El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Vicente López y Planes, gobernador de Buenos Aires

Los actos de Urquiza que siguieron inmediatamente a la batalla de Caseros fueron tomados por muchos como la causa principal del rechazo por Buenos Aires de la organización nacional. Los apologistas de esta ciudad intentaron quitar importancia a estos acontecimientos; los críticos, al contrario, hicieron hincapié en ellos.

Es cierto que los actos y proclamas de Urquiza, hechos con su mejor habilidad de estadista, estaban entremezclados con decisiones tomadas sin la debida consideración e impulsivamente. Este Gobierno vacilante, que alternaba las medidas brillantes con las desdichadas, era una de sus características.

Su carácter muy a menudo incontrolable, su exigencia de una lealtad absoluta y hasta de la más obsecuente obediencia de todos los que lo rodeaban, su frecuente confianza en la fuerza bruta, sus sospechas de todo lo que no comprendía, se habían fortalecido en los últimos diez años, en esos años en que fue gobernador de Entre Ríos y virtualmente el Comandante en Jefe del Ejército de Rosas.

De pronto se encontró desempeñando un papel nacional, rodeado de un sorprendente ejército de facciones políticas y seudoconsejeros y frente a Buenos Aires, ciudad sospechosa, si no hostil. Era lógico esperar que Urquiza no sólo cometería errores, sino que Buenos Aires interpretaría esos errores como una prueba del peligro que amenazaba el papel predominante de la ciudad en la Confederación.

- López y Planes, gobernador provisorio de Buenos Aires

La necesidad de una autoridad interina para reemplazar la Administración de Rosas, la que había desaparecido literalmente de la noche a la mañana, era la principal preocupación de Urquiza cuando “la comisión de capitulación” llegó a Palermo en las primeras horas del 4 de Febrero de 1852.

El doctor Juan Gregorio Pujol -cuya palabra era escuchada por el general Urquiza- decidió la cuestión y a raíz de la entrada del Ejército a Buenos Aires -ya al día siguiente de Caseros- su elección recayó en uno de los miembros de la comisión, el venerable jurista Vicente López y Planes, personaje famoso por haber compuesto el Himno Nacional Argentino, un porteño ilustre, federal de toda la vida, rosista hasta pocos años antes. y que estaba dotado de excelentes cualidades intelectuales pero que, en verdad, carecía de la juventud y energía para dominar la dudosa escena política de Buenos Aires.

López y Planes asumió la magistratura en una Buenos Aires sumida en la confusión mientras Urquiza ocupaba la quinta de Rosas en Palermo, proclamando a Rosas “salvaje unitario”. Su ministerio fue de conciliación: figuraban en él, en Gobierno, Valentín Alsina(1) -viejo rivadaviano y líder de los unitarios exiliados en Montevideo-; Luis J. de la Peña y federales, como Benjamín Gorostiaga y el coronel Manuel Escalada.

(1) Junto a Alsina llegaron a Buenos Aires Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez. En los meses siguientes también llegarían el general José María Paz y muchos otros exiliados.

Aunque Vicente López regresó a Buenos Aires con el título de Gobernador Provisional y varios días después nombró un gabinete, el problema político porteño sólo comenzaba. Urquiza había nombrado autoridades temporarias en la ciudad con las cuales podía tratar, pero esto no quería decir que dominaba la situación política.

En otro terreno -el del orden y la ley- Urquiza se movía con vigor, pero sin mostrar sensibilidad para con los sentimientos locales. El derramamiento de sangre y la violencia que siguieron inmediatamente a Caseros no eran probablemente excesivos, si se tiene en consideración que un Gobierno absoluto acababa de caer y que muchas cuentas debían saldarse.

Pero dos ejecuciones sorprendieron desagradablemente a la ciudad: la del coronel Martiniano Chilavert, comandante de la artillería de Rosas y uno de los pocos oficiales que había combatido con algún sentido de lealtad hacia el gobernador derrotado; y la de un regimiento entero, que se amotinó y dio muerte a su comandante, el coronel Aquino, y había desertado pasándose al lado de Buenos Aires unas dos semanas antes de la batalla de Caseros.

