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Las consecuencias de Caseros

Era un cálido día de verano aquél el 3 de Febrero de 1852. En Buenos Aires, ciudad de noventa mil habitantes, la población esperaba noticias con inquieta ansiedad. A la tarde se supo que las fuerzas del gobernador Juan Manuel de Rosas habían sufrido una derrota esa misma mañana, en la llanura de Monte Caseros, dieciséis kilómetros al oeste del centro de la ciudad, por un Ejército insurgente al mando del gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza.

Unos cinco mil fugitivos de las fuerzas de Rosas empezaban a congregarse en la Plaza Mayor y se hablaba vagamente de ofrecer nueva resistencia al enemigo, pese a que el mismo Rosas -luego de borronear apresuradamente su renuncia, disfrazado con el uniforme de un soldado común- apareció en la casa del Encargado de Negocios de Gran Bretaña en Buenos Aires, donde se dejó caer muerto de cansancio en la cama de Mr. Robert Gore(1).

(1) Gore a Palmerston, 9 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, despacho privado sin numerar. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El régimen de Rosas, que había gobernado arbitrariamente la provincia de Buenos Aires durante más de veinte años y había sido para el resto de las provincias argentinas un Gobierno de facto, llegaba a su fin. Pero la ciudad no sabía cómo reaccionar.

¿Había que alegrarse porque una tiranía llegaba por fin a su término? ¿O había que preocuparse porque el orden y la estabilidad dejaban de estar garantizados por un fuerte dirigente? ¿Era correcto el análisis que John Pendleton -el Encargado de Negocios de Estados Unidos en Buenos Aires- trazaba en su mensaje de año nuevo, en 1852, a su Gobierno,

“¿...que este sistema tiende inevitablemente a destruir todo el país, a matar o a retener en la prosecución de guerras perpetuas a todos los hombres, a detener el desarrollo de sus recursos y poner así límite -con determinación y rapidez- a todos los negocios...”?(2)

(2) Pendleton a Webster, 2 de Enero de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, Nro. 3; publicado en William R. Manning. “Diplomatic Correspondence of the United States (Inter-American Affairs. 1831-1860)” (1932-1939), tomo I, p. 519, doce volúmenes. Ed. en Washington, D. C. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Muchos escritores e historiadores condenaron el régimen de Rosas con palabras bastante más duras que éstas. ¿O acaso los temores que expresó el Encargado de Negocios británico en la víspera de la batalla de Caseros bastan para justificar a Rosas?

“Si el resultado fuera contrario a Rosas, no puedo sino mirar con la mayor prevención la situación futura de este país, pues mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar un Gobierno.
“Para los extranjeros que han vivido bajo el presente Gobierno, la pérdida ha de ser harto grande, pues les había asegurado una perfecta protección de la vida y de sus bienes; y aunque este sistema no es uno que convenga a nuestras nociones de libertad, escasas son las quejas que provocó”(3).

(3) Gore a Palmerston, 2 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, Nro. 13. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

En verdad, la ciudad se había beneficiado de diversas maneras con la Administración de Rosas. Casi todo el comercio de importación y exportación argentino había pasado por Buenos Aires y pagado derecho a las Arcas provinciales. Estas rentas pseudonacionales habían aumentado las ganancias de los porteños.

“Durante veinte años ni siquiera el uno por ciento de las rentas públicas fue gastado más allá de los suburbios de la Ciudad de Buenos Aires”(4).

(4) Pendleton a Everett, 28 de Diciembre de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, Nro. 24. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Encargado de Negocios norteamericano agregaba que, por lo menos las nueve décimas de todos los capitales radicados en la Argentina estaban en Buenos Aires.

No es de extrañar entonces que la reacción del pueblo porteño al conocer la batalla de la mañana fuera tan ambigua, tan indiferente hasta el punto de parecer apática. Rosas se había conquistado la eterna enemistad de una sola clase en la Argentina: los intelectuales liberales, a quienes persiguió implacablemente y obligó al fin a refugiarse en el exilio.

Pero aun cuando aseguró cierto orden y estabilidad a la escena local, no pudo lograr durante los años que detentó el poder, la lealtad indisputable de ningún grupo importante, estuviera compuesto éste por terratenientes, militares, clero, comerciantes o extranjeros.

