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Directorio de Pueyrredón

Después de entrevistarse con José de San Martín en Córdoba, Juan Manuel de Pueyrredón arribó a Buenos Aires el 29 de Julio de 1816. Debía afrontar una difícil situación tanto en el orden externo como en el interno.

Los portugueses avanzaban sobre la Banda Oriental, varias provincias se habían alzado contra la autoridad del Congreso y en Buenos Aires un partido defensor de las autonomías provinciales proclamaba abiertamente su oposición al nuevo Director. A pesar de todo, el mandatario fue bien recibido cuando hizo su entrada en la ciudad.

- La Era Pueyrredoniana

En la brevedad de sus tres años de duración (1816-1819) el Gobierno porteño de Juan Martín de Pueyrredón ejerció una influencia tan definitiva para los destinos de la Nación que muy pocos Gobiernos posteriores pueden reclamar.

La gravedad de los escollos que debió afrontar y que determinaron algunos fracasos de trascendencia han oscurecido parcialmente el éxito de su principal objetivo: hacer posible en los hechos la independencia solemnemente declarada por el Congreso.

Porque el propósito -consciente y confeso- del general Pueyrredón fue imponer al país un supremo esfuerzo para materializar, a través del brazo y la mente de José de San Martín, la liberación de Chile y la expedición al Perú.

Este esfuerzo requería unidad política, sacrificios financieros y efectividad militar. Para lo último, el Director tuvo plena fe en San Martín y le otorgó su máximo respaldo; para los otros dos presupuestos usó la persuasión -cuando le fue posible- y la fuerza de la autoridad cuando aquélla fracasaba, imponiendo al país un Gobierno casi dictatorial aun cuando funcionaba dentro de la estructura legal y con el respaldo del Congreso.

Paralelamente, Pueyrredón debió afrontar el conflicto de dominación con José Artigas, la complicación gravísima de la invasión portuguesa a la Banda Oriental y los conflictos localistas que se extendieron al seno mismo de la Ciudad de Buenos Aires, alimentados por el desgaste de un Gobierno que, sumido en las más grandes necesidades financieras, castigaba las fortunas con empréstitos y gravámenes y frenaba las expresiones de oposición.

La necesidad de mantener la unión de las provincias, aun contra la voluntad de éstas, han hecho del sistema político directorial el símbolo del hegemonismo porteño y de Pueyrredón su más conspicuo representante.

Esta conclusión, seguida por la historiografía liberal y revisionista, es injusta en cuanto a Pueyrredón y falta de matices en cuanto al Directorio. Este no puede interpretarse monolíticamente.

Indudablemente centralista, su actitud estuvo mitigada -o no- según se buscase sólo la unidad para la guerra o se persiguiese además la hegemonía porteña. Y si esta hegemonía se presentó en los comienzos de la revolución como una necesidad de la expansión revolucionaria, en el año de la independencia se imponía al criterio de muchos el hecho de que los excesos de la conducción porteña debilitaban la unidad del Cuerpo nacional y hasta el proceso de la revolución.

En el sistema directorial cupieron políticas tan opuestas como las de Alvear y Alvarez Thomas, porteña una y nacional la otra.

Al margen de estos vaivenes, el movimiento federal republicano se desarrollaba apoyado en las tensiones regionales, alimentadas a su vez por los cambios sociales y las variantes económicas.

Pero este movimiento no estaba todavía maduro y aunque capaz de constituir un centro de resistencia violenta a la política directorial, necesitaría todavía un lustro para manifestarse bajo formas institucionales.

Mientras se desarrollaba este profundo proceso, debió gobernar Pueyrredón, primer jefe de Estado de la Argentina independiente. Fuese por captación de las necesidades de la situación, fuese por temperamento personal, intentó una política de equilibrio y moderación.

Esta moderación no fue una actitud indefinida sino el propósito concreto de obtener un estado de armonía nacional que posibilitara la obra de gobierno. Aunque puso una singular energía en reforzar la unidad nacional, no se identificó con el porteñismo, como lo prueba la oposición que padeció de los hombres de Buenos Aires.

