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La hegemonía del Interior

La caída de Juan Manuel de Rosas dejó -de hecho- todo el poder político nacional en las manos del general Justo José de Urquiza. Pero en el orden local porteño, el vacío de poder resultó más difícil de llenar, dada la anterior omnipresencia de Rosas en todos los aspectos de la vida política provincial.

El 20 de Febrero de 1852, entre salvas de artillería y repiques de campanas, el general Urquiza -encabezando el Ejército Aliado- hizo su entrada en Buenos Aires; las tropas brasileñas cerraban la marcha del desfile, que fue presenciado por gran cantidad de público. El vencedor se instaló en Palermo -en la residencia de Rosas- y en las proximidades acampó el grueso de los efectivos.

Cuando el ejército de Urquiza penetró en la ciudad, una quincena después de la batalla de Caseros, fue recibido -según unas versiones- con aclamaciones y lluvia de flores; según otras, con un silencio reticente y hostil. Tal vez, ninguna de ambas versiones sea totalmente exacta.

Sin duda hubo porteños que sintieron su libertad recuperada de los excesos de la autocracia y la población de Buenos Aires era bastante numerosa como para que un sector de ella llenara la calle y diera una imagen de euforia a los recién llegados. También hubo otros -afines al régimen derribado- que miraban el porvenir con temor. Pero, entre estos extremos hubo, sin duda, un grupo grande de ciudadanos cuya actitud dominante fue la expectativa.

Rosas había fracasado en lograr la paz. Esto y el desgaste provocado por casi veinte años de Gobierno personalista, más los excesos del régimen, habían apagado muchos entusiasmos y alejado más de un adherente. Pero sería erróneo sacar como conclusión que Rosas era un hombre impopular el día de su derrota.

Eran muchos todavía los intereses que se sentían tutelados por él; muy numerosas las masas pobres que lo veían como un protector; y, por fin, no escaseaban los que, aún creyendo que Rosas no era un buen gobernante, lo aceptaban como mejor que el caos que él había predicho con insistencia.

Buenos Aires tenía ahora en sus calles un Ejército de entrerrianos, correntinos, santafesinos, orientales y brasileños, mandados por un caudillo federal. Más de un porteño maduro en años pudo haber comparado la situación con la del año 1820 en sus aspectos exteriores.

La ciudad entera observó los primeros pasos de Urquiza para alinearse en pro o en contra suya. El resultado fue que lo aceptó -se dijo entonces- como “libertador” pero no como “organizador” de la Nación.

Después de la batalla de Caseros, los dispersos del Ejército vencido se dedicaron al pillaje. Urquiza envió tropas para reprimir los excesos y al día siguiente de la batalla nombró gobernador provisorio de Buenos Aires a un porteño ilustre, federal de toda la vida, rosista hasta pocos años antes, el doctor Vicente López y Planes, quien asumió la magistratura proclamando a Rosas “salvaje unitario”.

Su ministerio fue de conciliación: figuraban en él Valentín Alsina, viejo rivadaviano, y federales como Gorostiaga y el coronel Escalada. Este Gobierno expropió los bienes de Rosas, devolvió los que éste había confiscado, restableció la libertad de imprenta y la Sociedad de Beneficencia y creó la Facultad de Medicina.

Pero ningún hecho del momento provocó tantos comentarios como el restablecimiento, por el general Urquiza, del uso del cintillo punzó.

- El Protocolo de Palermo

Urquiza debió encarar el ya largo problema de organizar definitivamente la Nación, para lo cual decidió consultar distintas opiniones, que reflejaban las tendencias políticas de la época. Los federales sostenían que sus principios se habían impuesto por voluntad mayoritaria y respondían a la realidad del momento. Por su parte, los unitarios -representados por los emigrados de Uruguay y Chile- defendían la política centralista y porteñista del año 1826, sobre la que deseaban reconstruir el país.

Urquiza se inclinó por sostener el federalismo -nunca había sido unitario- y dispuso no innovar, tomando como base el Pacto del año 1831; en consecuencia, las provincias de la Confederación continuarían dirigidas por los mismos gobernadores pues derribarlos y reemplazarlos por otros hubiera significado desatar una nueva guerra civil.

El acto más trascendente de esos días fue la firma del Protocolo de Palermo, el 6 de Abril de 1852. Para considerar las tareas previas a la organización, Urquiza se reunió ese día en la residencia de Palermo con Vicente López y Planes, gobernador provisional de Buenos Aires; el general Benjamín Virasoro, de Corrientes; y Manuel Leiva, delegado de Santa Fe.

Por él, los Gobiernos de las cuatro provincias invitaban, a los de las provincias hermanas, a una reunión de gobernadores en San Nicolás de los Arroyos, para reglar las bases de la organización nacional.

A la vez, delegaron a Urquiza las Relaciones Exteriores de la Nación -hasta ese momento, a cargo de Buenos Aires- y de los asuntos generales de la República. Por primera vez el ejercicio de estas facultades no estaba en manos de un gobernador porteño.

El gobernador de Entre Ríos recibía esas atribuciones “hasta tanto que, reunido el Congreso Nacional, se establezca definitivamente el poder a quien competa el ejercicio de ese cargo”.

