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Apóstoles y San Carlos: una victoria y una derrota

Terminada la destructiva campaña de principios de 1817, que le valdría el apelativo de “Atila del Uruguay”, el comandante brasileño Francisco das Chagas Santos retornó a San Borja considerando que, aunque no consiguió derrotar a Andresito a éste le sería muy difícil recomponer sus fuerzas.

Pero, para sorpresa suya, el comandante guaraní rápidamente organizó nuevamente sus ejércitos y comenzó a recuperar los territorios perdidos con el apoyo del gobernador Juan Bautista Méndez, de Corrientes; éste había retornado en esos días a la provincia y dispuso que el capitán José Martín Aranda se apostase en la zona de la Tranquera de Loreto para apoyar a los misioneros.

El 12 de Marzo de 1817 las partidas guaraníes lograron recuperar La Cruz, tomando prisioneros a los soldados de la Guardia portuguesa que estaba apostada en ese pueblo. A partir de entonces, Andrés Artigas reocupó rápidamente todo el territorio perdido salvo algunas Guardias dejadas por el enemigo en los pasos sobre el Uruguay.

- La victoria de Andresito en Apóstoles

En los meses subsiguientes las actividades de Andresito -apoyado por el capitán José Aranda- fueron intensas y difíciles de seguir, por la escasez de documentación; el caudillo se trasladaba permanentemente de un lugar a otro no sólo atacando a los portugueses, que se mantenían en Misiones, sino también procurando reorganizar el territorio y reunir sus fuerzas dispersas; estableció, sucesivamente, su Cuartel General en San Carlos, San José y Apóstoles, los únicos pueblos que no fueron destruidos por los portugueses; por otra parte, su ubicación era ventajosa dada la distancia que los separaba del río Uruguay, que alejaba la posibilidad de un ataque repentino.

La consolidación fue tal que alarmó nuevamente a los portugueses; a mediados de 1817, Francisco das Chagas Santos volvió a cruzar el Uruguay con un contingente parecido al que lo acompañó meses antes, con la intención de renovar el saqueo y esta vez derrotar a Andrés Artigas de forma decisiva.

Como dicen las propias fuentes portuguesas, buscaba “llegar, ver y vencer”(1), pero debió “llegar, ver y volver” debido a la fuerte resistencia que le presentaron los guaraníes misioneros en esta oportunidad.

(1) Esta frase tiene un origen clásico; Suetonio afirma que Julio César, al obtener una victoria rápida y fácil en el Ponto hizo encabezar el triunfo celebrado en honor de dicha campaña con un cartel que rezaba: VENI, VIDI, VINCI (llegué, vi, vencí). // Citado por Jorge Francisco Machón y Oscar Daniel Cantero. “Andrés Guacurarí y Artigas”.

El 2 de Julio de 1817, a la mañana, Chagas atacó Apóstoles donde los misioneros, en medio de un gran alboroto, salieron a su encuentro enarbolando una bandera totalmente roja en señal de que la lucha sería total.

El primer y violentísimo choque se dio en las afueras del pueblo; los guaraníes perdieron terreno y se refugiaron en su interior, atrincherándose en el Colegio y la Iglesia, desde donde rechazaron varios ataques de los portugueses que debieron retroceder ante un nutrido fuego de fusilería.

En las primeras horas de la tarde llegó un numeroso cuerpo de caballería que atacó a los sitiadores: se trataba del mismísimo Andrés Artigas, que llegaba al galope proveniente de San José.

Un escuadrón -al mando de José María Gama, el mismo que había destruido Yapeyú- le salió al encuentro pero fue rechazado. El combate fue reñido y se mantenía indefinido, dada la profesionalidad de los portugueses y el ímpetu de los guaraníes, pero Chagas, que fue herido en el hombro, ordenó la retirada que no le resultó sencilla dados el hostigamiento de los guaraníes y las inclemencias del tiempo, ya que el frío y las lluvias arreciaban en el invierno misionero.

Con la victoria de Apóstoles, una de las más importantes de su trayectoria, Andresito consolidó su dominio en las misiones; en Octubre de 1817, una de las últimas Guardias portuguesas -la de San Fernando- también fue expulsada.

Se sucedieron escaramuzas menores entre misioneros y portugueses sobre todo en los puestos fronterizos pero no volvieron a producirse combates de consideración.

- La invasión portuguesa de 1818: el combate de San Carlos

A fines de 1817, José Artigas planeaba una nueva incursión contra los portugueses para lo que concentraría las tropas a orillas del Cuareim, incluyendo a los guaraníes de Andresito.

Para evitar que el Comandante General de Misiones pudiera desplazarse al Sur, Francisco das Chagas Santos volvió a trasponer el Uruguay, en Marzo de 1818, con una fuerza mucho mayor a la que había traído en sus dos incursiones del año anterior, compuesta por 800 soldados, con los que atacó decididamente el pueblo de San Carlos, donde se concentraba parte del ejército guaraní apoyado por los contingentes correntinos de Serapio Rodríguez.

