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Las fuentes secretas del Plan libertador de San Martín

Al cruzar los Andes para derrotar a los españoles en Chile (1817/1818) y proseguir a Perú (1820/1821) el Libertador José de San Martín puso en práctica un plan que guarda asombrosas coincidencias con otro, concebido en Inglaterra a principios de 1800(1).

(1) Rodolfo H. Terragno. “Las Fuentes Secretas del Plan Libertador de San Martín” (1988), publicado en “500 Años de Historia Argentina”, con la dirección de Félix Luna, Buenos Aires. Ed. Abril S. A.

El plan británico fue presentado por el Mayor General Sir Thomas Maitland a Henry Dundas (más tarde primer vizconde Melville), Secretario de Guerra en el Gobierno de William Pitt, “el Joven”.

El documento ha permanecido inédito desde entonces. No hay ninguna referencia al Plan Maitland en la bibliografía sobre la independencia de Hispanoamérica.

Yo tuve la suerte de encontrar una copia original del Plan Maitland en Edimburgo a principios de 1981 mientras realizaba una investigación en archivos escoceses. El objetivo de esa investigación era obtener datos sobre James Duff, cuarto conde de Fife y otros posibles contactos de San Martín.

Muchos oficiales escoceses estuvieron envueltos -durante el siglo XIX- en planes para atacar a España en América o ayudar a las colonias en su lucha por la independencia.

La Compañía de las Indias Orientales (East India Company) encabezada por el propio Dundas, tenía su propio ejército y estaba preparada para cumplir un papel protagónico en cualquier intento británico de realizar operaciones militares en Hispanoamérica.

Cuando encontré el Plan Maitland, yo estaba revisando cartas y documentos de distintos oficiales escoceses, en busca de referencias a Sudamérica, en particular al Río de la Plata y, quizás, a San Martín.

Uno de los archivos en los cuales trabajé es la colección Steel-Maitland: papeles privados que se encuentran bajo la custodia del Archivo General de Escocia (Scottish Record Office).

Había varios oficiales de la familia Maitland para tener en cuenta. Sir Thomas (1759-1824) era -a primera vista- uno de los menos relevantes para mi investigación: estuvo en Ceilán desde 1806 y aparentemente no tuvo vinculación alguna con la guerra de la Península, donde San Martín trabó relaciones con oficiales británicos.

Con gran sorpresa, entre los papeles de Sir Thomas, encontré 47 hojas manuscritas, sin fecha, que un empleado del Archivo General de Escocia había registrado bajo el siguiente título: “Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y México”.

La mención de México -descubrí más tarde- fue un error: el objetivo del plan es la emancipación de Perú y Quito (el actual Ecuador). La posible fecha del documento -según la ficha del Archivo General de Escocia- era entre 1800 y 1803. No había indicación alguna de que ese plan hubiera sido presentado al Gobierno británico.

La reconstrucción de la historia me llevó más de un año. La clave estaba en los archivos del castillo Melville, una colección que contiene muchos de los documentos de Dundas.

El resultado de mi investigación muestra que, al despuntar el siglo XIX, cuando el poder colonial de España aún estaba intacto, Maitland previó que el dominio español en Sudamérica sólo llegaría a su fin cuando Perú fuera independiente.

Su profecía comenzaría a cumplirse 21 años más tarde, cuando José de San Martín entró en Lima, proclamó la independencia de Perú y se convirtió en su primer gobernante.

En las páginas que siguen mostraré, primero, la extraordinaria similitud entre el plan concebido por Maitland en 1800 y la campaña llevada a cabo por San Martín entre 1817 y 1821. Luego examinaré la historia del Plan Maitland y la posibilidad de que San Martín lo haya conocido.

En la traducción del Plan Maitland, escrito en el inglés de hace casi dos siglos, he procurado ser lo más literal posible, absteniéndome de toda modernización o simplificación de estilo.

- El Plan Maitland

A diferencia del venezolano Francisco de Miranda y de otros militares británicos, Maitland no creía que un ataque sobre Caracas y Buenos Aires pudiera -aun siendo exitoso- quebrar el dominio español en América:

“Una expedición a Caracas desde las Indias Occidentales y una fuerza enviada a Buenos Aires podrían en verdad tender a la emancipación de los Colonos Españoles en las posesiones orientales, pero el efecto de tal emancipación, aunque considerable, no podría jamás ser tenido por seguro en las más ricas posesiones hacia el occidente, y es menester observar que la única utilidad y principio por el cual los Españoles han asignado consecuencias a sus posesiones orientales es que, reteniéndolas, ellas actúan como una defensa para sus más valiosas posesiones al occidente”.

A fin de tomar esas “más valiosas posesiones”, Maitland propuso:

1.- Ganar el control de Buenos Aires. “Debería realizarse un ataque sobre Buenos Aires”. Para eso, Maitland calculó que harían falta 4.000 soldados de infantería y 1.500 de caballería, “con una proporción de artillería”.
2.- Tomar posiciones en Mendoza. “Subsecuentemente a la captura de Buenos Aíres... (el) objeto debería ser enviar a un cuerpo a tomar posiciones al pie de la ladera oriental de los Andes, propósito para el que la Ciudad de Mendoza es indudablemente la más indicada”.
3.- Coordinar acciones con un ejército en Chile. Este otro ejército debía consistir de 3.000 soldados de infantería y 400 de caballería “con una proporción de artillería”. La mitad de la infantería debía “proceder de Inglaterra al Cabo de Buena Esperanza en barcos destinados últimamente a ... Sudámerica”.
La otra mitad debía ser “dotada por India y proceder, cuando esté lista, directamente a la bahía Botany”, en Australia, a los efectos de navegar luego a Sudamérica. El objetivo de tal ejército debía ser “indudablemente el Reino de Chili” (sic). Debía atacar Valparaíso y Santiago o, “si encontrara que los Españoles se hallan en fuerza tal como para hacer que un inmediato ataque sobre Valpárese (sic) o St. Iago (sic) sea imposible en el primer momento, actuar sobre el Río Biobío y fortificarse mediante una inmediata conexión con los Indios”.
4.- Cruzar los Andes. “El cruce de los Andes desde Mendoza a las partes bajas de Chili es una operación de cierta dificultad... Aún en verano el frío es intenso; pero con tropas sobre cada lado cuesta suponer que nuestros soldados no pudieran seguir una ruta que ha sido adoptada desde hace mucho como el más deseable canal para importar negros al Reino de Chili”.
5.- Derrotar a los españoles y controlar Chile. El objetivo en esta etapa era “aniquilar el Gobierno (español) del Reino de Chili” y convertir a ese reino en “un punto desde el cual podríamos dirigir nuestros esfuerzos contra las provincias más ricas”.
Esta era la tarea a cumplir por las fuerzas unificadas del ejército que debía cruzar los Andes y el que llegaría por mar.
6.- Proceder por mar a Perú. “Si este plan tuviera éxito en toda su extensión, la Provincia del Perú debería quedar pronto expuesta a una captura segura” y “últimamente nosotros podríamos extender nuestras operaciones hasta tener certeza de deponer por completo el sistema colonial, usando la fuerza si fuere necesario”.
Lo indicado era evitar toda violencia innecesaria: “Un coup de main (en francés en el original) sobre el puerto del Calao (sic) y la Ciudad de Lima podría en verdad probablemente ser exitoso y mucha riqueza sería ganada por los captores, pero este mero éxito, a menos que fuera asistido por nuestra capacidad de mantenernos en el Reino del Perú, podría terminar últimamente excitando la aversión de los habitantes contra cualquier futura conexión, de cualquier clase, con Gran Bretaña”.
7.- Emancipar Perú. “El fin de nuestra empresa debería ser indudablemente la emancipación del Perú y (Quito)”.

- Por qué y cómo Maitland describió su plan

¿Conoció San Martín el Plan Maitland antes de iniciar su campaña? Las extraordinarias coincidencias que acabo de presentar no significan, necesariamente, que el Libertador conociera ese plan.

Tanto Maitland como San Martín eran estrategas europeos, acostumbrados a planear sobre mapas e ignorar los obstáculos geográficos. Una larga campaña a través de distintos países podía parecer sobrehumana a los compatiotas de San Martín, acostumbrados a la pelea doméstica.

En cambio, el Viejo Mundo estaba acostumbrado a tales empresas: los libros de estrategia que debieron leer Maitland y San Martín estaban inspirados en Alejandro, Ciro, Carlomagno, Aníbal (a quien San Martín fue más tarde comparado) y Napoleón (contra cuyas fuerzas pelearon, tanto Maitland como San Martín).

Sin embargo, es probable que el Libertador haya conocido el Plan Maitland. Antes de examinar las distintas vías por las cuales el plan pudo haberle llegado, me parece necesario hacer una breve historia del plan en sí.

¿Quién era Maitland? ¿Por qué se dedicó a planear el control de Sudamérica? ¿Con quién estaba conectado?

Maitland (1759-1824) fue un oficial escocés ocupado en asuntos coloniales. Peleó en la India y poco después fue enviado a Santo Domingo donde terminó rindiendo Puerto Príncipe, St. Marc y L’Arcahaiye a Toussaint l’Ouverture.

Miembro del Parlamento y vinculado a Dundas, Maitland recibió -a principios de 1800- un encargo de Sir John Coxe Hippisley, otro miembro del Parlamento y, también, un oficial envuelto en asuntos indios.

Hippisley había tomado parte en las discusiones que Dundas había mantenido acerca de una posible acción militar sobre los asentamientos españoles en América. En esa época, España e Inglaterra estaban en guerra.