La ejecución en masa despertó mucho resentimiento, ya que esta agrupación era porteña y había sido enviada al Uruguay para sostener al aliado de Rosas, el general Oribe; luego que éste capituló, Urquiza lo incorporó a su Ejército, rebelándose en Enero al entrar en su provincia natal y recibir órdenes de luchar contra Rosas.

El restablecimiento del orden por la fuerza en Buenos Aires y más delaciones aumentaron el número de los ejecutados, el que se estimaba entre diez y veinte diariamente.

El camino que unía a Buenos Aires con el Cuartel General en Palermo era a menudo el teatro de tales ejecuciones; frecuentemente se trataba de disuadir a los recalcitrantes haciéndolas más horribles, pues se colgaban los cadáveres de las ramas de los árboles del camino. El resultado de todas estas medidas no favoreció a Urquiza ni le conquistó un lugar en el corazón de los ciudadanos porteños, pues evidentemente se lo culpó de ellas.

- El ingreso de Urquiza a la Ciudad de Buenos Aires

La caída de Juan Manuel de Rosas dejó -de hecho- todo el poder político nacional en las manos del general Justo José de Urquiza. Pero en el orden local porteño el vacío de poder resultó más difícil de llenar, dada la anterior omnipresencia de Rosas en todos los aspectos de la vida política provincial.

El día 20 de Febrero de 1852 -aniversario de la batalla de Ituzaingó- entre salvas de artillería y repiques de campanas, el general Urquiza -encabezando el Ejército Aliado- hizo su entrada en Buenos Aires; las tropas brasileñas cerraban la marcha del desfile, que fue presenciado por gran cantidad de público. El vencedor se instaló en Palermo -en la residencia de Rosas- y en las proximidades acampó el grueso de los efectivos.

Urquiza debió encarar el ya largo problema de organizar definitivamente la Nación, para lo cual decidió consultar distintas opiniones, que reflejaban las tendencias políticas de la época.

Los federales sostenían que sus principios se habían impuesto por voluntad mayoritaria y respondían a la realidad del momento. Por su parte, los unitarios -representados por los emigrados de Uruguay y Chile- defendían la política centralista y porteñista del año 1826, sobre la que deseaban reconstruir el país.

Cuando el Ejército de Urquiza penetró en la ciudad -una quincena después de la batalla de Caseros- fue recibido, según unas versiones, con aclamaciones y lluvia de flores; según otras, con un silencio reticente y hostil. Tal vez ninguna de ambas versiones sea totalmente exacta.

Sin duda, hubo porteños que sintieron su libertad recuperada de los excesos de la autocracia y la población de Buenos Aires era bastante numerosa como para que un sector de ella llenara la calle y diera una imagen de euforia a los recién llegados. También hubo otros, afines al régimen derribado, que miraban el porvenir con temor.

Pero entre estos extremos hubo, sin duda, un grupo grande de ciudadanos cuya actitud dominante fue la expectativa. Rosas había fracasado en lograr la paz. Esto, y el desgaste provocado por casi veinte años de Gobierno personalista, más los excesos del régimen, habían apagado muchos entusiasmos y alejado más de un adherente.

Pero sería erróneo sacar como conclusión que Rosas era un hombre impopular el día de su derrota. Eran muchos -todavía- los intereses que se sentían tutelados por él; muy numerosas las masas pobres que lo veían como un protector; y, por fin, no escaseaban los que, aún creyendo que Rosas no era un buen gobernante, lo aceptaban como mejor que el caos que él había predicho con insistencia.

Buenos Aires tenía ahora, en sus calles, un ejército de entrerrianos, correntinos, santafesinos, orientales y brasileños, mandados por un caudillo federal. Más de un porteño maduro en años pudo haber comparado la situación con la del año 1820, en sus aspectos exteriores.

La ciudad entera observó los primeros pasos de Urquiza para alinearse en pro o en contra suya. El resultado fue que le aceptó -se dijo entonces- como “libertador” pero no como “organizador” de la Nación.

