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La posición de Ferré en 1840

Desde la designación de gobernador de la provincia con carácter provisorio (6 de Octubre de 1839), como cuando ella fue hecha en forma definitiva por el trienio constitucional (el 28 de Noviembre de 1839), Pedro Ferré contó con toda la adhesión del pueblo y de sus autoridades constituidas.

A la ley (del 11 de Octubre de 1839) que lo autorizó a proveer con energía y libertad en los negocios de paz y de guerra, pudiendo celebrar pactos, alianzas y cuánto no se opusiera “a la dignidad, integridad y derechos de la provincia”, siguió la aprobación de sus convenios con Lavalle y la de la iniciación de una política de coincidencia y amistad con los republicanos de Río Grande y el Gobierno uruguayo (ley del 21 de Noviembre de 1839) y con el agente de Francia y el almirante de sus buques de guerra, en estación en el Plata (Ley del 30 de Noviembre de 1839).

La acción del gobernante fue orgánica y enérgica. La caracterizó derogando (31 de Octubre de 1839), la divisa punzó usada en la provincia desde Febrero de 1837, sustituida por la bicolor blanca y azul para la clase militar; dividiendo las Secretarías o Ministerios (1 de Noviembre de 1839) en dos despachos: de Hacienda y Relaciones Exteriores, y de Gobierno y Guerra, que encargaba a Manuel Leiva y José M. Isasa, respectivamente; y recibiendo del Congreso General Constituyente (25 de Noviembre de 1839) la suma del poder público por un año.

Fue su consecuencia declarar en Asamblea Militar a la provincia (2 de Diciembre de 1839), organizando una Comisión Militar(1) para aplicar las sanciones que se produjesen y poner los recursos al servicio de las Fuerzas Armadas(2).

(1) El 19 de Diciembre formáronla el coronel Manuel A. Corrales, el teniente coronel Domingo Latorre y el sargento mayor José Garrido.
(2) Al efecto se buscó distribuir con equidad las cargas. Fue designado Abastecedor General del Ejército, el 24 de Diciembre de 1839, Juan de Madariaga. // Todo citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

El propio Congreso General se declaró en receso (4 de Diciembre de 1839), organizando la Sala Permanente de la ley(3), como para que la autoridad del gobernante apareciera notabilizada.

(3) Se organizó ésta con J. B. Acosta, como presidente; J. F. Gramajo, como vicepresidente; J. Inocencio Márquez, como secretario; y J. J. de Goitía y Plácido Cabral, como vocales. El día 20 de Diciembre de 1839, esta Sala aprobó los nombramientos judiciales. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Sin perjuicio de la cooperación de la Sala Permanente en las tareas gubernativas ordinarias(4), la política de la provincia estuvo en manos exclusivas de Ferré. A él correspondió dar un carácter orgánico a la acción, objetivado en el nuevo lema(5) de los documentos oficiales: “Patria, Libertad, Constitución”, con el apoyo de todos los correntinos y, en primer término, con el de los diputados de la Comisión Permanente, mientras ésta no entró en receso.

(4) La Sala Permanente tenía períodos de actividad y receso. Cerró sus sesiones el 30 de Marzo de 1840, después de dar las siguientes leyes: del 29 de Enero de 1840, estableciendo subrogantes al Alcalde Mayor y Jueces de primera instancia, como los casos de inhibición; del 3 de Febrero de 1840, derogando la del año anterior, sobre interés legal en los préstamos; del 26 de Marzo de 1840, sobre fijación de nuevas jurisdicciones y juzgados; de la misma fecha, creando el Ministerio de Pobres y Menores; y del 30 de Marzo de 1840, aprobando las divisiones administrativas, seccionales en los Departamentos de Curuzú Cuatiá y Mercedes, y señalando el Juez de alzada del de Santa Lucía. En Abril de 1840 sólo se reunió la Sala Permanente el día 11 de Abril de 1840, para nombrar gobernador provisorio al que ejercía el P. E. por delegación, Manuel Antonio Ferré, fundado en que el titular había salido de la provincia. Siguió ese receso hasta Noviembre de 1840, en que decretó la reunión del Congreso General.
(5) Ley del Congreso General del 11 de Diciembre de 1840. // Todo citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Los actos todos tendieron a definir la guerra contra Juan Manuel de Rosas. Leyes oportunas reconocieron el grado de Brigadier General de los Ejércitos de la provincia, que se había asignado por el P. E., al general Juan Lavalle(6), y los de Coronel Mayor -atribuidos días antes de Pago Largo, por el extinto gobernador Genaro Berón de Astrada- a los coroneles Vicente Ramírez y José López(7).