Hippisley (1748-1825) vivió varios años en Roma: entre 1779 y 1780; luego, entre 1792 y 1790, tras haber servido en la Compañía de las Indias Orientales y haber peleado -como Maitland- contra Hyder Alí y su hijo Tippoo.

En Roma, donde desempeñaba tareas secretas para el Gobierno británico, Hippisley trabó amistad con el Papa Pío VI y obtuvo considerables concesiones del Vaticano a favor del Gobierno de Su Majestad. Hippisley arregló también el matrimonio del duque de Wurtemberg con la Princesa Real de Inglaterra.

Por servicios de esta naturaleza y el consecuente prestigio que ganó en los círculos oficiales, Hippisley fue hecho Barón y estaba en contacto directo con Dundas y otros miembros del Gobierno.

En 1779, cuando la ruptura con España empezó a aparecer inevitable, Hippisley cultivó en Roma las sociedades de jesuitas hispano-mexicanos e hispanos-peruanos. Los jesuitas habían sido expulsados de España y otras posesiones de ultramar y, más tarde, confinados al territorio vaticano, cuando el Papa Clemente XIV suprimió la Sociedad de Jesús, en 1773.

Hippisley quería obtener de los jesuitas “información sobre los modos de atacar las colonias españolas”. “La más importante información fue obtenida del Hermano del Oficio que gobernaba la costa del Perú, en Arica”. A la vez que mantenía informado al Gobierno de Su Majestad, Hippisley abundó en contactos con los jesuitas y en 1780 algunos de ellos le ofrecieron sus “servicios personales para una expedición”.

Entre los jesuitas exiliados, los más conspicuos conspiradores contra España (y allegados a los británicos) eran Juan José Godoy y Juan Pablo Viscardo. Godoy era mendocino y había partido rumbo al exilio junto con dos primos y otros jesuitas -Miguel, Javier y Bernardo Allende- todos ellos de Mendoza.

Hippisley debió recibir de ellos información muy precisa acerca de Cuyo, incluyendo detalles sobre los pasos cordilleranos que unían a Mendoza con Chile. Esto explicaría que, más tarde, Maitland escogiera con tanta confianza Mendoza como “indudablemente indicada”.

En 1781 Hippisley fue nombrado oficial del ejército de la Compañía de las Indias Orientales, un punto de concentración de militares británicos envueltos en proyectos colonialistas.

La idea de ocupar Sudamérica floreció en ese ambiente durante la guerra de la independencia norteamericana, cuando Francia y (desde 1799) España, prestaron su apoyo a los Estados Unidos contra Gran Bretaña. Luego, la idea pareció marchitarse.

El Gobierno británico continuó analizando posibles acciones en Hispanoamérica -pero no tanto por iniciativa propia- a instancias de un lobby hispanoamericano encabezado en Londres por Miranda.

A comienzos del siglo XIX el temor a una invasión francesa del Nuevo Mundo hizo que la “idea de una acción británica en Hispanoamérica fuera descongelada”.
A comienzos de 1800, Hippisley escribió un Memorial para Dundas, sugiriéndole una rápida acción sobre las colonias españolas. Una copia de ese Memorial le fue entregada por Hippisley a Maitland, junto con el encargo de elaborar un plan militar que sería elevado al Secretario de Guerra,

Maitland trazó un plan preliminar sobre la base de la información que le proveyó Hippisley. Ese plan preliminar consistía de un ataque sobre la Riviere de la Plate (síc). A ese fin, Maitland sugirió la formación de un ejército de 10.000 hombres, cuyo esqueleto debía estar formado por regimientos de India.

Una flota de la Compañía de las Indias Orientales, comandada por Sir Richard Husey Bickerton, debía reforzar la expedición, cuyo objetivo era -según Maitland- asegurarle a Gran Bretaña “nuevos y extensos mercados para nuestras manufacturas”.

Dundas recibió el plan y decidió discutirlo con el propio Maitland. El Secretario de Guerra estaba de acuerdo en la importancia de asegurar nuevos mercados pero, “con independencia de un beneficio parcial”, quería adoptar “una visión general de la cuestión” y considerar un plan para tomar “toda Hispanoamérica”.

Fue entonces cuando Maitland concibió su plan definitivo.

Dundas creía que un ataque sobre Caracas debía complementar el ataque sobre el Río de la Plata, pero Maitland no estaba de acuerdo. El creía que la clave del poder español en América era la costa occidental. Tomar control del Río de la Plata y, luego, de la costa occidental, aseguraría -era su tesis- la derrota de España.

Por lo tanto, Maitland agregó “una fuerza que actúe en la costa occidental” a su idea original y propuso que a esa fuerza se uniera el ejército que debía tomar control de Buenos Aires. Eso requería el cruce de los Andes. Era -en opinión de Maitland- el único modo de ocupar la parte austral de Sudamérica y proceder a Perú.

El plan fue presentado al Gobierno de Su Majestad. No hay registro de su aprobación o rechazo. El Gobierno de Pitt, “el Joven” cayó enseguida, en Febrero de 1801.

El Plan Maitland no fue el único de esa clase, ni la contribución de Maitland fue un hecho casual. La idea de extender el dominio británico a Sudamérica fue recurrente en Londres, antes y después de 1800.

Tras perder los Estados Unidos y ante la posibilidad de que Francia se adueñara del continente europeo, Gran Bretaña sintió la necesidad de expandirse. Había dado origen a la Revolución Industrial y necesitaba mercados para sus productos. Estaba en condiciones de conquistar esos mercados por medios militares, sobre todo merced a su Armada.

El proceso se inició en la India. La Compañía de las Indias Orientales (un ente paraestatal) cumplió un papel determinante. Su poderosa Junta de Contralor (Board of Control) se convirtió en el cuartel general de la mayoría de quienes planeaban nuevas conquistas, no sólo en India sino también en el Caribe y Sudamérica.

Maitland era un oficial naval que había peleado en India y el Caribe y era, además, miembro del Parlamento 1790-1796; 1799- 1806, integrante de la Junta de Contralor 1805-1806 y Consejero Privado de la Corona (desde el 8 de Abril de 1807).

Por otra parte, Maitland era escocés -como la mayoría de los líderes del nuevo expansionismo y estaba especialmente relacionado con Dundas, el más firme promotor de acciones británicas en Hispanoamérica.

Dundas era, a su vez, “el último amigo y hombre de confianza de Pitt”, y él había manejado la Junta de Contralor desde su constitución, aún antes de ser formalmente designado Presidente del organismo. A eso se agregaba que, en Escocia, Dundas era conocido como “Harry IX, el Rey sin Corona”, un apodo que aludía a su extraordinario poder.

Controlaba firmemente las elecciones en casi todas las circunscripciones, al extremo de que nadie podía llegar a miembro del Parlamento si no gozaba de su simpatía.

Todo eso sugiere que Maitland -al igual que otros escoceses a los que me referiré en este trabajo- era miembro de un grupo político, consagrado a la expansión mercantil y militar británica, con especial interés en Sudamérica. El Plan Maitland no fue una mera ocurrencia y, aun cuando no fue puesto en práctica, no pudo caer en el olvido fácilmente.

En realidad, la idea central del Plan Maitland -tomar control de un punto de la costa atlántica de Hispanoamérica para luego iniciar desde allí un ataque sobre Perú- había sido considerada por el Gobierno británico con anterioridad.

Ya en Setiembre de 1796, Dundas había recibido un plan, precursor del Plan Maitland. Su autor era Nicholas Vansittart, un colega de Maitland en el Parlamento, que más tarde se hizo amigo de Miranda.

Aquel plan pionero se titulaba: “Proposiciones para una expedición contra Hispanoamérica por el Océano Pacífico”. El objetivo de esa expedición (naval) era tomar Buenos Aires y luego, cuando fuera “la estación adecuada para rodear el Cabo de Hornos”, establecer “un asentamiento permanente en Chile a fin de interceptar cualquier fuerza que pudiera ser despachada desde Europa” y, más tarde “confluir hacia el Callao”.

Vansittart destacaba que “habiéndose adueñado de Chile, los ingleses, que podían constituir una buena base naval, deberían atacar Callao y Lima con fuerzas combinadas”, esto es, un escuadrón naval procedente de India y otro de Inglaterra. Dundas escribió al dorso del documento que le presentó Vansittart: “Nota relativa a nuestros presentes modos de atacar Hispanoamérica en el Océano Pacífico”.

El Plan Vansittart fue aprobado pero luego se lo canceló, no de buena gana, en Febrero de 1797: los crecientes problemas de Europa obligaron a Gran Bretaña a concentrar esfuerzos en el Viejo Mundo. Según la expresión del propio Dundas, “tanto Trinidad como Buenos Aires” debían considerarse “pobres adquisiciones si fueran a obtenerse con sacrificio del Mediterráneo”.

Es probable que Maitland haya tomado en cuenta el Plan Vansittart, que él modificó al sugerir que, en vez de una mera expedición naval al Pacífico se previera el desembarco de un ejército que se apoderase de Buenos Aires y luego cruzara los Andes.

Maitland recibió abundante información de Dundas y Hippisley. Así, entre sus papeles aparecen algunos documentos dirigidos a Dundas, tales como informes sobre el clima de Sudamérica a información sobre la tripulación de un buque inglés capturado por los franceses en la costas de Brasil y conducido al Río de la Plata a principios de 1799.

Maitland sacó provecho, asimismo, de la información que Hippisley obtuvo de los jesuitas en Roma y tuvo acceso a un Memorial escrito por el ingeniero jefe de la expedición comandada por Jean Francisque de la Perousse a Sudamérica, en 1788.

La Perousse había sido enviado a esta parte del mundo por Luis XVI “para examinar qué puertos o estaciones de Hispanoamérica serían más convenientes para Francia y más deseables para ocupar”.