- La cuestión de la cinta colorada

Luego hubo la famosa cuestión de la cinta colorada, asunto que quizá refleja mejor que nada la incomprensión mostrada por Urquiza hacia Buenos Aires y el momento político.

El Gobierno de López y Planes expropió los bienes de Rosas, devolvió los que éste había confiscado, restableció la libertad de imprenta y la Sociedad de Beneficencia y creó la Facultad de Medicina, pero ningún hecho del momento provocó tantos comentarios como el restablecimiento -por el general Urquiza- del uso del cintillo punzó.

Para muchos, el régimen de Rosas estaba simbolizado por la divisa punzó, ya sea una cinta roja en el sombrero, un chaleco rojo, una cinta roja en la solapa, cuyo uso había sido obligatorio en los últimos veinte años como señal de lealtad al Gobierno.

Cuando las noticias de Caseros llegaron a Buenos Aires, la gente dejó de usarlas, algunos con mucho sentimiento y otros con júbilo. Cinco días después circuló la nueva de que Urquiza no recibiría a ningún argentino en su Cuartel General si no llevaba una cinta punzó en el sombrero. Urquiza tenía evidentemente el propósito de reafirmar su solidaridad con la causa de las provincias -la histórica causa del federalismo- cuyo color era el rojo.

Aunque la divisa empezó de nuevo a aparecer, la mayoría de la gente en Buenos Aires consideró por ello que continuaba el régimen de Rosas. Poco tiempo después, el Gobierno Provisional decretó que el uso del color rojo era facultativo. Urquiza, no obstante, permaneció firme sobre este particular. Varios jóvenes porteños fueron arrestados por no llevar la divisa punzó en el traje.

Cuando Urquiza hizo su entrada triunfal en Buenos Aires el 20 de Febrero de 1852, el único miembro del Gobierno Provisional que se presentó sin la divisa punzó fue Valentín Alsina, ministro de Gobierno, violento antirrosista.

Dos días después, en el Cuartel General de Palermo se dio a conocer una vibrante Proclama en la que se decía que la cinta colorada era la honorable divisa de los verdaderos argentinos.

El Encargado de Negocios británico al relatar a su Gobierno este incidente, agregaba que la población nativa de Buenos Aires por lo general usaba la cinta y daba fin a su mensaje con estas palabras:

“Por más insignificante que esta divisa parezca, es un hecho de la mayor importancia y que puede ser causa de una futura revolución en este país pues, como casi todos lo recuerdan, muy bien Rosas dio comienzo a su sistema por medios similares, cuyo derrocamiento ha sido la causa de la última revolución”(2).

(2) Gore a Granville, 28 de Febrero de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, Nro. 28. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Encargado británico basaba su pronóstico de una futura insurrección en una razonable seguridad, por cuanto la escena política en Buenos Aires no auguraba -en modo alguno- la unión o la tranquilidad.

Si bien en Buenos Aires ninguna facción poderosa había lamentado la caída del régimen de Rosas, era igualmente cierto que tampoco surgió ninguna resistencia efectiva en esta ciudad contra Rosas. Por lo tanto, Urquiza no podía entregar el Gobierno de la provincia a cualquier grupo o a intereses que hubieran logrado la popularidad o la supremacía a causa del derribamiento de Rosas.

Al mismo tiempo los elementos políticos de Buenos Aires no habían sufrido merma alguna. Sólo diez personas habían acompañado a Rosas en su huida a bordo del buque de guerra británico y hasta algunas de ellas pensaban volver muy pronto a la Argentina. La Proclama de Urquiza sobre la fraternidad argentina fue pronto seguida por decretos del Gobierno Provisional en las que había disposiciones acerca de una amnistía política general.

El control absoluto del régimen de Rosas, que había impedido virtualmente cualquier forma de actividad política, fue súbitamente levantado. Aunque la libertad de palabra, de prensa y de reunión no significaban gran cosa para la mayoría de la población, fueron aprovechadas por los políticos -tanto altruistas como egoístas- para sus propios fines.

En los meses que siguieron a Caseros aparecieron en la escena porteña muchos grupos y partidos políticos. En última instancia, cada grupo era una palanca en la mano de los políticos y respondía más bien a su dirección personal que a principios.