(6) Ley del 16 de Enero de 1840.
(7) Ley del 16 de Enero de 1840. // Todo citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

La solidaridad con la cruzada contra la dictadura de 1829 establecióse ordenando(8) exequias en toda la provincia en honor de Genaro Berón de Astrada y de las víctimas de la tragedia de Pago Largo, acto de justicia que Ferré debía a su antecesor a quien, en su hora, no asistió con toda la eficacia de su influencia(9), y aprobando la sentencia del juez que residenció al ex gobernador José Antonio Romero, impuesto por los vencedores de aquel combate(10).

(8) Ley del 10 de Febrero de 1840.
(9) Esta inconsecuencia de Ferré a la acción contra Rosas que epilogó en Pago Largo, resulta evidente de sus propias manifestaciones en su “Memorias” (1921), Buenos Aires. Ed. Coni Hnos.
(10) La sentencia del Juez de Residencia del gobernador José Antonio Romero fue aprobada por Ley del 17 de Marzo de 1840. En ella se dejaban a salvo las acciones públicas que correspondían contra el ex gobernante por asesinato del vecino Antonio T. Arisaga. // Todo citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

La unidad de principios y procedimientos entre la trágica cruzada de 1839 y la que Ferré ejecutaba en 1840, comprendió el programa político y los métodos de ejecución. El programa era el que el ex gobernador Berón de Astrada hizo público en su Manifiesto del 3 de Enero de 1839, dirigido a los Gobiernos y pueblos de la Confederación Argentina, explicando los graves y poderosos motivos que lo llevaron a tomar las armas contra Rosas(11).

(11) Véase su texto en p. 195 del Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, tomo IV, edición 1929, Corrientes. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Aquel Manifiesto contenía las más categóricas definiciones:

La función más sublime de los Padres de la Patria es salvar a los pueblos en sus momentos de desolación. No hay que temer las acusaciones de los cobardes que, infieles a los pactos y a la confianza pública, quieren oscurecer sus crímenes, haciendo que los Gobiernos sean criminales cuando aspiran a la protección de su desmedida ambición.
No son éstos; no son las pasiones exaltadas; es la República Argentina; es el orbe todo; es la posteridad incorruptible quien ha de juzgarlos.
Las provincias hermanas son responsables de la seguridad y del orden de los pueblos y si por su abandono perecen o se separan de la Confederación, no hay que dudar que ante el Tribunal augusto de la patria, el mundo todo les hará cargo de su ruina y sellará su nombre con la maldición de la humanidad”.

Estas palabras, de aquel mártir provincial que concretó en los documentos y en la historia el genio autonomista del pueblo, no fueron -en sus días ni en los del gobernador Ferré- bellas palabras de literatura.

Obedecían a una conciencia robusta, generalizada por las modalidades de la cultura romántica de la época, que llevaba a los hombres -como de la mano- al sacrificio, mostrando a los pueblos de las provincias confederadas hermanados en un destino indiviso y providencial.

Tampoco estas ideas eran propias de los pueblos argentinos y con especialidad de los litorales. Eran, por decirlo así, de toda América y nacieron tanto de la ponderación de los motivos románticos -fijados por poetas y escritores- como de la solidaria acción contra España para lograr la independencia.