Ya en 1811, al disolverse la Junta Grande, había propuesto que se realizara un Congreso General pero, prevenido ante las tendencias absorbentes de la capital, propuso que no se realizara en ésta ni en una capital de provincia importante que tuviese la tentación de reemplazar a aquélla ni donde hubiese una base militar -que “sería lo peor”, decía-.

En 1816 esta idea persistía en lo esencial y ante la propuesta del Congreso de instalarse en Buenos Aires sugiere que ambos -Congreso y Director- se instalen en Córdoba, para mejor inclinar la voluntad de esta provincia(1).

(1) Carlos A. Pueyrredón. “Cartas de Pueyrredón a San Martín”, Facsímiles 55 y 57, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Su sentido de la realidad también lo oponía a ciertas actitudes del Congreso. Lo veía proclive a las teorizaciones -como lo reveló luego la Constitución de 1819- y alarmado escribía a San Martín:

“¡Y siempre doctores! Ellos gobiernan y pretenden gobernar al país con teorías y con ellas nos conducen a la disolución”(2).

(2) Carlos A. Pueyrredón. “Cartas de Pueyrredón a San Martín”, Facsímil 91, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Y otra vez:

“No hay duda, amigo, en que los doctores nos han de sumergir en el último desorden y en la anarquía. Si no apretamos los puños, estamos amenazados de ver al país convertido en un Argel de hombres con peluca”(3).

(3) Carlos A. Pueyrredón. “Cartas de Pueyrredón a San Martín”, Facsímil 93, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Por idénticas razones se opuso al Reglamento Constitucional de 1817, pero no pudo desentenderse del Congreso tanto por respeto a la voluntad de los pueblos como por la particular circunstancia de ser un gobernante sin partido.

Este hecho insólito, causa de sus mayores dificultades, lo obligó a contar con un sustituto de partido, que fue la Logia Lautaro, orientada por San Martín y que constituyó una esperie de segundo parlamento donde Pueyrredón, si no obtuvo mayor libertad, logró identificación con sus propósitos principales.

Pero su temor por la anarquía, en la que veía el mayor obstáculo a la realización de la empresa libertadora, le obligó a apretar los puños en demasía o a destiempo y fue él y no sus adversarios quien recibiría los peores golpes.

Si se quiere buscar otro indicio de la posición de Pueyrredón en el conflicto Buenos Aires-Interior, más que mirar a las desgraciadas campañas contra Entre Ríos y Santa Fe conviene observar cuál fue la trayectoria posterior de los directoriales de su tiempo.

No fueron ellos a engrosar las filas del futuro partido unitario, sino en casos excepcionales, como Valentín Gómez. En su mayoría integraron las filas del federalismo, como en el caso de Guido, Juan R. Balcarce, Viamonte, Obligado, López, Anchorena, etc.

Tampoco es casual que varios de ellos se adhirieran más tarde a la política de Juan Manuel de Rosas, donde se entremezclaba el realismo político, el respeto a las provincias y la conducción nacional desde y por Buenos Aires.

No obstante las buenas intenciones de Pueyrredón, las tensiones contra el Directorio afloraban por todos lados. Cuando llegó a Buenos Aires desde Tucumán encontró a la capital dividida y prevenida contra el Gobierno porteño y alarmada por la amenaza portuguesa.

- La situación en las provincias

A poco de iniciar Pueyrredón su mandato en las provincias se habían producido diversos disturbios o actos de rebeldía contra el Gobierno de Buenos Aires y el Congreso.

Simultáneamente, Córdoba y Santiago del Estero eran sacudidas por movimientos localistas. En Córdoba se sublevó Pérez Bulnes, artiguista decidido. El Congreso envió tropas -contra la opinión de Pueyrredón(4)- y finalmente Funes asumió el Gobierno, partidario de la línea nacional.