Desde principios de 1806, Hippisley presionó al Secretario de Guerra William Windham para que llevara a cabo los planes de una expedición para atacar Hispanoamérica y establecer su independencia, “reservando sólo el Puerto a Inglaterra”.

Al año siguiente, el general Robert Craufurd (ver más adelante) fue nombrado para ejecutar un plan con notorias reminiscencias del Plan Maitland. Tenía que tomar control de Chile y Perú, en coordinación con otras fuerzas que se encargarían de ocupar Buenos Aires.

Este plan fue abortado por la expulsión de los ingleses de Buenos Aires, pero es claro que la idea de atacar a los españoles simultáneamente en el Río de la Plata y Chile y, luego, en Perú, se había afirmado entre los estrategas británicos en 1807.

Aquel fracaso cambió el rumbo de la estrategia británica. Hasta entonces se había discutido, en Londres, si Inglaterra debía procurar la conquista o la emancipación de Hispanoamérica. Luego de ser expulsados de Buenos Aires, los ingleses sintieron que la cooperación de los pueblos de las colonias era indispensable.

Como líder de la fallida expedición al Río de la Plata, lo diría más tarde, conquistar Hispanoamérica era una “ilusión”: la única idea sensata era “una oferta de independencia”.

Eso era lo que había previsto Maitland en 1800. En el documento que le presentó a Dundas subrayó la necesidad de “la emancipación de esas inmensas y valiosas posesiones y la apertura de fuentes de ... beneficio para nosotros por vía de inducir a los habitantes a abrir sus puertos para la recepción de nuestras manufacturas y de las materias primas de la India”.

Si el propósito era simplemente reemplazar a España en el dominio de estos territorios -advirtió Maitland al Secretario de Guerra- eso derivaría en “la aversión de los habitantes”. Inglaterra necesitó un desastre en el Río de la Plata para advertir que la política sugerida por Maitland era la más atinada.

Aún después de aquel desastre, una expedición a Hispanoamérica no quedó completamente descartada. Empezó a especularse que conquista y emancipación podían combinarse. Tomar control de una sola colonia podía ofrecer una base de operaciones desde la cual brindar apoyo efectivo a los movimientos independentistas de otras colonias.

El general Sir Arthur Wellesley, luego duque de Willington -que más tarde derrotaría a Napoleón en Waterloo- fue designado al frente de un ejército de 10.000 hombres, estacionado en Cork, Irlanda.

La intención era que esa fuerza se uniera a la del general (más tarde Sir) Brent Spencer -5.000 hombres estacionados en Cádiz- y que ambas partieran rumbo a Hispanoamérica. La expedición había sido planeada por Lord Castleragh (ex Presidente de la Junta de Contralor) con la ayuda de Dundas.

El objetivo era invadir México, enviar un escuadrón a controlar el Río de la Plata y luego promover en toda Hispanoamérica la constitución de Gobiernos independientes “bajo nuestra protección y en conexión con nosotros”.

Dundas prefería una expedición a Buenos Aires, pero luego de dos fracasos era imposible convencer al Gobierno británico y a los propios militares de intentar otra vez la captura de Buenos Aires.

El propio Dundas sugirió la acción contra México, sintiéndose “en la obligación de abandonar” la expedición al Río de la Plata muy a su pesar.

En el verano de 1808, después de la invasión napoleónica de España y Portugal, Inglaterra cesó las hostilidades contra España, terminando así una larga confrontación. El ejército que debía venir a invadir Hispanoamérica fue derivado a la Península para ayudar a la resistencia portuguesa y española.

Fue el Secretario de Guerra George Canning (ver más adelante), un discípulo de Pitt y un ardiente partidario de la independencia sudamericana, quien convenció al Gobierno de la necesidad de cancelar la expedición a Sudamérica hasta que Wellesley detuviera a Napoleón en la Península. Wellesley entró en la Península en Agosto de 1808, iniciando así una campaña de seis años contra los franceses en Portugal y España.

Examinemos cómo la asociación de la resistencia ibérica con Inglaterra pudo proveer a San Martín -entonces un capitán español- la oportunidad de familiarizarse con planes británicos relativos a Hispanoamérica, en particular el Plan Maitland.

- La conexión peninsular

Fueron muchos los oficiales británicos que pelearon bajo Wellesley en la Península. Como el propio Wellesley, gran parte había estado antes en la India y, luego, había tenido alguna participación en diferentes iniciativas que tenían a Hispanoamérica como objetivo.

Wellesley había sido consultado en diversas oportunidades por los ministros de Su Majestad, sobre todo por Lord Castlereagh, acerca de modos de atacar las posesiones coloniales de España. Hay más de un Memorial de Wellesley sobre la materia.

Un año antes de iniciar la preparación de su expedición a Hispanoamérica y, finalmente, pasar a la Península, Wellesley había dirigido la expedición a Dinamarca con Sir Home Riggs Popham como capitán de la flota.

Después de la batalla de Kioge, tanto Wellesley como Popham, junto con un tercer comisionado británico, discutieron los términos de la capitulación de Copenhague.

Popham acababa de llegar del Río de la Plata, adonde había conducido la flota que trajo a los hombres de Beresford (ver mas adelante). Antes, Popham había participado, en Londres, de varias discusiones con Pitt, Dundas y Miranda acerca de posibles expediciones a Sudamérica, destinadas a promover la independencia de las colonias españolas. Popham conocía todos los planes que se habían considerado a ese efecto.

En tanto, Wellesley entró en España. San Martín formaba parte de un batallón que actuaría codo a codo con los ingleses y, en ocasiones, bajo mando británico. El futuro Libertador trabó relación con oficiales de ese ejército, hasta entonces enemigo, que ahora venía a reforzar la resistencia contra Napoleón.

Directa, o indirectamente, San Martín tomó contacto con ingleses que habían participado en planes para atacar Sudamérica y aun con oficiales que habían participado en los intentos frustrados de controlar Buenos Aires.

El siguiente detalle muestra las relaciones británicas de San Martín en España, desde el arribo de Wellesley en 1808 hasta el momento en que San Martín repentinamente decidió abandonar el ejército español y, con la ayuda de algunos de esos contactos británicos, se embarcó para Londres para, desde allí, venir a iniciar en Buenos Aires su memorable campaña.

JAMES DUFF (más tarde, cuarto conde de Fife). Este escocés jugó un papel de gran importancia en la decisión de San Martín de venir a Sudamérica a pelear por la independencia.

Aunque británico, Duff estaba incorporado al ejército español donde conoció a San Martín.

Los dos hombres pelearon hombro a hombro y desarrollaron una “profunda y duradera amistad”. San Martín tenía en gran estima a Duff, a quien consideraba “sereno, frío y valiente, simpático, osado y romántico’’.

Se ha sugerido que fue Duff quien urgió a San Martín a abandonar España, ir a Londres y de allí embarcarse para Buenos Aires a fin de iniciar la lucha por la independencia sudamericana.

El historiador británico J. C. J. Metford especula: “Una explicación para este asombroso abandono de lealtad de parte de un soldado que había jurado fidelidad a España es que San Martín fue impulsado al movimiento independentista hispanoamericano por simpatizantes británicos y que fue reclutado merced a James Duff, cuarto conde de Fife”.

Es una hipótesis demasiado atrevida; en diversas oportunidades, San Martín dio prueba de su independencia respecto a Gran Bretaña y se opuso decididamente a todo proyecto colonial de los ingleses en Sudamérica.

No obstante, es un hecho que Duff ayudó a San Martín a salir de España; merced a aquel escocés, el futuro Libertador obtuvo un pasaporte para Londres y un pasaje en un barco inglés. Duff le dio, asimismo, cartas de presentación y letras de crédito (que San Martín no usó).

Años más tarde, cuando San Martín regresó a Gran Bretaña tras su campaña sudamericana, en 1824, Duff (ya entonces Lord Fife) lo recibió, lo alojó por unos días en Duff House, Banff (Escocia ) e hizo que se lo nombrara Ciudadano Honorable de Banff.

Duff estaba relacionado con el Príncipe Regente, el futuro rey Jorge IV. Tenía, además, numerosas amistades en el Gobierno británico. En la Península, Duff había trabado óptimas relaciones con Wellesley a punto tal que, poco después de abandonar San Martín España, cuando Duff también se retiró y volvió a Escocia, Wellesley le regaló un sable con incrustaciones de piedras preciosas que él había recibido en la India.

Duff tenía una estrecha relación con oficiales británicos que habían participado activamente en planes para separar a Hispanoamérica de España; su propio hermano, el general Sir Alexander Duff, había comandado el 88 Regimiento, Connaught Rangers, durante la ocupación británica de Buenos Aires en 1806.

Sir Samuel Ford Whittingham (ver más adelante) un amigo de toda la vida de Duff, había tomado parte en el segundo intento de tomar Buenos Aires, en 1807. Whittingham, que pasó del Río de la Plata a la Península, salvó a Duff de caer prisionero de los franceses en 1809, tras la batalla de Talavera, donde Duff fue seriamente herido.

SIR SAMUEL FORD WITTHINGHAM. Tanto Whittingham como San Martín participaron en la batalla de Bailén (18 de Julio de 1808) después de lo cual Whittingham fue promovido a Coronel de caballería y San Martín a Teniente Coronel de caballería.

Whittingham se había relacionado con Pitt y en 1806 partió de Inglaterra como asistente de una fuerza comandada por el brigadier general Roberto Craufurd (ver más adelante), que debía ir a Lima.

Cuando la expedición arribó al Cabo de Buena Esperanza, el 15 de Marzo de 1807, supo que su destino había sido cambiado. Zarpó entonces para Montevideo, adonde llegaría el 13 de Junio, poco después de que la ciudad fuera capturada por Sir Samuel Auchmuty.

