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El dilema de Rosas y la internacionalización de los conflictos

El encumbramiento de Juan Manuel de Rosas había obedecido a dos causas predominantes

1.- La necesidad de asegurar el régimen federal argentino;
2.- Establecer la paz.

Su prestigio consistió en que se lo consideró el hombre capaz de alcanzar estos dos objetivos.

Si Rosas logró -durante su prolongada hegemonía- acostumbrar a la República a vivir ligada por una serie de Pactos que prepararon e hicieron posible la posterior organización constitucional del país, su federalismo no convenció a muchos de sus contemporáneos.

No sólo era evidente que no se extendía al plano económico, sino que poco a poco fueron más las provincias que resentían la influencia de Rosas y su modo de conducir las cuestiones nacionales.

Así se explica que federales auténticos y amantes de su terruño provinciano, como Ferré, Madariaga, Brizuela, Avellaneda, Peñaloza, se alzaran contra el gobernador de Buenos Aires y lucharan hasta el sacrificio de sus vidas.

Hasta hombres de su órbita desertaron de su causa, a medida que se convencían que Rosas había dejado de ser la garantía del desarrollo y la independencia política de las provincias: así ocurrió con Juan Pablo López, en 1842; y con el general Justo José de Urquiza, en 1851.

Por ello, nos hemos cuidado de no denominar “unitario” al bando y al ejército que mantuvo la lucha contra el régimen bonaerense. Llamarlo así, constituye una anomalía tradicional, que curiosamente no ha sido “revisada”.

Pero donde Rosas fracasa del modo más rotundo e indiscutible es en algo en que estaba personalmente interesado: el logro de la paz. Dentro de su esquema político, Rosas había debido negarse a la organización constitucional del país, pero la adhesión a su Causa y la fuerza de los Pactos no fueron suficientes -por aquéllo mismo- para dar al país la cohesión que Rosas deseaba.

Con quienes se mostraron independientes o reacios -ni qué hablar de sus opositores intolerantes, que por supuesto abundaron- fue incapaz de transar y de conceder. Donde vio resistencia, procuró reducirla. Y para ello debió recurrir constantemente a la guerra.

Así se malogró la paz rosista, no sólo por la virulencia de las reacciones sino porque antes, durante y luego de ellas, la diplomacia de Rosas -cuya fuerza se había demostrado años antes- permaneció curiosamente silenciosa. Cuando Urquiza, por iniciativa propia, firma el Tratado de Alcaraz, Rosas sospechó y se opuso a lo pactado, entregando todo a la suerte de las armas.

Con el correr del tiempo la prolongación de las guerras comenzó a perjudicar los intereses territoriales y comerciales que lo sostenían y Gran Bretaña comenzó a ver en la situación, un estorbo para sus posibilidades comerciales.

Allí estaba el dilema de Rosas: reprimir -privando de paz al país- o cruzarse de brazos, dejando crecer a sus enemigos. La violencia de la época no hacía fáciles las soluciones intermedias, pero los pueblos cansados siempre están proclives a transar. Rosas no lo vio.

- Situación en la Banda Oriental

La consecuencia inmediata de la batalla de Arroyo Grande fue la caída de Corrientes bajo el control rosista y la invasión de la Banda Oriental por Oribe. En ese momento, la Confederación está en paz aunque no esté pacificada en lo profundo

El problema de Oribe con Rivera era aparentemente un asunto interno de la Banda Oriental. En realidad, Rosas no podía admitir allí un régimen que le había sido activamente hostil, ni tampoco podía abandonar al general Oribe, que había sido su brazo armado en el sometimiento de la insurrección del año ‘40.

Oribe, pues, invadió a su país con tropas argentinas y con el auxilio declarado de Rosas.

