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La batalla de Caseros. Destitución de Juan Manuel de Rosas

- La campaña contra Rosas

Justo José de Urquiza -desde Diamante- y Benjamín Virasoro desde Las Conchillas, organizaron el gran Ejército Aliado que había de atacar a la dictadura en sus propios cuarteles.

Urquiza acampó a orillas del Paraná, próximo a Diamante. Inmediatamente, comienza el fortalecimiento del Ejército Grande en Diamante, que se pone en pie con una rapidez asombrosa.

Nunca se había visto tamaño Ejército en el país: en esos momentos, el Ejército Aliado -denominado Ejército Grande- se componía de unos 30.000 hombres, de los cuales cerca de 24.000 eran argentinos; 4.000 brasileños; y 2.000 orientales.. En el territorio oriental estaba listo un Ejército de Reserva, integrado por 10.000 brasileños.

Todos los jefes de división eran federales, con excepción del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, cuyo color político es difícil de definir; Benjamín Virasoro, Juan Medina, José Domingo Abalos, Juan Pablo López, José Miguel Galán, Manuel Antonio Urdinarrain y Miguel G. Galarza.

Algunos oficiales que han militado en el “unitarismo”, también se incorporaron. Los principales eran: Isidro Aquino y el teniente coronel de artillería Bartolomé Mitre. Domingo Faustino Sarmiento obtuvo un cargo administrativo en el Ejército.

Mientras tanto, Juan Manuel de Rosas no tomaba ninguna medida que la prudencia le hubiera aconsejado en tales circunstancias.

- El avance del Ejército Grande

A mediados de Diciembre de 1851, Urquiza inició las operaciones, con el cruce del río Paraná y la invasión de la provincia de Santa Fe, con la colaboración de la escuadra brasileña, sin ser hostigado por las fuerzas rosistas. En Santa Fe no encontró resistencia, pues el gobernador Pascual Echagüe retrocedió para unirse con Rosas.

Reunidas las diferentes unidades y distribuidos los comandos se inició el pasaje del caudaloso Paraná, el 23 de Diciembre de 1851. El Ejército cruzó el río Paraná el día de Navidad de 1851. Las tropas de infantería y artillería cruzaron en buques militares brasileños, mientras la caballería cruzó a nado(1).

(1) Julio H. Rube. “Hacia Caseros. 1850-1852 (Memorial de la Patria)” (1978), pp. 165-171. Ed. La Bastilla.

Presidíalo, desde una cuchilla que dominaba el panorama, un brillante Estado Mayor: el general Urquiza, el general Virasoro, el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, el general Juan Pablo López, el coronel José María Pirán, el comandante Domingo Faustino Sarmiento y algunos ayudantes.

Hacíase el pasaje en botes y chatas construidas bajo la dirección del general Pedro Ferré, en su residencia de La Paz(2).

(2) A comienzos de 1848 regresó a su patria el brigadier Pedro Juan Ferré. El general Justo José de Urquiza le encargó algunos trabajos. En 1851 colaboró en la planificación del cruce del río Paraná por las tropas que iban a triunfar en Caseros. De esta manera asistió a la derrota del régimen rosista, con el cual se había enfrentado e intentado por todos los medios hacer comprender las justas ideas del sistema federalista. // Citado por Gabriel Enrique del Valle. “Los Hombres que Gobernaron Corrientes (Compendio de Historia Política)” (2007). Edición del Autor.

Al segundo día de la operación(3), una división de Corrientes pidió permiso para pasar a nado, que le fue acordado. El día 24 de Diciembre de 1851 pasó el general Urquiza con su Estado Mayor y, acto continuo, emprendió la marcha sobre el Ejército de Juan Manuel de Rosas, con la actividad que le era habitual.

(3) Martín Ruiz Moreno. “La Organización Nacional”, p. 245. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Vida Pública del Dr. Juan Pujol (Historia de la provincia de Corrientes de Marzo 1843 a Diciembre 1859)” (1920). Ed. por J. Lajouane & Cia.