En 1806, el brigadier general William Carr Beresford (ver más adelante) había tomado posesión de Buenos Aires pero luego había tenido que rendirse. El Gobierno británico había enviado a Montevideo 5.000 hombres al mando de Auchmuty y, luego una fuerza mayor bajo John Whitelocke.

Este último había asumido el mando de las fuerzas conjuntas para intentar la recaptura de Buenos Aires. Whitelocke nombró a Whittingham como uno de sus ayudantes de campo. Whitelocke había conducido -en 1793- la columna principal en el ataque de Puerto Príncipe, y había permanecido al frente de los acantonamientos británicos en la costa occidental de Santo Domingo hasta 1794, cuando entregó el mando al brigadier general Whyte, bajo el cual Maitland servía como teniente coronel.

Después de tomar parte en la fallida recaptura de Buenos Aires, Whittingham se embarcó con destino a Inglaterra y, al año siguiente, pasó a Gibraltar. San Martín servía entonces en la división de Castaños. Whittingham se convirtió pronto en subasistente de la fuerza al mando de Wellesley, aun cuando permaneció en el ejército de Castaños.

WILLIAM CARR BERESFORD. El 15 de Mayo de 1811, tanto San Martín como Duff tomaron parte de la batalla de Albuera, a las órdenes de Beresford. Un mes más tarde, Beresford condujo el segundo sitio de Badajoz y, otra vez, ambos hombres sirvieron a sus órdenes.

Esta fue la última acción de San Martín en la Península; enseguida se retiró y, el 14 de Septiembre de 1811 se embarcó en el buque inglés que lo llevó a Londres.
Beresford, que había peleado en la India, se embarcó en 1806 en el Cabo de la Buena Esperanza con destino a Buenos Aires llevando 1.200 hombres. Como en el Plan Maitland, el Cabo fue usado en esa ocasión como el punto de partida de una expedición a Sudamérica.

Beresford gobernó la ciudad ocupada desde el 25 de Junio de 1806 hasta el 12 de Agosto de 1806, cuando él y su ejército se rindieron a los líderes de la resistencia. Hecho prisionero, Beresford escapó más tarde con la ayuda del criollo Saturnino Rodríguez Peña, cuyo hermano Nicolás se convertiría en amigo de San Martín.

Tras dejar el Río de la Plata, Beresford pasó a la Península, donde fue segundo de Wellesley en la línea de mando. El futuro Wellington lo distinguió en estos términos: “Beresford es el hombre más capaz que yo haya visto en el ejército”.

ROBERT CRAUFURD. “Impar comandante de la tropa ligera”, Craufurd peleó en la guerra de la Península desde 1809 hasta su muerte en el sitio de Ciudad Rodrigo (1812), con la excepción de un corto período en Londres, entre 1810 y Mayo de 1811. Luego de servir en India como Maitland (1790-1792) había sido colega de Maitland en el Parlamento (1799-1806).

En 1807, Craufurd fue enviado a tomar control de Chile y Perú. Partió para Sudamérica con órdenes de bordear el Cabo de Hornos y tomar Valparaíso, ganar control de Chile y establecer -por el cruce de los Andes- comunicación con un ejército bajo el mayor general Sir Samuel Auchmuty, que debía esperarlo en Buenos Aires.

Como hemos visto, esa expedición fue finalmente desviada a Montevideo, después de la capitulación y prisión de Beresford en Buenos Aires. Tras el fracaso de la operación, Craufurd se embarcó junto con Sir David Baird para la Península.

SIR DAVID BAIRD. Peleó en India al mismo tiempo que Maitland y en 1795 sucedió a Sir Davis Dundas como Brigadier General. En 1801, Baird, con Sir Samuel Auchmuty como General adjunto, comandó una fuerza que marchó de India a Egipto, cruzando el desierto en verano, en una épica campaña militar.

Habiendo competido sin éxito con el propio Wellesley por el Comando General de Indias, Baird regresó a Inglaterra en 1802 y, tres años más tarde, fue nombrdo Comandante del Ejército que en 1806 recapturó el Cabo Buena Esperanza, entonces en manos de los holandeses.

Popham, comodoro de esa expedición, convenció a Baird de participar en la expedición a Buenos Aires como jefe de una de las brigadas de Beresford.

Baird también fue parte, junto con Wellesley y Popham, en la invasión de Dinamarca e integraba el ejército estacionado en Cork que estaba destinado a Sudamérica y fue derivado a la Península en 1808.

SIR CHARLES STUART (más tarde barón Stuart de Rothesay). Diplomático británico, amigo de Duff, que servía en la Península. Le otorgó a San Martín el pasaporte para Londres, en 1811.

Stuart era, junto con Beresford, miembro de la Regencia portuguesa. Un miembro de su familia, el general James Stuart, había servido en India bajo Hippisley.

Después de Trafalgar y Austerlitz, Inglaterra emergió como señora de los mares y Napoleón quedó dueño de Europa continental. La resistencia hispano-portuguesa era, aun después de la incorporación de Inglaterra, una tarea difícil y a menudo desesperanzada.

San Martín tenía motivos para sentir que todo estaba perdido en España y era tiempo de perseguir nuevos objetivos en América, de donde él procedía. En la época se temía que, tras adueñarse definitivamente de España, Napoleón se hiciera de las colonias españolas.

La decisión de pasar a América pudo ser espontánea u obedecer a sugerencias que San Martín pudo recibir en aquel medio. El hecho es que él discutió sus planes con Duff y obtuvo la ayuda del propio Duff y Sir Charles Stuart.

Por otra parte, es claro que San Martín tuvo innumerables oportunidades de conocer los objetivos británicos en Hispanoamérica. Había estado rodeado de personajes que jugaron papeles centrales en la formulación de proyectos y estaban familiarizados con todas las alternativas que, durante más de 20 años, se habían analizado en Londres.

- La conexión londinense

Desde que llegó de España hasta la fecha en que zarpó para el Río de la Plata (19 de Enero de 1812) San Martín pasó casi cuatro meses en Inglaterra.

Apenas llegado a Londres, visitó la casa de 28 Grafton Street (ahora, 58 Grafton Way) que había sido residencia de Miranda y estaba ocupada por Andrés Bello, revolucionario venezolano con quien San Martín trabó amistad.

Bello, miembro de la Gran Reunión Americana (ver “La Conexión Masónica” más abajo) estaba al corriente de todas las conversaciones que Miranda había mantenido con Pitt, Dundas y Popham acerca de Hispanoamérica.

Por otra parte, Bello había ido a Londres como Secretario de una misión encabezada por Bolívar. Luis López Méndez, que más tarde sería responsable de reclutar una Legión Británica que tuvo destacado papel en la lucha de Venezuela contra los realistas, también había formado parte de aquella misión. Bolívar creía que “sólo Inglaterra, Ama de los Mares” podía defender a Hispanoamérica “contra las fuerzas unidas de la reacción europea”.

Cuando San Martín llegó a Londres, tanto Miranda como Bolívar habían partido ya rumbo a Caracas, pero Bello y López Méndez debieron proveerle detallada información de planes y posibilidades.

Ya en 1790, Miranda le había presentado a Dundas un plan según el cual Inglaterra debía mandar una flota a bloquear Cartagena (hoy Colombia), “el único sitio de resistencia y puerto de desembarco desde España o desde La Habana”.

Tras el bloqueo, un nuevo país, llamado Santa Fe, sería constituido por los criollos.

Aunque no le dio apoyo material para sus planes, el Gobierno británico mantuvo vivas las esperanzas de Miranda. En diversas oportunidades el venezolano recibió garantías de ayuda cuando la oportunidad fuera propicia. Inglaterra debía esperar el momento indicado para ayudar a las colonias hispanoamericanas sin poner innecesariamente en peligro su posición en Europa.

Miranda se mantuvo en contacto con Popham y, a través de él, con Dundas y Pitt. Durante un tiempo ambos hombres trabajaron con la idea de ataques simultáneos sobre Caracas y Buenos Aires, la iniciativa con la cual Maitland expresaría su discrepancia. Según Maitland, el principal interés de España era conservar las ricas posesiones occidentales.

Después de una reunión con Pitt, Dundas y Pophan, el 12 de Octubre de 1804, Popham quedó encargado de preparar un plan de ataque sobre Hispanoamérica, una tarea para la cual contó con la ayuda de Miranda.

Además de desembarcos simultáneos en Nueva Granada y el Río de la Plata, ese plan incluyó una expedición a Valparaíso y Lima por una fuerza que debía llegar de India. Esto coincidía con el Plan Maitland que tanto Popham corno Miranda -como consultores del Gobierno británico en este aspecto- debían conocer.

En 1806, cuando el propio Miranda intentó la invasión de Venezuela con una fuerza que zarpó de Estados Unidos, recibió en Granada el apoyo del gobernador de la isla: Frederick Maitland, primo de Sir Thomas.

En las Indias Occidentales, Miranda consiguió también el apoyo del almirante Thomas A. Cochrane, el que sería segundo de San Martín en la expedición a Perú. Cochrane era entonces el Comandante en Jefe de las fuerzas estacionadas en las Islas de Sotavento.

En Londres, Miranda estuvo también en contacto con algunos de los jesuitas hispanoamericanos que habían buscado la cooperación de Inglaterra para promover la insurrección de las colonias.

En 1791, le propuso a Pilt que Inglaterra aprovechara la disposición de los jesuitas y él mismo entró en contacto con Viscardo, quien llegó en 1792 a Londres “a requerimiento del Gobierno británico”.