(4) Cuando José de San Martín, alarmado, ofreció el concurso de sus tropas, Pueyrredón le contestó: “Si Vd. se mueve sobre Córdoba se perdió infaliblemente esa fuerza y se perdió el país” (citado por J. C. Raffo de la Reta. “Historia de Juan Martín de Pueyrredón” (1948), p. 329, Buenos Aires. Ed. Espasa Calpe Argentina). El conflicto santiagueño fue menor y la decidida actuación de Belgrano y Bustos condujo al rebelde teniente coronel Borges ante el piquete de fusilamiento. La previsión de Pueyrredón se cumpliría tres años después bajo el Gobierno de José Rondeau con la sublevación de la división de Alvarado. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Santa Fe. Después del Pacto de Santo Tomé (Abril de 1816) se iniciaron gestiones para lograr una paz duradera, pero las tratativas fracasaron y entonces un ejército directorial -a las órdenes de Díaz Vélez- consiguió ocupar la Ciudad de Santa Fe pero debió retirarse ante la tenaz resistencia de los defensores.

La expedición sólo sirvió para inclinar a Santa Fe en favor de Artigas contra los porteños.

Córdoba. Esta provincia proclamó su autonomía en Mayo de 1815 y cuando llegaron noticias sobre la invasión de Díaz Vélez sobre Santa Fe, el artiguista Pablo Bulnes (hermano del diputado) logró que el Cabildo lo designara comandante de un contingente que partió hacia la vecina provincia.

No pudo luchar contra Díaz Vélez -ya se había retirado-; entonces, Bulnes regresó a Córdoba y se puso al frente del Gobierno.

Ante la situación creada, Pueyrredón sometió el problema a Belgrano quien envió tropas las cuales vencieron a Bulnes. En esta forma fracasó el intento artiguista por dominar a Córdoba.

Santiago del Estero. Desde el mes de Agosto de 1816 el comandante Francisco Borges -de tendencia federalista- proclamó la autonomía de Santiago del Estero.
Belgrano comisionó un contingente a las órdenes del general La Madrid, quien derrotó a Borges y lo hizo fusilar.

La Rioja. Los autonomistas riojanos negaron obediencia al Gobierno de Buenos Aires. Para terminar con los incidentes fue enviada una expedición militar al mando de Alejandro Heredia, quien logró restablecer el orden político en favor de Buenos Aires.

- Oposición en Buenos Aires

En la provincia y en la Ciudad de Buenos Aires se había formado un partido federalista, opositor al Congreso y al Director Pueyrredón.

Esto dio origen a la formación de dos tendencias políticas antagónicas: el partido de los congresales, que agrupaba a la clase media (comerciantes, diputados, propietarios) y brindó su apoyo a Pueyrredón y al Congreso; y el partido de los segregatistas, de tendencia republicana y federal, encabezado por Dorrego, Chiclana, Agrelo, French, Pazos Silva, Manuel Moreno y otros.

A fines de 1816, Pueyrredón había logrado recuperar el control de todos los centros efectivos de poder, con excepción del núcleo de las provincias litorales. Pero eran tiempos de dominación inestable y en el mismo Buenos Aires había signos de crisis.

El Director había agobiado a la ciudad con impuestos, empréstitos forzosos y compras pagadas con papeles de crédito para concretar la expedición de San Martín a Chile. Los descontentos se multiplicaban.

El coronel Soler era transferido a las órdenes de San Martín y el coronel Dorrego era desterrado a los Estados Unidos por revoltoso. Ya en 1817 fue descubierta una conspiración cuyos cabecillas militares eran French y Pagola y sus inspiradores políticos Agrelo, Chiclana, Manuel Moreno y Pazos Kanki. Todos fueron inmediatamente desterrados.

Simultáneamente se presentó en Buenos Aires José Miguel Carrera, el derrotado caudillo chileno, que intentaba pasar a su patria, lo que significaba una amenaza para la tranquilidad de San Martín y O’Higgins que en ese momento cruzaban los Andes en busca de las fuerzas realistas, dada la mortal enemistad de Carrera con O’Higgins.

