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CORRIENTES EN LA GUERRA CON EL BRASIL

- Incorporación de la Banda Oriental a Portugal. Actitudes de los orientales. Opinión argentina

En Julio de 1821 un Congreso reunido en Montevideo -del que formaban parte ciudadanos destacados como Durán, Larrañaga, García de Zúñiga y Rivera- resolvió la incorporación de la Banda Oriental al Reino Unido de Portugal y Brasil, convalidando la acción de las tropas portuguesas de ocupación.

Poco después, al proclamarse la independencia del Imperio del Brasil, aquellas fuerzas se dividieron entre partidarios del Reino y del Imperio, dominando los primeros a Montevideo y los segundos el resto del país.

No pasó mucho tiempo sin que ambas fuerzas chocaran entre sí, mientras Gran Bretaña apuraba su mediación entre las partes en pugna. Numerosos orientales se enrolaron en ambos bandos, por ejemplo: Fructuoso Rivera en el brasileño, Manuel Oribe en el portugués. Quienes seguían al Imperio eran partidarios de la anexión; quienes se pronunciaban por Portugal presentían el abandono de éste y la posibilidad de declarar la independencia de la Banda Oriental.

Pero cuando el general da Costa abandonó Montevideo por orden de Lisboa, sus seguidores uruguayos se encontraron inermes frente a los brasileños. Entonces, el 29 de Octubre de 1823, el Cabildo de Montevideo se declaró bajo la protección y gobierno de Buenos Aires.

En las provincias argentinas no faltaban partidarios de una aceptación inmediata de este pedido de protección, a riesgo de una guerra internacional. Este era el punto de vista de Estanislao López, pero Martín Rodríguez y Lucio Mansilla lo disuadieron, convencidos de que sus provincias carecían de los medios y recursos para enfrentar al Imperio.

Por otra parte, los miembros mejor informados del Gobierno porteño comprendían que el paso dado por Montevideo era el manotón del ahogado y que muy pocos orientales -si alguno había- eran sinceramente partidarios de la unión con las provincias argentinas.

El grueso de la población creía, no obstante, que era una cuestión de honor auxiliar a los orientales y liberarlos del Imperio.

Cediendo a esa presión y para que no quedara consentida la ocupación brasileña, Buenos Aires envió al canónigo Valentín Gómez a Río de Janeiro para que solicitara el retiro de las tropas de ocupación.

Sostuvo el enviado que la Banda Oriental no había roto nunca solemnemente su unión con las Provincias Unidas y que la independencia del Brasil había anulado la anexión a Portugal. El pronunciamiento de Montevideo favorecía la tesis del enviado pero, pese a ello, su misión fracasó totalmente.

El gabinete brasileño demoró la respuesta hasta que Portugal evacuó Montevideo y hasta que logró que los orientales juraran la Constitución del Imperio. Entonces respondieron al doctor Gómez que Brasil era continuador de los derechos de Portugal, proclamados por el Congreso de 1821.

- Planes de Lavalleja y Las Heras. Los 33 orientales. Incorporación a las Provincias Unidas. Brasil declara la guerra

Por entonces se asiló en Buenos Aires el coronel Juan Antonio Lavalleja, perseguido por José Fructuoso Rivera y firme partidario de la independencia oriental.

Sabía éste que sin la ayuda argentina no podría alcanzar sus objetivos y comprendió que el único modo de lograrla era la incorporación provisoria a las Provincias Unidas.

Estas se verían así obligadas a luchar contra el Imperio y como era previsible cierta paridad de fuerzas, una mediación extranjera, presumiblemente inglesa, aseguraría la independencia de ambas potencias.

La opinión pública porteña favorecía los propósitos de Lavalleja, quien pidió auxilio a Juan Gregorio de Las Heras para invadir su provincia. Este no se dejó envolver en el asunto, convencido -como estaba- de cuáles eran los propósitos finales de Lavalleja y cuántos inconvenientes acarrearía al país una guerra.

En cambio, inició una labor diplomática tendiente a asegurar la paz y contener al Imperio. En Enero de 1825 envió a Ignacio Alvarez Thomas a Lima para que gestionara de Simón Bolívar la garantía de los territorios americanos contra todo poder que no fuera el de las nuevas Repúblicas nacidas en los antiguos dominios de España.