Viscardo concluyó en la capital inglesa su famosa “Carta a los Hispanoamericanos”, un documento que Miranda usaría profusamente como material de propaganda.

Aparte de sus relaciones con revolucionarios hispanoamericanos, San Martín pudo tomar contacto en Londres con algunos notables britámicos a quien Duff lo había referido. En aquel momento -como aliada de España- Inglaterra no podía entrar en tratos formales con revolucionarios hispanoamericanos.

Por otra parte, San Martín era un personaje desconocido, nadie podía sospechar su futura importancia y la misión que se había propuesto debía ser mantenida en el más estricto secreto.

No es sorprendente, por todo eso, que no haya registro de las conversaciones que el Libertador pudo haber tenido en Londres durante los meses que pasó allí antes de zarpar para Sudamérica.

Sin embargo, es posible construir una lista de personalidades por las cuales, verosímilmente, San Martín pudo tener contacto directo o indirecto:

GEORGE CANNING. “El heredero de Dundas” había jugado un papel protagónico en todo proyecto oficial relativo a Hispanoamérica y Duff estaba vinculado a él. Poco después de que San Martín dejara Inglaterra, en 1812, Canning recibió el mismo honor que San Martín recibiría a su regreso a Gran Bretaña, doce años más tarde: el título de Ciudadano Honorario de Banff, la pequeña ciudad escocesa que era, en realidad, un feudo de los Duff.

En 1811, Canning era miembro del Parlamento (como lo había sido sin interrupción desde 1794) y Consejero Privado de la Corona, junto con Maitland. Once años antes, cuando Maitland escribió su plan, Canning -amigo de Dundas- era comisionado de la Junta de Contralor.

Uno de los más fervorosos partidarios de la independencia de Hispanoamérica -considerada por él esencial al interés británico- Canning fue canciller entre 1807 y 1809 por recomendación de Wellesley.

LORD CASTLEREAGH. Ex Presidente de la Junta de Contralor (1802-1806) y Secretario de Estado de Guerra y Colonias (1807-1809), Castlereagh compartía con Dundas algunas ideas sobre el modo de llevar a cabo un ataque sobre Sudamérica.

En una carta al propio Dundas (para entonces Lord Melville), Castlereagh confesó en 1808: “... la cuestión de separar a las Provincias Hispanoamericanas de España (que) por tanto tiempo ha ocupado vuestra mente ... nunca ha cesado de ser objeto de mi más ferviente atención”.

En otra ocasión, Castlereagh escribió: “La liberación de Hispanoamérica debe ser alcanzada a través del deseo y los esfuerzos de sus habitantes, pero el cambio sólo podrá operarse bajo la protección y con el apoyo de una fuerza auxiliar británica”.

ROBERT SAUNDERS DUNDAS, segundo vizconde Melville. Dundas murió el 28 de Mayo de 1811, pocos meses antes de la llegada de San Martín a Londres. Su único hijo, Robert Saunders, había sido secretario privado de su padre entre 1794 y 1801, incluyendo el período cuando Maitland le presentó su plan a Dundas.

Por otra parte, en ese mismo período, Robert Saunders había sido colega de su padre y del propio Maitland en el Parlamento. Los tres eran escoceses. Como veremos en la conexión masónica (más adelante), Robert era masón, al igual que Duff.

En 1811, Robert Saunders Dundas era Presidente de la Junta de Contralor, un puesto para el cual había sido nombrado el 6 de Abril de 1807 y, otra vez, el 13 de Noviembre de 1809.

SIR HOME RIGGS POPHAM. El y Beresford -superior de San Martín en la Península- habían lanzado el ataque sobre el Río de la Plata en 1806. Popham estaba en Londres en 1811.

A fines de ese año partió hacia la costa norte de España al mando de un escuadrón destinado a apoyar desde el mar los esfuerzos que su amigo Wellesley hacía en tierra. Como hemos visto, Popham había asesorado al Gobierno británico sobre posibles acciones en Sudamérica y era el oficial británico más estrechamente vinculado a Miranda.

THOMAS A. COCHRANE (más tarde conde de Dundonald). En 1806, como ya vimos, Cochrane ayudó a Miranda en las Indias Occidentales, cuando el venezolano planeaba su fallido desembarco en Venezuela.

Como Maitland, Cochrane era escocés, marino, miembro del Parlamento (desde 1806) y hombre interesado en la expansión de Inglaterra. Un pariente de Maitland, Sir Frederick Lewis Maitland, fue enviado en 1809 en auxilio de Cochrane, quien libraba con la “Imperiesus” una decisiva batalla contra la flota napoleónica en Aix. El mismo Maitland había servido previamente bajo George Duff, pariente del amigo de San Martín.

En 1817, luego de tomar control de Chile, San Martín envió a José Alvarez Condarco a Londres a fin de contratar un jefe para la flota que debía llevar al Ejército Libertador a Perú. Alvarez contrató a Cochrane.

SIR JOHN COSE HIPPISKY. El hombre que le pidió a Maitland que elaborase un plan para tomar Sudamérica. En 1811, Hippisley era miembro del Parlamento; había ocupado una banca entre 1790 y 1796; lo habían reelegido en 1802 y conservaría su puesto hasta 1819.

SIR THOMAS MAITLAND. Cuando San Martín llegó a Londres, el propio Maitland acababa de regresar a Inglaterra tras cinco años de servicio como Teniente General y Comandante en Jefe de Ceilán. Enseguida fue promovido a Mayor General.

Retenía el cargo de Consejero Privado de la Corona, para la cual había sido designado el 8 de Abril de 1807.

- La conexión masónica

Al tiempo de la guerra de la Península, Inglaterra se debatía entre dos objetivos contradictorios: el principal era, por supuesto, detener a Napoleón, y a estos fines España y Portugal eran los únicos aliados que Inglaterra tenía en Europa.

Por otro lado, un clamor público demandaba, en Inglaterra, que la Corona extendiera “sus conquistas al Nuevo Mundo, de modo de mantener un equilibrio”, lo cual era importante tanto desde el punto de vista militar como comercial.

Napoleón había impuesto un bloqueo del continente e Inglaterra se sentía en la necesidad de encontrar nuevos mercados cuanto antes. Hispanoamérica ofrecía la oportunidad más promisoria, pero los españoles se aferraban a su monopolio: estaban convencidos de que todo esfuerzo por preservar sus colonias de ultramar se volvería inútil si otras potencias quedaban en libertad de comerciar con esas colonias.

Revolucionarios como Miranda sabían que era esa renuencia española lo que más inquietaba a Inglaterra. Por lo tanto, esos revolucionarios prometían libre comercio y aún facilidades territoriales a cambio de la ayuda militar que Inglaterra pudiera prestar a los movimientos independentistas.

La oferta tentaba a Inglaterra, pero la necesidad de no irritar a sus aliados europeos frenaba toda acción práctica.

Como asociación consagrada a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, portadora de ideas supranacionales y amparada por el más estricto secreto, la moderna masonería (fundada en Londres en 1717) era ideal para prestar asistencia indirecta a los revolucionarios hispanoamericanos.

Esto no pudo pasar inadvertido a los masones británicos, entre los cuales había figuras de tanta prominencia, como el Príncipe Regente, opuesto a la idea de que Gran Bretaña diera apoyo formal a movimientos subversivos en Hispanoamérica.

El futuro Jorge IV había sido iniciado en 1787 por su tío Henry Frederick, duque de Cumberland, en la Logia Príncipe de Gales, 259EC, Londres. En 1811, el príncipe era Gran Maestre de la Moderna Masonería Constitucional Inglesa.

Duff había sido admitido a la masonería en la Logia St. Andrew Nro. 52, en Branff, el 28 de Enero de 1802. A su regreso de la Península sería nombrado Maestre de Culto de la misma Logia, el 30 de Noviembre de 1813. Exactamente un año después, el 30 de Noviembre de 1814, sería electo Gran Maestre Encargado de la Gran Logia de Escocia, Edimburgo, cuyo Gran Maestre era el Príncipe Regente.

Pitt también era masón y la masonería pudo ser el canal que Miranda utilizó par llegar a él. Hay indicios de que Miranda pertenecía a una logia llamada La Paz. En su propio diario Miranda menciona varias visitas a logias europeas y su biblioteca privada contenía gran número de obras masónicas.

Fue el mismo Miranda quien, aparentemente, introdujo a Bolívar. El 27 de Diciembre de 1805 el futuro Libertador de Colombia fue iniciado en una rama francesa de la logia escocesa St. Andrew.

En 1807, Miranda fue a Cádiz para establecer una logia en ese puerto español: el único abierto al comercio con las colonias tras la invasión napoleónica de la Península. De acuerdo con Mitre, a principios del siglo XIX la Sociedad de Lautaro -o de los Caballeros Racionales- tenía ramificaciones por toda España y estaba afiliada a la Gran Reunión Americana establecida en Londres por Miranda.

En Cádiz solamente -precisa Mitre- la Sociedad tenía, en 1808, más de 40 miembros, incluyendo algunos notables españoles. Los miembros del primer grado juraban trabajar por la independencia de Hispanoamérica; los de segundo grado se obligaban a no reconocer en Hispanoamérica otro Gobierno que aquel establecido por la voluntad libre y espontánea de los pueblos, de acuerdo con los principios republicanos. Mitre nos asegura que San Martín fue miembro de esa Sociedad.

Fue en Cádiz, por otra parte, que San Martín decidió retirarse del ejército español en 1811. Un autor masónico sostiene que todos los miembros de la logia mirandina “tenían que ser masones”.

El agente de Miranda en el Río de la Plata era Saturnino Rodríguez Peña, el hombre que liberó a Beresford después de la capitulación de los invasores británicos, en 1807. Rodríguez Peña recibía “una asignación del general Whitelocke y una pensión del Gobierno británico”.