El soldado de nuestras pampas había batallado en los Andes, sobre la orilla del Atlántico, en Maipú y Chacabuco y en el centro mismo del poderío de los virreyes del Perú. Simón Bolívar, desde los llanos de Colombia, había guerreado hasta los altiplanos de Cochabamba, y aquí, en el escenario de la Cuenca del Plata, los hombres, confundidos en el esfuerzo, se habían enfrentado al poderío de la Corte del Brasil y la dictadura porteña.

Artigas y su política de acción concurrente estaban demasiado cercanos en el tiempo y todas esas ideas se habían organizado en Derecho positivo, con las estipulaciones de la Liga del Litoral.

Ella todavía no estaba relegada al olvido, bajo el pie de la autocracia; las provincias se sentían tales, con sus prerrogativas, y no concebían un poder superior de una de ellas al sentimiento justo y sano de la personalidad íntima que dignifica.

Ferré recogió esta herencia y, al igual que Berón de Astrada, se sintió -ejercitando las facultades de gobernante de un Estado- con la capacidad de actuar libremente, sin prejuicios que retardaran la acción, en la medida justa de una provincia que, al reasumir la plenitud de su soberanía, no tiene más límites que aquéllos que le fija la necesidad.

Desde este punto de vista también dobló los métodos y procedimientos de Berón de Astrada, abriendo negociaciones con Francia, con el presidente uruguayo y los republicanos de Río Grande.

En lo que respecta a Francia, el ex gobernador Berón de Astrada, el 6 de Marzo de 1839, había definido, en un decreto, su actitud(12), revocando la aprobación dada a Rosas -en cuanto a la cuestión del bloqueo francés- y separando a Corrientes de la política que Rosas seguía con respecto a este país.

(12) Ver texto en p. 168 del Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, tomo IV, ed. 1929. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

En cuanto a los súbditos franceses, ese decreto ordenaba que hasta la conclusión de una Convención entre la Argentina y Francia serían tratados en la provincia “en igualdad de condiciones, como las de las naciones más favorecidas”.

Los antecedentes del conflicto franco-argentino son bien conocidos. La provincia de Buenos Aires había dictado, el 10 de Abril de 1821, una ley que obligaba a los extranjeros residentes a prestar servicio militar por excepción.

El 2 de Febrero de 1829, el mismo gobernador de Buenos Aires, pero ya Encargado de la política exterior de las Provincias Unidas, realizó un Tratado con Inglaterra estipulando que los súbditos ingleses serían considerados como los de la nación más favorecida.

Como el Tratado anglo-argentino de referencia era el primero que realizaba la República, la cláusula “como las de la nación más favorecida” no significaba otra cosa “que una fórmula para destruir todo privilegio odioso y sancionar el principio de igualdad, tanto más justo cuanto en él estriba nuestro sistema republicano(13).

(13) Palabras de la Ley declaratoria del 10 de Febrero de 1840. Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, tomo IV, p. 235, edición 1929. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Un representante de Francia, a su vez, había concluido, en 1829, una Convención con un gobernador circunstancial de Buenos Aires (el vizconde de Betancour y el general Juan Lavalle) e, invocándola, reclamaba de la nulidad de la ley del 10 de Abril de 1821 sobre servicio militar de sus nacionales.

Rosas impugnaba la seriedad de esa Convención en virtud de la precariedad del Gobierno porteño que la había concluido y Francia, fundándose en que los países no intervienen en el régimen interno de los otros, sólo veía el hecho de la Convención.

La actitud de Francia es la lógica en materia internacional porque, a contrario, admitiendo en los terceros países la facultad de analizar la regularidad o licitud de los Gobiernos que rigen un Estado, se acepta o atribuye a cada país el ser juez en las cuestiones internas de los otros.