Aunque de resultas de Caseros ningún grupo en Buenos Aires pudo ejercer un control eficaz sobre la provincia, las condiciones que siguieron a este acontecimiento dieron origen a una excesiva fragmentación política y a una dispersión de las energías.

Al comienzo, los esfuerzos de Urquiza por organizar un Gobierno Provisional que pudiera reemplazar el sistema de Rosas en Buenos Aires provocaron una división bastante sencilla de la escena política entre oficialistas y opositores.

En cada partido militaban hombres de todas las opiniones políticas concebibles y de todas las condiciones sociales. En ambos bandos había émigrés que huyeron de la tiranía de Rosas, leales adherentes y oficiales del régimen de Rosas y también aquéllos que se habían quedado pasivamente en Buenos Aires.

La cabeza lógica del partido del Gobierno era el gobernador nombrado por Urquiza, Vicente López y Planes. La oposición no tardó en hallar a su jefe en la persona de Valentín Alsina, quien había sido nombrado ministro de Gobierno en el gabinete de López.

Alsina era un emigrado veterano, perteneciente a la antigua escuela rivadaviana partidaria a cualquier costo de la supremacía de Buenos Aires. En su refugio de Montevideo había sido considerado por los exiliados como su jefe legítimo y, por consiguiente, era una verdadera necesidad incluirlo en cualquier Gobierno provisional.

Con todo, se hizo evidente casi enseguida que había entre Urquiza y Alsina una marcada desconfianza mutua. Justo un mes después de Caseros, el encargado británico informaba:

“Tengo todas las razones para creer que pronto se producirá una modificación en el Ministerio: el general Urquiza no está nunca de acuerdo con Alsina, por cuanto éste es un decidido unitario; en efecto, éste es un fanático en sus opiniones políticas y considera a toda persona cuyas opiniones difieren de las suyas un enemigo del país”(3).

(3) Gore a Granville, 3 de Marzo de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 167, Nro. 38. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Gobierno Provisional y Urquiza, quien mantenía la tutela sobre las autoridades desde su Cuartel General en Palermo, alentaron la formación de la conciencia política en Buenos Aires. Tales desarrollos políticos daban amplio sustento a las naturales sospechas que los porteños sentían hacia los caudillos de las provincias y, más particularmente, al resentimiento que los imprudentes actos recientes de Urquiza generaron.

La prensa, que la caída de Rosas había interrumpido momentáneamente, reapareció y no tardó en entrar en la arena política. El 1 de Abril de 1852, “El Progreso”, publicado en la imprenta del primer órgano de Rosas, “La Gaceta Mercantil”, apareció como periódico del Gobierno Provisional y portavoz del general Urquiza.

El mismo día, Bartolomé Mitre, soldado y escritor de la causa de los emigrados, sacó el primer número de “Los Debates”. Las encomiásticas primeras líneas: “Con todos los honores al general Urquiza, que agregó su gloria militar a los más grandes y puros triunfos civiles que posee la Nación Argentina”, pronto dejaron lugar a críticas contra el Gobierno de López y Urquiza.

Otras publicaciones de la oposición -de distinto colorido político- tales como “La Nueva Epoca”, “El Torito Colorado”, “El Padre Castañeda”, pronto degeneraron en el sensacionalismo y fueron suprimidas o simplemente desaparecieron. Cuando “El Nacional” -editado por Dalmacio Vélez Sársfield, jurista que se había quedado en Buenos Aires durante todo el régimen de Rosas- hizo su aparición el 1 de Mayo, las filas de la oposición se fortalecieron visiblemente. Sus elogios iniciales a Urquiza -como en el caso de “Los Debates”- pronto se convirtieron en acerbas críticas al Gobierno.

- La Legislatura de Buenos Aires

Entretanto, la atención se centraba sobre la elección de diputados para la Legislatura Provincial, primer paso hacia un Gobierno propio por parte de Buenos Aires. La fecha de la elección había sido fijada para el 11 de Abril de 1852. Es que la Legislatura de la época rosista fue disuelta y, entonces, el gobernador provisional de Buenos Aires convocó a los habitantes de la ciudad y de la campaña para designar a esos representantes.