En Londres, San Martín participó en reuniones de la Gran Reunión Americana, organizadas por Bello y López Méndez en 28 Grafton Way. Allí, el futuro Libertador fue promovido al quinto grado. Carlos María de Alvear y Matías Zapiola -con quien finalmente San Martín se embarcó para Sudamérica, en 1812- también estaban en Londres y se unieron a la Logia. Otro revolucionario presente, a quien me referiré más tarde, era Tomás Guido.

No hay prueba de que Maitland fuera masón. El único indicio es que era parroquiano de la Taberna de los Masones (Freemason’s Tavern) punto de reunión de los Amigos del Pueblo (Friend’s of the People) un grupo parlamentario del cual el propio Maitland era un miembro prominente.

El líder del grupo era Sir James Mackintosh, un famoso masón y abogado de la independencia sudamericana. Mackintosh, otro escocés, era íntimo amigo de Cochrane.

Tampoco hay prueba de que Dundas fuera masón. Sin embargo, no hay dudas sobre el carácter masón de Robert Saunders Dundas, su hijo y secretario privado: en 1801 fue designado Gran Maestre delegado de la Logia Hoyrood House (St. Luke) Nro. 44 de Escocia.

Fue la masonería escocesa, más que la inglesa, la que se vinculó a los revolucionarios hispanoamericanos. Es posible que Duff haya puesto a San Martín en contacto con miembros de la Orden escocesa.

La confirmación de las vinculaciones de San Martín con la masonería parece emerger de sus actos posteriores. Apenas llegado a Buenos Aires fundó, junto con Alvear y Zapiola, la Logia Lautaro donde “los neófitos eran iniciados de acuerdo con el ritual de las logias masónicas”.

En los grados superiores “eran iniciados en los más elevados propósitos de la sociedad” y tras esta logia se “escondía la Logia Matriz” en la cual residía el poder supremo. La Logia Matriz, estaba en Londres.

O’Higgins, discípulo de Miranda en Londres, que también estuvo en Cádiz, formó una Logia similar en Chile. Luego de que San Martín y O’higgins cruzaran los Andes y tomaran control de Chile, el Libertador envió a José Antonio Alvarez de Condarco -un masón- a Londres, donde Alvarez Condarco contrató a Cochrane.

Una vez convertido en Protector del Perú, en 1822, San Martín envió a Juan García del Río y James Paroissien (ver más adelante) como enviados personales a Londres. El objetivo de la misión era persuadir al Príncipe de Saxe-Coburg, casado con la Princesa Carlota o, en su defecto al duque de Sussex, de que aceptara la Corona del Perú.

Leopoldo, futuro rey de Bélgica, sería proclamado Protector de la Masonería Nacional por los masones belgas, una de cuyas logias, La Perfecta Amistad (La Parfaite Amitié) acuñó en 1825 una medalla con la imagen de San Martín.

El duque de Sussex era, a la época en que San Martín pensó en él con relación a sus planes monárquicos para Perú, Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra, en reemplazo de su hermano, el Príncipe Regente quien, en 1813, había expresado el deseo de no ser reelecto a fin de asumir como Gran Maestre de la Gran Logia de Escocia, con Duff como segundo.

Es obvio que, aún cuando no haya hecho requerimiento alguno, San Martín tuvo que tomar conocimiento en Inglaterra de todas las posibilidades de asistencia británica a sus esfuerzos por promover lo que la Logia Lautaro llamaba “la independencia y felicidad de América”.

Sus lazos con la masonería le facilitaban el acceso a gente como Robert Dundas. Las recomendaciones de Duff, así como los vínculos de Miranda y Bello, pueden haberlo puesto en contacto con los distintos planes británicos para “hacer una impresión” en Sudamérica.

- Los británicos en Sudamérica

Aún después de dejar Inglaterra, pero antes de iniciar su campaña continental, es probable que San Martín haya recibido información sobre planes británicos relativos a Sudamérica. En Córdoba conoció a otro inglés, James Paroissien, quien más tarde sería su Ayudante de Campo y a quien el Libertador haría General peruano.

Paroissien había sido auxiliar de cirugía, con rango de Subteniente, en el ejército de Whitelocke que no pudo tomar Buenos Aires en 1807. En 1808, Paroissien había conocido a Saturnino Rodríguez Peña en Río de Janeiro, donde ambos se convirtieron en “agentes confidenciales” del almirante Sir Sidney Smith, Comandante en Jefe de la estación sudamericana de la Armada Real.

Smith había sido colega de Maitland en el Parlamento británico después de 1802. El almirante recibió a Paroissien y Rodríguez Peña “como un hermano recibe a otro hermano”.

En 1814, San Martín y Pueyrredón se reunieron en Córdoba, donde Paroissien -en esa época comisionado en el ejército criollo, después de haber sido el primer extranjero que solicitó la naturalización en nuestro país- dirigía una fábrica militar de pólvora.

Fue en Córdoba que San Martín discutió en secreto el llamado Plan Continental con Tomás Guido, para el cual consiguió luego el apoyo de Pueyrredón. Luego, San Martín fue a Mendoza a establecer el Ejército de los Andes, en el cual Paroissien actuaría como Cirujano Jefe (nombrado el 24 de Septiembre de 1814).

Paroissien cruzó los Andes, peleó en Chacabuco (como ayudante de campo del general Soler), Cancha Rayada y Maipú y, en 1820, se embarcó en la expedición a Perú como ayudante de campo del propio Libertador.

Una vez proclamada la independencia de Perú, Paroissien fue nombrado Consejero de Estado y Brigadier General (21 de Diciembre de 1821) y pronto fue enviado -junto con García del Río- a Londres, en aquella misión secreta en busca de un rey.

Cuando San Martín dejó Sudamérica y volvió a Londres a iniciar su ostracismo en 1824 fue recibido por Paroissien y Duff (ahora Lord Fife).

En el Ejército de los Andes, San Martín contó además con los servicios del general William Miller, un masón que había peleado en la Península bajo Wellesley -desde poco después que San Martín abandonara España- hasta 1814. Miller sirvió como Comandante de la Infantería Naval, a las órdenes de Cochrane.

Todos los comandantes de la escuadra sanmartiniana eran súbditos británicos:

- Willinson, que había estado al servicio del ejército de la Compañía de Indias Orientales, era el capitán del “San Martín’’.
- El comandante Robert Foster estaba a cargo del “Independencia”.
- El comandante Guise era el capitán del “Valdivia”; el subteniente J. Topoker Spry, del “Galvarino”; el subteniente T. Sackville Crosbie, del “O’Higgins”; Casey, del “Chacabuco”; el subteniente Carter del “Araucano”; Young, del “Montezuma”; Cobbet, del “Potrillo”; el subteniente James Esmonde, del “Valdivia”. El Comisario y Juez de la flota era el sobrecargo Henry Dean.

En Buenos Aires, San Martín se mantuvo en contacto con el comodoro William Bowles, Comandante en Jefe de la estación sudamericana de la Armada Real, a quien el Libertador confió sus planes y problemas.

En una conversación, San Martín sugirió a Bowles que Gran Bretaña enviara buques de guerra a la costa peruana -para ejercer una oportuna intimidación, al tiempo que el ejército libertador avanzara por tierra- y prometió la ulterior apertura de los puertos peruanos al comercio británico.

En 1818 San Martín gestionó -a través de Bowles- la mediación de Gran Bretaña en la lucha de las antiguas colonias contra España. Con ese fin, convenció a O’Higgins de dirigir, en su condición de Jefe del Estado chileno, una carta al Príncipe Regente. El propio San Martín, por su parte, envió una carta similar a Castlereagh (12 de Enero de 1818).

Por lo demás, San Martín informó a Bowles que el agente del Gobierno chileno en Londres, Antonio José de Irisarri, estaba facultado para ofrecer a Gran Bretaña la cesión de la Isla Chiloé y el Puerto de Valdivia, así como una reducción de derechos para todos los buques británicos durante 30 años, a cambio de asistencia militar.

San Martín agregó que un príncipe de la familia real británica sería bienvenido como monarca sudamericano, a condición de que la monarquía a establecer fuera de orden constitucional.

San Martín mantuvo, también, contactos con John Parish Robertson, un escocés que llegó al Río de la Plata en la época de las invasiones inglesas y, años más tarde, sería representante de Perú en Londres. Por invitación del Libertador, Robertson asistió en 1813, como testigo, al combate de San Lorenzo.

Es indudable que San Martín tuvo estrechas relaciones con los ingleses, primero en España, luego en Gran Bretaña y por último en Sudamérica. Algunos años después de su gesta, el Libertador confió a su hermano Justo que “de no haber sido por los esfuerzos del Gobierno británico él no habría podido hacer lo que hizo en Sudamérica”.

San Martín anticipó sus planes a los ingleses, solicitó ayuda y, hasta cierto punto, la recibió. Estaba en contacto con militares, hombres de gobierno y diplomáticos británicos. Tuvo, por lo tanto, innumerables oportunidades de conocer un plan como el de Maitland que -como hemos visto- no fue fruto de una idea espontánea y aislada de un aficionado, sino la obra de un destacado estratega, ubicado en el riñón del Imperio británico, que actuó a pedido de su Gobierno.

- La discusión sobre la originalidad del Plan Continental

Varios historiadores argentinos han sostenido que la idea de cruzar los Andes y proseguir a Perú -a destruir el corazón del Imperio español- fue exclusiva de San Martín. Esos historiadores han querido defender a San Martín, no de la sospecha de haber seguido el Plan Maitland (desconocido hasta ahora) sino de un reclamo de coautoría dentro de la Argentina misma.

