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Los Virasoro luego de la batalla de Caseros

En tanto en San Nicolás se desarrollan las reuniones y se acuerdan principios fundamentales para el futuro del país, otra cosa ocurre en el resto de las provincias. Es éste el momento propicio, cuando los gobernadores están lejos de sus provincias, para que grupos liberales intenten movimientos contra las autoridades locales de San Juan, Nazario Benavídez, y de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, sin éxito alguno(1).

(1) Este material fue publicado por Hebe del Carmen Livi. Doctora en Ciencias Jurídicas y Sociales. Profesora de Historia especializada en Historia Argentina y Americana. Licenciada en Historia. Profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación y de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Santa Fe. Profesora de Derecho Constitucional, de Historia Institucional Argentina, de Historia de la Cultura, de Ecúmena Oriental y de Historia Contemporánea de Asia y Africa en la Universidad Nacional del Litoral.
Miembro de número de la Junta Provincial de Estudios Históricos de Santa Fe; del Instituto de Investigaciones Genealógicas y Sociales de Santa Fe; del Centro de Estudios Hispanoamericanos; miembro titular del Centro de Estudios Sociológicos del Litoral; miembro correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Santa Fe; miembro adscripto del Instituto de Derecho Civil de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral y del Instituto de Derecho de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.

No así los levantamientos contra López Quebracho, en Córdoba, y Benjamín Virasoro en Corrientes, los que tienen pleno éxito.

Inmediatamente después de que Urquiza jura el cargo de Director Provisorio, los gobernadores regresan a sus sedes naturales. Son portadores del Acuerdo conocido como “de San Nicolás”, que comenzará a regir una vez ratificado por las respectivas Legislaturas provinciales.

- Situación en Corrientes

A poco de producida la batalla de Caseros, la mayoría de las fuerzas de caballería correntinas regresan a sus lugares de origen. Unas pocas quedan en Buenos Aires con el general Benjamín Virasoro(2).

(2) El grueso de la tropa regresa a Corrientes bajo el mando del general Nicanor Cáceres. La división al mando del coronel José Antonio Virasoro lo hace en Abril, vía costa del Uruguay, no participando en los hechos políticos posteriores de esa provincia. En Palermo quedan dos regimientos de caballería y dos batallones, de infantería uno, de artillería el otro, bajo el mando de Juan Madariaga. Entre los jefes, queda Cayetano Virasoro. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

El gobernador correntino, tras la batalla que da fin al Gobierno rosista, devuelve a la Legislatura las facultades extraordinarias de que fuera investido el 20 de Agosto de 1851, manteniendo el ejercicio de las de plenipotenciario para las negociaciones de Paz, Guerra y Relaciones Exteriores, en virtud de las cuales firma el Protocolo de Palermo y el Acuerdo de San Nicolás.

La llegada del grupo de caballería correntina a su provincia -dirigido por el general Nicanor Cáceres, Comandante de la Frontera del Centro y Jefe de las fuerzas de Curuzú Cuatiá, Mercedes, Sauce, San Roque, Yaguareté Corá, San Miguel, Goya y Restauración- intensifica comentarios contrarios a Benjamín Virasoro.

Se lo acusa de permanecer desde largo tiempo ausente de la provincia y de encontrarse totalmente sometido a la voluntad de Urquiza(3).

(3) Antonio Emilio Castello. “Historia de Corrientes” (1984), p. 381. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

El general Cáceres encabeza una pueblada en la Ciudad de Corrientes. Las tropas acampan en la plaza y elevan un petitorio firmado por muchos jefes locales, solicitando la destitución de Virasoro. Aceptada por la Legislatura el 1 de Julio, ésta dicta un decreto al día siguiente, destituyéndolo y designando en su lugar a Domingo Latorre(4).