Pueyrredón le impidió el viaje y se granjeó su enemistad. Carrera, refugiado en Montevideo, aprovechó la protección portuguesa para actuar contra el Gobierno de Buenos Aires. Luis y Juan José Carrera también intentaron pasar a Chile, pero fueron ejecutados en Abril de 1818 por orden del gobernador de Mendoza, coronel Luzuriaga.

José Miguel Carrera se unió entonces al grupo alvearista que, dirigido por Nicolás Herrera, y al que se agregaría a poco Alvear, que residía en Montevideo. Estos antiguos procuradores de la sumisión a España se habían convertido en los defensores del sistema federal autonomista e iniciaron una guerra de libelos contra Pueyrredón que le causó bastantes molestias.

Los republicanos expresaban sus ideas por medio del periódico titulado “La Crónica Argentina”, a través del cual censuraban las ideas monárquicas propiciadas por Pueyrredón y la mayoría de los diputados del Congreso.

Cuando en Julio de 1816 los portugueses avanzaron sobre el territorio de la Banda Oriental, Dorrego y sus partidarios acusaron a Pueyrredón de recibir instrucciones del Congreso tendientes a negociar con los invasores a fin de contar con la ayuda de los últimos para imponer los planes monárquicos.

Esta prédica atizó el descontento popular y después de un artículo aparecido en “La Crónica Argentina”, Pueyrredón ordenó la detención y el destierro de Dorrego, el 15 de Diciembre de 1816(5).

(5) Por su parte y el mismo día de la detención de Dorrego, el Director Pueyrredón publicó un decreto por el cual mantenía su cargo militar al coronel apresado, ordenaba entregar a la esposa e hijos la mitad del sueldo correspondiente y destacaba -demostrando pesar en la medida tomada- “los recomendables servicios que prestó a su país durante la gloriosa revolución”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Los opositores no cedieron en su actitud y entonces, en Febrero de 1817 fueron expulsados -acusados de conspiración- los doctores Manuel Moreno, Agrelo, Chiclana y Pazos Silva; también los militares French, Pagola y Valdenegro.

- Obra cultural y administrativa de Pueyrredón

Pese a estas preocupaciones, Pueyrredón se dedicó a la tarea, hasta entonces no emprendida, de organizar la Administración del Estado. La revolución no había modificado sustancialmente la estructura institucional heredada de España.

Tal como lo había prometido anteriormente a San Martín, una vez al frente del Gobierno, Pueyrredón dedicó todos sus esfuerzos para que el futuro Libertador equipara al ejército que se cubriría de gloria luchando a través de medio continente.

En materia de guerra, con el aporte de Terrada y Guido, organizó el Estado Mayor permanente, el Tribunal Militar y propuso al Congreso el Reglamento de Corso, que resultó de suma utilidad en la guerra naval contra España.

En el orden militar, el Poder Ejecutivo reorganizó la Academia de Matemáticas -fundada por Alvarez Thomas en 1816- a cuyo frente se destacó Felipe Senillosa. Se estableció una fábrica de armas “por el nuevo sistema de repetición”.

A propuesta del Director, el Congreso autorizó extender la línea de fronteras sobre los indios y entregar a los pobladores las tierras en propiedad. Para el cuidado de estas delimitaciones fueron reorganizados los regimientos de blandengues y se establecieron milicias de la campaña.

Debido al rompimiento con España, la Iglesia se desenvolvía en forma irregular; por esta causa Pueyrredón fue autorizado a “proveer los cargos eclesiásticos vacantes”.

No se descuidó tampoco la educación, olvidada desde la revolución de Mayo entre los afanes bélicos y las rencillas políticas. Se reabrió el viejo Colegio de San Carlos donde había estudiado toda la generación de la revolución, con el nuevo nombre de Colegio Unión del Sur, con aplicación del sistema de becas; se elevó a Academia, la Escuela de Matemáticas y se proyectó la Ley de creación de la Universidad de Buenos Aires, que fue aprobada por el Congreso unos días después que Pueyrredón renunciara a su cargo.