Una gran parte de la población de Buenos Aires -antes de Caseros- esperaba que Rosas sufriera una derrota y esta falta de apoyo se evidenció en el campo de batalla cuando los veinticinco mil hombres del ejército de Rosas se dispersaron sin entablar combate. Gore puso el dedo en la llaga al referirse a los sentimientos del público porteño en la carta que mandó al Foreign Office un mes antes de Caseros:

“Según mi parecer, la falta de entusiasmo es muy grande; la masa del pueblo desea la paz, creyendo obtenerla más fácilmente si se permite que Urquiza destruya -o por lo menos arroje- a Rosas del poder; no hay ninguna simpatía hacia Urquiza en Buenos Aires, pero el deseo de paz es general, lo que permitiría a la gente atender asuntos que, debido a la guerra, hace mucho que fueron abandonados”(5).

(5) Gore a Palmerston, 4 de Enero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, despacho privado sin numerar. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Los agentes diplomáticos y cónsules extranjeros en Buenos Aires mostraron mucha actividad aún antes de conocerse en la ciudad el resultado de la batalla. Los ciudadanos de otros países formaban un porcentaje significativo de la población -por lo menos el 45 por ciento- y era aún mayor la proporción de establecimientos comerciales y tiendas que estaban en manos de extranjeros.

Por consiguiente, el cuerpo diplomático mostró inmediata preocupación por cualquier desorden o acto de violencia que se debiera a la batalla. En la tarde, pequeños grupos de fuerza de marinería de los buques de guerra británicos, franceses y estadounidenses surtos en la rada, habían sido llevados cerca de la costa en botes de escaso fondo.

Al general Mansilla -comandante de la reserva de Buenos Aires y, por consiguiente, comandante de la Ciudad de Buenos Aires en la ausencia de Rosas- se le envió una solicitud oficial pidiéndole que permitiera desembarcar esas fuerzas de marinería en salvaguardia de la vida de los extranjeros y para proteger sus bienes en la ciudad.

A las cuatro de la tarde, los diplomáticos seguían aún esperando la respuesta a este mensaje y en ese momento recibieron una Nota escrita apresuradamente por el general Mansilla en la que éste les rogaba dirigirse inmediatamente al Cuartel General de Urquiza,

“... para poder prevenir en lo posible un innecesario derramamiento de sangre, para darle seguridades (a Urquiza) sobre la situación de la ciudad, sobre su incapacidad y falta de inclinación hacia cualquier forma de resistencia y los grandes daños y desórdenes que seguirían inmediatamente a la entrada de su Ejército”(6).

(6) Pendleton a Webster, 8 de Febrero de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, Nro. 7. Publicado en William R. Manning. “Diplomatic Correspondence of the United States (Inter-American Affairs. 1831-1860)” (1932-1939), tomo I, p. 525, doce volúmenes. Ed. en Washington, D. C. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Los representantes extranjeros convinieron reunirse a las seis de esa misma tarde y partir para Palermo, donde se suponía podía encontrarse Urquiza.

Grande fue la sorpresa de Mr. Gore cuando volvió esa tarde a su casa a fin de prepararse para la excursión y su criado le informó que “... una persona vestida como un soldado común, pero de quien sospechaba que pudiera ser el general Rosas”, en las primeras horas de la tarde había pedido permiso para entrar y ahora estaba acostado en su cama.

“Inmediatamente entró y encontró a Rosas cubierto de tizne de pólvora y agotado por el cansancio y el hambre; pero fuera de esto, muy tranquilo y en perfecto dominio de sí.
“Riéndose me dijo: ‘¡Qué hecho más curioso es que el caballo que entregué a Mr. Southern para la reina Victoria me haya salvado la vida esta mañana y ahora estoy bajo la protección del pabellón británico!’”(7).

(7) Gore a Palmerston, 9 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina , volumen 167. Muchas versiones de la huida de Rosas dan motivo a creer que Gore había trazado detallados planes algunos días antes de la batalla de Caseros. Sobre este particular, el Informe privado de Gore al Foreign Office es especialmente interesante:
“Poco pensaba -al zarpar el paquete en la tarde del 2 del corriente- que al día siguiente el Gobierno del general Rosas y su existencia política llegarían a su término en este país; y de todos los hechos que desde entonces pude espigar, tanto él como su familia estaban en completa ignorancia del poder, fuerza y recursos del Ejército bajo el mando del general Urquiza e informaciones falsas les habían hecho creer que en el caso de ocurrir una batalla el general Rosas podía contar con el éxito.
“En la tarde del 2 de Febrero, día anterior a la así llamada batalla, me aseguraron positivamente en la Casa de Gobierno que el general Benavídez, gobernador de la provincia de San Juan, estaba en la retaguardia del Ejército de Urquiza con 4.000 hombres y 8.000 caballos y que Pedro Rosas estaba en la retaguardia del ala derecha con 2.000 indios de modo que -según esta información- el Ejército de Urquiza estaba entre dos fuegos; esto era completamente falso”.
// Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Lógicamente, Rosas había buscado protección al amparo de la bandera de Gran Bretaña, poder mundial con el cual su país había mantenido estrechas relaciones comerciales.