Al llegar a territorio santafesino, las fuerzas de Rosario se unieron a ellos; el gobernador Echagüe abandonó con sus fuerzas la capital, mientras Domingo Crespo -llegado con las tropas aliadas- se hacía elegir gobernador. Falto de apoyo por parte de Pacheco, que estaba en San Nicolás, Echagüe siguió camino hacia Buenos Aires(4).

(4) Leoncio Gianello. “Historia de Santa Fe” (1988), pp. 294-295. Ed. Plus Ultra.

La toma de la Ciudad de Santa Fe por el coronel Francia, al frente del batallón de Cívicos de Paraná; la incorporación al Ejército Aliado del teniente coronel Estanislao Zeballos y de los Cívicos del Rosario; el Pronunciamiento del pueblo de San Nicolás -que Urquiza hizo proteger con el coronel Cayetano Virasoro, al mando de un batallón de las divisiones correntinas- fueron circunstancias que levantaron definitivamente el espíritu de los expedicionarios.

El general Pascual Echagüe, gobernador de Santa Fe, que tuvo tiempo de levantar una fuerte leva a base de las fuerzas de línea a sus órdenes, de los coroneles Vicente González y Santacoloma, no lo hizo ni molestó en nada el paso del Ejército Aliado. Por el contrario, debilitado por la defección de González y sus milicianos, retrocede para Buenos Aires. Fue la dirección adoptada por el Ejército Aliado, así que terminó el cruce del Paraná.

Al entusiasmo que reina en las filas de Urquiza, corresponde una marcada frialdad en el bando contrario. La gente está harta de guerras. Los soldados todavía responden a su caudillo, pero entre los jefes se nota una apatía, rayana en el desgano y aún en el disgusto.

El general Lucio Norberto Mansilla -héroe de la Vuelta de Obligado y pariente del dictador- rechaza el mando superior y se va a su casa. Rosas nombra entonces a Angel Pacheco, pero éste renuncia varias veces, invocando que es desobedecido y que hay “órdenes secretas” en el Ejército que no emanaban de él. Tras muchas vacilaciones, acepta el cargo.

En tanto, en la marcha hacia Buenos Aires del Ejército de Urquiza un episodio provocó alarma. Los 700 hombres -puestos a las órdenes del coronel Aquino- se sublevaron y luego de asesinar a sus jefes se incorporaron a los efectivos de Rosas.

El 18 de Enero de 1852, el general Urquiza empezó a pasar el Arroyo del Medio y el 19 de Enero acampaba todo el Ejército en territorio de la provincia de Buenos Aires. El dictador no se movía de Santos Lugares. Quería dar la batalla en las puertas de su poder.

El Ejército Grande prosiguió su avance, favorecido por los desaciertos del enemigo. El general Pacheco -jefe de las fuerzas rosistas- no supo aprovechar las ventajas que le ofrecía el Arroyo del Medio, para tender una línea defensiva.

Sin embargo, y además de una lucha de pequeñas guerrillas, en los días 24 y 25 de Enero de 1852, la vanguardia de Rosas -mandada por el general Hilario Lagos- y la de Urquiza por el general Juan Pablo López, chocaron el día 31 de Enero. El combate fue reñido y terminó con la victoria de los nuevos cruzados.

A fines de Enero de 1852, el Ejército Aliado llegó a Luján y prosiguió su avance hasta el arroyo Morón. En la misma fecha, un jefe denuncia a Rosas que Pacheco lo traiciona. Según el testimonio de Antonino Reyes -secretario de Rosas- esta noticia produjo en éste un efecto tremendo.

El 30 de Enero, Urquiza llega al Río de las Conchas y Pacheco -jefe del Ejército porteño- en vez de defender el paso retrocede sin presentar batalla y se retira sobre Caseros, obstaculizado además por medidas contradictorias de Rosas. luego envía su renuncia a Rosas y se va a su estancia(5).

(5) Julio H. Rube. “Hacia Caseros. 1850-1852 (Memorial de la Patria)” (1978), pp. 200-207. Ed. La Bastilla. Algunos historiadores señalan que Pacheco se retiró a su estancia sin avisar al gobernador. Aunque no todos los testimonios coinciden, Pacheco ha sido acusado de traicionar a Rosas, y su rápida adaptación a sus vencedores parece confirmarlo.