En Febrero de 1843, Oribe sitió Montevideo mientras la escuadra de Buenos Aires la bloqueaba por el río. El general Paz se encargó de la defensa, pero la oposición de Rivera a su persona lo obligó a dejar el mando -en Julio de 1844- y marcharse a Río de Janeiro, desde donde continuará a Corrientes, a la que llegó en Enero de 1845.

La causa de este viaje era que, desde Abril de 1843, aprovechando que el general Urquiza -gobernador de Entre Ríos después de Caá Guazú- combatía contra Rivera, Joaquín Madariaga había sublevado la provincia de Corrientes y reanimado la resistencia contra Rosas.

- Alianza con el Paraguay. Interés del Brasil

Durante los años 1843 a 1845, Corrientes se mantuvo en esa posición y, en 1846, decidió pasar a la ofensiva luego de concertar una Alianza con el Paraguay al que Rosas rehusaba el reconocimiento de su independencia.

Este paso del Gobierno correntino importaba una nueva internacionalización del conflicto: no sólo intervendrían tropas paraguayas en la campaña sino que se abría la puerta a la acción diplomática brasileña, que poco antes había reconocido la independencia paraguaya y pugnaba por debilitar la influencia de la Confederación en la zona mesopotámica.

Dentro de esta línea, Brasil especulaba sobre los alcances de la ya manifestada intervención anglo-francesa en el Río de la Plata, para unirse a ella.

En realidad, Brasil había estado vinculado al conflicto años antes, apoyando calladamente al partido colorado del general Rivera. Cuando Oribe fue desalojado de la presidencia y cayó bajo la protección de Rosas, la lucha entre ambos caudillos orientales se transformó -indirectamente- en una lucha de influencias entre Argentina y Brasil sobre la Banda Oriental.

Rivera rara vez dejó de traicionar a sus aliados y los brasileños pronto descubrieron que aquél promovía movimientos sediciosos en Río Grande y trataba de suplantar la influencia de Brasil con la británica.

En vista de eso, Brasil se sustrajo prudentemente de intervenir en la nueva cuestión internacional suscitada en torno de Montevideo.

- Cambio de la política exterior británica

Desde que comenzó la década del 30, la importancia de Montevideo -como puerto y centro comercial- creció notablemente. La colonia británica allí instalada prosperó y entró en lógica rivalidad con los comerciantes de Buenos Aires, incluidos los ingleses.

Mientras el comercio porteño había disminuido desde 1840, el de Montevideo crecía, pero la reanudación de la guerra en territorio oriental trajo la evidencia de una nueva traba comercial contra la que quisieron prevenirse los británicos residentes allí que encontraron un campo favorable en un sutil cambio de la política exterior inglesa.

En 1841, Lord Palmerston había sido reemplazado en el Foreign Office por Lord Aberdeen. Poco antes, la cancillería inglesa había producido un Memorandum en el que propiciaba una política de apoyo a los regímenes de paz, que hacían posible el desarrollo del comercio británico.

En una interpretación libre de esta política, Aberdeen, sensible a las reclamaciones de la comunidad británica de Montevideo, trató de obtener un Tratado con aquella plaza a cambio de lo cual le prometía socorro. Esto significaba tomar partido en la contienda, aunque lo que en realidad se proponía el canciller inglés era obrar como mediador para imponer la paz.

- La mediación anglo-francesa

Deseoso de obrar en conjunto con Francia procuró el apoyo de ésta a su acción, que le fue dado en forma vaga e imprecisa. En Marzo de 1842 dio sus Instrucciones a Mendeville, acordando que, en caso de una negativa, debía hacer saber a Rosas que la defensa de sus intereses comerciales podía imponer a su Gobierno “el deber de recurrir a otras medidas tendientes a apartar los obstáculos que ahora interrumpen la pacífica navegación de esas aguas”.

La mediación adquiría así forma de ultimátum y de ese modo lo entendió Mendeville y se lo advirtió a Rosas quien no se inmutó. Ya en 1842, el ministro inglés -conjuntamente con el francés, conde de Lurde- presentó formalmente la mediación. Rosas demoró la respuesta, con visible molestia del francés y, en Noviembre de ese año, la rechazó totalmente.