A pesar de los múltiples problemas que preocupaban al Director Pueyrredón, uno de sus mayores anhelos fue el de fomentar la educación del pueblo. Dedicóse con empeño a difundir la instrucción “cual corresponde -son sus palabras- a los altos destinos a que es llamada nuestra patria”.

Por decreto del 2 de Junio de 1817 el Director transformó el antiguo Colegio de San Carlos en el Colegio de la Unión del Sud y encargó a los Secretarios de Hacienda y Gobierno para que dispusiesen “las medidas que fuese preciso adoptar”.

Fue inaugurado -a mediados de Julio del año siguiente, bajo la dirección del rector canónigo Domingo Achega y del vicerrector presbítero José María Terrero(6).

(6) Con respecto a la Instrucción Primaria, las escuelas eran muy escasas en esa época y los métodos utilizados por los maestros bastante rigurosos. Por este motivo, en Mayo de 1819, Pueyrredón dio a conocer un decreto aconsejando “que no se haga uso de azotes en las escuelas”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

El Director también se preocupó por establecer una Casa de estudios superiores y así, a fines de Mayo de 1819, propuso al Congreso la fundación de una Universidad en Buenos Aires.

Por fin, otras actividades culturales recibieron el apoyo del Director, en particular la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro. Los periódicos proliferaron en esos años, desde el opositor “La Crónica Argentina”, hasta el oficialista “El Censor”, pasando por los moderados y cultos “El Observador Americano” y “El Independiente”.

Pueyrredón debió enfrentar una difícil situación económica porque las finanzas nacionales habían empeorado en el transcurso de los años como consecuencia del desequilibrio comercial. Los recursos se habían agotado, los ingresos escaseaban y San Martín solicitaba fondos con urgencia para su campaña libertadora(7).

(7) Desde Noviembre de 1809 en que el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros abrió las puertas al comercio británico se inició un desequilibrio comercial que aumentó con el transcurso de los años. La industria nacional se perjudicó con la competencia extranjera, las guerras y las luchas internas, en consecuencia era necesario comprar mucho más de lo que se exportaba. En este último aspecto eran escasos los productos que se podían vender al extranjero (carne salada, sebo, cueros) y entonces salía gran cantidad de oro y plata. La situación empeoró aún más cuando los realistas volvieron a ocupar la ceca de Potosí. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Los diversos ordenamientos constitucionales sucedidos desde 1810 sólo habían reglado la organización del Poder Ejecutivo y habían proclamado la independencia del Poder Judicial que en la práctica permanecía imperfecta. Las nuevas normas administrativas no habían ido más allá de introducir modificaciones al sistema impositivo, organizar las Secretarías de Estado, reorganizar el Ejército y fijar normas sobre aduana y comercio exterior.

Pueyrredón, con la colaboración de Obligado y Gazcón, trató de organizar la Hacienda Pública. Se determinó la deuda pública, la toma de razón de los Gastos y la amortización de los créditos. A la vez se creó la Caja Nacional de Fondos, precursora del Banco Nacional, la Casa de Moneda y se dictó el Reglamento de Aduanas.

En Marzo de 1818 y a solicitud del Director, el Congreso aprobó un “empréstito forzoso” que recaía sobre los comerciantes y vecinos pudientes de Buenos Aires; debía cubrirse hasta una suma de 500.000 pesos, de acuerdo con una cuota prefijada.

El Estado recibía dinero de los particulares y se obligaba a pagar un interés y devolver al acreedor la suma recibida en un plazo estipulado. La cantidad que debían entregar los suscriptores la fijaba el Consulado; por esto, el empréstito tenía el carácter de “forzoso”.

En Noviembre de 1818, Pueyrredón creó la Caja Nacional de Fondos de Sud América, primer establecimiento bancario cuya finalidad era recibir dinero de los particulares a cambio de un interés del 15 % anual. Debido a la situación económica imperante, el citado Organismo fracasó al cabo de un tiempo.

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