Poco después, esta misión sería reforzada por la del general Carlos María de Alvear que procuraba que Bolívar presionara al Emperador para obligarle a restituirse a los límites del Brasil, y hacerle renunciar a una guerra ante la amenaza de una alianza continental contra él.

Contaba Las Heras con la ambición de Bolívar y con la reciente invasión brasileña al territorio de Chiquitos, en Bolivia. Pero las misiones diplomáticas fracasaron, sea porque Bolívar no viese en los argentinos disposición enérgica hacia la guerra, porque no deseaba ayudar a un Gobierno que se había mostrado reticente hacia sus hermanas americanas, o porque no desease embarcarse en una guerra contraria a los intereses británicos, pues aunque la gestión era por la paz, traía un inminente riesgo de guerra si el Emperador no cedía a la presión.

Simultáneamente, Manuel de Sarratea, en Londres, trataba de obtener la mediación de George Canning, sin éxito, pese a que los comerciantes británicos preveían que una guerra podía ser ruinosa al comercio inglés.

Lavalleja entretanto decidió forzar la situación. Ayudado por Juan Manuel de Rosas, Tomás de Anchorena, Juan Nepomuceno Terrero y otros miembros del grupo federalista de Buenos Aires, con un puñado de compañeros -32- se embarcó en la Banda Oriental el 19 de Abril de 1825.

Casi inmediatamente se le incorporó su antiguo rival -Rivera- y en menos de un mes dominaron gran parte de la campaña uruguaya. Brasil no podía comprender que la invasión hubiese podido realizarse sin la complicidad del Gobierno argentino y se dispuso a reclamar.

El Congreso de las Provincias Unidas dispuso la creación de un Ejército de Observación, al frente del cual quedó el general Rodríguez. El 25 de Julio de 1825 el almirante brasileño José Ferreyra de Lobo ancló su escuadra frente a Buenos Aires para apoyar con su presencia la fuerza de su reclamación.

El Gobierno argentino rechazó su pedido como contrario al derecho de gentes. La irritación pública adquirió mayor fuerza y los rivadavianos comenzaron a actuar para reemplazar al general Las Heras en el Gobierno.

Lavalleja reunió entretanto -25 de Agosto- un Congreso en Florida donde la Banda Oriental se pronunció por “la unidad con las demás provincias argentinas a que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce”.

Ahora la guerra era inevitable; si el Gobierno se mostraba reticente sería derribado por la opinión belicista, y reemplazado por los rivadavianos, que irían a la guerra; si el Gobierno aceptaba la incorporación oriental, el Brasil le declararía la guerra.

Así sucedió. El silencio oficial no pudo prolongarse más allá de Octubre cuando se supo el triunfo de Rivera en Rincón y el de Lavalleja en Sarandí. La gente salió a la calle y una turba asaltó la casa del cónsul brasileño.

El Congreso, por Ley del 24 de Octubre de 1825, aceptó la incorporación de la provincia oriental. Se encargó a Rosas que asegurara la paz con los indios para proteger el frente Sur y se proveyó a la defensa de Carmen de Patagones y Bahía Blanca.

La respuesta brasileña fue la declaración de guerra el 10 de Diciembre de 1825.

- Comparación entre los beligerantes. Efectos del bloqueo naval. Mediación británica. Lord Ponsomby

Las condiciones en que las Provincias Unidas entraban en la guerra eran muy desfavorables. El Imperio del Brasil -pese a la reciente oposición entre imperiales y leales a Portugal- constituía un conjunto de mayor homogeneidad política que nuestro país.

Sólo en Río Grande existían grupos republicanos eventualmente dispuestos a una secesión. La autoridad imperial era aceptada en los círculos de Río de Janeiro, las finanzas, aunque mediocres, eran muy superiores a las de las Provincias Unidas, existía un Ejército de Línea veterano y, sobre todo, una poderosa escuadra que le permitiría bloquear el Río de la Plata y cortar las comunicaciones entre la Banda Oriental y Entre Ríos, ruta de comunicación obligada para el Ejército argentino.

