesto a regresar al país, se dedicó a perturbar las tramitaciones de su colega.

Ya en Madrid, Rivadavia solicitó que el rey estableciese las bases sobre las que podía lograrse la paz a la vez que protestaba su fidelidad al monarca y pedía indulgencia, actitud esta última tal vez política pero reñida con su jerarquía oficial y que en definitiva no impresionó al gabinete real.

La intolerancia de Fernando VII impidió una vez más todo acuerdo y, en Septiembre de 1816 Rivadavia regresó a Francia convencido de la intención española de someter a las Provincias Unidas por la fuerza.

En su conjunto, las misiones diplomáticas directoriales -dejando aparte la propuesta personal de Alvear- representan un movimiento para salvar la revolución que parecía sumirse en el desastre militar y en la anarquía interior.

Fundamentalmente traducen la actitud del binomio Posadas-Alvear y su partido, que desesperaba de la capacidad de los porteños para imponerse a los españoles.

Pero dentro de este planteo, fueron llevadas a cabo con prudencia y dignidad y abrieron la vía para la expresión de la vocación monárquica de los hombres públicos de Buenos Aires, la que enraizaba en una larga tradición vigente hasta hacía muy pocos años y vigorizada por el temor a la anarquía.

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