Berón de Astrada, facultado desde 1838 por el Congreso General Constituyente correntino para todas las cuestiones de paz y de guerra, había dictado el decreto recordado del 6 de Marzo de 1839, dándole al conflicto -en lo que respecta a Corrientes- la única solución que tenía.

Este acto fue unilateral, en el sentido de que para producirlo no medió negociado alguno, excepto el que el comercio fluvial que se dirigía a Corrientes no fuese obstaculizado por los buques franceses. Correspondió, además, al hecho de la alianza correntino-uruguaya, desde que el presidente Rivera se entendía con los agentes de Francia, que lo ayudaban con amplitud.

Cuando el general Lavalle inició su expedición a Martín García y a Entre Ríos, para penetrar a la provincia de Corrientes y ponerse a las órdenes de su Gobierno, fue asistido y transportado en barcos de Francia y actuó de acuerdo con la Comisión Argentina de Montevideo, que trabajaba en entendimiento con los agentes del rey francés.

Como era natural, a raíz de las conferencias de Lavalle y el gobernador Ferré en Curuzú Cuatiá, el mandatario correntino abrió relaciones con los agentes de Francia, tendientes a lograr una acción armónica frente a la dictadura, gestión que la Sala Permanente de Diputados aprobará el 30 de Noviembre de 1839.

A principios de 1840, estas relaciones entraron en un aspecto práctico. El 20 de Enero de 1840, Ferré se dirigió a la Sala Permanente comunicando que el nuevo almirante y los agentes del rey de los franceses manifestaban su decidida adhesión a la provincia, ofreciendo buques, dinero y tropa, ofrecimientos que habían sido admitidos por el general Lavalle:

Estos rasgos de sublime generosidad parece que piden por nuestra parte -agregaba- otra igual manifestación con los súbditos de esta nación amiga. El Gobierno, aunque ha encontrado un sendero para poder marchar con relación a este objeto, en el artículo 2do. del decreto de Marzo de 1839, desea que el Congreso Permanente haga una manifestación clara y sencilla del verdadero sentido de dicho artículo.
En él se dice que los súbditos de Su Majestad, el rey de los franceses, serán tratados en el territorio de la provincia, según lo han sido antes de ahora, en igualdad con los de la nación más favorecida, que presume el Gobierno será la Inglaterra”.

La Sala Permanente deliberó con amplitud, dando la Ley del 10 de Febrero de ese año en la que -después de una amplia consideración de la materia en sus aspectos históricos y doctrinarios- establecía que Corrientes, como una parte de la comunidad argentina, no podía ofrecer a Francia un Tratado que pertenecía a la Nación entera, pero que estando el P. E. ampliamente facultado por el Congreso General para los asuntos todos, debía hacer efectivo el decreto del 6 de Marzo de 1839, concediendo a los franceses su reclamo de no tener vigencia en Corrientes la ley de la provincia de Buenos Aires del 10 de Abril de 1821.

Como razón definitiva expresaba que todas las leyes que estuvieran en oposición estaban derogadas por la ley de la imperiosa necesidad.

Conforme a esta sanción, las relaciones con Francia quedaron entabladas sobre el decreto de referencia, concediendo a sus nacionales el trato de los de la nación más favorecida y el principio de que su cooperación militar para la guerra corría pura y exclusivamente por cuenta del General en Jefe de las fuerzas, Juan Lavalle.

Era como una situación de hecho que el Jefe militar de la cruzada contra Rosas presentó a los poderes políticos de la provincia, que su P. E. avisó al Congreso pero, sobre la cual, no se produjo -o no cabía- pronunciamiento.

Para nosotros fue el primer error del gobernante correntino, de consecuencias deplorables para la provincia. Importó reconocer al general Lavalle, Jefe del Ejército de Corrientes, una personalidad ajena a la de Jefe de fuerzas dependientes de un poder político, con facultades contractuales, que le daban el carácter de un poder extraño, separable del de la provincia de Corrientes.