Estos episodios ensombrecieron el ánimo de Rosas. Obligado por las circunstancias tuvo que asumir el mando supremo y Rosas -en persona- tomó el mando de sus fuerzas cuando nunca lo había hecho y no había estado en otra batalla -propiamente dicha- que la de Puente de Márquez, 22 años antes.

De modo que Rosas asumió personalmente el mando de su Ejército. Fue una pésima elección: era un gran político y organizador, pero no era en absoluto un general capaz. No maniobró para elegir un campo de batalla, ni se retiró hacia la capital a esperar un sitio; simplemente esperó en Santos Lugares. Su única avanzada -al mando de Lagos- fue derrotada en los “Campos de Alvarez” el 29 de Enero de 1852(6).

(6) Julio H. Rube. “Hacia Caseros. 1850-1852 (Memorial de la Patria)” (1978), pp. 206-214. Ed. La Bastilla.

Ambos Ejércitos tenían fuerzas equivalentes, en torno a los 24.000 hombres cada una y sin gran diferencia en el armamento. El gran contraste estaba en el comando: Urquiza era el general más capaz de su época, mientras Rosas era un burócrata. Por otro lado, las tropas porteñas eran -en su gran mayoría- jovencitos y ancianos(7).

(7) Julio H. Rube. “Hacia Caseros. 1850-1852 (Memorial de la Patria)” (1978), pp. 137-162. Ed. La Bastilla.

Sabedor de la derrota de su vanguardia, Rosas concentra sus tropas en Morón. El Ejército Aliado avanza y cruza los pasos difíciles de los puentes de Márquez y de la Cañada de Morón. Para realizar estas operaciones, hace llamar la atención de Rosas por el extremo opuesto.

Esta tarea delicada estuvo a cargo de la caballería correntina, al mando del coronel José Antonio Virasoro. Los ejércitos quedaron enfrentados y listos para dar la batalla decisiva.

El 2 de Febrero de 1852, mientras Urquiza se aproximaba, Rosas reunió un Consejo o Junta de Guerra en el campamento de Santos Lugares -a la que asistieron el general Martiniano Chilavert y los coroneles Hilario Lagos, José Díaz, Jerónimo Costa y otros- donde el gobernador bonaerense manifestó su decisión de luchar, pero ofreciendo su renuncia si la opinión era la de pactar con el enemigo.

Se optó por dar batalla, dada la cercanía del adversario, resolviéndose confiarlo todo a una batalla campal.

- La batalla de Caseros. Derrota de Rosas

En la mañana del 3 de Febrero de 1852 -muy temprano- el general Urquiza dirigió a las fuerzas de su mando una Proclama vibrante(8).

(8) Julio Victorica. “Urquiza y Mitre”, p. 18. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Vida Pública del Dr. Juan Pujol (Historia de la provincia de Corrientes de Marzo 1843 a Diciembre 1859)” (1920). Ed. por J. Lajouane & Cia.

Luego, tendida la línea de batalla, el general recorrió todas las divisiones, dirigiendo a cada una corta alocución. Al enfrentar a la de Corrientes, díjole:

“Soldados: detrás de esa línea roja que tenéis al frente hallaremos la Constitución de la República y la libertad de la patria por la que habéis combatido tantos años...”.

En ese momento se rompía el fuego de cañón...

Escapa a los límites de este escrito la descripción de la batalla de Caseros. La han hecho escritores de fama, actores de esa página de luz de nuestros anales más gloriosos, entre ellos el general César Díaz, habilísimo general y jefe, en ese entonces, de la división Oriental.

Pero sobre estas descripciones -reproducidas constantemente, porque la verdad es una y la gloria de todos los valientes que labraron la organización del país en el llano de Caseros- está el Parte oficial que el Mayor General del Ejército Aliado y gobernador de la provincia de Corrientes, general Benjamín Virasoro, elevó al general Urquiza, el 6 de Febrero de 1852, desde el Cuartel General, en Palermo de San Benito.