En cambio, las Provincias Unidas apenas si reconocía un Poder Ejecutivo Nacional provisorio, gobernándose en lo demás cada provincia por sí misma, por lo que su contribución a un esfuerzo de guerra estaba en relación directa con su buena voluntad.

Las finanzas se verían seriamente afectadas en caso de bloqueo naval, pues provenían en su mayoría del comercio marítimo. La escuadra no existía y el ejército era un esqueleto.

Por fin, inmediatamente después de declarada la guerra, la Ley de Presidencia y el nombramiento de Rivadavia deterioraron de tal manera la política interna que arruinaron toda esperanza de levantar un ejército poderoso.

Las luchas interprovinciales consumieron muchas de las tropas destinadas a luchar contra el Imperio, por lo que el Ejército nacional nunca llegó ni a la mitad de lo que había proyectado Las Heras.

El problema del comando también fue serio. Originariamente se había nombrado a Martín Rodríguez jefe del Ejército de Observación, pero era obvio que las tropas no podían entrar en campaña bajo su mando, no sólo por la falta de energía con sus oficiales, sino por su incapacidad técnica, pues su carrera era una sucesión de desastres militares.

En los primeros días del año 1826 la renuncia de Las Heras puso a éste a disposición de su sucesor Rivadavia para aquel comando. Era, sin duda alguna, el mejor general de la República. Pero sea por celos políticos o por incapacidad de juicio, Rivadavia lo desechó totalmente.

En su lugar nombró -en Agosto de 1826- a Carlos María de Alvear quien, desde Abril, venía desarrollando una actividad excepcional en el Ministerio de Guerra. A Guillermo Brown se le encomendó la creación y mando de las fuerzas navales, que estuvieron listas en el prodigioso plazo de dos meses.

Salvo esporádicas acciones navales, el año 1826 no se tradujo en acciones bélicas. Ninguno de los bandos estaba en condiciones de realizar operaciones ofensivas. La escuadra brasileña imponía un severo bloqueo al Río de la Plata que Gran Bretaña -conforme a sus tradiciones- reconoció.

Sólo los barcos norteamericanos intentaban burlar el bloqueo, que su país no reconocía, y varias veces lo lograron. Gracias a ellos, el comercio porteño pudo sobrevivir, aunque con grandes pérdidas.

Los británicos se alarmaron ante esta situación. La competencia yanqui comenzaba a desplazarlos del mercado: de 36 buques entrados a Buenos Aires en 1827, uno fue inglés y los 35 restantes norteamericanos. Si se compara con los 95 buques entrados a Buenos Aires en 1825, se pueden medir los efectos del bloqueo(1).

(1) Harry S. Ferns. “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX”, pp. 172 y 174. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Si bien éste produjo un relativo renacimiento de las industrias locales, las Rentas bajaron sensiblemente y como no podían pagarse las importaciones con las exportaciones, se recurrió a exportar metálico.

Unióse a esto el violento incremento del presupuesto de guerra que obligó a sucesivas emisiones de billetes, todo lo cual condujo a la bancarrota de las finanzas fiscales.

Como contrapartida, la cotización de los bonos colocados en el exterior cayó estrepitosamente, el Gobierno argentino no pagó los servicios del empréstito de Baring y su crédito se vio comprometido en el exterior.

Por último, calcula Ferns, que si la guerra se hubiese prolongado, la comunidad mercantil británica habría desaparecido de Buenos Aires, al menos momentáneamente(2).

(2) Harry S. Ferns. “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX”, p. 171. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Se comprende, pues, que a fines de ese año, el Imperio viese el conflicto con optimismo y los gobernantes argentinos con angustia, y se mostrasen proclives a una solución diplomática.

Como Gran Bretaña también estaba interesada en poner fin a una guerra en la que era seriamente perjudicada, se decidió a mediar en la cuestión. Designó para ello ministro en Buenos Aires a lord John Ponsomby quien, al pasar por Río de Janeiro, debería presionar sobre el emperador a aceptar la paz.

A mediados de año, Ponsomby llegó a Río de Janeiro dispuesto a lograr que Brasil renunciara a la posesión permanente de la Banda Oriental, como una condición supuesta para obtener la paz.