El 20 de Mayo de 1811, Tomás Guido -en esa época funcionario del Ministerio de Guerra- presentó al Director Supremo interino, Antonio González Balcarce, un Memorial por el cual -habiendo discutido el plan con San Martín- Guido propuso la expedición a Chile:

“Ocupar el Reino de Chile es el principal objetivo a ser perseguido por el Gobierno... Esta es la más corta, fácil y segura forma de liberar a las provincias del Alto Perú”.

El Memorial de Guido pudo ser considerado, hasta hoy, el antecedente documental más remoto del Plan Continental. Entre los documentos argentinos que se refieren a ese plan, sigue siendo el más antiguo.

En 1884, Carlos Guido Spano -hijo del general Guido- reclamó para su padre el derecho de ser considerado coautor del Plan Continental. San Martín, como hemos visto, había estado con Guido en Londres (1812), donde Guido estaba “en misión especial para obtener ayuda para el rebelde Virreynato del Río de la Plata”, donde Miranda lo inició en la Gran Reunión Americana.

En Buenos Aires se hizo miembro activo de la Logia Lautaro. Como San Martín (o junto con el Libertador) Guido bien pudo conocer en detalle algunos de los planes británicos sobre Sudamérica.

Con el propósito de atribuir todo el mérito del Plan Continental al Libertador, Vicente Fidel López publicó en su libro “La Revolución Argentina” (1881) el texto de una carta, atribuida a San Martín y supuestamente enviada el 22 de Abril de 1814 a Nicolás Rodríguez Peña.

Nadie vio jamás el original de esa carta en la cual San Martín aparece confiando su “secreto”: el Plan Continental. Forzado a defender la autenticidad del documento, López dijo en su momento -con escaso poder de convicción- que el texto de la supuesta “carta” -entre comillas en su libro- era en verdad “un trasunto de memoria”.

La mayoría de los historiadores argentinos ha “legitimado” el documento, reproduciéndolo y comentándolo como si fuera auténtico pese a la casi certeza de que es apócrifo.

San Martín “dice” en la carta de López que su objetivo es “un egército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar á Chile y acabar allí con los godos”, aliar fuerzas con “amigos sólidos” e ir por el mar a tomar a Lima: “Hasta que no estemos sobre Lima la guerra no se acabará”.

Según Mitre, ese plan, que era secreto en 1814, no habría podido revelarse sin que su autor fuera acusado de loco. Fue ese plan secreto -dice Mitre- lo que dio a San Martín un sitial en la historia del mundo.

El Plan Continental fue, según José Pacífico Otero, “idea primigenia” de San Martín, una “inspiración genial” que nadie había tenido antes. A. J. Pérez Amuchástegui es el único sanmartinólogo que ha reconocido la coautoría de Guido.

Más aún, Pérez Amuchástegui sostuvo que San Martín había visto en Tucumán un proyecto de Enrique Paillardelle (1813) que suponía un ataque sobre Tacna (hoy Perú) y Arica (hoy Chile) mediante un escuadrón despachado de Valparaíso, cuya acción debía coincidir con una ofensiva desde el Alto Perú. Este era, hasta ahora, el antecedente más remoto del Plan Continental en la historiografía argentina.

Los historiadores “ortodoxos” han mantenido hasta nuestros días lo mismo que Otero, quien aseguró que nadie, salvo San Martín, podría haber pensado “que esa masa ciclópea (los Andes) pudiera ser la vía al triunfo”.

- San Martín no fue un agente inglés

Todos los datos consignados más arriba sugieren que San Martín debió conocer el Plan Maitland.

Esto viene a perturbar la hipótesis que nuestra historia ha mantenido por más de un siglo y medio pero, a mi juicio, no disminuye en nada la significación histórica del Libertador.

La mayoría de los biógrafos se esfuerzan por mostrar a San Martín como un iluminado, que no estaba en deuda con las circunstancias de su época sino solamente con Dios. En mi opinión, esa falsa beatificación no hace sino desdibujar la figura de San Martín. Al negarle todo mérito político, se lo convierte en un mero instrumento del Destino.

San Martín fue un gran estratega y, si se inspiró en el Plan Maitland, no fue por incapacidad sino, al contrario, porque tomó seriamente la empresa que se disponía a emprender.

La estrategia consiste en el planeamiento y conducción de operaciones de gran escala: una ciencia que no se asienta, ni podría asentarse, sobre la improvisación. El estratega busca todas las alternativas posibles y examina todos los antecedentes disponibles.

El Plan Maitland tampoco era original en el sentido que historiadores como Otero dan al adjetivo, aplicado al Plan Continental. Era original en tanto ofrecía, tras el examen del conocimiento existente y planes previos, algunas ideas distintas.

San Martín habría incurrido en imperdonable negligencia si, antes de venir a Sudamérica, hubiese desperdiciado las oportunidades que tuvo de conocer las iniciativas de otros estrategas que -como miembros de una de las principales potencias de la época- habían estudiado formas de poner fin al Imperio español en América.

Según algunos autores, una vez concebida la idea de ir a Perú por Chile, la genialidad de la idea se hizo evidente. Ciertos relatos sugieren que la ejecución del plan dio a San Martín la mitad de su gloria, que no estaría completa si no hubiese sido suya la “inspiración”.

Con la sabiduría que dan las visiones retrospectivas, todo parece obvio: llevar un ejército por mar a Lima para rodear a los españoles en el corazón de su Imperio era la forma de lograr la independencia de estos países.

Sin embargo, si San Martín conoció y adoptó el Plan Maitland demostró una sabiduría que le faltó al propio Gobierno británico.

La idea de una expedición continental tampoco era obvia para el Gobierno de Buenos Aires, aún después de que San Martín iniciara esa expedición y obtuviera un apreciable éxito en Chile. Ese Gobierno, que durante años se había empeñado en enviar -una tras otra- inútiles expediciones al Alto Perú -una barrera, antes que un camino a Lima- en 1818 instó a San Martin a abandonar su intento y regresar a Buenos Aires.

El Libertador desafió la sabiduría convencional y resistió las presiones, porque él sabía que estaba en la buena senda. Es esta congruencia lo que nos permite valorar su capacidad estratégica, no la idea de una inspiración recibida de alguna Musa militar.

Semejante musa atrae a algunos historiadores porque, entre otras cosas, ahuyenta toda posibilidad de que una potencia extranjera haya tenido influencia alguna en la independencia criolla. La misma actitud se nota, respecto de Bolívar, en Venezuela.

San Martín, como hemos visto, buscó el apoyo británico. Esto no lo hace menos patriota. La conducción de toda guerra requiere una política de alianzas. Esto no significa identificarse con los ideales o los intereses de los aliados.

El propio San Martín había aprendido en España que las Alianzas son necesidades transitorias. Durante años arriesgó su vida junto a los franceses, en lucha contra aquellos ingleses de los cuales había sido prisionero durante cuatro meses a fines del siglo XVIII. Luego, terminó peleando al lado de los ingleses contra el invasor francés.

Al iniciarse la segunda década del siglo XIX nadie podía lanzar una guerra continental en Hispanoamérica -enfrentando tanto la reacción de los ejércitos realistas como el riesgo de una invasión napoleónica- sin establecer previamente ciertos lazos con una potencia capaz de prestar ayuda.

En 1808, cuando Napoleón invadió dos tercios de España, los superiores de San Martín no vacilaron en pedir la ayuda de la “Pérfida Albión” y no por eso se volvieron probritánicos.

En 1811, San Martín bien pudo sentir que el interés comercial británico y el interés político sudamericano tenían una ocasional coincidencia. Eso explicaría la búsqueda de apoyo. La discusión de todas las alternativas posibles para atacar al poder colonial español en América era, por cierto, una de las ayudas que Gran Bretaña podía prestarle al Libertador en esta etapa preliminar de su expedición sudamericana.

Por otra parte, el gran mérito de San Martín es la proeza en sí. Cruzó, con un ejército precario, una de las cadenas montañosas más altas de la Tierra, sorprendió y derrotó a un ejército superior, armó una flota de la nada y obligó al poderoso poder colonial español a entregar Lima sin luchar. Es aquella gesta, no el copyright del plan, lo que da a San Martín su lugar en la historia.

Cualesquiera fueran las bondades del concepto estratégico, hay que admitir que es fácil realizar grandes campañas sobre un mapa. En cambio, hace falta un formidable genio organizativo para llevar a cabo, en el terreno, una campaña de la magnitud que tuvo la realizada por San Martín,

El propio Maitland conoció por experiencia la brecha que separa los planes de la realidad. Primero, fue a asegurar el dominio británico en Santo Domingo (Haití), con la esperanza de tomar control de toda la isla, y terminó rindiendo todas las posesiones británicas a Toussaint l’Ouverture. Más tarde, sufrió un revés en la costa francesa, cuando su intento de tomar Bellisle terminó en fracaso.

Además, si las coincidencias entre el Plan Maitland y la campaña de San Martín son asombrosas, las diferencias no son menos significativas:

* San Martín no contó con un ejército de 8.900 hombres, sino sólo con 3.700 voluntarios. No eran soldados entrenados en academias europeas, sino entusiastas criollos. San Martín no tenía -por otra parte- reserva alguna a la que recurrir en caso de necesitar refuerzos.

* Cuando ese ejército cruzó los Andes no había del otro lado una poderosa escuadra naval esperando para unírsele. Maitland había considerdo que no se podía vencer a los españoles en Chile si no se los atacaba “de ambos lados”; San Martín se vio obligado a atacar solo desde el lado andino.

* San Martín no tenía, esperándolo en el Pacífico, una flota lista para transportar su ejército a Perú.

