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Las luchas por mantener las fronteras. El problema del Chaco

Nubarrones de tormenta se levantaban sobre las fronteras de Corrientes pocos días antes de asumir el P. E. Juan José Fernández Blanco.

El 19 de Diciembre de 1821, el Comandante de Misiones, Félix Aguirre, comunicaba que fuerzas paraguayas -bien armadas- habían penetrado a ese territorio, quemando, destruyendo y saqueando sus pueblos, desde Candelaria -a orillas del Paraná- a Santa Ana, Loreto y el propio campamento del capitán guaraní Nicolás Arepí.

Inmediatamente de conocidos estos sucesos, el gobernador Fernández Blanco se dirigió al Comandante Militar de Caá Catí, disponiendo reuniese la milicia del Partido y que, juntamente con la Guardia de Veteranos cuidasen tales fuerzas las fronteras, tanto de las tropas paraguayas que se encontraban en Misiones como de los indios que viniesen huyendo y a los que debía quitar, en absoluto, todas las armas.

El propósito era afirmar la paz en el territorio de Corrientes, previniendo invasiones y desarmando a los dispersos guaraníes, proverbiales en excesos de todo género.

- Ataque masivo de indios chaqueños. La defensa

Pero casi paralelamente se desataba otro frente de conflicto armado: la indiada del Chaco -bravía y tenaz- no había sufrido -a fines de 1820 y principios del 21- toda la enérgica represión necesaria a sus excesos y es así que en Enero de 1822 abre un período de incursiones locales sobre el litoral paranaense.

Esta ofensiva de los indios del Chaco fue tan esencial a las actividades de la provincia que, por dos años, avalló sus actividades políticas.

Goya fue el puerto más castigado y fue el elegido para la reunión de la milicia armada. Hacia allí, a sumarse a sus milicias reunidas en número de 107 soldados, fueron a agregarse las de Curuzú Cuatiá, Caá Catí, San Roque, Empedrado, Palmar, Itatí y Yaguareté Corá y todas ellas afirmaron la autonomía provincial haciendo respetable al poder militar de Corrientes.

El gobernador Fernández Blanco hubo de desarrollar toda su actividad en la emergencia. Suspendiendo sus visitas a los Departamentos, salió de la capital -el 30 de Abril de 1822- instalándose en San Roque, desde donde confirmó que los abipones invadirían la provincia esa luna -o la siguiente- por cuatro puntos al mismo tiempo.

Los indios provenientes del Chaco dieron mucho trabajo; se mantuvieron firmes en el territorio hasta el 5 de Junio de 1822, fecha en que los caciques invasores se comprometieron -por pacto- a evacuarlo pero, desde sus toldos, continuaron después asaltos frecuentes que terminaron por arreglos de paz, celebrados recién en Octubre de 1824, casi al teminar la Administración de Fernández Blanco.

Desde San Roque como punto de apoyo, la campaña fue limpiada de bandidos, vagos y gente perjudicial y quedó organizada sobre un pie de orden estricto, constantemente vigilado por la Comandancia General de Armas que dirigía un militar de la escuela de Manuel Belgrano, el teniente coronel de infantería, Agustín Díaz Colodrero.

Este había regresado a la provincia en 1822 y el gobernador aprovechará la ocasión para designarlo al frente de la reorganización de las milicias, formando éste el Cuerpo Veterano de dragones que será -en definitiva- el que más contribuya a la vida normal de la campaña(1).

(1) Correntino, este jefe se formó en el “Regimiento Nro. 2” de las tropas veteranas a las órdenes del Gobierno de Buenos Aires; hizo la campaña de los dos sitios de Montevideo y después pasó con su Cuerpo al “Ejército Auxiliar del Perú”, en el que permaneció hasta la sublevación de Arequito -de la que no compartió- pues se retiró a Buenos Aires, donde continuó sus servicios. Mereció recomendaciones de Manuel Belgrano. Díaz Colodrero morirá en Córdoba, ya Coronel, defendiendo dicha plaza contra Facundo Quiroga, la víspera de la batalla de “La Tablada”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, capítulo VII: “Organización Provincial. (1821-1830)”. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Además de las medidas militares, el gobernador abrirá un negociado con los indígenas; será fray Francisco Arellano quien servirá de intermediario para atraer a los caciques, para luego enviar al Chaco -en carácter de emisarios- a dos indios abipones, sirvientes de Vicente Ojeda, vecino de la capital.