Procuraba el diplomático una indemnización del Gobierno argentino, y es muy probable que ya tuviera la idea de lograr el establecimiento de un Estado-tapón, que asegurara la internacionalización de las aguas del Río de la Plata.

Pese a la disposición de sus ministros, Pedro I se mantuvo inflexible: la Banda Oriental debía quedar como provincia del Imperio, y Brasil debía asegurarse la navegación del complejo fluvial Paraná-Plata.

La guerra no había producido ningún suceso que impulsara al Emperador a deponer sus convicciones. Ponsomby utilizó entonces la discreta amenaza. El Gobierno británico, dijo, pese a su neutralidad, no podía dejar de estar en favor del beligerante con mejor disposición para una solución amistosa.

Mientras, el cónsul Woodbine Parish insinuaba al ministro Francisco Fernández de la Cruz que debía ir pensando en la independencia oriental, como vía de solución. El sueño de Lavalleja empezaba a concretarse en manos de la diplomacia inglesa.

En Septiembre, Ponsomby llegó a Buenos Aires y encontró en el ministro José García el interlocutor más favorable. García, que había querido evitar la guerra primero y luego buscado una alianza continental para detenerla, ahora quería ponerle fin antes de que el país se arruinara.

Además, desde los tiempos del Directorio, estaba convencido de que la Banda Oriental nunca se sujetaría a Buenos Aires. Era un materialista frío, sin limitaciones emocionales, y la propuesta de Ponsomby no le pareció descabellada.

Pero mientras avanzaban estas negociaciones, la guerra iba a sufrir un cambio muy importante. A mediados del año 1826, la escuadra de Brown habíase batido heroicamente -pese a su inferioridad numérica- con la flota brasileña, en Los Pozos y Quilmes, pero estas acciones no habían modificado en nada la situación.

Al empezar el año 27, los brasileños decidieron cortar las comunicaciones del ejército de Alvear con Entre Ríos remontando el Uruguay. Brown se lanzó tras ellos con sus siete barcos y en Juncal (8 de Febrero) destrozó a la escuadra enemiga, capturándole once barcos.

Inmediatamente los incorporó a su flota y así, reforzado, regresó sobre la escuadra brasileña que bloqueaba Buenos Aires y, frente a Quilmes, se batió con ella hasta que voló uno de los buques brasileños.

Simultáneamente, estos fracasaron en un ataque contra Carmen de Patagones perdiendo cuatro buques y 600 hombres prisioneros. Poco después perdieron otras naves en la bahía de San Blas.

Al mismo tiempo los argentinos desarrollaron una activa guerra de corso, que se extendió hasta las costas cercanas a Río de Janeiro. Pese a la protesta británica, esta actividad se mantuvo durante toda la guerra, utilizando como base el puerto del río Salado, en la bahía de Samborombón, y totalizaron alrededor de 300 presas.

Estos triunfos argentinos enfriaron el entusiasmo de los brasileños y terminaron con los intentos ofensivos de su escuadra. Pero el poderío naval argentino fue insuficiente para obligar a Brasil a levantar el bloqueo.

A mediados de 1827, se había entrado en una “impasse” cuya persistencia perjudicaba al país.

- Corrientes y la frontera con el Brasil. Invasión de Bentos Manuel. Reunión de milicias. Creación de la columna de la frontera

Los últimos meses de 1826 señalan un momento de angustia en el pasado de Corrientes.

Alarmado por los sucesos de la Banda Oriental, el gobernador Ferré se establece en Curuzú Cuatiá, reúne las milicias y proclama al pueblo el deber de marchar al Uruguay donde Juan Antonio Lavalleja había levantado la bandera de la libertad(3).

(3) Proclama del 17 de Octubre de 1826. // Extraído del libro “Historia de la provincia de Corrientes (desde el Tratado del Cuadrilátero a Pago Largo)”, del doctor Hernán Félix Gómez, integrante de la Academia Americana de la Historia, miembro correspondiente de la Junta de Historia y Numismática Americana, profesor de Historia, de la “Civilización e Historia Argentina” en el Colegio Nacional General San Martín. Corrientes, Imprenta del Estado (1929).