Julio Victorica, el eminente autor de “Urquiza y Mitre”, lo ha dado a publicidad en la página 19 de su obra. A él nos remitimos:

Según este Parte, revistaron en primera línea -entre los jefes correntinos-:

* el teniente coronel Cayetano Virasoro, comandando dos batallones correntinos del ala derecha, a las órdenes del coronel José Miguel Galán;
* el general Juan Madariaga, al frente de dos escuadrones de Buenos Aires (de Oroño y Susviela), a las órdenes del brigadier Anacleto Medina;
* el general Benjamín Virasoro, con la mayoría de las fuerzas correntinas que constituyeron las fuerzas flanqueadoras de la extrema izquierda;
* el coronel José Antonio Virasoro, que con caballería correntina protegió la travesía de la Cañada de Morón y luego engrosó la reserva, a las órdenes directas del general Urquiza; etc.

Victorica, en una Nota al Parte que reproduce(9) dice, refiriéndose al Mayor General del Ejército Aliado:

“El general Benjamín Virasoro fue de los jefes más valientes, más honrados y más modestos del Ejército Argentino.
“Ocupaba el primer puesto en el escalafón militar de la Nación cuando falleció en Buenos Aires, siendo presidente el general Roca. No se le tributaron honores. Su familia transportó el cadáver a Rosario, en un furgón del ferrocarril.
“¡Virasoro había sido el segundo Jefe del Ejército vencedor en Caseros! Leal compañero y amigo del general Urquiza en la obra de la Organización, lo acompañó en las campañas de Cepeda y de Pavón”.

(9) Julio Victorica. “Urquiza y Mitre”, p. 25. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Vida Pública del Dr. Juan Pujol (Historia de la provincia de Corrientes de Marzo 1843 a Diciembre 1859)” (1920). Ed. por J. Lajouane & Cia.

Las tropas correntinas que lucharon en Caseros se formaban de las siguientes Unidades:

Armas Jefes Fuerzas
Artillería Tte. coronel González 130 hombres
Infantería (Defensores) mayor Martínez 350 hombres
Infantería (Patricios) mayor Acevedo 360 hombres
Div. de Cab. (Escolta) coronel Virasoro 750 hombres
Div. de Cab. (1er. Reg.) coronel Ocampo 680 hombres
Div. de Cab. (2do. Reg.) coronel López 500 hombres
Div. de Cab. (3er. Reg.) coronel Paiva 540 hombres
Div. de Cab. (4to. Reg.) coronel Cáceres 600 hombres
Div. de Cab. (5to. Reg.) coronel Bejarano 650 hombres
Div. de Cab. (6to. Reg.) coronel Ricarde 700 hombres
TOTAL 5.260 hombres

La batalla de Caseros, del 3 de Febrero de 1852, duró unas cuatro horas. Fue la batalla más grande de la historia de Sudamérica por el número de combatientes. Los testimonios sobre la misma difieren enormemente debido a la extensión del frente de combate, que impedía a cada testigo saber qué pasaba fuera de su campo visual. El grueso del Ejército de Rosas abandonó el campo sin casi combatir y las fuentes citan cifras muy variables de bajas(10).

(10) Pablo Camogli. “Batallas entre Hermanos” (2009), pp. 182-184. Ed. Aguilar.

El 3 de Febrero de 1852, en el campo de Caseros, se libró la lucha. El grueso del Ejército Aliado había continuado su avance y en la madrugada del 3 de Febrero atravesó, sin dificultad, el arroyo Morón y extendió sus líneas frente a la posición que ya ocupaba el de Rosas.

Este había dispuesto sus efectivos en las alturas de Caseros (hoy estación El Palomar), a tres leguas de Buenos Aires(11).