Si en aquel momento eran elementos desconocidos el voto secreto y el sufragio universal, por lo menos ésta era la primera expresión de una posible opinión pública desde el advenimiento del régimen de Rosas.

Los comicios motivaron gran agitación política. El Gobierno Provisional presentó el nombre de sus candidatos, a quienes se sabía apoyados por Urquiza, en una lista blanca, mientras que la oposición imprimió el nombre de los suyos en una lista amarilla.

Urquiza propiciaba la confirmación del gobernador provisorio, Vicente López y Planes. Por su parte, los opositores -integrados, en mayoría, por unitarios- sostenían a Valentín Alsina, defendido por Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sársfield y otros.

El día de la elección era claro y soleado y a pesar de su importancia no se supo de ninguna violencia en las mesas electorales donde se votaron los candidatos de las listas amarilla y blanca. Las elecciones dieron el triunfo a los primeros, de manera que la Legislatura de Buenos Aires se integró con adversarios políticos de Urquiza.

Pero los distintos informes concuerdan en que Urquiza no sólo influyó en la elección de los candidatos del Gobierno, sino que en mayor o menor grado intentó utilizar las fuerzas armadas acampadas en Palermo para que interviniesen en la elección(4).

(4) Gore a Malmesbury, 2 de Mayo de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 168, Nro. 57; Paunero a Paz, 12 de Abril de 1852. Archivo General de la Nación, Archivo del general José María Paz, 1850-1854, publicado en León Rebollo Paz. “Historia de la Organización Nacional” (1951), tomo I, pp. 351-352, Buenos Aires; “Los Debates”, del 14 de Abril de 1852. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Estas medidas variaron entre mandar tropas a algunos distritos para que votasen o hacer que sus oficiales expresaran opiniones políticas partidarias en otros. En consecuencia, es notable el triunfo de la lista amarilla o de la oposición.

- Confirmación de López y Planes como gobernador

La lucha aún no había llegado a su término, por cuanto dependía ahora de la Legislatura -que iba a iniciar sus sesiones el 1 de Mayo de 1852- la elección de un gobernador efectivo para reemplazar la Administración Provisional.

Vicente López y Planes y Valentín Alsina, ambos en posiciones oficiales, eran evidentemente los antagonistas. Todo indicaba que Alsina sería el futuro gobernador, sin embargo, en el transcurso de una fiesta campestre, Urquiza sostuvo, nuevamente, la candidatura de Vicente López y Planes.

En este particular, Urquiza intervino con más suerte que en las elecciones del 11 de Abril de 1852: dos días después de la elección invitó a los principales jefes políticos del momento a visitar el campo de batalla de Caseros. Una comida amistosa, a la que siguieron los inevitables e interminables discursos, ofreció a Urquiza la oportunidad de indicar sus preferencias:

“El venerable patriota, Dn. Vicente López, es acreedor -por sus virtudes- a continuar ocupando la Primera Magistratura de la provincia y puede contar con las simpatías del Ejercito Libertador, como creo que cuenta con el aprecio general de sus ciudadanos”(5).

(5) Periódico “El Progreso”, del 15 de Abril de 1852. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El significado de este discurso era demasiado claro y lo que se publicó en las siguientes semanas en “El Progreso” lo hizo aún más. Aunque los opositores del Gobierno controlaban la Legislatura, hubiera sido una locura oponerse a la voluntad de Urquiza en ese momento.

Alsina retiró su candidatura y la Legislatura no se atrevió a desautorizar tan importante opinión por lo que el 13 de Mayo de 1852 Vicente López y Planes fue elegido y confirmado como gobernador de la provincia de Buenos Aires por abrumadora mayoría.

Parte de la tarea política de Urquiza parecía haber llegado a su fin. Las autoridades quedaron constituidas en el ámbito provincial y sólo tres meses después del derribamiento de Rosas Buenos Aires era dueña una vez más de su destino. La Administración de López y Planes, no obstante, era un Gobierno impuesto.