De acuerdo a su entendimiento directo con los agentes de Francia y a lo que ocurre en los negociados que Ferré abre con el Uruguay y Río Grande, el general Lavalle no era solamente el Jefe de las fuerzas correntinas, actuaba con la personalidad que después ejercitó, cuando abandona la campaña de Entre Ríos, llevándose el Ejército correntino a Buenos Aires y Ferré, al silenciar ante aquel hecho, reconoció su error inicial, acatando lo irreparable.

Las comunicaciones abiertas con los republicanos de Río Grande y con el general Rivera, presidente del Uruguay, tampoco dieron el fruto que se esperaba, de formar un frente único para la defensa de las instituciones libres en la zona del Plata.

En cuanto al de Río Grande, hombres valientes, de claro idealismo, con honda sinceridad en la consulta del genio de su pueblo, se habían pronunciado en contra del régimen de monarquía que el emperador del Brasil -con sede en Río de Janeiro- había impreso a ese país, a contar de su independencia; fuertes, entusiastas, habían proclamado la República de Río Grande del Sur; tenían su bandera y un poder político regularizado que, para afianzarse, buscaba articular esfuerzos con los hombres y los Gobiernos solidarios en principios por sus programas e ideas.

A contar de 1836, el éxito de los republicanos fue franco, manteniendo alguna relación con el presidente Rivera que no les deparó mayores beneficios. Pensaron entonces en más sólido apoyo, cambiando alguna correspondencia con el general Juan Bautista Lavalleja -partidario de Rosas- tendiente a lograr el apoyo argentino, actitud lógica, porque el país presentaba en el extranjero la fisonomía de sus formas políticas no debatidas.

En ese momento, fines de 1838, Corrientes, con su gobernador Berón de Astrada, repudia la gestión de la dictadura, levanta el programa de la libertad y firma su alianza con Rivera, mediando la circunstancia de incautarse de parte de esa correspondencia que enseñaba a los republicanos de Río Grande en entendimiento con el poder de Rosas.

La circunstancia impidió que en ese entonces el Gobierno de Corrientes buscara vincular su acción a la de los republicanos del Brasil pero, en 1840, la gestión Lavalleja había fracasado. De ahí que el gobernador Ferré buscara el apoyo de los republicanos ríograndenses, quienes se apresuraron a ofrecer elementos de guerra.

Pero, como el general Lavalle conocía los vínculos que ya se habían creado entre éstos y Rivera, entendió que el apoyo riograndense lesionaba su autoridad e hizo fracasar tan generosas disposiciones. Ferré hubo de prudenciar(14).

(14) Mensaje del gobernador Ferré al Congreso General Constituyente. Noviembre de 1840. Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, tomo IV, edición 1929. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

El negociado abierto con la República del Uruguay no tuvo mejor éxito. Con permiso de la Sala Permanente, el P. E. encargó(15) al diputado Juan Baltazar Acosta, de misiones ante el Gobierno de la Banda Oriental y ante el general Lavalle, en su campamento en marcha. Buscaba sumar a los recursos de Corrientes los de aquel país, desde que la provincia se veía agobiada por el esfuerzo.

(15) Permiso dado el 21 de Marzo de 1840. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

El presidente Rivera se mostró partidario de esta cooperación y ofreció reforzar el Ejército con dos o tres mil soldados -de los que vencieron en Cagancha sobre Echagüe- y facilitar, en toda forma, el comercio necesario a la provincia.

Como condición esencial exigía la declaratoria de vigencia del Tratado de Diciembre de 1838 (el que suscribiera Berón de Astrada) y, desde ya, invocándolo, mostrábase disconforme con el decreto del Gobierno de Corrientes del 21 de Marzo de 1839, que lo contrariaba.

Cuando el resultado de esta misión fue llevada al Ejército, prodújose en él un movimiento de opinión contrario al acuerdo con el general Rivera, que encabezó el propio Lavalle. Para entenderlo, débese tener presente que Lavalle venía de Montevideo, donde los prestigios de Rivera -entre los militares de la Independencia- no eran de grandes quilates.