(11) El Ejército Grande contaba con 24.000 hombres y 50 piezas de artillería, distribuidos en la forma siguiente:
* ala derecha: batallones de infantería y caballería entrerriana y correntina, y caballería brasileña, a las órdenes de los generales Lamadrid, Medina y de los coroneles Galán, Mitre y otros.
* en el centro: la división brasileña, dirigida por el marqués de Souza, y dos batallones argentinos, a las órdenes del coronel Rivero.
* el ala izquierda: cuatro batallones uruguayos, encabezados por el coronel César Díaz, y otros contingentes, dirigidos por Juan Pablo López.
Por su parte, Rosas contaba con 22.000 hombres y 60 piezas de artillería, agrupados en esta forma:
* ala derecha: formada por cinco regimientos de caballería y once batallones de infantería, con artillería interpolada, a las órdenes del general Pinedo.
* en el centro: treinta cañones, al mando de Chilavert; y,
* en el ala izquierda: tres batallones de infantería, dirigidos por José Díaz.
// Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

A las 09:00 del mencionado día, Chilavert -desde su posición, en el Palomar de Caseros- inició el combate con un intenso cañoneo, que fue respondido por la artillería brasileña.

Urquiza observó que el punto más vulnerable de las fuerzas rosistas era el flanco izquierdo y contra ella envió sus tropas de caballería, que consiguieron imponerse.

El ala derecha defensora, sometida a otro violento ataque por el Ejército Grande, cedió, luego de encarnizada lucha. Desde ese momento, las acciones se concentraron en la tenaz resistencia de Chilavert, quien se rindió y fue tomado prisionero; su artillería se encontraba, prácticamente, sin municiones.

Los ejércitos eran parejos en número y disciplina. La posición defensiva era buena, pero la conducción de Rosas fue totalmente estática y sus subordinados tampoco dieron muestras de iniciativa.

Urquiza planeó bien su acción, aunque siguiendo una actitud que le sería típica: en un momento de la batalla abandonó la conducción general para mezclarse en la batalla como jefe de un ala.

La victoria de los aliados fue total y el triunfo de Urquiza completo. Rosas nada salvó y con unos pocos seguidores regresó a Buenos Aires. Los honores de la jornada habían correspondido a la caballería mesopotámica y a la infantería oriental. Quedaron en su poder unos 7.000 prisioneros, ochenta carros, quinientas carretas, todo el parque, sesenta cañones y numerosas armas de menor calibre.

Poco antes de concluir la batalla, cuando su derrota era segura y cuando ya todo estaba perdido, Rosas se retiró -con un pequeño contingente- alejándose rumbo a Matanza, pero salió en su persecución una fuerza aliada que, si bien no logró apresarlo, consiguió herirlo de un balazo en el dedo pulgar de la mano derecha.

En el camino hacia la ciudad, Rosas redactó inmediatamente su renuncia. En los suburbios de Buenos Aires y en la sola compañía de Lorenzo López, se detuvo en el Hueco de los Sauces (próximo a la actual Plaza Constitución) y allí -bajo un árbol frondoso- redactó, con lápiz, en un pliego que apoyó sobre la rodilla, la renuncia a su cargo, que su asistente llevó a la Legislatura(12).

(12) Dice el documento:
“Febrero 3 de 1852. Señores Representantes:
“Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador de la provincia y la suma del poder con que os dignasteis honrarme. Creo haber llenado mi deber, como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales, y mis compatriotas y compañeros de armas.
“Si más no hemos hecho, en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y nuestro honor, es porque más no hemos podido.
“Permitidme, honorables Representantes, que al despedirme de vosotros os reitere el profundo reconocimiento con que os abrazo tiernamente, y ruego a Dios por la gloria de Vuestra Honorabilidad, de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha, y en el campo, perdonad que os escriba con lápiz esta Nota, y de una letra trabajosa.
“Dios guarde a V. H. muchos años’’.
// Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Inmediatamente, Rosas penetró en el centro de la ciudad y en el más absoluto secreto, se asiló en la legación británica, más precisamente en la casa de Roberto Gore, el encargado de negocios de Gran Bretaña, quien, esa misma noche lo condujo, sin inconvenientes -junto con sus hijos Juan y Manuelita- a la fragata inglesa “Centauro”.

Cuatro días después partía para Inglaterra para no regresar jamás. Los expatriados transbordaron a la nave “Conflict” que los trasladó a Inglaterra(13).