- Las posiciones partidarias, antes y entonces

Para ese entonces los ciudadanos de Buenos Aires ya habían tomado partido. Para comprender las razones de las diversas posiciones adoptadas es conveniente repasar cómo se habían alineado en la época de Rosas.

Entre los que apoyaron al “Restaurador” había quienes -verdaderos federales- veían en él al realizador, de hecho, de la Confederación y al sostenedor de la bandera federal; otros lo seguían, contrariamente, porque Rosas afirmaba la hegemonía porteña sobre el conjunto de la Nación unida; y otros lo apoyaban porque, con él, Buenos Aires conservaba el pleno y libre ejercicio de todos sus derechos sin interferencias de otras provincias o de un posible Estado Nacional.

Quienes militaban en su contra lo hacían: unos por federalismo, porque creían que Rosas los traicionaba; otros, por liberales, juzgando a Rosas como un déspota que atentaba contra la libertad; y, los menos, en fin, por ser unitarios doctrinarios.

En Abril de 1852 se había producido una verdadera redistribución de la ciudadanía. Se formó un primer grupo, que podemos llamar urquicista o federal, entre los que se contaron Francisco Picó, Vicente Fidel López, Vicente López y Planes, Marcos Paz, Hilario Lagos, Juan María Gutiérrez, etc. Son los hombres que van a apoyar el Acuerdo de San Nicolás y la unión -lisa y llana- de Buenos Aires a la Confederación. Cualquiera que haya sido su posición en la época precedente, reencontramos en ellos a los federales auténticos.

Otro grupo -donde se reunieron Carlos Tejedor, los Obligado, José Mármol, Adolfo Alsina -todos, en torno de Valentín Alsina- respondían al más crudo provincialismo y sostenían las libertades de Buenos Aires a toda costa: desde San Nicolás fueron aislacionistas e, inmediatamente después, segregacionistas, que no se apuraban por ver reconstruido el Estado Nacional.

Por último, el tercer grupo respondía a la iniciativa de Bartolomé Mitre, a quien seguían Sarmiento, Elizalde y otros y, por cierto tiempo, Vélez Sársfield: eran nacionalistas, o sea, partidarios de la organización nacional. Se declararon adeptos al sistema federal y proclamaron que Buenos Aires debía ser la cabeza y la inspiración de esa organización federal.

No es casual, que dos ex rosistas -Rufino de Elizalde y Dalmacio Vélez Sársfield- militaran en este grupo cuyo programa, dejando de lado su liberalismo y su deseo de institucionalizar la organización nacional, coincidía notablemente con la política de Rosas.

- Los partidos

En los tres grupos se entreveraron pues rosistas y antirrosistas. Los dos últimos coincidieron en oponerse al general Urquiza, en quien veían al caudillo provinciano que hollaba los derechos de Buenos Aires y formaron el partido liberal, cuyo nombre subrayaba la orientación ideológica de la mayoría de sus miembros. Pero esta unión no sería duradera.

Durante una década se manifestaría la divergencia de opiniones en el seno del partido que, en definitiva, se separaría en sus dos núcleos originarios: el partido autonomista, dirigido por Adolfo Alsina; y el partido nacional, conocido -igualmente- como mitrismo.

Otro factor que acercaba o separaba a los protagonistas de las políticas confederada y porteña era el ideológico. Si bien Urquiza representaba ideales políticos divergentes de los del vencido “Restaurador”, su estructura mental estaba más cerca del tipo pragmático, representado por Rosas, que de los líderes liberales, que hacían profesión de fe de unos “principios” que constituían un dogma político.

Esto no significa que no hubiera liberales al lado de Urquiza y lo prueba la sola mención de Del Carril, Seguí y Alberdi, para limitarnos a los más conspicuos, pero su situación en el “sistema federal” era ambivalente pues “no eran propiamente hombres del sistema, en el sentido de los tipos mentales adecuados”(1).

(1) Véase en Equipos de Investigación Histórica. “Pavón y la Crisis de la Confederación” (1966). El capítulo preliminar de Carlos A. Floria: “La Crisis del ‘61 y el nuevo Orden Liberal”, especialmente pp. 10 a 18, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

El sistema federal -al que pertenecía Urquiza- correspondía en buena medida a la época y al estilo del tiempo de Rosas y la dificultad y, a la vez, el mérito del gran entrerriano fue intentar una simbiosis entre las características de un tiempo que pasaba, pero aún existía, y otro tiempo que advenía lentamente.

Esta intención está manifiesta en su deseo de reestructurar la Nación sin alterar el equilibrio de hecho logrado por Rosas y tratar de reconstruirla políticamente con una mayoría de hombres que provenían del sistema derribado. En este sentido, podemos calificar a Urquiza de “bisagra” entre dos tiempos políticos.

Frente al pragmatismo y al sentido tradicional del general Urquiza se levantaba, en Buenos Aires, un frente cuya heterogénea composición acabamos de analizar pero donde la voz cantante la llevaban los ideólogos liberales.

Muchos de ellos habían emigrado durante la época de Rosas y concebido, en el destierro, un futuro para la Argentina y una política para lograrlo. Habían vuelto al país dispuestos a realizar a toda costa lo programado con el sentimiento de quien cumple una misión y a la vez recupera el lugar de que había sido privado hasta entonces. Por eso, la vehemencia y el dogmatismo de los ex emigrados. Entre ellos, el realismo moderador de Mitre constituye una variante excepcional.

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