Las palabras del representante de Francia al presidente oriental comentando el incumplimiento de sus compromisos para la guerra contra Rosas, estaban todavía en el recuerdo: “Todo el mundo ha visto -le decía- que la declaración de guerra de V. E. ha sido, precisamente, como la señal dada para licenciar sus fuerzas"(16).

(16) Adolfo Saldías. “Historia de la Confederación Argentina” (1881/1883), tomo III, p. 73. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Junto a estos motivos se hizo cuestión de honor nacional, encontrándose irritante que un Ejército argentino se pusiese a las órdenes de un general extranjero, oposición tenaz que indicó a Ferré la conveniencia de dar tregua a toda solución sin perjuicio de insistir -en sus puntos de vista- ante Lavalle(17).

(17) Mensaje del gobernador Ferré al Congreso General Constituyente. Noviembre de 1840. Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, tomo IV, edición 1929. Expresa Ferré que, para abundar en su insistencia, marchó después a Paraná junto al Ejército correntino. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

La tregua le fue indicada por los sucesos. El Ejército correntino ya había abierto su campaña; una primera victoria en Paso de la Laguna dio alas al optimismo de Lavalle quien no creía -como los demás opositores- en la necesidad del auxilio de estos aliados naturales.

Dentro de la razón política, la actitud de Lavalle era justa. Su incorporación al Ejército correntino, cuya dirección se le confiaba, era como un episodio -desde su punto de vista- de la guerra que la generalidad de los argentinos hacían a Rosas.

El, al frente de más de un centenar de oficiales, con la cooperación de la Comisión Argentina de Montevideo, había iniciado la campaña, desde Martín García, batiéndose en Yeruá.

Si al incorporarse al Ejército de Corrientes se creaban lazos con esta provincia argentina -deberes de disciplina personal- no dejaba por ello la bandera de la nacionalidad, ni la dejaban los oficiales que lo habían acompañado, ni el pequeño grupo de soldados que acaudilló en Yeruá.

El Tratado con la Banda Oriental había sido concluido sólo por Corrientes; la dirección de la guerra, confiada en él a Rivera, era un acto unilateral, de un solo Estado argentino y no un acto creado por la comunidad de ellos y, sobre esta razón de hecho, fundó su oposición, apreciada como justa por la opinión general(18).

(18) Véase Alfredo Varela. “Política brasileña, interna y externa”, tomo I, p. 492. Este autor -a quien citamos reiteradamente- escribe y argumenta sobre el archivo diplomático del Brasil. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Además de esta razón coexistían tres circunstancias, que fueron las de mayor peso para los emigrados argentinos de Montevideo. En primer lugar, si Ferré restablecía el Tratado de Berón de Astrada con Rivera, no era menos exacto que, después de su entendimiento con Lavalle -en Curuzú Cuatiá- había designado a éste General en Jefe del Ejército correntino, pese a la cláusula del Tratado de Berón de Astrada.

Era como hacer a un lado esa cláusula de la alianza, cuyo convenio, si fuese indivisible, aparecía de hecho denunciado.

En otro orden de cosas, Rivera no estaba en ese entonces en buena inteligencia ni con Lavalle ni con los franceses, no habiendo contribuido si no con algunos fondos a la expedición de Lavalle.

En tercer lugar se rumoreaba que los franceses del bloqueo habían interceptado una correspondencia, llevada por una balandra, en la que se hablaba de reconciliación entre Rivera y Rosas, de la que serían víctimas los emigrados argentinos.

Sobre estas circunstancias aparecía lógica la oposición a entregar la jefatura de la guerra a Rivera, cuya lealtad se debatía, pese a la negativa terminante de los agentes porteños, tanto más cuanto aún siendo inexacto todo ello, bastaba que se sospechase a Rivera capaz de esta inconducta, de entregar a sus aliados, para que en realidad quedase incapacitado para asumir la dirección de la campaña.