El ex gobernante llevó consigo numerosos documentos del archivo oficial(14).

(13) Rosas y sus hijos desembarcaron en Plymouth, el 25 de Abril de 1852; poco después se dirigieron a Southampton, donde el primero arrendó una chacra y pasó los años dedicado a labores agrícolas y ordenando papeles, con la intención de poder justificar sus actos de gobierno. Debió afrontar épocas de estrechez económica, por cuanto sus bienes fueron confiscados por el Gobierno provisional de Vicente López y Planes. En cierta oportunidad, el propio Urquiza le envió dinero. Rosas falleció en Southampton, el 14 de Marzo de 1877. Tenía 84 años y sus restos fueron depositados en la sección católica del cementerio de aquella ciudad inglesa. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.
(14) El 30 de Setiembre de 1989 llegaron los restos de Rosas al país. Luego de más de un siglo en territorio inglés, recién durante el mandato de Carlos Saúl Menem (1989-1999) se cumplió el anhelo del brigadier general Rosas: descansar en Buenos Aires. Sobre este momento de la historia reciente, escribe la dirigente nacionalista Jackeline Luisi lo siguiente:
“En su testamento Rosas manifiesta la voluntad de ser inhumado en el cementerio católico de Souhtampton, en una sepultura moderada, sin lujo de clase alguna, pero sólida, segura y decente, ‘hasta que en mi patria se reconozca y acuerde -por el Gobierno- la justicia debida a mis servicios’. Recién entonces será repatriado y colocado en una sepultura de las condiciones expuestas.
“En el año 1938 se organiza en el restaurante Edelweiss -de la Capital Federal- el Instituto Juan Manuel de Rosas, con la presencia del general Iturbide, los historiadores Julio Irazusta y José María Rosa y Manuel de Anchorena entre otros y con la misión de organizar la repatriación de los restos del brigadier general Juan Manuel de Rosas.
“Le cupo a don Manuel de Anchorena -descendiente de los Ortiz de Rosas, con militancia desde su juventud en el nacionalismo y el peronismo- organizar la repatriación como una necesidad imperativa, un justo desagravio y una reparación histórica.
“Durante los años 1974 al 1976 se desempeñó como embajador de la República ante Gran Bretaña designado por el entonces presidente general Juan Domingo Perón y con la orden expresa del mismo Perón de iniciar los trámites de la repatriación.
“Batalló para que los despojos del ‘Restaurador de las Leyes’, luego de tantos años de exilio retornaran a la patria. No fue el Gobierno inglés el que obstaculizara el retorno entonces, sino sectarios intereses de argentinos, algunos ellos del propio poder político gobernante por aquellos años.
“En el año 1989, luego de asumir el nuevo Gobierno justicialista del doctor Carlos Saúl Menen y tomada la decisión política de concretar la gesta añorada por muchas generaciones de argentinos, el embajador Manuel de Anchorena integró desde el inicio la Junta Ejecutiva de Repatriación de los restos mortales de Rosas y que llevaría a cabo el histórico acontecimiento. También el Instituto Juan Manuel de Rosas fue nacionalizado y pasó a depender de la Secretaría de Cultura de la Nación.
“Los restos de don Juan Manuel de Rosas, defensor de la soberanía nacional, que gobernara los destinos de la patria, la entonces Confederación Argentina durante dos Administraciones (de 1829 a 1832 y de 1835 a 1852), pudieron retornar al país en medio de magníficas expresiones populares.
“El 30 de Septiembre de 1989, luego de 137 años de exilio, llegaron al país sus despojos mortales. Todas las agrupaciones de gauchos y criollos agrupados en los centros tradicionalistas, concurrieron de todos los rincones del país y de la hermana Uruguay.
“El pueblo reunido en las calles, desde el Puerto de Buenos Aires, en sus avenidas, en la recorrida por la Plaza de Mayo y hasta su tumba definitiva rindió el postrer homenaje a aquél que en vida fuera el ‘Señor de la Pampa’.
“Hombre de criollas costumbres, Manuel de Anchorena encabezó la marcha de 5.000 paisanos que, desde el Puerto, acompañaron los restos de Rosas que con gran ceremonia fue llevado al Cementerio de La Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires donde, tras una Misa de cuerpo presente, a cargo del Padre Alberto Ezcurra -descendiente familiar directo- fue llevado a la bóveda de su familia donde por fin descansa en paz entre los argentinos”.