A pesar de la intervención naval franco-británica contra su Gobierno durante la década de 1840, el comercio británico había gozado de una posición privilegiada en Buenos Aires desde el Tratado de 1825. Además, Gore visitaba con frecuencia el hogar de Rosas, intimidad que hizo que Rosas confiara aún más en la protección británica en ese momento de crisis.

Hubo que idear un plan a toda prisa para sacar a Rosas de la ciudad y llevarlo a un buque de guerra británico en el puerto, pero en ese momento no se podía hacer otra cosa que dejar instrucciones para la cena y el baño del general, “... y bajo ningún pretexto dejar entrar o salir de la casa persona alguna hasta mi regreso”.

La vanguardia del Ejército vencedor había empezado a ocupar el suburbio del norte, Palermo, a sólo seis kilómetros del centro de Buenos Aires. Urquiza, empero, se había quedado en una estancia cerca del campo de batalla y por eso los diplomáticos -al llegar a Palermo- entregaron su mensaje al coronel Galán.

Un correo salió de prisa con ese Informe para dárselo a Urquiza y los diplomáticos resolvieron quedarse en Palermo con la esperanza de lograr una entrevista el 4 de Febrero por la mañana temprano.

- Saqueos de tiendas y casas

Mientras tanto, la incertidumbre que reinaba en Buenos Aires fue reemplazada por el temor, cuando las fuerzas dispersas del Ejército de Rosas se refugiaron en la ciudad y la vanguardia del Ejército victorioso empezó a entrar en las calles. Al caer la noche y en la ausencia de disciplina y orden, bandas desorganizadas empezaron a saquear las tiendas y casas.

Finalmente, llegó la autorización necesaria del general Mansilla y las fuerzas de marinería extranjeras desembarcaron para mantener un poco de orden. En la mañana siguiente, una banda compuesta de diversos elementos cayó de improviso sobre un piquete de marinería cerca del Consulado de los Estados Unidos y abrió fuego contra los marineros. Estos contestaron el fuego y mataron a cuatro merodeadores, huyendo los demás precipitadamente, según el Informe oficial(8).

(8) Pendleton a Webster, 8 de Febrero de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, Nro. 7. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La eficacia de la protección que ofrecían las fuerzas de marinería no era, sin embargo, lo suficientemente amplia para asegurar la tranquilidad de las zonas más remotas de la ciudad, especialmente las que no estaban habitadas por los extranjeros, y protegerlas así contra serios daños.

La noche del 3 de Febrero de 1852 fue muy movida para Robert Gore. Después de esperar con sus colegas hasta las diez de la noche la posible llegada de Urquiza, inventó un pretexto para poder regresar a la ciudad y se excusó, prometiéndoles que estaría de vuelta en Palermo en las primeras horas de la mañana.

Se dirigió directamente hacia el domicilio del Comandante Naval británico, almirante Henderson y, a medianoche ya habían completado un plan para embarcar a Rosas y su familia a bordo del buque de guerra británico “Locust”, anclado muy cerca de la costa.

Gore había vuelto a su casa acompañado por la hija de Rosas, Manuelita. En el ínterin, el hijo de Rosas se había reunido con su padre, de modo que tuvo que sacar de contrabando a tres personas. Su Informe al Foreign Office relata la escapada en forma sucinta:

“... les confié mi plan e hice los preparativos necesarios para embarcarlos; luego de haber discutido un rato con el general Rosas, que deseaba permanecer en mi casa 2 ó 3 días a fin de arreglar sus asuntos privados antes de dejar el país para siempre.
“Después de haber vestido al general Rosas con un gabán y una gorra de marino; a su hija como un joven; y a su hijo con mi ropa, y como en un lugar prefijado de antemano teníamos un bote que pertenecía a un barco mercante, nos dirigimos hacia ese sitio.
“Luego de haber tenido que pasar ante dos casas de guardias -en las que nos examinaron pero nos permitieron enseguida pasar en cuanto me di a conocer- al llegar al río hallamos el agua muy baja y la partida tuvo que vadear unas 400 yardas antes de alcanzar el bote; a las 03:00 la partida estaba segura a bordo del ‘Locust’ y, a las 04:30 estaba yo en camino hacia Palermo, acompañando una comisión de la ciudad para presentarla al general conquistador.
“Le aseguro, señor, que me sentí muy aliviado al ver al ‘Locust’ alejándose de la rada mientras cabalgaba hacia Palermo”(9).

(9) Gore a Palmerston, 9 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167. Por medio de otras providencias, la mujer de Rosas, dos criados, tres oficiales y dos soldados se unieron más tarde con Rosas a bordo del buque de guerra británico. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Por lo tanto, todo el cuerpo diplomático estaba presente en las primeras horas de la mañana del 4 de Febrero de 1852 al llegar Urquiza. En su conversación con el Encargado de Negocios británico, Urquiza afirmó que creía que Rosas había huido al sur de la provincia, idea que Gore no tuvo el menor deseo de contradecir.

La comisión que había venido a Palermo con Robert Gore informó a Urquiza que Buenos Aires era -en efecto- una “ciudad abierta” y que no pensaba resistir más.

El cuerpo diplomático agregó sus ruegos a los de la comisión para que Urquiza tomara medidas inmediatas con el fin de asegurar las vidas y los bienes de Buenos Aires contra el pillaje de las fuerzas dispersas del Ejército de Rosas o de los elementos desaforados de la ciudad. Ofrecieron la cooperación y ayuda de la marinería a cualesquiera fuerzas militares que Urquiza eligiese para enviarlas a la ciudad.

Urquiza inmediatamente dio orden de que cualquier persona a quien se encontrase robando o hasta ofreciendo resistencia, fuese fusilada en el acto y mandó a la ciudad patrullas de su Ejército para ayudar a la policía.

El 5 de Febrero de 1852 ya habían sido fusiladas más de un centenar de personas. John Pendleton, el Encargado de Negocios de los Estados Unidos, preocupado por el celo excesivo con que se ejecutaban las órdenes de Urquiza, fue a visitar al General para darle seguridades de que el orden había sido restablecido en la ciudad y que estas medidas de represalia ya no se necesitaban más.

En realidad, la Ciudad de Buenos Aires no fue ocupada formalmente después de Caseros. Urquiza había asumido el título de “Libertador” en su campaña contra Rosas y en este papel situó su Cuartel General y el Ejército en Palermo, en las orillas de la ciudad. En sus Proclamas se respiraba la fraternidad y la reconciliación entre las provincias argentinas.

Sus declaraciones estaban grávidas de proyectos futuros para la organización nacional. Once días después de Caseros, Gore llevó al almirante británico a Palermo para presentarlo a Urquiza. La frialdad y seriedad que Urquiza mostraba hacia los hombres que habían proyectado y ejecutado la huida de Rosas desapareció al explicar sus ideas acerca del futuro progreso argentino.

“... El General nos pidió que nos quedáramos y entonces nos expuso en forma somera algunos de sus planes futuros para el desarrollo de los recursos de este magnífico y rico país; la apertura de los ríos a todas las naciones, pudiendo los navíos navegar libremente por los ríos y descargar y cargar sin tener que hacer escala previamente en Buenos Aires; que su mayor deseo era derribar el partido en el país y unir a los mejores hombres de cualesquiera opiniones para establecer el orden y la paz en la Confederación Argentina; mejorar las relaciones amistosas que existían actualmente con los Poderes extranjeros y sacar a la Confederación de la situación degradante en que la había colocado la dictadura del general Rosas”(10).

(10) Gore a Palmerston, 15 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, Nro. 20. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

¿Pero acaso Buenos Aires deseaba la libertad? Aun cuando no había apoyado vigorosamente a su antiguo gobernador, ¿cuál sería su actitud hacia el nuevo jefe de las provincias que acampaba con sus fuerzas a las puertas de la ciudad y proclamaba una nueva era de organización nacional y la igualdad entre las provincias?

En vista de los acontecimientos posteriores, podemos sostener que Buenos Aires sólo asumió una actitud de cuidadosa espera.

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