El 31 de Marzo de 1818, Chagas ocupó las casas del pueblo mientras los defensores y la población se atrincheraron en la Iglesia y el Colegio esperando la llegada de los refuerzos del capitán santiagueño José Martín Aranda(2) quien, aparentemente, se había demorado participando en unas carreras cuadreras en la Tranquera de Loreto.

(2) Aranda era originario del pueblo misionero de Santiago, hoy en Paraguay. // Citado por Jorge Francisco Machón y Oscar Daniel Cantero. “Andrés Guacurarí y Artigas”.

El sitio fue largo y penoso, sin que uno u otro oponente lograra imponerse; el 2 de Abril de 1818 los refuerzos correntinos (400 hombres) -liderados por Aranda- fueron interceptados por el enemigo y finalmente derrotados, perdiendo la vida dicho comandante en el encuentro.

Inmediatamente, los portugueses redoblaron su ataque al pueblo tratando de prender fuego a los techos y logrando, sin pretenderlo, hacer estallar el polvorín de los guaraníes, lo que mató a muchos defensores y desató un voraz incendio que no pudo ser controlado.

Ante el peligro de resultar aplastados por el techo en llamas, muchos aborígenes y correntinos se rindieron; otros tomaron una vía más temeraria: realizaron un ataque desesperado, que tomó por sorpresa a los enemigos y les permitió quebrar las líneas portuguesas y huir rumbo a la Tranquera de Loreto.

Según la tradición y la mayoría de los historiadores, Andrés Artigas se hallaba al frente de los guaraníes sitiados y los comandó en su arriesgado escape, aunque no lo menciona ninguna fuente de la época, por lo que dicha presencia no puede considerarse segura(3).

(3) En realidad, el primero en afirmar que Andrés Artigas estuvo en el sitio fue Francisco Machón. Para más datos ver: Machón-Cantero: “Andrés Artigas y la batalla de San Carlos” (2006), Congreso de Geohistoria Regional, Resistencia. // Citado por Jorge Francisco Machón y Oscar Daniel Cantero. “Andrés Guacurarí y Artigas”.

San Carlos, esta vez, fue totalmente destruido y quemado; el 7 de Abril de 1818, Apóstoles corría la misma suerte, tras lo cual Chagas regresó a San Borja. Al mismo tiempo, se produjo un ataque de los paraguayos, que fue rápidamente repelido.

Una vez más los guaraníes dispersos fueron reuniéndose en torno al Comandante General, ésta vez en las cercanías de la Tranquera de Loreto. Poco después sus partidas volvieron a recorrer los devastados pueblos misioneros, reincorporándolos y, finalmente, expulsaron a los paraguayos que nuevamente se habían asentado en Candelaria.

Lejos de darse por vencidos, los guaraníes misioneros estaban dispuestos a buscar revancha. Para ello, Andresito contó con la incorporación de la división de Pantaleón Sotelo y solicitó 600 hombres al gobernador de Corrientes, Méndez, quien decidió enviar una división, que nunca llegó porque su comandante, Francisco Vedoya, se sublevó contra el Gobierno.

Tras celebrar una Junta de Guerra, los misioneros decidieron igualmente atacar a pesar de no contar con los refuerzos de Corrientes, pero fueron rechazados tras ocho horas de combate en el Paso de Santa María, y porque los portugueses obtuvieron refuerzos enviados de forma apresurada por Chagas desde San Borja.

- El balance de las invasiones de 1817 y 1818

El año comprendido entre Marzo de 1817 y Marzo de 1818 fue, probablemente, el más trágico de la historia misionera.

Chagas llevó adelante una verdadera guerra de exterminio buscando dejar a Andresito sin soldados. Muchos guaraníes fueron asesinados, aunque no fueron tantos, como usualmente se cree(4), ya que la mayoría logró escapar hacia el Miriñay.

(4) Se llegó a afirmar -en base a los Partes de Chagas- que el número de muertos ascendía a más de 3.000 personas, una cifra sin dudas exagerada ya que a este número se eleva el total de bajas y prisioneros de toda la campaña de José Artigas en 1816 y 1817 en todos los frentes y no sólo en Misiones. // Citado por Jorge Francisco Machón y Oscar Daniel Cantero. “Andrés Guacurarí y Artigas”.

De acuerdo a los Partes de los Comandantes invasores se puede calcular que las pérdidas humanas ascenderían a aproximadamente 200 muertos, en la invasión de principios de 1817. Por otra parte debe tenerse en cuenta que en esa época el esclavismo en Brasil estaba aún en pleno auge por lo que resultaba mucho más redituable que matar a los indígenas llevarse a las familias a la fuerza y vendérselas a los fazenderos.