Pero como sus fuerzas debían contar con una base sólida que les permitiera ocurrir sin reservas contra el vecino, en caso de invasión, se resolvió(4) formar una columna permanente de tropas sobre la frontera, compuesta del escuadrón de dragones de línea y de dos de milicias de caballería, a las órdenes del teniente coronel Nicolás Arriola y, como segundo, el comandante de dragones, José López.

(4) Decreto del 16 de Octubre de 1826. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

Las enérgicas medidas de Ferré eran necesarias(5). El 4 de Noviembre, Félix de Aguirre, titulado gobernador de Misiones, era atacado y vencido en territorio argentino, sobre el Uruguay, por fuerzas brasileñas, a las órdenes del famoso guerrillero Bentos Manuel, fuertes de 600 hombres.

(5) En el Manifiesto del 31 de Octubre, el P. E. -desde el cuartel de Curuzú Cuatiá- avisaba el levantamiento en masa de la Banda Oriental, hacía un llamado al patriotismo y expresaba que la provincia estaba guarnecida. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

- El acantonamiento de Curuzú Cuatiá. Política de solidaridad argentina

Ferré, acantonado en Curuzú Cuatiá, avanza con el Ejército correntino, y el día 5 llega a inmediaciones de la capilla del Rosario, sobre el Miriñay, sin lograr contacto con el invasor, quien retrocede(6) eludiendo la lucha.

(6) Proclama de Ferré del 7 de Noviembre, desde inmediaciones del Rosario. Carta del mismo al general del Ejército nacional, José Lagos, en la que explica no bajó al Arroyo de la China a conferenciar por esta causa. Archivo de Corrientes. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

Juan Felipe Gramajo, gobernador delegado -desde la Capital- y al informar al pueblo de las novedades, hacía constar que doce escuadrones de milicia activa de reserva -en los Departamentos- sólo esperaban la orden para marchar a la frontera(7), sensación de seguridad que también nos la ofrece Ferré al disponer que las fuerzas del primer departamento del Entre Ríos, que habían avanzado hasta el Mandisoví, en su apoyo, retrocedieran por ser innecesarias(8).

(7) Manifiesto del 10 de Noviembre.
(8) Oficio del 22 de Noviembre. // Todo citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

Esta preparación militar de Corrientes obedecía a la presión de la opinión pública. La guerra con el Brasil, plato diario de las preocupaciones ciudadanas -desde 1825- ofreció para esta provincia caracteres bien serios.

No sólo era la única que lindaba con aquel país sino que -desde Enero de 1826- se hablaba de una alianza entre el Brasil y el Paraguay, hecha sobre la base de la ocupación de la Mesopotamia por diez mil hombres de milicias paraguayas comandados por oficiales brasileños(9).

(9) El P. E. de Corrientes hizo saber, el 19 de Enero, al ministro de Guerra, esta información recibida por un comerciante inglés. Aconsejaba ocupar Candelaria para cortar las comunicaciones entre el Paraguay y el Brasil, única manera de garantizar al Ejército que operase en la Banda Oriental, que los paraguayos con tomar el Paraná hasta La Bajada tendrían cortado. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

Recién en Marzo, el Gobierno de Corrientes tuvo la segura información de la neutralidad del Paraguay(10), lo que le permitió correrse hacia la frontera del Brasil.

(10) Oficio del 20 de Marzo del gobernador de Corrientes al de Misiones. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

Ferré procedía con todo el apoyo del Congreso. La Ley del 13 de Septiembre de 1826, en virtud de los riesgos que amenazan a la Nación y a la Provincia, lo autorizó a ponerse de acuerdo con los gobernadores de las provincias limítrofes y -ejercitando esa facultad- se dirige a los de las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Misiones, prometiendo contribuir a la defensa de las provincias hermanas, tanto del enemigo cuanto de la anarquía, expresando estaba dispuesto a concurrir al lugar que se le señalara para concluir tratados amistosos y de mutua seguridad(11).

(11) Nota-Circular del 14 de Septiembre de 1826. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929). Edición del Estado.

La formación del campamento de Curuzú Cuatiá, la reunión de las milicias y su avance hasta la Capilla del Rosario, obligando a Bentos Manuel a repasar el Uruguay, son actos de esta política de solidaridad regional, que ante el hecho, feliz es cierto, pero grave para lo porvenir, de la invasión, debió robustecerse para sumar el esfuerzo argentino.