(4) Decreto Legislativo del 2 de Julio de 1852:
“Art. 1.- El general Dn. Benjamín Virasoro queda depuesto del supremo mando de Gobernador y Capitán General de la provincia.
“Art. 2.- Se le retira la plenipotencia que se le concedió para los negocios de Paz y Guerra y Relaciones Exteriores concernientes a esta provincia.
“Art. 3.- Se confiere la investidura de Gobernador y Capitán General propietario de la provincia al ciudadano Dn. Domingo Latorre, actual Gobernador Provisorio (dejado por Virasoro en su lugar)”.
// Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

Latorre rechaza la designación y es reemplazado por Luis Molinas, quien tampoco acepta el cargo. Finalmente, el 10 de Julio es nombrado gobernador Juan Gregorio Pujol, ex Ministro General en Campaña del general Benjamín Virasoro y amigo de su máxima confianza.

Cuando en Buenos Aires se conoce la destitución operada en Corrientes, Urquiza ofrece al derrocado gobernante aquella parte de su Ejército que considerase necesaria para sofocar la insurrección. La propuesta es rechazada por Virasoro.

“Esa facilidad con que el Congreso acogió la solicitud presentada por Cáceres para la destitución de Virasoro, siendo los de ese Cuerpo la mayor parte amigos de éste, y la política decidida de Pujol apoyando la otra de la Organización Nacional a los esfuerzos de Urquiza, frustrando las esperanzas que en aquél habían puesto los revolucionarios del 11 de Septiembre y por cuya razón abortaron las empresas de Madariaga y Hornos en su invasión a Entre Ríos, sirvieron de razones para creer muchos que la revolución contra Virasoro era con anuencia de Urquiza”(5).

(5) Ramón Contreras. “El Teniente General Don Benjamín Virasoro (Apuntes Biográficos)” (1897), p. 179. Ed. El Orden, Rosario. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

Benjamín Virasoro considera que, al cesar como gobernador pierde el mando en el Ejército, por lo que solicita a Urquiza le permita retirarse.

Tras algunas reticencias amistosas, la autorización le es concedida, aun cuando -antes- debe cumplir nuevo cometido que le resulta altamente desagradable.

Cuando el 8 de Septiembre, Urquiza se embarca en el “Contess of Longdale” rumbo a Santa Fe para inaugurar las Sesiones del Congreso Constituyente, deja en Buenos Aires como su reemplazante en el mando político al general Miguel Galán(6).

(6) Archivo General del Ejército. “Legajo personal del teniente general, don Benjamín Virasoro”, folio 6. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

Producida la insurrección del 11 de Septiembre de 1852, ambas autoridades son arrestadas, aunque por poco tiempo. Esta es la despedida de Benjamín Virasoro del Ejército al que efectivamente dirigió triunfante en Caseros.

Establece su residencia en Rosario y, a partir de este momento, comienza una nueva etapa en su vida.

- La situación en Buenos Aires

En Buenos Aires, el desacuerdo con el designado Director Provisorio de la Confederación es palpable, desde el mismo día de Caseros. Los porteños ven reencarnarse en Urquiza la figura de Rosas con sus poderes dictatoriales, agravada la impresión por el Acuerdo de San Nicolás, al disponer el pago de los Gastos nacionales con el producido de las Aduanas, ya que la única que reditúa ganancias es la de Buenos Aires.

Para mayores diferendos, se desconoce a Buenos Aires toda superioridad, fijándose para su representación en el Congreso Constituyente un cupo igualitario de dos representantes por provincia, sin hacer distinción entre las “provincias ranchos” y la “aristocracia portuaria”.

Cuando en la Legislatura porteña se discuten las cláusulas del Tratado, la efervescencia se hace mayor y desde “la barra” se oyen exabruptos contra quienes plantean su aprobación.

El coronel Mitre, alma y garra de los porteños más acérrimos, es victoreado varias veces y cuando concluye la Sesión un grupo numeroso lo acompaña hasta su casa.

El Acuerdo es rechazado por la Junta de Representantes considerándolo antiporteño. Como consecuencia, el gobernador Vicente López y Planes renuncia, designándose en su lugar a Manuel J. Pinto.

La reacción de Urquiza no se hace esperar. Disuelve la Sala de Representantes, asume el Gobierno provincial y repone nuevamente a Vicente López y Planes. Pocos días dura este Gobierno. Al mes, López y Planes renuncia y Urquiza ocupa nuevamente el mando, al tiempo que clausura varias imprentas y deporta a los más encarnizados porteños: Mitre y Vélez Sársfield, entre otros.