Después de la batalla, los coroneles Chilavert(15) y Santa Coloma fueron asesinados y en los días sucesivos hubo ejecuciones masivas de prisioneros. Entre ellos se destacaron los soldados de uno de los regimientos rosistas forzados a unirse a Urquiza, que se habían pasado a Rosas matando a sus oficiales, pero no fueron los únicos(16).

(15) Francisco H. Uzal. “El incomprensible fusilamiento de Chilavert”, en “Todo es Historia”, Nro. 11.
(16) Julio H. Rube. “Hacia Caseros. 1850-1852 (Memorial de la Patria)” (1978), pp. 237-240. Ed. La Bastilla.

- Balance de una época

Los historiadores de tendencia liberal han estudiado con especial énfasis el período de las guerras civiles que median entre Cepeda y Caseros. La importancia capital que le dan a este período tiene origen en un punto de vista institucionalista, ya que se trató de un período durante el cual -excepto por el efímero experimento de Rivadavia- no había existido un Gobierno Central(17)(18).

(17) Graciela Cabal y Félix Weinberg. “La Epoca de Rosas” (antología) (1979), en “Historia Argentina Testimonial. Ed. Centro Editor de América Latina.
(18) Enrique de Gandía. “Historia Política Argentina (Epoca de Rosas) (1994). Ed. Claridad.

Estas fuentes afirman que las guerras civiles de ese período habrían costado la vida de unos 20.000 argentinos en los campos de batalla -principalmente hombres adultos- y provocado medio millón de viudas, niños huérfanos y ancianos sin familia; en total, un tercio de la población rioplatense se vería afectada por la pérdida de un familiar directo(19).

(19) Rodolfo Adelio Raffino. “El Dorado y dos Argentinas” (2006), p. 35, Buenos Aires. Ed. Dunken.

Según escritores de tendencia unitaria de mediados del siglo XIX -como Andrés Lamas- durante los veintidós años que duró la “época de Rosas”, contando desde la caída de Lavalle en Buenos Aires hasta Caseros, unas 16.000 personas sufrieron una muerte violenta a causa de la constante represión y persecución política impuesta por Rosas (cifras hasta 1843), sin contar sus campañas contra los indígenas de la Pampa(20).

(20) Andrés Lamas. “Apuntes Históricos sobre las Agresiones del Dictador Argentino D. Juan Manuel Rosas contra la Independencia de la Republica Oriental del Uruguay” (1849) [1845], publicado en “El Nacional”, pp. LXXI, nota Nro. 54, Montevideo.

Las fuentes oficiales rosistas hablan de apenas 400 ejecuciones -entre 1829 y 1843- mientras que el juicio in absentia, se consideró a Rosas culpable de 2.354 condenas a muerte, incluyendo las de prisioneros no políticos en un proceso para nada imparcial.

Las cifras más moderadas las dio John Lynch respecto del número de muertes: más de 250, menos de 6.000 y, tal vez, en el orden de 2.000 para todo el período 1829-1852(21).

(21) Domingo F. Sarmiento. “Facundo (Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas” (2003), Miami, EE. UU. Ed. Stockcero Inc. Véase el Prólogo de Juan Carlos Casas, p. IX. Basado en la obra de John Lynch. “Argentine Caudillo: Juan Manuel de Rosas” (1980), p. 232, Oxford, Inglaterra.

Una estimación más moderna que la de Lamas, que intenta aproximarse al número de bajas ocurridas durante los combates de las distintas guerras civiles, estima -muy aproximadamente- unos 4.000 muertos hasta Cepeda y unas 22.000 bajas entre Cepeda y Caseros(22).

(22) Pablo Camogli. “Batallas entre Hermanos” (2009), pp. 318-320. Ed. Aguilar. 

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