Lo indudable(19) es que en esta oposición no mediaban motivos innobles. Existía una buena fe evidente, tanto más cuanto era opinión de todos que el jefe oriental carecía de las más elementales condiciones para una tan alta investidura, lo que los sucesos confirmaron.

(19) Alfredo Varela. “Política brasileña, interna y externa”, tomo I, p. 493. Lo reconoce fundado en el archivo diplomático del Brasil. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

Por lo demás, Rivera estaba perdido en la opinión pública de América, por sus
errores numerosos siendo -al decir de la diplomacia brasileña de la época- una llama pronta a extinguirse(20).

(20) Alfredo Varela. “Política brasileña, interna y externa”, tomo I, p. 493. Cita documental. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

La conducta de Lavalle no fue únicamente de resistencia al directoriato de Rivera; fue también la de asumir, desde el punto de vista del proceso todo de la guerra, una personalidad que excedía a sus facultades exclusivamente militares, de Jefe del Ejército. Quiso ser y fue un factor político en perjuicio de la obra a cargo de los poderes públicos y regulares de la provincia de Corrientes.

Esto fue realmente lamentable, porque quitó al pronunciamiento provincial el enorme prestigio que asumió en el primer momento en lo exterior. Fue como una capitis deminutio para la provincia, a quien se la veía como único poder político y militar enfrentando a la tiranía.

La prueba es fácil. La prensa del Uruguay y del Brasil dio a las conferencias iniciales de Ferré y Lavalle en Curuzú Cuatiá el valor de un acontecimiento que definía a Corrientes como encarnando -con su personalidad estadual- la de los argentinos liberados de la dictadura y vueltos al juego regular de las instituciones democráticas.

Esta sensación se recoge del comentario de la prensa de la época. Uno de estos periódicos(21), al consignar el pronunciamiento correntino, decía:

A su vez Lavalle renuncia a toda jurisdicción independiente y declara que, de ahora en adelante, los poderes extranjeros que le daban cooperación y con los cuales estaba entendido, se dirijan al Gobierno de Corrientes, de quien será un leal servidor.
Estos actos de desprendimiento dicen que la República torna a revivir y que las virtudes patrias vuelven a brillar sobre la tierra”.

(21) Nro. 124 del periódico “O Povo”, del 4 de Diciembre de 1839, editado en Caçapava (municipio brasileño del Estado de San Pablo), edición facsimilar, Porto Alegre, Estados Unidos del Brasil, 1930. Museo y Archivo Histórico de Río Grande del Sur. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

El propio general Lavalle documentaba este punto de vista, este sometimiento al poder político de Corrientes. En el comunicado pasado por el general al ministro de la República del Uruguay y publicado en la prensa uruguaya y brasileña del 26 de Octubre de 1839, fechado en Curuzú Cuatiá, se incluían estas palabras finales:

Ocioso -por consiguiente- me parece hacer notar a V. E. que, de ahora en adelante no es a ése, sino a este Gobierno, a quien debo comunicar el resultado de mis operaciones”.

Para apreciar el asunto debemos tener presente que los periódicos de Montevideo y de Río Grande dieron gran publicidad a los documentos que planteaban esta nueva campaña contra Rosas.

Los comunicados de Lavalle a Ferré; los de éste al general; las órdenes del día al Ejército; y los Mensajes al Congreso General de Corrientes, congregado en Noviembre (1839), tuvieron extensa publicidad.

“O Povo”, el periódico oficial de los republicanos de Río Grande, daba con evidente satisfacción estos documentos, sobre todo por los párrafos que a ellos referían y que encerraban -desde un punto de vista brasileño- el programa externo del pronunciamiento.