El Ejército victorioso de Caseros, acampado en las puertas de la ciudad, representa el mejor argumento para acatar la voluntad urquicista. Dos decretos demuestran los deseos conciliatorios: la supresión de la pena de muerte por causas políticas y la prohibición de confiscar bienes, sea cuál fuere el motivo.

Desde el mismo momento en que Urquiza asume el Gobierno provincial y disuelve la Sala de Representantes, la oposición porteña comienza a conspirar. El decreto que dispone la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay no hace más que atizarla. El momento se hace propicio para el estallido cuando Urquiza se dirige a Santa Fe para dejar instalado el Congreso Constituyente.

Apenas alejado de Buenos Aires, Valentín Alsina se pone a la cabeza del movimiento que estalla en la noche que va del 10 al 11 de Septiembre. Los primeros en salir de sus cuarteles son los regimientos correntinos, eficazmente trabajados por los porteños y con sus jefes Madariaga, Hornos y Ocampo recorren las calles de la ciudad.

En tanto, otros grupos engañan a los generales Urdinarrain y Benjamín Virasoro, llevándolos al centro, donde quedan bajo arresto.

Ya en la mañana, al toque de la campana del Cabildo, se reúne el pueblo en la Plaza de la Victoria. El general Pirán lee una Proclama en la que se aclaran los objetivos del movimiento: restablecer las autoridades locales reinstalando la Sala de Representantes y colocando en el Gobierno al general Pinto.

Ese mismo día, para el comienzo de la tarde, se reúnen los miembros de la disuelta Sala de Representantes y su primera medida es una condena al Gobierno de Urquiza y, a poco, el desconocimiento de todo lo que resolvieran los diputados reunidos en Santa Fe, con la expresa disposición de reasumir las Relaciones Exteriores cedidas por el Protocolo de Palermo a Urquiza.

A siete meses de Caseros, el panorama del país es crítico. Por un lado, el Estado de Buenos Aires, virtualmente seccionado del resto de las provincias que constituyen la Confederación y que tienen a sus representantes próximos a celebrar el Congreso, cuya misión es dar la Carta Constitucional que definitivamente organice la Nación.

Por otro lado, se cumplen los pasos necesarios para llevar adelante la idea del Interior y Urquiza recibe adeptos.

En Buenos Aires, la Sala de Representantes designa a Valentín Alsina gobernador de la provincia separatista y se confia en obtener el apoyo del Gobierno de Corrientes, encabezado por el doctor Juan Pujol, quien asumiera la dirección de esa provincia tras la destitución de su ex amigo, Benjamín Virasoro.

A cargo del general Joaquín Madariaga y secundado por el general Manuel Hornos, parten de Buenos Aires los regimientos de caballería correntinos, cuyo destino es someter a Entre Ríos. El general José María Paz asume el mando de las operaciones a iniciar contra la provincia de Santa Fe. Se precisa atacar, paralelamente, los dos bastiones de la Confederación, situados a ambas márgenes del río Paraná.

El general Hornos desembarca en Gualeguaychú, en tanto Madariaga continúa a Concepción del Uruguay, donde espera encontrar la prometida ayuda de los correntinos.

La realidad los desengaña: no solamente el gobernador Pujol deja de cumplir sus promesas, sino que las tropas de su provincia, ante la proximidad de sus tierras, desertan en masa y abandonan a sus jefes. La tentativa de dominar las dos provincias termina en un verdadero fracaso.

El coronel Hilario Lagos, antiguo partidario de Rosas y ahora adepto de Urquiza, inicia una contrainsurrección. Proclama la aceptación del Acuerdo y su oposición a Alsina, estableciendo sitio a Buenos Aires. Ante la reacción bélica, Alsina renuncia. Provisoriamente se hace cargo del Gobierno porteño el general Pinto.