Las familias aprisionadas fueron distribuidas en diversos pueblos y estancias e incluso muchos jóvenes fueron incorporados a la fuerza a los regimientos de guaraníes en los que se enfrentarían a sus propios hermanos.

A pesar de que las pérdidas humanas son siempre las más lamentables en todo conflicto, la devastación material de Misiones también fue catastrófica. Chagas buscó destruir objetivos militares pero, fundamentalmente, civiles, destinados a dejar sin abastecimientos a Andresito e, indirectamente, a José Artigas.

La destrucción subsiguiente no fue casual ni producto de excesos inevitables (daños colaterales, como se dice hoy en día), sino fruto de una planificación sistemática y siguiendo al pie de la letra órdenes expresas del gobernador de Río Grande do Sul, el marqués de Alegrete. Esta destrucción incluyó:

* bienes materiales: las casas, los almacenes, los colegios, etc.
* bienes económicos: chacras, huertas, puertos, talleres, etc.; todo el ganado que se pudo tomar fue hurtado y transportado al otro lado del Uruguay.
* bienes culturales: iglesias, capillas, oratorios, imágenes, joyas, elementos de culto, etc.

En cuanto a los bienes culturales debe aclararse que los portugueses eran cristianos católicos y, por lo tanto, no es creíble que hayan destruido todas las imágenes y obras de arte que cayeron en sus manos, como se suele afirmar, pero sí las robaron sistemáticamente para llevárselas como adornos de sus propias iglesias.

Los bienes más valiosos (en especial la platería que engalanaba los altares) fueron llevados a San Borja para ser remitidos luego a Porto Alegre y, finalmente, a Río de Janeiro.

Los edificios de los templos fueron incendiados y demolidos pero no con una intención de herejía sino para que no pudieran servir de refugio o fortaleza para los guaraníes.

Por otro lado se buscaba sacar a éstos sus elementos ornamentales y de culto para desmoralizar y desarraigar a los aborígenes, quitarles la fuerza para defender su tierra pero, paradójicamente, lograron el efecto contrario: los guaraníes misioneros, enfurecidos por la destrucción de sus pueblos y la esclavización de sus hermanos, apoyaron más que nunca a Andresito y a Artigas.

Al caudillo guaraní no le costó mucho volver a reunir a un ejército de más de mil soldados dispuestos a morir por vengar la destrucción de sus tierras. En las sucesivas luchas mostraron un coraje cada vez más temerario, incluso suicida, encarando campañas contra enemigos mucho más poderosos, casi imposibles de vencer.

Pero el mayor perjuicio económico para Misiones fue la pérdida de varios miles de cabezas de ganado, tanto vacuno como equino, que fueron trasladados al otro lado del Uruguay. El saqueo que sufrió Misiones fue impresionante, si se considera el frágil estado que presentaba ya antes de las invasiones.

El estado de desintegración social que vivía Misiones era evidente. De los pueblos destruidos muy pocos fueron repoblados (La Cruz, Yapeyú); otros, recién volvieron a ser habitados a fines del siglo XIX pero ya no por guaraníes misioneros sino por inmigrantes europeos. Santa María La Mayor y Mártires nunca fueron reocupados y de ellos sólo quedan algunas ruinas perdidas en la selva.

La población sobreviviente quedó dispersa en un amplio territorio; algunos, como esclavos y prisioneros en territorio extranjero; otros optaron por retornar a las ruinas de sus antiguos pueblos; y, finalmente, hubieron quienes prefirieron quedarse en asentamientos nuevos, los pueblos-refugio.

De esta manera, al norte de los Esteros del Iberá surgieron Yatebú (Loreto) y San Miguel, con guaraníes emigrantes de Corpus, San Ignacio, Loreto, Concepción, San Carlos, Santa Ana, San Javier y Santa María La Mayor.

En el sur, los que habían emigrado con Andresito desde La Cruz y Yapeyú, se asentaron inicialmente en la Capilla del Rosario, sobre el Miriñay pero, por el surgimiento de diferencias entre los cacicazgos pocos meses después los yapeyuanos fundaron Asunción del Cambay y los cruceños hicieron lo propio con San Roquito (San Roque del Iberá); ambos serían capital provisoria de Misiones en los años siguientes.

Estos pueblos, si bien originariamente fueron similares en su organización a las antiguas misiones jesuíticas, sólo fueron pequeños asentamientos, de pocos cientos de habitantes; por otro lado, la población dejó de ser puramente guaraní por la llegada de muchos criollos, sobre todo correntinos y comerciantes extranjeros.

Puede decirse, entonces, que 1817 marcó la aceleración de la decadencia de Misiones y dio inicio a su total disolución, concretada pocos años después.

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