Comprendiéndolo así, el Congreso correntino da la Ley del 27 de Noviembre de 1826 por la cual se autorizaba al P. E. a todas las medidas que pusieran a la provincia a cubierto de todo contraste político, “que no sólo pudiera hacer vacilar su libertad e independencia, sino también ser trascendental a las demás provincias de la Unión, con cuyos Gobiernos podría ponerse de acuerdo con convenios que lleven por norte el bien general, la libertad y la independencia nacional”.

- Campaña del Ejército republicano

Las cosas marcharon todavía mejor que las navales en las operaciones terrestres. A fin de Diciembre de 1826, Alvear había reunido un ejército de 5.500 hombres, bien instruidos y equipados, en el campamento de Durazno.

Las fuerzas brasileñas ocupaban la línea del río Quareim y su prolongación, divididas en dos cuerpos principales, situados al Oeste y el Este de Bagé, comandados por el mariscal Braum y el marqués de Barbacena, respectivmente, correspondiendo a este último el mando supremo. Totalizaban 11.000 hombres.

El propósito de Alvear fue avanzar sobre esa región para que la devastación de la guerra se produjera en territorio brasileño y no argentino, y para amenazar mejor la provincia de Río Grande. El jefe enemigo se mantuvo en esa región para acortar sus líneas de comunicaciones, mientras Alvear las alargaba.

El general argentino avanzó rápidamente hacia el Norte con el propósito de sorprender al adversario, impedir la unión de sus fuerzas y batirlas por separado. Para evitarlo, Barbacena se dirigió a marchas forzadas sobre Bagé, punto de su unión con Braum, pero Alvear logró adelantársele, ocupando la población el 26 de Enero.

Barbacena retrocedió entonces sobre la sierra de Camacuá, pero al no ser seguido por el ejército republicano, comprendió que Braum estaba en peligro y se dirigió hacia el Norte para unírsele evitando al adversario.

Alvear al mismo tiempo inició una marcha paralela que lo llevó a San Gabriel, zona de buenos pastos en un verano en que el calor y la sequía eran enemigos de cuidado. Cuando supo que las fuerzas brasileñas habían logrado unirse, simuló una retirada hacia el río Santa María, afluente del Ibicuy.

Barbacena se adelantó para recibir la columna de refuerzo de Bentos Manuel, pero ésta acababa de ser batida por Mansilla en Ombú (16 de Febrero). La otra columna brasileña de refuerzo había sido derrotada tres días antes por el coronel Lavalle en Bacacay.

Estos descalabros privaban a Barbacena de socorros, lo que no era muy importante dada su superioridad numérica, pero su avance en busca de Manuel lo puso encima del ejército republicano.

Retrocedió Barbacena para evitar un encuentro en posiciones desfavorables y se dispuso a ocupar el Paso del Rosario sobre el río Santa María para evitar toda retirada de Alvear hacia el Sur en busca de mejores posiciones y comunicaciones.

Alvear decidió -una vez más- adelantarse a su adversario. Para aligerar su ejército abandonó el grueso del parque y forzando la marcha ocupó el paso antes que Barbacena.

Cuando éste llegó se vio obligado a presentar batalla en los vecinos campos de Ituzaingó, el 20 de Febrero. Ambos ejércitos disputaron la posesión de las alturas del lugar.

La lucha consistió en contener a la infantería brasileña mientras era derrotada su caballería. Logrado esto, todas las fuerzas republicanas hicieron perder pie a la infantería enemiga.

La derrota brasileña fue total y si Alvear no hubiera impedido a su caballería la persecución de los vencidos, el resultado hubiera sido desastroso para el Imperio. Mucho se ha discutido sobre la impericia de Alvear en esta batalla y la insubordinación o iniciativa de sus jefes. La parcialidad de los críticos contemporáneos -Paz especialmente- no permite abrir un juicio definitivo.

Lo cierto es que nuestras armas quedaron dueñas de la región y en condiciones de operar sobre Río Grande, a condición de recibir algunos refuerzos. Estos no llegaron y el ejército, después de un nuevo triunfo en Padre Filiberto, debió suspender sus operaciones ofensivas.

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