El sitio dura varios meses. El papel moneda emitido en cantidad suficiente por el Banco de Buenos Aires sirvió para sobornar al comandante de la escuadra de la Confederación, el almirante norteamericano Coe quien, tras entregar la flota a Buenos Aires, se embarcó con destino a su tierra natal. Esta traición provoca la disolución del Ejército de Lagos y el levantamiento del sitio de Buenos Aires.

- El Congreso Constituyente de Santa Fe

Todas las provincias, excepto la de Buenos Aires, se encuentran en la Ciudad de Santa Fe, representadas por sus diputados. Allí deliberan hasta que en la noche del 30 de Abril de 1853 dejan aprobada la Carta Fundamental que, jurada al día siguiente, ha de regir primero a las provincias interiores y luego a todo el país.

Ese mismo Congreso Constituyente es el encargado de efectuar el escrutinio de la primera elección presidencial. Por 94 votos -de los 106 electores presentes- resulta proclamado Justo José de Urquiza como primer presidente constitucional argentino y Salvador María del Carril, antiguo unitario enrolado posteriormente en la política del vencedor de Caseros, en calidad de vicepresidente.

En el acto eleccionario los doce votos para presidente no adjudicados a Urquiza se distribuyen en la forma siguiente: Benjamín Virasoro un voto, igual que Facundo Zuviría, Vicente López y Planes, José María Paz y Pedro Ferré, en tanto que Mariano Fragueiro obtiene siete votos.

Para la vicepresidencia los otros que reciben votos son Benjamín Virasoro ocho votos, Facundo Zuviría, Mariano Fragueiro, Rudecindo Alvarado, Juan Bautista Alberdi y Pedro Ferré, uno cada uno(7).

(7) Julio Victorica. “Urquiza y Mitre” (1918), p. 90. Ed. Cultura Argentina, Buenos Aires. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

De los cómputos resulta que entre quienes reciben votos para ambos cargos presidenciales está el general Benjamín Virasoro, el Jefe ejecutivo del Ejército vencedor en Caseros:

“Esos votos, en favor de un hombre que no hacía vida política y que sólo limitaba sus actividades a la vida militar y su adhesión al general Urquiza, son una demostración elocuente del alto concepto con que se lo distinguía y con que se lo conocía, entonces, en toda la República”(8).

(8) Nicolás R. Amuchástegui. “El Brigadier General Benjamín Virasoro” (1932), pp. 65/66. Ed. Mercantil, Buenos Aires. // Citado por la doctora Hebe del Carmen Livi en el libro de Roberto Gustavo Pisarello Virasoro y Emilia Edda Menotti. “Los Virasoro en la Organización Nacional” (Septiembre de 1997). Ed. Talleres Gráficos Gráfica Integral, Buenos Aires.

El 5 de Marzo los nuevos mandatarios juran ante el Congreso y deben establecerse en Paraná, declarada capital de la Confederación, ante la situación separatista de Buenos Aires.

Urquiza cambia su título de Director por el de Presidente y, como primera medida, elige su gabinete ministerial. En Octubre se inauguran las sesiones del Congreso Legislativo integrado por representantes de 13 provincias en ambas Cámaras, de Diputados y de Senadores.

La situación económica es apremiante. Algunas provincias carecen de Ingreso económico y el único verdadero, la Aduana de Buenos Aires, no está a disposición de la Confederación.

Cada uno de los Estados actúa separadamente pero, simultáneamente, buscan la manera de incorporársele al otro. Ambos se organizan y procuran reafirmarse, abriendo una etapa de convivencia.

No obstante, en la zona de Arroyo del Medio -la frontera común de ambos Estados- hay una permanente tensión crónica, provocada por la presencia de emigrados porteños federales y por las periódicas invasiones indias, que Buenos Aires afirma actúan en connivencia con Urquiza.

Rosario es la ciudad más próxima a esa verdadera caldera de pequeños disturbios y, allí es, precisamente, donde Benjamín Virasoro fija su residencia.

Las provincias coaligadas en la Confederación comienzan a organizarse conforme lo establecido en la Constitución recientemente dictada. Paulatinamente van aprobando sus respectivas Cartas Fundamentales, acorde con la nacional.

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