* El cruce de los Andes -que según Maitland tomaría “cinco o seis días”- demoró más de un mes. La magnitud de los Andes sólo empezó a apreciarse en Europa después de 1824, cuando el barón Alexander von Humboldt reveló el aspecto físico de América y se pudo comprender entonces que “el pasaje de los Andes y el Monte San Bernardo, por Aníbal y Napoleón respectivamente, no es comparable a la empresa (de San Martín)”.

El Libertador condujo un ejército de 3.000 infantes, 700 hombres montados y 21 cañones a través de los pasajes nevados de los Andes, a alturas que van de 3.000 a 5.000 metros.

* San Martín no pudo emplear el factor sorpresa. Con recursos escasos, necesitó más de cinco años para completar su campaña.

Lo  que Maitland imaginó como una serie de golpes rápidos y decisivos, a cargo de una de las naciones más poderosas del mundo -dueña de los mares y de una incomparable experiencia militar- fue en realidad la tarea paciente de un puñado de criollos que necesitaron media década para alcanzar el objetivo.

Por último, la campaña de San Martín no fue sólo una magnífica empresa militar. El Libertador presionó por la independencia del Río de la Plata, contribuyó a la creación de Chile, proclamó la independencia del Perú y gobernó ese país. Combinó propósitos políticos y militares y los llevó a cabo al mismo tiempo.

Es importante destacar que una de las razones por las cuales Gran Bretaña nunca se decidió a aplicar un plan como el de Maitland fue, precisamente, la falta de un líder de las características de San Martín.

En 1806, cuando Hippisley aún pugnaba por lograr que su Gobierno ayudara a los criollos a liberarse de España y formar nuevos Estados -dispuestos al comercio con Inglaterra- Thomas Duglas, quinto conde Selkirk, observó que no había hombre capaz de llevar adelante esa empresa:

“Nuestro ejército no tiene abundancia de oficiales que tengan, siquiera, talento militar. ¿Cómo podemos esperar encontrar un hombre que una ese talento a los que se necesitan para ser estadista y legislador?” San Martín demostró ser un líder con esas virtudes.

En todo caso, el mérito de Maitland también debe ser reconocido. Así, San Martín no hubiera conocido su plan, el caso es que aquel oficial escocés concibió -dos décadas antes de la expedición y sin conocimiento directo de Sudamérica- un plan que -está demostrado- era factible y eficaz.

La caída de Perú, que ocurrió de un modo similar al sugerido por Maitland, marcó -como él lo previera- el fin del dominio español en Sudamérica.

En 1812 San Martín inició su histórica campaña que -por coincidencia o no- siguió los pasos sugeridos doce años antes por Maitland.

La campaña sanmartiniana es bien conocida. No obstante, creo necesario resumirla a fin de hacer claras las similitudes (y las diferencias incidentales) entre esa campaña y el Plan Maitland:

1.- “Control” de Buenos Aires. El Libertador no tuvo que atacar la ciudad. Cuando él llegó de Londres, el 19 de Enero de 1812, Buenos Aires ya tenía Gobierno propio. Aunque la independencia aún no había sido proclamada, la antigua colonia estaba de hecho liberada de España.

Pese a que había sido criado en España y había servido 22 años como oficial al servicio del rey, San Martín había nacido en Yapeyú. Nativo del país, partidario de la independencia y poseedor de una considerable experiencia militar, estaba calificado para establecer un regimiento.

El Gobierno aceptó que constituyera un cuerpo de granaderos a caballo. Ese cuerpo se convirtió en fuente de poder político. El 8 de Octubre de 1812 fue usado para imponer un cambio de Gobierno y establecer uno afín a la Logia Lautaro, un partido pseudomasónico que el propio San Martín y Carlos María de Alvear establecieron en Buenos Aires como filial de la Gran Reunión Americana, de Londres.

Luego, San Martín presionó por una declaración formal de independencia y la designación del hermano Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo.
2.- Emplazamiento en Mendoza. Aunque libró antes el combate de San Lorenzo (1813) y reorganizó el Ejército del Norte, San Martín dejó pronto en claro que su principal interés era asegurarse la Gobernación de Cuyo: un sitio sin importancia política, en el cual jamás había estado.

La capital de Cuyo, Mendoza, era -como Maitland había destacado- “indudablemente indicada” para organizar e iniciar una operación militar destinada a Chile.

Cuando obtuvo la Gobernación de Cuyo, en 1814, la convirtió en un mundo aparte, dedicado sólo a preparar el ejército que cruzaría los Andes. San Martín hizo requisiciones y movilizó a la población con ese propósito.

3.- Coordinación transcordillerana. Los patriotas chilenos habían establecido su propio Gobierno independiente, como el de Buenos Aires. Sin embargo, después del desastre de Rancagua (1 de Octubre de 1814) los españoles reconquistaron el país y las fuerzas criollas se dispersaron.

San Martín ya no tenía apoyo en Chile y no recibiría ayuda por mar (prevista por Maitland en su plan). No obstante, el caudillo chileno Bernardo O’Higgins y parte de los patriotas derrotados se unieron a San Martín en Mendoza.

Así se completó el Ejército de los Andes, que quedó compuesto por 3.000 soldados de artillería y 700 de caballería “con una proporción de artillería” (21 cañones).

4.- Cruce de los Andes. Maitland había sugerido que, a fin de llegar a Chile, “un perfecto entendimiento con los indios debería ocurrir antes de la aparición de nuestras fuerzas”.

San Martín llegó a un acuerdo con el cacique Neicuñán, según el cual los toquis permitirían que el Ejército de los Andes, camino de Chile, atravesara sus dominios en el Valle de Uco.

Por otra parte, San Martín utilizó a los pehueches para propagar falsas informaciones en Chile antes del cruce y hacer que los españoles aguardaran un ataque en sitios que no eran los elegidos para atacar.

El cruce de la cordillera fue una empresa más difícil de lo imaginado por Maitland. El Ejército de los Andes pasó casi un mes atravesando esas montañas, que figuran entre las más altas del mundo. Muchos soldados y gran cantidad de mulas y caballos murieron durante la operación.

5.- Derrota de los españoles y control de Chile. El Ejército de los Andes invadió la parte central de Chile por seis puntos. San Martín derrotó al Ejército Realista en la batalla de Chacabuco (12 de Febrero de 1817) después de lo cual el mariscal español Marcó del Pont huyó de Santiago y San Martín entró a la ciudad.

El Cabildo le ofreció plenos poderes, que él rehusó. Coincidiendo una vez más con las ideas de Maitland, San Martín pensó que, habiendo tomado control de Chile, ese país debía ser “el punto desde el cual deberíamos dirigir todos nuestros esfuerzos contra (los realistas de) Perú”.

San Martín sugirió que O’Higgins era el hombre para gobernar Chile. De todos modos, ambos -O’Higgins y San Martín- tenían el control militar del país, sobre todo después de una nueva victoria en Maipú (5 de Abril de 1818) que siguió el traspié de Cancha Rayada (18 de Marzo de 1818).

Maipú puso fin al dominio español en Chile. San Martín entonces dedicó sus energías a preparar su expedición marítima a Perú.

6.- Expedición a Perú. Demostrando que nada le parecía más relevante que quebrar el dominio español de Lima, San Martín desobedeció al Gobierno de Buenos Aires y, en vez de regresar a Buenos Aires desde Chile, se entregó junto con O’Higgins a armar una flota. Para eso compró barcos ingleses y reclutó a marinos británicos.

La expedición comenzó el 20 de Agosto de 1820, pero San Martín sólo entró en Lima el 10 de Julio de 1821, después de haber cercado pacientemente a los españoles, insubordinando a la población rural y obligando al virrey a rendir la hambrienta capital.

Como Maitland había propuesto en su plan, San Martín estaba dispuesto a “deponer el poder colonial español recurriendo a la fuerza si fuere necesario”, pero prefería hacerlo de manera pacífica algo que, habiendo acorralado a los realistas en Lima, resultó posible.

Durante la expedición, el jefe de la escuadra, Lord Cochrane (Thomas A. Cochrane, conde de Dundonald) quedó resentido porque San Martín le impidió dar lo que Maitland había descripto peyorativamente como un “coup de main” sobre Callao y Lima.

Ese fue el inicio de serios desacuerdos entre ambos comandantes que por fin llevaron al retiro de Cochrane.

7.- Emancipación de Perú. El 28 de Julio de 1821, San Martín proclamó la independencia de Perú. Como Maitland, él creía que aún faltaba un paso: tomar control de la provincia de Quito.

Su Gobierno envió ayuda militar al Libertador de Colombia, Simón Bolívar, cuyo ejército ya había sitiado a los realistas de Quito. Esa ayuda fue útil a Antonio José de Sucre, lugarteniente de Bolívar, que derrotó a los españoles en Pichincha (23 de Mayo de 1822).

Después de eso, San Martín planeó incorporar Quito a Perú y sugirió que el ejército de Bolívar podía contribuir a exterminar la resistencia realista que, tras la liberación de Lima, se había hecho fuerte en las montañas peruanas.

Carente del apoyo de Buenos Aires y enfrentado a problemas políticos en Lima, San Martín consideró que no podida consolidar la independencia peruana sin el apoyo de Bolívar. El 20 de Septiembre de 1822 decidió retirarse y dejar que el propio Bolívar concluyera la obra. Después de un año en Mendoza, San Martín viajó a Inglaterra otra vez (1824).

En los doce años que pasaron entre que zarpó de Londres y volvió a la capital inglesa, San Martín llevó a la práctica el plan anticipado -en 1800- por un hombre, Maitland, que murió en Ceilán el 21 de Enero de 1824, poco meses antes del regreso de San Martín a Londres.

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