Los emisarios trataron con los caciques Raymundo (o Patricio) Ríos, Baltazar (o José) Benavídez(2) y Bartolomé Crespo sobre el rescate de cautivos hechos en las primeras incursiones.

(2) Los autores correntinos varían en la identificación de los jefes indígenas. Manuel F. Mantilla los llama “Patricio Ríos, Raimundo y José Benavides”, mientras que Hernán F. Gómez los identifica como Raymundo Ríos, Baltazar Benavídez y Bartolomé Crespo.

El gobernador Fernández Blanco hubo de trasladarse -para terminar este asunto- a Paso Rubio -sobre el Paraná- donde permanecerá más de un mes y hasta cruzará al Chaco, acompañado del misionero Francisco Arellano, trayendo 20 cautivos(3).

(3) Datos del juicio de residencia al gobernador Fernández Blanco. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

El Pacto finalmente será celebrado en Santa Lucía entre los caciques Ríos y Benavídez y los representantes del Gobierno: Arellano, Vicente Ojeda y Domingo Gómez.

Los indios vendieron su quietud a buen precio en géneros, dinero, vacas, ovejas y caballos negociando, además, el rescate de los cautivos. El sacrificio de la provincia fue, sin embargo, insignificante, en relación al bien de su tranquilidad: no era vida la que pasaban los habitantes de Goya, Santa Lucía, San Roque y Las Saladas(4).

(4) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, capítulo VII: “Organización Provincial. (1821-1830)”. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

- El plan de defensa de la frontera Oeste

Los indios del Chaco reanudan sus ataques, a fines de 1823, asaltando y saqueando a San Roque, el 27 de Diciembre de ese año, por haber logrado escapar a las fuerzas provinciales, al mando del Comandante General de Armas, Agustín Díaz Colodrero, enviado a reprimirlos.

El momento era de cuidado, ya que en los mismos días en que se registraba el ataque general de los pueblos originarios del Chaco, los indios sometidos a Javier Francisco Sití sacudía la obediencia, mataban a sus jefes y se entregaban a toda clase de escándalos y crímenes.

De toda clase de recursos se echó mano para poner vallas a los excesos de los indios chaqueños, llegándose a constituir una verdadera línea militar en defensa de la frontera. Consistió ella:

* en el aumento de la Guardia interna de Goya;
* en el establecimiento de un Fortín, cuatro leguas al sur de este pueblo, para la defensa de la campaña;
* en el del Cuartel General de la milicia regular, en el llamado territorio de Garzas, que aseguró la costa del Paraná en una extensión de treinta leguas, con cinco destacamentos o fortines, abiertos en abanico.
* por el río Paraná, dos lanchones y ocho canoas lo recorrían, guardando las costas en la extensión de cincuenta y siete leguas, sujeta esta fuerza fluvial a una reglamentación severa, en que se consignaban hasta principios tácticos.
* La “milicia regular”, con asiento en Las Garzas -también llamadas "milicias regladas"- contaba, asimismo, con un Reglamento que le daba una constitución orgánica.

Como el lugar era estratégico, el poblado de Las Garzas desaparecerá en la gran invasión abipona de 1821 y 1822. Fue entonces que el Gobierno Provincial organizará en el lugar una gran Guardia a cargo de las milicias de los Departamentos vecinos, que se alternarán con periodicidad en el servicio.

La resistencia correntina a las invasiones abiponas tenía por base ese establecimiento de tropas que sostenía cinco fortines que se abrían en abanico: Crucecita, El Rubio, Ibabiyú, Tunas y El Potrero.

Hay que decir que la Guardia permanente establecida en La Crucecita (hoy Bella Vista); las partidas volantes; y los dos lanchones armados en guerra -que recorrían la costa del Bajo Paraná- no contendrán a los indios.

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