Poco después se producía Arroyo Grande y el sitio de Montevideo. Ante tal cambio de la situación la mediación carecía de bases, pero los representantes diplomáticos de las dos potencias propusieron un armisticio que significaba salvar a Rivera de su duro trance. Peor aún, prometieron ayuda militar a los sitiados, con lo que animaron la resistencia.

Mendeville se dio cuenta tarde de que había ido demasiado lejos cuando el comandante británico Purvis impidió a la escuadra de Buenos Aires bloquear Montevideo. Purvis fue desautorizado por Aberdeen, pero éste no desistió de su proyectada mediación conjunta pese al rechazo ya sufrido.

Mientras tanto, el comercio montevideano languidecía y Rosas, hábilmente, comenzó a satisfacer las reclamaciones de sus acreedores internacionales con lo que logró que la balanza del interés comercial se inclinara de su lado.

Pero Aberdeen no se percató de ello y amenazó con intervenir militarmente si no se levantaba el sitio de Montevideo y no se retiraban las tropas argentinas de la Banda Oriental.

- Fracasa la misión Ouseley-Deffaudis

Después de ordenar el sitio de Montevideo, Rosas también declaró bloqueado el puerto y cerrada la navegación por los ríos Paraná y Uruguay. El almirante Guillermo Brown fue designado Jefe de la flotilla bloqueadora.

Ante el peligro de una inminente rendición, Rivera y los emigrados de la Comisión Argentina solicitaron nuevamente la ayuda de Francia e Inglaterra. El comodoro Purvis -comandante naval británico en Sudamérica- protestó ante Rosas por el bloqueo debido a la nacionalidad del jefe y de los tripulantes de las naves argentinas(1).

(1) Purvis argumentó que la mayoría de los oficiales y tripulantes de las naves argentinas eran británicos y que de la misma nacionalidad era el almirante Brown. Sostuvo -además- que de producirse actos de hostilidad contra Montevideo las embarcaciones de Buenos Aires serían tratadas como si fueran piratas. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Editorial Troquel.

Cuando el almirante Brown se disponía a operar sobre una isla próxima a Montevideo, su flotilla fue interceptada por naves británicas y debió desistir de su intento. Por su parte, las últimas reaprovisionaban a Montevideo y desembarcaban material bélico.

En Agosto de 1843, Florencio Varela partió hacia Londres -enviado por el Gobierno uruguayo y los emigrados argentinos- para gestionar una ayuda más activa de Inglaterra en la lucha contra Rosas. El comisionado no obtuvo una respuesta categórica y entonces pasó a París, donde tampoco sus gestiones alcanzaron mayor éxito.

A mediados de 1845 llegará a Buenos Aires Guillermo Ouseley, enviado diplomático de Gran Bretaña, con el propósito de poner fin a la guerra en la Banda Oriental y garantizar la independencia de esa República. Poco después, arribó el barón Deffaudis en representación de Francia.

No se llegó a ningún acuerdo porque los diplomáticos exigieron el retiro de las tropas argentinas que actuaban en la Banda Oriental.

Ouseley y Deffaudis pasaron a Montevideo y reforzaron la defensa de la plaza con tropas anglo-francesas. Naves de las potencias aliadas se apoderaron de las pocas embarcaciones de Brown las cuales -ahora con pabellón oriental- fueron puestas a las órdenes de José Garibaldi quien -con el apoyo de la escuadra europea- tomó la Colonia y poco después la isla Martín García.

Los anglo-franceses remontaron el río Uruguay y Garibaldi saqueó la población de Gualeguaychú. El 18 de Septiembre de 1845, los ministros Ouseley y Deffaudis declararon el bloqueo al puerto y a las costas de Buenos Aires.

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