Después de la elección de Mayo de 1852, Valentín Alsina se negó a continuar en el Ministerio y presentó su renuncia al mismo tiempo que el ministro de Guerra, coronel Manuel Escalada. A López y Planes le molestaba mucho aceptar estas renuncias ya que, particularmente en el caso de Alsina, equivalía a perder el apoyo de un considerable sector político y era la definición evidente de una oposición hostil.

Durante dos días le fue imposible a López formar un Ministerio y, en su desesperación, dirigió su propia renuncia al Gobierno, la que retiró luego de mucha persuasión(6).

(6) Gore a Malmesbury, 19 de Mayo de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 168, Nro. 63. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Finalmente, el 20 de Mayo de 1852, se pudo formar el Ministerio con Juan María Gutiérrez -otro literato emigrado- como ministro de Gobierno. Estos acontecimientos presagiaban días tempetuosos para el futuro.

- La hostilidad de los porteños

Desde el momento en que Justo José de Urquiza hizo su entrada triunfal en Buenos Aires, los porteños observaron con desconfianza la línea política a seguir por el vencedor de Caseros(7).

(7) Urquiza penetró en la ciudad vistiendo uniforme de gala, pero cubierto con poncho blanco y galera de felpa -extraño indumento- que causó desagrado entre el culto elemento porteño. El desfile de los Ejércitos extranjeros, a bandera desplegada, fue un espectáculo nuevo desde las invasiones inglesas y que no se había repetido. Por la noche se efectuó en el teatro una función de gala en homenaje al vencedor, pero éste se excusó de asistir, actitud que motivó general desconcierto. Aunque Urquiza proclamó el generoso principio de “ni vencedores ni vencidos”, en los días que siguieron a la batalla las matanzas de los militares derrotados se sucedieron con frecuencia. El bravo coronel Martiniano Chilavert fue ajusticiado a golpes de espada y bayoneta y el coronel Santa Coloma pereció a lancetazos. El regimiento sublevado -que había dirigido el coronel Aquino- fue eliminado en gran parte. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Los unitarios expatriados habían regresado al país con ánimo de imponer sus teorías de gobierno y guardaban rencor a Urquiza, quien había servido a las órdenes de Juan Manuel de Rosas. Tampoco apoyaban al vencedor los federales porteños, quienes lo acusaban de traidor a la causa. De tal manera, la política de fusión que pretendía aplicar Urquiza para restablecer la paz y la confianza, no tardaría en fracasar.

La divisa punzó era un distintivo político y no un símbolo patriótico, sin embargo, el general entrerriano -de acuerdo con sus ideas federales- decretó nuevamente su uso, pero el ministro Alsina lo declaró optativo. Entonces, el primero publicó una violenta Proclama contra sus opositores en la que acusaba a “los salvajes unitarios” de reclamar “la herencia de una revolución que no les pertenece”(8).

(8) La Proclama tiene fecha 27 de Febrero,y dice: “Hoy mismo asoman la cabeza y después de tantos desengaños, de tantas lágrimas y sangre, se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvajes unitarios y, con inmediata impavidez, reclaman la herencia de una revolución que no les pertenece, de una victoria en que no han tenido parte, de una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición y anárquica conducta”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Guiados por su espíritu localista, los porteños censuraron las atribuciones concedidas a Urquiza por el Protocolo de Palermo y, más tarde, la ruptura fue definitiva cuando proclamó gobernador a López y Planes contra la candidatura de Alsina. El descontento aumentó al trascender las cláusulas del Acuerdo de San Nicolás, que quitaban a Buenos Aires privilegios económicos, políticos y militares heredados a través de los años.

En resumen, se decía que Urquiza sólo había reemplazado a Rosas para gobernar amparado por una Constitución, sin tener en cuenta las exigencias de la oposición unitaria, minoría culta que bregaba, nuevamente, por imponer sus principios en todo el país(9).

(9) La oposición a Urquiza dio origen a la Logia “Juan-Juan”, entre cuyos miembros figuraba Adolfo Alsina, Estévez Seguí, Julio Crámer y otros. La asociación trazó los planes para eliminar al general entrerriano. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Información adicional