Decía el Mensaje legislativo de Ferré:

La situación geográfica de nuestra provincia, por la posición que ocupan nuestros enemigos, impiden al Gobierno extender sus relaciones con las provincias hermanas, pero las tiene entabladas con el presidente de la República ríograndense.
Un enviado de ella está en esta capital. Las comunicaciones que condujo no pueden ser más satisfactorias. El Gobierno espera grandes ventajas de la amistad con estos nuevos republicanos, cuya política y principios liberales son los mismos que animan a todos los buenos argentinos.
¡Cuán dignos son, para el criterio del Gobierno, de que su independencia sea reconocida!

En el suplemento al Nro. 126, contenía “O Povo” la respuesta del Congreso al Mensaje inaugural del P. E. y el párrafo que aludía a esa República:

Los pueblos limítrofes, por su situación topográfica, son llamados por la misma naturaleza para ser amigos.
Las relaciones de comercio y de sangre nos ligan y estrechan cada vez más, y si idénticos son los principios religiosos entre ellos y una misma la marcha política, tanto más se fortifica esta amistad, que será difícil aparezca algún rompimiento entre semejantes vecinos.
Los republicanos riograndenses se encuentran colocados en esta misma situación con respecto a nosotros y las relaciones que V. E. ha entablado con ellos, serán de mayor importancia por la homogeneidad de principios que observan.
Estas deben ser cultivadas por todos los medios que impone una política previsora, y tanto más cuando los esfuerzos que hacen por su independencia son coetáneos con los nuestros, que todos los pueblos del mundo civilizado tienen puestos en práctica para hacerse respetar como Nación.
El Congreso General puede asegurar a V. E. que, en beneficio de la justa causa que sustentan, el pueblo correntino siempre se decidirá por la independencia de tan ilustres americanos”.

A estos enunciados debemos agregar que tales sentimientos repercutían en el seno de los republicanos de Río Grande. Su prensa hacía constar las semejanzas naturales existentes entre la lucha de la República de Río Grande contra el Imperio y la de los argentinos “contra el malvado Rosas”; la necesidad de una cooperación efectiva, traducida en el apoyo recíproco y fundándose en que “la República Argentina estaba destinada, por su posición social, a marchar al frente de la revolución americana(22), se insistía en buscar el apoyo de los libres:

Pudiendo considerarse actualmente al Gobierno de Corrientes y al general Lavalle -agregaban- como los verdaderos representantes de la opinión argentina, los revolucionarios de Río Grande deben dirigirse a ellos en demanda de esa solidaridad”.

(22) “O Povo”, edición del 4 de Diciembre de 1839, publicado en Caçapava. Edición facsimilar, p. 563, Porto Alegre, Estados Unidos del Brasil, 1930. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Victoria de Caá Guazú” (1941). Ed. por el Gobierno de Corrientes.

¡Qué hermosos enunciados de americanismo en esa hora roja de nuestro pasado! Y todo ello -promesa auspiciosa- cae por tierra cuando la opinión exterior, que analizaba la reacción libertadora, anota que falta en las figuras del primer plano la armonía, que consolida, y el plan orgánico, que es prenda de triunfo.

Para apreciar cuánto perdió el esfuerzo con esa falta de unidad de concepto, cabe consignar que, meses después, fracasada ya la gestión política por la actitud de Lavalle, la definición espiritual de los riograndenses para los correntinos fue la misma.

Planteando la prensa el problema de la actitud de esa República ante la guerra contra Rosas, decía:

Desde ya nos pronunciamos en contra de la neutralidad. Su situación geográfica, su situación política, el carácter de su causa, sus precedentes y los nuestros, todo se opone a ella. Trátase de la conquista de un principio que es común a tres Repúblicas; principio único e indivisible para todas las tres, principio que es la base del futuro, que tiene una bandera, un mismo fin y que reclama, por tanto, esfuerzos comunes y sacrificios idénticos”.

Y terminaba:

Pensamos que en la época feliz de la libertad argentina podremos proclamar altamente las virtudes americanas, el civismo, la nobleza y bizarría de nuestros jóvenes hermanos, nosotros, los republicanos de Río Grande”.

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